10.12.05

¿Ideología totalitaria? ¿Nazismo Islamico?

A raíz de los atentados terroristas se ha iniciado un debate en toda Europa, que será largo y profundo, sobre los límites y el equilibrio entre libertad y seguridad.
En palabras del Ministro del Interior británico, la seguridad de poder viajar en metro sin peligro es más importante que el derecho a la privacidad de determinados datos sobre comunicaciones entre particulares.
Así pues, se trata de analizar qué libertades tenemos que aceptar que se restrinjan en beneficio de nuestra seguridad. Y en eso están, y seguirán, políticos y medios de comunicación europeos, con planteamientos diferentes y a veces contrapuestos.

A mi modesto entender, el planteamiento de partida es erróneo. No se debe comenzar a pensar en limitar nuestros derechos y libertades, sino en los de quienes se benefician de ellos para atacarnos masivamente. Sólo después de pensar y probar esta primera medida, y en relación con ella misma, habría que pensar en generalizarla si es necesario.

Es un hecho histórico fuera de toda duda que la inmensa mayoría de los alemanes durante el III Reich tuvieron connivencia con los nazis, o al menos con sus planteamientos. Por devoción o por obligación, pero lo hicieron.
Sin embargo, también es un hecho cierto que la mayoría de alemanes no masacraron judíos o comunistas en los campos de concentración.
Sin embargo, al terminar la guerra, los Aliados impulsaron un proceso de desnazificación sin contemplaciones en el que en principio todos los alemanes eran sospechosos de ser nazis o de haber colaborado con ellos.

La tolerancia cero con el nazismo obligaba a practicar procedimientos con los alemanes que EE.UU. o el Reino Unido jamás hubieran tolerado para sus ciudadanos. Pero todo el mundo tenía claro, tras comprobar la magnitud de los horrores del nazismo y la actitud hacia el mismo de los alemanes, que el fundamento jurídico de las democracias, la presunción de inocencia, no era de aplicación a los alemanes. Incluso para conseguir un trabajo un alemán tenía que aportar un certificado expedido por las autoridades de ocupación que manifestara que no tenía pasado nazi. Sin él era imposible trabajar y, lógicamente, la vida era durísima para los que no lo tenían.

Así, durante unos cuantos años, los que duró el proceso de desnazificación, en la Alemania ocupada por los Aliados occidentales los derechos y libertades democráticas no existieron para los alemanes, y sólo después de finalizado el proceso y delimitadas las responsabilidades se pudo iniciar la democratización de la sociedad, aunque la ideología nazi continuaba siendo perseguida con total severidad. Para ella no había libertad, lógicamente.

Incluso hoy día, muchos años después, todas las sociedades democráticas europeas prohíben expresamente la difusión de esa ideología e incluso la utilización de su simbología característica, basándose, como es lógico, en su carácter totalitario y contrario a los derechos humanos y a las propias libertades democráticas.

Con estos antecedentes, cabe preguntarse si no debiéramos plantearnos algo similar con la ideología islámica, a la vista de las terribles agresiones masivas que en su nombre se perpetran y de la amenaza continua que representa para nuestras libertades. Es decir, tenemos el derecho y el deber de analizarla para comprobar si se trata, al igual que el nazismo, de una ideología totalitaria, contraria a los derechos humanos y a las libertades democráticas. Porque si llegáramos a responder positivamente a esta cuestión, estaríamos tan legitimados para prohibir su difusión y la utilización de sus símbolos como en el caso del nazismo.

Para mí la clave para encontrar la respuesta a esta cuestión se encuentra en el Corán y en el reconocimiento de la propia comunidad islámica, la unma, de su carácter de ley de obligado cumplimiento para los musulmanes.
Pero lo esencial es esta segunda parte. No hay diferencias significativas entre los contenidos del Corán y de la Biblia, obviamente, ya que el primero fue redactado a partir del segundo, con textos a menudo similares.
Pero mientras la Biblia no es Ley en ningún país occidental avanzado, el Corán sí que lo es en todas las teocracias islámicas y además está en expansión. Este es un serio problema.
El Corán es un manifiesto ideológico, político, social, económico y jurídico que configura la vida diaria de los musulmanes y las relaciones de éstos entre sí y con los infieles. En el que se funden lo político y lo religioso, lo público y lo privado. Lo que se trata, por tanto, es de averiguar si esas relaciones responden o no a los principios del totalitarismo, de la negación de los derechos humanos y de la democracia. Porque si así fuera, éste y no otro debe ser el punto de partida de nuestra respuesta.

He leído que el padre de uno de los yihadistas del 7-J decía, absolutamente estupefacto: “He sido toda mi vida un buen musulmán y he procurado integrarme. No entiendo cómo ha pasado esto.” A la vista de su forma de vida en Inglaterra, lo segundo es absolutamente cierto. Lo que quizá sea dudoso a los ojos de muchos islamistas es lo primero.
Y es aquí donde radica el verdadero problema. Probablemente nunca sabremos si su hijo le consideraba un buen musulmán, lo que sería determinante para comprender el problema al que nos enfrentamos. Pero sí sabemos que muchos imanes considerarían que su hijo es mucho mejor musulmán que su padre, ya que practicó la yihad exterior, lo que no hizo el padre.
Tengo entendido que ser musulmán es relativamente fácil, pero mucho más difícil es ser buen musulmán, a lo que sin embargo todo musulmán está obligado.

En las teocracias musulmanas la fusión de lo político y lo religioso, de lo público y lo privado ha llevado incluso a la existencia de una policía moral.
En las sociedades occidentales, los buenos musulmanes piensan que se encuentran indefensos ante las continuas agresiones morales a que son sometidos por nuestras costumbres infieles. Las toleran, como no puede ser menos, pero les gustaría acabar con ellas, y si alcanzan poder político suficiente, luchan por implantar su ley moral.
Sirva como ejemplo que en varias localidades francesas, como Lille, han conseguido que piscinas municipales tengan horario sólo para mujeres, durante el cual incluso los trabajadores masculinos salen de las instalaciones. La brutal discriminación sexual, completamente contraria a los derechos humanos, está interiorizada por los buenos musulmanes.
Estos pueden proclamar en las sociedades occidentales que no discriminan a las mujeres, porque no es políticamente correcto decir lo contrario. Pero en su fuero interno saben que no es así, porque el Corán establece de forma inequívoca que hombres y mujeres no son iguales, ni ontológicamente ni ante Alá.

Otro aspecto importante del islamismo se ha manifestado también el 7-J: su voluntad proselitista. Sorprendentemente, el cuarto y último yihadista identificado por la policía era un joven británico de ascendencia jamaicana. No es de extrañar la tardanza de la policía en hacerlo público. Es que resulta muy difícil de imaginar un jamaicano yihadista.
Pero es un hecho innegable: fue proselitizado para la causa y es responsable de numerosas muertes. De la misma manera que es innegable que en la mayoría del mundo el Islam está es expansión y aumenta geométricamente el número de yihadistas.

La teocratización no es patrimonio del islamismo. La cristiandad sabe mucho de esto, porque durante siglos también ha operado con ella, la Inquisición es buena muestra. Pero, a partir de la Ilustración, las sociedades occidentales se fueron liberando de esta lacra que atenta contra lo más esencial del ser humano: su libertad y autonomía. La Ilustración propuso a la humanidad salir de su culpable minoría de edad.

Pero la ideología islámica obliga a los humanos a seguir en minoría de edad y la fusión del poder político y religioso garantiza la represión del que se resista. El Islam no ha tenido una Ilustración. El lema kantiano “Atrévete a saber” carece de sentido para ellos, porque para el buen musulmán profundizar en el conocimiento es profundizar en el conocimiento del Corán. No es de extrañar, a la vista de esto, que el desarrollo de la ciencia y la tecnología, pero también de la política y la sociedad, haya tomado caminos muy diferentes en Occidente y en el Islam.

Y si el Islam no ha tenido una Ilustración, menos aún ha tenido unas revoluciones americana, francesa y rusa. Libertad, autonomía, igualdad, derechos individuales, justicia social y fraternidad entre todas las personas con independencia de su nacimiento, raza, sexo y creencias constituyen un estado civilizatorio del que el Islam no participa en absoluto. Es más, es que se encuentra en franca contradicción con la ley islámica en cuestiones fundamentales sobre derechos humanos y desarrollo democrático.

Esto es algo que debe preocupar por igual a musulmanes moderados y a occidentales, en una aldea global en la que la circulación de personas, ideas, dinero y productos es cada vez más rápida, en la que se desdibujan las fronteras físicas y existe gran interpenetración social, política y económica.
La existencia de una mayoría islámica en estado civilizatorio incompatible con el desarrollo citado (aunque utilice buena parte de sus logros técnicos) tiene que ser resuelta por los propios islámicos, encabezados sus líderes político-religiosos.

Tienen que hacer su propia Ilustración, sus propias revoluciones similares a las americana y francesa. ¿Cómo? Como puedan, como quieran, pero que las hagan. Porque si no ponen ellos en marcha un proceso radical de separación entre lo religioso y lo político, entre lo privado y lo público, que lleve aparejado cambios igualmente radicales en su sociedad en todos los ámbitos, seremos los occidentales los que nos veremos en la obligación de hacerlo. En propia defensa y para frenar el expansionismo islámico, el expansionismo de un estado civilizatorio que no se corresponde con las posibilidades del ser humano y con las realidades del s. XXI.

Y, mientras tanto, tenemos también la obligación de frenarlo en el seno de nuestras propias sociedades. En la U.E. se calcula que hay unos veinte millones de musulmanes, de los que la inmensa mayoría es practicante y una tercera parte simpatiza expresamente con las prácticas terroristas como expresión de la yihad. Esto es, en mi opinión absolutamente intolerable.

Con este caldo de cultivo, con este sustrato, lo sorprendente es que no haya más masacres terroristas. Hay que apuntarlo al buen hacer de las fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados, así como de sus servicios de inteligencia. Lo que ocurre es que alcanzar el 100% de seguridad es sencillamente imposible. Y el riesgo de que alguno de los próximos atentados se haga con armas químicas, bacteriológicas o nucleares aumenta por momentos.

Por tanto, es mi opinión que ha llegado el momento de actuar contra ese caldo de cultivo islámico posibilitado precisamente por nuestro propio estado civilizatorio de libertades y derechos. ¿Restringiendo nuestras libertades? No, en principio, sino restringiendo las de los islamistas. ¿Por el mero hecho de serlo? Sí, en principio, como se actuó así contra los alemanes, considerándolos en principio sospechosos de nazismo. Y como se sigue actuando ahora contra las organizaciones nazis o sospechosas de serlo.

Hay que conseguir que el buen musulmán no se encuentre cómodo en nuestra cultura, al revés de lo que propugnan los partidarios de la multiculturalidad y de la alianza de civilizaciones.
Nada de diferentes horarios de piscinas para mujeres y hombres, nada de vestimentas femeninas islámicas, pero ni en la escuela ni en la calle. Nada de atenciones especiales a las pacientes musulmanas para que las atiendan doctoras y no doctores. Nada de mezquitas ni crecientes. Nada de comida halal ni fiesta del cordero. Todo ello y mucho más, símbolos de una ideología totalitaria y contraria a los derechos humanos, puede y debe ser prohibido en nuestras sociedades.
Y si algún musulmán no está de acuerdo, que se vuelva a su teocracia. En mi opinión, en Occidente tienen cabida los malos musulmanes, no los buenos. Porque, desde mi punto de vista, los buenos musulmanes son malos ciudadanos de Europa en el siglo XXI. Como también sería un mal ciudadano un cruzado cristiano del siglo. XI.

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