29.7.05

El Oriente Próximo y Occidente (2ª parte)

Concubinato y poligamia

La esclavitud también era una preocupación para las potencias occidentales, muy especialmente para el Reino Unido, que había abolido la esclavitud en su propio imperio a principios del siglo XIX y consideraba el tráfico de esclavos un crimen internacional,como la piratería, que debía ser suprimido y castigado en cualquier territorio o mar.
A finales del siglo XX, la esclavitud en Oriente Próximo, con algunas excepciones locales, ha sido abolida.

La batalla en favor de los derechos de la mujer se ha demostrado mucho más difícil y su resultado no está ni mucho menos claro. Las potencias europeas, que utilizaron su influencia e incluso sus fuerzas armadas para imponer la abolición de la esclavitud y la emancipación de los no musulmanes, no mostraron interés en terminar con el sometimiento de las mujeres.
Tampoco hay muchas pruebas de que los reformadores de Oriente Próximo o sus mentores europeos se preocuparan por esa cuestión.

Las potencias imperiales, en este como en otros muchos aspectos, romovieron políticas sociales cautelosas y conservadoras y procuraron evitar cualquier cambio que pudiera movilizar a la opinión musulmana contra ellos y no les reportara ninguna ventaja.

En algunas áreas de colonización intensa, como el norte de África francés o la Asia central soviética, una pequeña clase de musulmanes educados, asimilados culturalmente a sus señores imperiales, siguieron también su práctica en el tratamiento de las mujeres.Pero fueron casos muy limitados y marginales en todos los sentidos. En el corazón del islam ese progreso en los derechos de la mujer se debió por entero a fuerzas internas y a los esfuerzos solitarios de hombres y mujeres.

Sin embargo, la batalla en favor de la emancipación de la mujer hizo algunos progresos en las partes de la región más avanzadas social y económicamente, convirtiéndose en uno de los blancos principales de las diferentes escuelas del resurgimiento islámico militante.
El ayatolá Jomeini, en particular, le concedió un papel prominente en su crítica de las fechorías del sha y de los crímenes de su régimen. Desde un punto de vista tradicional, la emancipación de la mujer (en concreto, permitirle mostrar el rostro, los brazos y las piernas, y mezclarse socialmente en la escuela o el lugar de trabajo con los hombres) es una incitación a la inmoralidad y la promiscuidad, y un golpe mortal al corazón mismo de la sociedad islámica, la familia musulmana y el hogar.

La batalla continúa. El primer ejemplo que he podido encontrar de un argumento razonado a favor de los derechos de la mujer aparece en un artículo del gran escritor otomano del siglo XIX Namik Kemal, uno de los líderes de los Jóvenes Otomanos, publicado en el periódico Tasvir-I Efkâr en 1867:

En la actualidad se considera que nuestras mujeres no cumplen otro propósito útil para la humanidad que tener hijos; se piensa que sólo sirven para el placer, como los instrumentos musicales o las joyas. Pero constituyen la mitad, o quizá más, de nuestra especie. Impedir que contribuyan al sustento y mejora de los otros con su esfuerzo infringe las normas básicas de cooperación pública hasta tal punto que nuestra sociedad nacional está enferma como un cuerpo humano al que se le hubiera paralizado una mitad.
Y, sin embargo, las mujeres no son inferiores a los hombres en sus capacidades intelectuales y físicas.

En los tiempos antiguos las mujeres compartían las actividades de los hombres, incluyendo incluso la guerra. En el campo, las mujeres todavía comparten las labores agrícolas y el comercio… La razón de que se margine a nuestras mujeres de ese modo es la percepción de que son totalmente ignorantes y no saben nada de derechos y deberes, beneficios y perjuicios. Muchas consecuencias negativas se derivan de esa posición de las mujeres: la primera de ellas es que lleva a una mala educación de los hijos.


Namik Kemal era un joven radical cuando escribió ese artículo. Poco después marchó exiliado a París, donde se unió a otros jóvenes para publicar diarios sediciosos de oposición. Volvió a Turquía en 1870 e inició una carrera bastante importante como escritor y activista. Sin embargo, no volvió a tratar ese tema particular, y dedicó la mayor parte de sus energías a los temas relacionados de país y libertad –en otra palabras, de patriotismo y liberalismo– Namik Kemal y otros después cambiaron, si no sus mentalidades, sí sus prioridades.

Pero no todos. En 1899 apareció en árabe un libro notable titulado "La liberación de la mujer", escrito por Qasim Amin, un joven abogado egipcio que había estudiado en París y tenía una novia francesa que parece haber ejercido alguna influencia sobre él. Mientras se encontraba en Francia, se convirtió en un apasionado defensor de los derechos de la mujer.
El tema de su libro era la necesidad de elevar la condición de la mujer educándola y luego permitiéndole el acceso a la vida social y las profesiones. En particular, propuso abolir el velo y reinterpretar las disposiciones coránicas que solían entenderse como una autorización de la poligamia, el concubinato y el divorcio por repudio.
Sólo liberando a la mujer, argüía, podía liberarse la propia sociedad islámica, ya que una sociedad libre es aquella en la que todos sus miembros son libres.

A pesar de sus intentos por justificar esas proposiciones revolucionarias en términos islámicos, el libro provocó una reacción muy fuerte en círculos tradicionalistas de Egipto y otros lugares. Pero siguió leyéndose; fue traducido del árabe al turco y otras lenguas, y causó un considerable impacto, muy especialmente en la nueva generación de mujeres, algunas de las cuales estaban aprendiendo a leer y, por tanto, conocieron el libro.
En la práctica los cambios en la condición de la mujer se produjeron de diversas maneras y fueron debidos a circunstancias que pueden atribuirse, en la mayoría de los casos, al fundamental ejemplo occidental.

La abolición de la esclavitud ilegalizó el concubinato y, aunque éste persistió durante algún tiempo en áreas remotas, dejó de ser habitual o aceptado. En unos pocos países, especialmente Turquía, Túnez e Irán bajo el último Sha, incluso la poligamia quedó fuera de la ley; en muchos otros Estados musulmanes, aunque sigue siendo legal, ha sido limitada por restricciones legales y se ha vuelto socialmente inaceptable en el medio urbano y las clases superiores, así como impracticable económicamente para las clases sociales más bajas.

En la actualidad la poligamia es muy rara fuera de la península arábiga, donde los hombres disponen tanto de los medios como de la oportunidad. El primero y más efectivo progreso afectó a la posición económica de la mujer.
Ya bajo la administración tradicional ésta era relativamente buena y, ciertamente, mucho mejor que la de las mujeres en la mayoría de los países cristianos antes de la adopción de legislaciones modernas.
Las mujeres musulmanas, tanto las esposas como las hijas, tenían derechos de propiedad bien definidos, que la ley reconocía y hacía respetar. En cambios recientes las necesidades económicas fueron un factor importante. Como señaló Namik Kemal, las campesinas habían formado parte, desde tiempos inmemoriales, de la fuerza de trabajo; en consecuencia, habían disfrutado de ciertas libertades sociales negadas a sus hermanas de las ciudades.
La modernización económica trajo una necesidad de mano de obra femenina que aumentó en gran medida durante los años en que el imperio otomano estuvo en guerra, entre 1911 y 1922, momento en que la población masculina estaba en las fuerzas armadas y las mujeres eran necesarias para continuar con los negocios de la vida.

Esa circunstancia tuvo también algunas consecuencias en la educación, y se produjo un incremento continuo en el número de mujeres que estudiaban en institutos y universidades. Encontramos, ya en el último periodo otomano, revistas para mujeres, escritas por mujeres para mujeres.
Las mujeres empezaron a desempeñar “profesiones de mujeres” como la enfermería y la enseñanza, tradicionales en Europa y que poco a poco también lo fueron en tierras del islam, y con el tiempo empezaron a penetrar en otras profesiones.

Pero la reacción era creciente. Incluso la participación de la mujer en una profesión tradicional como la enseñanza era demasiado para algunos islamistas militantes.
Jomeini, en sus sermones y escritos antes y después de la revolución islámica de 1979, hablaba con gran ira de la inevitable inmoralidad que, según él, resultaría de que las mujeres educaran a adolescentes.

Kemal Atatürk, el fundador de la República turca, tomó exactamente el partido contrario. En una serie de discursos pronunciados a principios de la década de los veinte, abogó de manera elocuente por la emancipación total de las mujeres en el Estado y la sociedad turcos. Nuestra tarea más urgente, le dijo en repetidas ocasiones a su pueblo, es ponernos al día con el mundo moderno. No nos pondremos al día con el mundo moderno si sólo modernizamos la mitad de la población. Era una línea de argumentación sorprendente a principios de los veinte y venía de una fuente inesperada, un bajá y general otomano, pero también el fundador de la moderna Turquía.

En la República turca los derechos de la mujer se convirtieron en parte de la ideología kemalista y las mujeres desempeñaron un papel creciente en la vida pública. Aparte de Turquía, la cuestión de los derechos políticos fue relativamente poco importante en una región donde, con pocas excepciones, los precarios sistemas parlamentarios que una vez existieron dieron paso a regímenes más o menos autoritarios, controlados por el ejército o el partido. En cualquier caso, la cuestión de los derechos políticos carecía de sentido en esas sociedades. No así en Turquía, donde ha seguido siendo una cuestión importante.

Los occidentales tienden a asumir que la emancipación de la mujer es parte de la liberalización y que, en consecuencia, la mujer correrá mejor suerte en regímenes liberales que autocráticos. Esa suposición puede ser falsa; de hecho, a menudo sucede lo contrario.
En los países árabes, la emancipación legal de la mujer fue mucho más lejos en Irak y en el antiguo Yemen del Sur, ambos gobernados por regímenes claramente represivos. En cambio se ha estancado en Egipto, una de las sociedades árabes más tolerantes y abiertas. Es en esas sociedades donde la opinión pública, todavía mayoritariamente masculina y conservadora, ejerce una mayor influencia.

Los derechos de la mujer han sufrido reveses muy serios en países en los que fundamentalistas de diverso tipo tienen influencia o en los que, como Irán y la mayor parte de Afganistán, gobiernan.
En realidad, como ya se ha señalado, la emancipación de la mujer por gobernantes modernizadores fue una de las principales quejas de los fundamentalistas radicales y uno de sus objetivos principales es invertir esa tendencia.

La emancipación de la mujer, más que ninguna otra cuestión, es la piedra de toque que marca la diferencia entre modernización y occidentalización. Incluso los fundamentalistas más extremos y antioccidentales de nuestros días aceptan la necesidad de modernizar y hacer el mayor uso posible de la tecnología moderna, especialmente de las tecnologías de guerra y propaganda. Esto se contempla como modernización y, aunque los métodos e incluso los artefactos proceden de Occidente, se acepta como necesario e incluso útil.
La emancipación de la mujer es occidentalización; tanto para los conservadores tradicionales como para los fundamentalistas radicales no es ni necesaria ni útil, sino nociva, una traición a los verdaderos valores islámicos. Debe impedirse que entre en el cuerpo del islam y, allí donde ya ha entrado, debe suprimirse sin contemplaciones.

El atuendo

La diferencia entre modernización y occidentalización, sobre todo en relación con hombres y mujeres, puede verse claramente en las reformas referentes al vestido que se iniciaron a finales del siglo XVIII y han continuado, con interrupciones ocasionales, desde entonces.
El proceso se inició cuando el sultán formó regimientos de nuevo cuño, con formaciones occidentales y armas occidentales, dirigidos por oficiales de tipo occidental, graduados según rangos occidentales. Era natural que el sultán vistiera a su nuevo ejército con uniformes de estilo occidental; de hecho, uno de los primeros documentos que reclaman reformas menciona explícitamente los uniformes y su utilidad militar, especialmente disciplinaria, por ejemplo, para facilitar el reconocimiento y arresto de los desertores.

Desde el ejército, las reformas militares se extendieron al servicio civil y los burócratas empezaron a vestirse con levitas y pantalones, abandonando sus ropas anteriores, más cómodas. Sólo se conservó el tocado –el fez, el turbante, la kefiya–, para simbolizar su diferencia con Occidente. Cualquiera que haya visitado un cementerio otomano recordará las lápidas, coronadas con una representación tallada del tocado distintivo de la persona enterrada allí, que de ese modo identifica la tumba de un oficial jenízaro, un cadí u otro. El tocado siguió siendo particularmente importante en un sentido simbólico, incluso religioso.

Pero hasta eso ha cambiado en la actualidad. Durante mucho tiempo, los soldados de Oriente Próximo llevaron uniformes occidentales con tocado musulmán, evitando sombreros o gorras de tipo occidental con ala o visera que estorbaban el culto musulmán y por tanto eran considerados símbolos de infieles. En esos tiempos, Sapka giymek, ponerse un sombrero, era el equivalente turco por cambiarse de chaqueta (es decir, convertirse en un renegado). En la actualidad, también eso se ha perdido. Hoy día, las Fuerzas Armadas, el servicio civil y una gran parte de la población urbana masculina han adoptado ropas occidentales. Incluso los diplomáticos de la república islámica de Irán llevan trajes occidentales, aunque no se ponen corbata, para simbolizar su rechazo de la cultura occidental y sus símbolos.
Por alguna razón, le han concedido a la corbata un significado simbólico, debido quizás a su forma vagamente cruciforme.

Mientras la línea divisoria entre occidentalización y modernización es a veces difícil de establecer en el atuendo de los hombres, es muy clara en el de las mujeres.
A diferencia de soldados y funcionarios (en el pasado ocupaciones exclusivamente masculinas), las mujeres nunca fueron obligadas a adoptar ropas occidentales o a abandonar el traje tradicional. De hecho, si la cuestión se plasmó en regulaciones públicas, fue en forma de prohibición, no de requerimiento. Sin embargo, algunas mujeres adoptaron ciertos elementos del atuendo occidental y en nuestros días algunas prendas, especialmente el pañuelo y el velo, se han convertido en poderosos símbolos emotivos de elección cultural.
Tal es el caso sobre todo en Turquía e Irán, los dos países que representan más claramente las opciones y futuros alternativos que enfrenta el Oriente Próximo musulmán –y no sólo musulmán–. Para los hombres llevar ropas occidentales, parece, es una marca de modernización; para las mujeres, lo es de occidentalización y, en consecuencia, en unos casos se recibe bien y en otros se castiga.

La ciencia

La respuesta de Oriente Próximo a la ciencia occidental guarda similitudes interesantes con la respuesta al feminismo. También muestra diferencias sorprendentes. Al principio, tanto una como otra eran negativas, incluso desdeñosas, y los comentarios de Hatti Efendi no eran inhabituales. Pero los beneficios de la educación científica, a diferencia de los de la emancipación femenina, eran palpables, visibles, inmediatos, sobre todo en el campo militar, que era la principal preocupación de los reformadores, pero también en otros órdenes de la vida. Para enseñar artillería y náutica era necesario impartir algún conocimiento de las ciencias en que se basaban.
Con el crecimiento y propagación de la moderna instrucción militar y naval, tanto profesores como pupilos lograron percepciones y miras que iban más allá de lo que la navegación podía proporcionar, con resultados más penetrantes y explosivos que la artillería.

Durante el siglo XIX, un número creciente de musulmanes jóvenes, la mayoría de ellos oficiales o funcionarios otomanos, empezaron a hablar de cómo Europa, “el más pequeño de los continentes”, había alcanzado la supremacía en el mundo moderno gracias a su maestría en las ciencias. Algunos hablaban de manera más amplia de conocimiento –la misma palabra designaba tanto el conocimiento como la ciencia–. En un ensayo publicado en 1840, Mustafá Sami, un antiguo secretario jefe de la Embajada otomana en París, va un paso más allá y anota con asombro:

“Cada europeo, hombre o mujer, puede leer o escribir. Todos ellos, hombres y mujeres, pasan por un periodo de escolarización de al menos diez años. Hay escuelas especiales en las que se enseña a leer y escribir incluso a los sordomudos. Gracias a su ciencia, los europeos han encontrado la manera de vencer plagas y otras enfermedades y han inventado muchos mecanismos para producir en masa varios artículos”.
Otro otomano con experiencia diplomática, Sadik Rifat Pasha, habla de la importancia que los europeos conceden a “la astronomía, la música, la medicina… la política internacional, el conocimiento militar, las plantas, los animales, los minerales y la anatomía”.
También anota que en Europa es imposible encontrar a alguien que sea incapaz de leer y escribir en su propia lengua. Eso era probablemente una exageración a mediados del siglo XIX, aunque de carácter menor si se compara con la diferencia entre las condiciones que describe y las que había en su país.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, los intelectuales otomanos pusieron aún mayor énfasis en la importancia de la ciencia. Algunos de ellos fueron más lejos hablaron de un conflicto entre la ciencia y lo que llamaron con cautela “fanatismo” o incluso, de manera más explícita, entre ciencia y religión. Un número creciente de libros científicos europeos fueron traducidos, a menudo con prefacios en los que se insistía en la importancia de la ciencia para el progreso.

El materialismo y más tarde el positivismo también encontraron traductores y discípulos. Un autor popular fue el científico y filósofo angloamericano John William Draper (1811-1882), cuya historia del conflicto entre religión y ciencia, publicada en Estados Unidos en 1872, apareció en Estambul en traducción turca en 1895.

Otro materialista europeo muy admirado fue Friedrich Karl Christian Ludwig Büchner (1824-1899). Tanto él como, sobre todo, Auguste Comte influyeron en gran medida en el pensamiento político de los Jóvenes Turcos y sus imitadores en otros países musulmanes. Sin embargo, a pesar de todos esos esfuerzos y de la fundación de escuelas y facultades de ciencias en casi todas las universidades nuevas, la incorporación de la ciencia moderna –¿o deberíamos decir ciencia occidental?– fue lamentablemente lenta.

La renuencia del Oriente Próximo islámico para aceptar la ciencia europea es aún más sorprendente si se considera la inmensa contribución de la civilización islámica de la Edad Media al nacimiento de la ciencia moderna. En el desarrollo y transmisión de las diversas ramas de la ciencia, los hombres del Oriente Próximo medieval –algunos cristianos, algunos judíos, la mayoría musulmanes– desempeñaron un papel vital. Habían heredado la antigua sabiduría de Egipto y Babilonia. Habían traducido y preservado gran parte de la sabiduría y ciencia de Persia y Grecia, que de otro modo se habría perdido. Su iniciativa y apertura les permitió añadir muchas cosas nuevas de la ciencia y técnicas de India y China.

El papel de los científicos islámicos medievales no sólo fue de recopilación y preservación. En el Oriente Próximo medieval, algunos científicos desarrollaron una aproximación rara vez empleada por los antiguos: el experimento. Mediante este y otros medios produjeron avances importantes en casi todas las ciencias.

Muchos de esos conocimientos se transmitieron al Occidente medieval gracias a animosos estudiantes que iban a estudiar a lo que eran entonces centros musulmanes del saber en España y Sicilia, mientras otros traducían textos científicos del árabe al latín, algunos originales, otros adaptados de antiguas obras griegas. La ciencia moderna tiene una deuda enorme con esos transmisores.

Entonces, aproximadamente desde finales de la Edad Media, se produjo un cambio decisivo. En Europa, el movimiento científico experimentó un enorme avance en la era del Renacimiento, los descubrimientos,la revolución tecnológica y los vastos cambios, tanto intelectuales como materiales, que los precedieron, acompañaron y siguieron. En el mundo musulmán, la indagación independiente prácticamente desapareció y la ciencia se redujo en su mayor parte a la veneración de un corpus de conocimientos acreditados.

Hubo algunas innovaciones prácticas: así, por ejemplo, las incubadoras se inventaron en Egipto y la vacunación contra la viruela en Turquía. Sin embargo, no se juzgaba que esos avances pertenecieran al dominio de la ciencia, sino que se consideraban herramientas prácticas, y nuestro conocimiento de ellas procede ante todo de viajeros occidentales.
Las actitudes cambiantes de Oriente y Occidente en el desarrollo y aceptación del conocimiento científico quedan ejemplificadas de forma dramática en el descubrimiento de la circulación de la sangre.

En las historias occidentales de la ciencia suele atribuirse al médico inglés William Harvey, cuyo importantísimo Ensayo sobre el movimiento del corazón y de la sangre, publicado en 1628, transformó tanto la teoría como la práctica de la medicina.
Su gran descubrimiento estuvo precedido y apoyado por la obra de un médico y teólogo español, Miguel Servet, también conocido como Michael Servetus (1511- 1553), que debe su lugar en la historia de la ciencia al descubrimiento, publicado en 1533, de la circulación menor o pulmonar de la sangre.

Ese descubrimiento fue anticipado, con una similitud de detalles realmente sorprendente, por un médico sirio del siglo XIII llamado Ibn al-Nafïs. Entre sus escritos había un tratado médico en el que, desafiando la venerada autoridad de Galeno y Avicena, exponía su teoría de la circulación de la sangre en términos muy similares a los que más tarde empleó Servet y adoptó Harvey, pero, a diferencia de los de éstos, basados en razonamientos abstractos más que en experimentos.

Modernos estudios orientalistas han demostrado, con alto grado de probabilidad, que Servet conocía el trabajo de Ibn al-Nafïs gracias a un erudito renacentista llamado Andrea Alpago (muerto hacia 1520) que pasó muchos años en Siria recopilando y traduciendo manuscritos médicos árabes. Ibn al-Nafïs fue un médico rico y conocido, que murió a la edad aproximada de ochenta años. Viudo sin hijos, dejó su lujosa casa, su hacienda y su biblioteca al hospital de El Cairo. Su libro y su teoría fueron olvidados y no tuvieron ningún efecto en la práctica de la medicina.
Server fue arrestado en Ginebra el 14 de agosto de 1553 y acusado de blasfemia y herejía. Las autoridades protestantes, especialmente Calvino, pidió que se retractara de sus opiniones religiosas o se atuviera a las consecuencias. Servet se negó; el 26 de octubre de 1553 fue condenado y al día siguiente quemado como hereje.

Su obra médica se conservó y fue la base de importantes avances científicos en los años siguientes. Otro ejemplo del creciente abismo puede verse en el destino del gran observatorio construido en Galata, Estambul, en 1577. Se levantó por iniciativa de Taqi al-Din (c. 1526-585), una importante figura en la historia científica musulmana, autor de varios libros sobre astronomía, óptica y relojes mecánicos.
Nacido en Siria o Egipto (las fuentes difieren), estudió en El Cairo y, tras desarrollar una carrera de jurista y teólogo, marchó a Estambul, donde en 1571 fue nombrado munejjim-bashi, astrónomo (y astrólogo) jefe del sultán Selim II. Al cabo de unos años persuadió al nuevo sultán Mirad III de que le permitiera construir un observatorio, comparable en su equipamiento técnico y su personal especializado al de su célebre contemporáneo, el astrónomo danés Tycho Brahe. Pero ahí termina la comparación.

El observatorio de Tycho Brahe y el trabajo realizado en él abrió el camino a un vasto y nuevo desarrollo de la ciencia astronómica. El observatorio de Taqi al-Din fue arrasado por un pelotón de jenízaros, por orden del sultán, siguiendo la recomendación del Muftí Jefe. Ese observatorio había tenido muchos precedentes en tierras del islam; no tuvo sucesores hasta la era de la modernización. La relación entre la cristiandad y el islam en las ciencias no fue revertida. Los que habían sido discípulos se convirtieron en maestros; los que habían sido maestros se convirtieron en pupilos, a menudo reticentes y resentidos. Estaban bastante dispuestos a aceptar los productos de la ciencia de los infieles en las técnicas militares y la medicina, de los que podía depender la victoria y la derrota, la vida y la muerte.

Pero la filosofía subyacente y el contexto sociopolítico de esos logros científicos resultaron más difícil de aceptar o incluso de reconocer. Ese rechazo es una de las diferencias más llamativas entre Oriente Próximo y otras partes del mundo no occidental, que de un modo u otro han aguantado el impacto de la civilización occidental.
En la actualidad científicos de muchos países de Asia hacen importantes contribuciones a lo que ya no es un movimiento científico occidental, sino mundial. A excepción de algunos enclaves occidentalizados de Oriente Próximo y a algunos científicos originarios de la zona que trabajan en Occidente, la contribución de Oriente Próximo –como se refleja, por ejemplo, en las revistas internacionalmente reconocidas que están a la vanguardia del progreso científico– es comparativamente pobre en relación con la de otras regiones no occidentales o, lo que es aún más dramático, con su propio pasado.

Bernard Lewis es profesor emérito de estudios de
Oriente Próximo en la Universidad de Priceton.

El Oriente Próximo

El Oriente Próximo y Occidente (1ª parte)


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