16.11.05

El discurso del odio

André Glucksmann (Boulogne, Francia, 1937) es uno de los filósofos europeos más importantes de nuestra época. Entre otras, ha escrito las siguientes obras: Le Discours de la guerre, El undécimo mandamiento, La estupidez: ideologías del postmodernismo y La fisura del mundo: ética y sida. Sus últimas obras, Dostoievski en Manhattan (Taurus, 2002) y Occidente contra Occidente (Taurus, 2004), obtuvieron un gran éxito en España.

La decapitación de las Torres Gemelas, la explosión de los trenes en la Estación de Atocha y el horror de Beslan nos conducen a un paisaje inédito. Hasta entonces, los Estados pretendían mantener al demonio dentro de la jaula. La devastación nuclear estaba bloqueada por la disuasión. Hasta entonces, ni la Bomba ni el Kaláshnikov habían trastornado de manera fundamental una concepción muy clásica del conflicto de intereses, que Rousseau bautizó como “estado de guerra”. A partir de ahora hay que pensar en un nuevo “estado de odio”. La facultad apocalíptica de pitar el final del partido, antes patrimonio de los dioses y, después, monopolizada por las superpotencias, se ha puesto al alcance del gran público.

Así describe André Glucksmann, con su perturbadora capacidad de anticipación --y su particular estilo literario, en el que lo inquietante se convierte en poético-- el mundo del siglo XXI. Un siglo que el hombre inició creyendo haber relegado los odios colectivos a los libros de historia.

Pero ¿por qué misterio insondable --se pregunta el autor--, por qué inconmensurable ingenuidad el pasajero del siglo XXI se hace el sorprendido cuando el odio fuerza su puerta? El odio existe, asegura Glucksmann. Todos lo hemos visto; tanto a la escala microscópica de los individuos como en el corazón de las colectividades gigantescas. Con el nuevo milenio nos hemos adentrado en otro mundo, que ya no se basa en las antiguas categorías. Un mundo en el que sobrevivir es sobrevivir al odio.

«Un odio incansable, tan pronto ardiente y brutal como insidioso y glacial, amenaza al mundo». Y el mundo se sorprende, porque creía haber pasado página, atrapado entre la euforia moderna que explica, comprende y excusa todos los comportamientos, y el olvido de la larga historia de horrores que el hombre provoca contra el hombre.

«Tesis mayoritaria y bien pensante: el odio mayúsculo no existe».

Tesis de Glucksmann: el odio existe, todos nos hemos encontrado con él. Y con sus frutos: la bomba humana es el ejemplo más devastador. Pero no el único. «El odio juzga sin escuchar. El odio condena a la medida de su deseo. No respeta nada, cree enfrentarse a un complot universal. Al final de la carrera, acorazado en su resentimiento, zanja el asunto con una dentellada arbitraria y soberana. Odio, luego existo.»

A lo largo de los siete capítulos del libro, que pretende «servir de introducción a una ciencia humana del odio del ser humano», desfilan el odio a Occidente de los suicidas islámicos, el antisemitismo, la misoginia y el antiamericanismo. Nos va haciendo seguir las raíces de cada uno de ellos, sus consecuencias, sus relaciones.
España tiene un protagonismo especial.

La matanza del 11-M, el resultado electoral tres días después, la retirada de las tropas españolas de Irak, son para el autor hechos que llevan a los terroristas a «vanagloriarse de haber ganado». Hacen suyo el grito legionario de «¡Viva la muerte!». El valor de Unamuno ante Millán Astray en el anfiteatro de la Universidad de Salamanca, cuando califica de «paradoja bárbara» repelente ese grito que se acaba de escuchar, ilustra la respuesta que Europa debería estar dando: unirse para atajar la debacle. En el capítulo titulado «El espectro del hiperpoderoso», también se utilizan ejemplos de la prensa española para ilustrar las tesis del autor sobre las limitaciones del antiamericanismo.

El libro no solamente analiza. También propone soluciones: para desactivar las angustias y los entusiasmos trascendentes, hay que renunciar a imponer, por la fuerza de las armas, la unanimidad político-teológica a la que conduce el divinizar los odios políticos y el politizar el sectarismo teológico.

De la bomba H a la bomba humana

El odio, en estos tiempos, habla a golpe de atentado. Un atentado solamente tiene éxito si queda grabado en el cerebro de los supervivientes.
Y los atentados de las bombas humanas son especialmente imborrables porque nos demuestran que el poder de destrucción masiva —que primero creíamos atributo de los dioses, quienes lo ejercían mediante diluvios y
terremotos, y después de los estados y sus ejércitos— está ahora al alcance del gran público, de cualquiera que, armado con un cúter, secuestre un avión y lo lance contra un rascacielos en horas de oficina.

«¿Cómo contener a una bomba humana, razonar con ella o paralizarla?»

Éste es nuestro problema filosófico número uno. El 11-S es una fractura que provoca la aparición de una condición humana demasiado turbadora. La idea de humanidad es casi equívoca: ¿qué pasa con lo inhumano del hombre? Cuando nos toca vivir grandes penalidades adquirimos la experiencia del sufrimiento, y con ella la inteligencia de la condición humana y de sus límites. Pero más a menudo, tropezamos con los límites de la inteligencia: apenas ha pasado lo peor de la tempestad nos apresuramos a alejarnos de la realidad y de sus verdades «ni fáciles de vivir ni agradables de decir».

¿Quién es terrorista y quién no lo es?

Glucksmann rechaza la respuesta que dan el déspota o el invasor (terroristas son las operaciones de guerra irregular llevada a cabo por combatientes sin uniforme contra otros de uniforme) y propone otra: terrorista es el ataque deliberado llevado a cabo por hombres armados (con o sin uniforme) contra poblaciones desarmadas. Y se subleva contra «los ingenuos, los falsos ingenuos y los sinvergüenzas» que practican la amalgama y bautizan como «resistentes» a los asesinos de inocentes.

El terrorista de hoy es nihilista, blande su odio como una varita mágica y multiplica así por diez el miedo que difunde. Mata a los suyos, a los otros, a los de uniforme y a los civiles, a hombres, mujeres, niños y ancianos. «El poseso de hoy se convierte en su furor, sin distancia, sin escrúpulo, sin vuelta atrás». No hay más que escucharle hablar mientras que, por ejemplo, anuncia ante las cámaras la inminente muerte de un rehén al que va a decapitar y explica por qué lo hace y quiénes son los responsables, entre los que no se encuentra, claro está, él mismo que es quien blande la espada y la precipita sobre el hombre indefenso.

La toma de la escuela en Beslan y la carnicería que allí se produjo le sirven para reflexionar sobre el nihilismo como patología moderna, en sus tres versiones: la del asesino suicida, nihilista último y absoluto que no distingue entre vida y muerte; la de Putin, que cree que puede permitírselo todo y no distingue entre mentira y verdad; y la pasiva, la nuestra, la de quienes, con los ojos cerrados, permitimos todo a los que se lo permiten todo.

En el taller de las bombas humanas

Una bomba humana funciona con odio. Sean cuales sean las razones de ese odio: la marginación, la pobreza, el analfabetismo, la sobredosis de fe, lo cierto es que no todos «los míseros, los humillados, los ofendidos, los incultos, los débiles, los parias, los perdedores y los drogadictos del planeta» se hacen estallar en un autobús de transporte público. La bomba humana es un ser pensante, con tantos conflictos internos y problemas como cualquiera, y su destrucción es una decisión que responde a una lógica.

Los autores clásicos ya la sacaron a la luz y, primero los griegos y después los romanos, nos legaron menis (la cólera de Aquiles), manía (locura furiosa de Ayax), jolos (rabia dolorosa de Electra) y de ellos aprendemos que el odio «no es ni accidente ni error de recorrido. Es una sed fundamental de destruir» que no está detrás de nosotros, sino en nosotros.

Cólera, el origen de todo; Dolor, el duelo de uno mismo; Furor, el duelo del otro; Nefas, el duelo universal, se nos hacen familiares a través de la Medea de Séneca que nos guía en un viaje alucinante por las raíces y las manifestaciones del odio absoluto, y consigue aterrorizarnos con su proximidad y su familiaridad: «Que se rivalice en toda especie de crímenes; que se maten unos a otros recíprocamente a golpes de espada; que no haya para esos odios ni límites ni remordimientos; que los espíritus sean aguzados por una rabia ciega; que la furia de los padres se perpetúe y que sus crímenes pasen en una larga continuación a sus nietos; que ninguno de ellos tenga la tranquilidad de detestar su crimen pasado, que nazcan
siempre nuevos y que se multipliquen de forma tal que hasta el castigo no haga sino aumentar los crímenes». Las palabras de la Furia de Séneca nos desvelan el secreto de la fuerza del odio: el furioso no retrocede horrorizado ante el horror. No teme por su existencia. «Y la muchedumbre condena la abominación mientras la contempla.»

El icono del rebelde exterminador, de Séneca a Genet

Los cuatro elementos del odio (cólera, dolor, furor, duelo universal)le sirven para mostrarnos que los «incendiarios planetarios», los palestinos,son los calcos de los trágicos romanos. El texto redactado por Jean Genet,Cuatro horas en Chatila, en el que éste enaltece a los fedayin, heraldos de la revolución total, es la guía para conducirnos por la historia de los asesinatos cometidos por los fedayin desde el principio del conflicto, un conflicto convencional por una tierra, hasta su transformación en «lucha metafísica», en lucha contra el sistema, en un maniqueísmo teórico y una práctica radical de rechazo a la civilización occidental.

Cuando, en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1971, «Septiembre negro» asesina atletas israelíes, «el ejército del terrorismo inaugura su dimensión propiamente cósmica» al ampliar a Europa su teatro de operaciones.
Y nunca ha abandonado su carácter de espectáculo universal. Hace decenas de años que convivimos cada día con lo que ya se ha convertido en una «serie familiar de una violencia total, totalmente mítica y por tanto totalmente tranquilizadora». Esa presencia no tiene una relación directa con el número de muertos ni con el tamaño de la desgracia.
De hecho, ésta no es mayor que el genocidio tutsi de 1994 o que las masacres de chechenos que se suceden desde hace ya diez años. Todos están sometidos a una ley
del silencio, todos menos el «problema palestino». Se han convertido en
«estrellas terroristas», en mitos del telediario de la noche.

¿Por qué a los peluqueros?

—Esta noche matamos a los
peluqueros y a los judíos.
—¿Por qué a los peluqueros?


El odio hacia los judíos tiene la extraña capacidad de aglutinar delirios y rabias en una furia linchadora colectiva. No es una obsesión malsana de los integristas musulmanes en la que recuperan el antisemitismo secular de occidente. Es un sentimiento que se tolera con complacencia y que se extiende por doquier, suplantando la crítica a las decisiones de quienes en cada momento ocupan el gobierno del Estado de Israel, críticas que se transforman en una retórica sistemática de demonización.

El conflicto de Oriente Próximo parece ser la causa única de todos los males, desde las guerras civiles en Yemen o Argelia, la guerra Irán-Irak o la del Golfo, al exterminio de chechenos. «El pretendido centralismo de la querella israel -o-palestina ¿es de verdad la razón, o más bien la coartada, de los odios que encienden la región y amenazan el planeta?»

Tal como repitió Sartre, la clave del antisemitismo es el antisemita, no el judío. El judío no es la causa del odio que le rodea y por ello no necesita ni reformarse (caso del judío avergonzado), ni sacar prestigio de él (caso del judío glorioso). Si ha padecido Auschwitz, no es en absoluto culpa suya. El crimen pertenece al criminal. Auschwitz no revela nada sobre el judío, pero mucho sobre los mundos que le rodean.
La primera cuestión judía la plantearon los cristianos: el Antiguo Testamento se resiste a la Buena Nueva; la segunda, los estados nación emergentes: ¿qué hacer con estos apátridas que circulan entre Estados? El secreto de la tercera cuestión judía está en que, después de 1945, los judíos dan testimonio de que lo imposible es posible. Por eso, «¡Qué ganga para la Conciencia universal, los judíos al fin no eran exterminados sino exterminadores!»

Para tratar el conflicto de Oriente Próximo no sirve seguir preguntándose ¿quién empezó?, sino ¿cómo parar? «La paz no es natural, hay que construirla, utilizar artificios y arbitrariedades.» El autor propone cinco: afirmar el derecho a la existencia de las poblaciones implicadas (condena del terrorismo); existencia de un estado israelí y de un estado palestino; reconocer las fronteras (una frontera es buena porque es, no existe porque sea buena. Es necesaria para evitar los conflictos que engendra su falta); considerar nulo el problema de los refugiados, como hizo Europa tras la Segunda Guerra Mundial; y Jerusalén: separar cielo y tierra, es decir, autoridades civiles de autoridades religiosas.

El espectro del hiperpoderoso ¿Por qué tanto odio?, se preguntan los estadounidenses. Y al preguntar: «¿Qué he hecho mal?» están suponiendo que el objeto odiado es la causa del odio, cuando, de nuevo, el odio precede y predetermina al objeto que se fabrica.

El antiestadounidense no admite que los estadounidenses sean autocríticos, titubeen, evalúen sus errores, rectifiquen. Construye sus argumentos con abundancia de sofismas, revelaciones sin pruebas y suposiciones gratuitas, para llegar a conclusiones gratificantes sobre el cretinismo del presidente o para convencerse de que el 11-S «no fue más que un juego de Estado Unidos consigo mismo».

La cuna del antiamericanismo es Europa. Y la hostilidad aumenta desde el fin de la guerra fría. Hay una divergencia anterior que explica ya muchas cosas: para los americanos, el desembarco de Normandía era la liberación por las armas del nazismo; para los franceses y los alemanes, era el fin de tres siglos de guerras entre ellos. «Para unos, la Libertad es lo primero, produce y garantiza la paz. Para los otros, la Paz prima y la libertad, tarde o temprano, viene a continuación.»

La segunda gran diferencia es cómo se vivió la guerra fría a ambos lados del Atlántico. Y la tercera y más reciente, que mientras para Estados Unidos el 11 de septiembre es la fecha clave, la fecha de entrada en guerra contra el terrorismo, para la comunidad europea es la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, la que inaugura una nueva era en la que la fuerza cede ante la ley. Europa «vuelve la espalda a su aliado de más allá del Atlántico, decide vivir poshistóricamente». La consigna fue «abstente»: en el genocidio de los tutsis, al apoyar a Yeltsin y después a Putin, al ignorar la escalada del islamismo terrorista.
El aislacionismo es ahora privativo de una Europa que condena el intervencionismo americano.

El antiamericano resume su fe en una tesis: el mal no existe. Y su corolario: el único mal es que los americanos creen en el mal. Esta Europa vive búdicamente más allá del Bien y del Mal, instalada en el Bien, puesto que el Mal no existe. Seguro en esta Buena Nueva, el nihilista activo se lo permite todo, al estilo del islamista degollador, mientras que el nihilista pasivo lo permite todo, al estilo del europeo que se desinteresa, ajeno a todo lo que no sean sus realidades interiores.

Cherchez la femme!

«El odio más largo de la historia, más milenario aún y más planetario que el del judío es el odio a las mujeres.» Menos evidente y estruendoso que otros, se viste con máscaras diferentes según los lugares y las épocas.
Y su falsedad suprema es el exceso de amor.
En 1979 el ayatolá Jomeini llega a Teherán a ocupar el poder que ha conquistado con el apoyo de liberales, revolucionarios y religiosos, y ordena de inmediato el uso obligatorio del chador. Las mujeres de Teherán que salieron a la calle en la primera manifestación antiislamista de la historia, fueron menospreciadas. Las mujeres iraníes se convirtieron en el daño colateral de la revolución triunfante, con la complacencia de los progresistas.

El ayatolá hizo escuela en Argelia y en Afganistán, el burka se convirtió en el símbolo de la dictadura de los talibanes. El odio antioccidental estigmatiza la feminidad.
La cruzada sexista de Jomeini podía haberse alimentado, además de con el Corán, con la Ilíada. Helena le sirve al autor para recorrer la posición de la mujer a lo largo de la historia: en las sociedades tradicionales, donde todo estaba resuelto por los usos, las costumbres y las reglas de parentesco; en las sociedades de transición, en vías de occidentalización, la resistencia femenina «socava la estrategia del gran encierro»; y en las sociedades de estilo occidental, Helena cede a una misoginia corriente a la que no escapa ninguna cultura.

Pandora, en cambio, nos introduce en la separación del tiempo de los dioses y el tiempo de los hombres. Pero a diferencia de Eva, ella no es la pecadora que provoca el castigo divino y eterno sobre la humanidad. El pecado del hombre fue castigado con el final del parentesco entre hombre y dios, y la aparición de Pandora sobre la tierra simplemente sanciona ese hecho. Ella no es la causa del mal.

La historia del reino de Lidia o de Antígona da lugar a reflexiones que terminan conduciendo a la fuerza de las mujeres: el philein, la alianza entre enemigos potenciales contra la adversidad común, la lucha no por conquistar el poder, sino por «imponer límites infranqueables a una voluntad de omnipotencia». La condición de las mujeres es testimonio de la condición humana y las Suplicantes, cantando su debilidad, anuncian el «poder de los sin poderes», la subversión suplicante que estuvo en el origen de las revoluciones de terciopelo que ponen fin a las dictaduras totales.

¡Buenos días, señor Montaigne!


A partir del 11 de septiembre, ya no hay campo de batalla ni frente.
No hay retaguardia. El «estado de guerra» en el que los estados vivían tradicionalmente (estado de rivalidad, de conflicto de intereses, que permitía, paradójicamente, asentar el alto el fuego y construir la paz) ha sido sustituido por el nuevo «estado de odio».

En él se produce la alianza entre una crueldad sin límites y un discurso que la legitima, pero «las carnicerías llevadas a cabo en nombre de Dios no son religiosas, sino terroristas». Hay que «despojar la crueldad de las palabras que la maquillan. Hacer aparecer lo inhumano en su sórdida desnudez». Tomemos como ejemplo el comunicado en el que Al Qaeda reivindica la masacre de Madrid: «respuestas a los crímenes que ustedes han cometido en el mundo […] en Irak, en Afganistán».

El 11-M y el 14-M «confirmaron la íntima convicción de los asesinos: cuanto mayor es el horror, más eficaz resulta. El crimen paga».
El proyecto para salir del «estado de odio» consiste en «aliarse disuasoriamente, negativamente, contra los peligros que amenazan el hogar, y no persuasivamente, positivamente, especulando sobre nuestras múltiples esperanzas extraterrestres». Este proyecto no pueden realizarlo solos los poderes públicos y sus estado mayores. «Es necesaria la participación de ciudadanos resueltos a romper con el terrorismo nihilista e interrumpir sus estrategias de caos».

Las siete flores del odio

1. El odio existe. Aunque los bienpensantes, la universidad, incluso los que odian, no admitan «que la rabia de destruir por destruir reina en estado puro […] hasta que se los come».

2. El odio se maquilla de ternura. Quizá me equivoco, reconocerá el suicida, pero creía que estaba haciendo bien, voy de buena fe.

3. El odio es insaciable. Al pedir lo imposible, se promete permanentemente insatisfecho y se asegura de no ser jamás interrumpido.

4. El odio promete el paraíso.

5. El odio pretende ser Dios creador. Perturba los tres ejes: vida, lenguaje y trabajo, que identificaban al europeo de las Luces como ser vivo.

6. El odio ama a muerte.

7. El odio se nutre de su devoración.

«¿Sentiría yo odio hacia el odio? Ni una pizca. […] La gente honesta, los religiosos sinceros, los realistas sin ilusiones, tienen la inteligencia de sus límites, no necesitan odiar el odio para combatir su locura asesina y sonreír con su ridículo.»

Por André Glucksmann

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