24.4.04

Consideraciones sobre “Racismo”

En estos tiempos polémicos, el debate sobre Oriente Medio y el Islam es fácilmente sofocable. Todo lo que se necesita son algunos árabes contrariados, preferiblemente palestinos, o un puñado de izquierdistas occidentales que lancen una acusación de "racismo".
Entonces el presunto ofensor, ya sea un autor judío, un profesor cristiano o un disidente musulmán, es silenciado y evitado. De este modo, la acusación de "racismo" es similar a la de "capitalista burgués" en tiempos de Stalin.

El pretendido crimen es de orden esencial. Pretende cancelar la humanidad del acusado, así como los hechos reales del caso; y funciona. Así, el miedo a que uno pueda ser acusado de "racista", ya sea por musulmanes o por izquierdistas occidentales, es tan grande que la mayor parte de la gente o se une al coro de chacales orwellianos o rechaza "implicarse".

He aquí las normas de Alicia en el País de las Maravillas: no se permite que nadie, occidentales en especial y judíos en particular, acuse a los musulmanes de ser "racistas". Este mandamiento está en vigor incluso cuando los gobiernos musulmanes niegan la ciudadanía a judíos, emprenden el genocidio contra cristianos o negros, difunden la propaganda de odio más enfermiza contra los infieles o amenazan con "eliminar" a Israel con armas nucleares. Ni los izquierdistas occidentales políticamente correctos ni los líderes musulmanes llaman a eso "racismo".

La difamación se reserva, en cambio, para aquellos que documentan y desafían las barbaridades racistas perpetradas en nombre del Islam. Por consiguiente, dos de los pensadores más brillantes y apasionados de Europa, el francés Alain Finkielkraut y la italiana Oriana Fallaci, han sido condenados recientemente como "racistas" por decir la verdad sobre el Islam y sobre Israel. Pero hay otros muchos ejemplos. He aquí tres de América del Norte.
Considérese primero el caso de Howard Rotberg. En 2003 Rotberg, escritor y abogado canadiense, publicó su primera novela, una encantadora y desgarradora historia proisraelí titulada La segunda catástrofe: una novela acerca de un libro y su autor. Frecuentemente la vida imita al arte, y Rotberg pronto sufrió parte del destino de su personaje de ficción, el profesor Norman Rosenfeld.

Rotberg dio su primera conferencia en una librería Chapters en Waterloo, Ontario. De repente, dos musulmanes interrumpieron su discurso. El primer alborotador, que se identificó como palestino, le acusó de decir, o de pensar quizá, que "todos los musulmanes son terroristas". El alborotador admitió que no había leído el libro.

Un segundo hombre, que se identificó como kurdo iraquí, comenzó a "lanzar diatribas acerca de cómo los americanos y los israelíes son los verdaderos terroristas, y de que la democracia es verdaderamente fascista". No permitieron que Rotberg hablara. Según éste, utilizaron "tácticas de la Gestapo para interrumpir por completo [la] conferencia". Uno llamó a Rotberg, hijo de superviviente del Holocausto, "jodido judío".

Nadie del personal de la librería les detuvo; es decir, hasta que Rotberg respondió que "no iba a ser llamado jodido judío". En ese momento, un gerente del establecimiento apareció para decirle a Rotberg que dejara de jurar. Rotberg exigió que la tienda llamase a la policía. Según él, finalmente lo hicieron, pero muy a regañadientes. La policía, a su vez, rehusó arrestar a nadie por perturbar la paz: simplemente pidió a los molestadores de Rotberg que se mantuvieran lejos de la tienda. Asimismo, rehusó escoltar a Rotberg hasta su coche.

La editorial de Rotberg, Mantua Books (propiedad del propio autor), publicó una nota de prensa en la que anunciaba que anulaba sus próximas conferencias en las librerías Chapters/Indigo, dado que la seguridad no era apropiada. Según Rotberg, la directora de publicidad de Chapters "se subió por las paredes". Afirmó que había escuchado a Rotberg decir que "todos los musulmanes son terroristas". Incluso difundió una nota de prensa en la que se disculpaba por "cualquier comportamiento inapropiado o comentario racista tanto del autor invitado como de algunos de los asistentes al acto".

Para dejar las cosas claras, Rotberg reunió declaraciones juradas de testigos presenciales que confirman su versión de los hechos. Y presentó una demanda para exigir que la tienda se retractase por haber caracterización a Rotberg como un "racista".

Al emprender la defensa de su reputación, Rotberg libra una batalla en solitario: me dijo que ninguna organización canadiense judía o literaria está dispuesta a defender su causa.

¿Cuál fue el crimen de Rotberg? En primer lugar, no demonizó a Israel. En segundo lugar, no eligió una postura "neutral", en algún punto entre Hamas y los colonos desahuciados de Gaza. Se atrevió a hablar positivamente de Israel, veraz y apasionadamente. Pero, sobre todo, se atrevió a contar la verdad sobre el terrorismo palestino e islámico contra Israel. No merecía ser etiquetado como "racista" por nada de esto, ni ser tachado de "judío asqueroso". Lo que todo esto demuestra es la determinación de los islamistas radicales y sus apologistas a silenciar las voces críticas.

Hay también aquí un doble rasero. Rotberg leía en voz alta un trabajo de ficción. Normalmente, esto significa que a su protagonista se le debería haber permitido decir o hacer cualquier cosa. Por ejemplo, los críticos occidentales insisten, aun orgullosamente, en que las opiniones de los terroristas suicidas en Paradise Now no pueden ser confundidas con las del creador palestino de la película, que, después de todo, se sumergió en una representación "ficticia" de realidad psicológica. A los judíos proisraelíes y a sus aliados no se les permite la misma distinción. Así, Howard Rotberg puede ser atacado verbalmente, y tachado de "racista", por crear un personaje ficticio que se atreve a cuestionar los motivos y las acciones de los terroristas palestinos y musulmanes.

A continuación está el caso, en 2004, del profesor Thomas Klocek, de la Universidad De Paul. El profesor Klocek, que había dado clase en esa universidad durante quince años, acudió a un acto estudiantil en el campus y se puso a conversar con algunos estudiantes musulmanes partidarios de Hamas y la Yihad Islámica.

Defendió a Israel. Se preguntó si Rachel Corrie había sido asesinada a sangre fría o si los israelíes estaban realmente tratando a los palestinos del mismo modo en que Hitler trataba a los judíos, como afirmaban la literatura y los carteles de los estudiantes musulmanes. Insistió en que las fuerzas armadas israelíes "han ejercido una contención muy cuidadosa en su respuesta a lo que han sido atentados suicidas casi a diario".

Ocho estudiantes cayeron sobre el único profesor. Sobrevino un combate verbal. A pesar de su clara superioridad numérica, los estudiantes se colocaron el traje de víctimas y se quejaron de estar siendo "acosados" y "amenazados". Alegaron, además, que Klocek había hecho "observaciones racistas".

Los estudiantes se reunieron con sus consejeros, que alertaron a varios decanos administrativos. Éstos no perdieron tiempo a la hora de capitular ante los agitadores estudiantiles. Se disculparon ante los estudiantes ofendidos y suspendieron al profesor Klocek. A fecha de este escrito sigue en curso la demanda.

Por último, están mis propias experiencias. El pasado 14 de octubre pronuncié un discurso en el CUNY Graduate Center for the National Organization for Women of New York State (NOW-NYC). Para protestar por mi presencia, destacadas feministas de izquierdas –entre ellas Katha Pollitt, de la revista Nation, y la agitadora de NOW-NYC Pam Martens– redactaron una serie de cartas con las que humillar e intimidar tanto a NOW como al Graduate Center. El crimen que habían perpetrado era invitar a una oradora "pro Bush, pro guerra, neoconservadora" (esa soy yo, amigas).

Después, ellas o sus secuaces se las arreglaron para que WBAI, una emisora de odio patrocinada por los oyentes, acudiera y grabase el acto. En diciembre, el espacio de WBAI ‘El gozo de la resistencia’ difundía un programa "feminista" de una hora de duración en el que se emitió una versión cortada al milímetro de mi conferencia, con el propósito de denunciarme como "racista".

Estos críticos me caracterizaron correctamente como "el Christopher Hitchens del movimiento feminista", pero interpretaron incorrectamente mi oposición al relativismo multicultural como "racismo". Mi denuncia de las atrocidades perpetradas contra hombres y mujeres judías, musulmanas y cristianas de cualquier color era ofrecida como prueba de que soy "racista", en lo que constituía otra muestra más de que una no puede contar la verdad sobre el racismo (o el machismo, o la homofobia) musulmán sin ser etiquetada con la marca del racismo.

Estas feministas de izquierdas, o sus peones, prosiguieron con su vendetta. Alguien logró cancelar una entrevista que había concedido un año atrás, acerca de otra materia, con el argumento de que un entrevistador de NOW-New Jersey no debería otorgar crédito a una conocida "racista" y "homófoba" (de nuevo, como era de prever, ¡esa soy yo!). El entrevistador luchando, y espera emitir ese programa en el futuro.

Finalmente, una seguidora de mi obra intentó muy obstinadamente interesar a un programa de la NPR en que se me entrevistase en diciembre. Tras varias conversaciones, se le dijo que "no podían permitirse el grave problema y el castigo que tendrían que aguantar si se [me] permitía el acceso a sus ondas".

Mi trabajo ha tenido una acogida muy distinta entre las reformistas musulmanas. Cuando di testimonio ante el Senado sobre el apartheid islámico de género, una feminista iraní declaró: "¡Por fin! Una líder feminista americana que no está dispuesta a abandonarnos en aras de sus teorías de la relatividad cultural". Ella lo entiende. Mis detractoras feministas izquierdistas no.

Una no puede comprender por qué tantos musulmanes (pero no todos) hablan acaloradamente de racismo incluso donde no existe. Los cristianos caucásicos occidentales han sostenido opiniones "racistas" sobre gente que no era ni cristiana ni caucásica, y en el pasado colonizaron el inmediato mundo conocido. Algunos izquierdistas han argumentado que Francia ha provocado su propia intifada al continuar sosteniendo opiniones "racistas" respecto de su población inmigrante musulmana.

Pero otras fuentes de hostilidad musulmana son más difíciles de justificar. Desde un punto de vista cultural y religioso, a muchos musulmanes se les ha lavado incesantemente el cerebro contra todos los no musulmanes, y se les ha instado a expresarse, a menudo violentamente, cuando se sienten avergonzados o deshonrados. El abuso infantil sistemático, normalizado pero enérgicamente negado, en el seno de las familias árabes y musulmanas también puede llevar a una visión del mundo "paranoica", en la que el Otro siempre tiene la culpa del sufrimiento propio.

Desde un punto de vista psicológico, la mayor parte de los musulmanes ha crecido en sociedades de vergüenza y honor en las que han aprendido a culpar a otros, preferiblemente extranjeros, nunca a ellos mismos. En consecuencia, su pelaje cultural es muy delgado; carecen del hábito de la introspección y están poco dispuestos a asumir la responsabilidad individual por sus propios errores. Por encima de todo, nunca han sido entrenados sino para no criticar jamás a sus propios lideres, para utilizar a judíos y occidentales como chivos expiatorios del sufrimiento árabe y musulmán.

Esta tendencia hace que muchos árabes y musulmanes no sean dados a escuchar –o, a estos efectos, a contar– la verdad. Las benditas excepciones son normalmente encarceladas, torturadas y asesinadas, ya sea por sus propias familias o por el Estado.

Por último, demasiados musulmanes han sido profundamente "palestinizados", es decir, autorizados a desatar intifadas psicológicas y verbales, así como disturbios reales o terrorismo suicida, por una causa presumiblemente noble.

Así, responden a la crítica honesta cuestionando sin motivo las motivaciones de los críticos. Sirva de ejemplo típico una (antigua) amiga mía musulmana. Tras echar un vistazo a la lista de nombres de aquellos que recomendadan mi libro –una lista que incluía a Robert Spencer, a Daniel Pipes, a Alan Dershowitz, a David Horowitz, a Amir Taheri, a Ibn Warraq y Bat Ye'or– exclamó: "No quiero leer esto. Estás trabajando con racistas".

Si las reacciones de algunos musulmanes y árabes pueden explicarse así, ¿qué podemos decir de los izquierdistas, feministas incluidas, que también hablan de "racismo" donde no existe? Recientemente tuve una maravillosa charla con dos pioneras de segunda generación feminista que puede arrojar algo de luz sobre la cuestión. Ambas habían abandonado el movimiento a comienzos de los años 70, tras observar y experimentar el estilo abusivo y destructivo con que las feministas se trataban mutuamente. Una continúa siendo izquierdista, la otra no.

Una decía: "Tengo una amiga que es feminista de izquierdas. Es inocente, no es perversa en sentido alguno, pero es simplemente incapaz de cambiar su opinión, ni siquiera tras el 11 de Septiembre. Psicológicamente, empezar a pensar ‘a contracorriente’ es demasiado para ella. Está tan habituada a culpar a América de todo que necesita seguir culpándola, incluso del 11 de Septiembre. Hasta la fecha, ha sido incapaz de culpar a los yihadistas".


La otra ofrecía el siguiente análisis del pensamiento de las feministas de izquierdas: "Algunas personas no pueden vivir con la ambigüedad, sin dudas; con argumentos en competencia, con lo desconocido. Necesitan Respuestas Absolutas, incluso cuando ese refrito no encaja en la realidad de ninguna manera”. Creo que ambas tienen razón.

Los terroristas que empotraron los aviones contra el World Trade Center el 11 de Septiembre eran todos árabes musulmanes. Decirlo no le convierte a una en "racista", sino en relatora objetiva de los hechos. La red terrorista de Al Qaeda está compuesta únicamente de musulmanes. Decirlo no te convierte en "racista". Culpar del 11 de Septiembre al Mossad o a la CIA, como hacen muchos islamistas e izquierdistas radicales, es un ejemplo de pensamiento paranoide culturalmente autorizado.


Decir que los palestinos se involucran sistemáticamente en comportamientos bárbaros, como los linchamientos, los crímenes de honor, los bailes en las calles o el reparto de pasteles y caramelos tanto con motivo del 11-S como, más recientemente, cuando supieron que el primer ministro Sharon había sufrido un infarto, no te convierte en "racista".

Los apologistas que argumentan de otro modo suscriben un disparatado abanico de ideologías políticas y credos religiosos, pero siempre tienen esto en común: todos están decididos a hacer de la verdad un rehén de la acusación de "racismo
".

Por Phyllis Chesler, psiquiatra. Autora de trece libros, entre los que se cuentan el reciente The death of feminism: what's next in the struggle for women's freedom y The new anti-semitism: the current crisis and waht we must do about it.

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