11.9.07

La invasión silenciosa


El vasto vértigo del terror

EL sueño regresivo del gran califato impone la desaparición de la autonomía individual y, en último extremo, convierte al ser humano en arma contra la humanidad, con un cinturón explosivo o al volante de un camión cargado de dinamita, destinado a destruir vidas humanas y todo elemento de convivencia que se oponga al totalitarismo jihadista.

Sustituir las catedrales por las mezquitas, la libertad por la sumisión coránica, el Estado de derecho por la «sharia», la tolerancia occidental por la intransigencia en casa, el derecho internacional por la «jihad», la emancipación de la mujer por los modos de la esclavitud, son objetivos cuya enumeración hace unos años sólo hubiese provocado incredulidad.

Ahora atisbamos el paisaje turbador del Euroislam y vemos cuerpos despedazados en las calles de Casablanca. Al concluir la Guerra Fría, circuló esta hipótesis pero como casi siempre fue adjudicada a la nostalgia de los «halcones» frente a la esperanza confiada de las «palomas». Lo que ahora tenemos es la guerra en el rellano de casa, con la coordinación estratégica de Al Qaida y un proceso de expansión que es continuo aunque sólo aparezca en titulares con motivo de detenciones o de atentados como los recientes en Marruecos, Argelia o Irak, mientras en España día tras día la justicia busca desentrañar las tramas y correlaciones del 11-M.

En el curso de la Historia no es nuevo que el islam ponga en riesgo la supervivencia de Occidente. Ahora Al Qaida representa la mayor ofensiva fundamentalista desde el regreso de Jomeini a Irán. En ambas ocasiones, Europa ha titubeado, ha mirado para otro lado para no ver y ha colaborado en no poca medida, como vemos -por ejemplo- en Gran Bretaña, Holanda o Escandinavia.

Un nuevo oscurantismo se ha ganado la complicidad de un puñado de intelectuales de Occidente, desahuciados de todo sistema de valores y hoy amparados por la sombra de las mezquitas y las madrasas. Roma y Atenas contemplan, prácticamente paralizadas, ese despliegue sanguinario y metódico de la nueva teocracia islamista.

Con un retraso de más de seis siglos, el islam radicalizado recurre a internet y a las impunidades de la nueva tecnología.
Estamos de nuevo en la clásica divisoria entre sociedades abiertas y cerradas.
Tanto adoctrinamiento del odio sólo es practicable en sistemas de naturaleza profundamente iliberal, nacidos bajo el molde del despotismo, países en los que nociones tan elementales como la separación de Iglesia y Estado no han accedido jamás al «corpus» institucional.

La paulatina ósmosis del fundamentalismo islamista del Magreb con la estrategia de Al Qaida es un ejemplo que ha cundido a la vez en Irak. En el caso de Argelia, existe el precedente de las acciones sanguinarias de los GIA -grupos islámicos armados- en los años noventa. Ahí se daba el fracaso de una independencia de partido único, tan admirada por la izquierda española y cuyos episodios más álgidos suenan como una página de Suetonio.

El hervor jihadista en el Magreb convierte la ribera sur del Mediterráneo en la temida frontera para España y el conjunto de Europa. Un experto como Walter Laqueur habla de una masiva nueva generación, de 20 a 25 años, adoctrinada por el fanatismo de predicadores que lucharon en Afganistán y deseosa de practicar el vértigo del terrorismo que se cree heroico.

En el Magreb la metodología tentacular de Al Qaida ha fusionado grupos fundamentalistas de Marruecos, Túnez y Argelia: es un bloque armado que se beneficia en parte del desprestigio popular de los regímenes de la zona aunque sus acciones terroristas tienen el manifiesto rechazo de las poblaciones del Magreb.
Si el Magreb es la gran plataforma para que ondeen los estandartes que -previa unificación de tierras musulmanas- han de presidir la recuperación del califato, esa es una posibilidad que sólo contempla la locura fanática de Osam Bin Laden.

Irak sería ahora mismo zona de despegue, con una actuación terrorista cada vez más intensa por parte de Al Qaida enfrentándose a una ciudadanía que votó su destino de forma soberana y democrática. De ahí el ataque suicida contra la sede del parlamento hace unos días. De hecho Bin Laden lleva años diciendo que Irak es el centro de la «jihad» mundial.

Al Qaida ha declarado la guerra a Occidente pero también, en razón de su naturaleza totalitaria, destruye vidas musulmanas, ya sea en Estados fallidos, en regímenes autoritarios o en zonas en las que la Historia ha ido acumulando despojos y desvaríos.

En realidad, el temor a que los terroristas de Al Qaida en el Magreb crucen las fronteras norteafricanas es solo uno de los elementos de la situación de grave riesgo porque, y en España lo sabemos por las detenciones en torno al 11-M, los terroristas a las órdenes de Bin Laden ya llevan tiempo entre nosotros.
Más que nunca, tenemos el enemigo en casa y no le hizo falta ni tan siquiera un caballo de Troya.

Por eso atribuir el atentado del 11-M a la posición del gobierno de Aznar en la intervención militar en Irak es una interpretación cada vez más emborronada e inconsecuente. En realidad, el terror jihadista no tiene por origen ni la pobreza, ni la guerra de Irak, ni el conflicto árabe-palestino, ni la administración Bush junior.

Sus causas son fruto de una evolución endógena de la política del islam y no consecuencia de una agresión o litigio externo.
La globalización del terrorismo tiene en Al Qaida el paradigma torvo y sobresaliente. Al referirse a los comportamientos de Al Qaida, algunos analistas hablan ya de una «Jihad» mutante: se adapta al terreno mejor que el enemigo, practica la mutación según cree comprobar que el enemigo ha descubierto pautas o parámetros en su conducta y estrategias.

En Madrid, Londres o el Magreb, esas bombas humanas son una amenaza existencial para nuestra forma de vida. Aunque fuese para menguar la angustia de todos, minimizar la dimensión de Al Qaida sólo ampara las fuerzas de la destrucción.

O se escribe un capítulo de la historia de la libertad o se somete uno a cualquier forma de aniquilamiento. Esta vez, la vieja Europa del relativismo y el colesterol no puede permitirse tanta transigencia. Hace tiempo que la «jihad» cruzó el Mediterráneo.

Valentí Puig
ABC

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