23.4.06

La fascinación de la izquierda por el Islam


A propósito de Tariq Ramadán y de la “Alianza de Civilizaciones”

Poco a poco, a fuerza de subvenciones, foros pagados e insistencia gubernamental, se abre paso, como debate intelectual y político, la propuesta de “alianza de civilizaciones” del presidente Rodríguez Zapatero, cada día más entusiasmado con haber encontrado una especie de lámpara maravillosa, en espera de que alguien la frote por azar y surja de ella un genio capaz de organizar un nuevo orden mundial donde reine la paz perpetua.

Moratinos lo ha expresado con palabras casi mágicas, después de escuchar al presidente de Irán su reciente discurso sobre la necesidad de borrar del mapa a Israel.

Más o menos, antes incluso de escuchar a Tariq Ramadán en Madrid y de convocar al embajador iraní en el Palacio de Santa Cruz, nuestro inefable ministro nos ha venido a decir lo siguiente:
“¡Ven ustedes! Si la “alianza de civilizaciones” fuese ya efectiva, el señor Ahmadineyad hubiera corrido a abrazar al señor Sharon, en lugar de querer arrojarlo al mar!”
Permítanme una ironía encadenada, encuadrada en una interrogante. ¿No creen que es una pena que esa “alianza”, concebida por Zapatero a la vista de la sala vacía de las Naciones Unidas, no se haya establecido ya como norma de convivencia mundial?
Porque, fíjense en algunas de las cosas que el mundo se está perdiendo sin esa alianza maravillosa: la paz entre israelíes y los países islámicos; la renuncia iraní a sus proyectos nucleares por carecer ya de sentido; la disolución de la red de Al Qaaida al proclamar Ben Laden su repentina conversión al racionalismo laicista de Occidente; la detención por Siria de los autores del asesinato de Rafic Hariri y el desarme de las organizaciones terroristas que cobija y alienta; la consolidación de la democracia en Iraq, convertida en ejemplo de todos los países árabo-islámicos para abrazar el pluralismo y, lo que acaso sería mejor aún, la proclamación de la libertad religiosa en Arabia Saudita; la retirada de Bush de Iraq acompañada por el anuncio del desmantelamiento de todas las bases americanas por el mundo; el abandono por China de todas las lacras de la doctrina maoísta además del reconocimiento de la independencia de Taiwán; el abrazo de Castro a sus disidentes con la consiguiente convocatoria de elecciones libres en Cuba; el acuerdo de Marruecos y Argelia para entregar el Sahara Occidental al Polisario; la integración de Rusia, Turquía y de todos los ribereños del Mediterráneo sur en la Unión Europea; la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos...

Todo ello y mucho más con el añadido de la consagración de Zapatero como nuevo emperador universal de la paz y con Moratinos de embajador volante para ajustar flecos de posibles conflictos sin resolver...
¡Qué mundo feliz nos estamos perdiendo, amigos míos, por la lentitud con que la ONU está afrontando el reto de esa maravillosa “alianza”-lámpara de Aladino- superadora de la vieja Carta fundacional de las Naciones Unidas, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y hasta del mismísimo Decálogo.

Ironías y sueños aparte, y reconociendo la necesidad de un permanente diálogo entre todas culturas dominantes en las distintas partes del planeta para un mejor conocimiento mutuo, la realidad que el propio Tariq Ramadán ha venido a presentar en Madrid es que una de esas culturas, la islámica, padece desde hace décadas una profunda crisis de identidad cuya primera consecuencia ha sido el nacimiento del terrorismo islamista.

Tanto Al Qaaida como los demás movimientos “reformistas” surgidos en el mundo árabe, desde el wahabismo saudita del siglo XVIII a los más modernos “yihadistas” palestinos, afganos, pakistaníes, argelinos, marroquíes o sirios, alimentados por las doctrinas de Hasan Al Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes egipcios, pretenden una sola cosa: el restablecimiento del califato, la reislamización del mundo árabe y, finalmente, la conversión del decadente mundo occidental al Islam.

Tariq Ramadán, como nieto de Al Banna, como filósofo, islamólogo y teólogo islámico, así como por su conocimiento de la cultura europea, está plenamente convencido de la decadencia espiritual de Occidente y de su pérdida de la fe en Dios, manifestada en hechos tan concretos como “la tolerancia de la homosexualidad, el adulterio, el aborto, la eutanasia, la masonería, los intereses bancarios de usura y otros males que gangrenan la sociedad” en palabras de otro islamólogo polemista, el profesor Ibrahim Hane, de la Universidad de Dakar.

De ahí la necesidad, proclamada hace años por uno de ideólogos islámicos, el sudanés Hasán El Turabi, de “redimirlo” mediante la expansión pacífica y paciente de un Islam europeo, desprovisto, eso sí, de algunos postulados coránicos “revisables”, al menos durante una larga moratoria propuata por Ramadán, como la igualdad de género, los castigos corporales a la mujer y la pena de muerte.

No me uno a quienes han criticado la presencia de Ramadán en Madrid por sus ambigüedades en la condena de los atentados terroristas de Nueva York, Washington y Madrid.
Al contrario, resulta un ejercicio muy didáctico para los españoles ajenos a su existencia, el conocimiento del pensamiento de este personaje, aclamado por buena parte de las nuevas generaciones de islámicos europeos como uno de sus líderes espirituales más prestigiosos.

Ramadán tiene un objetivo: la “europeización” del Islam... para islamizar Europa. En eso consiste todo su progresismo.

Condena el terrorismo islamista, pero lo comprende no solo por la humillación encadenada que han sufrido los árabes desde el reparto colonial por Francia e Inglaterra después de la I Guerra Mundial hasta la “nabka” o desastre, sufrida tras la proclamación de Israel como Estado independiente en tierras palestinas.

No le he escuchado a Ramadán ningún palabra de reconocimiento de Israel; en cambio no desaprovecha ocasión de atacar a los judíos europeos... y de considerar a los musulmanes como víctimas de una persecución parecida a la sufrida por los judíos desde el “affaire” Dreyfus.

El discurso de Ramadán se nutre de otra idea: corresponde a los musulmanes europeos “realizar un profundo trabajo de educación contra el extremismo y explicar que el mejor medio de ayudar a los palestinos no consiste en matar inocentes en Londres o Madrid sino en hacer oír la voz del Islam por medios democráticos” En otras palabras: la mejor forma de imponer el Islam no es por el terror sino por la persuasión, mediante la integración de los musulmanes en la sociedad occidental... utilizando sus instituciones pero sin asimilar su forma de ser.

Por supuesto, Ramadán no ignora la retórica occidental: hay que hacerse amable para un mundo que ha dejado de ser creyente y reconocer que los problemas actuales del Islam no derivan de su odio a Occidente sino de la triple crisis que padece: la ausencia de democracia en los países islámicos, la incomprensión de los textos coránicos fundamentales y el escaso diálogo existente entre musulmanes.
Y añade: “El Islam padece tal crisis de autoridad que no importa quién puede decir lo que quiera, desde lo más extremista hasta lo más piadoso y auténtico”... Más aún: de acuerdo con las nuevas tendencias que se manifiestan en el seno de los Hermanos Musulmanes egipcios, Ramadán se permite autorizar a los musulmanes a abandonar su fe, siempre y cuando la respeten una vez abandonada...

Por supuesto, la voz de Ramadán es tan solo una más de las muchas que se alzan dentro de este curioso debate intra-islámico sobre la mejor forma de llevar su fe al desahuciado Occidente.
Los hay mucho más radicales que critican al profesor suizo su “blandura” en la prédica de un Islam europeo, como el citado Ibrahim Hane, y otros que no dudan en suscribir una profunda reforma del Islam para adaptarlo a la laicidad europea.

Es el caso del profesor de Filosofía del Liceo de Niza, Abdennur Bidar, que propugna nada menos la supresión del Corán de todos los versículos que van en contra de los derechos humanos, especialmente los relativos a la supuesta superioridad islámica sobre las demás religiones, la violencia y la guerra santa.

Curiosamente, Bidar no ha sido invitado a Madrid a presentar su manifiesto por un auténtico Islam europeo, independiente de todas las corrientes integristas y reformistas islámicas.
Sin duda se debe a esa especie de fascinación que buena parte de la izquierda europea siente por el Islam histórico, el de las conquistas de los siglos VII y VIII, el que se asentó desde La India a España.

Por cierto que Tariq lleva su nombre en honor del caudillo que desembarcó en Algeciras y llamó a la Roca Yebal-tarik, nuestro Gibraltar... Hay que leer al converso islamista Roger Garaudy, viejo ideólogo del Partido Comunista francés en cuyo comité central militó durante más de once años, para entender la seducción que el Islam comunitario ejerce sobre quienes combaten la idea misma de la identidad europea como fruto de la cultura cristiana.

Garaudy, como tantos agnósticos y masones españoles de nuestro tiempo, combate el humanismo cristiano interpretado como fundamento del imperialismo y del colonialismo, del que dice no haber aprendido nada bueno pero que, en cambio, se embelesa con una religión, el Islam, por su fundamento comunitario que considera muy cercano al triunfo de la lucha de clases... El Islam, ya se sabe, o es comunitario o no es nada.

En esencia sería, por tanto, un comunismo que admite la existencia de Dios, un Dios lejano e impersonal que deja su mensaje para hermanar a todos los hombres sin distinción de clases o etnias... siempre y cuando todos ellos se sometan a su última revelación: el Corán.

Y no deja de resultar llamativo, en sentido contrario, la “sintonía” que algunos teólogos islamistas reformistas ignorantes de la religión cristiana, creen encontrar entre el Alá del Islam y el “Arquitecto universal” que reconoce la masonería, gracias a lo cual no cae en la “idolatría” cristiana que admite “tres” dioses...

Recordemos de paso que el mayor pecado que puede cometerse, según el Corán, es precisamente, la “asociación” del Dios único a otros “dioses” (en el caso cristiano, el misterio de la Trinidad que rechazan de plano porque Mahoma no lo entendió).

Se trataría, por tanto, de ver en el Corán un ariete definitivo contra la cultura cristiana, esa que ahora quiere erradicar de España el señor Zapatero, en unión de otros dirigentes europeos que llevan su cristofobia a escribir “cristo” con minúsculas para ignorar definitivamente la figura de Cristo como Dios encarnado.

En este sentido cabría preguntarse hasta qué punto la “alianza de civilizaciones” supone un malicioso intento de Zapatero de facilitar la invasión de Europa por el mismo Islam derrotado en Granada y Lepanto al objeto de borrar, poco a poco, las huellas del pensamiento cristiano de Europa y en la ingenua creencia de que los nuevos musulmanes se diluirán también en el relativismo laicista.

La respuesta a esta pregunta podríamos encontrarla en el entusiasmo que han mostrado por la iniciativa del presidente español tanto el rey de Marruecos como el ex presidente iraní Mohamed Jatami, precursor por cierto de otro “diálogo de culturas” que quedó en agua de borrajas...
La “alianza”, en este caso, consistiría esencialmente en una especie de pacto para facilitar la islamización de Europa a cambio de una supuesta paz, en la medida que podrían apaciguarse los anhelos islamistas de conquistar para Alá al descreído Occidente.

No se crea, sin embargo, que con ello se alcanzaría la soñada paz perpetua, porque aquél Islam de los nazaríes granadinos y de los otomanos de la Sublime Puerta, no es el mismo que profesan los miles de secuaces de Ben Laden, los islámicos europeos de Tariq Ramadán o los islamistas que acechan el trono del propio Mohamed VI...
La crisis islámica proseguiría, pero ya sería una mera lucha interna en la que Europa no sería el enemigo.

Puede que todo esto que escribo sea una mera fábula, aunque esté basada en hechos reales. No creo que Zapatero esté preparado para aceptar el Islam como hizo Garaudy, pero tampoco creo que la izquierda esté dispuesta a renunciar a su cristofobia como motor del cambio social que se propone en su proyecto laicista.

Al mismo tiempo, los afanes del Islam radical de ocupar el supuesto vacío espiritual de Occidente, son evidentes.
De acuerdo con lo que afirmaba el cardenal Siri, Europa puede ser islámica mañana mismo, pero no será porque la izquierda no lo impida sino porque los católicos no estemos preparados para recuperar su identidad cristiana.

Lo que nunca será Europa es un continente descreído y laicista, a imagen de quienes hoy nos gobiernan. Al final, esta es nuestra esperanza, el triunfo será de Cristo.

Manuel Cruz
Periodista y Analista Internacional