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30.6.04

Mis dilemas con el Islam




Autor: Irshad Manji
Título: Mis dilemas con el Islam

Sobre el autor:
UNA MUJER A FAVOR DE LA TOLERANCIA Y LA HONESTIDAD.

Nació en Uganda. De pequeña emigró con su familia a Canadá. En la actualidad es periodista, escritora y productora de programas de televisión. Produce y presenta el programa QueerTelevision, galardonado con el premio Gemini, también es presentadora del programa Big Ideas y presidenta de VERB TV, un canal que se dirige especialmente al público joven.

Sobre el Libro:

Irshad Manji no cree que su condición de mujer emancipada y defensora de los derechos de los homosexuales deba hacerle renunciar a la de musulmana. Tampoco acepta fácilmente que le digan cómo tiene que vestir, pensar o sentir. En esta emotiva y valiente carta abierta, la periodista canadiense de origen ugandés pone en entredicho muchas de las cuestiones que impiden al mundo musulmán emanciparse y crecer en libertad.

Cuando veo que una mujer en Nigeria es sentenciada a 180 latigazos por haber cometido adulterio aunque varios testigos hayan confirmado que en realidad fue violada, es mi responsabilidad como musulmana no callar”.

Irshad Manji se llama a sí mismo una refusenik musulmana. Eso no significa que niegue ser musulmana, sólo significa que me niego a unirme a un ejercito de autómatas en nombre de Alá.” Entre esos autómatas, según Manji, hay muchos musulmanes de Occidente que se llaman a sí mismos moderados.

En términos francos, provocativos y profundamente personales, Manji desentierra las polémicas piedras de toque del Islam tal como suele ser ampliamente practicado: el antisemitismo profundamente enraizado y una aceptación sin crítica del Corán como manifestación definitiva y, por tanto, superior a Dios.

En su carta abierta, Manji plantea agudas preguntas sobre la corriente dominante en el Islam:” ¿Por qué somos todos rehenes de lo que está sucediendo entre palestinos e israelíes? ¿Quién es el autentico colonizador de los musulmanes, Estados Unidos o Arabia? ¿Por qué estamos malgastando el talento de las mujeres, que son la mitad de la creación de Dios?.

Manji nos ofrece una visión práctica de cómo el Islam podrá experimentar una reforma que fomentase el respeto a minorías religiosas y promoviera la competencia de ideas. “mis dilemas con el Islam es una fuerte y clara llamada a la honestidad y reforma. Es irónico, franco e irrespetuoso una reflexión necesaria.”

27.6.04

'La Fuerza de la Razón "Oriana Fallaci"


El lunes pasado salió a la venta en Italia el nuevo libro de Oriana Fallaci "La fuerza de la Razón", editado por Rizzoli Internacional, este gran libro del que Oriana Fallaci dice simplemente: «Era mi deber escribirlo».

La génesis de «La Fuerza de la Razón» es sorprendente tanto cuanto a su contenido. Oriana Fallaci quería entregarnos sólo un post-scriptum titulado «Dos años después», es decir un breve apéndice a la trigésima edición de «La Rabia y el Orgullo». (Más de un millón de ejemplares vendidos en Italia y best-seller en los numerosos países en los que ha sido traducido). Pero cuando terminó su trabajo se dio cuenta de que había escrito otro libro.

Esta vez, Oriana Fallaci parte de los inciviles ataques y de las amenazas de muerte que recibió por «La Rabia y el Orgullo» e, identificándose con un tal Mastro Cecco que, por culpa de un libro en 1328 fue quemado vivo por la Inquisición, se presenta como una Mastra Cecca que siete siglos después sigue sus pasos, cual herética irreductible y reincidente.

Entre la primera y la segunda hoguera, un rigurosísimo análisis de lo que llama el Incendio de Troya es decir de una Europa que, a su juicio, ya no es Europa, sino que se ha convertido en Eurabia, colonia del Islam. (E Italia en la avanzadilla de dicha colonia).

Un análisis en clave histórica filosófica moral y política, afrontando como en ella es habitual temas que nadie se atreve a abordar y sometiéndolos a su impecable lógica. «La Fuerza de la Razón» es un himno a la razón y a la verdad.
En ella, el lector encontrará un pozo de ideas y noticias expresadas incluso por medio de vivencias personales. Un libro en el que el lector encontrará también una extraordinaria madurez de pensamiento y páginas de un humorismo irresistible.

Quienes esperen encontrar en el nuevo libro de Oriana Fallaci La fuerza de la razón una continuación de La rabia y el orgullo (aquel incendiario y provocador texto que nació a las brasas del derribado World Trade Center) no verán sus ilusiones colmadas.

Oriana camina por derroteros distintos en este nuevo alumbramiento literario. En una densa exposición histórica de las relaciones de Europa con el Islam , nos va dibujando el enfrentamiento entre dos civilizaciones muy diferentes entre sí. Dos civilizaciones donde el diálogo, la convivencia y el mestizaje han sido muy difíciles, cuando no imposibles.

En un tenso ascenso sobre el tiempo, Oriana llega hasta el siglo XX y las relaciones que el Gran Mufti de Jerusalén tuvo con Hitler y la formación de un batallón de SS musulmán en el combate contra las democracias occidentales.
Quedaba así dibujado el relevo que del vencido nacionalsocialismo y del derribado comunismo iba a seguir amenazando la concepción abierta y creadora que la herencia greco-romana y el cristianismo han hecho de Europa.

Pero es con la revelación de siniestros pactos dentro de despachos de la Unión Europea donde Oriana nos alerta del ataque a la identidad y a la libertad de nuestra civilización. Las críticas a este libro se han cebado sobre el bautizo de nuestro continente como "Eurabia", pero no es de Oriana Fallaci la originalidad sino de aquellos que, de una forma tan persistente como mortal, están abriendo la puerta a poblaciones alógenas con una concepción del mundo radicalmente enfrentada a nuestro sentido de la libertad y la dignidad humanas.

En este discurrir del libro, no se guarda respeto por lo "políticamente correcto". El deliberado suicidio al que, impasibles, asistimos es puesto de manifiesto con toda su crudeza. Ante nosotros desfilan las imposiciones sobre la infibulación (amputación del clítoris), los malos tratos a mujeres por no guardar las normas sagradas del Islam, y el manifiesto propósito de atacar y sustituir el cristianismo, por el laicismo y por el Islam en último término.

Con todo, lo más grave que se estrella ante nuestros ojos es la actitud de cierta parte del clero que, en actitud vencida, nos sitúa de hinojos ante la esclavitud. Desconocido para muchos lectores será el episodio del funeral por los 17 carabinieri asesinados en Iraq y la homilía que pronunció un obispo italiano. No lo desvelaré aquí, pero sin duda constituye todo un episodio para la infamia.

Pese al tristísimo horizonte de entreguismo, de falso pacifismo y del peor de los quintacolumnismos, Oriana se despide llamándonos a una vida apasionadacon con un bellísimo canto de esperanza. Por eso, quienes buscasen el verbo belicista de la sinrazón, el alegato del odio, que no lean este libro. La fiesta de fin de año en Nueva York de 2003-2004 es el triunfo de la sonrisa y el amor sobre la muerte y la barbarie.

Para ella, no hay que rendirse, no hay que resignarse. Se trata de no dejarse morir. Se trata ahora mismo en Occidente de sobrevivir. Y para eso hacen falta pasión y razón.

Y desde su ejemplo vital nos invita a no tener miedo. Oriana, enferma de muerte, coincide con Juan Pablo II ese Papa que vino de un mundo esclavizado por el totalitarismo comunista cuando en 1982 nos dijo a miles de jóvenes en el estadio Santiago Bernabéu: "No tengáis miedo".

Sin apelar a la rabia y al orgullo, Oriana llama a una búsqueda de una fuerza que sólo en Occidente habita: la fuerza de la razón.

ACOGIDA DEL LIBRO

"La lección de Fallaci es este desafío a repensar las verdades oficiales, por duro que sea el precio a pagar. Ojalá las civilizaciones sólo se enfrentaran con panfletos tan bien escritos como éste".
Manuel Castaño, "El Periódico".

"Hace tiempo que vivo fascinado por Oriana Fallaci. Y cuando más la insultan y persiguen, más me gusta: por su independencia insobornable, por su compromiso irrenunciable con la verdad, por su gallardía en defensa de la libertad".
José Varela Ortega, "ABC".

26.6.04

El campamento de los Santos


Título: El Campamento de los Santos
Autor: Jean Raspail
Editado por: Ediciones Ojeda, 2003


El libro apocalíptico “El campo de los Santos” a pesar de estar editado en 1.973 por el Francés Jean Raspail, lo podemos reubicar a la actualidad reciente.

Una novela que hace más de 30 años anticipa el fenómeno inmigratorio hacia Europa y presagiaba la caída de Occidente ante los nuevos tótems erigidos en honor de la multiculturalidad y la hermandad universal.

Lo que nos pretende transmitir Raspail no es la superioridad de la raza blanca –simpleza a la que inmediatamente se aferran los amantes de lo políticamente correcto- sino el orgullo de un legado cultural de más de mil años que estamos dilapidando con la complicidad autodestructiva del nihilismo globalizado.


"El campamento de los Santos"

En esta profética novela, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. ¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?

La respuesta se encuentra en el interior de la Bestia. Así, en el capítulo xx del Apocalipsis de San Juan se profetiza: «Cuando se hubieran acabado los mil años, será Satanás soltado de su prisión, y saldrá a extraviar a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la Tierra, a Gog y a Magog, y reunirlos para la guerra, cuyo ejército será como las arenas del mar. Subirán sobre la anchura de la Tierra cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada».

En este ambiente sulfúreo es en el que se desarrollan las vivencias de los personajes que aguardan el advenimiento de un nuevo orden; unos mansamente o incluso con reverencial adoración, y, otros, con instinto refractario de quien observa su mundo desmoronarse bajo sus pies.
Las inconsistentes murallas de arena que protegen el reino de Occidente se derrumban por efecto del desgarrador grito, mezcla de júbilo y desesperación, que profieren los pacíficos asaltantes que arriban al paraíso donde manan las fuentes de leche y miel.

La hidra de cabezas innúmeras, que representa a los desheredados de la Tierra, será guiada por una figura central a lo largo del decurso de los acontecimientos: el amasador de boñigas. Transportando su hijo deforme en sus hediondas manos, cual fruto monstruoso de una tierra yerma, el constructor de ladrillos de fiemo arengará a las masas con su ecumenismo planetario para fletar su expedición de famélicos hacia el Campamento de los Santos y la Ciudad amada.
Así, el India Star y otros 99 barcos más partirán hacia la tierra prometida a tomar posesión del reino de Jesús. Es el fin del tiempo de los mil años.

Raspail nos confronta a la realidad descarnada de un Occidente ahíto e ideológicamente desarmado, incapaz de hacer frente a una flota pacífica que desborda el Ganges y que invade su reino con su simiente. La Bestia habría jurado la destrucción de Occidente y para ello mueve los hilos de una corriente de pensamiento monolítica e impermeable a todo contrapunto. Con su ejército de curas-laicos controla las mentes de sus adormecidos ciudadanos que siguen hipnotizados a sus flautistas de Hamelín. Es el nihilismo sobre el que nos previno Dostoievski.

Occidente ha llegado a depreciarse. Por influjo de un victimismo que alimenta las calderas de la compasión, el hombre blanco rehuye su condición y rechaza su herencia. El orgullo de toda una civilización ha sido sustituido por una caridad desenfrenada, progenie de una conciencia global que ha domeñado nuestras almas y las conduce hacia el lóbrego abismo suicida. El pesimismo respecto al declinar de Occidente, presente también en Spengler u Ortega, encuentra su fundamento en la pérdida de la confianza en el individuo; en la pérdida de la fe en los valores tradicionales del hombre blanco; en la pérdida del amor a lo que nuestra cultura representa.
Es el pecado contra uno mismo bajo la presión de una masa informe que ha convertido la pobreza en su estandarte. Una masa movida no por el ánimo de vencer a la pobreza sino de huir de ella. Vano intento que sólo conseguirá propagar la peste de Tucídides al paraíso de alma marmórea.

No es racismo lo que destila esta novela sino un desgarrado llamamiento a conservar nuestra identidad, a preservar nuestro futuro, a defender instintivamente lo nuestro frente a los lúbricos deseos del igualitarismo que todo lo impregna con sus nauseabundas emanaciones. El ser blanco no es una cuestión de piel, sino un estado anímico. Es una denuncia contra el pensamiento global que ha secuestrado nuestro intelecto en nombre de la fraternidad mundial; que ha castrado nuestra capacidad de reaccionar frente a agresiones exteriores sutilmente pacíficas.

Los predicadores de la mentira, los nuevos curas mediáticos, nos venden generosidad a raudales, arrumbando a todo el que no se pliega a su verbosidad. La opinión pública se entrega fervorosamente a esa nueva religión laica que precede la llegada de la Bestia. Serán los iconos mediáticos de esa conciencia humanitaria mundial los primeros en sucumbir a las fauces del monstruo que no distingue los méritos de su ejército de voceros y quintacolumnistas, y que todo lo engulle en su insaciable sed de destrucción.

El desembarco de la muchedumbre espantosamente miserable provoca la huida de los habitantes del Midi francés, que temen a la serpiente multiforme desparramada por los barcos supervivientes de la fantasmagórica travesía.
El ejército huye despavorido por la monstruosidad de la miseria que acompaña a los nuevos colonos; muchos soldados abrazan la fe fraternal y se unen a las bandas de sans-culottes improvisadas, dispuestas a precipitar el nuevo orden.
La Iglesia y el Ejército son derrotados bajo la guadaña del amor fraternal a lo colectivo que tanto han predicado. Aquellos inmigrantes instalados en el país se rebelan contra sus antiguos dueños.

Han aprendido a odiar a Occidente porque la conciencia global del mundo exige que odie todo eso, como dirá un musulmán asimilado al principio de la narración; odio que se extiende a todo lo que Occidente representa. Las cárceles asaltadas vomitan los presos que se unirán a la orgía de voluptuosidad desencadenada por la revolución igualitaria en marcha. Todo se comparte, nada se respeta.
Todos ellos se unen a los saqueadores de ultramar que, cuáles mesnadas de Alarico ordeñando las ubres de la loba romana, traspasan las murallas del paraíso con su aterradora presencia para saciar su hambre infinita. Ya sólo tienen que estirar el brazo y servirse la fruta madura suspendida del árbol de la abundancia.

Unos pocos se resisten a dejarse arrastrar por la marea humana y plantan cara a la Bestia, haciendo refulgir sus pequeñas victorias pírricas en la negritud de la miseria moral que prosigue su inevitable avance. El Cónsul Belga en Calcuta, el viejo profesor Calguès, el coronel Dragasès, el capitán de la marina genocida Notaras, el editor Machefer, el indio renegado Hamadura, todos ellos, mártires del fin de una era, inmolados en nombre del mito de la fraternidad. En un último esfuerzo tratan de reconstituir la legalidad vigente, de recrear sus instituciones, de revivir glorias pasadas, antes de sucumbir a manos de sus propios compatriotas.

Sinopsis:

Este libro, recientemente reeditado, conserva un público de culto entre quienes indagan en los problemas planteados por la globalización y, en especial, entre los expertos en cuestiones de migración.

Sus 51 capítulos suelen revivir en el debate cuando algún episodio de mucha visibilidad, como el reciente asalto migratorio africano en Melilla, nos recuerda que el futuro que la novela intentaba anticipar puede estar ya entre nosotros.

La trama es sencilla hasta lo dramático. La crisis internacional que la desata es una hambruna en la India. Una de las respuestas confusas de Occidente corre por cuenta de Bélgica que decide recibir un número limitado de niños indios para rescatarlos de la condena, pero rápidamente revisa su generosidad en medio de escenas de multitudes apiñadas frente a las oficinas diplomáticas belgas intentando poner a sus hijos a salvo.

La desesperación encuentra su voz en un anónimo "intocable" que llama a la gente a migrar. "Las naciones se están alzando en los cuatro rincones del planeta", les dice, "y su número es igual a las arenas de los mares". "Marcharán sobre la ancha tierra y rodearán el campo de los santos", profetiza. Y así sucede.

No menos de un millón de indios famélicos se apropia de embarcaciones en los puertos e inicia —en improvisada flota— un viaje incierto y de muerte que sólo se detiene frente a las costas francesas.

Un desorientado presidente de ficción enfrenta el mismo dilema que ahora aqueja circunstancialmente a José Luis Rodríguez Zapatero. Después de agonizar largamente en la duda, ordena finalmente impedir el desembarco haciendo que su Armada cañonee los buques y que sus soldados disparen sobre la desesperación.

Es demasiado tarde. El autor, a quien interesa más las respuestas posibles de Francia que el desafío imaginario, narra cómo los franceses abandonan sus hogares en el sur del país y las filas militares son diezmadas por la deserción, generada porque el hambre y la miseria humanas son mal enemigo para enfrentar dignamente sólo con plomo.

En esto, la novela se asocia con el testimonio de un anónimo soldado español que, en crónicas periodísticas, fue citado esta semana en Melilla diciendo: "Si cargan yo no disparo, me hago a un lado". Lo de Francia es sólo el comienzo de una nueva épica de los desposeídos.

En el resto de la geografía planetaria de la pobreza este resultado actúa como señal de largada para otras, múltiples, interminables, invasiones al "campo de los santos", una alusión al Apocalipsis según San Juan.

El planteo de Raspail es, en verdad, tan reaccionario como inteligente. No sólo traza el conflicto en términos de raza —piel oscura contra blanca—, sino que lo que denuncia son los valores del humanismo occidental presuntamente llevados al extremo de la locura: con un cerebro colectivo que parece contar con sólo dos hemisferios —uno dominado por la culpa y otro obsesionado por eludir el racismo— Occidente se condena a si mismo por tolerancia.

El hambre de cientos de millones de indios no es más que una anécdota que gatilla el derrumbe. Aunque la novela aparece como una reacción a los valores en auge en la época —es una forma de respuesta al impacto del rebelde mayo francés del 68—, Raspail ha mantenido su enfoque en años posteriores: en un polémico artículo de 1985 —escrito junto con un demógrafo— anunció la muerte inminente de la cultura francesa arrasada por la inmigración.

El problema se ha vuelto más grave —era casi inexistente como tal en 1973— y mucho de la cultura de tolerancia occidental se ha diluido en el miedo que ahora le infunde "el otro".
Raspail no se encuentra casi solo como entonces; uno puede hallar autores como Robert D. Kaplan augurando el caos de un colapso generalizado de estados-nación en Africa, o Samuel Huntington abogando con fuerza contra el crecimiento de la población hispana que, asegura, pone en riesgo la supervivencia de la identidad cultural estadounidense.

Las características de los migrantes de hoy desafían patrones tradicionales. Antes —siglo XIX y comienzos del XX— los que buscaban el mundo exterior estaban entre aquellos mejor informados y mejor equipados para sobrevivir en un medio nuevo. Los africanos que saltaron sobre los alambrados en Melilla no están en la cima de esa hipotética pirámide de la migración.

Esta misma semana, junto con las imágenes desoladoras de Melilla, se conoció el primer informe de la Comisión Global sobre Migración Internacional que, hace dos años, creo la ONU. De las 33 recomendaciones del grupo de 19 expertos, hay una —quizá la más importante— que haría poner los pelos de punta en la cabeza de Raspail y otros como él. Hay que promover más migraciones del mundo subdesarrollado al mundo rico, dijo. Es beneficioso para ambos términos de la ecuación, afirmó.

El texto, sin embargo, tuvo ecos diferentes a los imaginados por sus autores. En Inglaterra, por ejemplo, el hecho de que el informe revelara que unos 100.000 inmigrantes no documentados arriban anualmente movió a la oposición al gobierno —embarcado ya en una ofensiva jurídico-policial contra el extranjero— a reclamar que se redoblen esfuerzos para detener la corriente.

Quizá el escenario que anticipó Raspail sea algo inevitable. Un 3% de la humanidad vive ya en un país diferente al de origen —el doble del hace 25 años— y el dinero que envía a los que quedaron atrás está calculado en unos 800.000 millones de dólares anuales, casi lo mismo que recibe el mundo subdesarrollado como inversión directa.

La realidad plantea un interrogante extremo a la versión rosa en la que están empecinados los profetas de la globalización. Hasta hora, ni muestra los frutos de un derrame de la nueva riqueza. Ni reduce las asimetrías. Ni aproxima a los distintos, apenas si los hacina.

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25.6.04

El imán, la mujer y la vara.

Ayunan por el "vejador de mujeres" (expresión de la propia fiscalía) y nunca lo han hecho por las mujeres sin rostro y sin derechos que habitan en los fascismos teocráticos islámicos. ¿No son ellas islam?
Cuando, por esos mundos que visito, explico que en España hemos condenado a un imán por incitación al maltrato a la mujer y que irá a la cárcel, la sorpresa y la admiración son casi unánimes. Como si fuera una gran osadía, una especie de heroicidad democrática, atreverse (y escribo el verbo con toda la cursiva que le ponen mis interlocutores) a juzgar, condenar y encarcelar un imán cuyo único delito es escribir un libro contra la mujer. Como si fuera sorprendente en la narrativa islamista encontrar textos misóginos. Además, ese miedo a cuestionar textos islámicos...

Desde que el mundo se tragó sin aditivos el enorme sapo de la condena a muerte planetaria contra Salman Rushdie y, lejos de situar Irán en el plano criminal que merecía, nos limitamos a camuflar con barba y bigote al condenado, desde entonces cedimos muchos pueblos a la impunidad de la violencia. ¿No nacen de estas nuestras miserias los monstruos que asesinaron al cineasta Van Gogh? En el caso de la mujer, es flagrante la impunidad con que, en nombre del islam, se esclaviza, se maltrata y se violenta a la mujer, con millones de ellas sometidas a regímenes políticos totalitarios que las desprecian hasta el paroxismo.

Dios, entendido como un concepto trascendente espiritual e íntimo, ¿qué tiene que ver con el dominio, el abuso, el maltrato, el sexismo criminal? Sea ese dios el Dios cristiano -también tan misógino a lo largo de la historia-, sea Alá o sea el dios de la Torah. Pero sin embargo en nombre de Dios, en pleno siglo XXI, la mujer es vilipendiada, despreciada, humillada, maltratada e, incluso, condenada a muerte. Con total impunidad.

Como si fuera una costumbre natural de algunos pueblos. Como si fuera una de esas tradiciones bárbaras antipáticas e incómodas que, sin embargo, toleramos por el bien de la cultura antropológica. También llegó a ser una sólida costumbre la humillación criminal contra los negros. También existieron códigos penales y civiles que negaban sus derechos y violentaban sus vidas. Y hoy ya sabemos que el racismo es criminal.

Sin embargo, ¿por qué el estómago del mundo, que no toleraría otra Suráfrica racista, tolera, deglute y hasta naturaliza una Arabia Saudí? ¿Es el dominio de las mujeres menos criminal que el dominio de los negros? De esa impunidad con que, en nombre del islam, se maltrata a la mujer nacen personajes como Mohamed Kamal Mustafá, el ínclito imán de Fuengirola que publicó el libro La mujer en el islam, donde la mujer es tratada con todo el desprecio del machismo violento: "la opinión de un hombre vale por la de dos mujeres", "se puede escuchar a una mujer, pero no es necesario tenerla en cuenta", etcétera, hasta llegar al capítulo donde explica cómo pegar a la "mujer díscola" sin dejar rastros.
Golpes de varas finas en manos y pies, no dejar señales..., en fin, el manual del buen maltratador compasivo. Fui yo quien inició la denuncia pública contra Kamal, convencida de que su condena era fundamental para acabar con la impunidad. Kamal no es un líder religioso cuando escribe todo esto en nombre de Alá. Es, Código Penal español en mano, un delincuente. Un delincuente que fomenta el maltrato contra la mujer en un país, España, donde este año llevamos 60 mujeres muertas a manos de sus parejas.

De la misma forma que un imán que predica la yihad en la mezquita no es un religioso, sino un terrorista, un imán sexista es, sencillamente, un apologista de la violencia. De ahí que su entrada en la cárcel sea imprescindible para dejar muy nítidas las fronteras entre Dios y el delito, entre la honda espiritualidad de lo trascendente y la miserable trascendencia de lo violento; para decirle al islam, como antes hicimos con la Iglesia católica, que Dios no puede ser una excusa para el dominio.

Sin embargo, hay un intento por parte de distintas organizaciones de evitar la cárcel de Kamal presentándolo como víctima de no se sabe qué conspiración antiislámica. Cinco mil firmas para pedir su indulto, una manifestación para hoy, ayuno voluntario de fieles, solidaridad de la Asociación Islámica Al-Andalus, etcétera, y el imán que no se retracta de nada de lo dicho. Quizá lo peor es esto, el poco sentido solidario, justo y crítico que tienen muchas organizaciones vinculadas al islam en la propia España. Se solidarizan con el líder sexista y no con las mujeres a las que incita a pegar. Ayunan por el "vejador de mujeres" (expresión de la propia fiscalía) y nunca lo han hecho por las mujeres sin rostro y sin derechos que habitan en los fascismos teocráticos islámicos. ¿No son ellas islam? ¿Es más islam un imán sexista que desprecia a las mujeres, que las mujeres sometidas que sufren sus enseñanzas? Puede que todos estos que ayunan, se manifiestan, firman y protestan digan que lo hacen a favor del islam, pero es incierto.

Lo hacen a favor de un islam de dominio, machista, irredento y violento. Un islam que va contra sus propias mujeres. Es decir, en nombre del islam, acaban siendo sus propios enemigos. Apelación directa a Félix Herrero, presidente de la Asociación Islámica Al-Andalus, o a Lorenzo Rodríguez, coordinador de la Plataforma para el Diálogo Interreligioso, o tantos que, en cualquier país, convierten a los Kamal en mártires, contribuyendo a una visión déspota de una religión y una cultura.

La tolerancia, la comprensión, el diálogo entre pueblos y religiones no se producen defendiendo a torturadores de mujeres. Se producen rechazando el uso perverso del nombre de Dios para vejar, maltratar, enseñar en el desprecio y extender el dolor que todo dominio comporta. Defendiendo a los Kamal, ustedes dejan a sus mujeres en la más absoluta indefensión. Es decir, en nombre de la tolerancia, avalan y consolidan la intolerancia. La solidaridad con el verdugo es el refugio de la maldad.

Pilar Rahola
Diario El País. Madrid.




Esta es la respuesta de apoyo al imán, de las mujeres Islámicas, ¿Qué os parece? Pues nada, que palo con gusto parece que no hace daño.


Manifestación en apoyo del imán de Fuengirola

Radwa Kamal, hija del imán de Fuengirola (Málaga), Mohamed Kamal Mustafá, condenado a prisión por el Juzgado de lo Penal número 12 de Barcelona por un delito de incitación a la violencia de género, aseguró ayer que las mujeres musulmanas no defenderían a su padre «si apoyara el maltrato a la mujer».La hija del imán participó ayer en Málaga en una concentración de la comunidad musulmana de la Costa del Sol para apoyar al imán y pedir que se rectifique la sentencia, en la que la mayoría de participantes eran mujeres jóvenes, «que están en contra del maltrato, y que no estarían aquí si el imán lo defendiese», dijo Radwa Kamal.

La manifestación, en la que se reunieron más de un centenar de representantes de la comunidad islámica malagueña -entre ellas la mujer y los tres de los hijos del imán- se desarrolló a las puertas del Ayuntamiento de Málaga, donde la hija leyó un manifiesto en el que criticaba la condena a su padre y la comparaba con las que se desarrollaban en la época medieval.«La única culpa del imán ha sido verter al castellano lo que la palabra de Dios dice en árabe, por lo que la sentencia nos hace volver a la época de la Inquisición, en la que se condenaba a la hoguera por dar una opinión distinta.La Justicia condenó al imán a un año y tres meses de cárcel por publicar un libro en el que explicaba cómo pegar a una mujer sin dejar rastro.

24.6.04

El Islamismo cara a cara


Autor: François Burgat
Editor : Bellaterra.


Si el «choque de las civilizaciones» quiere presentarse como aspecto central de la dinámica histórica actual, y el Islam como la civilización más inmediatamente enfrentada a Occidente, el islamismo sería, según la percepción más generalizada, la punta de lanza de tal oposición.
Islamismo, por supuesto, visto como fanatismo intolerante y opresivo.
Ahora bien, ¿es el islamismo, o «todo» el islamismo, tal y como señala el estereotipo?

En El Islamismo cara a cara, François Burgat no sólo señala los peligros de una tipificación tan autcomplaciente como reduccionista. A partir de un «trabajo de campo» riguroso y sorprendentemente amplio –de Rabat a Gaza, de Argel a El Cairo– Burgat profundiza en el discurso islamista, para concluir que éste no es un integrismo vindicativo y nostálgico sino un intento, conflictivo y contradictorio, de acceder a una modernidad (democracia, tolerancia) legitimada por una tradición cultural específica. Brillante y polémica, El Islamismo cara a cara es una obra totalmente imprescindible para comprender en sus justas dimensiones un fenómeno con el que sin duda habrá que contar para entender las perspectivas políticas de una parte del mundo, tan próxima como desconocida.

23.6.04

El velo y el terror

En nombre de la tradición contra la sociedad civil

¿Es posible que exista alguna relación entre el ideal del velo, aclamado por los jeques y emires del petróleo en los años ochenta ‑a veces impuesto por un programa religioso de Estado‑ y el crecimiento del terrorismo religioso en mu­chas de las capitales islámicas, en esta triste época marcada por la Guerra del Golfo, la crisis y la intolerancia? ¿Qué tiene que ver el ideal sagrado del velo, impuesto como polí­tica de Estado en muchos de los países ricos en petróleo, como Arabia Saudí, con estas oleadas de terrorismo religio­so?

Escribo esta introducción en la sangrienta primavera de 1993, cuando este enfrentamiento inútil entre Estado y oposición fundamentalista, cada día, se cobra víctimas civiles en las calles de El Cairo y Argel. Quiero proponer aquí que tanto las campañas a favor del velo en los ochenta como el terrorismo en los noventa forman parte de una estrategia infame para silenciar a los ciudadanos y frenar el proceso democrático. La extensión del terrorismo justificado por la religión en los años noventa es una respuesta atormentada de una sociedad musulmana mutilada, cuyas fuerzas progresistas fueron reprimidas salvajemente, en parte precisamente por esas campañas sistemáticas que pretendían escon­der la mitad de la población detrás de un velo.

Los artículos reunidos en este libro se escribieron en los años ochenta e intentan responder, desde diferentes ángulos, a la misteriosa pregunta que me obsesionaba por aquel en­tonces: ¿Por qué los Estados árabes son tan hostiles a las mujeres? ¿Por qué no las pueden ver como fuerza motriz del progreso? ¿Por qué ponen tanto empeño en humillarnos y rechazarnos? ¿Porqué siempre nos vuelven a rechazar y a excluir, a pesar del esfuerzo que realizamos para educarnos, ser productivas y útiles?

No comprendí el misterio de la hostilidad estatal hacia la mujer hasta que estalló la Guerra del Golfo. Fue enton­ces cuando se vio claramente que no se trataba tanto de una guerra contra la feminidad como de una guerra contra la democracia. Las mujeres simplemente constituían un grupo fácil de manipular porque no estaban organizadas y por lo tanto no ostentaban ningún poder, y además por la rica tradición misógina que se podía recalentar fácilmente y difundir por medio de las nuevas tecnologías (televi­sión, el monopolio de Estado sobre los libros de texto, etc.).

La Guerra del Golfo ilustra la perfidia de los Estados árabes. Fue iniciada no para defender los intereses de los ciudadanos sino para aplastar cualquier intento de construir una sociedad civil y de censurar cualquier posibilidad de controlar a los dirigentes. Además, la Guerra del Golfo de­mostró que no tiene sentido dedicar presupuestos elevados al ejército en los países árabes (en los años ochenta compra­ron el 4o% del total de las armas vendidas mundialmente), y según un estudio americano: «Oriente Medio sigue siendo el mayor mercado para la venta de armas y equipamiento militar. En 1987 en esta parte del mundo se importaron unos 17,9 billones de dólares en armas en total, casi el 38% del mercado mundial.» (1)

De hecho esta inversión surrealista en la compra de armas inútiles, en países en los cuales la explosión demográfica es preocupante y donde el paro juvenil está creciendo rápida­mente, no‑ hubiera sido posible si las fuerzas progresistas hubiesen podido desempeñar su papel de constructores de la sociedad civil. No se hubiera podido malgastar parte de los recursos en la importación de armas inútiles, si los represen­tantes de los gobiernos y los ministros de los gabinetes tu­vieran que responder de sus decisiones, si sus políticas se debatieran y si los ciudadanos las pudieran controlar. La Guerra del Golfo también ha puesto en evidencia la impor­tancia del petro‑dólar y las inversiones de los emiratos del petróleo ‑con Arabia Saudí a la cabeza‑ en reforzar el Islam y los movimientos conservadores de extrema derecha. Son estrategias del Estado para debilitar la sociedad civil, lo mismo que la obligatoriedad del velo.

Los artículos «Reconstruir Bagdad» y «Vale más escribir que hacerse un lifting» se han escrito después de la guerra y explican lo que significa ser una mujer árabe y caer en la cuenta, después de años de estudio, que los representantes del Estado y los burócratas, los apparachiks que nos niegan la ilusión y la oportunidad de conseguir algo de dignidad, de disfrutar de nuestros derechos y de convertirnos en ciuda­danos responsables, capaces de debatir los problemas y de proponer alternativas, de hecho son nulidades mediocres sin otro poder aparte de la espada que blanden por encima de nuestras cabezas. Los burócratas de los países árabes no solo malgastan nuestro dinero, además convierten a la mujer en un objetivo estratégico para paralizar las libertades civiles.

Las campañas que se llevaron a cabo en los años ochenta para reforzar la obligatoriedad del velo tuvieron muchos efectos trascendentales. En primer lugar constituían un ata­que a la democracia: obligada a ponerse el velo, la mitad femenina de la población se hizo invisible como por arte de magia, volvió a la esfera doméstica y dejó de participar en la vida pública. Fue una manera de advertir a las mujeres que no había lugar para ellas en la esfera pública, que de hecho también estaba vedada a la otra mitad de la población.

En segundo lugar el velo distraía la atención, con mucho éxito, del problema acuciante del desempleo que crecía a pasos agigantados, sobre todo a causa de la explosión demo­gráfica incontrolada. Con uno de los índices anuales de na­talidad más altos del mundo (3,9%) se estima que la pobla­ción del mundo árabe ha crecido de 188 millones de personas en 1985 a 217 millones en 1990, un aumento de 29 millones de personas. Pero en lugar de obligar a sus ciuda­danos a debatir las causas del crecimiento demográfico in­controlado, que probablemente hubiera puesto en duda muchas políticas sociales y económicas, como la educación, la salud y la creación de empleo, además de reforzar las fuerzas progresistas, partidos, sindicatos y asociaciones no gubernamentales, los Estados árabes hicieron todo lo con­trario. Las fuerzas progresistas no solo fueron aplastadas por métodos autoritarios clásicos como el acoso y el encar­celamiento de los intelectuales, la prohibición de libros, la represión de la oposición por medio de la prohibición de las asociaciones; además se gastaron grandes reservas de petró­leo en la fabricación de una cultura antidemocrática. Se promocionó un petro Islam creado en el Ministerio del In­terior, cuyo mensaje principal es la obediencia ciega al jefe.

A principios «de los setenta la financiación sistemática de movimientos religiosos conservadores fue llevada a cabo como un programa estatal panárabe, impulsado principalmente por el presidente Sadat. «Anwar Sadat, al llegar al poder comenzó a revocar muchas de las políticas de Nasser. Comunistas y seguidores de Nasser se convirtieron en enemigos oficiales del régimen. Como el poder de Sadat se basaba únicamente en el apoyo del ejército, decidió reforzar la política de la derecha, sobre todo de la derecha religiosa. Así en 1971, alentado por Sadat, rey Falsal de Arabla Saudí ofreció cien millones de dólares al jeque Abdel Halim Malimotid, rector de Al‑Azhar (la famosa universidad religiosa de El Cairo y el centro más importante del saber islá­mico), para financiar una campaña a favor del Islam y en contra del comunismo y del ateísmo, en lo que de hecho era un tratado único entre un estado y una institución religiosa extranjera. La campaña publicitaria no ahorró en gastos: se escribieron libros, se construyeron mezquitas nuevas y se reclutaron estudiantes». (2)

El objetivo del Islam financiado por los petro‑dólares era bloquear el debate democrático en el mundo árabe: se prohibió el control de natalidad y se disimuló el desempleo así como la migración de los jóvenes que era su resultado, hasta llegar a la situación actual. Hoy día miles de jóvenes intentan escapar de sus tristes países autoritarios como in­migrantes clandestinos a Europa, mientras otros se unen a la protesta islámica militante y a veces caen en la violencia del extremismo terrorista.

Los países europeos protegen sus fronteras como si fue­ran las puertas de un harén, algo que en lugar de solucionar el problema de la migración crea situaciones muy desagra­dables, como la descrita aquí por la experta Graciela Mal­gesini: «Casi cada día en la costa mediterránea los windsurfistas adinerados despliegan sus velas coloridas y se echan al mar. Cada vez que el viento invita a estos acroba­tismos arriesgados en las crestas de las olas, también con­vierte al estrecho en una tumba inmensa para inmigrantes clandestinos marroquíes. Solo entre enero y octubre de 1992, se ahogaron más de doscientas personas. Cruzan el estrecho tomando muchos riesgos y con muy pocas posibi­lidades de éxito. La mayoría son capturados en cuanto lle­gan a tierras españolas o incluso en alta mar. En los prime­ros diez meses de 1992, 2.000 inmigrantes indocumentados fueron detenidos en las costas de Cádiz. En 1991, 2.500 fueron capturados solo en Andalucía. Por lo visto prefieren arriesgarse a seguir soportando la terrible miseria que reina en sus países.» (3) Al preguntarles porqué decidieron emigrar, muchos de los jóvenes contestaron: «La muerte es mejor que la miseria.» (4)

No se puede entender la extensión del extremismo y de los movimientos fanáticos de protesta que actualmente se producen en la cuenca sur del Mediterráneo, sin tener en cuenta a estos jóvenes desesperados de ambos sexos que no tienen ningún poder para influir sobre las decisiones políti­cas de su país y que cruzan el mar en barcos inestables en busca de una Europa fantástica que ya no existe. La inmi­gración clandestina y el fanatismo militante son dos caras de la misma moneda: la represión de la sociedad civil por gru­pos de interés y lobbies del petróleo, tanto nacionales como extranjeros; una situación que se hizo bien clara en la Gue­rra del Golfo.

En lugar de alertar a la opinión pública por la explosión demográfica y de analizar las mejores opciones para reducir el índice de natalidad ‑la educación de las mujeres es una de ellas, según los estudios demográficos internacionales‑, los Estados árabes insisten en la obligatoriedad del velo y se niegan a reconocer el analfabetismo y la marginación de la mujer como un problema. Actualmente no existe ningún programa estatal serio, comprensivo y democrático para combatir la explosión demográfica (significaría la promoción de la mujer) y por lo tanto se estima que en el año 2.000 la población árabe alcanzará los 281 millones de personas.' Si se tiene en cuenta que actualmente dos tercios de la po­blación árabe son menores de veinticinco años, esto significa que para el año 2.000 se tendrían que crear aproximada­mente unos 145 millones de puestos de trabajo.

Sin embargo, actualmente hasta las naciones desarrolladas y ricas del Mercado Común Europeo tienen que admitir que hay una recesión. Para justificarse ante los ciudadanos los gobiernos, cada día, proponen nuevas estrategias para crear esos puestos de trabajo ‑apenas unos millones‑ que hacen falta para cubrir todas las demandas. Los gobiernos árabes, en cambio, no tienen que dar explicaciones de ningún tipo. Evitan cualquier discusión de los graves problemas econó­micos, distrayendo la atención al campo de la discusión religiosa y dándole una connotación moral a cuestiones básicamente financieras, fiscales y comerciales. Por esto el comportamiento sexual de las mujeres (qué hacen con su cuerpo, si se peinan o se cubren el cabello), se discute en la televisión (controlada por el Estado) como si fuera una cuestión vital para la supervivencia de las naciones. Y de hecho en la historia de los países árabes modernos, el velo realmente lo es.

La función del velo, hidshab, que en árabe literalmente quiere decir cortina, es evitar la transparencia, velar o escon­der determinados asuntos. Está claro que no me refiero al velo de una mujer que por libre albedrío, sin recibir presio­nes de los políticos o de su marido, decide llevar un pañuelo en la cabeza y cubrirse el cabello y la cara. Esto constituye una iniciativa propia, una elección personal como lo pueden ser la preferencia de un cosmético y de un peinado determi­nado. El velo del cual hablo continuamente en esta intro­ducción es un velo intrínsecamente relacionado con la polí­tica. Es el velo obligatorio impuesto por autoridades políticas como Jomeini, quien en julio de 1980 pasó la ley del hidshab, decretando la obligatoriedad del velo para todas las mujeres que trabajaban para el Estado, o el velo impuesto por la policía en Arabia Saudí. En este país las mujeres no pueden salir a la calle sin cubrirse el cabello; incluso las mujeres extranjeras tienen que cumplir este mandato.

Bien mirado, el velo y el terror tienen mucho en común: son dos fenómenos que se producen en lugares donde la libre expresión es censurada cruelmente, donde los políticos han optado deliberadamente por bloquear el proceso demo­crático para asegurar su propia supervivencia. El ideal políti­co del velo y del terror no son más que dos reflejos extraños y sexualmente distorsionados de la misma represión brutal de las voces de los ciudadanos y de su deseo de expresarse. Son reflejos de la misma mutilación de la expresión perso­nal, solo que el velo atañe a las mujeres y el terrorismo suele ser cosa de hombres.

La obligatoriedad del velo como una política de Estado que se apoya en la religión, la impusieron en los años ochenta señores musulmanes con petróleo tan distintos en­tre sí como el Imám Jorneini y el rey de Arabia Saudí. No perseguían un objetivo espiritual inspirado por la religión y dirigido contra el sexo, como muchos pensaron. De hecho la obsesión agresiva por el velo de los políticos ricos en petró­leo de los años ochenta no pretendía atacar a las mujeres, era un asalto al proceso democrático y una ofensiva contra so­ciedades civiles llenas de esperanza. El objetivo principal era evitar que hubiera transparencia en la toma de decisiones políticas. Y si escondían a las mujeres tras un velo no solo callaban al 50% de la población; además era una manera de difundir su mensaje: «Callaros y que no se os vea» como diría McLuhan. Y este mensaje se dirigía a ambos sexos, aunque solamente las mujeres fueron utilizadas como acto­res pasivos del escenario político.

En los años ochenta me preguntaba una y otra vez: ¿Por qué tantos políticos musulmanes utilizan su manera de en­tender la religión y nuestra tradición sagrada como excusa para obligar a las mujeres a cubrirse el cabello con un velo, a esconder su pecho en pesados tchadors y a caminar con la mirada modesta fija en el suelo? Si su objetivo era enseñar­nos el Islam ‑según ellos nos habíamos desviado del buen camino‑, entonces ¿por qué no nos enseñaban la belleza del Islam del Profeta Muhammad? Descubrí a Muhammad du­rante la investigación que llevé a cabo sobre Medina, ciudad donde vivió durante la primera década del calendario mu­sulmán (622‑632 del calendario cristiano). Se convirtió en el protagonista de mi libro Le Harem polítique, por ser un defensor de la dignidad de las mujeres y por abrirles las mezquitas en igualdad de condiciones que a los hombres. ¿Por qué estos políticos convertidos en imames insisten en una lectura del Islam que nos niega nuestra dignidad y nos exige obediencia? ¿Cómo es que no perciben todos estos datos históricos que demuestran el potencial de la mujer que podrían aprovechar para construir un Islam basado en los derechos humanos? El artículo «Las mujeres en la historia del Islam» ‑el impulso inicial de la reflexión que culminó en Le Harem polítique‑, da una idea de la facilidad con qué se podrían encontrar datos en las escrituras sagradas y en la historia clásica para defender los derechos humanos y la dignidad de la mujer, si este realmente fuera el objetivo de­los Estados islámicos, de sus líderes políticos y de los grupos que compiten con ellos, alegadamente por diferencias reli­giosas.

Es evidente que este no es el objetivo de los imames y emires del petróleo. Su interés por nuestra tradición espiri­tual más sagrada solo persigue el fin de mantenerse en el poder. Han utilizado el Islam como credo y como herencia histórica y cultural, únicamente para justificar a sus verdugos y para reafirmar su autoridad como censores y represo­res.

El Islam del petróleo fue financiado para enmascarar la realidad del despilfarro de los recursos humanos y económi­cos. Así los líderes pudieron continuar ejerciendo su poder autoritario sin ser controlados. Y esto era precisamente lo más urgente para los musulmanes, sobre todo las mujeres, en los años ochenta. Si las mujeres hubiesen podido influir en lo que los ingenieros políticos hacían, sus problemas reales, que iban más allá de peinados y velos, igual se hubie­ran llegado a discutir. Entre sus mayores preocupaciones estaban el analfabetismo, un sueldo justo, la seguridad social y como no, el control de natalidad. El analfabetismo de las mujeres en muchos países islámicos es grave y más extendi­do que en cualquier otra parte del mundo. Más del 80% de las mujeres son analfabetas en Mauritania, Sudán y Somalia, el 75% en Arabia Saudí, dos terceras partes en Marruecos y la mitad en Argelia, Libia, Túnez y Egipto, según un estudio de la UNESCO sobre el mundo árabe.(6) Sin embargo, esto nunca ha preocupado mucho a los políticos que hacían del Islam su causa, olvidando que los rasgos más importantes de esta religión son las solidaridad con la comunidad y la distri­bución igualitaria de los recursos y de las oportunidades. Un jefe de Estado musulmán realmente preocupado no podría haber ignorado el problema del analfabetismo; esta mutila­ción terrible que muchas mujeres tienen que soportar como si estuvieran ciegas en un mundo en el cual poder descifrar información, leer y escribir, se han convertido en derechos humanos básicos.

Si estos Estados en los años ochenta hubieran desarro­llado estrategias para combatir el analfabetismo de las mu­jeres en lugar de financiar los mensajes del Ministerio del Interior que incitaban a la obediencia, camuflados de reli­giosidad tradicional, el problema de la explosión demográ­fica se podría haber resuelto. Estadísticas realizadas en el Tercer Mundo vienen demostrando desde principios de los ochenta que el mejor control de natalidad es educar a las mujeres. Según los sondeos realizados, una mujer marroquí analfabeta probablemente tendrá de cinco a seis hijos. Si tiene acceso a la escuela primaria solamente tendrá cuatro. Con una educación secundaria, empieza a tomar en cuenta su calidad de vida y la de sus hijos, hace planes para ade­cuarse mejor a sus recursos y reduce el número de sus em­barazos. La miseria más apremiante, de la cual el analfabe­tismo es un buen indicador, no permite que la mujer se considere como un agente autónomo que puede controlar y dirigir su vida. La solución a la presión demográfica y a la cada vez más problemática migración en el Mediterráneo está enteramente en manos de las mujeres. Pero como seña­la el artículo «¿Planificación familiar sin democracia?», la solución no está en obligar a la mujer a tomar pastillas, sino en ayudarla a construir su propia autonomía económica y política. Y esto nos devuelve a la misma pregunta obsesiva que me formulo cada vez que pienso en nuestro absurdo mundo árabe surrealista, en el cual tenemos más que sufi­cientes recursos energéticos y talentos humanos como para emerger como una potencia mundial equilibrada, adminis­trada sin violencia y con una conciencia ética, pero dónde la mala administración, el dolor, la tristeza y la violencia son nuestro pan de cada día.

¿Por qué los políticos no pueden soportar a una mujer musulmana desafiante, que se planta delante de ellos, con los hombros bien altos y el pecho muy avanzado, mirán­doles a los ojos audazmente para descubrir lo que están tramando? ¿Por qué los políticos no soportan ver nuestro cabello y nuestras caras sin velo o que les miremos sin miedo de frente? Durante años me pregunté por qué era tan importante para los políticos que tuviéramos una acti­tud modesta, humilde, resignada, con la cabeza caída co­mo víctimas? ¿Por qué todos sueñan con esa criatura si­lenciosa y sumisa, totalmente escondida tras un velo? ¿Qué misterio se esconde tras este sueño político que contagia todos los escenarios políticos islámicos, tanto los de izquierdas como los de derechas, tanto los regímenes oficialmente establecidos como las oposiciones clandesti­nas? ¿Por qué todos los hombres musulmanes que eligen la carrera política de emires, si pueden controlar suficiente petróleo, o de presidentes de república, cuando no hay (o muy poco) petróleo a su alcance, de repente están obse­sionados por el sueño de la dama humildemente inclinada y siempre silenciosa?»

Algunas tardes de verano en la playa de Temara, cuando estoy muy cansada de todo, me siento en el balcón y obser­vo a todos estos jóvenes de ambos sexos que andan miles de kilómetros para escapar de sus barrios de chabolas y calles oscuras, para disfrutar de las playas de] Atlántico. Me pre­gunto hasta cuándo este mundo árabe, a punto de entrar en el siglo XXI, podrá permitirse el lujo de bloquear el diálogo entre el Estado y la juventud en general y las mujeres en particular. ¿Hasta cuándo los políticos árabes mantendrán vivo el sueño de la mujer obediente, cuando ellas no solo han dejado de vivir sus papeles tradicionales sino incluso han abandonado las fantasías tradicionales de los hombres, para crear otras como andar kilómetros para ir a la playa? ¿No sería mejor crear escuelas especiales en las cuales se formarían mujeres tradicionales para nuestros políticos, así se casarían con ellas y las amarían y nosotros podríamos seguir adelante con este país y organizar nuestros recursos democrática e inteligentemente para que sean más producti­vos .

A veces pienso que deberíamos hacerlo. Crear escuelas de este tipo o hacerles un lavado de cerebro a nuestros políticos para que olviden este ideal obsesivo de la mujer obediente, cabizbaja, sumisa y silenciosa. Quizás las mujeres musulma­4as deberían pensar en una vacuna liberadora que se podría inyectar en nuestros líderes políticos a los veintiún años. Si muestran algún interés por la política siendo niños, darles una pastilla para que acepten a una mujer autosuficiente e independiente. En cualquier caso, deberíamos hacer algo para ayudar a estos hombres para que vean la realidad y entiendan que esta criatura obediente ha desaparecido del mapa. ¡Y esto incluye a los países árabes!

Ninguna excusa de tipo cultural puede salvar a los políti­cos musulmanes de tener que enfrentarse a mujeres inde­pendientes. Igual que la esclavitud, que muchos de nuestros países árabes defendieron como nuestra cultura sagrada a principios del siglo, cuando las potencias coloniales inglesas y francesas la prohibieron en 1807 (7). Las clases dominantes africanas defendieron la esclavitud y consiguieron resistirse a la prohibición durante casi un siglo, hasta que la acción de vender o comprar esclavos fue criminalizada, pasaba a los tribunales y se cumplía la condena. De hecho todavía en 1956 un delegado saudí declaró que en su país entre 150.000 a 500.000 personas vivían como esclavos. Espero que noso­tras las mujeres no tengamos que esperar hasta el año 2093 para que nuestros líderes se olviden de sus fantasías de mujeres sumisas como animales de compañía. Necesitamos una vacuna o un truco mágico para que metan a otra mujer en su fantasía.

El verano pasado pensando en todo esto, me acordaba de un conocido anuncio de combustible: «¡Pon un tigre en tu motor!». Pensé que las mujeres musulmanas deberían lanzar una gran campaña publicitaria enfocada a nuestros líderes para machacarles el cerebro con el slogan «¡Pon una mujer fuerte en tu vida!». Aunque lo que realmente sería maravi­lloso, y el principio de una revolución cultural, sería tener acceso al dinero del petróleo, a los petro‑dólares, para fi­nanciar esta campaña.

Espero que la lectura de los artículos reunidos en este libro sea grata y que no se olvide que no podemos cambiar Wall Strect si no logramos cambiar la fantasía obsesiva de los emires. Porque los emires necesitan a Wall Street y Wall Street necesita a los emires. Y a ninguno de los dos les interesa tener mujeres independientes y autosuficien­tes, ni en tierras musulmanas ni en tierras del capitalismo herético.

Estos viejos artículos constituyen un intento desespe­rado de comprender lo que estaba pasando en mi vida y en la de millones de personas como yo en los años ochenta y espero que su lectura nos ayude a salir de este laberinto.

Ojalá alguien encuentre una solución alternativa para los emires, aparte de la vacuna, la publicidad o un lavado de cerebro.

Autor: Fátima Mernissi



Notas
1. Daniel Galik (ed.): World Military Expenditures and Arms Transfers, Washingtn D.F., US arms Control and Disarmament Agency. Defense Programs and Analysis division, 1988.
2. Mary Anne Weaver: «The Trail of the Sheikh», The New Yorker, (Nue­va York, 12‑4‑1993).
3. Graciela Malgesini es coordinadora del Centro de Investigación para la Paz de Madrid. Es experta en economía y estudios sociales. Su artículo apareció en el Middle East Report (marzo‑abril 1993).
4. Artículos en El País, (26‑8‑1993) y (4‑1‑1993).
5. Anuario Estadístico de la UNESCO, 1988.
6. Abdelkade Sid Ahmad: «Le Monde Arabe á PHorizon 200D», Unesco, BEP GP1/51.
7. Ibrahim Baba Kabé: «La Traite Négriere». en Présence Africaine, 1987.

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20.6.04

Cien preguntas sobre el Islam

Cien preguntas sobre el Islam.

Paolucci, periodista de " Avenire" especializado en el estudio de la presencia islámica en Italia y en Europa) y
Camile Eid, periodista libánes, residente también en Italia, (especialista en temas árabes y autor de muchos libros, los más importantes referidos a la difusión del Islam y a la situación de los cristianos en tierras islámicas.

El libro es por tanto el fruto de una serie de extensos diálogos entre un islamólogo de fama internacional Samir Khalil Samir, y dos periodistas Paolucci y Camile Eid que se dedican, a profundizar en el islam.

Biografía:

Samir Khalil Samir, egipcio, jesuita, es profesor de Hª de la cultura árabe y de estudios islámicos en la universidad Saint-Joseph de Beirut, en el Pontificio instituto oriental de Roma y el Pontificio instituto de estudios árabes e islámicos de Roma.
Es también fundador del " Centre de documentation et de recherches arabes chrétiennes) y presidente de la "International Association for Christian Arabic Studies".
Ha sido profesor en la universidad de El Cairo, en la Sophia University de Tokio, en la Georgetown University de Washington, y en las universidades de Graz, Belén y Turín.
Es promotor y director de la coleción "Patrimoine arabe chrétien", editada sucesivamente en el Cairo y, después, en Beirut. Codirector de " Parole de l`Orient", revista publicada en el Líbano.
En Italia es fundador y director de la colección "Patrimonio culturale arabo cristiano".
En España es miembro del Consejo Asesor de la revista "Qurtuba. Estudios andalusíes", también lo es de la colección " Studia Semítica" y además codirector de la revista "Collectanea Christiana Orientalia".
Es autor de una veintena de volúmenes y de cerca de quinientos artículos científicos sobre el islam y el Oriente Cristiano.

Descripción:

El atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, el conflicto en Afganistán, los flujos migratorios y la presencia de 12 millones de musulmanes en la UE son los fenómenos más sorprendentes que han contribuido a aumentar el interés respecto al islam, su cultura, sus fieles.

Fenómenos que plantean interrogantes viejos y nuevos sobre una realidad que es, al mismo tiempo, religiosa, cultural y política, y en la que se reconocen mil doscientos millones de personas.

¿Cómo nació el islam?
¿Qué representa el Corán para los musulmanes?
¿Qué relación se ha desarrollado entre el islam y la violencia, entre la cultura islámica y el Occidente?
¿Cómo llevar a cabo una integración auténtica en las sociedades europeas?
¿Cuáles son las condiciones que pueden permitir un encuentro constructivo entre cristianos y musulmanes?

A todo esto responde Samir Khalil Samir, uno de los principales expertos en los temas islámicos a nivel internacional.

El lector tiene entre sus manos un libro-entrevista que le permitirá conocer y juzgar sin prejuicios y sin ingenuidad. Una contribución marcada por el sello del realismo y destinada a construir formas de convivencia adecuadas con esos hombres y mujeres que se han convertido en nuestros nuevos vecinos.

Un libro bastante interesante. Es una entrevista de más de cien preguntas realizadas a un sacerdote jesuita egipcio, acerca de las creencias y la cosmovisión del mundo árabe, y de los conflictos que acarrea o puede acarrear, en la actualidad, la inmigración del colectivo islámico.

No es un libro alarmista, ni pesimista. Pero deja un mensaje claro: ojo, que el Islam no es una religión cualquiera: no es lo mismo ser cristiano, o budista, o judío, que musulmán.
El Islam lleva en sus raíces una mezcla de religión y política, ambos conceptos inseparables. Y la visión no es precisamente la nuestra.
Así mismo, el Islam propone un concepto de hombre que, en su dignidad y derechos, no tiene nada que ver con el concepto occidental, que proviene de la tradición cristiana. Y de la mujer, para qué comentar...

19.6.04

El choque de los fundamentalismos


Autor: Ali, Tariq
Editorial: Alianza


La obra del paquistaní Tariq Alí, intelectual comprometido contra la injusticia social, gana adeptos con el paso del tiempo.

Alí, que estudió en Oxford y vive actualmente en Londres, ha publicado novela y teatro, aunque es más conocido por sus libros históricos, siempre relacionados con la más palpitante actualidad.


Tariq Ali analiza en El choque de los fundamentalismos la llamada «guerra contra el terror» como una espantosa variante del retorno de la Historia. Un choque entre dos fundamentalismos, uno religioso y otro imperialista, en el que ambos bandos se valen de los mismos símbolos sacros y anacrónicos para encauzar sus propósitos; ya sea apelando a «la venganza de Alá», a «Dios está de nuestra parte» o a «Dios bendiga a América».

Cada uno posee sus inveterados rasgos distintivos, pero las dos fuerzas distan mucho de estar en pie de igualdad. Una es un «fundamentalismo imperial» que ha dejado sus huellas en Afganistán o en Oriente Próximo en su lucha por el control del «oro negro», y cuya facilidad para entrar en guerra sirve de espeluznante recordatorio del lugar que ocupa en el mundo. La otra fuerza es un «fundamentalismo religioso», un producto de la desesperación frente a las humillaciones del anterior.

El choque de los fundamentalismos es un paseo ameno y atractivo a través de la historia, la política, la literatura y la autobiografía, por el mundo de hoy y de nuestro pasado reciente. Un puente de entendimiento entre Oriente y Occidente, Islam y Cristianismo, escrito de forma magistral por este «musulmán no musulmán» que es como se define Tariq Ali para destacar su ateísmo. Un canto a la comprensión mutua entre las sociedades islámicas y occidental. Las islámicas en las que, como le ocurrió al autor, se podía crecer sin interferencias religiosas tan acuciadas. La occidental, cuyos valores proclamados por la Ilustración continúan siendo aplicables en nuestros días, pero en la que la concepción del imperio estadounidense como un nuevo proyecto emancipador responde a una orientación fatídicamente errónea.

Esta nueva edición de El choque de los fundamentalismos ha sido ampliada y actualizada por Tariq Ali con nuevos análisis y referencias a la guerra de Irak y a los atentados de Madrid, del 11 M, y de Londres, del 7 J.

Sinopsis

El Medio Oriente ha ejercido una obstinada fascinación sobre Occidente. «Descubierto» por el romanticismo, se pobló de pronto de olores y sensaciones que entraban por todos los poros, y de personajes elementales dominados por la pasión, eso que Hollywood aprovechó para enrolar a Rodolfo Valentino en El hijo del Skeikh, un filme que rompió los corazones de las espectadoras en la Norteamérica de la precrisis.

Pero esta imagen más bien idílica ha experimentado una movida de péndulo, sobre todo después del 11 de septiembre. De entonces a acá, ha tendido a prevalecer la equiparación entre Islam y fanatismo religioso, un invento efectivo gracias a la labor de los medios de difusión y a la emotividad inicial desatada por los sucesos. Y es por ahí, precisamente, por donde rompe El choque de los fundamentalismos, un apasionante libro de Tariq Ali cuyo rasgo distintivo consiste en discutir, en buena lid, la mirada convencional: de entrada nos informa que el Islam, como toda cultura, no es para nada homogéneo.

En rigor, hay muchos tipos de Islam, con variantes y matices diversos, un dato que suele silenciarse en medio de la prevalencia de estereotipos fijos sobre la otredad árabe. En este orden, el capítulo donde se examinan los orígenes y evolución del wahhabismo —una vertiente doctrinal extrema adoptada por Arabia Saudita, cuna de Osama bin Laden— constituye a mi juicio uno de los más memorables, sobre todo porque nos ubica ante el doble estándar de la política norteamericana, al tener como aliado a un país nada conectado con los valores democráticos. El petróleo, obviamente, manda.

¿Pero es el fundamentalismo un concepto aplicable únicamente al campo religioso? Tariq Alí lo niega desde el título. Se trata de un rechazo a la tesis del harvardiano Samuel Huntington, quien definió el «choque de civilizaciones» en tanto el núcleo duro de los conflictos del futuro, como ahora propaga la idea esencialista y racista de que los hispanos constituyen una amenaza para la identidad nacional estadounidense. Lo que se ha producido después del 11 de septiembre —sostiene Alí— no es un choque entre dos civilizaciones, sino entre dos fundamentalismos: uno religioso y otro político-imperial; el primero encarnado en quienes perpetraron los ataques terroristas a Nueva York y Washington; el segundo, en las invasiones a Afganistán e Iraq.

A mi juicio, uno de los capítulos más atractivos es el que el autor dedica a historiar el imperialismo norteamericano mediante experiencias como la participación de Estados Unidos en las dos guerras mundiales, la Guerra Fría y la contrainsurgencia. Pero en medio de sus innegables excelencias se echa de menos la insuficiente ponderación de la guerra contra España, en 1898, que les permitió experimentar su primera «splendid little war» a un costo relativamente bajo, un esquema que se repetiría, andando el tiempo, con las invasiones a Granada y Panamá.

Después de los abominables atentados terroristas del 11 de septiembre y del 11 de marzo en Madrid, resulta indispensable conocer mejor el mundo islámico, una referencia cultural que aún sigue teniendo bastante bajo perfil entre nosotros. Tariq Alí ayudará a los cubanos a no confundir mundo islámico con mundo árabe, y a diferenciar conceptos como chiita, sunni y suffi, tres corrientes caracterizadas por los distintos modos de posesionarse ante el hecho religioso y el Corán. Y lo hace no con la asepsia del académico convencional, sino combinando un análisis social y político de grueso calibre con sus vivencias personales en su natal Paquistán y, sobre todo, a partir de un sostenido compromiso antibelicista. Este libro, sin dudas, viene a llenar parte de ese vacío. Demos, pues, la más cálida bienvenida a El choque de los fundamentalismos.

Por: Alfredo Prieto. Ensayista, editor-jefe de la revista Temas.

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16.6.04

Los musulmanes en Europa

Los musulmanes en Europa.
Libro que aborda un tema clave de nuestro momento cultural y político.

Autor: José Morales.

Editorial Eunsa.

El Islam está conquistando Europa. Ese es un hecho que sólo pueden negar los que piensan que el resto del mundo está tan carente de ideas y convicciones como Europa.
La famosa Unión Europea ha conseguido que los países estén juntos en lo económico, en las leyes que destruyen la familia y en el rechazo conjunto, algunos con más vergüenza que otros, de las raíces cristianas.

Mientras los musulmanes están llegando, y en número cada vez mayor y, como se está viendo, cada vez con menos tapujos.
De las pateras, aprovechando la nocturnidad, se ha pasado al asalto a plena luz del día y ante la misma policía, de las alambradas que separan el territorio español del marroquí. José Morales nos recuerda que los hombres y mujeres de religión islámica vienen aquí principalmente por un motivo económico.
Otra cosa es que las mentes rectoras aprovechen ese hecho, la huída del caos económico y la dictadura social en muchos casos, para controlarlos en el viejo continente mediante una muy bien organizada y financiada red de imanes.

Pero lo real es que la fisonomía cultural de Europa puede estar cambiando. Y ante eso no podemos quedarnos callados.

En este ensayo, José Morales, que ya había publicado dos libros sobre el tema, “El Islam” (2001) y “Caminos del Islam” (2004), aborda una especie de estudio sociológico sobre la entrada de grandes migraciones islámicas en Europa. Y señala cosas tan singulares, que es bueno no olvidar, como que los musulmanes carecen de afecto hacia los países que los acogen o que, si a algún europeo, por snobismo, le da por hacerse seguidor de Mahoma, eso no tiene ninguna base racional. Como dice el autor: “lo cierto es que nadie que haya abandonado el Cristianismo ha sido capaz de justificar su decisión con razones intelectuales”. Y constata, ojo al dato, que solo ciertos sectores izquierdistas, y los Verdes en Alemania, tienen como una propensión pro-musulmana.
No será extraño que, quizás pronto, nuestras elites de la izquierda que nos gobierna, y que no soporta una cruz ni la simple mención del cristianismo, acabe enfundándose la chilaba.

Porque el Islam, sin desmerecer la sinceridad de muchos de sus simpatizantes, tiene mucho de política. Y separar el Corán de la autoridad no resulta nada fácil. Hasta los mismos Derechos Humanos encuentran problemas para ser aceptados, aún sólo de boquilla, precisamente por ese hecho.

En este libro, que tiene mucho de descriptivo (como una primera ojeada sobre la que vale la pena elaborar un diagnóstico más detenido), el autor con acierto apunta, por ejemplo, que no hay que pensar en una secularización de los islámicos europeos. Porque, entre otras cosas, el islam codifica todo lo cotidiano. Mientras que el cristianismo, supone el bautismo, y cuando se niega permanece la naturaleza humana, no cabe pensar lo mismo de un musulmán.
No se nace cristiano, pero sí musulmán.

Y aunque no nos guste, tiene más entidad el mundo islámico que ese retorno al paganismo que quiere emprender Europa. Los musulmanes no se secularizarán que quede claro.

Libro interesante que aborda un tema clave de nuestro momento cultural y político, que exige reflexionar más allá de la conveniencia de trabajadores extranjeros o escudándose en un patético pluralismo. Pero para ello habría que pensar en la identidad de Europa, cada vez más irreconocible, porque a los nuestros les ha dado por desfigurarle el rostro.

13.6.04

La sociedad multiétnica


GIOVANNI SARTORI. El pensador y escritor italiano, galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, es uno de los grandes precursores de la ciencia política, un experto en los problemas actuales de los sistemas democráticos y de los cambios que se producen en Europa debido a causas como la ampliación o la emigración.
Profesor emérito en la Universidad de Columbia, en Nueva York, profesor de la Universidad de Florencia en su Italia natal, gran opinador en L'Espresso y el Corriere della Sera, es miembro de la Accademia Nazionale dei Lincei y de la Academia Americana de Artes y Ciencias. Es, además, doctor 'honoris causa' por varias universidades, entre ellas las de Génova (Italia), Georgetown (EEUU), Guadalajara (México), Buenos Aires (Argentina) y la Complutense de Madrid, por la que fue investido el 8 de mayo de 2001.


Autor de algunos de los libros clave en la ciencia política de las últimas dos décadas en todo el mundo, como Qué es la democracia, Partidos y sistemas de partidos, Teoría de la democracia, Ingeniería constitucional comparada y Homo videns, Giovanni Sartori se ha volcado siempre, con la valentía que le caracteriza y sin complejos mediocres y ansias de agradar, sobre las grandes cuestiones que marcan la vida y el debate en las sociedades modernas.
Cómodo no ha sido nunca su pensamiento para nadie, y eso le divierte mucho a este intelectual combativo y vital a sus 77 años.

Ha escrito algunos de los más respetados ensayos sobre cuestiones constitucionales y problemas de la democracia, desde las amenazas distorsionantes de las diversas leyes de repartición de las partículas de la voluntad popular en las elecciones hasta las graves interrogantes que plantea la omnipresencia de los medios, y los poderes que tras ellos se ocultan, en el debate político.

Considera que Silvio Berlusconi es una amenaza grotesca pero muy seria para la democracia italiana, pero también que el pietismo católico izquierdista está generando inmensos riesgos para el pluralismo. Cree que la ética de los principios es una máxima en el comportamiento de la persona, pero también que la ética de la responsabilidad debe primar en aquéllos que tienen mandato político y social y están obligados a calcular, sopesar y prever las consecuencias de sus actos.

Considera que la sociedad pluralista puede morir de buena voluntad, falta de sentido común y reflexión serena. Porque individualmente, dice, podemos y debemos guiar nuestra conducta según nuestras convicciones y principios íntimos, pero los responsables de la cosa pública han de subordinar sus afectos a la responsabilidad de evaluar las consecuencias de sus actos para toda la sociedad.
Y esto echa en cara a los políticos de Europa y EEUU. Y lo que le granjea las críticas, cuando no las iras, de colegas, bienpensantes, filántropos profesionales, políticos humanitaristas y colectivos occidentales de vocación tercermundista

La sociedad multiétnica
Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros

Este libro habla de la buena sociedad. Es un tema crucial de la teoría política, que se ha vuelto a poner en discusión por la presión migratoria sobre Europa, por la crisis del melting pot americano y por la doctrina del multiculturalismo.

Para Giovanni Sartori la buena sociedad es la sociedad abierta que él interpreta –a partir de un lúcido análisis histórico que otorga fuerza y originalidad a esta obra- como una sociedad pluralista basada en la tolerancia y en el reconocimiento del valor de la diversidad.
Un análisis del que resulta que el multiculturalismo no es una extensión y continuación del pluralismo sino, por el contrario, su negación. Porque el multiculturalismo no persigue una integración diferenciada, sino una desintegración multiétnica.

A partir de esta premisa el libro se pregunta hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin disolverse a “enemigos culturales” que la rechazan. Porque todos los inmigrantes no son iguales. Y porque el inmigrante de cultura teocrática plantea problemas muy distintos del inmigrante que acepta la separación entre religión y política.

El análisis teórico sirve aquí para encuadrar los problemas prácticos que comentaristas y políticos están afrontando con inconsciente ligereza.
Y es que Sartori no se deja hechizar por los lugares comunes de lo "políticamente correcto".

La obra del pensador italiano Giovanni Sartori que aquí recensionamos ha tenido, desde su aparición hasta el día de hoy, amplia repercusión en el debate intelectual sobre el multiculturalismo y la inmigración, tanto en Europa como en Norteamérica. Las opiniones vertidas en la misma, a contracorriente de lo que muchos intelectuales, sobre todo progresistas, vienen manteniendo, adoptan un tono tremendista cuando no apocalíptico, razón del enorme eco alcanzado, sin demérito de los argumentos que sustentan dichas opiniones.

En el prefacio de la obra, el autor declara que el libro trata sobre la teoría de la buena sociedad, a la que identifica como plural desde un punto de vista social y cultural por excelencia, con el objetivo de desmontar el argumento que trata de derivar el multiculturalismo a partir del pluralismo cultural (p. 7).

Las sociedades occidentales tienen actualmente planteado un problema fundamental, la presencia de “extranjeros” o “extraños” en su seno, lo cual se observa en las reivindicaciones multiculturalistas en Estados Unidos o Canadá y en la presión migratoria en Europa.
El problema se concreta en cómo integrar a los extranjeros, personas con culturas, religiones o etnias muy diferentes a las que predominan en las sociedades occidentales. Lo cual va unido al miedo de los autóctonos hacia aquellos extranjeros que defienden su acervo cultural desde una postura fundamentalista.

Así queda planteada la problemática. En la primera parte de la obra, titulada “Pluralismo y sociedad libre”, propone Sartori hacer una caracterización de la sociedad occidental como la deseada buena sociedad, parte para ello de las ideas de Popper sobre la sociedad abierta.
La sociedad occidental es abierta en tanto que basada en el estado liberal (de individuos libres), la tolerancia y el aperturismo histórico hacia las diferencias. Este tipo de sociedad, se pregunta el autor, ¿es capaz de incluir una sociedad multicultural y multiétnica?

Para Sartori, la tolerancia se encuentra en el origen del estado liberal de derecho frente al estado antiguo y frente al absoluto, en los que prevalece la unanimidad.
Desde dicha tolerancia, el estado moderno liberal se abre a la afirmación de la pluralidad como un valor propio, aceptando la diversidad y el disenso como hechos sociales que concluyen en el consenso.
Recurre nuestro autor al ejemplo de la pluralidad de partidos políticos como producto real del ideal pluralista de las sociedades liberales (p. 25). Se cuida, sin embargo, de identificar pluralidad y pluralismo, al afirmar que la existencia de la primera no implica la existencia del segundo.

El ideal pluralista se caracteriza por defender la tolerancia, la variedad como factor enriquecedor, la discrepancia y el cambio de la sociedad, pero sobre todo que en ella prevalezca la secularización.
En este sentido, pudiera coexistir con la multiculturalidad de las sociedades actuales, pero no con el multiculturalismo intolerante y agresivo.

Por otro lado, el pluralismo social se opone a la igualdad total sobre la idea de la complejidad estructural de cualquier sociedad.
A nivel político, el consenso sobre las reglas de participación en la resolución de conflictos sociales se completa con la legitimidad del conflicto pacífico de intereses que alcanza al fin el consenso, entendido como acuerdo logrado desde posiciones diversas.
Acoge también, la “regla de la mayoría” cuando se aplica razonablemente sin lesionar los derechos de las minorías.

Por lo tanto, la sociedad occidental es cultural, social y políticamente plural como consecuencia de un proceso histórico que ha estado guiado por el ideal pluralista y en este sentido, critica el autor el intento artificioso de construir una sociedad plural de un día para otro.

Además, una comunidad sólo es plural cuando existen en ella líneas de división que separan los aspectos social, religioso, económico o político.
Rechaza Sartori, en consecuencia, las identidades culturales que tratan de hacer de la sociedad una estructura holística, sin fisuras y tan rígida que impiden la diversidad que surge como consecuencia del ejercicio de las libertades, por la vía impositiva de pautas culturales y sociales a los demás, o que, ante la imposibilidad de tal hecho, se aíslan en su uniformidad.

La sociedad pluralista trata de recuperar el sentido de comunidad, que ya señalara Ferdinad Tönnies, lo cual se funda en la necesidad de una alteridad identitaria, es decir, en la construcción personal de la identidad por referencia a una comunidad, que se considera como la propia, frente a otras identidades correspondientes a individuos identificados como pertenecientes a otras comunidades. “...nosotros somos quienes somos, y como somos, en función de quienes o como no somos” (p. 48), asevera Sartori.

Compara la experiencia de Estados Unidos y de Europa respecto a la constitución de una sociedad plural, resaltando sus diferencias. La primera presenta un contexto migratorio a modo de crisol que no es trasladable a Europa.
En ésta, los flujos migratorios están produciendo ciertas contranacionalidades que se oponen a las culturas nacionales plenamente establecidas, lo cual justifica la reacción compleja de los autóctonos en formas de defensa del trabajo, xenomiedo, xenofobia y racismo.
El fundamento del rechazo, piensa Sartori, se encuentra en la incompatibilidad del fanatismo cultural-religioso de algunos de los inmigrantes, sobre todo los procedentes de países islámicos, y el pluralismo, hasta el punto de que aquel niega los principios del estado liberal eliminando la reciprocidad como clave de la convivencia.

La segunda parte lleva por título “Multiculturalismo y sociedad desmembrada”, y se centra en el análisis de tal corriente de pensamiento y su compatibilidad con el pluralismo.

Defiende nuestro autor que el pluralismo es opuesto al multiculturalismo en la medida en que acepta la diversidad pero junto a ella coloca la asimilación necesaria para integrar, sin que por ello defienda la homogeneización cultural y social, integración, que piensa él, asegura la cohesión social.

El multiculturalismo, por su parte, rechaza el reconocimiento recíproco de todos los individuos y grupos dentro de la sociedad, haciendo prevalecer la separación sobre la integración.
El principal problema del multiculturalismo, a los ojos de Sartori, es que su defensa radical de la diversidad conlleva la fragmentación social, imposibilitando la convivencia pacífica en el ámbito de cualquier comunidad. Recurre nuevamente al ejemplo de la pluralidad de partidos políticos, diversos para aumentar la representatividad, pero no tan aislados que hagan imposible la gobernabilidad.

De los autores multiculturalistas mencionados, Wohlin, Walzer, Guttman y Taylor, profundiza en la teoría de este último, quien plantea la defensa de la identidad cultural de ciertas minorías recurriendo al reconocimiento, pero también a la “affirmative action”, consistente en discriminar para mantener las diferencias.

A su vez, a Sartori le parece que Taylor da un salto en el vacío cuando de la opresión que sufren los miembros de tales minorías deriva su depresión, frustración o infelicidad vital. Además, pregunta Sartori si son todas las diferencias que se deben tener en cuenta, llevando al argumento contrario hacia el callejón sin salida del absurdo.

En resumen, para el pensador italiano, el multiculturalismo en esencia es una estrategia ideológica que transforma en reales una identidades potenciales, aislándolas como en un gueto (p. 89), surgiendo así el racismo, cuando lo que se pretendía era eliminarlo.
En realidad, se trataría según el autor de una cuestión de discriminación social, que planteada en términos multiculturalistas condena a la comunidad pluralista al fracaso, porque niega la igualdad necesaria de todos los ciudadanos ante la ley que preconiza el estado liberal. Advirtiendo, pues, del peligro de destrucción social que una ciudadanía diferenciada supondría.

A continuación, analiza la creciente inmigración en Europa, haciendo radicar en “el efecto llamada”, que pueden ejercer los que ya están aquí, el peligro de invasión.
Peligro que apunta directamente a los inmigrantes islámicos, a los que considera inintegrables por identificar ciudadanía y creencias religiosas.
A modo de conclusión Sartori establece que el multiculturalismo en Estados Unidos reivindica el reconocimiento de la identidad de minorías internas, mientras que en Europa, de lo que se trata es de salvar la identidad del estado-nación de amenazas externas.

En definitiva, se distinguen porque el pluralismo basa en la asociación voluntaria el sentido de pertenencia social, y el multiculturalismo, al contrario, en la asociación involuntaria. El primero establece múltiples líneas de división social, atenúa las identidades y enriquece en la diversidad, mientras que el segundo, neutraliza las líneas de división social, refuerza las identidades grupales y supone, en suma, el desmantelamiento de la sociedad. En consecuencia, no es el multiculturalismo el digno heredero del pluralismo cultural, como algunos nos quieren hacer ver, sino el interculturalismo.

12.6.04

La integración de los musulmanes en Europa


Entrevista al profesor egipcio y experto en temas islámicos, Samir Khalil Samir, y autor de «Cien preguntas sobre el Islam»

Claves para la convivencia entre musulmanes y cristianos.

Samir Khalil Samir sugiere posibles vías de encuentro entre cristianos y musulmanes, sobre todo en un momento en que hay 12 millones de musulmanes en la Unión Europea.

--¿Cuál es la gran pregunta que es necesario formularse sobre el Islam?
--Samir Khalil Samir: La pregunta es simple: qué es el Islam. El Islam es una religión parecida y distinta al cristianismo. Muchos de los valores profundos tienen cosas en común con el cristianismo.

No olvidemos que el Islam nace en un contexto geográfico, cultural e histórico donde existe el judaísmo y el cristianismo. En la Meca había muchos cristianos, y en Medina, la segunda ciudad del Islam, muchos judíos.

El contexto de la cultura beduina, en ambiente árabe, hace que el modo de entender a Dios y la religión sea distinto. Cuando digo distinto no hago un juicio de calidad; es simplemente diverso.

Para los occidentales, existe la tentación de intentar asimilar el Islam a una forma de cristianismo, o de oponerlo como algo totalmente distinto: pues no, ni una cosa ni la otra. Tenemos que empezar por saber qué es.

--¿El Islam se siente «misionero» por definición?
--Samir Khalil Samir: Así como lo esencial para el cristianismo es querer transmitir el Evangelio a todos, también es esencial para el musulmán querer transmitir el Corán.
Hasta aquí es justificable y es justo.
El problema surge cuando el modo de proceder es agresivo. Surgen problemas cuando el cristiano, en el deseo de anunciar a Cristo y al Evangelio a todo el mundo, lo hace de manera aunque sea ligeramente agresiva o con desprecio de quien no tienen la misma visión del mundo.

Si entiendo que he descubierto algo bonito y por amor y amistad quiero transmitirlo, no hay problema, siempre y cuando lo haga con libertad absoluta para todos. Es más, se convierte en un acto de fraternidad y de amor.

--Algunos quieren difundirlo por vías alejadas de la paz...
--Samir Khalil Samir Hoy vemos como a menudo hay quien quiere difundir el Islam con medios que no son siempre pacíficos. Una vez fue hasta con la guerra.

Creo que cuando hablamos de guerra no tenemos que decir «pero los cristianos hicieron las cruzadas», porque, según mi lectura histórica, el fin de la cruzada no era convertir musulmanes, sino que tenía un objetivo de defensa. Los objetivos eran militares y sociales; nunca fueron allí para convertir musulmanes. Fueron más bien, quizá, para defender a los cristianos y los caminos que conducían las peregrinaciones a los lugares santos.

El Islam desde los inicios contempla la conquista y la guerra. No por violencia, esto nunca: el Islam no acepta el principio de «la violencia por la violencia», ni usará la guerra para difundir la fe.

La fe musulmana se ha difundido sobre todo a través de los comerciantes, pensemos en la India o Malasia, y a través de los místicos. Ha tenido varios métodos de difusión: el hecho de querer difundir su fe y compartirla es un acto noble. Tendríamos que ver qué es lo que hay que hacer para afinar este concepto de difusión que para ellos es la «dawa» y para los cristianos la «misión».

--Violencia y no violencia, ¿se encuentran en la misma medida dentro del Corán?
--Samir Khalil Samir: La violencia se encuentra ya en el Corán y en la vida de Mahoma, y quien diga lo contrario es que no ha leído el Corán ni conoce a Mahoma. Sus primeras biografías se llamaban libros de las conquistas; es como los llaman ellos.

Pero al mismo tiempo que afirmo que la violencia está en el Corán, tengo que decir que también la «no violencia» está allí y en la vida de Mahoma. No me contradigo, es la realidad.

Por un lado, la violencia formaba parte del Islam naciente. La pregunta más profunda que debemos hacernos es cómo conciliar los hechos de violencia que subsisten en el Corán y que obligan --sí, digo obligan-- casi a matar en algunos casos.

Al mismo tiempo, otros párrafos obligan --repito, obligan-- a no hacer daño y a respetar la diversidad. Se encuentran las dos visiones, y sólo planteándonos esta pregunta y buscando la respuesta se empieza a entender la realidad musulmana en su conjunto.

--Los cristianos se interpelan cada vez más sobre el Islam. ¿También los musulmanes se formulan todas estas preguntas sobre los cristianos?
--Samir Khalil Samir: Sí, los cristianos se interrogan sobre el Islam. Viviendo en un ambiente mixto como es Beirut, tengo que decir que se preguntan por el Islam, y viceversa. De todos modos, es verdad que en el Líbano me dicen siempre que nosotros cristianos conocemos mejor el Islam que ellos el cristianismo.

La verdad es que tenemos bastantes dificultades cuando organizamos congresos y queremos un interlocutor musulmán que conozca bien el cristianismo.

--El Islam, ¿sigue siendo un desconocido para Europa?
--Samir Khalil Samir: Europa no debería culpabilizarse por no conocer el Islam: es obvio. Tampoco conoce el budismo u otras religiones. Para mí la cuestión no está en no conocer, sino en querer conocer.
Es positivo trabajar juntos, también criticando lo que no nos guste de su cultura, del mismo modo que ellos tienen el derecho a contestar aspectos de la cultura occidental que no les gusten.

Ellos, por ejemplo, creen que la concepción de la laicidad parece haber eliminado el fenómeno religioso, que de todos modos reaparece. Esta crítica es válida, y debe serlo también al revés. Me gustaría recordar que la presencia musulmana en Europa es reciente; es absurdo pretender que las raíces europeas sean las de todas las religiones.

Desde mi punto de vista, la presencia de musulmanes en Europa podría ser una bendición bajo ciertas condiciones. Por ejemplo, si se consiguiera crear un Islam europeo, que fuera de fe musulmana y de cultura europea, o sea, también cristiana. Entonces se podría llegar a una relectura del Corán, partiendo de la igualdad entre hombre y mujer, entre creyente y ateo, con los principios de la democracia y de la civilización occidental, sobre todo de la distinción entre lo religioso y lo político.

--Algunos han criticado su libro alegando que se olvida de aspectos muy positivos del Islam, como el sufismo.
--Samir Khalil Samir: Hay algo exacto en esta observación, y es que no hablo del sufismo. Mire, es una realidad que el Islam ortodoxo suní ve como algo privado, o hasta como una desviación. No tiene mucho peso.
Si tomamos los libros que se publican en el mundo árabe-musulmán no vamos a encontrar casi ningún libro sobre sufíes.

En cambio, en Occidente hay muchos. ¿Por qué? Porque a Occidente le interesa el otro a partir de sí mismo, y no trata de entender el Islam como es.
En el Islam, lo esencial en las enseñanzas y en la vida es lo jurídico. Esto no es una acusación ni un aspecto negativo, es la realidad, y tengo que respetar al otro como es.

Más que el sufismo, para entender el mundo musulmán tenemos que conocer sus fuentes. Los «haddit», por ejemplo, son los dichos del profeta, y casi no se encuentran traducidos y son importantísimos.

--¿Lo urgente es una relectura del Corán?
--Samir Khalil Samir: Lo importante ahora es dilucidar cómo se debe leer e interpretar hoy el Corán.
Lamentablemente hay pocos musulmanes que propongan una relectura del Corán.

El cristianismo hace siglos que empezó una lectura crítica de sus fuentes. Esta lectura crítica no ha tenido lugar en el mundo musulmán y es una necesidad.
Repensar el Corán no significa cambiar el texto, sino su lectura. Los intelectuales musulmanes quieren hacerlo, pero no lo consiguen porque el peso de la mayoría tradicional es demasiado fuerte.

En Europa esto sería posible, siempre y cuando no prevalezcan estos grupos integristas pagados por países ricos del Golfo, que lo que hacen es exportar a Europa un Islam que no es el Islam que los musulmanes europeos quieren.

Muchas mezquitas están controladas por ellos; no son los inmigrantes quienes las han construido, sino ellos y sus predicadores que vienen de Arabia o de algunos emiratos.

--Para usted el Islam es algo natural, siendo un cristiano árabe. ¿Se siente un puente?
--Samir Khalil Samir: Tengo una gran simpatía a los musulmanes, pertenezco a esa cultura.
Soy árabe cristiano en una cultura musulmana, pero mi fe es cristiana, y estoy contento tanto de una cosa como de la otra.

El Islam no me es extraño, ciertamente. Nosotros, los cristianos árabes, hemos aprendido a apreciar los aspectos positivos y negativos de la coexistencia. También podemos ayudar a los cristianos occidentales a comprender el Islam en su totalidad y a convivir con él.
Somos un puente y podemos aportar lo que la experiencia de siglos nos ha dado como fruto.