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4.2.06

Ha llegado el turno del Islam.


LA UNIÓN EUROPEA NO ha de admitir excepciones en la libertad de expresión por razones ajenas al Estado de derecho que es su esencia.

De entre los muchos sobresaltos que se han producido por las viñetas sobre Mahoma en un diario danés y en un semanario noruego por lo menos cabe entresacar algo positivo.
El gratificante comportamiento, casi general, de los medios de comunicación europeos, que han abierto sus páginas y espacios a toda suerte de opiniones sobre lo ocurrido y sus consecuencias en un amplio abanico de criterios. A favor de la libertad de expresión o contra la manera de ejercer su uso. En apoyo al diario danés en cuestión, el Jyllands Posten de Copenhague, o en contra. Para reconocer que la ira levantada en el mundo musulmán es justificada o estimar que no tiene razón de ser.

La prensa europea ha aireado el asunto, consciente de la seriedad que entraña. Y si son varios los periódicos que han recogido las viñetas en sus páginas como acto de solidaridad con el rotativo danés, otros muchos han expuesto claramente su disconformidad con él. En términos generales, ha tenido acceso a opinar toda suerte de gente con capacidad para exponer su versión. Especialistas en materia de islamismo; musulmanes con o sin destacada representación religiosa; creyentes enfervorizados, en algunos casos manifiestamente integristas. Y llamamientos a la responsabilidad, a evitar exacerbar los ánimos innecesariamente.

Que este enriquecedor calidoscopio de versiones haya sido posible habla por sí mismo. Es, ni más ni menos, que la libertad de expresión en funcionamiento. Un derecho fundamental que pasa directo y real de su formulación teórica a la visualización diaria de su ejercicio. Una feliz libertad de opinión en el ágora abierta que repugna a los integristas religiosos, no sólo musulmanes.

En este contexto cobran su mejor sentido las palabras del comisario europeo de Seguridad, Libertad y Justicia, el italiano Franco Frattini: "La libertad de prensa, de expresión y de palabra, incluido el derecho a la crítica, constituyen uno de los pilares clave sobre los que la Unión Europea está fundada". Que así se reafirme reconforta, hasta tranquiliza y reconcilia con la UE, a la que en demasiadas ocasiones vemos flaquezas e indicios de falta de fe en sí misma. Este preámbulo condiciona todo lo que se pueda decir sobre lo ocurrido. Que, por lo demás, bienvenido sea.

En principio, están contrapuestas dos posiciones. Una consiste en considerar que se puede o se debe evitar el uso de un derecho fundamental, el de expresión en este caso, si de su puesta en práctica se derivan daños graves para la paz, la buena convivencia, tanto nacional como internacional. Derechos, sí. Pero midiendo bien cuando su aplicación es prudente o no. La otra posición estima que un derecho fundamental nunca puede ser inoportuno, que abstenerse de servirse de él por no herir determinadas creencias puede ocasionar un daño peor que todos los otros daños posibles: el de acabar renunciando prácticamente al derecho establecido.

Veamos ejemplos. Del primero los tenemos abundantes y clamorosos a la vista. Masas inflamadas de musulmanes en las más diversas ciudades desde Marruecos hasta Indonesia. Asalto e incendio de representaciones diplomáticas, enfrentamientos contra tropas de la OTAN en Afganistán. Muertos, heridos. La santa ira.

Los ejemplos del segundo quedan más sumergidos. No son aparatosos. Tampoco parece que haya demasiado interés en traerlos a colación. Pero los hay. Y graves. Se ha recordado, sí, que el cineasta holandés Theo van Gogh fue asesinado por haber dirigido una película que con el título de Sumisión denunciaba la ignominia del trato a la mujer en gran parte del islam. Pero ha tenido que ser una mujer originaria de la islámica Somalia, y huida de allí a Holanda para escapar de esta situación, quien ha dicho lo que se suele silenciar. Que desde el crimen contra Van Gogh, artistas, escritores, intelectuales holandeses en general se abstienen de entrar en el terreno que le costó la vida al cineasta. Y Ayan Hirsi Ali, la somalí de que hablamos, es testimonio fiable porque fue guionista del filme malhadado y, como tal, persona metida en el ambiente, del que denuncia la renuncia a un derecho cuyo uso puede costar perder la vida.

Habría que aclarar qué es peor, hacer uso de un derecho fundamental porque origina graves tensiones en un momento delicado de las relaciones occidentales con el mundo musulmán, numerosamente presente en Europa. O, por el contrario que se extienda la inhibición cautelosa de gozar de este derecho, que así está en peligro de dejar de serlo. Volvamos a la cita de Frattini sobre uno de los derechos en que se funda la UE. ¿Según ésta, cabe hablar de lo oportuno y lo que no lo es? ¿De qué otros derechos que también son pilares de la UE habrá que echar mano u olvidarlos según convenga?

Hay en este asunto un problema de léxico que tiene mucho calado. En el islam se habla de irreverencia, blasfemia, profanación. Allí, donde religión y Estado están estrechamente vinculados, son delitos legales de la mayor gravedad. Pero en un Estado oficialmente laico carecen de toda significación ante la ley. Por tanto, en éste habrá que cambiar de lenguaje. Puede que lo ocurrido sea simplemente una burla. Y si cambiamos la vara de medir, sucesivamente ofensa, injuria. O, lo que es peor: incitación al odio racial o religioso. En el caso que nos ocupa, lo último. Entramos, entonces, en el terreno de la justicia. No es el poder ejecutivo quien puede determinar, recriminar, prohibir. Ni siquiera en el caso de que exista un vacío legal sobre lo considerable delito respecto a la religión. Y en cambio la ley es claramente explícita sobre la protección de la libertad de expresión.

El presidente del Gobierno danés dijo a este respecto: "Es un principio básico de nuestra democracia que el primer ministro no controla la prensa". Aunque más tarde envió una carta a las legaciones diplomáticas de estados islámicos condenando toda expresión, acción o indicio que intente demonizar a grupos de personas sobre la base de su religión o raíces étnicas. Pero advirtiendo: ¿quién lo determina? No sirvió de nada. Ya el imán Abu Laban había proyectado su gira por varios países musulmanes para encender fanáticamente la llama de la ira santa que ha provocado el asalto e incendio de legaciones diplomáticas en Damasco y Beirut. Alguien muy concreto se ha propuesto, una vez más, que el mundo occidental sea satanizado por los musulmanes.

El caso del Jyllands Posten danés ha servido para instrumentalizar en el mundo musulmán un victimismo manipulado políticamente mediante la movilización de la gran potencialidad de la fe religiosa. Es aceptable la protesta y la indignación sin violencia. Pero no más. Y bienvenidas sean en Europa las voces que recomiendan a la prensa sentido de la responsabilidad ante "materias sensibles" como la religión islámica. Siempre y cuando tampoco pasen de ahí. Y no induzcan a borrar los límites que separan lo que supone garantías legales para la creencia, práctica y difusión de cualquier religión de lo que sería aceptación implícita de excepciones en los fundamentos de un Estado no confesional.

No confundamos. Una cosa es admitir la parte de responsabilidad que evidentemente implica a las potencias occidentales en tantos de los males que aquejan al mundo islámico. Sobre lo cual no suelo morderme la lengua. Otra cosa muy distinta es rechazar o esquivar respecto a la fe musulmana libertades que rigen, por ejemplo, respecto a la cristiana. ¿No a una caricatura de Mahoma con turbante en forma de bomba en un diario danés y sí a la figura de Cristo con un misil en la feria Arco de Madrid?

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