20.9.06

Tratamos como amigo al enemigo




“En Inglaterra los musulmanes son dos millones y en el subte de Londres no se encuentra un inglés ni por casualidad. Todos de turbante, todos de kefíeh, todos con largas barbas y el djellabah. Si se encuentra a una rubia de ojos azules, es del Cáucaso. ”





Ahora me preguntan: “¿Qué dice, qué tiene que decir de lo sucedido en Londres?”. Me lo preguntan personalmente, por fax, por e-mail, a menudo reprochándome porque hasta ahora he estado callada. Como si mi silencio hubiera sido una traición. Y cada vez sacudo la cabeza y me digo a mí misma: ¡¿qué más debo decir?!

Hace cuatro años que hablo. Que me lanzo contra el monstruo decidido a eliminarnos físicamente y junto a nuestros cuerpos destruir nuestros principios y nuestros valores. Nuestra cultura.
Hace cuatro años que hablo de nazismo islámico, de guerra contra Occidente, de culto de la muerte, de suicidio de Europa.

Una Europa que no es más Europa sino Eurabia y que con su blandura, su inercia, su ceguera y su servilismo ante el enemigo se está cavando su propia tumba.
Hace cuatro años que como una Casandra me desgañito gritando: “Arde Troya, arde Troya”, y me desespero sobre los Danai que, como en la “Eneida” de Virgilio, se propagan por la ciudad sepultada por la torpeza.
Que a través de las puertas abiertas reciben a las nuevas tropas y se unen a los grupos cómplices.

Cuatro años que repito al viento la verdad sobre el monstruo, es decir, sobre sus colaboracionistas que, de buena o mala fe les abren las puertas.
Que como en el Apocalipsis del evangelista Juan se tiraban a los pies y se dejaban imprimir la marca de la vergüenza.

Comencé con "La rabia y el orgullo". Continué con "La fuerza de la razón". Proseguí con "Oriana Fallaci se entrevista a sí misma" y con "Apocalipsis". Y entre uno y otro, la prédica "Despierta, Occidente, despierta".

Los libros, las ideas, por los que en Francia me procesaron en 2002 acusada de racismo religioso y xenofobia.
Por los que en Suiza pidieron a nuestro ministro de Justicia mi extradición esposada. Por los cuales en Italia seré procesada con la acusación de vilipendio contra el islam, es decir, por el delito de opinar. (Delito que prevé tres años de prisión cuando no se recibe sorpresivamente algún explosivo islámico en una cantina.) Libros, ideas, por los cuales la izquierda en el Caviale y la derecha en el Fois Gras y también en el Centro del Prosciutto me han denigrado, vilipendiado, puesto en la picota junto a aquellos que piensan como yo.

Es decir, junto al pueblo sabio e indefenso que en sus salones es definido por los radicales como chic, "populacho de derecha". Sí, es verdad: en los diarios, que en el mejor de los casos me oponían farisaicamente la conjura del silencio, ahora aparecen títulos compuestos con mis conceptos y mis palabras.
"Guerra contra Occidente", "Culto de la muerte", "Suicidio de Europa", "Despierta Italia, despierta".
Sí, es verdad, sin admitir que no me había equivocado el ex secretario de la Quercia ahora concede entrevistas en las cuales declara que estos terroristas quieren destruir nuestros valores, que este ataque es de tipo fascista y que expresa el odio por nuestra civilización.

Sí, es verdad, hablan de Londonistán, el barrio donde viven unos setecientos mil musulmanes de Londres. Una ciudad subterránea Los diarios que antes defendían a los terroristas hasta la apología del delito ahora dicen que en cada una de nuestras ciudades existe otra ciudad.
Una ciudad subterránea, igual a la Beirut invadida por Arafat en los años setenta. Una ciudad extranjera que habla su propia lengua y observa sus propias costumbres, una ciudad musulmana donde los terroristas circulan sin ser molestados y sin problemas organizan nuestra muerte.

Por lo demás, ahora se habla abiertamente también del terrorismo islámico, lo que se evitaba anteriormente con cuidado para no ofender a los así llamados musulmanes moderados. Sí, es verdad: ahora también los colaboracionistas y el imán expresan sus hipócritas condenas, sus mendaces execraciones, su falsa solidaridad con los familiares de las víctimas.

Sí, es verdad, ahora se realizan severos controles en las casas de los musulmanes indagados, se arresta a los sospechosos, quizá se decida echarlos. Pero en esencia nada ha cambiado. Nada. Desde el antinorteamericanismo hasta el antioccidentalismo y el filoislamismo, todo continúa como al principio.

Hasta en Inglaterra, el sábado 9 de julio, es decir, dos días después del ataque, la BBC decidió no utilizar el término "terroristas", palabra que exaspera el tono de la cruzada, y eligió el vocablo bombers, atacantes, pone bombas.

El lunes 11 de julio, vale decir cuatro días más tarde del atentado, The Times publicó en la página de opinión la viñeta más deshonesta e injusta que jamás haya visto.
Una en la que, al lado de un kamikaze con una bomba, se ve a un general anglo-norteamericano con otra idéntica en su forma y tamaño. Sobre la bomba una inscripción: "Asesino indiscriminado y directo contra centros urbanos" y sobre la viñeta el título: "Spot the difference" (encuentre la diferencia).

Casi al mismo tiempo, en la televisión norteamericana he visto a una periodista de The Guardian, diario inglés de extrema izquierda, que absolvía la apología del crimen manifestada esta vez por los diarios musulmanes de Londres. Y que en la práctica atribuía la culpa de todo a Bush. El criminal, el más grande criminal de la historia, George W. Bush. "Es necesario comprenderlos -gorjeaba-. La política norteamericana los ha exasperado.

Si no hubiera habido guerra en Irak?" (Jovencita, el 11 de septiembre de 2001 la guerra no existía. El 11 de septiembre la guerra la declararon ellos. ¿Lo ha olvidado?)

Y contemporáneamente he leído en La Repubblica un artículo donde se sostenía que el ataque al subterráneo de Londres no ha sido un ataque a Occidente.
Ha sido un ataque que los hijos de Alá realizaron contra sus propios fantasmas. Contra el islam lujurioso (supongo que quiere decir "occidentalizado") y contra el cristianismo "secularizado". Contra los pacifistas hindúes y la magnífica variedad que Alá ha creado.

En verdad, explicaba, en Inglaterra los musulmanes son dos millones y en el subterráneo de Londres no se encuentra un inglés ni por casualidad.
Todos de turbante, todos de kefíeh, todos con largas barbas y el djellabah.
Si se encuentra a una rubia de ojos azules, es del Cáucaso. (¿De verdad? ¡Quién lo hubiera dicho!

En las fotografías de los heridos no diviso ni turbantes ni kefíeh ni barbas largas ni djellabah, Y menos burkas y chador.
Sólo veo ingleses como los que en la Segunda Guerra Mundial morían bajo los bombardeos nazis. Y al leer los nombres de los desaparecidos veo a Phil Russel, Adrian Johnson, Miriam Hyman, más algunos alemanes o italianos o japoneses.

Nombres árabes, hasta hoy, sólo he visto el de una joven que se llamaba Shahara Akter Islam.

Del Corriere della Sera

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