20.2.05

Choque de civilizaciones

Nuestra opinión pública se derrumba ante la mera posibilidad de la muerte, porque ha perdido el valor del sacrificio y del martirio. Nosotros no amamos ni la muerte, ni la vida. Nosotros sólo estamos apegados al bienestar. ¿Quién estaría dispuesto a morir por el bien común, si fuere preciso?

Por mucho que nuestros dirigentes políticos hayan puesto de moda el ideal de la “Alianza de Civilizaciones”, en realidad, su propuesta no pasa de ser un mero desideratum político sin base cultural, antropológica, ética ni teológica. No cabe duda de que sería deseable tal alianza, pero si pretendemos que esta propuesta política suponga algo más que hermosas palabras, tendremos que aceptar que un objetivo tan ambicioso no puede alcanzarse por mero voluntarismo político, sino que supone el establecimiento de bases previas de confluencia cultural, antropológica, ética y teológica, de las cuales parece como si nos enorgulleciésemos de habernos desprendido.

Una alianza de civilizaciones presupone una conciencia clara por parte de quienes establecen el pacto. El caso es que ni Euskadi, ni España, ni Europa tienen conciencia de su idiosincrasia. ¿Qué tipo de alianza vamos a realizar con el mundo islámico cuando comenzamos por avergonzamos de nuestras raíces y de nuestra historia?

El 13 de Mayo del 2004, el cardenal Ratzinger pronunció una conferencia en el Senado Italiano bajo el título Europa: Sus fundamentos espirituales ayer, hoy y mañana”, en la que hacía mención a la calculada ambigüedad con la que el texto constitucional europeo aborda cuestiones esenciales como el matrimonio y la familia, el reconocimiento de los derechos inalienables del hombre, etc...
Sus palabras fueron especialmente proféticas al describir esa especie de complejo con el que Europa mira hoy su historia y los valores en los que se sustenta nuestra cultura: Aquí se da un odio de Occidente hacia sí mismo, que resulta extraño y que se puede considerar solo como algo patológico.

Es verdad que Occidente, de modo loable, intenta abrirse lleno de comprensión hacia los valores externos: pero no se ama ya a sí mismo. De su propia historia solo ve aquello que es despreciable y destructivo, al tiempo que es incapaz de percibir lo que es grande y puro. Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación -ciertamente crítica y humilde- de sí misma.

La idiosincrasia europea parece que ha quedado reducida a las reglas propias del mercado, escenificando a cada momento, por otra parte, las dificultades para ponerse de acuerdo en el vil dinero. Y es que, pretender definir la idiosincrasia occidental como “el pueblo de la democracia”, como se ha hecho, es tanto como definir el ideal de una familia por sus normas de convivencia.

El hecho es que vivimos perplejos entre dos modelos irreconciliables: el fundamentalismo islámico que en nombre de Dios desprecia al hombre, y el occidente secularizado que en nombre del laicismo, endiosa al hombre y niega a Dios o lo religa al interior de la conciencia.

Nuestra mayor pobreza en estos momentos es nuestra secularización, de la que se desprende la carencia de un espíritu fuerte desde el que hacer frente al reto del fundamentalismo islámico. ¿Qué receta de espiritualidad nos ofrece nuestra cultura occidental? ¿"Todo es relativo", "todas las religiones son iguales", "la religión hay que reducirla al ámbito personal"...? Todo ello no nos lleva sino a aumentar nuestro vacío interior y a hacernos más vulnerables.

Nuestra debilidad parte del hecho de que nos hemos limitado a construir una sociedad del bienestar, en el marco político de una Europa sin alma.

Los perversos acontecimientos del 11-S en New York, del 11-M en Madrid y del 7-J en Londres, dejan al descubierto la fragilidad en la que se sustenta nuestro bienestar, santo y seña de la cultura occidental. La cuestión no se limita a un simple asunto de seguridad, sino que alcanza de lleno al sentido de nuestra existencia.

Los mismos terroristas islámicos lo han explicado en más de una ocasión: "amamos la muerte más de cuanto vosotros amáis la vida". Y aquí radica la profunda debilidad de Occidente: ellos pueden “permitirse el lujo” de sacrificar muchas vidas humanas en su concepto de guerra santa, mientras que nuestra opinión pública se derrumba ante la mera posibilidad de la muerte, porque ha perdido el valor del sacrificio y del martirio.
Nosotros no amamos ni la muerte, ni la vida. Nosotros sólo estamos apegados al bienestar. ¿Quién estaría dispuesto a morir por el bien común, si fuere preciso?

La receta del entonces todavía cardenal Ratzinger para poner las bases de una Alianza de Civilizaciones está expresada en el libro publicado conjuntamente con el presidente del Senado Italiano, Marcello Pera: «Sin raíces. Europa, relativismo, cristianismo, islam» (Mondadori, 2004). El teólogo y el político-filósofo debatieron abiertamente sobre la necesidad de colaboración entre católicos y creyentes de otras religiones o no creyentes «para volver a encontrar una moral común en Europa».

Ratzinger propuso el redescubrimiento de la ley natural como base para una ética común: «Tenemos que volver a estudiar la ley natural --quizá hace falta otro nombre, no lo sé--, pero es necesario encontrar el fundamento para individuar responsabilidades comunes entre creyentes y quienes no inspiran la ética en la religión, para fundamentar una acción que no sólo responda a la acción, sino también al deber y a la moral».

Sin embargo, es desconsolador comprobar cómo los mismos que postulan la Alianza de Civilizaciones, son los que desprecian la ley natural y legislan abiertamente contra ella. Paradójicamente, por ese callejón solo pueden llevarnos al Choque de Civilizaciones.

El fanatismo islamista no se limita a unas reivindicaciones políticas, sino que llega a poner en cuestión el resto de los fundamentos de nuestra vida: cultura, religión, historia, dignidad de la mujer, derechos humanos, poligamia, valor de la vida y de la muerte... Se trata de un reto radical; es decir, un reto que cuestiona nuestras raíces, y que cuestiona y pone a prueba nuestros valores espirituales. Hoy más que nunca adquieren una especial actualidad aquellas palabras de Jesús en el Evangelio: "Y no temáis a los que solo pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma..." Lo peor no es que nuestra vida terrena sea potencial objetivo de los terroristas, sino que lo más dramático es que Occidente esté en camino de un suicidio espiritual colectivo.

Hay algo todavía peor que ser víctima del terror: no tener resortes espirituales para afrontarlo.

J. I. Munilla

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