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3.2.07

La verdadera raiz del problema

LA noticia adelantada ayer por ABC, en la que se informaba sobre el proyecto de construcción de una macromezquita en Córdoba, debería suscitar diversas reflexiones en una sociedad mínimamente responsable.

La primera atañe a la financiación del proyecto, procedente de países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, donde la libertad religiosa no está reconocida y donde, desde luego, resultaría impensable erigir una iglesia cristiana.

Ya hemos escrito en alguna ocasión, comentando la sedicente Alianza de Civilizaciones (las mayúsculas que no falten) que promueve nuestro presidente del Gobierno, que no existe alianza posible si no se sustenta sobre un principio de reciprocidad entre las partes.
Si a ello añadimos que los países dispuestos a sufragar tales proyectos en territorio español son aquellos en los que rige la doctrina salafista, que entre otras lindezas restringe los derechos de la mujer, así como su capacidad para contratar y obligarse jurídicamente, los motivos de inquietud se acrecientan.

Tampoco parece baladí la observación del editorial de ABC: «Incluso en los sectores moderados del islam, cualquier iniciativa que consista en ampliar la presencia de la comunidad musulmana en España se ve impulsada por la idea del «retorno» a una tierra sobre la que, por haber estado bajo dominio musulmán hace más de quinientos años, aún reclaman un derecho histórico propio».
A este aspecto crucial hacía referencia en un artículo reciente, presentándolo como el principal escollo para un diálogo fructífero entre Occidente e islam.

Y es que el islam, a diferencia del cristianismo (que abandonó esta tentación hace ya varios siglos), no postula tan sólo una fe y una forma de espiritualidad perfectamente respetables, sino también un orden sociopolítico teocrático.
Ignorar esta peculiaridad del islam se me antoja una deshonestidad intelectual que sólo pueden explicar la debilidad o la malicia; pero, por lo que se ve, estamos rodeados de débiles y malvados.

Sorprende que una época que no se conforma con la «sana laicidad» que separa Iglesia y Estado y pretende restringir la legítima intervención de lo cristiano en la vida pública, en cambio no oponga resistencia a la difusión de doctrinas refractarias a conquistas irrenunciables del Estado aconfesional y aun a su propia subsistencia.

No se trata de negar la posibilidad de que un musulmán pueda profesar su fe, sino en establecer nítidamente cuáles son los límites jurídicos que ningún musulmán o creyente en cualquier otra fe puede transgredir; y así, por ejemplo, si nuestro ordenamiento reconoce la capacidad de la mujer para obligarse y contratar, ninguna práctica religiosa podrá negar dicha capacidad.

Y aquí nos enfrentamos a la verdadera raíz del problema, que no atañe tanto a la difusión de tal o cual doctrina religiosa como al desarme social, a la incapacidad de nuestra época para defender con convicción los valores y principios que sustentan su ordenamiento.
Pero quizá este desarme sea la consecuencia natural del potaje relativista que se ha favorecido desde instancias de poder.

Hace unos días, en un foro sobre inmigración, sostuve que la verdadera integración de los inmigrantes sólo se lograría cuando los países receptores impongan unos principios jurídicos de obligado cumplimiento y persigan la anomia.
Una joven entre el público me interpeló entonces; no comprendía que tales principios se hubieran de imponer, si otros principios diversos «no molestaban a nadie».

El debate se centró entonces en la poligamia; de nada me sirvió tratar de explicar a la joven que la poligamia denigra la dignidad de la mujer, favorece la inseguridad jurídica y dificulta la transmisión de riqueza. La joven seguía defendiendo (y percibí que el público mayoritariamente se adhería a su postura) que todo podía permitirse, siempre que «no se molestase a nadie».

Comprendí entonces que la suerte estaba echada.

Por Juan Manuel de Prada

Interesante articulo de Juan Manuel de Prada sobre todo por no ceñirse a lo “Políticamente correcto” y atreverse (en estos tiempos de censura en silenciar todo lo concerniente al Islam) a llamar las cosas por su nombre.

Menos Alianzas y más reciprocidad, es todo lo que pedimos muchos ciudadanos, pero como bien dice el autor y por mucho que intenten disfrazarlo con Alianzas “La suerte esta echada” y Europa siente pánico para oponerse a las incesantes demandas de la comunidad musulmana.

Poco a poco, sin prisas, están consiguiendo introducir sus ancestrales costumbres en Occidente, el dia que consigan sus propósitos y alcancen mayoría, se acabo la reciprocidad y las Alianzas con los infieles.

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