12.2.06

La representación de Mahoma no está prohibida en el Islam

En gran medida, los wahabíes han logrado sus objetivos en el escandaloso affair de las caricaturas del profeta. Pero aquellos que defienden la censura sobre la base de un conocimiento erróneo del Islam deberían plantearse: ¿realmente es tan débil la fe de más de mil millones de personas como para sentirse amenazada por unas cuantas viñetas?

Los tumultos desatados en Europa y algunos países musulmanes por las viñetas del profeta Mahoma que publicó, el pasado septiembre, un diario danés han puesto de relieve nuevamente varios aspectos penosos del conflicto entre el Islam radical y la cultura de Occidente. Uno de ellos es que la denominada calle árabe o musulmana consiste en poco más que una turba de alquiler disponible para quemar, saquear y matar cada vez que los musulmanes demagogos atacan instituciones políticas o medios de comunicación en cualquier parte del mundo. Otro es la ignorancia que muestran los medios occidentales en sus informaciones acerca de los asuntos que perturban a la comunidad musulmana global.

Así, los reporteros y comentaristas han establecido la afirmación de que el Islam prohíbe estrictamente la representación artística de Mahoma, de otros profetas y de los seres vivos en general, y que al publicar las viñetas del profeta el diario danés Jyllands-Posten ofendió profundamente a todos los musulmanes. Los periodistas han timado con esta tontería al público occidental, reciclando la apología del Islam radical brindada por los "académicos" occidentales que disfrutan del mecenazgo de árabes oscurantistas ricos en petróleo.

En la realidad, la representación de Mahoma no está completamente prohibida en el Islam. Es cierto que el Islam estuvo marcado desde el principio por el horror a la idolatría, y las representaciones del profeta nunca se ven en las mezquitas, que, en cambio, están adornadas frecuente y célebremente con intrincados diseños no representativos, conocidos como "arabescos", y entrelazados con trabajos de caligrafía. Pero el Corán no dice nada acerca de las imágenes, y las advertencias en su contra contenidas en el Hadith –dichos del profeta recogidos siglos después de su muerte– han sido objeto de diversas interpretaciones.

Las representaciones del profeta fueron comunes en otras épocas; por ejemplo, en el arte islámico persa y turco, aunque a menudo la cara o la figura de Mahoma se dejaba en blanco o difuminada. Incluso antes de que los mongoles conquistasen Bagdad, en 1258, la civilización islámica cayó bajo el influjo del arte oriental, con su rica tradición de representaciones humanas. Y después de la conquista tuvo lugar en el Islam una explosión de la pintura y la imaginería, con descripciones de Mahoma incluidas.

Así, la galería Arthur M. Sackler de la Smithsonian Institution de Washington alberga una pintura en la que el profeta está sentado con sus compañeros. La obra aparece en la Versión persa de Balami de la Historia Universal de Tabari, del siglo XIV. Otra imagen, ésta del nacimiento del profeta, se encuentra en uno de los grandes hitos de la literatura islámica, el Jami al Tavarij (Compendio de Crónicas), escrito en Irán por Tabriz alrededor del año 1314. La acuarela, colorida y dorada, se inspira en la imaginería cristiana sobre el nacimiento de Jesús.

Un tema favorito del grabado islámico es el Viaje Final de Mahoma, una cabalgada extracorpórea del profeta a lomos de un caballo sobrenatural que le conduce a los cielos, elemento clave de la teología islámica. El profeta aparece montando el mágico corcel Buraq y sobrevolando La Meca en un manuscrito del siglo XV, conservado actualmente en el Museo Británico, del Jamseh, o Ciclo de los Cinco Poemas, de Nizami Ganjavi, un poeta de Azerbaiyán. Una imagen aún más ricamente iluminada puede contemplarse en una miniatura persa aproximadamente 100 años posterior a la recién comentada.

A finales del siglo XVIII, el ascenso de la purista e intolerante secta wahabí, aliada de la familia Saúd en el este de Arabia, provocó una oleada de iconoclastia allá donde se asentaba. Comprendió la destrucción de numerosos manuscritos, libros y obras de arte célebres esgrimiendo la idea de que cualquier ilustración de seres vivos era idolatría. La conquista saudí-wahabí de La Meca y Medina, en 1924, y la consolidación del Reino de Arabia Saudí, en 1932, pronto enriquecido por los ingresos procedentes del petróleo, otorgaron poder a los wahabíes para extender su doctrina fundamentalista por todo el Islam sunní.

Gran parte de la opinión islámica sostiene hoy que la representación de humanos y animales está prohibida para los musulmanes. Pero no se ha enunciado ninguna norma firme y universal en este sentido. Frecuentemente, los chiíes tienen imágenes del profeta en sus casas, así como de Alí, el cuarto califa –o sucesor de Mahoma como líder de los fieles–, y de Husein, el nieto del profeta. Las muertes de Alí y Husein marcan el inicio de la tradición chií.

El Islam, por supuesto, no es el único en hacer de la representación de seres vivos objeto de debate. El judaísmo ortodoxo y algunas sectas cristianas entienden que la Biblia prohíbe las imágenes. El segundo de los Diez Mandamientos (Éxodo 20:4) ha sido enunciado en inglés de diversas maneras: "No harás imagen grabada o retrato alguno de cualquier cosa que esté en el cielo sobre la tierra, o abajo en la tierra, o en las aguas bajo la tierra" (versión del Rey Jaime); "No harás ídolo alguno con la forma de nada de lo que hay en el cielo sobre la tierra, o abajo en la tierra, o en las aguas bajo la tierra" (Nueva Versión Internacional). Sólo citaremos estas dos traducciones, que claramente dejan espacio a distintas interpretaciones.

Las caricaturas danesas fueron en sí mismas inocuas, por encima de todo. La única que podría considerarse genuinamente provocadora mostraba al profeta con un turbante en forma de bomba con la mecha encendida. Cuando determinados (énfasis en "determinados") musulmanes afirmaron que la obra de los artistas era ofensiva para todos los creyentes se produjo una serie de sucesos absurdos y trágicos.

Unos clérigos islámicos daneses viajaron a países musulmanes con el fin de organizar una protesta, llevando consigo no sólo las viñetas publicadas, también imágenes grotescas, incluida una de un hombre con el hocico de un cerdo que hicieron pasar como una representación burlesca de Mahoma.

Varios diarios europeos reprodujeron las viñetas, pero el Jyllands-Posten se disculpó por si hubiera ofendido a algún lector musulmán. Su editor, Carsten Juste, afirmó: "En nuestra opinión, los doce dibujos eran sobrios. No pretendieron ser ofensivos, y tampoco estaban reñidos con la ley danesa, pero indiscutiblemente han ofendido a muchos musulmanes, por lo que nos disculpamos".

Se desataron disturbios en diversos países musulmanes, las sedes diplomáticas danesas –y de otros países– fueron atacadas, y se ha matado a gente.

Pero la costumbre occidental de disculparse y rendirse demostró ser contagiosa, puesto que incluso los políticos americanos hacían comentarios ridículos sobre la materia. Bill Clinton, invitado a un foro empresarial en Qatar, cargó contra las viñetas "aterradoras" y las comparó con la propaganda antisemita. El portavoz de la Administración Bush Kurtis Cooper dijo: "Estas viñetas son ofensivas para la fe de los musulmanes. Todos reconocemos y respetamos completamente la libertad de prensa y expresión, pero debe ir acompañada de la responsabilidad de la prensa. Incitar al odio étnico o religioso de esta manera no es aceptable". No obstante, las viñetas controvertidas sobre cuestiones étnicas o religiosas son expresiones protegidas en Estados Unidos, y no son consideradas incitación.

Incitación significa instar directamente a la gente a matarse, no reírse de una figura religiosa. Las imágenes antisemitas y anticristianas proliferan en los medios de todo el mundo, sin que las autoridades americanas hagan comentarios excepcionales. Las detestables imágenes antijudías son particularmente comunes en los países árabes, cuyos líderes y agitadores sociales carecen de cualquier posición moral para quejarse de nada que se diga o se publique en Occidente.

Los cristianos y los judíos de América se han opuesto durante mucho tiempo a las caricaturas que encuentran insultantes para Jesús, la Virgen María, el Papa y otros clérigos católicos, destacados predicadores evangélicos o líderes israelíes. Pero no han provocado disturbios ni han amenazado de muerte a nadie. Los musulmanes deben aprender que no tienen una posición especial en Occidente, al margen de las normas de conducta y civismo. Si no pueden soportar las expresiones de crítica, incluso de falta de respeto, al Islam en Occidente, deberían volver a residir en tierras musulmanas.

Esto es un principio bien establecido en la ley islámica, tal y como han enunciado el Gran Ayatolá Alí Sistani, el clérigo chií iraquí, así como los juristas sunníes. Sistani, es de notar, ha reaccionado al conflicto de las viñetas con calma ejemplar, condenando éstas pero también criticando a los musulmanes "equivocados y opresores", cuyas actividades, dijo, "dan una imagen sombría y distorsionada de la fe".

Además, incluso si hubiera una unanimidad musulmana para prohibir la representación de seres vivos o incluso del profeta, ningún musulmán normal creerá que tales normas son de aplicación a los no musulmanes. Los musulmanes corrientes no afirman que las normas de su religión deben ser seguidas por quienes son ajenos a ella. De otro modo, intentarían evitar que los cristianos y judíos residentes en sociedades de mayoría musulmana bebieran vino (como hacen los wahabíes).

Los musulmanes creen que su revelación es el mensaje definitivo ofrecido por el creador de la humanidad, y los fundamentalistas utilizan esto como pretexto para condenar el judaísmo y el cristianismo. Los musulmanes radicales tienen derecho a tales creencias, y a la expresión de las mismas en Occidente; pero si los no musulmanes no pueden caricaturizar a Mahoma, ¿cómo pueden exigir los musulmanes protección para su derecho a negar que Jesús es el hijo de Dios?
Los musulmanes radicales hacen caso omiso de la obvia verdad de que la prohibición de criticar a cualquier religión les afectaría tan negativamente como a otros.

De qué va realmente todo esto? ¿Por qué tardaron los musulmanes seis meses en reaccionar a las viñetas? El orquestado estallido tiene su origen en dos cuestiones ideológicas, ninguna de las cuales tiene base alguna en el Islam como religión. La primera es que los musulmanes quejosos son incitados a la violencia por representantes de la secta wahabí, de financiación saudí, que odia toda representación de seres vivos, igual que odia los cementerios, las mezquitas históricas y otros elementos que, según su criterio, inducen a los musulmanes a cometer omisión o idolatría. Los saudíes se están dando actualmente al vandalismo a gran escala contra la antigua arquitectura islámica existente en su propio territorio; recientemente han demolido cinco mezquitas antiguas en Medina, entre ellas una erigida por Fátima, la hija del profeta.

La misma actitud aniquiladora quedó de manifiesto en la destrucción de las colosales estatuas preislámicas de Buda en Bamiyán, Afganistán, por los talibanes y Al Qaeda, en la primavera de 2001. Entonces, un amplio abanico de venales "expertos" occidentales intentó justificar el vandalismo aludiendo a la presunta prohibición islámica de las imágenes religiosas. Pero los gobiernos del resto de los países musulmanes –incluido el régimen ultrarradical chií de Irán– jamás se han embarcado en la destrucción de su herencia arquitectónica y artística preislámica. ¿Podemos imaginar al Gobierno egipcio devastando los tesoros del arte faraónico y la escultura monumental con el argumento de que no son islámicos? ¿Volaría en pedazos la Esfinge?

Aunque es más siniestro, el objetivo de intimidar a los occidentales para que se callen ante cualquier asunto islámico mediante este estallido de fanatismo y brutalidad es realmente secundario. La tercera pieza del rompecabezas, y la peor, es el palmario esfuerzo por mantener el control sobre los elementos más marginales y atrasados de la comunidad islámica, especialmente de la residente en Occidente, de modo que el enfoque positivo del wahabismo de financiación saudí siga sin ser contestado por quienes representan la mayor amenaza para el extremismo islámico: los musulmanes moderados.

En gran medida, los wahabíes han logrado sus objetivos en este escandaloso affair. Han cedido políticos y medios occidentales, y grupos de presión de financiación saudí como el Council on American-Islamic Relations pueden felicitarse por haber dado una lección de falsa sensibilidad a medios y gobiernos no islámicos.

Pero aquellos que defienden la censura sobre la base de un conocimiento erróneo del Islam deberían plantearse: ¿realmente es tan débil la fe de más de mil millones de personas como para sentirse amenazada por unas cuantas viñetas?

Por Stephen Schwartz: Es Presidente y fundador del Centro por el Pluralismo Islámico (Washington), la más relevante institución con que cuenta el Islam moderado en el mundo


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