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16.3.06

La extensión del fanatismo.

Maldita Yihad

"Durante décadas el islamismo radical ha ido ganando posiciones en el mundo islámico por diversas causas, unas por el simplismo y atractivo que tiene el mensaje del odio y el fanatismo, y otras también por errores estratégicos, de cálculo y de análisis de Occidente".

El primero de esos errores es el de la complacencia que, en algunos momentos, se ha tenido con los movimientos religiosos ultraconservadores, por creer algunos analistas y servicios de inteligencia que podían llegar a ser un eficaz elemento de contrapeso y compensación en su lucha contra la extrema izquierda. Lamentablemente cinco décadas de guerra fría enmascararon a algunos de los peores enemigos que estaban empezando a desarrollarse tras el disfraz de la tensión entre bloques.

El segundo es un cierto grado de imprudente corrección política, que junto a los complejos nos ha anestesiado. Por eso se ha cedido demasiado, casi siempre, con los ideólogos de estos bárbaros. Algunos han querido ver síntomas de humanidad y de progresía en las ideas de alguno de estos «intelectuales».
Otros, han querido ir más lejos, hasta intentar redimirlos, abriéndoles nuestras puertas, desde la temeridad y la estupidez que, sin embargo, era incapaz de ocultar el paternalismo progre eurocéntrico.

Entre los más repugnantes defensores del horror y del fanatismo, aunque eso sí, con muy buenas maneras, se encuentran Hassan Al Tourabi y Tariq Ramadan, a quien las autoridades británicas acaban de prohibir la entrada en el Reino Unido.
El primero ha perdido toda credibilidad y prestigio por su clara vinculación con el establecimiento de Al Qaeda y su líder Bin Laden en Sudán. El segundo sigue siendo, lamentablemente, invitado profusamente a universidades y foros de pensamiento europeos, donde es aplaudido y homenajeado como una «voz moderada». Así nos va.

El tercero es haber dado cobijo a ciertos líderes ultrarradicales del islamismo que han hecho de ciertas ciudades europeas su centro de propaganda y de extensión del fanatismo.
Los gobiernos y servicios de inteligencia de algunos de estos países creyeron que tenerlos controlados era mejor que no hacerlo, y que se les controlaba más eficazmente teniéndolos cerca. Sin embargo, resulta ingenuo creer que éstos vayan a ordenar directamente los atentados de forma pública, y mucho menos cometerlos personalmente.

La espeluznante realidad es que han estado predicando el odio, la barbarie y el terror desde sus púlpitos y algunos desde sus cátedras, sin que prestáramos la suficiente atención. Así nacieron las expresiones Londonistán o Paristán, entre otras, que han sido tan duramente criticadas y profusamente comentadas con ocasión de los bestiales atentados del 7 de julio.

El cuarto es que no hicimos los deberes cuando aún era posible favorecer e impulsar una evolución política positiva en el mundo islámico. Hace veinte años el islamismo radical era un fenómeno muy minoritario y, en ocasiones, claramente encapsulado en ciertas zonas del mundo islámico, con especial incidencia en unas ciudades y provincias concretas de estos países.

Debimos haber trabajado más y más intensamente cuando eran entre el 5 y el 15 por ciento. Hoy los mayores expertos nos recuerdan que más del 30 por ciento de los creyentes se sienten de alguna forma identificados con todas o bastantes de las ideas del islamismo radical.
Esto quiere decir que un tercio de los creyentes comparte criterios ideológicos y metodológicos del yihadismo. Esto no quiere decir que todos ellos sean terroristas o terroristas potenciales, sin embargo sí quiere decir que la base de reclutamiento del radicalismo ha crecido espectacularmente.

El 30 por ciento que maneja Richard Clarke en su reciente libro «Cómo derrotar a los yihadistas», se queda corto en algunos países. Si en Arabia Saudí, por ejemplo, llegaran a celebrarse mañana elecciones libres por sufragio universal, no ganaría un partido islamista radical, podría llegar a ganar un terrorista como Bin Laden.

Por eso, a quienes se empeñan en forzar la máquina de la revolución frente a quienes propician las fórmulas de la evolución paulatina, hay que recordarles que la ruptura política en estas delicadas circunstancias sería desastrosa en primer lugar para esos países, pero también para las democracias más avanzadas del planeta.

Por otra parte, conviene subrayar igualmente que los islamistas, así como también sectores políticos moderados opuestos frontalmente al islamismo, recuerdan a Occidente de manera insistente que a lo largo de estas últimas décadas hemos apoyado a regímenes dictatoriales y/o autoritarios, lo que ha contribuido a fomentar la desconfianza hacia Occidente y, en algunos casos, el odio hacia nosotros.

Para los islamistas, todos los gobiernos de esos países son corruptos, antiislámicos, impíos y apóstatas. Todas estas acusaciones son extraordinariamente eficaces para desprestigiar y socavar la autoridad de los regímenes no islamistas, especialmente si son pro occidentales.

Frente a la complacencia de algunas izquierdas con el crecimiento del islamismo radical, al que algunos despistados consideran una forma de progresía reformista, hay que oponer la cruda realidad de la barbarie que representa esta ideología y, que de tener oportunidad, instalaría la más feroz de las dictaduras, supuestamente teocráticas, iniciando una violenta represión sin precedentes en esos países.
Se convertirían, además, en Estados criminales, que servirían de base, fomento y apoyo del terrorismo yihadista, en contra del resto de los países islámicos y contra las democracias del mundo. Menudo panorama.

El quinto es que en Occidente seguimos hablando ingenua y temerariamente de razones y de causas del terrorismo. Es increíble que alguien pueda creer, en el Siglo XXI, que de verdad hay razones que hayan desencadenado tanto odio.

Hablar de teorías como la del mar de injusticia universal, como decía en un reciente artículo el presidente del Gobierno español, basarlo, de manera simplista, en la pobreza y el conflicto árabe israelí, no hace más que llenar el zurrón de los pretextos y de las excusas que esgrimen con maquiavélica habilidad los pensadores del terror.
¿Es que acaso alguien puede creer de verdad que, si desaparecieran todas las causas y todos los problemas que han servido de pretexto a los terrorismos durante tantas décadas, su violencia y su barbarie desaparecerían?
Pues no, se apresurarían a inventarse nuevas «causas» y nuevas «razones» para seguir reclutando terroristas a través de la incitación al odio. Francia se opuso a la guerra de Irak, pero fue declarado país objetivo de los islamistas por muchas otras «razones», como la prohibición del uso en las escuelas públicas del hijab (pañuelo islámico) o por su pasado colonial. No podemos seguir alimentando la máquina de justificaciones del terror.

El sexto es que algunos países de Occidente siempre creyeron que «eso», el terrorismo, le ocurría a otros. Muchas sociedades se han mostrado escandalosamente insolidarias, inconscientes o insensibles ante los problemas de terrorismo de otros países durante los años ochenta y noventa.
Otros estaban persuadidos de que mirando hacia otro lado, no destacando demasiado o incluso siendo complacientes, los dejarían en paz. A este respecto conviene recordar lo que decía Churchill de los apaciguadores: «El apaciguador es aquel que alimenta al cocodrilo esperando ser el último en ser devorado».
El cocodrilo de hoy es el terrorismo fanático, y la ideología que lo alimenta, el islamismo radical, y todos los fanatismos e intolerancias que fomentan la violencia y la opresión. A ese cocodrilo ni se le puede ni se le debe domar, es un disparate alimentarlo y lo que hay que hacer es derrotarlo.
La bestia del terror y del fanatismo se alimenta de apaciguamiento y de cobardía, se regocija y se fortalece con la mezquindad, se ríe de las confrontaciones entre demócratas, que nos hacen más débiles, y sólo se sacia con el poder total.

Algunos movimientos antiglobalizadores y ciertas izquierdas han conformado lo que ya hemos denominado la emergente alianza antisistema. Pero lo que es peor es que algunos, supuestamente moderados, no hayan censurado, con suficiente valentía, las acciones de estos grupos. De hecho, los movimientos antiglobalizadores y sus aliados, manifiestan públicamente su simpatía por islamistas radicales e incluso por el yihadismo, pues consideran que tienen enemigos comunes: La democracia, la economía social de mercado, en definitiva, al mundo libre y avanzado.

Hoy, ahora, no mañana, aunque hubiese sido mejor que fuese ayer, tenemos que unirnos frente a un monstruo desalmado que crece a velocidad vertiginosa. Este monstruo es el enemigo común de Oriente y de Occidente; de musulmanes, cristianos, judíos o agnósticos; de europeos, africanos, asiáticos o americanos. Es una lacra abyecta que debe ser extirpada con firmeza, tenacidad y determinación. Y que nadie crea que el brutal rayo del terror no cae dos veces en el mismo lugar. Siempre buscarán el mayor impacto y efecto.
Para el terrorismo no existe el non bis in idem.

Por Gustavo de Arístegui

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