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1.5.04

Un Islamismo racista


Cartel en autopista saudí: Carretera exclusiva para musulmanes.
Los infieles obligados a salir en la proxima salida


Un racismo que niega la historia y el sufrimiento a sus víctimas.

El imperialismo de la jihad consiste en apropiarse de toda la historia e identidad de los pueblos conquistados y arrojados a la no existencia de la dhimmitud. Es una negación total del otro, una negativa a reconocer que es un igual.

En el amanecer del nuevo milenio, el mundo se enfrenta a una cultura de odio absoluto, caracterizada por paroxismos de terrorismo contra civiles e intolerancia religiosa. Esta cultura de odio tiene múltiples dirigentes desde Argelia a Afganistán, hasta Indonesia, a través de Gaza y el West Bank, Damasco, El Cairo, Khartoum, Teherán, y Karachi. Dispersa las semillas del terrorismo desde un confín de la tierra a otro.

Este odio, que suprime la libertad de pensamiento y condena la diferencia, se denomina a sí mismo "jihad islámica". Se aproxima a textos religiosos cuya interpretación disputan otros musulmanes.
Además, las vidas de estos musulmanes están amenazadas, dado que estos musulmanes moderados desafían esta interpretación de la jihad, deseando vivir en paz con los pueblos no musulmanes y las naciones del mundo. Hay un baño de sangre continuo en Argelia. La jihad disemina la muerte y el terror en Israel. Al sur de Sudán, la jihad ha causado la muerte a unos 2 millones de personas, ha generado unas cifras de refugiados aún mayores, ha llevado a la esclavitud a decenas de miles, y ha producido hambrunas mortales.

En Indonesia, unas 200.000 muertes se derivan de la violencia de la jihad al este de Timor. Los cristianos han sido perseguidos y masacrados, y sus iglesias reducidas a cenizas por jihadistas en Las Molucas y en otras islas indonesias.
La cifra de muertos en estos ataques violentos supera los 10.000, mientras que 8000 cristianos más han sido convertidos a la fuerza al Islam, incluyendo muchos que fueron circuncidados.
Los jihadistas también cometen atrocidades en ambas Filipinas, y en estados del norte de Nigeria. Centenares de inocentes murieron cuando la jihad golpeó el Centro Comunitario Judío de Buenos Aires, en Argentina, y las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania. En Egipto, los jihadistas han masacrado a los coptos dentro de sus iglesias y aldeas, y asesinado a los turistas europeos.
Los cristianos de Pakistán y de Irán viven con el terror a las acusaciones de blasfemia, que, de ser "probadas", conllevan la pena capital.
Y un acto catastrófico de terror de jihad acabó en la masacre de casi 3000 civiles inocentes de múltiples credos y nacionalidades en Nueva York, el 11 de septiembre del 2001. Ninguna de estas víctimas era culpable de crimen alguno. Fueron asesinadas y mutiladas por odio.

Es este odio contra el que Israel está luchando. La Conferencia Mundial de Durban contra el Racismo — donde la cultura de odio fue rehabilitada, no condenada — terminó sólo 3 días antes de los ataques de terror de jihad contra el World Trade Center y el Pentágono.
Cuando se hacían propuestas condenando el Sionismo, esta conferencia animaba a la jihad, la cultura de guerra contra los infieles, al tiempo que ignoraba los principios de libertad y derechos humanos.
Esto fue racismo negacionista. La palabra "Sión", que designa la tierra de Israel y su capital, Jerusalén, existe en textos que datan de hace casi tres milenios.
Fue el Emperador Hadriano el que llamó primero al país Palestina, en el 135. En esta Palestina, el árabe no era el lenguaje común, se enseñaba la Biblia, no el Corán, y la población era principalmente judía.

Palestina fue colonizada 5 siglos más tarde por los ejércitos árabes de la jihad islámica. Muchos judíos fueron masacrados en aquel tiempo, otros deportados a Arabia como esclavos, y la población entera expropiada y reducida a la condición de dhimmis, al igual que todos los judíos y cristianos nativos de los países del sur del Mediterráneo conquistados por la jihad, incluyendo los de muchos países europeos.

¿Deben estos países conquistados por el islam — Portugal, España, Cerdeña, Sicilia, Creta, y las regiones meridionales de Francia e Italia, por ejemplo — ser considerados tierras musulmanas?.
Las conquistas turcas de la jihad impusieron la sharia hasta nada menos que el norte de Hungría y el sur de Polonia, y, en toda Europa central durante el Imperio Otomano, incluyendo regiones de Grecia, la antigua Yugoslavia, Rumania y Bulgaria, hasta el final del siglo XIX.
¿También se van a identificar esos países como tierras musulmanas, en las que los habitantes no musulmanes deben volver a la condición de dhimmis, cuyo testimonio referente a musulmanes es rechazado en los tribunales islámicos?. ¿Se les exigirá de nuevo que lleven ropa discriminatoria, como los talibanes exigían a los hindúes, o ser objeto de prohibición continua de construir y renovar sus iglesias, como los coptos de Egipto?.

Si el movimiento de liberación de los judíos en su patria ancestral se interpreta como racismo, entonces todos los movimientos de liberación de la expropiación y el esclavismo impuestos por la jihad son racistas.
Tal posición reinstaura el imperialismo de la jihad islámica, que reivindica millones de víctimas en tres continentes durante más de un siglo, deporta a un incalculable número de esclavos, y aniquila poblaciones enteras, destruyendo su historia, sus monumentos y su cultura. ¿Tienen los coptos de Egipto derecho a su historia y su lenguaje?. Los Kabili del norte de África, ¿tienen derecho a la suya?.

Debemos reconocer a todas las víctimas del racismo que genera la jihad islámica, un racismo que niega la historia, los sufrimientos, y los recuerdos a los conquistados.

El racismo árabe consiste en llamar a la Tierra de Israel, tierra árabe, mientras que no se menciona ninguna provincia, aldea, o ciudad palestina, ni Jerusalén, ni en el Corán ni en ningún texto árabe hasta el final del siglo IX.
Por el contrario, estas localizaciones se mencionan en la Biblia hebrea, que representa la herencia religiosa e histórica del pueblo judío. La Biblia, que cuenta la historia de este país, lo hace en hebreo, el lenguaje del país, y no en árabe.

El racismo palestino consiste en afirmar que toda la historia de Israel, historia bíblica, es árabe, e islámica y palestina. Los reyes y profetas de Israel eran árabes, palestinos, y reyes y profetas musulmanes, como Jesús, su familia y los apóstoles.
Esta arabización e islamización de la Biblia roba así su historia no sólo a los judíos, sino también a todo el cristianismo. Se desarrollan nuevas teologías de sustitución, transfiriendo la herencia de Israel a la palestina árabe y musulmana.

El imperialismo de la jihad consiste en apropiarse de toda la historia e identidad de los pueblos conquistados y arrojados a la no existencia de la dhimmitud. Es una negación total del otro, una negativa a reconocer que es un igual.

La batalla de Israel no es una batalla de colonos, como a algunos círculos políticos europeos les gusta afirmar, porque la propia Europa tiene una historia colonial en todos los continentes, que proyecta sobre Israel.
De igual manera, Europa proyecta su propia historia de Nazismo sobre los israelíes, vengándose así de las revelaciones de los historiadores.
La batalla de Israel no es una batalla contra el mundo musulmán, es una batalla contra el odio desenfrenado de la jihad. Los israelíes luchan por mantener su liberación del yugo de la dhimmitud, que fue impuesto para exterminar a los judíos en su patria natural.

Por eso es por lo que los cristianos, que rechazan las nuevas teologías de sustitución, se unen a Israel en esta batalla, como los musulmanes que rechazan permitir que los valores del islam sean pervertidos por la ideología de la jihad. Es mediante este esfuerzo común que la reconciliación entre pueblos puede lograrse, reemplazando la cultura de odio con una cultura de amistad.

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