18.6.09

Las protestas en Irán se basan en la defensa del islam

La fuerza de las protestas se encuentra en que se han mantenido dentro del discurso religioso

“La gente en Irán no está diciendo que quiere un cambio de régimen. Lo que se está preguntado es ‘¿Dónde está mi voto?’”

“Si el movimiento reformista tiene éxito, podría extenderse la idea de que el régimen es malo”

En la batalla por el control de las calles de Irán, el Gobierno y la oposición despliegan símbolos religiosos y parábolas para retratarse como seguidores del ideal de un Estado islámico único.

Ali Khamenei, el líder supremo iraní, concluyó su sermón del viernes pasado con lágrimas en los ojos tras sugerir que su gobierno se encuentra sitiado por las fuerzas del mal, que quieren destruir el legítimo gobierno islámico.

Por otro lado, el líder de la oposición, Hussein Musaví, en sus críticas al Gobierno exigió la justicia prometida por el Corán y exhortó a sus seguidores a subirse a los tejados por la noche y gritar, “Allahu Akbar”, o “Dios es grande”. La fuerza de las protestas se encuentra en que se han mantenido dentro del discurso religioso

Desde su creación, la revolución islámica se ha presentado ante el pueblo iraní como la única forma de gobierno capaz de luchar contra el mal, y sobre este punto de apoyo se ganó el corazón y la mente de la población. Si el Gobierno da muestras de injusticia, con un uso excesivo de la violencia contra sus ciudadanos, corre el riesgo de dejar que la oposición se envuelva en el manto de la virtud islámica.

“Entre los reformistas y los conservadores, el que se presente ante la población como garante de los valores islámicos ganará”, afirma Mohsen Dadivar, un religioso iraní de alto nivel académico, experto en estudios islámicos de la Universidad de Duke.

Pero, lo que es más importante, el resultado de las protestas determinará el apoyo que el gobierno se granjea entre los fanáticos ideólogos que forman la columna vertebral de las fuerzas de seguridad. Algunos expertos consideran que el nivel de violencia de esta semana será crucial en ese tira y afloja. “Lo que provoca mayor interés de las proclamas de Musaví y su grupo es que ellos dicen ser parte de la revolución islámica y que quieren afirmar 'Dios es grande’ y derrocar la tiranía “, afirma Said A. Arjomand, profesor deSsociología en la Universidad del Estado de Nueva York.

“Es una lucha por la apropiación de los antiguos símbolos. Será difícil que el ejército ataque al pueblo si lo que está manifestando es que 'Dios es grande'”, recalca. Los orígenes de la fe chiíta se remontan a la muerte de Hussein, el nieto del Profeta Mahoma. Su asesinato en el año 680 infundió en esta creencia un profundo respeto por el desvalido. Así, ambas partes en Irán se retratan a sí mismos como mártires de la causa: el ayatolá Jamenei lo sugirió en su sermón y Musaví también argumentó que estaba dispuesto a dar su vida.

Al límite

Lo que es cierto es que ambas partes se ha mantenido estrictamente dentro de los límites del islam, con la oposición empleando hábilmente el verde, color del islam y de la familia del profeta, como un sutil símbolo de que sus protestas se basan en la fe. Además, tanto conservadores como reformistas se consideran herederos del venerado patriarca revolucionario Jomeini.

El domingo pasado, Musaví evitó cualquier mención directa contra el líder supremo, y prefirió culpar al Gobierno del engañó en los resultados de las elecciones.

“Cada musulmán entiende la injusticia que se encuentra tras la mentira”, sostiene el profesor Kadivar, que fue asesor del anterior presidente reformista, Mohammad Jatami. “El requisito básico para ser el líder supremo es ser justo. La justicia es un punto clave en los valores islámicos”. El argumento del ayatola Jameini, implicito en su sermón del viernes, es que él es el guía espiritual y, por tanto, cambiarle a él es cambiar el islam. Éste es a corto plazo el argumento más contundente para los analistas, pero sostener la violencia para controlar las manifestaciones le perjudicará.

“Ambas partes quieren culpar al otro bando como responsable de la violencia”, sostiene Arjomand, y añade que la oposición no puede etiquetar al ayatolá Jamenei como dictador. “Ellos no quieren ir tan lejos, saben que perderían, porque en última instancia, Jamenei es el heredero de Jomeini”. “Si el movimiento reformista tiene éxito, podría extenderse la idea de que el régimen es malo”, dijo Fátima Haghighatjoo, ex miembro reformista del Parlamento iraní, que se ha convertido en profesora visitante en la Universidad de Massachussets.

En las revueltas estudiantiles contra el Gobierno en 1999 y 2003, los manifestantes criticaban la idea de tener un líder supremo. Al régimen le resultó relativamente fácil aplastar las protestas, porque no tenían cabida dentro del sistema.

“La gente en Irán no está diciendo que quiere un cambio de régimen. Lo que se está preguntado es ‘¿Dónde está mi voto?’”, dice Haghighatjoo. “Es gente que baja a la calle para defender su voto. No pueden acusarles de ser anti-régimen. No creo que el Bassij de más bajo nivel acepte disparar contra la población, porque son personas que protestaban por las trampas electorales.”

El Basij —movimiento paramilitar, en el que los vigilantes visten de paisano— es la principal fuerza que el Gobierno emplea para disuadir las protestas antigubernamentales, principalmente mediante palizas, detenciones y otras tácticas de intimidación. A pesar de todo, oficialmente ya han muerto entre 10 y 19 personas en todo el país.

“En general, los Basij son una fuerza ideológica y cultural muy comprometida con los principios fundamentalistas”, sostiene Afshon P. Ostovar, un estudioso de la seguridad iraní de la Universidad de Michigan.

Difícil de justificar


Sin embargo, los ideólogos no podrán llevar a cabo la represión en caso de división social. “Incluso la Guardia Revolucionaria comenzaría a cuestionar su compromiso”, ratifica Ostovar. Esta es una de las razones por las que la represión no ha sido tan violenta como podría ser, añade.

La fuerza de las protestas se encuentra en que se han mantenido dentro de la religión, asevera Roxanne Varzi, antropóloga de la Universidad de California que ha estudiado la forma en que el gobierno difunde su ideología.

“Era más fácil jugar en el discurso de los infieles contra los virtuosos ciudadanos”, indicó Varzi, pero el movimiento de oposición en su conjunto adoptó el discurso islámico. “No pretende ser algo anti-islámico, incluso para aquellos que se consideran practicantes. Debido a que el movimiento nace desde dentro de la estructura, resulta difícil para el gobierno justificar la represión".

Neil MacFarquhar (NYT)

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