24.10.04

La siguiente generación


Loretta Napoleoni, economista y periodista, está especializada en terrorismo internacional, economía y mundo árabe. Actualmente es investigadora en la London School of Economics. Autora de las novelas Dossier Bagdad y Modern Jihad, publicó su último libro: Yihad. Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía, en 2004. Ha sido consultora de la FAO y del Banco Europeo para Reconstrucción y el Desarrollo.

Los nuevos "yihadistas" son jóvenes nacidos en Europa que han recibido formación en las mezquitas informales

En la famosa serie de culto Star Trek, los viejos actores son sustituidos por otros nuevos en un relevo generacional de viajeros interplanetarios. Lo que permanece inmutable es el guión, una interminable guerra galáctica entre el bien y el mal.

La estructura del movimiento yihadista -cuya manifestación más famosa es Al Qaeda- y sus miembros cambian con la misma rapidez que el reparto de Star Trek.
Entre una generación y otra, el único elemento constante es el guión de su violencia.
Es una lucha profundamente arraigada contra Occidente, motivada por las políticas occidentales "de amistad" e intereses compartidos con la élite corrupta y oligárquica que gobierna el mundo musulmán.

El 7 de julio, en Londres, el mundo presenció la aparición, en el escenario del terror, de una nueva generación de yihadistas, terroristas suicidas nacidos en el Reino Unido, pero de origen paquistaní.
Este simple dato puede ayudar a explicar las dificultades con las que están topando los investigadores antiterroristas británicos para encontrar pistas sobre ellos.
Se supone que los servicios de información británicos son unos de los mejores del mundo en materia de antiterrorismo, y, sin embargo, no pudieron prevenir el ataque.

Varios días después de los sucesos, sin ninguna pista sólida, Scotland Yard reconoció que trabajaba con hipótesis. La nueva legislación antiterrorista, que hace un mes abolió el hábeas corpus y dio al Gobierno poderes extraordinarios para localizar a los yihadistas que residen en el Reino Unido, no sirvió de nada a la hora de identificar a quienes habían realizado los atentados.

Sólo se les identificó cuando se hallaron sus cuerpos entre las víctimas. Gran diferencia con el hecho de que, tras el 11-S, los servicios de inteligencia de Estados Unidos tardaron sólo unas horas en disponer de los nombres de los secuestradores y poder reconstruir sus movimientos antes de subir a los aviones.

¿Qué ha cambiado desde el 11-S?
Ésa es la pregunta que los servicios de inteligencia, expertos en terrorismo y periodistas británicos se hacen desde la mañana del 7 de julio. A medida que avanzan las investigaciones y aumenta el número de cadáveres, está empezando a aparecer una posible respuesta. Aunque los atentados de Londres llevan la marca de Al Qaeda, lo más probable es que fueran idea y obra de los miembros jóvenes y desconocidos de un grupo, también mal conocido, que se llama a sí mismo "La organización secreta de Al Qaeda en Europa".

Se cree que este grupo forma parte de la red terrorista de la misteriosa "brigada Abu Hafs al Masri", el último paraguas terrorista de Al Qaeda, bajo el que se agrupa un número interminable de nuevas organizaciones armadas islamistas.

Sin entrenamiento
Seguramente, esta última generación de yihadistas no tiene relación directa con Osama Bin Laden; la mayoría de sus miembros no han viajado a Afganistán ni se han entrenado para la guerra en los campos de Al Qaeda, muchos han nacido en Europa y tienen pasaportes europeos.

Su adoctrinamiento se ha llevado a cabo en mezquitas informales de toda Europa, casas particulares, salas de oración de las universidades, entre grupos de amigos y familiares.
Por eso, el hecho de que días después de los atentados de Londres, las autoridades no conocieran todavía la identidad de los cerebros responsables no debe sorprender a nadie; los miembros de la nueva generación no forman parte de la vieja red, y tienen vínculos muy vagos, si es que los tienen, con los yihadistas de generaciones anteriores.

Hasta su adoctrinamiento político es distinto del de sus predecesores. Recuerda a la propaganda antiimperialista de los grupos armados marxistas de los setenta; la nueva generación tiene más cosas en común con estos últimos que con los muyahidin de la yihad antisoviética.

Al Qaeda ya no es la organización soñada en los años ochenta por el jeque Abdallah Azzam, el líder espiritual de los muyahidin. No es la vanguardia de brigadas internacionales y guerreros árabes, ejércitos dispuestos a recorrer el mundo para rescatar a sus hermanos musulmanes de las potencias extranjeras hegemónicas. Tampoco es un vehículo para la lucha armada contra Estados Unidos -el enemigo lejano- y los regímenes árabes -el enemigo cercano-, como preveían Bin Laden y Ayman al Zauahiri.

Al Qaeda se ha convertido en una ideología, y Osama Bin Laden es su gran símbolo.

Para la nueva generación de yihadistas, es el líder remoto y carismático que les inspira, del mismo modo que el maoísmo encendía los corazones de los fundadores de Sendero Luminoso.

Es decir, hoy, más que hablar de Al Qaeda, deberíamos hablar de alqaedismo, una nueva doctrina antiimperialista y militante. Una ideología que llama a un enfrentamiento violento directo con Occidente, una doctrina que predica la violencia contra los civiles, porque los ciudadanos de Estados democráticos son responsables de las políticas de sus dirigentes.
Igual que en los años sesenta y setenta, en Occidente, Latinoamérica y algunas zonas del sureste asiático, el marxismo empujó a un pequeño segmento de la juventud a adoptar la violencia política, hoy el alqaedismo ejerce, entre una minoría de jóvenes musulmanes radicales, un poderoso atractivo mesiánico y violento. Dentro de esta nueva doctrina, los atentados indiscriminados contra civiles inocentes están justificados por los principios de la democracia.

El terrorismo islamista considera que los ciudadanos de los países occidentales son responsables de las decisiones de sus dirigentes en política exterior. Como la gente escoge a sus representantes, es tan culpable como ellos.
Para los yihadistas, la posibilidad de que las masas participen en el proceso de decisión política a través de las elecciones nos convierte a todos en enemigos. Lo irónico es que, desde el 11-S, la transformación de Al Qaeda en una ideología mundial, y las mutaciones generacionales de quienes la han adoptado, son efectos secundarios de la "guerra contra el terrorismo" y la política del miedo.

Sin una respuesta de este tipo por parte de Occidente, Al Qaeda habría seguido siendo una organización terrorista como muchas otras, con una característica fundamental: su carácter transnacional.

Atentados transnacionales
Se sabe que Al Qaeda no ha organizado más que un puñado de atentados transnacionales: en 1998, las bombas de las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, seguidas de atentados similares contra intereses estadounidenses en Sri Lanka, Uganda y Suráfrica, el atentado contra el portaaviones USS Cole, y el 11 de septiembre.

Un atentado transnacional implica movimiento de gente y dinero a través de fronteras. Por eso, el linchamiento de 18 soldados estadounidenses a manos de una muchedumbre somalí, en 1993, no puede entrar en esta categoría, pese a que Al Qaeda lo instigó y recompensó a sus autores.

El 11-S fue el último atentado terrorista transnacional con la firma de Al Qaeda. Hubo traslado de personas y dinero de unos países a otros. En septiembre de 2001, la organización ya había empezado a transformarse, infestada por la oposición interna a la dirección de Bin Laden y su obsesión con atacar a Estados Unidos.

Inmediatamente después del 11-S, el mundo presenció otros atentados de menor escala, el de Bali en octubre de 2002, el de Casablanca en marzo de 2003, y el último, el de Estambul en agosto de 2004. Fueron ataques terroristas concebidos por grupos locales vinculados a la dirección de Al Qaeda.

En retrospectiva, es evidente que el análisis de los atentados posteriores al 11-S debía habernos hecho ver que la organización estaba sufriendo rápidos cambios y que el terrorismo islamista estaba adoptando una estructura nueva.
La invasión de Afganistán y la derrota de los talibanes habían hecho de catalizadores para la desintegración de Al Qaeda, al obligar a sus líderes a huir y ocultarse en la región tribal entre Afganistán y Pakistán.

A finales de 2001, lo que había sido Al Qaeda -un grupo armado pequeño, muy estructurado, con una cúpula y un número limitado de miembros- ya no existía.
La red de dinero que había apoyado a la organización y financiado sus actividades transnacionales también desapareció, no porque Occidente lograra deshacerla, sino porque la organización a la que alimentaba se había desintegrado.

Lo que subsistió fue el carácter conceptual de Al Qaeda, un credo predicado por Bin Laden y Ayman al Zauahiri.

El estímulo de Powell
Mientras Occidente celebraba la derrota del régimen talibán y la victoria sobre las fuerzas del mal de Sadam, ese credo se convirtió en el alqaedismo, una ideología antiimperialista que inspiró el movimiento yihadista, la reserva mundial de jóvenes musulmanes desencantados.

En 2003, la creación del mito de Al Zarqaui, presentado por el entonces secretario de Estado de EE UU, Colin Powell, como el nexo entre Al Qaeda y Sadam Husein, estimuló el alqaedismo. Aunque Al Zarqaui no formaba parte del grupo original de Al Qaeda y no existía ninguna conexión entre Bin Laden y Sadam, el mero hecho de que el 5 de febrero de 2003, ante las Naciones Unidas, Powell le presentara como nuevo líder mundial del terrorismo incrementó su popularidad entre los yihadistas, que, con Bin Laden atrapado en la región de las tribus, habían perdido a su jefe de operaciones.

La prolongada guerra en Irak, la proliferación de grupos insurgentes y la formación de una resistencia iraquí crearon poderosas herramientas de captación de yihadistas en potencia.
Muchos fueron a Irak para incorporarse a la lucha; otros, sobre todo los que ya vivían en Europa, buscaron en sus propios países ocasiones para atacar a los miembros de la coalición dirigida por Bush en Irak.

En ese contexto se produjeron los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Sin una red financiera internacional que los subvencionara, y con la mayoría de los patrocinadores centrados en costear la yihad en Irak, los grupos situados en Europa tenían que recaudar fondos por su cuenta.

Establecieron un sistema de autofinanciación utilizando el modelo tradicional terrorista, una mezcla de actividades legales e ilegales. La metodología es muy parecida a la que empleaban el IRA y la OLP, las organizaciones armadas que lograron privatizar el negocio del terror y arrebatárselo a los grandes patrocinadores.

El atentado de Madrid se costeó con pequeñas donaciones recogidas entre la red de simpatizantes, familiares y amigos, algunos de ellos en el extranjero; los explosivos se obtuvieron cambiándolos por hachís de Marruecos; algunos miembros desempeñaron trabajos informales.

Lo más importante de todo es que el atentado fue muy barato, entre 10.000 y 15.000 euros. Es decir, las limitaciones económicas del grupo no impidieron realizar el atentado; sólo obligaron a reducir considerablemente su tamaño respecto al 11-S.

Si se analiza la dinámica de los atentados del 11-S, Madrid y Londres, se ve que el esquema es idéntico. Atentados simultáneos, a primera hora de la mañana, cuando la gente va al trabajo y los medios de comunicación empiezan su jornada informativa, con el fin de explotarlos al máximo para extender aún más el pánico entre la población.

Incluso el impacto en la Bolsa está calculado, cronometrado para golpear los mercados locales a la hora de la apertura y crear confusión e incertidumbre para debilitarlas.
Los blancos son siempre medios de transporte: aviones en Estados Unidos, trenes en Madrid, el metro y un autobús en Londres. Todos los atentados están hábilmente planeados para que causen el máximo número de víctimas.

En el atentado de Londres, los investigadores creen que el autobús que estalló en Tavistock Square quizá tenía que haber explotado un poco más tarde, delante de la estación de Charing Cross, donde habría alcanzado a las personas que salían huyendo de la explosión en el interior.

Así pues, si la idea conceptual de Al Qaeda proporcionó al movimiento yihadista una ideología sólida con la que justificar sus acciones violentas, el 11-S les dio el modelo metodológico y operativo para llevarlas a cabo.

Lo que varía es el blanco, es decir, la localización geográfica, así como los fondos disponibles. Los servicios de inteligencia británicos están empezando a aceptar esta nueva situación y temen que haya otro ataque inmediato.

Pocos días después de los atentados de Madrid se encontraron explosivos en una vía de tren cercana a la ciudad. La bomba debía explotar debajo de un tren de alta velocidad que tenía que pasar a primera hora de la mañana.
Por suerte, la policía impidió el atentado y los autores se suicidaron, volaron por los aires en su escondrijo antes de que la policía pudiera detenerlos.

Un paso por delante A diferencia de Star Trek, donde las fuerzas de la Federación de la Galaxia siempre consiguen burlar al enemigo, los yihadistas parecen estar siempre un paso por delante de la coalición occidental.

En respuesta a la "doctrina del ataque preventivo" de Bush, ellos han llevado el terror a las calles de las capitales europeas; para compensar la transformación de la red financiera de Al Qaeda, han reducido sus operaciones y recaudan fondos en su entorno; cuando las medidas de seguridad en los aeropuertos se reforzaron, pasaron a los trenes y las redes de metro, unos objetivos imposibles de defender, sobre todo en hora punta.

Por último, las nuevas generaciones sustituyen a las antiguas y obligan a las fuerzas antiterroristas a familiarizarse sin cesar con nuevos enemigos.

¿Qué hará la siguiente generación o quién formará parte de ella? ¿Cómo se financiarán?
Ésa es la pregunta clave que deberían hacerse los encargados de la lucha contra el terrorismo.

Occidente está perdiendo la guerra asimétrica contra el terror islamista porque es incapaz de predecir el siguiente paso de su enemigo.
Ha ignorado sus causas fundamentales y se niega a ver las consecuencias tan favorables que ha tenido la guerra de Irak para la captación de yihadistas.
Los atentados de Londres parecen confirmar que unas legislaciones antiterroristas que limiten seriamente las libertades de los ciudadanos no son la herramienta ideal para luchar contra el terrorismo islamista.
Lo que se necesita es comprender mejor su naturaleza y sus motivos y tener una estrategia de futuro que no se centre en la generación de yihadistas actuales, sino en la próxima, la que hoy se está fraguando y mañana cometerá los atentados en nuestras ciudades.

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