19.3.05

El devenir del Islam Europeo

Diez millones de ciudadanos europeos de origen musulmán viven la tensión entre una reivindicación defensiva de su identidad y una asimilación que es aprovechada por la prédica de los movimientos fundamentalistas.

Acaso la europeización del islam -mediante la combinación de la demografía y de la emigración- trae consigo un aggiornamento decisivo con un valor ejemplar para el resto del mundo?

¿O, por el contrario, es la oportunidad para los militantes islamistas y salafistas de establecer las cabezas de puente de un proselitismo que, de creer a los más exaltados, garantizaría la tercera -y victoriosa- expansión islámica en suelo europeo, tras los dos fracasos sancionados por la Reconquista española en el siglo XV y la derrota otomana en el asedio de Viena en 1683?

Dos acontecimientos dramáticos que han tenido lugar en 2004 ilustran este dilema y lo llevan al paroxismo: el atentado de Madrid, por un lado, y por otro, la movilización de los ciudadanos de origen musulmán a favor de los periodistas secuestrados en Irak.

El atentado de Madrid fue perpetrado por jóvenes marroquíes inmigrados a España, con el apoyo logístico de "profesionales" de la red Al Qaeda. Junto a los marginados y los delincuentes que son la presa habitual de los predicadores salafistas-yihadistas, había también individuos socialmente bien integrados, como el estudioso Mohamed Ata, estudiante aplicado en Hamburgo y jefe de los terroristas del 11-S; la aparición de personalidades esquizofrénicas transfiguradas por el islamismo radical en asesinos en masa sólo afecta a algunos individuos, pero su impacto es devastador para el devenir del islam europeo, al que toman como rehén, por encima incluso de los centenares de muertos que provocan.

Más allá de la capacidad de Bin Laden y sus subalternos para cambiar el resultado esperado de las elecciones españolas, o para obtener la retirada de Irak del ejército de Madrid, en el movimiento salafista-yihadista encontramos la certeza de que España es desde la Andalucía musulmana "tierra del islam" para la eternidad y que allí es lícita la yihad contra los "ocupantes" no musulmanes cuyo asesinato está permitido.
Dentro de esta lógica, el 11-M es tan sólo la primera batalla de una Reconquista al revés, cuyo horizonte es Europa.

Frente a esto también se inscribe la movilización de los ciudadanos franceses de origen o de confesión musulmana (sea cual fuera su fe o creencia, para la que la República, al contrario que los Estados islámicos, les da la libertad) en apoyo de sus dos conciudadanos periodistas secuestrados en Irak y amenazados de muerte por otros salafistas-yihadistas si la ley sobre el laicismo en la escuela no era retirada.

Con frecuencia nos hacemos preguntas sobre la incapacidad de los musulmanes no islamistas para hacer oír su voz: en este caso se ha expresado con fuerza y ha tenido un efecto de arrastre notable en las sociedades de Oriente Próximo, donde los secuestradores del llamado Ejército Islámico de Irak, al quedar en falso, han tenido que renunciar a ejecutar su amenaza.

La mayoría de nuestros conciudadanos europeos de origen musulmán, cuando tienen la sensación de una inserción satisfactoria en su entorno político, social, económico o cultural, no sienten la necesidad de convertir su confesión en una bandera de identidad más de lo que pueda sentirla la mayoría de sus compatriotas de origen católico, judío, protestante u otro.

La reacción masiva frente al chantaje de los secuestradores también ha expresado el rechazo de una "sociedad civil de origen musulmán" francesa a verse representada por las corrientes surgidas de los Hermanos Musulmanes, quienes, a través de su preponderancia en el Consejo Francés del Culto Musulmán, dibujan día tras día los contornos confesionales de una fragmentación de la sociedad francesa en comunidades enraizadas en identidades religiosas defensivas y avivan las brasas de la cuestión del velo en la escuela, bandera de identidad por excelencia de esta fragmentación.

El desafío de Turquía

No es poco lo que está en juego: se trata nada menos que de la capacidad de Europa para demostrar ante el mundo islámico que sus ciudadanos de origen musulmán son la primera generación surgida del universo del islam que participa en una sociedad democrática cuyos beneficios están vedados para la inmensa mayoría de los parientes que permanecen en la aldea en Africa.

Todo el mundo en el Magreb, en Africa, en Pakistán o en Turquía tiene un primo en Marsella, Birmingham, Düsseldorf, Barcelona o Milán. Están pendientes de la evolución de este miembro de la familia, próxima o alejada, que participa al mismo nivel y en la realidad en el aggiornamento de la civilización musulmana heredada en contacto con la modernidad democrática en el mismo lugar en el que ésta se elabora (mientras que en la aldea esto se vive por poderes, a través de la televisión por satélite, Internet y sus efectos distorsionadores).

Con demasiada frecuencia, esta dimensión ejemplar también se ve agravada por las dificultades para el ascenso social de los jóvenes pertenecientes a las últimas generaciones de inmigrantes, muchos de los cuales proceden de países musulmanes.

El ámbito de este malestar es un terreno predilecto del movimiento islamista que se esfuerza en convertir el desánimo en un rechazo de la sociedad "impía" europea y en una cosificación defensiva a nivel de la identidad que se proyecta en una Umma -una comunidad de creyentes mesiánica- cuyo mecanismo no deja de recordar al internacionalismo proletario de antaño.

No nos extrañe que los supervivientes del comunismo y del izquierdismo en el viejo continente hayan establecido, tanto dentro del Foro Social Europeo (FSE) como en diversas asociaciones de barrios desfavorecidos, una alianza con los paladines del velo en la escuela.

El dinamismo militante de estos últimos transforma a los primeros en "compañeros de ruta" y pone crudamente en evidencia su carencia de un proyecto.

Esta batalla que se desarrolla en torno al futuro de los musulmanes en Europa y en la que la conquista de los medios de comunicación es una cuestión de poder crucial, ya que se trata también de una lucha de imágenes, se dirime ya con fuerza en torno a la cuestión turca.

Por un lado, el efecto de atracción de Europa ha obligado al AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), en el poder en Ankara -muchos de cuyos miembros salieron de la matriz de los Hermanos Musulmanes-, a disolver en el crisol democrático de Bruselas la ideología islamista que hacía que Erbakan, la figura tutelar del islamismo turco, describiese a Europa como un "club judeocristiano" al que oponía un M-8 que agrupase a los grandes países musulmanes.

Este factor se debe tanto a la presión del electorado del AKP, las clases ascendentes y piadosas de Anatolia deseosas de realizar las concesiones necesarias para fundirse en la prosperidad europea, como al tropismo europeo antiguo de las elites políticas turcas laicas que, a su vez, en gran número son europeas "de origen", ya que proceden de Rumelia (la antigua parte europea del Imperio Otomano) y se instalaron en la Turquía moderna durante los intercambios de población de los años veinte.

Pero, por otro lado, la integración europea es también, según una irónica lógica de frentes invertidos, la ocasión para los islamistas turcos de luchar contra el laicismo surgido con Atatürk, utilizando las libertades civiles europeas para convertir en lícito y promover, por ejemplo, el velo en la Universidad turca, a la vez que aportan el apoyo de su masa demográfica a los Hermanos Musulmanes y salafistas franceses y demás europeos que luchan a favor del velo en la escuela.

Como todas la batallas políticas, la que implica al islam y a Europa no verá a los diferentes protagonistas "salir del hamman igual que entraron", como dice el proverbio árabe. Pero es necesario plantear los desafíos con claridad para que cada cual sepa cómo definirse y con quién identificarse.

Por Gilles Kepel
Nota: Politólogo. Instituto de Estudios Políticos de París.
Copyright Clarín y Le Monde, 2004.

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