28.7.05

El Oriente Próximo y Occidente (1ª parte)

En este extraordinario libro, Bernard Lewis, uno de los principales especialistas en la historia y cultura islámicas, ofrece una incisiva mirada sobre la relación entre Oriente Próximo y Europa.
Durante siglos el islam dominó militar y económicamente el mundo y lederó las artes y las ciencias. Vista desde el islam, la Europa cristiana se consideraba una tierra remota en la que reinaba la barbarie y de la que no había nada que aprender o temer. Más tarde todo cambió, pues el antaño desdeñado Occidente alcanzó victoria tras victoria, primero en el campo de batalla, más tarde en el comerico y, posteriormente, en casi todos los aspectos de la vida pública y privada.

Bernard Lewis examina en esta fascinante obra la angustiada reacción del mundo islámico para tratar de entender por qué había cambiado la situación, cómo Occidente les había adelantado, eclipasado y, cada vez en mayor grado, dominado. El autor proporciona un retrato fascinante de una cultura desorientada. Mientras una parte del mundo islámico reaccionaba buscando chivos expiatorios, tanto internos como externos, otros buscaban las causas de sus equivocaciones y el modo de encontrar soluciones.

Bernard Lewis pone de relieve las notables diferencias entre las culturas de Occidente y de Oriente Próximo desde el siglo XVIII hasta el siglo XX, con sugerentes comparaciones de asuntos tales como el cristianismo y el islam, la música y las artes, la situación de las mujeres, el secularismo y la sociedad civil.

Armamento, economía y administración

Durante los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, los observadores de Oriente Próximo,cada vez más conscientes de la disparidad de poder entre Oriente Próximo y los Estados occidentales, dirigieron su atención principalmente sobre el armamento y las técnicas militares, y después sobre la producción económica y la administración del Gobierno, consideradas las causas principales de la preponderancia occidental.
Al fijarse en esos aspectos, trataron de encontrar lo que más distinguía y diferenciaba a Occidente en el modo de tratar esas cuestiones y, por tanto, de identificar la fuente de la superioridad occidental.

Al buscar esa misteriosa fuente naturalmente prestaron más atención a lo que se diferenciaba de manera más visible y palpable de su modo de hacer las cosas, y luego trataron de adoptarlo, adaptarlo o simplemente comprarlo.

Empezaron con las fuentes visibles del poder y la prosperidad: militares, económicas y políticas.
Ésas fueron las tres áreas en las que concentraron sus principales esfuerzos, con resultados limitados y a veces incluso negativos.

Pero entre la sociedad islámica y la occidental había otras diferencias más grandes y profundas, que, no obstante, por alguna razón, durante mucho tiempo habían sido ignoradas o consideradas irrelevantes.
Trataré de ilustrar tres de esos aspectos mediante citas de visitantes de Oriente Próximo en Occidente. Los tres son turcos, ya que los turcos fueron los primeros musulmanes, y durante algún tiempo los únicos, que viajaron por Europa.

La primera se debe a Evliya Çelebi,un famoso escritor turco de su época que visitó Viena en 1665 como parte de una misión diplomática otomana. En el curso de un largo y detallado informe sobre la capital imperial y sus aventuras allí, Evliya describe el “espectáculo más extraordinario” que vio:

En este país he visto un espectáculo extraordinario. Siempre que el emperador se encuentra con una mujer en la calle, si va a caballo, detiene su montura y la deja pasar. Si el emperador va a pie y se encuentra con una mujer, adopta una postura de cortesía. La mujer saluda al emperador, que entonces se quita el sombrero para mostrar respeto por ella. Una vez que la mujer ha pasado, el emperador sigue su camino. En realidad, es un espectáculo extraordinario.
En este país y, en general, en las tierras de los infieles, las mujeres tienen mucho que decir. Son honradas y respetadas por amor a la Madre María.

Mi segundo ejemplo procede de otro diplomático otomano en Viena, el embajador Mustafá Hatti Efendi, que en un informe fechado en 1748 describe una visita al observatorio como huésped del emperador y habla de algunos de los “extraños aparatos y objetos maravillosos” que vio allí:

Uno de los artilugios que nos mostraron era como sigue: había dos habitaciones contiguas. En una había una rueda, y en esa rueda dos bolas de cristal grandes y esféricas, a las que se había unido un cilindro hueco, más estrecho que un junco, del que partía una larga cadena que llegaba hasta la otra habitación. Cuando la rueda dio vueltas, un poderoso viento pasó por la cadena a la otra habitación, donde se levantó del suelo y, si algún hombre lo tocaba, ese viento golpeaba su dedo y sacudía todo su cuerpo.
Lo más sorprendente es que si el hombre que lo tocaba cogía a otro hombre de la mano, y éste a un tercero, hasta formar un anillo de veinte o treinta personas, cada una de ellas sentía la misma sacudida en el dedo y en el cuerpo que el primero. Nosotros mismos lo probamos. Como no ofrecieron ninguna respuesta inteligible a nuestras preguntas, y como todo el mecanismo no era más que juguete, no juzgamos necesario requerir mayores informaciones.

Otro artilugio… consistía en pequeñas botellas de cristal que fueron golpeadas con piedras y trozos de madera sin que se rompieran. Luego pusieron pedazos de sílex en las botellas, después de lo cual esas botellas de un dedo de espesor, que habían soportado el impacto de una piedra, se disolvieron como harina. Cuando preguntamos por el significado de todo eso, nos dijeron que cuando el cristal se retiraba del fuego y se enfriaba con agua fría, se volvía así. Atribuimos esa absurda respuesta a su malicia occidental.


Mi tercer ejemplo procede de un embajador otomano, Vasif Efendi, que residió en España entre 1787 y 1789. Al describir sus compromisos sociales, señala: “Durante las comidas… [los españoles] se admiraban mucho de los músicos y cantantes que acompañan nuestra misión. Por orden del rey, todos los grandes, uno tras otro, nos invitaron a cenar, y sufrimos el tedio de su música”.

Los temas de esos tres fragmentos, mujeres, ciencia y música, marcan tres diferencias cruciales de planteamiento, actitud y percepción entre dos civilizaciones vecinas. Examinémoslos con mayor atención.

La situación de la mujer

La diferente posición de las mujeres era uno de los contrastes más llamativos entre la práctica cristiana y la musulmana, y es mencionada por casi todos los viajeros en ambas direcciones. Todas las iglesias y enominaciones cristianas prohíben la poligamia y el concubinato. El Islam, como muchas otras comunidades no cristianas, permite ambos.

Los visitantes europeos en tierras islámicas estaban intrigados por lo que sabían, o más exactamente por lo que oían, sobre el sistema del harén, y algunos de ellos hablaban con mal disimulada envidia y desconocimiento de lo que imaginaban eran los derechos y privilegios de un marido y señor de la casa musulmán. Los visitantes musulmanes en Europa hablaban con asombro, a menudo con horror, de la falta de decoro y perversión de las mujeres occidentales, de la increíble libertad y absurda deferencia de que gozaban, y de la falta de celos de los hombres europeos ante la inmoralidad y promiscuidad que se permitían sus mujeres.

Encontramos esta observación hasta en los lugares más insospechados. Así, por ejemplo, un embajador marroquí que estuvo en España en 1766 habla de los modales libres y desenvueltos de las damas españolas y de la falta de sentido del honor de sus maridos. Si ésa era su impresión en la corte de España, uno tiembla al pensar en lo que habría escrito si hubiera continuado su viaje por Europa y hubiera llegado, por ejemplo, a la corte de Versalles.

Evliya Çelebi estaba expresando la reacción normal de una persona de Oriente Próximo ante la cortesía normal del emperador austriaco con una dama e indica claramente que jamás habría creído esa improbable historia si no la hubiera visto con sus propios ojos.

Su explicación de la extraordinaria deferencia concedida a las mujeres en la cristiandad –que “son honradas y respetadas por amor a la Madre María”– no debería rechazarse como absurda, sobre todo si se tiene en mente que, de acuerdo con la tradición islámica,la Trinidad, cuya veneración el Islam condena como una blasfemia casi politeísta, consistía en Dios, Jesús y María.

Algunos tienen incluso historias más extraordinarias que contar. Por ejemplo, Vahid Efendi, que atravesó Europa para ocupar su cargo de embajador en París en 1806, describe con cierto detalle su viaje y los lugares en los que se detuvo. He aquí uno de esos detalles:

“En los banquetes europeos están presentes muchas mujeres. Las mujeres se sientan a la mesa mientras los hombres lo hacen detrás de ellas, mirando como animales hambrientos cómo comen las mujeres. Si éstas se apiadan de ellos, les dan algo de comer; si no, los hombres se van hambrientos”.
No sé dónde oyó esa historia, pero no es más improbable que algunos de los relatos que contaban los visitantes occidentales sobre lo que sucedía en los harenes musulmanes.

La posición de las mujeres, aunque probablemente era la diferencia más profunda entre las dos civilizaciones, merecía mucha menos atención que asuntos tales como las pistolas, las fábricas o los parlamentos. Los occidentales no se diferenciaban mucho de los naturales de Oriente Próximo en ese astigmatismo.

De acuerdo con la ley y la tradición islámicas, había tres grupos de personas que no se beneficiaban del principio general musulmán de igualdad religiosa y legal: los infieles, los esclavos y las muje-res.
En un aspecto significativo, la mujer era la que se encontraba en la peor situación de los tres: el esclavo podía ser liberado por su amo; el infiel podía hacerse creyente en cualquier momento por decisión propia y terminar así con su inferioridad; sólo la mujer estaba condenada para siempre a seguir siendo lo que era; o así se creía en la época.

El ascenso del poder occidental y la propagación de la influencia occidental propiciaron importantes cambios en los tres grupos. Las potencias cristianas, naturalmente, estaban interesadas en la situación de los súbditos cristianos en los Estados musulmanes y utilizaban su grande y creciente influencia para asegurarles una posición de igualdad legal y –de hecho aunque no de principio– de privilegio económico. En esa campaña por la emancipación, los cristianos eran el objetivo, los judíos los beneficiarios incidentales.

El Oriente Próximo

El Oriente Próximo y Occidente (2ª parte)

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