5.12.06

Las dos guerras culturales de Europa

Un interesante resumen que nos alerta sobre la necesidad de reflexionar ante la inevitable "Decadencia Europea", para lograr este fin todos los medios son validos, inclusive la autodestrucción de nuestra propia conciencia, una Europa sin raíces, una Europa que se ha encarcelado a sí misma… por miedo a decir cosas que para nada son incorrectas sino verdades comunes, una Europa que evita enfrentarse a sus propias responsabilidades”.

Un artículo tan extenso como intenso, una lectura muy especial que nos ofrece George Weigel, muy indicada para este largo fin de semana.
Monmar

En plena hora pico de la mañana del 11 de marzo de 2004, trece mochilas cargadas con bombas explotaron dentro y alrededor de cuatro estaciones de tren en Madrid. Casi doscientos españoles murieron y hubo unos dos mil heridos. Al día siguiente, España parecía mantenerse firme ante el terror con demostraciones a lo largo y ancho de su geografía con pancartas que denunciaban a los “asesinos”. Pero la actitud duró poco.
Setenta y dos horas después de que las bombas hubieran despedazado a cientos de personas en cuatro trenes “de cercanías”, el gobierno español de José María Aznar, un fiel aliado de los Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak, perdió rotundamente las elecciones ante una oposición socialista que había intentado, desde hacía tiempo, convertir en un referéndum el papel de España en la lucha contra el terrorismo.

Evidentemente, era lo que pretendía Al-Qaeda al poner las bombas. Un documento de cincuenta y cuatro páginas que apareció tres meses después, especulaba con que el gobierno de Aznar no podría “soportar más de dos o tres ataques sin tener que abandonar [Irak] bajo la presión de su gente”. La realidad fue que con un solo acto terrorista hubo “tarjeta roja y fuera”: las tropas españolas en Irak fueron retiradas al poco tiempo, según la promesa del recién elegido presidente de gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, al día siguiente de que los votantes españoles optaran por el pacifismo.

Este mismo año, cinco días antes del segundo aniversario de las bombas en Madrid, el gobierno Zapatero, que ya había legalizado el matrimonio entre parejas del mismo sexo (y la adopción de niños por parte de ellas) y que estaba en plena campaña para restringir la educación religiosa en los colegios, anunció que las palabras “padre” y “madre” no volverían a aparecer en los certificados de nacimiento españoles.

Según el Boletín Oficial del Estado, “la expresión ‘padre’ sería reemplazada con ‘Progenitor A’ y ‘madre’ sería reemplazada por ‘Progenitor B.’” Como explicó el director general del Registro Civil al diario ABC de Madrid, a partir de ahora sólo se producirán certificados de nacimiento españoles en línea con la legislación actual sobre matrimonio y adopción.

De manera más certera, el comentarista irlandés David Quinn vio en la nueva regulación “la retirada del reconocimiento del Estado sobre el papel de la madre y el padre y la supresión de la fisiología y la naturaleza”.
(Esta ridícula reglamentación se retiró tras una protesta popular, pero la idea y el esfuerzo del gobierno es reveladora).

A primera vista, las bombas de Madrid y la nueva terminología de “Progenitor A” y “Progenitor B” podrían parecer estar conectadas sólo por las generalidades de la política electoral: las bombas y la opinión pública –cada vez más contraria a un gobierno conservador–, llevaron a instaurar a un presidente de gobierno de izquierda, que comenzó a decretar muchas de las cosas que varios gobiernos democráticos de España habían intentado hacer en el pasado y socialmente habían sido rechazadas. La realidad es que el nexo es más complejo. Los acontecimientos de los últimos dos años en España son consecuencia de dos guerras culturales interrelacionadas que afectan a la Europa Occidental de hoy.

La primera de estas guerras –siguiendo con el ejemplo de los certificados de nacimiento españoles, llamémosla “Guerra Cultural A”– es una versión más extrema que la división que existe entre Demócratas y Republicanos en los Estados Unidos: una guerra entre las fuerzas postmodernas del relativismo moral y, por otro lado, las que defienden la postura moral tradicional.
La segunda –“Guerra Cultural B”– es la lucha por definir la naturaleza de la sociedad civil, el significado de la tolerancia y del pluralismo y los límites de un multiculturalismo en una Europa que envejece y cuyas tasas de natalidad no son suficientes para reemplazar a la población, y que, en consecuencia, ha abierto la puerta a una población musulmana en marcado crecimiento y demandante de derechos.

Los agresores en la Guerra Cultural A - son secularistas radicales, motivados por lo que el académico jurista Joseph Weiler ha denominado “Cristofobia” .
Su objetivo es eliminar cualquier vestigio cultural de la Europa judeo-cristiana de una Unión Europea (UE) post-cristiana demandando el matrimonio entre personas del mismo sexo en nombre de la igualdad, restringiendo la libertad de expresión en nombre del civismo y eliminando aspectos esenciales de la libertad religiosa en nombre de la tolerancia.

Los agresores de la Guerra Cultural B - son musulmanes radicales, miembros de la yihad que detestan a Occidente y están decididos a imponer tabúes islámicos a las sociedades occidentales a través de la protesta violenta y otras formas de coacción si fuera necesario.
Además, ven estos hechos como el primer paso para la islamización de Europa –o, como ellos con frecuencia hacen referencia–, al al-Andalus, es decir, la restauración del orden propio de la situación, en su tiempo establecida por Isabel y Fernando en 1492.

La pregunta a la que el Viejo Continente ha de enfrentarse, pero que gran parte de Europa parece querer evitar, es si los agresores en la Guerra Cultural A - no han conseguido que sea excepcionalmente difícil que las fuerzas verdaderamente tolerantes y la auténtica sociedad civil prevalezca en la Guerra Cultural B.

La caída de Europa occidental en la languidez de la “despolitización”, como algunos analistas la han denominado, pareció ser en su momento un asunto para la política del estado de derecho, para economistas socialistas, para la política de importación y exportación proteccionista –con un sabor irritante de reglamentación de la UE que pretende controlar todo, desde la circunferencia de los tomates hasta el cuidado y la alimentación de los cerdos de Cerdeña–.

Y sin duda no ha habido ninguna relajación de lo que parecería ser la determinación de la UE de atenerse cada vez más y con mayor fuerza a las normas de la reglamentación burocrática.
Observemos simplemente cómo los turistas que visitaron Polonia tras su acceso a la UE, no podían evitar darse cuenta de que cada huevo que se vendía en cualquier tienda de Polonia ahora tenía un código multidigital de la UE, y que cada oveja polaca tenía una placa de identificación en una de sus orejas.

Además, está lo que los estadounidenses llaman la reglamentación de “big brother” en el ámbito del trabajo.
El año pasado, gracias al “Capítulo Sexto de la Directiva sobre trabajos realizados en altura” de la UE, los electricistas del pueblo inglés de Eccles en Suffolk, tenían prohibido usar escaleras para cambiar cinco bombillas en el techo de la iglesia de St. Benet. Tuvieron que construir un andamio inmenso y el costo de dos días de trabajo significó alrededor de cuatrocientos euros por lámpara.

¿Qué tiene esto que ver con la Guerra Cultural A?
El hecho cierto es que esta pasión europea por la regulación continúa teniendo consecuencias deletéreas; y también han sido extremas y son ahora más duras, especialmente en lo referente a la religión.
En octubre, del año pasado, por ejemplo, los custodios de la probidad ortográfica decretaron que, a partir de agosto de 2006, “Cristo” se escribiría con minúscula mientras que “Judíos” se escribiría con mayúscula cuando hiciera referencia a la nacionalidad y con minúscula cuando hiciera referencia a la religión.

A principios de este año, en Escocia, un profesor de matemáticas ateo ganó un caso de antidiscriminación en los tribunales de justicia, al afirmar que su solicitud de empleo para un “puesto de carácter pastoral” en un colegio católico, había sido rechazado sobre la base de que el colegio reservaba este puesto para católicos.

En parte, la Guerra Cultural A - representa el esfuerzo determinado por parte de los secularistas –usando la maquinaria reguladora de la UE– para marginalizar la presencia pública y el impacto del número decreciente de cristianos practicantes.
Esto también se relaciona con preguntas cruciales sobre el principio y el fin de la vida, planteadas de manera especial en los Países Bajos.

Desde hace tiempo, Holanda disfruta de la reputación de libertinaje legalizado gracias a la droga y a la prostitución. Lidera en Europa el camino hacia la eutanasia y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ahora, los belgas parecen empeñados en no quedarse atrás. Además de imitar a sus vecinos holandeses en lo referente al matrimonio entre personas del mismo sexo y la eutanasia –la mitad de las muertes infantiles en Flandes entre 1999 y 2000 fueron por eutanasia–, la coalición socialista-liberal que gobierna el país permite la procreación alquilando úteros.
(Se produjo una disputa legal cuando una madre incubadora encontró, estando en período de gestación, un mejor comprador en Holanda y le vendió al niño. La batalla legal la ganó la pareja holandesa).

Como comentó el filósofo y ex ministro italiano Rocco Buttiglione “en otros tiempos citábamos a Karl Marx cuando protestábamos contra la ‘alienación’, la ‘objetivación’ y la ‘comercialización’ de la vida humana. ¿Es posible que hoy la izquierda esté escribiendo en sus pancartas precisamente el derecho de comercializar con seres humanos?”. Y todo esto ¿en nombre de la tolerancia y de la igualdad?

La Guerra Cultural A - se establece para coaccionar e imponer comportamientos progresistas, tolerantes, multiculturales, o políticamente correctos en términos del feminismo extremo. En los últimos años, esto ha llevado a los Estados miembros de la UE a reglamentar legalmente, y por tanto a reducir, la libertad de expresión.
Cualquier comentario crítico desde el punto de vista moral sobre comportamientos homosexuales, por ejemplo, se considera como “expresión de odio” y un parlamentario francés fue multado por decir que la heterosexualidad es moralmente superior a la homosexualidad.

En el ámbito transnacional, la presión por parte de la UE hizo caer últimamente la coalición gobernante en uno de sus miembros más recientes: Eslovaquia. El tema en cuestión era un concordato con el Vaticano por el que Eslovaquia respetaría las decisiones de los médicos que, por razones de convicción moral, decidieran no practicar abortos.
Esta provisión fue duramente atacada por el Grupo de Expertos Independientes sobre Derechos Humanos Fundamentales, que mantenía que el derecho a abortar un niño es un derecho humano internacional y que, por tanto, a los profesionales de la medicina no les estaba permitido negarse a tales actos. El debate que se siguió en Bratislava sobre los riesgos de ofender a los mandarines de los derechos humanos de Bruselas y Estrasburgo, desestabilizó el gobierno hasta tal punto, que el primer ministro eslovaco tuvo que disolver el parlamento y convocar a elecciones generales.

Este autoritarismo que se va implantando también resulta evidente en la resolución del Parlamento Europeo que condenaba como “homofóbicos” a los Estados que no reconocieran el matrimonio entre personas del mismo sexo y hacían referencia a la libertad religiosa como una “fuente de discriminación”.
Durante el debate sobre esa resolución, un eurodiputado británico, examinando las leyes tradicionales sobre el matrimonio como una “ruptura de los derechos de personas homosexuales y lesbianas”, planteó la posibilidad de suspender como miembros de la UE a los países disidentes, como Polonia y Lituania. También Polonia había sido amenazada con la suspensión de su derecho de voto en reuniones ministeriales de la UE, en el caso de que volvieran a restituir la pena de muerte.

Independientemente de lo que se pueda decir de estos acontecimientos que Europa vive en este momento de su historia –metida de lleno en conflictos agresivos sobre el dictado de la corrección política–, tiene que resultar, incluso para el observador más afín, como una distracción acerca del hecho más dramático de este continente a principios del siglo XXI: Europa está consumando su suicidio demográfico, y lo está haciendo desde hace tiempo.

Despoblación europea

A finales del siglo XX algunos extremistas ambientales predecían con firmeza que a medida que se agotaran varios recursos naturales –oro, zinc, hojalata, mercurio, petróleo, bronce, plomo, gas natural, entre otros– el mundo sucumbiría ante la “sobrepoblación” masiva. A principios del siglo XXI el mundo está repleto de recursos naturales. Pero Europa se está quedando sin el recurso natural crucial por excelencia: las personas.

La fotografía es escalofriante. Ni un solo miembro de la UE tiene una tasa de natalidad que asegure el reemplazo de su población –2,1 niños por mujer necesarios para mantener la población–. Por si esto fuera poco, once países de la UE –incluidos Alemania, Austria, Italia, Hungría y los tres estados Bálticos– muestran “incrementos naturales negativos” (más muertes anuales que nacimientos) un claro descenso en la espiral de muerte demográfica.

Estas cifras son llamativas cuando se analizan de modo más concreto. Lo demoníaco está en los detalles, lo cual se puede ver gráficamente cuando un continente como el europeo que en estos momentos es más sano, próspero y más seguro que en cualquier otro momento de su historia, opta por desentenderse del futuro humano en su sentido más elemental.

Por ello, salvo que se produzca un cambio drástico, los mismos belgas que adoptan formas cada vez más avanzadas de “corrección política”, verán caer su población de siete millones en el 2020 a cuatro millones y medio a mediados de siglo. Los españoles, cuyo gobierno está atareado en el desmantelamiento de la vida social y cultural tradicional, podrán ver su población recortada en un 25% para el 2050.

En Alemania, ni la campaña electoral del año pasado, ni el recientemente instaurado gobierno de Angela Merkel, se han centrado en la preocupante tensión creada por el sistema social de pensiones y de salud, donde el número de trabajadores que paga impuestos tendrá que mantener a un grupo creciente de personas retiradas.

Además, y según las expectativas demográficas, Alemania muy probablemente perderá el equivalente a la población total de la ex Alemania del Este a mediados de siglo. Si bien el presidente Horst Köhler ha hecho campaña pública para incrementar la tasa de fertilidad, que ahora es de 1,39, una encuesta reciente muestra que el 25% de los alemanes y el 20% de las alemanas en la década de sus veinte años no tienen planificado tener hijos y no ven que haya ningún problema con esa opción.

Y luego viene Italia, cuyas familias numerosas han tejido una leyenda en la imaginación del mundo desde hace tiempo. La realidad de la situación es claramente distinta: si las tendencias actuales continúan, para el año 2050 casi el 60% de los italianos no conocerán por experiencia propia, lo que es un hermano, una hermana, una tía, un tío o un primo.

Pero esto quizá no es sorprendente en un país donde el promedio de edad de un hombre cuando nace su primer hijo es de treinta y tres años, y el número de los italianos que superan los sesenta y cinco años excede considerablemente a los menores de quince. (Alemania, España, Portugal y Grecia también tienen más gente mayor de sesenta y cinco que menor de quince). El derretimiento demográfico no se limita a la “vieja Europa”; para el 2050 se prevé que la población de Bulgaria se reducirá un 36% y la de Estonia un 52%.

En el siguiente cuarto de siglo, el número de trabajadores de Europa se reducirá un 7% mientras que el de los mayores de sesenta y cinco años se incrementará en un 50%. Estas tendencias crearán dificultades fiscales intolerables para el estado de bienestar en todo el continente.

Las tensiones intergeneracionales ejercerán gran presión en las políticas nacionales y dichas presiones podrían poner de espaldas, de muy diversas formas, el proyecto de “Europa” tal y como lo avizoró en los ‘50 la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, el precursor institucional de la UE. La demografía es futuro y las demografías en declive de Europa –que no tienen paralelo en la historia humana salvo por guerras, pestes y catástrofes naturales– lo que están consiguiendo son problemas enormes e inevitables.

De manera un tanto ominosa, la caída libre demográfica de Europa es parte de la relación entre la Guerra Cultural A y la Guerra Cultural B.

La historia aborrece vacíos y el vacío demográfico creado por la autodestrucción producida por la baja de fertilidad ha sido ocupado, desde hace varias generaciones, por la inmigración a gran escala del mundo islámico. Están a la vista los efectos más obvios de esa inmigración en el paisaje urbano, cada vez más segregado, donde una periferia suburbana típicamente pobre, rodea al núcleo europeo más rico.

Inmigración islámica

En las áreas metropolitanas europeas es mucho más que la apariencia física lo que ha cambiado. Hay docenas de áreas “ingobernables” en Francia: suburbios dominados por musulmanes donde la ley francesa no se aplica y donde la policía no entra.

En Francia y en otros países europeos existen enclaves territoriales similares donde la ley “shari’a” es la que aplican los clérigos musulmanes. Más aún, como señala Bruce Bawer en su nuevo libro "Mientras Europa dormía" las autoridades europeas soslayan las prácticas realizadas por sus poblaciones musulmanas que van desde la crueldad física (circuncisión femenina) hasta la crueldad moral (matrimonios arreglados o forzados), y que crean disrupción social (mandando niños musulmanes a colegios radicales: madrassas en el Medio Oriente, el Norte de África y Pakistán para su educación primaria y secundaria), e ilegal (asesinatos “de honor” en casos de adulterio y violación, donde se mata a la víctima violada).

No es casual que los gobiernos europeos no quieran mirar estos hechos. Los sistemas de bienestar social europeos apoyan generosamente a los inmigrantes, muchas veces denigran a los países que los aceptan o se vuelven violentamente contra ellos: el caso más notable es el de las bombas en el subte y autobuses de Londres del pasado 7 de julio de 2005. Como Melanie Phillips relata en Londonistan, los que pusieron las bombas eran:

“Chicos británicos, el producto de colegios y universidades británicas y el estado de bienestar británico, [los cuales] repudiaron, no sólo los valores británicos, sino los códigos elementales de la humanidad. Tampoco eran tipos raros y solitarios. Lo que los hizo ir al subte con sus mochilas y morir y matar a sus compatriotas británicos, es una ideología que se ha aferrado como un cáncer no sólo en las madrassas de Pakistán sino en las calles de Leeds y Bradford, Oldham y Leicester, Glasgow y Luton”.

Gracias a la liberalidad de la ley penal europea, los terroristas musulmanes sediciosos son tratados a menudo con modales que evocan el mundo de la Reina Roja de Alicia en el País de las Maravillas donde la gente cree “cosas imposibles antes del desayuno”.
De ahí el caso de Muhammad Bouyeri, el holandés-marroquí que asesinó al director de cine Theo van Gogh en 2004 en una calle de Amsterdam clavándole un cuchillo de cocina en el pecho como una fatua personal. Este hombre mantiene su derecho a votar y podría, si quisiera, presentarse a las elecciones del parlamento holandés.
Mientras tanto, por lo menos dos parlamentarios holandeses, que han sido críticos del islamismo extremista, han sido forzados por amenazas islámicas a vivir en cárceles o cuarteles del ejército bajo la guardia militar o policial.

A sesenta años del fin de la Segunda Guerra Mundial, el instinto europeo de pacificación está vivo y coleando. Las piscinas públicas francesas han sido divididas por sexos gracias a las protestas de los musulmanes. Las tazas con el famoso “Piglet” (cerdito) han desaparecido de las tiendas de determinados vendedores británicos tras las protestas de musulmanes ya que el dibujo de A.A. Milne hería la sensibilidad islámica.
Lo mismo ha ocurrido con los helados de chocolate con forma de remolino de Burger King, que para algunos recordaba el tipo de escritura que aparece en el Corán. Bawer nos dice que la Cruz Roja británica eliminó los árboles de navidad y los pesebres de sus tiendas por miedo a ofender a los musulmanes.
Por razones similares, a resultas del asesinato de Van Gogh, la policía holandesa destruyó parte de una obra de arte de una de las calles de Rotterdam que proclamaba “No matarás”. A los colegiales les fue prohibido llevar banderas holandesas en sus mochilas porque a los inmigrantes les podría parecer un signo “provocativo”.

La prensa y la televisión europeas se autocensuran frecuentemente en materias relacionadas con el radicalismo islámico y los crímenes cometidos por musulmanes que se suceden en los diferentes países europeos. Con raras excepciones se da una cobertura equilibrada en los medios de prensa y televisivos norteamericanos sobre la guerra contra el terrorismo. Cuando estos problemas “domésticos” salen a la luz, la reacción típica europea, según Bawer, es autocrítica.

En Malmö, la tercera ciudad de Suecia por tamaño, las violaciones, robos, quemas de colegios, asesinatos de “honor” y agitación antisemita se fue tanto de las manos que un grupo significativo de suecos se trasladó a otras localidades del país. El gobierno culpó de los problemas de Malmö a los racistas suecos y también a aquellos que habían entendido la integración “en dos categorías ordenadas jerárquicamente, un ‘nosotros’ que integraremos y un ‘ellos’ que serán integrados”.

Por su parte, Bélgica ha establecido un Centro gubernamental para la Igualdad de Oportunidades y Oposición al Racismo (CIOOR) que recientemente llevó a los tribunales de justicia a un fabricante de puertas de seguridad para garajes, cuyos empleados marroquíes sólo trabajaban en la fábrica y no salían a instalarlas a las casas belgas.

Por su parte, y según el periodista belga Paul Belien, cuya publicación The Brussels Journal (www.brusselsjournal.com) es una fuente importante sobre las guerras culturales en Europa, el CIOOR declinó llevar a los tribunales a un empleado musulmán que había dibujado una serie de caricaturas antisemitas, basándose en que hacerlo “sería echar leña al fuego”.

Quizá, y predeciblemente, los judíos europeos han jugado con frecuencia el papel de “alertadores” en las tribulaciones de la integración islámica. Hace dos años, un disk jockey parisino fue brutalmente asesinado mientras el asesino gritaba: “He matado a mi judío. Iré al cielo”. Esa misma noche otro musulmán asesinó a una mujer mientras su hija miraba horrorizada. Pero en ese momento, como escribió el columnista Mark Steyn, “ningún periódico de peso contaba lo ocurrido”.

En febrero pasado la prensa francesa daba cuenta del horrible asesinato de un hombre judío de veintitrés años, Ilan Halimi, luego de ser torturado durante tres semanas por una banda islámica. Cada vez que los secuestradores llamaban a su familia para pedir rescate, oían los gritos que le arrancaba la tortura a la que era sometido y, según cuenta Steyn, “los torturados leían en voz alta versos del Corán”. Steyn cita a uno de los detectives de la policía quien, para minimizar el horror en la yihad, decía que todo era bastante sencillo: “Los judíos equivalen a dinero”.

Este cuadro de sedición y pacifismo llegó finalmente a la atención del mundo a principios de año con la yihad de las caricaturas danesas. Las caricaturas mismas, donde aparecía Mahoma, no causaron mayor impresión en Dinamarca o en ningún otro sitio cuando fueron originalmente publicadas en Jyllands-Posten el diario de Copenhague.

Pero después de que imanes islamistas daneses empezaron a agitar el tema en Oriente Medio (ayudados por otras tres caricaturas mucho más insultantes y hechas por ellos mismos), se disparó un furor internacional, con decenas de personas muertas por los musulmanes en amotinamientos en Europa, África y Asia. Como lo expuso Henrik Bering en el Weekly Standard, “los daneses se convirtieron repentinamente en las personas más odiadas de la tierra, con ataques a sus embajadas, quema de banderas, y sus conciencias señaladas gracias a las lecciones sobre tolerancia religiosa que recibían de Irán, Arabia Saudita y otros focos de ilustración”.

La respuesta de Europa fue, en gran medida, intensificar el pacifismo. Roberto Calderoli, el “ministro de reformas” italiano, fue obligado a dimitir por haber llevado una camiseta en la que aparecía una de las caricaturas ofensivas –un “acto irreflexivo” que, el primer ministro Silvio Berlusconi dedujo, era la causa del amotinamiento a las puertas del consulado italiano en Benghazi, donde murieron once personas.

Los periódicos que reprodujeron las caricaturas fueron objeto de grandes presiones políticas; algunos periodistas fueron llevados ante los tribunales; algunas páginas web fueron clausuradas por la fuerza. La cadena paneuropea de supermercados Carrefour, haciéndose eco de las presiones islamistas de boicot a los productos daneses, puso carteles en sus locales en árabe y en inglés expresando su “solidaridad con la Comunidad Islámica” y haciendo notar, con poca elegancia aunque de manera elocuente, que “Carrefour no vende productos daneses”.

El gobierno noruego obligó al editor de una publicación cristiana a pedir perdón públicamente por imprimir las caricaturas danesas; en su rueda de prensa, el solitario editor estaba rodeado por ministros del gobierno e imanes.
Javier Solana, el ministro de Asuntos Exteriores de la UE, fue, suplicante, de nación en nación árabe, explicando que los europeos compartían la “ansiedad” de los musulmanes “ofendidos” por las caricaturas danesas.

Para no ser menos, Franco Frattini, el ministro de Justicia de la UE, anunció que la organización establecería un “código para la prensa y la televisión” encareciendo la “prudencia”: un sinónimo de “rendirse”, independientemente de la visión acerca de los méritos artísticos de las caricaturas más famosas del mundo o la sensibilidad cultural.

Con toda la ceguera con que en los años treinta se intentó apaciguar la agresión totalitaria, al menos se pensaba que estaban protegiendo su forma de vida. Bruce Bawer (siguiendo al investigador Bat Ye’or) sugiere que el pacifismo europeo del siglo XXI hacia el Islam equivale a un intento de reducir el avance de la creciente ola islamista, cediendo aspectos centrales de su soberanía y convirtiendo a las poblaciones nativas de Europa en ciudadanos de segunda o tercera clase en sus propios países.

Bawer atribuye la mentalidad pacifista de Europa y sus consecuencias, a una corrección política multiculturalista que ha sobrepasado sus límites; y, sin duda, hay algo de eso. Curiosamente, y de manera no exenta de ironía, el multiculturalismo europeo, basado en teorías postmodernas de la presunta irracionalidad del conocimiento (y, por tanto, de la relatividad de toda verdad), se ha tornado en completamente irreal por no decir contradictorio.

Tomemos, por ejemplo, el caso de Iqbal Sacranie, el secretario general del Consejo Musulmán de Gran Bretaña a quien el primer ministro Tony Blair nombró como uno de sus asesores en temas musulmanes y para quien consiguió el reconocimiento de Caballero. A Sir Iqbal no tardó en ir a la BBC a anunciar que la homosexualidad “daña la base, el mismo fundamento de la sociedad”; tras las protestas de un lobby homosexual británico, fue investigado por la “unidad de seguridad de la comunidad” de Scotland Yard, cuya misión incluye “crímenes de odio y homofobia”. En ese momento un lobby musulmán exigió que Blair eliminase el “Día en Recuerdo del Holocausto” que había creado unos años antes. Sir Iqbal apoyó la petición, informando al Daily Telegraph que “los musulmanes se sienten dolidos y excluidos porque sus vidas no son consideradas tan valiosas como las que se perdieron en el Holocausto”.

De todas maneras, echarle la culpa de la parálisis europea a la corrección política multicultural es quedarse en la superficie. La guerra Cultural A –el intento de imponer multiculturalismo y un “estilo de vida” libertina en Europa limitando el derecho a la libre expresión, definiendo las convicciones religiosas y morales como fanatismo y usando el poder del Estado para obligar al “inclusivismo” y la “sensibilidad”– es una guerra sobre el significado real de la tolerancia misma.

Lo que Bruce Bawer deplora como corrección política fuera de control en Europa está anclada en una enfermedad mayor: el rechazo a la creencia de que los seres humanos pueden conocer la verdad de las cosas aunque sea de manera inadecuada o incompleta, una creencia que durante la mayor parte de los dos milenios que nos anteceden, ha sido la base de la civilización europea salida de la interacción de Atenas, Jerusalén y Roma.

La alta cultura postmoderna Europea repudia esta creencia. Y en la medida en que sólo es capaz de concebir “tu verdad” y “mi verdad”, a la vez que rechazar terminantemente la idea de “la verdad”, únicamente puede concebir la tolerancia como indiferencia a las diferencias. Indiferencia que, de ser necesaria, será impuesta por la fuerza coercitiva del Estado.

La idea de tolerancia como una manera de encajar las diferencias dentro de una unión y coherencia cívica (como alguna vez explicó Richard John Neuhaus) es considerada en sí misma intolerante. Quienes quieran defender la verdadera tolerancia del debate público dirigido abiertamente hacia la verdad (que incluye convicciones religiosas y morales) corren el riesgo de ser rechazados, y en muchos casos considerados fanáticos desde la perspectiva de la opinión pública.

Pero el problema es aún más profundo. Cuanto más alto proclaman los posmodernistas europeos su devoción a la relatividad de todas las verdades, en la práctica se traduce en algo muy distinto: concretamente en la demolición de las verdades tradicionales de Occidente quitándoles todo valor, combinadas con una deferencia estudiada a las no/anti -occidentales.
En la mentalidad relativista resulta que no todas las religiones y convicciones morales son fanatismos a ser suprimidos; sólo la judeo-cristiana es la que ha de ser suprimida. En resumidas cuentas, el relativismo moral de Europa es, con frecuencia, un escaparate para enmascarar un “auto-odio” occidental.

Otro tema relacionado es el del escepticismo europeo que va de la mano de lo que Allan Bloom llamó “nihilismo bonachón”, un nihilismo que, en su indiferencia por todo, salvo por su propio y soberano “yo”, ha hecho su contribución a la falta de deseo por parte del continente de crear un futuro para sucesivas generaciones.

Bruce Bawer dejó América por Europa por lo que él percibió como influencia torva de la derecha religiosa en la política norteamericana, y porque Europa era muchísimo mas “abierta” que los Estados Unidos a los matrimonios homosexuales. No parece comprender que lo que a él le atrajo de Europa –la supuesta apertura moral– es precisamente lo que la ha tornado tan vulnerable al radicalismo islámico.

Bawer entiende que Europa puede mantener su desafío y defender sus sociedades libres, rechazando la correcta política multicultural, manteniendo la expresión política de escepticismo y relativismo: la libertad expresada y apoyada por la ley como una individual y personal autonomía.
Pero ha sido la autonomía individual radical la que ha hecho que Europa esté en caída libre demográfica; es la autonomía individual radical la que ha hecho que Europa denigre sus propios logros a nivel de civilización; y es la autonomía individual radical la que apoya la corrección política y sus efectos corrosivos en la capacidad de Europa para defenderse a sí misma contra la agresión islámica interna.

Un análisis distinto y mucho más persuasivo de las guerras culturales de Europa es el fruto del diálogo fascinante que tuvo lugar en el 2004. Los contertulios de esa conversación podrían parecer un dúo poco probable: Marcello Pera, un académico agnóstico italiano, dedicado en la actualidad a la política (y presidente del Senado italiano) y el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la principal institución teológica de la Iglesia católica.

Pera había dado una conferencia sobre “Relativismo, cristianismo y Occidente” en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma; Ratzinger, al día siguiente, pronunció una conferencia en el Senado italiano sobre “Las raíces espirituales de Europa”. En virtud de la sorprendente convergencia de análisis que había caracterizado a las exposiciones, ambos acordaron escribirse.

Las dos conferencias y las cartas se publicaron en un pequeño libro a principios de 2005 en Italia, que fue muy comentado, y cuyo interés sólo se intensificó cuando Joseph Ratzinger se convirtió en el papa Benedicto XVI. El libro de Ratzinger y Pera se ha publicado ahora en España bajo el título Sin Raíces: Europa, Relativismo, Cristianismo, Islam.

Mucho antes de ser proclamado Papa, Joseph Ratzinger, un intelectual universalmente respetado que había sucedido al fallecido Andrei Sakharov en su sillón de la prestigiosa Academia de Ciencias Morales y Políticas Francesa, había advertido a sus compatriotas europeos que su devaneo en la marea del postmodernismo iba a causar problemas serios a sus sociedades y su política.

Estos problemas –argumenta– son al mismo tiempo intelectuales, espirituales y morales. El “derrumbamiento de las certezas originales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y el universo” ha conducido “al declive de una conciencia moral basada en valores absolutos” y al “verdadero peligro” de la “autodestrucción de la conciencia europea”. “¿Por qué Europa –se pregunta Ratzinger– ha perdido toda capacidad para quererse a sí misma?”. “¿Cuál es la razón por la que Europa sólo puede ver en su propia historia lo más despreciable y destructivo… y no es ya capaz de percibir lo que es grande y puro?”.

Los secularistas europeos ya han oído antes críticas como la de Ratzinger y las ignoran considerándolas opiniones propias de cristianos comprometidos.
La agradable sorpresa de "Sin Raíces" es la respuesta de Marcello Pera: precisamente, una crítica paralela de una persona que se define como no creyente y filósofo de la ciencia. “Infectado por una epidemia de relativismo”, Pera escribe que los europeos creen que “aceptar y defender su cultura sería un acto de hegemonía, de intolerancia, una actitud antidemocrática, anti-liberal y de falta de respeto”.

Pero precisamente esta “toxina” los ha llevado “a una cárcel” de corrección política, a una “jaula” en la que “Europa se ha encarcelado a sí misma… por miedo a decir cosas que para nada son incorrectas sino verdades comunes, evitando enfrentarse a sus propias responsabilidades”.

Pera también es claro a la hora de hablar sobre la falta de interés de Europa por defenderse ante el Islam radical. Se pregunta:

“¿Los europeos entienden que su propia existencia está en juego, que su civilización ha sido elegida como objetivo de destrucción y que su cultura está siendo atacada? ¿Entienden que lo que están llamados a defender es su propia identidad? ¿A través de su cultura, educación, negociaciones diplomáticas, relaciones políticas, intercambios económicos, diálogo, desde la tribuna y también, si fuese necesario, a través de la fuerza?”.

En Sin Raíces, Ratzinger, adoptando una idea de Toynbee, propone que cualquier renovación de la moral civilizadora europea, sólo puede ser llevada a cabo por “minorías creativas” que harán frente al secularismo, como la ideología de facto europea, de manera que suponga un reencuentro con la herencia religiosa y moral judeo-cristiana europea.

Marcello Pera sugiere que el “trabajo de renovación que es necesario hacer… sea hecho por cristianos y secularistas juntos”. Ese trabajo, escribe, significará el desarrollo de una “religión civil que puede imbuir sus valores a través de la larga cadena que va del individuo a la familia, grupos, asociaciones, la comunidad y la sociedad civil, sin pasar por los partidos políticos, programas de gobierno, y la fuerza de los Estados y por tanto sin romper la separación, en la esfera temporal, de la Iglesia y el Estado” (el énfasis aparece en el documento original).

La propuesta de Pera para esta “religión civil” queda un tanto vaga, pero en febrero sus trazos quedaron algo más claros cuando lanzó un movimiento nuevo llamado “Para Occidente, la Cuna de la Civilización”.

El manifiesto del movimiento empieza describiendo con cierta rapidez las dos guerras culturales de Europa, pasa a afirmar que la civilización occidental es “una fuente de principios universales e inalienables”, y compromete a sus firmantes (que incluye una gama de políticos e intelectuales de centro-derecha) a un amplio programa de renovación: “quitar al terrorismo toda justificación y apoyo”; integrar inmigrantes “bajo la denominación de valores compartidos”; apoyar “el derecho a la vida desde la concepción hasta el momento de la muerte natural”; desmontar la burocracia innecesaria; “afirmar el valor de la familia como una sociedad natural basada en el matrimonio”; fomentar en todo el mundo “la libertad y la democracia como valores universales”; mantener la separación institucional entre la Iglesia y el Estado “sin caer en la tentación secular de relegar la dimensión religiosa únicamente a la esfera individual”; promover un pluralismo sano en la educación. El manifiesto concluye con un llamado a la lucha y una advertencia: “Las personas que olvidan sus raíces no pueden ser libres ni respetadas”.

Queda por ver si iniciativas similares a las de Marcello Pera, o análisis similares, han avanzado en paralelo con el papa Benedicto, y pueden empezar a ser aceptadas por parte de la alta cultura en Europa. Algunos argumentarán que es demasiado tarde, que el punto de equilibrio demográfico ya ha llegado y que, como apuntó Mark Steyn con “la población que viene ya en su lugar, el Islam, la única pregunta que cabe es cuán sangrienta será la transferencia de los activos inmobiliarios”.

Pero si las dos guerras culturales de Europa no tuvieran éxito en la aparición de “Eurabia” (en palabras de Bat Ye’or), algo que se parezca a la iniciativa de Pera tendrá que indicar el camino, y pronto.

El camino alternativo al futuro de Europa se definió, de manera gráfica y a la vista de todos, en agosto de 2005 a la muerte de Robin Cook, quien fuera ministro de Asuntos Exteriores británico (y crítico de la guerra de Irak). El funeral, que tuvo lugar en el histórico St. Giles de Edimburgo, fue presidido por el obispo Richard Holloway, entonces primado de la Iglesia Episcopaliana de Escocia, y quien unos años antes había escrito un libro que intentaba reconciliar a sus lectores con lo que él denominaba la “masiva indiferencia del universo”.

Tras el funeral, Holloway lo describió de esta manera: “Aquí estoy yo, un anglicano agnóstico, oficiando un funeral en una iglesia presbiteriana, para un político ateo muerto. Y pienso que esto es realmente maravilloso”.

El nihilismo arraigado en el escepticismo –propagándose en la mala fe del relativismo moral–, y el auto-odio occidental, conformándose con un humanitarismo vacío: no sólo no es maravilloso, sino que además ha contribuido a matar a Europa desde un punto de vista demográfico, y a paralizarla ante una ideología agresiva que apunta a la erradicación del humanismo occidental en nombre de un entendimiento mortalmente distorsionado de lo que Dios quiere.

Aquellos que quieren a Europa, por lo que significó y aún puede significar para el mundo, ya pueden esperar que Marcello Pera y sus aliados, y no el obispo Holloway y sus compañeros buenistas y nihilistas, sean quienes prevalezcan en la lucha por resolver las dos guerras de Europa.

Autor: George Weigel
Este artículo apareció originalmente en Commentary (Nueva York), mayo de 2006, y se publica en Criterio con permiso de los editores.
Traducción: Carlos Paternina.




1 comentario:

  1. Está bien eso de progenitor A y progenitor B: el caso es, "como en todo", no llamar a las cosas por su nombre y provocar la desigualdad tratando "a todo el mundo por igual". De Galicia me llegó la frase: "se nos mean encima y nos quieren hacer creer que llueve".

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