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18.11.07

La imperativa homogeneidad étnica

Uno de los prejuicios más extendidos actualmente es que la mansedumbre hacia los inmigrantes, el antirracismo militante, la discriminación positiva, etc..., serían conformes a la tradición humanista europea.

De ahí que los "derechos del hombre", abusivamente imputados a esta tradición humanista, se opondrían a los riesgos de la tiranía inducidos por las doctrinas de la preferencia nacional o de la preferencia étnica. Se trata aquí de un desvío de tradición.

Los "derechos del hombre" son un simulacro desfigurado del humanismo clásico. Hay que sostener, por el contrario, que el humanismo clásico y en especial el helénico defienden la Ciudad (la sociedad) como un conjunto étnico homogéneo. Al contrario, el humanitarismo multiétnico se opone de frente a la tradición democrática heleno-europea y no sabría desembocar más que sobre la desarmonía social y el despotismo.

Las raíces de la democracia y del bien-vivir juntos de la filosofía griega estaban fundadas sobre las nociones de homogeneidad de origen de la Ciudad, y de separación rigurosa entre los ciudadanos y los "metekoï", los extranjeros. En su "Política", Aristóteles se enfrenta a la noción de apátrida, de "ciudadano del mundo", tan en boga en la ideología cosmopolita moderna, en definitiva el individuo abstracto y sin raíces que tiene el derecho de instalarse adonde le plazca.

"La Ciudad forma parte de las cosas naturales y el hombre es por naturaleza un animal político. Aquél que no tiene patria es o bien un ser degradado, o bien un ser por encima de las normas humanas. Es cómo aquél que es injuriado por Homero, sin linaje, sin ley, sin hogar", expone el filósofo griego. En la democracia ateniense clásica, donde el impuesto directo no existía porque era considerado tiránico, únicamente los metecos ("metekoï", extranjeros residentes, la expresión no era peyorativa) pagaban una contribución por precio de su aceptación en la Ciudad. Situación totalmente inversa a la nuestra en que atraemos a los extranjeros con prestaciones sociales y facilidades negadas a los ciudadanos.

El respeto de los griegos hacia la ley ("oï nomoï") hubiera sido incompatible con una declaración universal de los derechos del hombre abstracto y sin raíces, como con la infracción permanente a las leyes del Estado que vienen a ser las regularizaciones administrativas de los ilegales o la negación de expulsar a los delincuentes extranjeros por humanitarismo, lo que constituye un acto tiránico hacia los ciudadanos y el legislador democrático.

Pericles, que no es sospechoso de pre-fascismo, endureció en Atenas la noción considerada hoy como diabólica de preferencia nacional, o más exactamente de preferencia étnica. Rechazando toda noción de derecho de suelo (es ateniense quien nace en Atenas), reforzó por el contrario el derecho de sangre. Hizo votar que para ser ateniense el niño había de tener sus dos progenitores y no sólo uno de ellos, de ciudadanía ateniense. En esa época, los tiranos, como en Siracusa, eran reputados por utilizar el derecho de suelo, es decir naturalizar en masa a los extranjeros, para submergir al pueblo autóctono y abolir toda democracia. Es lo que ocurre hoy. Si en un diálogo imaginario Pericles se encontrara con los dirigentes inmigracionistas actuales franceses, los trataría sin duda de aprendices de tiranos.

Los griegos inventaron el concepto de "philia": es la fraternidad, la benevolencia jerarquizada, una suerte de amistad que une a los ciudadanos entre ellos, conforme al orden natural. Se ejerce en primer lugar en el seno de la familia, después con los amigos y finalmente con los compatriotas. Según Aristóteles "Está claro que mejor vale pasar la jornada con amigos y personas excelentes que con extraños y con fulanos". Esa "philia" helénica se opone evidentemente a los preceptos evangélicos impracticables del "Todos los hombres son mis hermanos". La "philia" helénica es humanista pero no igualitaria, jerarquizada, conforme a la naturaleza. Prefiero a mi hermano de sangre al extranjero, pero nunca pensaría en hacer daño al extranjero apacible. Y este actuará de la misma manera conmigo, en su propia comunidad, en su país. El humanismo inigualitario respeta el orden natural y no miente. El humanismo igualitario y utópico miente. Desemboca en la tiranía, ese infierno empedrado de buenas intenciones.

Es esa tiranía que nos arriesgamos a tener pronto, como consecuencia posible de una guerra étnica que asoma ya en el horizonte. Aristóteles evoca esa guerra civil, le achaca las mismas causas y al mismo tiempo propone una definición étnica, es decir humanista, de la Ciudad: "Es factor de guerra civil la ausencia de comunidad étnica mientras tanto los ciudadanos no respiran de un mismo aliento. Es por ello que , entre los que hasta hoy han aceptado a extranjeros para fundar una Ciudad con ellos o para integrarlos a la Ciudad, la mayoría han padecido guerras civiles". Buena descripción de las cuestiones actuales, de eso hace 2400 años...

Una Ciudad armoniosa no puede ser fundada , según Aristóteles , más que sobre la próximidad étnica y cultural. En su obra histórica y filosófica, Aristóteles expone, como Tucídides, todos los desastres a los cuales han llevado el acogimiento excesivo de extranjeros y el derecho de asilo sistemático en el seno de las ciudades griegas. Los samianos recibidos por los habitantes de Zancle (actual Messina) y que terminan siendo expulsados, las gentes de Amphipolis rechazados por los colonos de Chalcia que los habían aceptados imprudentemente, los siracusanos librados a una guerra civil con los mercenarios extranjeros que habían enrolado, lo mismo en Bizancio, lo mismo en Antisa, donde los refugiados de Chios, vueltos sediciosos, tuvieron que ser expulsados militarmente, etc... Notemos, pues, que un pueblo demasiado acogedor puede ser echado de su casa.
Lo hemos visto hace poco en el Kosovo serbio, donde los albaneses, vueltos superiores en número, se han adueñado por la violencia de una tierra ajena, lanzando al éxodo a sus legítimos dueños. Lo veremos, sin duda dentro de no mucho, en algunas provincias francesas.

Todo el humanismo histórico y filosófico de la antiguedad clásica, no cesa de repetir esa evidencia que el humanitarismo moderno ha olvidado: mezclar los pueblos es contrario a la armonía humana y divina. Aristóteles explica: "Al igual que en la guerra, el cruce de rios, incluso desdeñables, disloca a las falanges, también toda heterogeneidad en una Ciudad provoca conflictos interiores". Una Ciudad debe ser por lo tanto homogénea desde el momento en que reposa sobre la libertad de los ciudadanos. Únicamente las tiranías, como los imperios de Oriente o de Egipto pueden permitirse el tener pueblos heterogéneos bajo su autoridad.

Es cierto que la heterogeneidad actual de la población francesa mina totalmente las bases de la libertad (y de la "república" en el sentido romano), cuestiona la democracia al introducir privilegios sociales indebidos, ventajas y preferencias abusivas e ilegitimas hacia los extranjeros y destruye la universalidad de la ley al introducir reglamentos comunitarios y étnicos particulares.

Para el humanismo clásico, que olvidara el Bajo Imperio en provecho del universalismo cosmopolita cristiano, el fundamento de la libertad de los ciudadanos es la homogeneidad de la Ciudad. La tiranía de tipo oriental del Imperio romano en sus últimos tiempos estaba ligado en gran parte a su excesivo mosaíco étnico. Pretender conciliar, como se cree hoy posible, una Francia multirracial y una Francia democrática es una ilusión, es como querer la unión de la sardina y el conejo. Como lo vió Aristóteles, una Ciudad multiétnica desemboca en la tiranía o en la anarquía.

Por Guillaume Faye

(Allí donde G.Faye dice Francia o francés, igualmente puede ser España/español o Europa/europeo).

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