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30.9.08

La tiranía de la penitencia. (Pascal Bruckner)


Autor: Pascal Bruckner
Ariel. Barcelona (2008).


La rememoración continua de las atrocidades hístoricas ha generado, según Bruckner un patológico sentimeiento de culpa en los países occidentales

El ensayista francés Pascal Bruckner retoma en este libro uno de los temas que desarrollara un cuarto de siglo atrás con El lamento del hombre blanco: el enfermizo auge de la mala conciencia en Occidente, sobre todo en Europa, acerca de su pasado, especialmente el colonial.

De este modo Europa se flagela echándose voluntariamente la culpa de todas las atrocidades cometidas con los pueblos no europeos, y en esta autocrítica masoquista y paralizadora de energías vitales es frecuente el recurso a las comparaciones forzadas con el Holocausto.

En consecuencia, del pasado europeo se retiene lo más negro elevado a la categoría de crimen contra la humanidad, que nunca prescribe y esto permite pronosticar al autor que el siglo XXI desbordará en pleitos e indemnizaciones. Europa lleva camino de quedarse cautiva de las páginas más negras de su historia. Sus valores le permitirían superarlas, tal y como demostraron los líderes de la integración europea en la posguerra. Pero su sentimiento de culpa, paralelo al desprecio por sus auténticas raíces, la lleva por las arenas movedizas del relativismo, multiculturalismo, y en definitivo, de ese “buenismo” posmoderno que caracteriza a algunos gobiernos y sociedades europeas.

Bruckner es uno de esos hombres de izquierda, que ve que los suyos se han ido alejando de los ideales del racionalismo ilustrado para llegar a posiciones irracionalistas y emotivistas. Esto es compatible con un individualismo de ansias satisfechas, lo que inevitablemente lleva a un conformismo que nunca se hubiera atribuido a la izquierda.

Bruckner incide también en uno de los rasgos de la actual sociedad europea, desarrollado en ensayos anteriores como La euforia perpetua. Se trata del infantilismo, plasmado en la expresión “sociedad-cuna”, en la que todos quieren sentirse mecidos, y que se caracteriza por que el individuo cree que la sociedad, representada por el omnipresente Estado providencia, le debe todo. El autor reconoce la dificultad de luchar contra la idea de la vida como una fiesta permanente, en la que hay infinidad de derechos y escasas responsabilidades.

Al igual que otros intelectuales franceses –Lipovetsky, Finkielkraut, Glucksmann–, Bruckner presume de ser políticamente incorrecto, y también lo es en los temas de política exterior. Entre otras cosas, se atreve a señalar que la principal diferencia entre Europa y Estados Unidos es que este último país siempre es capaz de reinventarse a sí mismo para salir de sus crisis, se llamen Vietnam o Irak. En cambio, la Europa masoquista y acomplejada es incapaz de hacerlo, por mucho que presuma de que sus reacciones son más maduras.

Para entender a Europa

Pascal Bruckner muestra cómo los europeos se ven a sí mismos como "el enfermo del planeta", cuya enfermedad origina cada problema que tiene el mundo no-occidental (lo que él llama el Sur). En cuanto el hombre blanco puso el pie en Asia, África o América, la muerte, el caos y la destrucción siguieron los pasos. Los europeos se creen nacidos del estigma: "El hombre blanco ha sembrado de dolor y ruina los lugares a donde ha ido". Su piel blanca avisa de su deficiencia moral.

Por Daniel Pipes

"Nada es más occidental que el odio a Occidente". Eso escribe el novelista y ensayista francés Pascal Bruckner en su obra La tyrannie de la pénitence (2006), hábilmente traducida al inglés por Steven Rendall y recientemente publicada por Princeton University Press como La tiranía de la culpa: un ensayo del masoquismo occidental". Todo el pensamiento moderno", añade, "se puede reducir a denuncias mecánicas de Occidente, haciendo hincapié en la hipocresía, la violencia, y la abominación de éste último".

Portada de "La tiranía de la culpa: un ensayo del masoquismo occidental", de Pascal Bruckner.

Exagera, pero no mucho.

El autor muestra cómo los europeos se ven a sí mismos como "el enfermo del planeta", cuya enfermedad origina cada problema que tiene el mundo no-occidental (lo que él llama el Sur). En cuanto el hombre blanco puso el pie en Asia, África o América, la muerte, el caos y la destrucción siguieron los pasos. Los europeos se creen nacidos del estigma: "El hombre blanco ha sembrado de dolor y ruina los lugares a donde ha ido". Su piel blanca avisa de su deficiencia moral.

Estas declaraciones provocadoras sostienen la brillante polémica de Bruckner que defiende que el remordimiento europeo por los pecados del imperialismo, el fascismo y el racismo se ha apoderado del continente hasta el extremo de ahogar su creatividad, destruir su autoconfianza y agotar su optimismo.

Bruckner en persona reconoce las manchas de Europa, pero también la alaba por la autocrítica: "No hay duda de que Europa ha alumbrado monstruos, pero al mismo tiempo ha dado a luz teorías que hacen posible entender y destruir estos monstruos". El continente, sostiene, no puede ser sólo una maldición, dado que sus sublimes logros complementan sus peores atrocidades. Esto es lo que él llama "la prueba de grandeza".

Paradójicamente, es la misma disposición de Europa a reconocer sus defectos lo que suscita el auto-odio, porque las sociedades que no practican la introspección no se laceran. La fuerza de Europa es así su debilidad. Aunque el continente "más o menos ha vencido a sus monstruos" como la esclavitud, el colonialismo o el fascismo, decide revolcarse en el peor de su historial. De ahí el título del libro, La tiranía de la culpa. El pasado, con su violencia y agresión, se congela en el tiempo, una carga de la que los europeos nunca esperan zafarse.

El Sur, por el contrario, es considerado inocente a perpetuidad. A medida que el colonialismo se desvanece en el olvido, los europeos se culpan valientemente de la difícil situación de los pueblos otrora colonizados. La eterna inocencia significa la infantilización los no occidentales; los europeos actúan como si ellos fueran los únicos adultos - una forma de racismo en sí misma. También ofrece una manera de anticiparse a las críticas.

Esto explica el motivo de que los europeos pregunten lo que ellos "pueden hacer por el Sur en lugar de preguntar lo que el Sur puede hacer por sí mismo". También explica el motivo de que, tras los atentados de Madrid en 2004, un millón de españoles se manifestaran no contra los autores materiales islamistas, sino contra su propio primer ministro. Y peor aún: el motivo de que vieran a los civiles españoles "desgarrados por el acero y el fuego" como la parte culpable.

Como se observa en los atentados de Madrid y en un sinfín de actos de violencia más, los musulmanes tienden a tener las actitudes más hostiles hacia Occidente, y los palestinos se cuentan como los más hostiles de los musulmanes. Que los palestinos se enfrenten a los judíos, las víctimas más graves de la criminalidad occidental, les convierte en el vehículo ideal para refutar perversamente la culpa occidental. Para empeorar las cosas, mientras los propios europeos se desarman, los judíos cogen la espada y se sirven de ella sin vergüenza.

Europa se exonera de los delitos contra los judíos ensalzando a los palestinos como víctimas, sin que importe lo virulentamente que actúen, y retratando a los israelíes como los Nazis definitivos, al margen de lo imprescindible de su legítima defensa. De esta forma la cuestión palestina "vuelve a legitimar de forma discreta el odio a los judíos". Los europeos se centran en Israel con tal intensidad que se podría pensar que el destino del planeta va a decidirse "en una pequeña franja de territorio entre Tel Aviv, Ramalah y Gaza".

¿Y Estados Unidos? Al igual que "Europa se redime del crimen de la Shoah culpando a Israel, [también] se exonera de los pecados del colonialismo culpando a Estados Unidos". Excomulgar a su vástago estadounidense permite a Europa pavonearse. Por su parte, Bruckner rechaza esta salida fácil y expresa su admiración por América y su orgullo del país. "Mientras América se reafirma, Europa se cuestiona". También señala que, en caso de necesidad, los condenados de la tierra invariablemente recurren a Estados Unidos y no a la Unión Europea. Para él, Estados Unidos es "el último gran país de Occidente".

Él espera que Europa y América cooperen de nuevo, porque cuando lo hacen, "logran resultados maravillosos". Pero sus propias evidencias apuntan lo improbable de esa perspectiva

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