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19.4.10

Europa ya está perdida


Un amigo me alcanzó un artículo –“A la Tercera va la Vencida”– aparecido en Internet, que comenta la analítica versión del historiador y orientalista británico-estadounidense Bernard Lewis, catedrático de Princeton. Lewis sostiene que los musulmanes disponen de ventajas en comparación con los occidentales. Dos ejemplos. El primero, “tienen fervor y convicción, algo que en la mayor parte de los países occidentales no existe o es más bien débil.” Y luego,” la mayoría de ellos están convencidos de su causa, mientras que los occidentales se dedican a la autodenigración y autohumillación”, dejando en claro con ello su incertidumbre existencial. A lo largo de una exquisita descripción, Lewis repasa la historia y el resultado es un escenario más que sorprendente. Revisemos parte del texto aparecido sobre este fascinante tema.

“El año 711 los musulmanes cruzaron el Estrecho de Gibraltar y capturaron la península ibérica. La reconquista de España duró 7 siglos y culminó cuando los Reyes Católicos retomaron Granada en enero de 1492. Este fue el primer intento musulmán de conquistar Europa y terminó en el fracaso. En el siglo 16 el sultán turco Suleimán el Magnífico conquistó Belgrado, Hungría, Transilvania, y Moldavia. Llegó hasta Viena en 1529 pero (sus huestes) fueron rechazadas. Este fue el segundo intento musulmán de conquistar Europa y también terminó en el fracaso.

El tercer intento empezó hace apena treinta años. A diferencia de los dos anteriores –que fueron invasiones de ejércitos armados– éste se produjo a través de la infiltración de millones de inmigrantes, estrategia que ya está teniendo el éxito que no tuvieron los intentos anteriores.

El primer país europeo que se convertirá en país islámico será Holanda. Hoy, en sus cuatro ciudades principales, Ámsterdam, Rótterdam, Utrecht y La Haya, la mayoría de los menores de 14 años son musulmanes. En Inglaterra, los imanes en las mezquitas abiertamente predican el extremismo y el fanatismo. En España, donde hay un millón de musulmanes, el gobierno de Zapatero ha anunciado planes para financiar la construcción de mezquitas y enseñar el Islam en los colegios. Si los Reyes Católicos se enterasen se darían vueltas en sus tumbas.” Recordemos que el país ibérico permaneció siete siglos bajo el poder de los musulmanes.

“El problema no es la religión en sí, ya que cada persona tiene la libertad de creer, o no creer, en lo que prefiera. El problema es que muchos de la nueva generación musulmana en Europa abiertamente desprecian lo que ellos consideran una sociedad materialista, secular y degenerada”, remata el autor. Bernard Lewis, reconocido como el más grande experto en Islam en el occidente, concluye con la sentencia: ´Europa ya está perdida´”.

Sin la menor duda, la conquista de Europa por los musulmanes implica un cambio en el centro de gravedad de la política mundial. Falta ver lo que esto significará. Por lo pronto, su inminente supremacía en países como Holanda, España e Inglaterra se dejará sentir muy pronto. Desde el predominio de la religión hasta el acceso a la tecnología y el poder económico a cargo de gente –como los musulmanes– que durante siglos permanecieron marginados de muchos privilegios, y que desde la caída del Muro de Berlín –cuando el mundo pensó que acababan para siempre los enfrentamientos bélicos– éstos se dedicaron a generar terribles conflictos étnicos en el viejo continente -por ejemplo en Yugoslavia y en Bosnia-Herzegovina-, escalando de su original estrategia de conquista europea por la vía migratoria a una táctica de cruenta lucha fratricida. Todo un enigma para las futuras generaciones de este planeta.


Luis García Miró Elguera
Expreso

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5.6.09

Obama y el califato


CUANDO los dos líderes planetarios de ambos lados de la mar océana se encuentren en enero merced a la conjunción astral de la galaxia progresista, Zapatero debería dedicar unos minutos de su misión cósmica a explicarle a Obama que el Califato de Córdoba y la Inquisición están separados por cinco siglos, más del doble de la edad de la nación americana.

La exactitud de los datos tiene un cierto valor en política, sobre todo cuando se trata de adquirir credibilidad, y el presidente estadounidense, que tiene mucha, ha permitido que su patinazo histórico diluya ante la opinión pública española la importancia de su discurso en El Cairo, versión ampliada de la Alianza de Civilizaciones que el futuro colíder global diseñó con tanto mimo para que su colega cometiese el imperdonable olvido de ningunearlo al citarla o, peor aún, de atribuírsela al turco Erdogan. Así no va a haber modo de liderar el planeta mano a mano.

Error cronológico aparte, la ya célebre referencia obamista a la tolerancia perdida de Al Andalus procede de un extendido tópico de la mitología histórica, que se sobrepone en el imaginario contemporáneo a la terca realidad documentada de una abusiva dominancia musulmana sobre las religiones y razas con las que se supone que el Califato convivía en armonía y esplendor.

Quizá sea mucho pedir que el «negro» -que por cierto es blanco- que le escribe los discursos a Obama se haya leído a Serafín Fanjul, implacable debelador del mito andalusí que sospecha que a la paloma de Ibn Hazm acabaron retorciéndole el pescuezo con su lírico collar, pero sí al menos debería conocer a Bernard Lewis, que escribe en su lengua.

Lewis, antipático politólogo arabista de autoridad mundial, duda de la existencia de ese islam moderado al que la Casa Blanca desea tender la mano, y al respecto pueden ocurrir dos cosas: que lleve razón o que no. Si no la tiene, Obama quizá pueda abrir una nueva era de paz y de diálogo, pero si la lleva el asunto acabará como en otras experiencias similares de anteriores presidentes demócratas, que han terminado tirando montones de despechadas bombas sobre los presuntos amigos empeñados en comportarse de forma poco amistosa con ellos. Así que más vale que Lewis no esté en lo cierto, por la cuenta que nos trae a todos.

De momento el que se ha equivocado es el propio Obama, y por cinco siglos de diferencia. El resbalón constituye un decepcionante episodio para sus admiradores, entre los que me cuento, porque un hombre de su prestigio no merece que le escriban discursos basándose en la wikipedia. Los cientos de asesores de Zapatero tienen tarea para el día glorioso de la alineación de los astros: elaborar unas fichas históricas medianamente rigurosas para que al menos nuestro timonel planetario no parezca recién graduado en la Logse.

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Ignacio Camacho.
ABC.es

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12.1.09

Hay que liberar a los palestinos de Hamas

SOLDADOS DE ALÁ





El escritor Bernard-Henry Levy uno de los más importantes filósofos contemporáneos y profesor en la Universidad de Paris, nos ofrece en este artículo su opinión sobre la actual situación entre Israel y Palestina.

Solo una pequeña observación sobre el título que no quiero dejar pasar por alto, Bernard-Henry Levy opina que “Hay que liberar a los palestinos de Hamas”

¿Quién tiene, o debe, liberar a los Palestinos de Hamas?
¿Quien puede pensar que los palestinos desean ser liberados del terrorista Hamas?
¿Cómo se puede olvidar que a pesar que Hamas ya había manifestado en diversas ocasiones la negación absoluta a la existencia de Israel, y el rechazo de alcanzar acuerdos de paz, que Hamas accede al poder con elecciones democráticas, libres y limpias? Hamas no ha engañado a la población Palestina que votó a conciencia lo que representa Hamás, y lo que Hamas expresa es la voluntad popular.

Israel tiene todo el derecho en defender a sus ciudadanos de una provocación sistemática, del lanzamiento de cohetes katiuska y misiles, por el momento, o al contrario ¿debería esperar a ser aniquilado? esta es la cuestión.
Nadie puede liberar al pueblo palestino de Hamas, solo ellos, si quieren, si desean la paz, si quieren a sus hijos, pueden hacerlo.

"Hay que liberar a los palestinos de Hamas".

Dado que no soy un experto militar, me abstendré de juzgar si los bombardeos israelíes de Gaza habrían podido ser más precisos y menos mortíferos. Dado que, desde hace décadas, jamás pude distinguir entre buenos y malos muertos o, como decía Albert Camus, entre «víctimas sospechosas» y «verdugos privilegiados», también yo me siento horrorizado antes las imágenes de los niños palestinos asesinados.

Dicho esto y teniendo además en cuenta que un viento de locura parece haberse instalado en algunos medios de comunicación, una vez más y como siempre cuando se trata de Israel, me gustaría recordar algunos hechos:

1. Ningún gobierno del mundo, ningún otro país más que este vilipendiado Israel, arrastrado por el fango y demonizado, habría tolerado ver miles de obuses caer, durante años, sobre sus ciudades. Y por lo tanto, lo más importante del caso, el auténtico tema de sorpresa no es la «brutalidad» de Israel, sino su enorme moderación.

2. El hecho de que los cohetes Qasam de Hamas y, ahora sus misiles Grad, hayan ocasionado tan pocos muertos, no demuestra que sean artesanales o inofensivos, sino que los israelíes se protegen, que viven enterrados en los sótanos de sus casas en una vida de pesadilla, siempre en vilo, siempre atentos al sonido de las sirenas y de las explosiones. Yo estuve en la ciudad israelí de Sderot y lo pude comprobar.

3. El hecho de que, en cambio, los obuses israelíes provoquen tantas víctimas no significa, como bramaban los manifestantes de este fin de semana, que Israel se haya lanzado a una «matanza» deliberada e indiscriminada, sino que los dirigentes de Gaza optaron por la actitud inversa: exponer a su población.
La vieja táctica del «escudo humano» que pone en práctica Hamas, tal y como hiciera Hizbulá hace dos años, instalando sus centros de mando, sus stocks de armas y sus búnkeres en los sótanos de edificios, hospitales, escuelas y mezquitas, es una táctica eficaz pero repugnante.

4. Entre la actitud de unos y de otros hay, dígase lo que se quiera, una diferencia esencial y que no pueden ignorar los que quieran tener una idea justa y cabal de la tragedia y de los medios para ponerle fin: los palestinos disparan contra las ciudades, es decir contra civiles (y eso, en el derecho internacional, se llama «crimen de guerra»), mientras los israelíes apuntan a objetivos militares y ocasionan, sin quererlo, terribles daños civiles (es lo que, en lenguaje militar, se llama «daño colateral», una palabra que, a pesar de ser odiosa, remite a una auténtica disimetría estratégica y moral).

5. Dado que hay que poner los puntos sobre las íes, es necesario recordar un hecho del que la prensa francesa apenas se hizo eco y del que, sin embargo, no conozco precedente alguno, en guerra alguna ni por parte de ningún ejército del mundo. Y es que, durante la ofensiva aérea, las unidades del Tsahal llamaban por teléfono sistemáticamente (la prensa anglosajona habla de 100.000 llamadas) a los habitantes de Gaza que vivían en los alrededores de los blancos militares, para invitarlos a evacuar el lugar. Es evidente que eso no evita la desesperación de las familias sin hogares, ni a las vidas truncadas, ni las matanzas. Pero que el hecho sea así no deja de ser un detalle significativo.

6. Tampoco es totalmente real ni exacto el famoso bloqueo integral, impuesto a un pueblo hambriento, al que le falta de todo y que lo hunde en una crisis humanitaria sin precedentes (sic). Los convoyes humanitarios nunca dejaron de pasar hasta el comienzo de la ofensiva terrestre. Por el control de Kerem Shalom, sólo el día 2 de enero, fueron 90 los camiones de víveres y de medicinas que, según The New York Times, pudieron entrar en Gaza. Y sólo evoco, para recordárselo a algunos (porque es algo habitual, aunque, escuchando a esos tales, no lo parezca), que los hospitales israelíes siguen recibiendo y curando, todos los días y al menos hasta el momento en que yo escribo, a los heridos palestinos.

Esperemos que los combates cesen cuando antes. Y esperemos que, cuanto antes también, los comentaristas vuelvan en sí. Ese día descubrirán que Israel cometió muchos errores durante estos últimos años (ocasiones fallidas, largo rechazo a la reivindicación nacional palestina, unilateralismo), pero que los peores enemigos de los palestinos son esos dirigentes extremistas que nunca quisieron la paz, que jamás quisieron un Estado y que sólo pensaron para su pueblo en un Estado concebido como un instrumento de secuestro. Lo demuestra la siniestra imagen de Jaled Meshaal del sábado día 27 de diciembre, que, ante la inminencia de la respuesta israelí tan deseada, sólo sabía exhortar a su «nación» a «ofrecer la sangre de más mártires». Y lo decía desde su confortable exilio, desde su cueva de Damasco.

Hoy en día, una de dos. O bien los Hermanos Musulmanes de Gaza restablecen la tregua que rompieron y, al mismo tiempo, declaran periclitada y sin efecto un acta fundacional basada en el rechazo de la «entidad sionista». En ese caso, se unirán al amplio frente del diálogo que, gracias a Dios, sigue creciendo en la zona, y vendrá la paz. O bien se obstinan en seguir viendo en el sufrimiento de los suyos únicamente un carburante para sus pasiones recocidas, su odio loco, nihilista y sin argumentos. Y en ese caso, habrá que liberar de las sombrías garras de Hamas no sólo a Israel, sino también a los palestinos.

Bernard-Henry Levy

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2.1.08

El hombre que anunció el ataque a las Torres


El hombre que anunció el ataque a las Torres Gemelas:
Bernard Lewis

Es hoy, posiblemente, el especialista más importante sobre el mundo árabe y el Islam. Conoce la cultura y la lengua árabes como pocos. Define a los enemigos del Occidente como “personas que sienten que su causa es el islam, con gente que representa una versión particular del islam y que tiene un enorme apoyo entre los musulmanes”, pero eso —advierte— “no quiere decir que estemos en guerra contra el islam”. Asimismo, se niega a que se politice el área de estudios de la Historia, ya que esto tendría consecuencias negativas.

Enemigo oculto
Era el joven profesor de Historia, Cleveland E. Dodge en Inglaterra en 1940, y debió enrolarse para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Pero en aquel entonces era más optimista que hoy sobre los resultados a lograr.
Dice que estamos sufriendo la cuarta guerra mundial —la tercera fue la llamada “Guerra Fría”— y él es el hombre que además de haber anunciado anticipadamente la revolución iraní del “Ayatola” Jomeini (realizada en 1979), más acá en el tiempo predijo también un ataque de envergadura al corazón de Occidente, como el que finalmente se produjo en septiembre de 2001 contra las torres neoyorquinas.
Actualmente –sostiene– nos topamos con un enemigo agazapado, muy difícil de localizar y del que no sabemos dónde está. Esto no ocurría en los años treinta y cuarenta, donde se ubicaba perfectamente como enemigos visibles a la Alemania de Hitler o a la Unión Soviética de Stalin, asevera.

Celebridad
Bernard Lewis –de él estamos hablando–, es autor de una veintena de muy importantes libros, entre los cuales los más célebres son “Los árabes en la Historia” y “Estudio del Islam”, y otros más recientes como “¿Qué ha pasado? El impacto de Occidente y la respuesta del Medio Oriente” (2002), “La crisis del Islam: Guerra Santa y terrorismo” (2003) y “From Babel to Dragomans: Interpreting the Middle East” – de Babel a Dragomans: interpretando el Medio Oriente (2004) -.
Son pocos los que discuten hoy la condición de “número uno” de Bernard Lewis en el estudio de los temas árabes y del islamismo.

A fines de abril de 2006 le celebraron en Filadelfia sus noventa años de edad, con un Seminario sobre el Islam y el Occidente. Varios barrios de la ciudad tuvieron que ser acordonados, debido a la presencia –entre otros– del Vicepresidente de los Estados Unidos, Dick Cheney, de varios senadores, de celebridades académicas y hasta de estrellas del cine y de la televisión. Todos pugnando por brindar su cálido reconocimiento al maestro.
Queremos aquí, en la primera parte de nuestra nota, pasar revista a algunos de sus conceptos en base a las más recientes declaraciones que formulara a la prensa internacional.

La polémica
El recientemente fallecido profesor árabe cristiano Edward Said —que como sabemos conformó un ámbito común junto a Daniel Baremboim— en su libro “Orientalismo” (1976) intentó demostrar que los autores orientalistas, como Lewis, son básicamente “imperialistas” que miran por arriba del hombro la cultura oriental. Said, profesor de Literatura Comparada en los Estados Unidos, tuvo en este país bastante eco (a diferencia de Europa).
Pese a que no tenía los créditos académicos que se suelen exigir, tuvo muchos seguidores y difusores de la teoría poscolonial, que optaron por sus diatribas contra “el imperialismo” en vez de profundizar en los estudios del Oriente que había realizado Lewis.
Los partidarios de Said desestimaron la importancia de los eruditos estudios de Lewis. A diferencia de Raymond Aron frente a Jean-Paul Sartre, dice Walter Laqueur (director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington), Lewis sí pudo ver en vida que tenía razón en su polémica con Said. Además, agregamos nosotros, lamentablemente también todos pudieron constatar que no se hallaba equivocado cuando predijo un atentado de magnitud contra el mundo libre.

Argumentos
Ya en 1990, Bernard Lewis acuñó el término “choque de civilizaciones”, que poco más tarde retomaría y popularizaría Samuel Huntington.
En un artículo en el “Foreign Affairs”, fue también Lewis el primero en llamar la atención sobre el significado de aquella proclama de Bin Laden en 1998, que convocaba a recuperar las tierras para el Islam. Y Lewis señaló asimismo que el fanático líder consideraba como tierras del Islam a una geografía que incluye tanto a España como a Israel.
A su vez, muchos ven en el libro de Lewis, “¿Qué ha pasado? El impacto de Occidente y la respuesta del Medio Oriente” el primer argumento desarrollado que dio pie a la acción de George W. Bush en Irak, como respuesta al atentado de septiembre de 2001 en los Estados Unidos.

Ideología y terror
Lewis sostiene que se equivoca Bush cuando habla de una guerra contra el terror, pues el terror es un método que lleva a objetivos bien delineados por quienes lo usan. Pero en sí mismo el terror no es una ideología. Bin Laden plantea que para ellos está muy claro de qué se trata esta guerra: “…ésta es una guerra contra los infieles, la continuidad de la lucha del islam, que comenzó con el profeta Mahoma”. Aunque permanentemente aclara Lewis que el hecho de que un grupo de terroristas pretendan hacer del islam su causa, eso no quiere decir que nosotros debamos pensar que estamos en guerra contra el islam; sí, contra este grupo que enarbola premisas islámicas. “Y en esta guerra contra el terrorismo, es imposible permanecer neutrales”, subraya.

Desconocimiento
En un reciente reportaje, Bernard Lewis afirma que los grupos terroristas islámicos no saben lo que es una sociedad libre, y allí donde ven los signos de disenso en el Occidente, lo atribuyen a una supuesta debilidad. Es más, ejecutan el terror y se fortalecen al ver la falta de reacción —la que sólo llegaría luego del tremendo impacto del ataque a las torres neoyorquinas, con la respuesta norteamericana en Afganistán e Irak.

Lewis ve en el caso español un ejemplo típico de los que fortalecen las convicciones de la metodología terrorista: una bomba en la estación de trenes de Madrid, y como resultado de esto, los españoles se retiran de Irak. Y algo análogo sucedió en distintos países. Sólo Israel aparecía como un escollo a esa voluntad omnímoda de los terroristas.
Por ello, Lewis toma el ejemplo de la irritación que causó a la Autoridad Palestina cuando la televisión italiana difundió imágenes de las hordas que en Ramala destrozaron a dos soldados israelíes que habían confundido el camino… Así como difunden todo tipo de imágenes de sus atentados, en este caso optaban por silenciarlo. Y Lewis explica por qué: Israel, a diferencia de otros países del Occidente, “…no iba a salir corriendo sino que iba a dar inmediata respuesta, y más dura aún”.

Clon
En su análisis, Lewis no sólo ve al partido “Baas” (de Saddam Hussein) como una continuidad iraquí de la presencia de la Alemania nazi en ese país en 1941, sino que al propio Saddam Hussein lo caracteriza como “un clon de Hitler y Mussolini”.
Califica de “tonterías” a los que pretendieron ver en el autoritarismo del régimen iraquí depuesto, una característica inmanente a los musulmanes. Afirma Lewis que si bien aquel mundo tiene un modelo social y político muy rígido y nada democrático, “esas formas de totalitarismo no tienen precedente alguno en el pasado árabe o islámico” y que, en cambio, representan “una importación europea, que toma elementos del fascismo y del comunismo. Saddam Hussein fue esa importación europea más exitosa”.

De todas maneras entiende que hay muchas formas políticas e institucionales islámicas que configuran situaciones opresivas, siendo la más patética la subyugación y el sometimiento de la mujer.

Conflictos
Cuando le preguntan sobre la presunta determinación del conflicto israelí-palestino en la situación internacional, Lewis señala que si bien es muy importante que se resuelva la cuestión palestina, “uno puede ir recorriendo todo el perímetro del mundo musulmán y encontrar conflictos similares: Kosovo, Bosnia, Chechenia, Cachemira, Timor…”. Y argumenta que Palestina recibe mayor atención porque enfrente está Israel, que tiene una sociedad democrática en la que entre otras cosas, rige la libertad de expresión y cada cual puede opinar, algo que el mundo islámico no está nada dispuesto a imitar.
Además, advierte que “…si la cuestión palestina se solucionara mañana, tendrían la furia de su gente exclusivamente dirigida contra ellos”. Es decir que Israel aparece de un lado como un elemento aglutinante del islam en tanto tiene a un “enemigo”; y del otro, como una “válvula de escape” porque dada su miserable situación, las masas árabes comienzan a impacientarse con su dirigencia.

Antisemitismo
En esta segunda parte de nuestra nota, queremos reseñar brevemente la postura de Lewis en un tema en el que no es tan conocido como por sus estudios del mundo árabe y el islam, pero en el que también ha hecho un aporte singular: la historia del antisemitismo en países occidentales y cristianos, y en los orientales y musulmanes.

Así, explica que en un comienzo se produjo la ridiculización de los judíos, dado que sus vecinos eran politeístas. Y se mofaban de los judíos porque éstos aseveraban que sólo existe un Dios único, del que no había imagen alguna. Y además los escandalizaba ciertas prácticas judaicas como la circuncisión. También eran críticos por la dedicación del “Shabat”, donde los judíos perderían un séptimo de sus vidas, según autores griegos y romanos. Pero a dicha época histórica, todavía Lewis no lo llama “antisemita”.

Demonización
Sí hay antisemitismo cuando se ve en el judío al portador del mal cósmico, hecho que comienza cuando los primeros cristianos lo demonizan. Lewis concluye que la inclusión en los Evangelios de la responsabilización a los judíos por la crucifixión de Jesús, nace como consecuencia del intento de exculpar a los romanos. Aquel mensaje al tiempo que exculpaba a los romanos, culpaba a los judíos. Esto tuvo “efectos devastadores” afirma Lewis, especialmente durante la celebración de la Pascua cristiana.
La religión fue entonces el primer motivo por el que por varios siglos se ha hecho gala de antisemitismo activo.

La segunda etapa arranca con la Ilustración, época en que la religión es notoriamente desacreditada. “Se necesitaban nuevas razones para odiar a los judíos. Las encontraron”, afirma Bernard Lewis. Todos sabemos de aquellas formas de burla contra los religiosos judíos y de otras formas “racionales” de discriminación.

Y la tercera etapa, racial, nace en la España de la expulsión, que fue también la de la conversión forzosa. Allí hubo desconfianza generalizada hacia los “nuevos cristianos”, sean provenientes del judaísmo o del islam. Así fue que para conferir ciertos cargos de privilegio se llegó a la exigencia de los certificados de limpieza. Es decir, se reclamaba de los postulantes una “pureza de la sangre” que acredite no haber tenido antepasados judíos.
Esta etapa racial aun contemplaba que los judíos pudiesen adoptar la religión dominante. Hasta que se llegó a la Alemania hitlerista, donde ya no existe esta posibilidad, pues el criterio es decididamente étnico.

Arios y semitas
Lewis recuerda que quien primero acuñó los términos “ario” y “semita” fue el filólogo alemán Max Müller, pero que éste ya en 1872 aclaró que los usaba sólo desde la perspectiva filológica; es decir, de un lado agrupaba a las lenguas semíticas como el arameo, el hebreo, el árabe; y, del otro, a las lenguas arias, como el persa, el sánscrito, el latín, el griego y otras.
El nazismo llevó antojadizamente desde el lenguaje a la antropología esta clasificación, dando origen a un fanatismo cuyo resultado ya conocimos: la Shoá.

Nuevo disfraz
Difundidos los crímenes del nazismo, entonces se arriba a una tercera fase del antisemitismo en el que ya no entra el desacreditado razonamiento racial, sino el ideológico-político, que “proporciona –nos dice Lewis– el disfraz moderno, social e intelectualmente aceptable para sentimientos que se remontan a unos dos mil años atrás”.
La actualidad –afirma nuestro autor– presenta una clara demostración de que se puede odiar a los judíos sin ser antisemitas.

En esta nueva etapa de judeofobia vemos que la masacre de Sabra y Chatila (El Líbano) perpetrada por árabes contra árabes en septiembre de 1982, es empleada para culpar moralmente a Israel que tenía presencia militar en las proximidades; mientras que otra masacre entre árabes como la que se lleva a cabo ese mismo año en Hama (Siria) no tiene difusión alguna porque allí no hubo presencia judía. “Este contraste es claramente antijudío”, sostiene Bernard Lewis. Y ya sabemos la cantidad de casos análogos que hallamos diariamente.

Mundo árabe
En cuanto al mundo árabe, Lewis llama “mito” a “la fantasía de una edad de oro, de igualdad, respeto y cooperación mutuas” entre judíos y árabes en la España mora. Señala de todos modos que fueron los países cristianos los que vivieron persiguiéndose entre ellos, y cuando no era así realizaban las Cruzadas o la emprendían contra los judíos.

En el Corán se encuentran versículos contra los judíos. Y del profeta Mahoma sabemos que estuvo más en contacto con judíos que con cristianos. Y se nos dice que se ha enfrentado y dado muerte a los judíos, admite Lewis. Sin embargo, durante algunas centurias los judíos vivieron en un marco de tolerancia en la geografía islámica. Y Lewis explica esto en la razón de que no los veían como peligrosos, a diferencia de los cristianos de quienes sospechaban porque podrían tener vínculos con los países correligionarios de Europa.

Es en el Imperio Otomano –nos dice nuestro autor– donde requerían la presencia judía, porque sabían que los judíos eran muy activos en el comercio y la industria. Dice Lewis que “de muchos documentos de los archivos otomanos queda claro que los valoraron (a los judíos) como activos productores de beneficios”.
Claro que también el antisemitismo de la cristiandad europea fue introducido en el mundo árabe, cuando en Damasco (Siria) en 1840 circula el libelo de sangre. Y, ya en la época del “Caso Dreyfus” aparece la primera traducción desde lenguas europeas al árabe, de un conjunto de textos antisemitas.

Enseñanza
Bernard Lewis es un hombre muy escuchado incluso en las altas esferas del poder político norteamericano. El Vicesecretario de Defensa de los Estados Unidos, Paul Wolfowitz, dijo de él: “Nos ha enseñado a comprender la enmarañada y decisiva historia del Medio Oriente sirviéndose de ésta para señalarnos el camino útil para construir un mundo mejor para las futuras generaciones”.

Lewis aún conserva el acento de su país –Inglaterra–, pese a que lleva más de treinta años en los Estados Unidos, donde se radicó en 1976, siendo profesor en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey).
Vale señalar que el “Moshe Dayan Center” de la Universidad de Tel Aviv es un centro de estudios que dirige Martin Kramer, un discípulo de Lewis, a quien incluso le dedicó hace algunos años, estudios en su honor. Lewis suele veranear en Tel Aviv, donde posee un apartamento costero.

Advertencias
Queremos concluir con las actuales predicciones y advertencias de Bernard Lewis. La lucha contra “Al Qaeda” –sostuvo en una entrevista de 2004– será larga, y advirtió: “Debemos tener en cuenta la posibilidad de que ´Al Qaeda´ gane, pues tiene muchos aliados en Occidente. Aliados conscientes e inconscientes”.
Entre los aliados conscientes mencionó a las crecientes minorías islámicas en Europa, que tienen una tasa de natalidad superior a la población cristiana. Y, esto es muy importante, señaló con agudeza que entre los aliados inconscientes están los desencantados de Occidente, entre otras razones porque muchos de éstos ven admirativamente las certezas y convicciones que tienen los que adhieren al islam, sumado al sentido místico de la misión para llevar adelante.

También advierte que la Unión Europea está integrada por países que constituyen verdaderas “cooperativas de envidias”. Y concluye: “Ellos –los islámicos– aparecen unidos, mientras las democracias se hallan profundamente divididas”.

Como vemos, estamos viviendo una época en la que no podemos cerrar los ojos y ni siquiera parpadear para no dejarnos vencer por el ensueño. El descuido puede ser fatal. Y ya Bernard Lewis demostró en más de una ocasión, que sus advertencias deben ser tenidas en cuenta.
Un estudioso e incansable autor de la historia de la realidad política, judío orgulloso de su estirpe, pronto a cumplir 92 años de edad.
Nuestro deseo es por ahora ¡Hasta los 100, como a los 20!

Por: Moshé Korin

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20.8.07

"La tercera invasión mundial del islam"


"La tercera invasión mundial del islam" mezcla "emigración y demografía" con "el automenosprecio, las autohumillaciones y las disculpas" de Occidente.

Lewis no sólo constata una nueva invasión islámica de Europa sino graves enfrentamientos entre sectas musulmanas por determinar quién lidera el proceso.

"Tercera oleada musulmana" sobre Europa

Bernard Lewis constata sin rodeos que, tras la primera invasión musulmana que llevó el islam a España y la segunda, otomana, que lo intentó siglos después por el lado opuesto de Europa, el islam considera que ha llegado la hora de la "lucha final" entre las fuerzas del bien y del mal para que “la verdadera fe” domine el mundo.
En este sentido, la yihad está desencadenada por los “afortunados receptores del mensaje final de Dios a la humanidad”, receptores que “tienen el deber de no mantenerlo egoístamente para ellos mismos sino llevarlo" al resto de los hombres.

Según el profesor de Columbia, esta nueva “tercera oleada” musulmana se está produciendo en medio de un doble proceso: la “nefasta” indiferencia occidental y la lucha entre los propios musulmanes por ver quién lidera el proyecto.

En este último caso, la carrera se ha desatado entre organizaciones terroristas como Al Qaeda y sus grupos satélite explícitos o implícitos, que importan a Occidente el salvajismo cotidiano del Medio Oriente pero también entre países que, como Arabia Saudí e Irán, comparten religión y mensaje divino a la vez que una descarnada rivalidad sectaria que hace predecir un enfrentamiento interno entre chiítas y sunitas por determinar quién controlará el proceso de dominio del territorio infiel.

A Bernard Lewis, considerado a sus noventa y un años como uno de los mayores expertos mundiales en las relaciones del islam con Occidente y acuñador de la expresión “Choque de Civilizaciones” tres años antes que Samuel Huntington la popularizara en su famoso artículo de la revista Foreign Affairs, los roces tectónicos entre el islam y Occidente no le sorprenden. Es más: ve muy posible una “larga y sombría guerra de razas entre las diferentes comunidades en Europa”.

Castigo contra España

Las agencias internacionales transmiten al mundo los partes de una guerra que, en España, tiene dimensiones físicas, geográficas. A menos de una semana del inicio del juicio por los atentados de 2004, en el que se rememorará cómo en el interior de las mezquitas fue desarrollándose el grupo islámico de castigo contra España, la prensa de todo el mundo reproduce el temor en el ejército español a las “dobles lealtades” de los soldados de origen marroquí encuadrados en sus filas.

“Oficialmente, Ceuta y Melilla son presentadas como modelos de una armoniosa coexistencia entre católicos, musulmanes, y las más pequeñas comunidades judía e hindú, pero la realidad es menos rosa”, afirma un largo reportaje de la agencia alemana DPA. “Si surge un conflicto con Marruecos sobre soberanía o sobre otro tema, no estoy seguro de que los soldados musulmanes me obedezcan”, confiesa un mando no identificado a la enviada especial. “Debido a su más alta tasa de nacimientos, se espera que los musulmanes se conviertan en mayoría en Ceuta y Melilla tan sólo dentro de una década”, se apunta en una información plagada de los inquietantes datos sobre muy dudosas lealtades que los sectores ‘progresistas’ españoles no han dudado en relacionar con el “RACISMO”.

También la palabra “intolerancia” aplicada a la Iglesia Católica surge de forma casi inmediata en esos mismos sectores cuando los medios internacionales dan cuenta de la alarma en las autoridades eclesiásticas españolas sobre la exigencia de culto compartido en la Catedral de Córdoba o ante los grandes proyectos de mezquitas con masivos edificios que dominan el paisaje y minaretes que sobrepasan en altura las más altas torres de las iglesias.

Reus: El reclutador de suicidas-homicidas

Mientras la Fiscalía española archiva una amplia investigación sobre el destino real de los fondos saudíes gestionados por la enorme mezquita madrileña de la M-30 amparándose en que no hay acusaciones concretas y “no se puede ir contra las mezquitas de una forma genérica y global”, en la localidad catalana de Reus se detenía a quien es ya considerado como el principal reclutador en España de terroristas islámicos.

Bajo la apariencia de un aficionado al deporte en los ratos libres que le dejaba su humilde trabajo de albañil, el supuesto emigrante pakistaní, Mbark el-Jaafari, recaudaba jóvenes y dinero en las mezquitas para convertir a ambos en armas de la yihad en Irak, Marruecos y Argelia tras el oportuno paso por los campos salafistas de entrenamiento en el norte de África. Vestido a la manera occidental para no levantar sospechas, el-Jaafari habría enviado no menos de 32 suicidas a matar muriendo, y lo hizo antes y después de que las autoridades españolas le concedieran, generosamente, los permisos de residencia y de trabajo.

"Automenosprecio, autohumillaciones" de Europa

Esta “competencia” entre musulmanes se lleva desde el terreno de la influencia representada por la sunita Arabia Saudí y sus inyecciones de fondos para la creación de mezquitas y “centros culturales” en Occidente pero también desde un Irán que, si no realiza el proselitismo y una labor de penetración lenta y subterránea en terreno infiel clásica de los saudíes, “pronto podría obtener armas de destrucción masiva más allá de los más enloquecidos sueños de Hitler”.

En todo caso, la actual “tercera invasión” musulmana tras la que llegó a España y la que alcanzó las puertas de Viena, ambas fracasadas, se está produciendo mediante una mezcla de emigración y demografía que está poblando de musulmanes la Europa Occidental, en un avance que se mide ya por años, junto con “el automenosprecio, las autohumillaciones y las disculpas” de los europeos como toda contestación al proceso.

"Tolerancia a la intolerancia"

Lewis predice tiempos de luchas entre comunidades en Europa en un tensión que ya se manifiesta en el surgimiento de movimientos neofascistas y racistas en el continente. “Si esta va a ser la única respuesta de Europa, además de la autohumillación, el panorama es bastante deprimente”, concluye Lewis. Sin embargo, no parece que la opinión europea vaya por el camino de enfrentarse al radicalismo de la penetración musulmana, como muy bien se encargan de denunciar los contados columnistas periodísticos que desafían los sambenitos de “racistas” e “intolerantes” que caen a quienes alertan sobre los riesgos de la permisividad de las manifestaciones más intolerantes del islam con los valores occidentales.

“La tolerancia a la intolerancia es aún el más acuciante pecado de este país”, afirmaba el columnista Henry Porter en un artículo en el laborista Observer, la edición dominical del Guardian, en el que se admiraba de la indiferencia británica ante el demoledor reportaje de Channel 4 en el que se mostraban a imanes educados y financiados por Arabia Saudí emitir los más tremendos mensajes de odio contra Occidente. “Si la mayoría de los musulmanes quieren realmente integrarse, deberían empezar por echar a patadas de las mezquitas a los predicadores del odio”. “El islam tiene mucho de lo que alardear pero sugiero que los misioneros saudíes no tienen nada que ofrecer más allá de problemas”, concluye Porter.

Bernard Lewis.
Universidad de Columbia.


27.3.07

El retorno del imán escondido


“En 1940 sabíamos quiénes éramos, sabíamos quién era el enemigo, sabíamos cuáles eran los peligros y cuáles eran los problemas. En nuestra isla, sabíamos que prevaleceríamos, que los americanos serían incorporados a la lucha. Hoy es distinto. No sabemos quiénes somos, no sabemos cuáles son los problemas, y seguimos sin entender la naturaleza del enemigo”.
Bernard Lewis.

Bernard Lewis, cumplió 90 años esta primavera, británico, afincado en los Estados Unidos, profesor emérito sobre estudios de Oriente Próximo, ampliamente reconocido como un gran conocedor de los países islámicos. En definitiva, si la palabra todavía significa algo, un sabio.

Es autor de numerosos libros sobre la materia, alguno de ellos de enorme difusión – al menos en el ámbito anglosajón – como “What went wrong?” (¿Qué ha fallado?) Su capacidad previsora, la ha manifestado en diversas ocasiones. Quizá la más notoria fuera en el año 1998 cuando escribió para la edición de noviembre de la revista “Foreign Affairs” un curioso artículo titulado “Licencia para matar” que analizaba detenidamente la declaración de un entonces poco conocido ben Laden, sacada de un diario editado en Londres en árabe, llamado Al-Quds-Al-Arabi.
En este texto, a la par que traducía la “fatwa” del saudí, explicaba de dónde venían las reivindicaciones del personaje. Hacía especial hincapié en la relevancia de los hechos históricos poniéndolos en el contexto de las personas hacia quienes iban dirigidos, y cómo iban a ser entendidos por ellos. Quizá sea oportuno recordar el contenido esencial de la sentencia que dicta el iluminado:

“Matar a los americanos y sus aliados, tanto civiles como militares, es un deber individual de cada musulmán que pueda hacerlo, en cualquier país en que sea posible, hasta que la mezquita de Aqsa (en Jerusalén) y la de Haram (en La Meca) sean liberadas de su garra y hasta que sus ejércitos, despedazados y descontrolados, se marchen de todas las tierras del Islam, y no puedan amenazar a ningún musulmán”.

El hecho de que fuera uno de los primeros en prestar oídos a las palabras de esta persona, debería hacernos pensar un poco en el último artículo publicado por Lewis.
En él se pregunta por la insistencia del presidente de Irán, Ahmadineyad, en retrasar su respuesta a las potencias internacionales – es un decir – acerca de su programa de armamentos nucleares.

Resulta que al parecer la insistencia en la fecha concreta del 22 de agosto responde a una concepción bastante apocalíptica de la celebración del aniversario del viaje de Mahoma a “la más lejana mezquita” generalmente identificada como la de Jerusalén, y luego al cielo, y de vuelta. Todo ello se relaciona con un supuesto fin del mundo vinculado al retorno del Imán Escondido.

Para Lewis:“Esta (la de 22 de agosto) puede ser una fecha apropiada para el final apocalíptico de Israel y, si fuera necesario, del mundo.
No es nada seguro que el Sr. Ahmadineyad planee algún acontecimiento cataclísmico precisamente para el 22 de agosto. Pero sería conveniente tener en cuenta esta posibilidad”.

Pase lo que pase, es imprescindible resaltar que quien escribe esas líneas es un profundo conocedor del Islam y de la mentalidad de los radicales que gobiernan en Irán, que se trata de una persona prudente, madura, cuidadosa y precavida, que no acostumbra a hacer declaraciones ni buscar titulares.

Pero, por responder a las promesas del título, no se demore más la referencia a aquello que hay que saber acerca de la prácticamente ignota realidad islámica, a pesar del exceso de informaciones y sucesos que no ayudan necesariamente a comprenderla.

Para empezar Lewis nos dice algo conocido: que en el Islam no existe la separación entre iglesia y Estado. Advierte que la religión es la base tanto de la identidad como de la lealtad. Ahora bien, no se trata de un concepto exclusivamente religioso, sino que es un elemento de civilización que lo impregna todo, se trata de una cultura.

¿Cuál es el significado de la ley islámica o sharia? Se trata efectivamente de una ley, no de linchamiento y terror. Es un sistema que proporciona reglas, reglas para presentar pruebas, para acusar, para defenderse, y para todo lo que el Derecho significa; lo que no quiere decir que esta sea la aplicación que recientemente ha tenido.

¿Se puede representar al Profeta, por ejemplo, en una viñeta de periódico? Toda representación del Profeta es contraria a la religión musulmana.
Siendo esto cierto no es una observancia estrictamente aplicada por los propios musulmanes. El fundamento es tratar de evitar cualquier tipo de identificación del Profeta con Dios. Otra cosa sería idolatría. Por eso son austeras las mezquitas en donde no hay cuadros, ni estatuas, sólo inscripciones. No parece que hubiese problema de idolatría en el famoso asunto de los dibujos daneses, por ejemplo. Ahora bien, no se puede insultar al Profeta. Esto plantea dos problemas, uno de fondo, y otro de jurisdicción.

¿Hasta dónde llega la jurisdicción de la ley islámica? De acuerdo con los chiíes y una minoría de suníes, la ley musulmana es aplicable a cualquier musulmán, viva donde viva. La posición mayoritaria suní es que la ley musulmana sólo se aplica a los musulmanes viviendo en tierras del Islam. Si la ofensa la comete un occidental que sea súbdito de un país islámico, debe ser acusado, juzgado y si es necesario, castigado. Eso sí, no bastaría con decir que Mahoma no es el Profeta, la acción debería ser más insultante.

Lo que no se plantea nunca, según Lewis, es la ofensa cometida por un no musulmán en un país no islámico. Según la opinión unánime de todos los doctores de la Ley, esto no es asunto de la Ley Islámica.
Lo que, puesto en la perspectiva de los famosos chistecitos daneses nos da un resultado de extraña perplejidad.

Para que los daneses fuesen considerados culpables habría que estimar que son “dhimmis”, es decir sujetos no-musulmanes de un Estado musulmán. Lewis se pregunta “¿Quiere esto decir que Dinamarca, junto con el resto de Europa, se considera ahora parte de las tierras islámicas?”

Como es sabido el insulto al Profeta no es precisamente una novedad. Se repite con frecuencia el caso de Dante, que en “La Divina Comedia” lo considera sembrador de escándalo y de cisma situándolo, de conformidad con las enseñanzas de la Iglesia Católica, en el infierno. Claro, esto es muy insultante. Pero Dante no era “dhimmi”.

En la Catedral de Bolonia hay unos cuadros que representan de manera muy gráfica la tortura de Mahoma en el infierno. Se sabe que recientemente la comunidad islámica italiana envió una queja, educada, solicitando que se cubrieran los cuadros, que son del siglo XV. Las autoridades competentes dijeron que lo pensarían. Los cuadros siguen ahí y nada ha sucedido.

¿Hay un conflicto de civilizaciones? Hay un conflicto entre la Cristiandad – los países que forman parte de la civilización occidental, con independencia de su fe efectiva o sus creencias – y el Islam. Y este conflicto surge de las similitudes, no de las diferencias.
La religión cristiana y la musulmana son exclusivas y ambas promueven el apostolado. De tal modo que cuando surge el Islam y se expande lo hace con ánimo polémico frente al cristianismo, que es un rival. El mensaje, desde el siglo VII, es claro: “vuestra religión ha sido superada; vuestro tiempo ha pasado; fuera de aquí; nos quedamos con el mundo”.

Para Lewis “En el mundo musulmán, al contrario (que en el nuestro) tienen un sentido muy vívido de la historia, una conciencia muy clara de la historia y un conocimiento sorprendentemente detallado”. Relata varios casos en que autoridades musulmanas han hecho referencias precisas a hechos históricos con la seguridad de que serían entendidas por el pueblo. Las propias alocuciones de ben Laden son ejemplos al respecto.

Tienen la convicción de que mientras el mundo musulmán ha sido regido por una sucesión de califas; el mundo de los infieles y particularmente el mundo cristiano era regido por una sucesión de poderes. “Primero los emperadores bizantinos, luego el Sacro Imperio, luego los imperios de Europa occidental y – citando a Osama ben Laden ‘En esta fase final, el mundo de los infieles estaba dividido en dos superpoderes, la Unión Soviética y los Estados Unidos”.

Lewis sostiene que para ben Laden y sus seguidores la derrota de la Unión Soviética fue cosa suya y de la yihad. Por ello declaró que “Nos hemos ocupado con éxito del más mortal, del más peligroso de los dos poderes infieles.
Ocuparnos del suave, aniñado y degenerado americano será fácil”. Y añade “Esta impresión la vieron confirmada durante los 90 cuando lanzaron un ataque tras otro generando sólo palabras de enfado y misiles mal dirigidos a lugares remotos y deshabitados”.

En el caso de la revolución islámica de Irán, hay otra interpretación. La revolución, dice Lewis, es en realidad el único título aceptado de legitimidad en Oriente Medio. De tal modo que la revolución iraní fue una verdadera revolución, en el sentido en el que nosotros hablamos de la Revolución Francesa o Soviética. Supuso un cambio brutal: social, económico e ideológico, no sólo de régimen. “La revolución iraní ha pasado por muchas fases. Ha tenido sus Jacobinos y sus Girondinos, sus Bolcheviques y Mencheviques, su Terror. Yo diría que está ahora en la fase estalinista, lo que tiene también una repercusión global”.

Para Lewis el caso de Ahmadineyad responde a la idea de que desprecia el mundo occidental y en particular a los Estados Unidos.
Como ben Laden lo cree un poder decrépito, degenerado, incapaz de resistencia real. Sobre esa base nos juzgan. “No tienen la comprensión ni la experiencia de un debate libre en una sociedad libre. Donde ven debate libre y crítica, suponen miedo, debilidad y división; y actúan de conformidad con ello, y cada día nos trae más pruebas a este respecto que proceden de Irán”. Añade “Recientemente he estado pensando acerca de 1938 (año que vivió) más que acerca de 1940. Parece que estemos en el modo de Chamberlain y Munich más que en el de Churchill”.

¿Es realista tratar de expandir la democracia en el mundo islámico? Lewis recuerda lo mucho que se ha dicho sobre un mundo de tiranos corruptos y de pueblos incapaces de vida civilizada. Y de la deducción subsiguiente que más vale tener al lado tiranos amigos que hostiles. Considera, sin embargo, que regímenes como el de Sadam Husein no tienen parangón en la historia árabe ni islámica. Opina que se trata de una importación europea.

Habría habido una primera fase, en el siglo XIX, en la que el mundo islámico se percata de su retraso y adoptan todo tipo de costumbres y métodos europeos con la mejor de las intenciones, pero con consecuencias nefastas.
Por un lado, refuerzan enormemente el poder el Estado poniendo en manos del poderoso armas y comunicaciones que nunca existieron en el pasado, dando al tirano más poder que el que nunca tuvieron los antiguos califas, ni Suleymán el Magnífico.

En segundo término, en la sociedad tradicional había muchos límites al poder del autócrata. El gobierno islámico tradicional es ciertamente autoritario, pero no despótico. Hay un rechazo tanto teórico como práctico al despotismo.
El teórico procede del hecho de considerarse pecado la obediencia a la autoridad que manda algo contrario al Corán; lo que supone una especie de equivalente al derecho de resistencia a la opresión conocido en Occidente, y podría ser el respaldo de un derecho liberal, en el sentido de limitado.

En la práctica, había todo tipo de poderes establecidos en la sociedad que actuaban como restrictivos del poder tiránico. Los mercaderes del zoco, los gremios, la aristocracia local, y los escribas que generaban sus propios jefes. Todo esto, dice Lewis, desapareció con la modernización, que fortaleció al Estado y debilitó o eliminó los factores limitadores que existían.

La segunda fase corresponde a un año concreto: 1940. En ese año los Nazis ocupan Francia, pero no llegan a sus colonias. El régimen de Vichy no puede controlarlas todas. Se encuentran ante la necesidad de elegir entre Vichy y la Francia Libre de de Gaulle. La mayoría más aplastante se queda con Vichy, lo que hace que vayan llegando los nazis.
En particular el mandato de Siria-Líbano, en la que se van implantando, no con soldados, pero sí con propaganda. Es el germen del partido Baaz, que fue adoptado simplemente porque era antioccidental, no porque tuviera otro atractivo especial.

Tras la guerra, los aliados se marchan, y los soviéticos llenan el vacío dándose cuenta de lo fácil que es transitar de un modelo anti-occidental a otro. Por ello, este régimen, sirio e iraquí, era ajeno a la tradición árabe e islámica.

Lewis afirma: “Creo en la posibilidad, no de que nosotros creemos instituciones democráticas, pero sí de que les permitamos desarrollar sus propias instituciones democráticas”.

¿El asesino suicida es una perversión del Islam? Los textos clásicos son claros acerca del suicidio; es equivalente al pecado mortal para los cristianos. Con el tiempo se produjo una evolución por fases.
En la primera se resuelve la pregunta de si es lícito lanzarse contra un enemigo superior sabiendo que esto causará sin duda la muerte. Los juristas lo consideraron admisible. Y así se quedó el asunto durante siglos.

Más recientemente se preguntaron otra cosa: ¿es permisible matarse uno mismo matando a un enemigo, siempre y cuando se elimina a un suficiente número de enemigos con ello? Y la respuesta fue que sí.
Para Lewis esto supone separarse de una tradición de más de un milenio y que, como mucho de lo que se ha desvirtuado en el Islam, el responsable es el wahabismo, que es “tan central al Islam como puede serlo el Ku Klux Klan a la Cristiandad”.
Esto lo dice a un auditorio americano, de cultura protestante, familiarizado con estos temas. A lo que remite es a una desviación del tronco común fundada en el fanatismo.

¿De dónde viene el wahabismo? Se originó en Najd, hoy parte de Arabia Saudí, en el siglo XVIII. Fue una reacción ante la percepción de que el Islam no pasaba por una buena etapa. Ha habido dos tipos de reacciones ante esta situación: o bien se intentaba modernizarse a través de una adaptación al mundo exterior, o bien se consideraba que esta imitación era indigna para un musulmán y que precisamente había que alejarse lo más posible de los infieles para refugiarse en las tradiciones islámicas más auténticas.
El wahabismo es una línea especialmente fanática y violenta de esta versión.

A partir de los años 20, con la creación del Reino de Arabia Saudí se instaló en el poder la Casa de Saud formada por jeques locales y tribales, en donde había florecido la fe wahabí. Al tomar el control de las ciudades santas de La Meca y Medina adquirieron gran poder e influencia. Por otra parte, la riqueza del petróleo, les dio recursos “más allá de los sueños del avaricioso”. Entre estas versiones extremas del Islam destaca el wahabismo, pero también está la rama Salafí y la que corresponde a la revolución iraní.

¿Es posible la integración de las minorías musulmanas en el mundo occidental? Para Lewis es natural que el musulmán en Occidente busque alguna manera de que sus hijos aprendan su religión y su cultura, y que intente encontrar alguien que las enseñe. El problema surge cuando quien lo hace es alguna institución controlada por los wahabíes; de tal modo que la doctrina que reciben estos musulmanes de Occidente es en muchos sentidos la más radical y fanática del Islam.

Lewis cuenta la historia de la enseñanza religiosa del Islam en Alemania. Al parecer, dado que se permite dar clases de religión en la escuela pública, se admite que haya clases de Islam cuando hay un número suficiente de alumnos. Los profesores, procedentes de la comunidad turca, propusieron unos libros de texto editados por el Estado turco.
Ahora bien, estos fueron rechazados por las autoridades por ser textos de un Estado. El resultado, dice Lewis, fue que los textos que se enseñan allí son ahora los proporcionados por los wahabíes, infinitamente más radicales que las versiones más modernizadas de la escuela turca.

Para concluir es menester tratar de condensar cuáles son los elementos más esenciales que permitan comprender ciertos aspectos del Islam. Por un lado, es necesario tener en cuenta esa especial sensibilidad que tienen los musulmanes por su historia.
Los acontecimientos protagonizados por el Profeta, los hechos de la creación y expansión del mundo musulmán – en lo que tiene cierta relevancia evidentemente Al Andalus – suscitan mucho interés y generan discusiones y tomas de posición. La historia importa.

De los términos occidentales que tienen especial relevancia desde el punto de vista de la organización política, el mundo musulmán tiene problemas para comprender la idea de “libertad política” y la de ciudadanía, pero no tanto las de igualdad o justicia. Esto remite a la posible limitación del tirano ya mencionada. En este sentido es importante que el que mande, consulte.

Esta limitación del poder se funda en la existencia de poderes tribales y, en general, procedentes de la sociedad que hay que respetar. De tal modo que el sistema más tradicional de gobierno cuenta con la consulta y el contrato. También es relevante la designación del que manda, que se hace generalmente por reglas sucesorias, pero que no excluye, de hecho según la tradición de los juristas prefiere, la técnica de la consulta con los que tienen importancia social.

De ahí que los enemigos de la democratización del Islam estén formados por grupos de intereses muy diversos. El grupo más importante es el configurado por los islamistas fundamentalistas, que la identifican con Satán quien, en el Corán, es sobre todo la figura de la tentación. Cuentan con un arma poderosa, pues mientras los reformistas hablan un lenguaje que no entiende bien la población, es muy sencillo para los fundamentalistas apelar a las tradiciones comunes, y a la sospecha frente al mundo occidental.

En esta perspectiva fundamentalista cobra un papel esencial la presencia del grupo de la Hermandad Islámica creado en 1928 en Egipto, pero también el carácter catalizador de la revolución islámica iraní. Estos grupos entienden como un peligro muy sustancial la implantación de una democracia mayoritariamente chií en Irak, al lado de los chiíes fundamentalistas de Irán.

Los otros interesados actualmente relevantes son los fundamentalistas suníes. Particularmente la secta wahabí. Estos son los que creyeron haber derrotado a la Unión Soviética y que se consideran en condiciones de acabar más fácilmente con los degenerados occidentales.

Para Lewis, hay razones para pensar que en unas elecciones los fundamentalistas tienen más facilidades de acceder al poder. Por un lado, hablan un lenguaje familiar a los musulmanes comunes. Además usan el púlpito para expandir su mensaje, lo que llega más que un mensaje procedente de otros modos y maneras occidentalizados.
Por otra parte, se encuentran más cercanos a los menesterosos proveyéndolos con sus cuidados, lo que contrasta con los tiranos; aunque en este caso el mal ejemplo de la revolución iraní, que no ha mejorado la realidad social de sus súbditos, puede actuar favorablemente para los modernizadores.

“Por último, y esto es quizá lo más importante, los partidos democráticos deben permitir ideológicamente la existencia de los fundamentalistas. Mientras tanto, los fundamentalistas no se sienten igualmente obligados y al contrario consideran su misión cuando llegan al poder la supresión de la discrepancia y el descreimiento”.

Pero, en definitiva: “En el presente, hay dos miedos relativos a la posibilidad del establecimiento de una democracia en Irak. Uno es el miedo de que no se logrará, un miedo expresado por muchos en Estados Unidos y que es prácticamente un dogma en Europa; el otro miedo, mucho más urgente entre los círculos de poder en Oriente Medio, es que se logrará.
Claramente, una auténtica sociedad libre en Irak supondría una amenaza mortal a muchos de los gobiernos de la zona, incluyendo tanto a aquellos que son enemigos de Washington, como aquellos que son sus aliados”.

Quizá sea más sencilla y tranquilizante la reiterada repetición de mensajes enlatados renunciando deliberadamente a cualquier conocimiento real de la situación presente, pero seguramente es más sensato y racional actuar como occidentales tratando de descubrir la verdad. Con ella, probablemente estemos en mejores condiciones de hacer frente a las amenazas que nos acechan.

Gracias, Mr. Lewis.

Por: Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.

26.1.07

Los Asesinos

Autor:Bernard Lewis
Ed:Weidenfeld&Nicholson

El autor de nacionalidad británica, es una autoridad en la historia del Islamismo y el Medio Oriente y Profesor Emérito de Estudios del Cercano Oriente de la Universidad de Princeton y Profesor de Historia del Medio Oriente en la Universidad de Londres.

Lewis estudia en el libro la historia de una secta islámica extremista en los siglos XI y XII, que utilizaba los métodos terroristas que dieron lugar a la lengua inglesa una nueva palabra: "asesino".

La llamada secta de los "asesinos" -de quienes deriva la denominación- que actuaban en el mundo árabe, precisamente en regiones que hoy son parte de Irak y Siria en la época de las cruzadas.

Se trataba de una secta islamica extremista, que utilizaba al asesino suicida como poderosa arma en la época de las cruzadas.

Tanto líderes y funcionarios árabes como los príncipes cruzados, fueron víctimas de estos asesinos.

Ya los relatos de Marco Polo de sus viajes a Oriente los mencionan y también lo hacen varios cronistas de los cruzados.

Desde una inexpugnable fortaleza en las montañas, el líder de la secta apodado "el viejo de la montaña" enviaba a sus asesinos suicidas que utilizaban el puñal para realizar su mortífera tarea. Dieron lugar a una leyenda y Lewis analiza el tema con rigor de historiador.

Relata que el líder de la secta tenía como método el drogar a sus militantes y en esta condición les mostraba el paraíso, llevándolos a un gran harén, que tenía las características del paraíso musulmán.

Tras esa experiencia acentuada por la droga, los suicidas pensaban que si morían volverían a dicho lugar.

Pero en la faz política o religiosa en los hechos la secta era independiente y buscaba preservar su identidad y poder regional, que se veía amenazado tanto por los musulmanes como por los árabes que guerreaban en la zona en los siglos XII y XIII.

Menciona el hecho de que la peligrosa secta tenía una relación particular con la orden de los Templarios, que combatían en "Tierra Santa", por la cual no atacaban a sus miembros.

El autor sostiene que eso se debía a que por su organización, si caía el Gran Maestre automáticamente era sustituido por uno ya predesignado, en cambio en los reinos musulmanes y cristianos de esa parte del mundo la muerte de las autoridades generaba siempre durísimas luchas de sucesión, con lo cual el impacto político que se lograba era mucho mayor.

Fueron los turcos que logran dominar al mundo árabe después de las cruzadas, los que finalmente exterminan a la secta de los "asesinos" tomando y destruyendo a sus fortalezas inexpugnables y matando a sus miembros.

El libro de Lewis adquiere interés, porque aunque lejana en el tiempo se trata de la experiencia terrorista que tiene más puntos de contacto con la que hoy representa la red Al Qaeda.

Pero lo más relevante que aporta desde esta perspectiva, es que la secta durante más de dos siglos logra aterrorizar a cristianos y musulmanes y desatar crisis políticas, pero finalmente este terrorismo suicida mortal no logra su objetivo final y es aniquilado.

Si bien el autor reconoce que "Todavía la convergencia de esperanza mesiánica y violencia revolucionaria la cual los había impulsado, así como sus ideales y métodos encontraron muchos imitadores. Los grandes cambios de nuestro tiempo han aportado nuevas causas de peligro, nuevos sueños y sufrimientos y nuevos métodos de ataque", destaca que el punto más importante fue "su final y total fracaso".

23.8.06

El Oriente Próximo



Título: El Oriente Próximo: Dos mil años de historia
Autor: Bernard Lewis
Editorial: Critica

Dos mil años de historia

Bernard Lewis es uno de los más célebres estudiosos del Medio Oriente. Sus numerosas publicaciones sobre la región han sido traducidas a diversos idiomas. Su incuestionable erudición, su conocimiento de idiomas y capacidad analítica lo han conducido a escribir temas tan variados, que abarcan desde la historia medieval, otomana y moderna, hasta análisis lingüísticos, trabajos monográficos y de síntesis. También ha provocado controversias, como en sus debates con Edward Said, a partir de los cuales muchos comenzaron a ver en algunos de sus libros orientaciones ideológicas y politizadas. Sus posiciones conservadoras, por ejemplo, en torno al peligro y agresividad del fundamentalismo islámico, han sido objeto de crítica por muchos académicos

El Oriente Próximo ha sido un escenario privilegiado de la historia: lugar de nacimiento de tres grandes religiones y de numerosas civilizaciones, centro de poder político y militar, campo de batalla en las confrontaciones entre los imperios persa y bizantino, entre el islam y los cruzados, entre árabes y judíos...

Se le han dedicado infinidad de libros, pero casi todos se refieren a una época o a un aspecto concretos. Nadie hasta ahora se había atrevido a ofrecernos un panorama que abarcase dos mil años de historia, desde la aparición del cristianismo hasta la guerra del Golfo, de esa compleja encrucijada del viejo mundo, y que no sólo sintetizase los acontecimientos políticos y militares, sino que analizase al propio tiempo la economía, la sociedad y la cultura. Y, sin embargo, sólo dentro de esta perspectiva temporal larga cobran pleno sentido los acontecimientos del pasado y los problemas del presente.

Se requería, para una tarea tan ambiciosa, a un hombre como Bernard Lewis, el más prestigioso de los orientalistas actuales, cuyos libros se han traducido a más de veinte idiomas, incluyendo el árabe, el persa y el turco. Con este gran libro Lewis cierra un ciclo que inició hace cerca de cincuenta años con Los árabes en la historia.

En El Oriente Próximo no sólo actualiza sus planteamientos, integrando los nuevos hallazgos realizados en estas décadas, sino que da un nuevo enfoque a su estudio, ampliándolo para considerar conjuntamente con los árabes, a judíos, cristianos, persas, turcos y mongoles.

El resultado ha sido un libro deslumbrante, rico de ideas y espléndidamente escrito.

Síntesis:

El Oriente Próximo: dos mil años de historia es un libro de historia en el pleno sentido de la palabra: el pasado debe explicar el presente. Así, en la introducción se describe a un parroquiano, sentado en un café en algún lugar del Medio Oriente en la actualidad, en donde se destacan todas las cosas que, de una u otra manera, provienen de Occidente: el reloj, la ropa, los muebles, la televisión, el periódico, el azúcar, el té y otras bebidas.

Siguiendo esta idea, se nos presenta así una de las tesis fundamentales del libro: que las grandes transformaciones del Medio Oriente son ante todo un producto del choque con Europa, y posteriormente con Occidente en general. En este sentido, Lewis pertenece a aquella escuela de pensamiento, la modernista, que propone que los cambios de la región de los últimos siglos son producto de un efecto externo. Es decir, los elementos internos no fueron la causa de la modernización. Esta escuela tiene a su favor el análisis que hace de los contextos globales y la intrusión de Occidente. No analiza exclusivamente partiendo de factores regionales o nacionales, análisis que en repetidas ocasiones se queda corto por hacer hincapié, por ejemplo, en una idiosincrasia de tipo local o religioso. El problema radica en que cuando se estudia desde el modernismo se señala la incapacidad propia de la región para transformarse. Es decir, el Medio Oriente aparece como un apéndice de Occidente, desconociendo dinámicas internas.

Pero el autor no subestima la región. Lewis se sitúa en un punto intermedio. Por una parte, niega la dinámica interna que transforma en la época moderna, en los siglos XIX y XX. Pero por otra parte, las dos primeras partes de la obra estudian no sólo la historia preislámica, sino también la islámica y sus "secciones transversales" (estado, economía, élites, cultura y religión) a las que el considera el punto álgido de los logros de la humanidad hasta ese momento y que son indispensables para conocer la región antes de la llegada del imperialismo europeo. Tengamos en cuenta que la mayoría de escritores tiende a reforzar en sus estudios la época de la llegada europea.

El libro sintetiza la historia de los últimos dos mil años, inscribiéndose así en la explicación de una gran larga duración - muy saludable y sugestiva. Es bien sabido que la mayoría de libros de historia medieval sobre la región inician su recorrido con la llegada del islam. En esta obra la época preislámica adquiere un significado que pocos autores le atribuyen. Siguiendo la propuesta histórica, se plantea la importancia del Imperio bizantino y persa, así como también, el vínculo entre el Medio Oriente moderno y las antiguas civilizaciones de la región.

Está claro que un libro que abarca tantos siglos de historia debe ser cuidadosamente selectivo. La selección, empero, puede generar controversias. La relación con Europa es detallada pero las relaciones con otras regiones, al sur o al oriente, no ocupan prácticamente espacio. Lewis no parece estar al tanto de la historia social y económica anterior a los siglos XIX y XX, pero le dedica espacio a Rusia y a la frontera norte del islam. Los temas de la historia moderna, tales como el impacto petrolero y el crecimiento demográfico, que a nuestro parecer son fundamentales, no son tratados en profundidad y extensión.

El lector que conozca otras obras de Lewis encontrará temas que ya había tratado, tales como, las reflexiones sobre la decadencia otomana o los tres tipos de desigualdad característicos del cristianismo, el judaismo y el islam. La tesis de la modernización ya había sido presentada en su anterior publicación, The Shaping of the Modern Middle East (Nueva York, 1994), en donde se analiza también cómo la mayor parte de lo novedoso en la región se debe al impacto de Occidente y la respuesta que esto generó: la nueva tecnología militar, la vestimenta y las nuevas teorías del socialismo, liberalismo y nacionalismo.

Es imposible hacer una crítica a la gran cantidad de problemas que el libro presenta. Por ello, nos referiremos tan sólo a unos pocos temas. El tratamiento que se le da al origen de la guerra fría en el Medio Oriente es bastante controversial y parece ser aquella posición de tipo anticomunista típica de la época de la guerra fría. Los norteamericanos se ven envueltos en la región porque Turquía e Irán, al verse presionados por la URSS, piden ayuda a los Estados Unidos. Igualmente, en la medida en que los soviéticos apoyan a la causa nacionalista árabe, los norteamericanos se ven obligados a estrechar sus vínculos con Israel. Dicho de otra manera, la presencia estadounidense en la región es ante todo una respuesta a la avanzada soviética. ¿Será ésta la gran explicación para comprender el porqué de la avanzada norteamericana?

En lo que respecta al conflicto árabe-israelí, el profesor es conocido por sus opiniones conservadoras muy favorables a Israel. Aquí parecería que una cierta moderación hace parte del texto, cuando señala que "...la responsabilidad inmediata del estallido de estos conflictos está repartida de un modo bastante equilibrado entre ambos contendientes" (p. 364). Así, las guerras de 1956 y 1982 fueron iniciadas por Israel, mientras que las de 1948 y 1973, por los árabes; o cuando admite que parte del éxodo palestino se debe a expulsión de sus hogares. Sin embargo, todavía su posición abiertamente judía se nota al decir que el conflicto se inició "...cuando los líderes árabes de Palestina intentaron impedir la creación de una patria nacional judía en dicho país" (p. 361). Es decir, tan sólo en ciertas coyunturas admite una agresividad por parte de Israel. Pero, cuando del inicio del conflicto se trata, la culpabilidad es de los palestinos.

En las perspectivas el autor señala que se está iniciando una nueva era: "...que los pueblos y los gobiernos del Oriente Próximo, por primera vez al cabo de dos siglos, serán dueños de su propio destino" (p. 385). El gran ejemplo lo constituye el hecho de que en la guerra del Golfo, Hussein no fue derrocado por la coalición internacional sino que se permitió a los iraquíes decidir por su cuenta. Si se interpreta esta idea como tonos democráticos occidentales habría muchos ejemplos, y no sólo en el Medio Oriente, que probarían que la defensa de la democracia no es la gran prioridad de los norteamericanos.

Al mismo tiempo, continúa Lewis y su tesis de la nueva era, los norteamericanos no deseaban un grado de patrocinio y protección que hubiese recordado los mandatos y protectorados de épocas anteriores. Pero la gigantesca presencia militar estadounidense en el Golfo, la venta de armas y la protección directa a las petromonarquías, sancionada por acuerdos bilaterales, ¿acaso no recuerdan la época de los mandatos y los protectorados? El historiador Lewis de pronto cae en el facilismo del periodista.

La última idea del libro señala que sólo los pueblos y los gobiernos de la región pueden labrarse su propio destino si aprovechan las nuevas oportunidades - la ausencia de injerencia extranjera. ¿Será posible, en un mundo cada vez más globalizado, que se cumpla esa libertad de los destinos a los que Lewis hace alusión?

De todas maneras el libro es ameno, de lectura fácil y sin grandes propuestas analíticas. Sus anécdotas, producto de experiencia personal del autor en la región o de fuentes poco conocidas, son muy ilustrativas. Se puede utilizar como manual pero también como libro de referencia (incluye un índice alfabético). Además, incluye mapas de todas las épocas estudiadas y remite a una bibliografía pequeña pero de gran utilidad.

El libro es una invitación, tanto para el lego, quien desea una introducción, como para el especialista, ya que estas visiones de conjunto dan orientaciones sugestivas dentro de la larga duración -que también son importantes para el académico.

Luis E. Bosemberg
Profesor de la Universidad de los Andes

El Oriente Próximo y Occidente (1ª parte)

El Oriente Próximo y Occidente (2ª parte)


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26.1.06

Las raíces de la ira musulmana


Especialista en la historia del Medio Oriente y autor de más de diez libros sobre el tema (recientemente Las identidades múltiples de Oriente Medio, Siglo XXI, 2000), Lewis expone en este ensayo —ya clásico para la interpretación del mundo islámico— las razones que han llevado a muchos musulmanes al rechazo violento del secularismo y la modernidad.

El Islam es una de las grandes religiones del mundo. Como historiador del Islam que no es musulmán, voy a permitirme ser muy explícito acerca de lo que quiero decir con esto. El Islam ha dado consuelo y paz espiritual a millones de hombres y mujeres. Ha otorgado dignidad y sentido a vidas ordinarias y empobrecidas. Le ha enseñado a gente de razas diferentes a vivir fraternalmente y a gente de credos distintos a vivir junta con suficiente tolerancia. Fue el origen de una gran civilización en la que otros, además de los musulmanes, desempeñaron vidas creativas y útiles, y que, por sus logros, enriqueció al resto del mundo.

Pero el Islam, como otras religiones, también ha pasado por periodos en los que ha suscitado en algunos de sus seguidores una actitud de odio y violencia. Para nuestra desdicha, una parte del mundo musulmán está pasando ahora por uno de estos periodos y mucho de ese odio, aunque no todo, está enfocado hacia nosotros.

A veces el odio sobrepasa la hostilidad y se concentra en intereses específicos, en acciones o políticas o, incluso, en países, y se convierte en un rechazo de la civilización occidental; no sólo de lo que ésta hace sino de lo que es y de los principios y valores que practica y profesa. Éstos, de hecho, se perciben como un mal innato y a quienes los promueven o aceptan se les ve como "enemigos de Dios".

Esta frase, que se reitera tan frecuentemente en el lenguaje de los líderes iraníes, tanto en sus procesos judiciales como en sus pronunciamientos políticos, debe resultarle muy extraña al de fuera, sea religioso o secular. La idea de que Dios tiene enemigos, y de que necesita la ayuda humana para identificarlos y deshacerse de ellos, no es fácil de asimilar. Sin embargo, no es del todo ajena. El concepto de los enemigos de Dios es común en la Antigüedad preclásica y clásica, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento y también en el Corán.

El Corán es estrictamente monoteísta y reconoce a un Dios y a un solo poder universal. En el corazón humano se entabla una lucha entre el bien y el mal, entre los mandamientos de Dios y el tentador, pero se concibe como una lucha decretada por Dios cuyo desenlace predetermina Dios, como una prueba para la humanidad, y no, según algunas viejas religiones dualistas, como una lucha en la que la humanidad debe desempeñar un papel crucial para conseguir la victoria del bien sobre el mal. A pesar de este monoteísmo, durante varias etapas el Islam, como el judaísmo y el cristianismo, estuvo bajo el influjo, sobre todo en Irán, de la idea dualista de un choque cósmico entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, el orden y el caos, la verdad y la mentira, Dios y el Adversario, llamado diablo, Iblis, Satán o con otros nombres.

El surgimiento de la Casa del Infiel

En el Islam la lucha entre el bien y el mal muy pronto adquirió dimensiones políticas e incluso militares. Mahoma, como se recordará, no sólo fue profeta y maestro, como los fundadores de otras religiones, sino también jefe de una organización política y de una comunidad, dirigente y soldado. Por consiguiente, su lucha incluía a un Estado y a las fuerzas armadas. Si los combatientes de la guerra por el Islam, la guerra santa "en la senda de Dios", luchan por Dios, se deduce que sus adversarios luchan en contra de Dios. Y dado que Dios es en principio el soberano, el jefe supremo del Estado islámico —y del Profeta y, luego del Profeta, de los califas que son sus vicerregentes—, entonces Dios como soberano está al frente del ejército. El ejército es el ejército de Dios y el enemigo es el enemigo de Dios. El deber de los soldados de Dios es enviar lo más pronto posible a los enemigos de Dios al lugar donde Dios los castigará; es decir, al trasmundo.

La división básica de la humanidad, tal como la percibe el Islam, guarda una estrecha relación con lo anterior. En la visión clásica del Islam, que ahora muchos musulmanes empiezan a retomar, el mundo y toda la humanidad se dividen en dos: la Casa del Islam, donde prevalecen la ley y la fe musulmanas, y el resto, llamado la Casa del Infiel o la Casa de la Guerra, a la que los musulmanes tienen el deber de conducir hacia el Islam.
Pero la mayor parte del mundo sigue estando fuera del Islam y, según el parecer de los radicales musulmanes, incluso dentro de las regiones islámicas se ha socavado la fe del Islam y se ha anulado su ley. En consecuencia, la obligación de la guerra santa empieza en casa y se extiende hacia fuera, contra el mismo enemigo infiel.

Como todas las civilizaciones conocidas históricamente, en su apogeo el mundo musulmán se concibió a sí mismo como el centro de la verdad y la ilustración, rodeado por bárbaros infieles a quienes ilustraría y civilizaría a su debido tiempo. Pero entre los grupos distintos de bárbaros había una diferencia esencial. Los bárbaros del este y del sur eran politeístas e idólatras y no representaban una amenaza real para el Islam ni tampoco una competencia. En cambio, los musulmanes reconocieron desde el inicio que al norte y al oeste existía un auténtico rival: una religión mundial poderosa, una civilización distintiva nacida de esta religión y un imperio que, aunque más pequeño que el suyo, no era menos ambicioso en sus exigencias y aspiraciones. Se llamaba la cristiandad, término que durante mucho tiempo fue casi sinónimo de Europa.

La lucha entre estos dos sistemas rivales ha durado ya alrededor de catorce siglos. Empezó con el advenimiento del Islam, en el siglo VII, y ha continuado virtualmente hasta el presente. Ha consistido en una larga serie de ataques y contraataques, yihads y cruzadas, conquistas y reconquistas. Durante los primeros mil años el Islam llevó la delantera y la cristiandad estuvo en retroceso y bajo amenaza. La nueva fe conquistó las antiguas regiones cristianas del Levante y de África del norte, invadió Europa y reinó un tiempo en Sicilia, España, Portugal e, incluso, en parte de Francia.
El intento por parte de los cruzados de recuperar las tierras perdidas de la cristiandad al este fue detenido y contrarrestado, e incluso la pérdida del sudoeste de Europa en la Reconquista se vio ampliamente recompensada por los avances islámicos al sudeste de Europa, que en dos ocasiones llegaron hasta Viena. En los últimos trescientos años, desde el fracaso del segundo sitio de Viena por parte de los turcos en 1683 y el ascenso de los imperios coloniales europeos en Asia y África, el Islam ha estado a la defensiva y la civilización cristiana y poscristiana de Europa y de sus hijas ha atraído al mundo entero, incluyendo el Islam, hacia su órbita.

Desde hace ya mucho tiempo ha habido una ola creciente de rebeldía contra este predominio occidental y un deseo de reafirmar los valores musulmanes y restaurar la grandeza del Islam. El musulmán ha pasado por etapas sucesivas de derrota.
La primera fue su pérdida de dominio en el mundo frente al poder creciente de Rusia y Occidente.
La segunda fue el debilitamiento de su autoridad en su propio país gracias a la invasión de ideas, leyes y modos de vida foráneos y a veces hasta de gobernantes o colonizadores extranjeros, y a la aceptación de elementos no musulmanes.
La tercera —la gota que derramó el vaso— fue el desafío de su supremacía en su propia casa por parte de mujeres emancipadas e hijos rebeldes. Era pedir demasiado, y el estallido de ira ante estas fuerzas ajenas, impías e incomprensibles que subvirtieron su dominio, desordenaron su sociedad y, a la postre, violaron el santuario de su hogar, fue inevitable. También fue natural que esta ira se dirigiera principalmente hacia el enemigo milenario y que se fortaleciera con antiguas creencias y lealtades.

¿Europa y sus hijas? La frase puede resultarle extraña a los estadounidenses, cuyos mitos nacionales, desde el inicio de su independencia, e incluso desde antes, han definido su identidad en oposición a Europa, como algo nuevo y radicalmente distinto de las viejas costumbres europeas. Sin embargo, los demás no lo conciben así; rara vez en Europa y casi nunca en cualquier otra parte.

En las regiones del Islam se sabía realmente muy poco acerca de América. Al principio los viajes de descubrimiento despertaron algo de interés; el único ejemplar que sobrevive del mapa de América perteneciente al propio Colón es una traducción y adaptación turca que aún se preserva en el museo Topkapi en Estambul. Uno de los primeros libros impresos en Turquía fue el relato que hizo un geógrafo turco en el siglo XVI acerca del descubrimiento del Nuevo Mundo, que se titula La historia de la India occidental. Pero en adelante el interés disminuyó y dejó de haber información importante sobre América en turco, árabe u otros idiomas musulmanes hasta fecha relativamente tardía.
Un embajador marroquí que se encontraba en España por esas épocas escribió lo que equivale seguramente a la primera historia árabe de la revolución estadounidense. El sultán de Marruecos firmó un tratado de paz y amistad con los Estados Unidos en 1787 y, en adelante, la nueva república estableció diversos contactos —algunos amistosos, otros hostiles, la mayor parte comerciales— con otros Estados musulmanes. Pero esto no hizo mella ni de un lado ni del otro. La revolución estadounidense y la república a la que dio vida pasaron inadvertidas y fueron ignoradas durante mucho tiempo. Incluso la presencia pequeña pero creciente de los Estados Unidos en tierras musulmanas en el siglo XIX —comerciantes, cónsules, misioneros y profesores— apenas despertó curiosidad y casi no se menciona en los escritos y los periódicos musulmanes de la época.

A causa de la Segunda Guerra Mundial, de la industria petrolera y de los sucesos de la posguerra muchos estadounidenses empezaron a viajar a tierras islámicas; asimismo, comenzó a haber cada vez más musulmanes en los Estados Unidos, primero como estudiantes, luego como profesores, comerciantes o meros visitantes y, poco a poco, como inmigrantes. El cine y luego la televisión mostraron el modo de vida estadounidense, o al menos una de sus versiones, a millones de seres para los cuales el nombre de los Estados Unidos antes había carecido de importancia o incluso era desconocido. Una gama amplia de productos estadounidenses, sobre todo en los primeros años de la posguerra, cuando la competencia europea casi no existía y aún no había surgido la competencia japonesa, llegó a los mercados más remotos del mundo musulmán, con lo cual se generaron nuevos clientes y, quizá más importante, se crearon nuevos gustos y ambiciones.

Para algunos, los Estados Unidos representaban libertad y justicia y oportunidad. Para muchos otros, representaban riqueza y poder y éxito, en un momento en que estas características no se consideraban pecados o crímenes.
Y entonces sobrevino el gran cambio, cuando los líderes de un renacimiento religioso extenso y creciente buscaron a sus enemigos y los identificaron como enemigos de Dios y les dieron "una ubicación y un nombre" en el hemisferio occidental. De repente, o así pareció, los Estados Unidos se convirtieron en el enemigo número uno, la encarnación del mal, el adversario diabólico de todo lo que es bueno y, específicamente para los musulmanes, del Islam. ¿Por qué?

Algunas acusaciones comunes

La causa que se cita con más frecuencia para explicar el antinorteamericanismo actual de los musulmanes es el apoyo de los Estados Unidos a Israel. Este apoyo sin duda es un factor de importancia, que ha aumentado con la cercanía y la colaboración. Sin embargo, una vez más pueden señalarse aquí algunas incongruencias, difíciles de explicar en términos de una sola causa simple. En los inicios de la fundación de Israel los Estados Unidos marcaron su distancia; en cambio, la Unión Soviética otorgó de jure su reconocimiento y su apoyo inmediatos, y los armamentos enviados de parte de un satélite soviético, Checoslovaquia, salvaron al naciente Estado de Israel de la derrota y la muerte durante sus primeras semanas de vida.

No obstante, estas políticas no parecieron haber provocado inquina hacia la Unión Soviética ni tampoco buena voluntad hacia los Estados Unidos. En 1956 los Estados Unidos fueron los que mediaron, enérgica y decisivamente, para asegurar el retiro de las fuerzas israelíes, británicas y francesas de Egipto; sin embargo, a finales de esa misma década y durante los años sesenta los dirigentes de Egipto, Siria, Irak y otras naciones pidieron armamento a los soviéticos y no a los Estados Unidos, y fue con el bloque soviético con el que establecieron vínculos de solidaridad en las Naciones Unidas y en el mundo en general.

La aversión contra los Estados Unidos, y más generalmente contra Occidente, no se limita al mundo musulmán; asimismo, tampoco es cierto que los musulmanes, con la excepción de los mulás iraníes y de sus discípulos en otras partes, sean los que han experimentado y expresado las manifestaciones más virulentas de este sentimiento. La actitud de desilusión y hostilidad ha afectado a muchas otras partes del mundo e, incluso, ha llegado a algunos sectores de los Estados Unidos. Es de parte de estos últimos, que hablan a título personal y se erigen como portavoces de los pueblos oprimidos del Tercer Mundo, de donde provienen las explicaciones —y justificaciones— más ampliamente difundidas de este rechazo de la civilización occidental y de sus valores.

Las acusaciones son de sobra conocidas. A nosotros los occidentales se nos acusa de sexismo, racismo e imperialismo, institucionalizados en el patriarcado y la esclavitud, la tiranía y la explotación. Ante estas acusaciones, y otras igualmente infames, no nos queda otra opción que declararnos culpables: no en tanto estadounidenses u occidentales, sino simplemente como seres humanos, como miembros de la raza humana. En la comisión de estos pecados no somos los únicos pecadores y, en algunos de ellos, no somos ni de lejos los peores.
El trato a las mujeres en el mundo occidental, y más generalmente en la cristiandad, siempre ha sido desigual y a menudo opresivo, pero incluso en sus peores momentos fue mejor que el régimen de poligamia y concubinato que ha sido la suerte casi universal de las mujeres en este planeta.

De todas estas ofensas la que se denuncia con más amplitud, frecuencia y vigor es sin duda la del imperialismo: a veces sólo de Occidente, a veces de Oriente (es decir, soviético) y de Occidente a la par. Pero la manera en que se utiliza este término en los escritos de los fundamentalistas islámicos sugiere a menudo que quizá no tenga el mismo significado para ellos que para los críticos occidentales. En muchos de estos escritos se le da un sentido claramente religioso al término de "imperialista"; se usa en relación —a veces indistintamente— con "misionero" y denota una forma de ataque que incluye a las Cruzadas y a los imperios coloniales modernos.

Asimismo, uno a veces se queda con la impresión de que la ofensa del imperialismo no es —como para los críticos occidentales— el sometimiento de un pueblo por otro, sino más bien la asignación de papeles en esta relación. Lo que es realmente malo e inaceptable es que los infieles sometan a los creyentes auténticos. El hecho de que los creyentes verdaderos gobiernen a los infieles es correcto y natural, pues esto coadyuva al mantenimiento de la ley sagrada y les da a los infieles tanto la oportunidad como el incentivo para adoptar la fe verdadera. Pero que los infieles gobiernen a los creyentes verdaderos es blasfemo y antinatural, pues conduce a la corrupción de la religión y la moral dentro de una sociedad, y al escarnio o incluso la anulación del mandato de Dios.

El choque de civilizaciones

Los orígenes del secularismo en Occidente pueden hallarse en dos circunstancias: en las primeras enseñanzas y, sobre todo, experiencias cristianas, que crearon dos instituciones, la Iglesia y el Estado, y en los conflictos cristianos posteriores, que las dividieron. Los musulmanes también tuvieron sus desacuerdos, pero nada que se asemejara ni remotamente a la ferocidad de las luchas cristianas entre protestantes y católicos que devastaron a la Europa cristiana en los siglos XVI y XVII y que finalmente, en la desesperación, condujeron a los cristianos a desarrollar una doctrina que separara religión y Estado. Aparentemente, sólo al despojar a las instituciones religiosas de su poder coercitivo pudo la cristiandad restringir la intolerancia asesina y la persecución que los cristianos infligieron a los seguidores de otras religiones y, sobre todo, a quienes profesaban alguna variedad de su propia fe.

Los musulmanes no experimentaron una necesidad semejante ni desarrollaron una doctrina parecida. No hizo falta el secularismo en el Islam e, incluso, su pluralismo difirió mucho del paganismo del imperio romano tan vívidamente descrito por Edward Gibbon cuando comentó: "Para la gente los distintos cultos que predominaban en el mundo romano eran todos por igual verdaderos; para el filósofo, todos por igual falsos, y para el magistrado, todos por igual útiles". El Islam nunca estuvo dispuesto, ni en la teoría ni en la práctica, a otorgar la igualdad a quienes profesaban otras creencias y practicaban otros cultos. Sin embargo, a los poseedores de una verdad parcial sí les otorgó un grado de tolerancia práctica y teórica rara vez parangonada en el mundo cristiano antes de que Occidente adoptara una forma de secularismo a finales de los siglos XVII y XVIII.

En un principio, la respuesta musulmana a la civilización occidental fue de admiración y emulación: un respeto inmenso por los logros de Occidente y un deseo de imitarlos y adoptarlos. Sin embargo, en nuestra época esta actitud de admiración y emulación se ha convertido, para muchos musulmanes, en una de hostilidad y rechazo. En parte, esta actitud se debe seguramente a un sentimiento de humillación: la conciencia creciente, entre los herederos de una civilización antigua, orgullosa y durante mucho tiempo dominante, de que aquellos a quienes consideraban inferiores los han atajado, sometido y arrollado. En parte, también, se debe a acontecimientos ocurridos en Occidente mismo.
Un factor de importancia capital fue sin duda el efecto de dos grandes guerras suicidas, en las que la civilización occidental se despedazó e infligió una destrucción incalculable a su propia gente y a otros, y en las que las partes beligerantes llevaron a cabo un enorme esfuerzo de propaganda, en el mundo islámico y en otros lugares, para desacreditarse y debilitarse unas a otras.

A fin de cuentas, la lucha de los fundamentalistas es contra dos enemigos: el secularismo y la modernidad. La guerra contra el secularismo es consciente y explícita y actualmente existe ya toda una serie de escritos donde se denuncia el secularismo como una fuerza neopagana y maldita del mundo moderno que se atribuye a los judíos, a Occidente y a los Estados Unidos.

La guerra contra la modernidad no es, en su mayor parte, ni consciente ni explícita y se dirige a todo el proceso de cambio que ha ocurrido en el mundo islámico a lo largo del siglo XX, e incluso antes, y que ha transformado las estructuras políticas, económicas, sociales y hasta culturales de los países musulmanes. El fundamentalismo islámico le ha dado un propósito y una forma al resentimiento y al enojo —de otro modo carentes de propósito e informes— de las masas musulmanas frente a las fuerzas que han devaluado sus valores y lealtades tradicionales y que, a la larga, los han despojado de sus creencias, sus aspiraciones, su dignidad y, en un grado cada vez mayor, incluso de su modus vivendi.

Hay algo en la cultura religiosa del Islam que produce, hasta en el campesino o buhonero más humilde, una dignidad y una cortesía hacia los otros nunca superada y rara vez igualada por otras civilizaciones. Sin embargo, en épocas de revuelta y de desorden, cuando se agitan pasiones más hondas, esta dignidad y esta cortesía hacia los otros pueden transformarse en una mezcla explosiva de ira y odio que impele incluso al gobierno de un país antiguo y civilizado —incluso al vocero de una gran religión espiritual y ética— a adoptar los métodos del secuestro y la matanza y a buscar, en la vida del Profeta, la aprobación y hasta algún precedente para tales acciones.

Es indudable que hoy en día nos enfrentamos a una actitud y a un movimiento que trascienden con mucho el simple nivel de los intereses, las políticas y los gobiernos que los ejecutan. Se trata, ni más ni menos, de un choque de civilizaciones: la reacción quizá irracional, pero sin duda histórica, de un rival antiguo contra nuestra herencia judeocristiana, nuestro presente secular y la expansión mundial de ambos. Es de vital importancia que, por nuestra parte, no nos dejemos arrastrar hacia una reacción igualmente histórica, pero también igualmente irracional, contra ese rival.

El movimiento que hoy en día se llama fundamentalismo no es la única tradición islámica. Hay otras, más tolerantes, más abiertas, que favorecieron los grandes logros de la civilización islámica en el pasado, y no nos queda más que esperar que estas otras tradiciones acaben por imponerse. Pero antes de que se resuelva esta cuestión habrá una lucha difícil, en la que nosotros los occidentales no podremos hacer gran cosa. Incluso intentarlo puede ser dañino, pues estos son problemas que los musulmanes deben dirimir entre ellos. Mientras tanto, a nosotros nos corresponde actuar con gran cautela para evitar el peligro de una nueva era de guerras religiosas, que surja de la exacerbación de diferencias y de la reaparición de viejos prejuicios.


Por Bernard Lewis
Traducción de Tedi López Mills
Fuente: Letras Libres