13.9.08

Oriana Fallaci deja un mensaje póstumo al mundo


Este entrada es un pequeño homenaje a la escritora y periodista Orina Fallaci que murió de cáncer el 15.09.2006, hace ahora dos años lo cual no nos impide recordarla como se merece.
Oriana mantuvo siempre desde una posición liberal y laica su estilo literario, apasionado, controvertido y polemista. Ha tocado todo tipo de géneros, desde la opinión, a los reportajes, o las entrevistas a grandes personajes del siglo XX.
Para recordarla he elegido su “MENSAJE PÓSTUMO AL MUNDO”



UN MENSAJE PÓSTUMO AL MUNDO

La periodista se confesó en una entrevista para ser publicada a su muerte, las palabras de Oriana Fallaci desprenden una fuerza sublimar, y una libertad de expresión exenta de interesados prejuicios, destacando sobre todo su gran personalidad y su total indiferencia a las criticas mundanas. Es una satisfacción poder ofrecer a mis lectores este mensaje que seguro a nadie dejara indiferente.

LA VIDA

El señor Bin Laden dijo que la muerte es un fin, una conquista. La palabra que me ha horrorizado más es conquista. Para mí, para nuestra cultura, la conquista es la vida. Siempre he amado la vida con desesperación, con alegría. Cuando era muy joven, el recuerdo de los campos de concentración de Alemania formaba parte de nuestra vida diaria. Y me decía que si hubiese sido un niño judío y el Padre Eterno me hubiese preguntado: "¿Qué prefieres, morir de niño en un campo de concentración o no nacer?", yo le habría contestado: "Prefiero nacer, así sabré lo que se siente, aunque sea brevemente, al correr, al reír, al comer un helado y mirar el cielo azul". Cada uno de mis libros es un grito de odio por la muerte y un grito de alegría por la vida.

LA ENFERMEDAD

Estoy convencida de que el cáncer es una dolencia inteligente. Esta historia de la inteligencia se me ocurrió porque, cuando me quitaron esa cosa enorme me dije quiero verlo, guardarlo, es algo mío, quiero verlo.
A los dos días de la operación, fui al hospital a verlo al microscopio. Me impresionó muchísimo porque era una piedrecilla, nada más que una piedrecilla. Blanco, limpísimo, gracioso. Pero seccionado parecía una plaza enloquecida. Había algo vital e inteligente en aquellas células que luchaban entre sí. Me hicieron pensar en criaturas de otro planeta.
Empecé a llamarlo Extraterrestre y desde entonces comenzó un silencioso diálogo con él, un desafío a este enemigo que llevo dentro, como una especie de Bin Laden: nunca se sabe en qué cueva está. De vez en cuando sale por algún sitio donde no está el ejército estadounidense. Sólo estoy yo. Y cuando sale, lo hace para eliminarme. Entonces le suelto un discurso. Le digo: tú existes porque existo yo, eres un parásito mío, para vivir me necesitas a mí. Si me matas, tú también mueres. Este desafío se ha vuelto tan personal y tan humano que sigo fumando como antes, más que antes.

LA ENVIDIA

No me preguntéis el motivo de todas las maldades que se han escrito sobre mis libros. Cada vez que ocurre me pregunto, asombrada, perpleja, incrédula: ¿por qué?
No pertenezco a ningún partido, no pertenezco a ningún grupo, mejor dicho, a ninguna mafia literaria. Jamás digo nada de nadie ni insulto los libros de los demás. Si son malos, nunca digo que son malos. Ni siquiera digo que no me gustan. No lo digo porque sé que escribir un libro, sea bueno o malo, es muy fatigoso. Y me reconozco en esa fatiga, la respeto.

Entonces, ¿por qué? La gente asocia el éxito, la notoriedad, mejor dicho, la popularidad, con la felicidad. Por eso se pasa la vida poniendo verdes a los divos, a las divas, a los hombres de poder. De hecho, a los hombres de poder nunca se los fustiga por lo que deberían ser fustigados, por sus errores, sus abusos, sus incapacidades, sus culpas, las cosas por las que los ataco yo. La gente los ataca porque en su poder, en su éxito, ve un triunfo de la felicidad.
Pero la felicidad no tiene nada que ver con la fama, con la popularidad, con la fortuna económica que, de un modo u otro, se deriva del estatus del éxito. Es todo lo contrario: la fama, el éxito casi siempre son fuente de muchas infelicidades. La soledad, por ejemplo.

Todas las personas de éxito que he conocido eran personas que estaban profundamente solas. Aunque vivieran rodeadas de multitudes, reverenciadas por multitudes, o precisamente por eso. Además, está la vulnerabilidad; una persona que tiene fama y éxito siempre está más expuesta a los ataques, a las calumnias, a las heridas.
El aspecto más sórdido del cretinismo que acompaña casi siempre a la envidia es que las personas sencillas nunca odian, al contrario, aman a las personas de éxito porque transfieren en ellas sus sueños, sus ambiciones.

Quienes odian son las personas involucradas en cierto modo en el mecanismo del éxito de la persona envidiada. Es decir, las que hacen su mismo trabajo, las que pertenecen a su mundo. Pero tampoco lo entiendo. ¿Envidia de qué?

Mi vida ha sido durísima y muy infeliz. Aquellos a quienes más amaba están muertos. Siempre he ganado poco en relación con el éxito que he tenido y el trabajo que he hecho. Y he trabajado mucho, de verdad, muchísimo. Jamás tuve los sueldos fabulosos que ganan hoy los periodistas, por no hablar de los de los directores, ni siquiera me los he imaginado.

El cáncer que exterminó a toda mi familia me ha salido a mí también. Y desde que me ha salido, llevo una vida muy difícil. Sin embargo, sigo trabajando, viviendo dignamente, en silencio, por mi cuenta, sin poner verde a nadie, sin hablar siquiera de los demás.
Pero los de mi oficio me odian a muerte. A veces he tratado de hacer examen de conciencia. He intentado analizar si yo tenía la culpa y he llegado a la conclusión de que soy una mujer que puede ser altiva, soberbia, en la misma medida en que puede ser cordial y afectuosa. Tengo un sentido moral tan riguroso que llego a adoptar posturas implacables, lo reconozco. Pero soy indulgente en igual medida. Es más, soy generosa. Trato de entenderlo todo y a todos. O mejor dicho, las dos caras de la moneda. Y esto me hace justa. Me convierte en una persona de bien.

EL BALANCE

Soy ante todo y sobre todo una persona de bien. En mi vida no hay manchas. Nunca he hecho marranadas, ni he cometido traiciones ni perfidias. He sido dura, pero lo he sido con los demás en la misma medida que conmigo misma. La persona con la que soy más dura, menos indulgente y más implacable es precisamente Oriana. Siempre me veo defectos y por ello me castigo. ¿Qué defectos? Un exceso tal de rigor que puedo llamarlo maniqueísmo.
La incapacidad absoluta de perdonar. Puedo tratar de olvidar, pero siempre llega el momento en que recuerdo, y cuando el recuerdo aflora desde los abismos de las heridas encubiertas, la falta de perdón reaparece, impetuosa, implacable.
Hay en mí como una vena monacal que puede molestar a cierta gente, lo reconozco. Pero va acompañada de urbanidad; no conozco el chismorreo, la calumnia, la difamación. O las conozco en la medida en que las he sufrido en carne propia. Yo sólo envidio a las mujeres que tienen hijos. Nunca he podido tenerlos; se morían antes de nacer.

LA MATERNIDAD

Si me preguntáis cuál es para mí el símbolo de la belleza femenina, no pienso en la Venus de Milo ni en Sofia Loren. Pienso en una hermosa mujer preñada. Una mujer que lleva dentro otra vida tiene algo poderoso, triunfal, de una belleza incomparable. Una mujer deformada por un barrigón que contiene a otro ser humano. Una de las estatuas que más me conmueven es una prehistórica de una mujer preñada.
En cierta ocasión se la enseñé a un amigo y le dije: "Mira qué esplendor". Y él me contestó: "Querrás decir qué horror". Terminamos riñendo.

Respecto a la maternidad me enfado siempre, con pocas palabras también lo hice en un libro al referirme a que el italiano es el pueblo con la más baja natalidad de Occidente. Me parece una traición, una canallada contra el propio país, la propia cultura, la propia sociedad, ¡contra la vida! Tener el privilegio de traer al mundo a otro ser humano - ya sé que se precisan dos para traerlo al mundo, pero el privilegio de llevarlo en el vientre, de alimentarlo con la propia sangre, de cumplir con la responsabilidad de su llegada al mundo es completamente femenino-, dar a luz a otro ser humano, es la única manera de ser inmortal. Cuando has dado a luz a otro ser, al morir, no mueres, porque seguirás viviendo a través de ese ser, hecho de tu misma carne, de tu misma sangre.

Me pesa, sí, me pesa no dejar al menos un hijo cuando me muera. Por eso, cuando hablo de mis libros, siempre me refiero a ellos con la palabra hijos. Mi hijo, mis hijos. Pero mis hijos son hijos de papel. No de mi sangre. Y los hijos de papel no paren otros hijos de papel. No son más que una pobre ilusión de la maternidad.

LA VEJEZ

La vejez es, obviamente, una conquista. La alternativa, es decir, el cementerio, es mucho peor. Pero la mayor virtud de la vejez es la libertad. De joven no era libre. Luchaba por la libertad, soñaba con la libertad, pero no era libre.
La libertad que me rodeaba tras 1945, es decir, tras acabar la Segunda Guerra Mundial, era una libertad política, no psicológica. No lo era, porque yo era mujer y porque, precisamente, era joven. Al ir creciendo me fui haciendo más libre (...). Pero nunca me sentí completamente libre. Empecé a sentirlo más a medida que me fueron saliendo arrugas en la cara. Cuanto más profundas las arrugas, más libre me sentía y menos temía los juicios de los otros, las prepotencias de los otros, las incomprensiones. Cuando las arrugas llegaron a lo que son hoy, me sentí completamente libre. De hecho, empecé a decir que mis arrugas son mis medallas.

La vejez es una catarsis. Ya no temes a nadie; el único riesgo que existe es que si no tienes sentido ético, y yo lo tengo, llegas a pensar que todo te está permitido, que puedes hacerlo todo. Sabes más, cuando eres viejo entiendes (...). Está el problema físico, es cierto. Cuando somos viejos ya no podemos hacer las cosas que hacíamos de jóvenes. Tu cuerpo es como el viejo motor de un coche viejo; las piernas ya no corren como cuando eras joven, los pulmones no respiran como respiraban antes y el corazón, ¡ay!, te da cada chasco...

A los sesenta años fui a la guerra del Golfo (...). Cuando me dijeron que para ir con los estadounidenses al desierto había que (...) llevar una mochila que pesaba al menos 35 kilos, creí que me moría. No podía, no puedo cargar 35 kilos sobre los hombros. Ya no puedo (...).

ESCRIBIR

Escribir es el oficio más fatigoso del mundo. Cuando escribo, me canso, incluso físicamente. Me canso como un mozo de cuerda, como un minero, como los que hacen un trabajo pesado. Pese a ello, no puedo dejar de escribir.

BIN LADEN

Lo vi en la televisión. Se reían de los muertos (de las Torres Gemelas), se reían, y entonces sentí crecer dentro de mí un odio intenso (...). Sentí crecer en mí una repulsión física, algo que no suele ocurrirme, porque termino siempre por ceder a la piedad, y si no es piedad, es profesionalidad.

Como escritora tengo que ponerme en el lugar de todos, tengo que tratar de entrar en su cabeza. Y entendí cuál es el motivo de este odio. En el fondo están el instinto, los sentidos. Estoy obsesionada por el mal que emana de él. Es el Mal. Nadie puede negarle a esta gente la patente de personaje. Son grandes personajes. Es verdad que hemos contribuido a crearlos con los libros, la televisión, los periódicos, pero cuando el personaje no existe, ya puedes hacerle toda la publicidad que quieras, si no existe, no existe.
La verdad es que la atracción por ellos nace de lo que hacen (...). En mi opinión, la pregunta que hay que plantearse es:
¿por qué este mundo (...) produce personajes que nosotros no soñamos siquiera? Porque ellos tienen algo que a nosotros nos falta: pasión.
Tienen fe y pasión. En el mal, en negativo, pero la tienen.

Nosotros ya no la tenemos, la hemos perdido, nuestra forma de sociedad ha insensibilizado el ánimo, ha endurecido el corazón de la gente. Incluso en las relaciones amorosas hay menos pasión. En cuanto a la fe, en nuestro mundo ésa es una palabra desconocida. Ellos son más tontos que nosotros, pero son profundamente apasionados, y por tanto, más vitales. Hasta la guerra, que es un acto de pasión en negativo, la ferocidad, la sangre, se ha vuelto estéril, limpia. Esta falta de pasión se refleja en nuestra vida diaria, porque en lugar de la pasión tenemos el bienestar, la comodidad, el raciocinio. Todo lo que somos es fruto del raciocinio, no de la pasión.

EL BIENESTAR

En lugar de pasión hoy tenemos hedonismo (...). Las ciruelas sin hueso, el aire acondicionado. Yo me crié con frío, con hambre, con miedo. Tres dimensiones que hoy no se aceptan siquiera.

EL ENEMIGO

¿Respeto a los militares de Al Qaeda que ahora luchan en Tora Bora (en Afganistán, contra los estadounidenses)? Claro que sí. Tal vez cada uno de ellos sea un posible kamikaze dispuesto a lanzarse contra un objetivo civil y a matar a miles de civiles, incluidas las niñas de cuatro años. Pero en este momento y en estos días, no se comportan como kamikazes, se comportan como soldados. Y el enemigo que lucha siempre debe ser respetado.

Existe una gran diferencia entre los talibanes que tras tanto desgañitarse escapan y se rinden (...) y estos enemigos que combaten como los alemanes en 1945 en Berlín. Siempre sentí, incluso de jovencita, mucho respeto por mis enemigos alemanes que (...) combatían contra los rusos que habían sitiado la capital. Es lo que Al Qaeda hace en Tora Bora.

LA GUERRA

Entre las armas, las explosiones, el miedo, la muerte y yo existe una lúgubre familiaridad.
Es cierto lo que les grito a los hijos de Alá: nací en la guerra, me crié en la guerra, de guerra entiendo más que vosotros. Por la vida que he llevado, o sabe Dios por qué, lo veo todo en términos de guerra, de paz y de guerra.

Es mi referencia continua. Mi disciplina es militar (...). La guerra es el desafío supremo (...). Cuando te movilizas para entrar en combate, o cuando estás en él, nadie se ocupa de ti, nadie te mira. Estás solo contigo mismo. Eres tu propio juez (...). Existe otra lúgubre seducción. Es la monstruosa vitalidad que en sí misma trae la guerra. Nunca me sentí tan viva como después de una batalla de la que salí sana y salva. Quien en la guerra dice que no tiene miedo es un imbécil, un mentiroso (...). La cuestión está en hacer las cosas pasando por encima del miedo (...).

Después de haber ganado ese desafío es cuando te sientes tan vivo. Vivo como no te sientes siquiera en los momentos de alegría más embriagadores, en los momentos de amor más vertiginosos. Por desgracia, esto es lo que te da la guerra. El gran desafío: la vida o la muerte. El juego de dados.

Escuchemos a Santiago Carrillo en la entrevista que le hizo Oriana Fallaci en octubre del año 1975: "Yo a los comunistas les reprocho, si acaso, un orgullo y un triunfalismo exagerados. Se sienten siempre superiores a todo el mundo. Y distintos de todo el mundo. Tal vez sea porque los demás les hacen sentirse diferentes... Además, tienen otro defecto: apenas se convierten en un partido de masas, se vuelven soberbios". Sólo añadiría a estas sabias palabras que cuando se trata de un pequeño partido familiar ocurre exactamente lo mismo.

LUCIA ANNUNZIATA
La Vanguardia 17- 09 2006

El mundo recordara tu legado y tus advertencias, estés donde estés descansa en paz Oriana Fallaci.

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3 comentarios:

  1. Anónimo1/1/07

    Impresionante

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  2. Anónimo27/11/07

    Casi me saltan las lagrimas. IMPRESIONANTE. Aunque he visto un tono un poco rebajado, pero me ha conmovido de igual manera. MUCHISIMAS GRACIAS.

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  3. Nunca en la historia de Occidente se atrevería nadie a cuestionar la categoría humana de Oriana Fallaci, también como escritora, como redactora, como corresponsal de guerra…
    Ahora si, Occidente ya ha perdido todos los papeles y pone en tela de juicio la catadura moral de las personas brillantes, de tal modo que Oriana al final de sus dias, solo se merecía el titulo de “islamófoba”.

    Dan ganas de llorar cuando leemos los miles de mensajes de gente estudiosa del Islam que nos avisan del peligro que se expone Europa… Oriana estaba muy enferma, no hablaba por intereses personales, pero nuestros políticos ciegos y sordos, nos conducen al precipicio.

    ¿Hasta donde estamos llegando?

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