28.3.08

Magdi Allan, del Islam al catolicismo


Durante la Vigila Pascual de este año, el papa Benedicto XVI bautizó, entre otros neocatecúmenos al musulmán Magdi Allan, subdirector del periódico italiano Corriere della Sera.

A continuación publicamos la carta que éste le envió a la directora del diario con ocasión de su Bautismo a la vida cristiana.

Magdi Cristiano Allan
23/03/08

Desenlace de un largo camino. Decisivo encuentro con el Papa

Querido Director, lo que te voy a contar concierne a mi elección de fe religiosa y de vida personal que no pretende, de ninguna manera, involucrar al Corriere della Sera, del que me honra formar parte desde el 2003, en la calidad de vicedirector ad personam.

Te escribo, por lo tanto, como protagonista de la vivencia y como ciudadano particular. Ayer por la noche me convertí a la religión católica, renunciando a mi anterior fe islámica. Ayer me convertí a la religión cristiana católica, renunciando a mi anterior fe islámica.

De este modo y por la gracia divina, he visto la luz, el fruto sano y maduro de una larga gestación vivida en medio del sufrimiento y la alegría, entre la profunda e íntima reflexión y la consciente y manifiesta exteriorización.

Estoy especialmente agradecido a Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, que me ha impartido personalmente los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, en la Basílica de San Pedro, durante la solemne celebración de la Vigilia Pascual. Y adopté el nombre cristiano más sencillo y explícito: «Cristiano».

Desde ayer, me llamo "Magdi Cristiano Allam". El domingo fue, para mí, el día más bello de mi vida. Adquirir el don de la fe cristiana en la celebración de la Resurrección de Cristo de manos del Santo Padre es, para un creyente, un privilegio inigualable y un bien inestimable. A mis casi 56 años, es un hecho histórico, excepcional e inolvidable, que marca un punto de inflexión radical y definitivo respecto al pasado.

El milagro de la Resurrección de Cristo se ha reflejado en mi alma, liberándola de las tinieblas de una predicación donde el odio y la intolerancia en la confrontación con lo “distinto”, condenado acríticamente como “enemigo”, prevalecen sobre el amor y el respeto al “prójimo” que es siempre y en cualquier circunstancia «persona».

Es así como mi mente se ha liberado del oscurantismo de una ideología que legitima la mentira y la tiranía, la muerte violenta que induce al homicidio y al suicidio, la ciega sumisión a la tiranía, permitiéndome adherir a la auténtica religión de la Verdad, de la Vida y de la Libertad.

En mi primera Pascua como cristiano, no sólo he descubierto a Jesús, sino que he
descubierto, por vez primera, al auténtico y único Dios, que es el Dios de la Fe y de la Razón.

Mi conversión al catolicismo es el punto de llegada de una gradual y profunda meditación interior, a la que no hubiera podido sustraerme, dado que, desde hace cinco años, me veo obligado a llevar una vida blindada, con vigilancia fija en mi casa y con la escolta de los carabineros en todos mis desplazamientos, a causa de las amenazas y de las condenas a muerte dictadas contra mí por los extremistas y los terroristas islámicos, tanto por los residentes en Italia como por los activistas del exterior.

He tenido que interrogarme sobre la actitud de aquellos que, han dictado públicamente fatuas (condenas jurídicas islámicas), se han declarado por la guerra santa (Fatwe), y sobre las declaraciones de juristas islámicos, denunciándome a mí, que era musulmán, como «enemigo del islam», como «hipócrita cristiano copto que finge ser musulmán para perjudicar al islam» y como «traidor y difamador del islam», legitimando de esta forma mi condena a muerte.

Un islam conflictivo

Me he preguntado a menudo cómo es posible que a alguien como yo que luchó con convicción y tenacidad por un “Islam moderado”, asumiendo la responsabilidad de exponerme en primera persona en la denuncia del extremismo y del terrorismo islámico, haya terminado por ser condenado a muerte en nombre del islam y sobre la base de una legitimación coránica. De esta forma me fui dando cuenta de que, más allá de la coyuntura que registra la implantación del fenómeno de los extremistas y del terrorismo islámico en todo el mundo, la raíz del mal está inscrita en un islam que es fisiológicamente violento e históricamente, conflictivo.

Paralelamente, la Providencia me ha ido poniendo en el camino a personas católicas practicantes de buena voluntad que, en virtud de su testimonio y de su amistad, se convirtieron, poco a poco para mí, en punto de referencia en el plano de las certezas de la verdad y de la solidez de los valores.

Comenzando por tantos amigos de Comunión y Liberación, con Don Julián Carrón a la cabeza; por sencillos religiosos como Gabriele Mangiarotti, sor Maria Gloria Riva, Don Carlo Maurizi y el padre Yohannis Lahzi Gaid; o por el redescubrimiento de los salesianos gracias a Don Angelo Tengattini y Don Maurizio Verlezza, culminado en una renovada amistad con el Rector Mayor, Don Pascual Chávez Villanueva; hasta el abrazo de altos prelados de gran humanidad como el cardenal Tarcisio Bertone, monseñor Luigi Negri, Giancarlo Vecerrica, Gino Romanazzi y, sobre todo, monseñor Rino Fisichella, que me ha acompañado personalmente en mi recorrido espiritual de aceptación de la fe cristiana.

Pero indudablemente el encuentro más extraordinario y significativo en la decisión de convertirme fue el que mantuve con el Papa Benedicto XVI, al que siempre he admirado y defendido siendo musulmán, por su maestría a la hora de establecer el vínculo indisoluble entre la fe y la razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, y al que me adhiero plenamente como cristiano por inspirarme una nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado.

Afrontaré mi destino con la cabeza alta

Querido director, me has preguntado si no temo por mi vida, consciente de que la conversión al cristianismo implicará ciertamente una enésima, y mucho más grave, condena a muerte por apostasía. Tienes razón. Sé a lo que me expongo, pero afrontaré mi destino con la cabeza alta y erguida y con la solidez interior del que tiene la certeza de la propia fe.
Y todavía más, después del gesto histórico y valiente del Papa que, desde el primer momento en que tuvo noticias de mi deseo, aceptó de inmediato administrarme en persona los sacramentos de la iniciación al cristianismo.

Su Santidad ha lanzado un mensaje explícito y revolucionario a la Iglesia que hasta el momento, se ha mantenido demasiado prudente en la conversión de los musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los países con mayoría islámica y callando sobre la realidad de los conversos en los países cristianos. Por miedo. El miedo de no poder custodiar a los conversos frente a su condena a muerte por apostasía y el miedo de las represalias en las confrontaciones de los cristianos residentes en países musulmanes.

Pues bien, hoy, Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que hay que vencer el miedo y no temer a la hora de proclamar la verdad de Jesús incluso a los musulmanes.
Por mi parte, quiero afirmar que es hora de poner fin al puro arbitrio y a la violencia de los musulmanes, que no respetan la libertad religiosa. En Italia, hay miles de conversos al islam que viven serenamente su nueva fe. Pero también hay
miles de musulmanes convertidos al cristianismo, que se ven obligados a ocultar su nueva fe por miedo a ser asesinados por los extremistas islámicos, que se ocultan entre nosotros.

Fue por una de esas casualidades que evocan la mano discreta del Señor, mi primer artículo escrito en el Corriere el 3 de septiembre de 2003 se titulaba "Las nuevas catacumbas de los islámicos conversos". Era una investigación sobre algunos neo-cristianos que, en Italia, denunciaban su profunda soledad espiritual y humana frente a la contumacia de las instituciones del Estado, que no tutelaban su seguridad, y frente al silencio de la propia Iglesia.

Sin embargo, espero que del gesto histórico del Papa y de mi testimonio extraigan el convencimiento de que llegó el momento de salir de las tinieblas de las catacumbas y proclamar públicamente su voluntad de ser plenamente ellos mismos.
Si aquí, en Italia, la cuna del catolicismo, si aquí, en nuestra casa, no somos capaces de garantizar a todos la plena libertad religiosa, ¿cómo podremos ser creíbles cuando denunciamos la violación de dicha libertad en otras partes del
mundo?

Pido a Dios que esta Pascua especial otorgue la resurrección del espíritu a todos los fieles en Cristo, que, hasta ahora, han estado sojuzgados por el miedo.

Magdi Cristiano Allam, escritor de origen egipcio, es vicedirector de Corriere della Sera y especialista en temas de Oriente Próximo.


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