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31.7.04

Al-Andalus contra España por Serafín Fanjul


Al-Andalus contra España

La forja del mito: Serafín Fanjul
Fruto del Romanticismo literario se desarrolla en el siglo XIX la mitificación de al-Andalus. Desde entonces, dos imágenes por igual hipertrofiadas tienden a representar en exclusiva esta faceta de la Historia de España.

Y si bien hoy nadie sostiene en serio que ignorancia, despoblación y desertización africanas fueran el corolario inevitable de la invasión musulmana, por el contrario -y por razones muy del momento- sí subsiste una corriente publicística que no se contenta con embellecer en su magín los surtidores del Generalife con bancos o jardines de hace cuatro días, inconsciente del daño que a la propia comprensión han perpetrado los malos poetas y va mucho más lejos, manteniendo que un al-Andalus superior, refinado y culto sucumbió ante unos cristianos bárbaros, ignorantes y torpes.

La idealización mauróflla, al retomar para la Hispania musulmana dos de los mitos más caros al eurocentrismo (el del Buen Salvaje y el del Paraíso Perdido), trasluce una actitud que se sale del terreno del análisis racional de la sociedad y de la Historia y se hunde en el de la fe o las creencias religiosas.

Serafín Fanjul es Catedrático de Literatura Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, autor de La quimera de al-Andalu.s (Siglo XXI, 2004), así como de diversos estudios literarios (Literatura popular árabe, Cancianes populares árabes y El mawwal egipcio) y de varias traducciones de obras cimeras de la literatura árabe (Libro de los avaros de al-Yahiz, A través del islam de lbn Battuta, Maqamas de al-Hamadani o Descripción general de África de Juan León Mricano); también ha publicado un libro de relatos breves (El retorno de Xan Furabolos) y dos novelas (Los de Chile y Habanera de Alberto García).

Reseñas

"Fanjul ha hecho añicos en Al-Andalus contra España la idea de una sociedad musulmana refinada, pacifica y culta que fue doblegada por unos cristianos caracterizados por el salvajismo y la barbarie [... ] desmonta la imagen idealizada de al-Andalus como tierra de tolerancia y de convivencia entre las tres culturas y las tres religiones monoteístas."

«Al-Andalus es un mito romántico y la herencia árabe en España es escasa»

El autor ofrece esta conferencia 'España, tierra de prodigios' en el Aula de Diario LA RIOJA, en el centro cultural de Ibercaja en Portales Su discurso ofrece una visión crítica sobre algunos mitos del mundo islámico - Si le parece a usted hablamos de la última amenaza de Al Qaida..

- Es una campaña de presión contra Occidente. España, además, es un objetivo por su Historia. Al-Andalus era un mito literario para los árabes hasta hace 20 años. Pero en los últimos diez ha tomado un sesgo diferente con actitudes netamente peligrosas. Ya no es un motivo literario, sino de recuperación física de un territorio que fue musulmán en otros tiempos. Es un asunto muy grave que no se puede tomar a broma.

- En Occidente y España hay sectores más preocupados en defender derechos ajenos mientras ignoran la cultura propia, cuando no la atacan directamente...


- Ahí confluyen varias cosas de la sociología de masas española. Por un lado, la falta de cultura básica de formación e información. Eso propicia un desconocimiento propio y deja unos espacios grandísimos para que vengan otros a ocuparlos. Por otro lado hay una mala conciencia inoculada por el ancestral masoquismo español que viene desde la pérdida de la hegemonía política en Europa. Pesimismo y encerramiento han generado un sentimiento de complacencia en el masoquismo, en la autodestrucción, en la negación de los valores propios... Aquí nos hemos apuntado a una crítica europea exarcebada al colonialismo que tiene poco que ver con nuestra historia.

- El desconocimiento conlleva un desprecio a lo propio y un vacío frente a lo ajeno...


- Efectivamente. Los musulmanes tienen las cosas clarísimas. Presentan una cultura monolítica, agresiva, saben lo que quieren aunque sean cosas absurdas, injustas o brutales. Y todo eso frente a gentes que no tienen más objetivos inmediatos que resolver el fin de semana... La situación es muy mala. El vacío religioso también es grave, con independencia de cuál sea la opción de cada uno.

- Es como si estuviéramos cargados de complejos estúpidos...


- Hace años que vengo reclamando un rearme ideológico de España. Una religión tan agresiva como el Islam sólo se puede combatir con otra religión que no sea tan violenta pero que sea muy clara en creencias y objetivos.

- Pero ahora toca hablar de la multiculturalidad y de integración...


- También se habla de más cosas... Hay otra gente que trabajamos por el rearme moral e ideológico de España. Y eso va más allá del plano estrictamente político de una nación determinada. Se trata de una sociedad, de unos valores que tenemos que defender porque van a desaparecer o se van a quedar en manos de algo que es objetivamente peor.

- Habla de valores occidentales...

- Sin duda. Valores como la libertad, la igualdad de sexos, una sociedad abierta, los derechos humanos son valores indiscutibles y no podemos perderlos por inhibición ni por cobardía. La propuesta de los islamistas es reislamizar España y el mundo.

- Analizando la Historia siempre terminan echándonos la culpa de todos sus males.

- En buena parte la culpa es nuestra. Hablan y montan el número por las caricaturas de Mahoma pero hoy se están produciendo a diario y de manera generalizada abusos y matanzas contra los cristianos en los países musulmanes y nadie dice ni palabra...

- Es que si usted sigue con ese discurso le llamarán 'facha'...


- Sí, claro. Ya lo he oido. Si defender la libertad y la igualdad es ser 'facha', yo soy 'facha'.

- Al-Andalus es una entelequia...

- Una cosa es la Historia y otra, los inventos de armonía entre las tres religiones... Autores europeos y árabes y los románticos inventaron esa entelequia cultural....

- Blas Infante, por ejemplo, escribió cosas propias del pensamiento sabiniano...


- No quiero cargar la mano diciendo lo que pienso de Blas Infante... Es que en la época se produjo una exposición de mininacionalismos aldeanos, al socaire de la pérdida de las últimas colonias, el comedero de vascos y catalanes, curiosamente. Y es ahí cuando empiezan a pensar que España ya no es necesaria y a descubrir mentiras absurdas y mitológicas. En Andalucía no había burguesía nacionalista y tuvieron que inventar un pasado, lo más raro, lo más exótico, los omeyas, los nazaríes...

- Pero no es menos cierto que el calabobos de la herencia árabe ha llegado hasta los libros de texto y llena periódicos y revistas...

- De todo eso hay bastante poco. Son mitos sin fundamento racional. En el idioma hay unas cinco o seis mil palabras de origen árabe, la mayor parte de las cuales no se usan. Son palabras relacionadas con la vida material y agrícola. En el siglo XIII, el volumen de léxico que hay de origen árabe es el 0,5 por ciento.

El léxico que tiene Cervantes de origen árabe es del 1 por ciento. Y si hablamos de población, casi en su totalidad es de origen norteño y procedente de repoblaciones realizadas a partir del siglo XIII.

Diario La Rioja



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30.7.04

Oriana Fallaci "Un sermón para Occidente"

El 22 de octubre de 2002, Oriana Fallaci se dirigió a una audiencia en el American Enterprise Institute.



La Sra. Fallaci, natural de Florencia, Italia, y una veterana periodista, levantó un gran revuelo a través de Europa con la publicación de su libro La Rabia y el Orgullo (llamando a Occidente a enfrentarse al mundo Islámico)

No me escondo. Nunca lo he hecho. Me quedo en casa porque me gusta quedarme en casa, y en casa trabajo. No he aparecido en público durante al menos diez años. Nada de entrevistas, nada de televisión.

Entonces, ¿por qué estoy aquí?
Porque, desde el 11 de septiembre, estamos en guerra. Porque el frente de esa guerra está aquí, en América. Porque cuando fui corresponsal de guerra, me gustaba estar en el frente. Y ésta vez, en ésta guerra, no me siento como una corresponsal de guerra. Me siento como una soldado. El deber de un soldado es de luchar. Y para luchar en esta guerra, desplego un arma personal.

No es una pistola. Es un libro pequeño, "La Rabia y El Orgullo".
Mi arma de soldado es el arma de la verdad. La verdad que comienza con la verdad que mantengo en estas páginas.

Desde Afganistán hasta Sudán, desde Palestina hasta Pakistán, desde Malasia hasta Irán, desde Egipto hasta Irak, desde Argelia hasta Senegal, desde Siria hasta Kenia, desde Libia hasta Chad, desde Líbano hasta Marruecos, desde Indonesia hasta Yemen, desde Arabia Saudí hasta Somalia, el odio hacia Occidente crece como un fuego alimentado por el viento.

Y los seguidores del fundamentalismo islámico se multiplican como un protozoo de una célula que se divide para convertirse en dos células, después cuatro, después ocho, después dieciséis, después treinta y dos, hasta el infinito. Aquellos que no estén enterados de ello sólo tienen que mirar las imágenes que la televisión nos trae cada día. Las multitudes que impregnan las calles de Islamabad, las plazas de Nairobi, las mezquitas de Teherán.
Las caras feroces, los puños amenazantes. Los fuegos que queman la bandera americana y las fotos de Bush.

El choque entre nosotros y ellos no es un choque militar. Oh, no. Es uno cultural, uno religioso. Y nuestras victorias militares no resuelven la ofensiva del terrorismo islámico. Al contrario, lo animan. Lo exacerban, lo multiplican.
Lo peor está todavia por llegar.

El presidente Bush ha dicho,
“Nos negamos a vivir con miedo.”
Preciosa frase, muy preciosa. ¡Me encantó!
Pero inexacta, señor Presidente, porque Occidente sí vive con miedo.

La gente tiene miedo de hablar contra el mundo islámico. Miedo de ofender, y de ser castigada por ofender, a los hijos de Alá. Puedes insultar a los cristianos, a los budistas, a los hindús, a los judíos. Puedes difamar a los católicos, puedes escupir sobre la Madonna y Jesucristo. Pero ay del ciudadano que pronuncie una palabra contra la religión islámica.
La gente tiene miedo de hablar contra el mundo islámico.
Miedo de ofender, y de ser castigada por ofender, a los hijos de Alá.


Mi pequeño libro no es blando con el Islam. En ciertos pasajes, es incluso feroz. Pero es mucho más feroz con nosotros: nosotros los italianos, nosotros los europeos, nosotros los americanos.
Llamo a mi libro un sermón -dirigido a los italianos, a los europeos, los occidentales. Y junto con la rabia, este sermón desata el orgullo por su cultura, mi cultura. Esa cultura que a pesar de sus errores, sus fallos, incluso monstruosidades, ha dado tanto al mundo.


Nos ha movido de las tiendas del desierto y las chozas de los bosques a la dignidad de la civilización. Nos ha dado los conceptos de belleza, de moral, de libertad, de igualdad. Ha hecho una conquista única en el campo social, en el reino de la ciencia. Ha hecho desaparecer enfermedades. Ha inventado todas las herramientas que hacen la vida más fácil y más inteligente, aquellas herramientas que nuestro enemigo también puede utilizar, por ejemplo, para matarnos. Nos ha llevado a la luna y a Marte, y esto no puede decirse de la otra cultura.

Una cultura que ha producido y produce sólo religión, que en todos los sentidos encarcela a las mujeres dentro del burka o del chador, que nunca está acompañado de una gota de libertad, una gota de democracia, que subyuga a su gente bajo régimenes opresivos, teocráticos.
Sócrates, Aristóteles y Heráclito no fueron mullahs. Jesucristo, tampoco. Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Galileo, Copérnico, Newton, Pasteur y Einstein, lo mismo.


Mi libro es también un j’accuse. Para acusarnos de cobardía, hipocresía, demagogia, holgazanería, miseria moral, y todo lo que viene con ello.
La estupidez de la moda de la corrección política, por ejemplo. La insuficiencia de nuestros colegios, nuestras universidades, nuestros jóvenes, gente que a menudo ni siquiera saben la historia de su país, los nombres Jefferson, Franklin, Robespierre, Napoleón, Garibaldi. Y no entendiendo que la libertad no puede existir sin disciplina, auto-disciplina.

Yo nos acuso a nosotros también de otro crímen: la pérdida de la pasión. ¿No habéis entendido qué conduce a nuestros enemigos? ¿Qué les permite luchar esta guerra contra nosotros? ¡La pasión! ¡Ellos tienen pasión! ¡Tienen tanta pasión que pueden morir por ella!

Sus líderes también, por supuesto. Conocí a Jomeini. Discutí con él durante más de seis horas calmadamente, y os digo que ese hombre era un hombre de pasión. Nunca he conocido a Bin Laden, pero he observado bien sus ojos. He escuchado bien su voz. Y os digo que ese hombre es un hombre de pasión. Hemos perdido la pasión.

Bueno, yo no. Yo hiervo en pasión. Yo, también, estoy preparada para morir por pasión. Pero a mi alrededor, no veo pasión. Incluso aquellos que me odian y me atacan y me insultan lo hacen sin pasión. Son moluscos, no hombres y mujeres. Y una civilización, una cultura, no puede sobrevivir sin pasión, no puede ser salvada sin pasión Si Occidente no se despierta, si no reencontramos la pasión, estamos perdidos.

Para citar de mi libro:

“El problema es que la solución no depende de la muerte de Osama bin Laden. Porque los Osama bin Ladens ahora son demasiados: como clonados como la oveja en nuestros laboratorios de investigación… De hecho, los mejor entrenados y los más inteligentes no se quedan en los países musulmanes… Se quedan en nuestros propios países, en nuestras ciudades, nuestras universidades, nuestras empresas.

Tienen lazos excelentes con nuestras iglesias, nuestros bancos, nuestras televisiones, nuestras radios, nuestros periódicos, nuestros editores, nuestras organizaciones académicas, nuestros sindicatos, nuestros partidos políticos…
Peor, viven en el corazón de la sociedad que les acoge sin cuestionar sus diferencias, sin revisar sus malas intenciones, sin penalizar su resentido fanatismo.

“Si continuamos quedándonos inertes, serán siempre más y más. Exigirán siempre más y más, nos afligirán y darán órdenes siempre más y más. Hasta el punto de sojuzgarnos. Por esta razón, tratar con ellos es imposible. Intentar establecer un diálogo, impensable. Mostrar indulgencia, suicida. Y aquel que piense lo contrario es un necio.”

25.7.04

La Rabia y el Orgullo (Oriana Fallaci)


En La Rabia y el Orgullo, Fallaci compara al Islam a una "montaña que en mil cuatrocientos años no se ha movido, no ha salido del abismo de su ceguera, no ha abierto sus puertas a las conquistas de civilización, nunca ha querido saber sobre libertad y democracia y progreso. Para abreviar, no ha cambiado".

Ella advierte que "de Afganistán a Sudán, de Palestina a Pakistán, de Malasia a Irán, de Egipto a Irak, de Argelia a Senegal, de Siria a Kenya, de Libia a Chad, de Líbano a Marruecos, de Indonesia a Yemen, de Arabia Saudita a Somalia, el odio por Occidente es como un fuego alimentado por el viento. Y los seguidores del fundamentalismo islámico se multiplican como los protozoos de una célula que se dividen en dos células primero, luego en cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, hasta el infinito."

La Rabia y El Orgullo está cosechando ventas inesperadas y ultrajantes para ciertos sectores de la sociedad. En Francia, una agrupación musulmana se ha querellado contra la autora, Oriana Fallaci ya que, según alega, el libro es decididamente racista.

Lo que entienden estos señores por racismo es un tanto discutible. Algo similar espetaron a Salman Rushdie y después, fíjense por dónde, con una fatwa intentaron acabar con su vida. ¿Racista por considerar que existe una amenaza y llamarla por su nombre: Islam?
Como el libro no es un sesudo estudio de las costumbres y prácticas perversas de los países cuya religión es el Islam, sino un genial ensayo donde las palabras a veces son duras y cortantes, la obra hace mucha más mella de lo que cualquiera podía prever.

En un mundo infestado del movimiento políticamente correcto, donde no hay verdades absolutas y donde todas las culturas se consideran iguales, cualquiera que se atreva a poner en duda estos principios puede salir mal parado.
Ese es el caso de Fallaci. que habla alto y claro, señalando, por ejemplo, que en la cultura islámica, -las mujeres cuentan menos que los camellos- y se aplica -la pena de muerte para quien consume bebidas alcohólicas-. ¿Fuerte, no?... pero cierto.

La religión islámica, para Fallaci, es terrorista porque defiende la guerra santa contra los no musulmanes, aparte de imponer severas sanciones e incluso mutilaciones para los infieles que incumplen la ley divina.
Resulta dramático el relato de la entrevista con Jomeini: Se libró por muy poco de que le cortaran los dedos... (y sólo por llevar pintadas las uñas)!Las ejecuciones también son relatadas con crudeza.
Mujeres adúlteras ejecutadas de un disparo a quemarropa y sin juicio previo.
Descripciones de inauditos encarcelamientos como el del peluquero que fue a la cárcel por abrir su peluquería... para peinar a la autora.
El horror de las hordas de fanáticos destruyendo "iglesias, quemando crucifijos, orinando en los altares, apropiándose de Beirut".

Así que Fallaci, tras describir el horror, se enciende contra quienes "pretenden cambiar nuestro sistema de vida, nuestros principios, nuestros valores" y con rotundidad afirma que "en Europa no hay sitio para los muecines, los falsos abstemios ,el maldito chador y el aún más el jodido burkah".

El libro da mucho más juego. Se lee muy rápidamente y despierta el interés porque su cuchilla de Ockham es muy afilada. Tanto, que los políticamente correctos quedan espantados, no sólo por las críticas que Fallaci dispensa al Islam, sino sobre todo por los piropos que a estos pseudo-progres les dedica: "besan los pies de los invasores y crucifican a los defensores" y "en nombre del Humanitarismo absuelven a los delincuentes y condenan a las víctimas, lloran por los Talibanes y escupen contra los americanos, les perdonan todo a los palestinos y nada a los israelíes".

Con este extraordinario relato, Oriana Fallaci rompe un silencio de décadas. La más célebre escritora italiana vive gran parte del año en Manhattan totalmente aislada. Pero el destino quiso que, el 11 de septiembre, el Apocalipsis se abriese a poca distancia de su casa. En estas páginas plasma qué sintió. Ideas fuertes. Ideas para razonar y reflexionar.

Me pides que hable, esta vez. Me pides que rompa, al menos esta vez, el silencio por el que he optado y que, desde hace años, me he impuesto para no mezclarme con las chicharras. Y lo hago. Porque he sabido que, incluso en Italia, algunos se alegraron, como aquella tarde se alegraron en televisión los palestinos de Gaza. «¡Victoria, victoria!». Hombres, mujeres y niños. Siempre que se pueda seguir definiendo como hombre, mujer o niño al que hace una cosa así.

He sabido que algunas chicharras de lujo, políticos o supuestos políticos, intelectuales o supuestos intelectuales, amén de otros individuos que no merecen la calificación de ciudadanos, se comportan sustancialmente de la misma forma. Dicen: «Les está bien empleado a los americanos».

Me siento muy, muy indignada. Indignada con una rabia fría, lúcida y racional. Una rabia que elimina cualquier atisbo de distanciamiento o de indulgencia. Una rabia que me invita a responderles y, sobre todo, a escupirles. Les escupo a todos ellos. Indignada como yo, la poetisa afroamericana Maya Angelou, rugió también: «Be angry. It's good to be angry, it's healthy» (Indignaos. Es bueno estar indignados. Es sano). No sé si indignarme es saludable para mí.

Pero sé que no les sentará bien a ellos, a los que admiran a Osama bin Laden, a los que le expresan comprensión, simpatía o solidaridad. Con tu petición se ha encendido un detonante, que hace mucho tiempo que quiere explotar. Ya lo verás.

Me pides que cuente cómo he vivido yo este Apocalipsis. Que escriba, en suma, mi testimonio. Ahí va. Estaba en casa. Mi casa está situada en el centro de Manhattan y, a las nueve en punto, tuve la sensación de un peligro inminente que quizás no me alcanzase, pero que ciertamente me iba a afectar profundamente.

Era la sensación que se siente en la guerra, durante el combate, cuando con todos los poros de tu piel sientes las balas o el cohete que silba, estiras las orejas y gritas al que está a tu lado: «¡Down! ¡Get down!» (¡Al suelo. Echate al suelo!). Tardé un poco en reaccionar. ¡No estaba ni en Vietnam ni en una de las numerosas y horribles guerras que, desde la II Guerra Mundial, han atormentado mi vida! Estaba en Nueva York, caramba, una maravillosa mañana de septiembre del año 2001.

Pero la sensación siguió apoderándose de mí, inexplicable, y entonces hice lo que no suelo hacer nunca por la mañana. Encendí la televisión. El sonido no funcionaba, pero la pantalla, sí. Y en todos los canales, aquí hay casi 100 canales, veía una Torre del World Trade Center que ardía como una gigantesca cerilla. ¿Un cortocircuito? ¿Una avioneta estrellada contra la Torre? ¿O un atentado terrorista planeado? Casi paralizada, permanecí fija ante la pantalla y, mientras la miraba fijamente y me planteaba esas tres preguntas, apareció un avión. Blanco y grande. Un avión de línea. Volaba bajísimo. Y volando bajísimo se dirigía hacia la segunda Torre como un bombardero que apunta a su objetivo y se arroja sobre él.
Entonces me di cuenta de lo que estaba pasando. Me di cuenta, porque, en ese mismo momento, volvió la voz a mi tele, transmitiendo un coro de gritos salvajes. Realmente salvajes: «¡Oh God, oh, God, God, God, Gooooooood!». Y el avión penetró en la segunda Torre como un cuchillo que corta un trozo de mantequilla.

TROZO DE HIELO

Eran las nueve y cuarto. Y no me pidas que recuerde lo que sentí durante aquellos 15 minutos. No lo sé, no lo recuerdo. Era como un trozo de hielo. Incluso mi cerebro estaba helado. Ni siquiera recuerdo si algunas cosas las vi sobre la primera o sobre la segunda Torre. La gente que, para no morir abrasada viva, se lanzaba por las ventanas desde el piso 80 ó 90, por ejemplo. Rompían los cristales de las ventanas y se lanzaban al vacío como si se lanzasen de un avión en paracaídas, y caían lentamente. Agitando las piernas y los brazos, nadando en el aire. Sí, parecía que nadaban en el aire. Y no acababan de llegar abajo. Hacia el piso 30, aceleraban. Se ponían a gesticular, desesperados, supongo que arrepentidos, como si gritasen «Help, help». Y quizás lo gritasen de verdad. Por fin, caían en el suelo y paf.

Mira, pensaba estar vacunada contra todo y, esencialmente, lo estoy. Ya nada me sorprende. Ni siquiera cuando me indigno y me irrito. Pero en la guerra siempre vi a gente que muere asesinada. Nunca había visto a gente que muere matándose, es decir, lanzándose sin paracaídas del piso 80, 90 ó 100. Además, en la guerra siempre vi trastos que explotan en abanico. En la guerra siempre oí un gran ruido. En cambio, las dos Torres no explotaron. La primera implosionó y se tragó a sí misma. La segunda, se fundió, se disolvió. Por el calor se disolvió como un trozo de mantequilla al fuego. Y todo sucedió, o al menos así me pareció a mí, en medio de un silencio de tumba. ¿Es posible? ¿Reinaba realmente ese silencio o estaba dentro de mí?

Tengo que decirte también que, en la guerra, siempre vi un número limitado de muertes. Cada combate, 200 ó 300 muertos. Como máximo, 400. Como en Dak To, en Vietnam. Y cuando terminó la batalla y los americanos se pusieron a rescatar a sus heridos y a contar a sus muertos, no podía dar crédito a mis ojos. En la matanza de Ciudad de México, aquélla en la que incluso a mí me hirió una bala, recogieron al menos 800 muertos. Y, cuando creyéndome muerta, me llevaron al tanatorio, los cadáveres que había a mi alrededor me parecían un diluvio.

Pues bien, en las dos Torres trabajaban casi 50.000 personas. Y pocos tuvieron el tiempo suficiente para salir de ellas. Los ascensores no funcionaban, obviamente, y para bajar a pie desde los últimos pisos se tardaba una eternidad. Siempre que se lo permitiesen las llamas. Jamás sabremos el número exacto de muertos. ¿40.000, 45.000...? Los americanos no lo dirán jamás. Para no subrayar la intensidad de este Apocalipsis. Para no dar una satisfacción más a Osama bin Laden e incentivar otros apocalipsis.

Y además, los dos abismos que han absorbido a decenas de miles de criaturas son demasiado profundos. Como máximo, los operarios desenterrarán trozos de miembros esparcidos por todas partes. Una nariz aquí y un brazo, allá. O una especie de barro, que parece café machacado, y que es, en realidad, materia orgánica. Los residuos de los cuerpos que en un momento quedan reducidos a polvo. El alcalde Giuliani envió otros 10.000 sacos. Pero no los utilizaron.

¿Qué siento por los kamikazes que murieron con ellos? Ningún respeto. Ninguna piedad. Ni siquiera piedad. Yo que, casi siempre, termino cediendo a la piedad. A mí, los kamikazes, es decir, los tipos que se suicidan para matar a los demás, siempre me parecieron antipáticos, comenzando por los japoneses de la II Guerra Mundial.

Sólo los consideré beneficiosos para bloquear la llegada de las tropas enemigas, prendiendo fuego a la pólvora y saltando por los aires con la ciudad, en Turín. Nunca los consideré soldados. Y mucho menos los considero mártires o héroes, como aullando y escupiendo saliva me los definió Arafat en 1972, cuando lo entrevisté en Amán, el lugar donde sus mariscales entrenaban incluso a los terroristas de la Beider-Meinhoff.

KAMIKAZES

Los considero tan sólo vanidosos. Vanidosos que, en vez de buscar la gloria a través del cine, de la política o del deporte, la buscan en la muerte propia y en la de los demás. Una muerte que, en vez del Oscar, de la poltrona ministerial o del título de Liga, les procurará (o eso creen) admiración. Y, en el caso de los que rezan a Alá, un lugar en el paraíso del que habla el Corán: el paraíso donde los héroes gozan de las huríes.

Son incluso vanidosos físicamente. Tengo ante mis ojos la fotografía de dos kamikazes de los que hablo en mi libro Insciallah, la novela que comienza con la destrucción de la base americana (más de 400 muertos) y de la base francesa (más de 350 muertos) en Beirut. Se habían hecho sacar esta foto antes de ir a morir y, antes de dirigirse a la muerte, habían pasado por el peluquero. ¡Qué buen corte de pelo! ¡Qué bigotes engominados, qué barbas tan bien recortadas, qué patillas tan bien igualadas...!

¡Cómo me gustaría poder decirle cuatro cosas bien dichas al señor Arafat! Entre él y yo no hay buen feeling. Nunca me perdonó ni las repetidas diferencias de opinión que tuvimos durante aquel encuentro ni el juicio que hice sobre él en mi libro Entrevista con la historia. Y por mi parte, tampoco le he perdonado nada. Ni siquiera el que un periodista italiano, que se presentó ante él imprudentemente diciendo que era «amigo mío», se encontrase al instante con una pistola apuntándole al corazón. No nos volvimos a ver más. Pecado. Porque, si lo volviese a ver de nuevo, o mejor dicho, si me concediese audiencia, le gritaría en las narices quiénes son los mártires y los héroes.

Le gritaría: Ilustre señor Arafat, los mártires son los pasajeros de los cuatro aviones secuestrados y transformados en bombas humanas. Entre ellos, la niña de cuatro años que se desintegró en el interior de la segunda Torre. Ilustre señor Arafat, los mártires son los empleados que trabajaban en las dos Torres y en el Pentágono. Ilustre señor Arafat, los mártires son los bomberos muertos por intentar salvarlos. ¿Y sabe usted quiénes son los héroes? Son los pasajeros del vuelo que iba a estrellarse contra la Casa Blanca y que se estrelló en un bosque de Pensilvania, porque se rebelaron contra los terroristas.

Ellos sí que están en el paraíso, ilustre señor Arafat. La desgracia es que ahora sea usted el jefe de Estado ad perpetuum, que se comporta como un monarca, que visita al Papa y afirma que el terrorismo no le gusta y manda condolencias a Bush. Y quizás con su camaleónica capacidad para desmentirse, sería capaz de responderme que tengo razón. Pero cambiemos de disco. Como todo el mundo sabe, estoy muy enferma y, hablando de Arafat, me sube la fiebre.

Prefiero hablar de la invulnerabilidad que muchos en Europa atribuían a Estados Unidos. ¿Qué tipo de invulnerabilidad? Cuanto más democrática y abierta es una sociedad, más expuesta está al terrorismo. Cuanto más libre es un país y menos gobernado está por un régimen policial, más sufre o se arriesga a sufrir las matanzas que durante tantos años se produjeron en Italia, en Alemania y en otras zonas de Europa. Y ahora tienen lugar, agigantadas, en Norteamérica. No en vano los países no democráticos, gobernados por regímenes policiales, han albergado y financiado y ayudan a los terroristas.

Por ejemplo, la Unión Soviética, los países satélites de la Unión Soviética y la China Popular. La Libia de Gadafi, Irak, Irán, Siria, el Líbano arafatiano, el propio Egipto, la propia Arabia Saudí, el propio Pakistán, obviamente Afganistán y todas las regiones musulmanas de Africa. En los aeropuertos y en los aviones de esos países siempre me he sentido segura. Serena como un recién nacido que duerme plácidamente. Lo único que temía era ser arrestada porque ponía a parir a los terroristas.

En cambio, en los aeropuertos y en los aviones europeos siempre me he sentido nerviosilla. Y en los aeropuertos y en los aviones americanos, realmente nerviosa. Y en Nueva York, dos veces más nerviosa. En Washington, no. Debo admitirlo. Realmente no me esperaba el avión contra el Pentágono.

A mi juicio, en suma, nunca ha sido un problema de si, sino un problema de cuándo. ¿Por qué crees que el martes por la mañana mi subconsciente me lo advirtió con una profunda inquietud y una rara sensación de peligro? ¿Por qué crees que, contrariamente a mis costumbres, encendí el televisor? ¿Por qué crees que entre las tres cuestiones que me planteaba mientras ardía la primera Torre y la voz de mi tele no funcionaba, estaba la del atentado? ¿Y por qué crees que apenas aparecido en pantalla el segundo avión lo comprendí todo?

Por ser Estados Unidos el país más potente del mundo, el más rico, el más poderoso, el más moderno, cayeron casi todos en esa insidia. A veces, incluso los propios americanos. Y es que la invulnerabilidad de Norteamérica nace precisamente de su fuerza, de su riqueza, de su potencia, de su modernidad. Es la habitual historia del pez que se muerde la cola.

Nace también de su esencia multiétnica, de su liberalidad, de su respeto por los ciudadanos y por los huéspedes. Por ejemplo, cerca de 24 millones de americanos son árabes-musulmanes. Y cuando un Mustafá o un Mohamed viene, por ejemplo de Afganistán, a visitar a un tío, nadie le prohíbe apuntarse a una escuela para aprender a pilotar un 757. Nadie le prohíbe inscribirse en una universidad (una costumbre que espero que cambie) para estudiar química y biología, las dos ciencias necesarias para desencadenar una guerra bacteriológica. Nadie. Ni siquiera si el Gobierno teme que el hijo de Alá secuestre un 757 o eche un puñado de bacterias en el depósito de agua y desencadene una hecatombe. (Digo si, porque, esta vez, el Gobierno no sabía nada y el papelón de la CIA y del FBI no tiene parangón. Si fuese el presidente de Estados Unidos los echaría a todos a patadas en el culo por cretinos).

SIMBOLOS

Y dicho esto, volvamos al razonamiento inicial. ¿Cuáles son los símbolos de la fuerza, de la riqueza, de la potencia de la modernidad americana? No son el jazz y el rock and roll, el chicle o la hamburguesa, Broadway o Hollywood. Son sus rascacielos. Su Pentágono. Su ciencia. Su tecnología. Esos rascacielos impresionantes, tan altos, tan bellos que, al alzar los ojos, casi olvidas las pirámides y los divinos palacios de nuestro pasado. Esos aviones gigantescos, exagerados, que se utilizan como en otro tiempo se utilizaban los veleros y los camiones, porque todo se mueve a través de los aviones. Todo. El correo, el pescado fresco y nosotros mismos (no olvidemos que la guerra aérea la inventaron ellos. O al menos la guerra aérea desarrollada hasta la histeria).

Ese terrible Pentágono, esa fortaleza que da miedo sólo con mirarla. Esa ciencia omnipresente y casi omnipotente. Esa extraordinaria tecnología que, en pocos años, cambió por completo nuestra vida cotidiana, nuestra milenaria manera de comunicarnos, comer y vivir. ¿Y dónde les ha golpeado el reverendo Osama bin Laden? En los rascacielos y en el Pentágono. ¿Cómo? Con los aviones, con la ciencia, con la tecnología.

By the way. ¿Sabes qué es lo que más me impresiona de este triste millonario, de este fallido playboy que, además de cortejar a las princesas rubias y retozar en los night club (como hacía en Beirut, cuando tenía 20 años), se divierte matando a la gente en nombre de Mahoma y de Alá? El hecho de que su desmesurado patrimonio provenga también de los beneficios de una Corporation especializada en demoliciones y que él mismo sea un experto demoledor. La demolición es una especialidad americana.

Cuando nos vimos, te noté casi sorprendido de la heroica eficacia y de la admirable unidad con la que los americanos han afrontado este Apocalipsis. Pues, sí. A pesar de los defectos que continuamente se le echan en cara, y que yo misma les echo en cara (aunque los de Europa y, especialmente, los de Italia son todavía peores), Estados Unidos es un país que tiene grandes cosas que enseñarnos.

A propósito de la heroica eficacia, déjame levantar una peana para el alcalde de Nueva York. Ese Rudolph Giuliani al que nosotros, los italianos, deberemos dar gracias de rodillas. Porque tiene un apellido italiano y es de origen italiano y está quedando como un héroe ante todo el mundo. Es una gran, un grandísimo alcalde, Rudolph Giuliani. Te lo dice una que nunca está contenta por nada y con nadie, comenzando por sí misma.

Es un alcalde digno de otro grandísimo alcalde con apellido italiano, Fiorello La Guardia, a cuya escuela deberían ir muchos de nuestros alcaldes. Tendrían que presentarse humildemente, incluso con ceniza en la cabeza, ante él para preguntarle: «Sor Giuliani, por favor, dígame cómo se hace». El no delega sus deberes en el prójimo, no. No pierde tiempo en tonterías ni en medrajes personales. No se divide entre el cargo de alcalde y el de ministro o diputado. (¿Hay alguien que me esté escuchando en las tres ciudades de Stendhal, es decir, en Nápoles, en Florencia y en Roma?).

Llegó instantes después de la catástrofe, entró en el segundo rascacielos y corrió el peligro de transformarse en cenizas como los demás. Se salvó por los pelos y por casualidad. Y al cabo de cuatro días, volvió a poner en pie la ciudad. Una ciudad que tiene nueve millones y medio de habitantes y casi dos sólo en Manhattan. Cómo lo hizo, no lo sé. Está enfermo, como yo, el pobre. El cáncer que va y viene, le ha mordido también a él. Y, como yo, hace como si estuviese sano y sigue trabajando. Pero yo trabajo en una mesa, caramba, y sentada.

El, en cambio... Parecía un general de ésos que participan directamente en la batalla. Un soldado que se lanza al ataque con la bayoneta calada. «Adelante, vamos, vamos, arriba. Vamos a salir de esto lo más pronto posible». Pero podía hacer eso, porque la gente era, es, como él. Gente sin vanidad y sin pereza, habría dicho mi padre, y con cojones. En cuanto a la admirable capacidad de unirse, a la forma de cerrar filas de una manera casi marcial con la que los estadounidenses responden a las desgracias y al enemigo, pues, tengo que decirte que me ha sorprendido incluso a mí.

Sabía, sí, que esa capacidad había explotado en los tiempos de Pearl Harbor, cuando el pueblo se fundió en torno a Roosevelt y Roosevelt entró en guerra contra la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Japón de Hiro Hito. La había advertido, sí, después del asesinato de Kennedy. Pero después de todo esto, había venido la Guerra de Vietnam, la lacerante división ocasionada por la Guerra de Vietnam y, en cierto sentido, esa guerra me había recordado su Guerra Civil de hace siglo y medio

Por eso, cuando vi a blancos y negros llorar abrazados, y digo bien abrazados, cuando vi a demócratas y republicanos cantar abrazados God bless America, cuando les vi olvidarse de todas sus diferencias, me quedé de piedra. Lo mismo me pasó cuando oí a Bill Clinton (una persona hacia la cual nunca sentí ternura alguna) declarar: «Apretémonos en torno a Bush, tened confianza en nuestro presidente». Y lo mismo me pasó cuando esas mismas palabras fueron repetidas con fuerza por su mujer, Hillary, ahora senadora por el estado de Nueva York. Y cuando fueron reiteradas por Lieberman, el ex candidato demócrata a la Vicepresidencia (sólo el desaparecido Al Gore permaneció escuálidamente callado). Y cuando el Congreso votó por unanimidad aceptar la guerra y castigar a los responsables.

¡Ojalá Italia aprendiese esta lección! Está tan dividida nuestra Italia. ¡Es un país tan lleno de facciones y tan envenenado por sus mezquindades tribales! En Italia, se odian incluso en el seno del mismo partido. No consiguen estar juntos ni siquiera cuando tienen el mismo emblema, el mismo distintivo. Celosos, llenos de bilis, vanidosos y mezquinos, sólo piensan en sus propios intereses personales. En la propia carrera, en la propia gloria, en la propia popularidad de periferia. Por los propios intereses personales se desprecian, se traicionan, se acusan y se escupen...

Estoy absolutamente convencida de que, si Osama bin Laden hiciese saltar por los aires la Torre de Giotto o la Torre de Pisa, la oposición le echaría la culpa al Gobierno. Y el Gobierno se la echaría a la oposición. Y los jefecillos del Gobierno y de la oposición se las echarían a sus propios compañeros y camaradas de partido. Y dicho esto, déjame que te explique de dónde nace la capacidad de unirse que caracteriza a los americanos.

Nace de su patriotismo. No sé si en Italia habéis visto y entendido qué pasó en Nueva York cuando Bush fue a dar las gracias a los operarios (y operarias) que excavan entre los escombros de las dos Torres intentando encontrar algún superviviente y sólo extraen narices y dedos. Y sin embargo, no ceden. Sin resignarse y si les preguntas cómo lo hacen, te responden: «I can allow myself to be exhausted, not to be defeated» (Puedo permitirme estar exhausto, pero no estar derrotado). Todos. Jóvenes, jovencísimos, viejos y de mediana edad. Blancos, negros, amarillos, marrones y violetas...

¿Los habéis visto o no? Mientras Bush les daba las gracias, ellos no paraban de agitar sus banderitas americanas, levantar el puño cerrado y rugir: «USA, USA, USA». En un país totalitario, habría pensado: «¡Qué bien se lo ha montado el poder!». En Norteamérica, no. En Estados Unidos, estas cosas no se organizan. No se manipulan ni se ordenan. Especialmente en una metrópoli desencantada como Nueva York y con operarios como los operarios de Nueva York.

Son grandes tipos los operarios de Nueva York. Más libres que el viento. No se les puede manipular. No obedecen ni a sus sindicatos. Pero si le tocas la bandera, si le tocas la patria... En inglés, no existe la palabra patria. Para decir patria hay que unir dos palabras. Father Land, Tierra de los Padres. Mother Land, Tierra Madre. Native Land, Tierra Nativa. O decir simplemente My country, mi país. Pero sí existe el sustantivo patriotismo. Y exceptuando Francia, no me imagino un país más patriótico que Estados Unidos. ¡Me emocioné tanto viendo a esos operarios apretando el puño y enarbolando las banderitas mientras rugían USA, USA, USA, sin que nadie se lo mandase!

HUMILLACION

Y sentí también una especie de humillación. Porque no me puedo imaginar a los operarios italianos enarbolando la bandera tricolor y rugiendo Italia, Italia, Italia. En las manifestaciones y en los comicios he visto enarbolar muchas banderas rojas. Ríos y lagos de banderas rojas. Pero siempre he visto enarbolar muy pocas banderas tricolores. Mal dirigidos o tiranizados por una izquierda arrogante y devota de la Unión Soviética, las banderas tricolores se las han dejado siempre a los adversarios. Y tengo que decir que tampoco los adversarios han hecho muy buen uso de ella, pero, al menos no la han despreciado, gracias a Dios. Y lo mismo digo de los que van a misa.

En cuanto al patán con la camisa verde y la corbata verde, ni siquiera sabe cuáles son los colores de la tricolor y estaría encantado de retrotraernos a la guerra entre Florencia y Siena. Resultado: hoy, la bandera italiana se ve sólo en las Olimpiadas, si, por casualidad, se gana una medalla. Peor aún: se ve sólo en los estadios, cuando hay un partido de fútbol internacional. Unica ocasión, también, en la que se puede oír el grito de Italia, Italia.

Hay, pues, una gran diferencia entre un país en el que la bandera de la patria es enarbolada por los gamberros en los estadios, y un país en el que la enarbola el pueblo entero. Por ejemplo, los operarios irreductibles que excavan entre las ruinas para sacar alguna oreja o alguna nariz de las criaturas masacradas por los hijos de Alá. O para recoger esa especie de café molido, que es lo único que queda de los fallecidos.

El hecho es que América es un país especial, mi querido amigo. Un país al que hay que envidiar, del que hay que estar celosos, por cosas que nada tienen que ver con su riqueza, etc. Es un país envidiable porque ha nacido de una necesidad del alma, la necesidad de tener una patria, y de la idea más sublime que el hombre haya concebido jamás: la idea de la libertad, o de la libertad esposada con la idea de la igualdad. Es un país envidiable porque, en aquella época, la idea de libertad no estaba de moda. Y mucho menos, la de igualdad. Sólo hablaban de ellas algunos filósofos llamados ilustrados. Estos conceptos sólo se encontraban en un carísimo libraco llamado Enciclopedia.

Y aparte de los escritores y demás intelectuales, aparte de los príncipes y de los señores que tenían dinero para comprar el libraco o los libros que habían inspirado el libraco, ¿quién sabía algo de la Ilustración? ¡No era algo que se pudiese comer la Ilustración! Ni siquiera hablaban de la libertad y de la igualdad los revolucionarios de la Revolución Francesa, dado que dicha Revolución comenzó en 1789, es decir, 13 años después de la Revolución Americana, que comenzó en 1776. (Otra particularidad que ignoran o fingen olvidar los del «qué bien empleado les está a los americanos». ¡Raza de hipócritas!).

Es un país especial, un país envidiable, además, porque aquella idea es entendida y asumida por ciudadanos a menudo analfabetos o con poca instrucción. Los ciudadanos de las colonias americanas. Y porque es materializada por un pequeño grupo de líderes extraordinarios, por hombres de una gran cultura y de una gran calidad. The Founding Fathers, los Padres Fundadores, los Benjamin Franklin, los Thomas Jefferson, los Thomas Paine, los John Adams, los George Washington, etc. ¡Gente muy distinta de los abogaduchos (como justamente los llamaba Vittorio Alfieri) de la Revolución Francesa! ¡Gente muy diferente de los sombríos e histéricos verdugos del Terror, los Marat, los Danton, los Saint Just y los Robespierre!

Los Padres Fundadores eran tipos que conocían el griego y el latín como nunca lo conocerán los profesores italianos de griego y latín (si es que existen todavía). Tipos que en griego habían leído a Aristóteles y a Platón y que, en latín, se habían leído a Séneca y a Cicerón. Y que se habían estudiado los principios de la democracia griega más que los marxistas de mi época estudiaban la teoría de la plusvalía (si es que realmente se la estudiaban).

Jefferson conocía incluso el italiano (le llamaba toscano). En italiano hablaba y leía con gran facilidad. De hecho, junto con las 2.000 vides, los 1.000 olivos y los cuadernos de música que escaseaban en Virginia, el florentino Filippo Mazzei, en 1774, le llevó varias copias de un libro escrito por un tal Cesare Beccaria titulado De los delitos y de las penas.

Por su parte, el autodidacta Franklyn era un genio. Científico, impresor, editor, escritor, periodista, político e inventor. En 1752, descubrió la naturaleza eléctrica del rayo e inventó el pararrayos. Casi nada. Con estos líderes extraordinarios, con estos hombres de gran calidad, en 1776, los ciudadanos, a menudo analfabetos o poco instruidos, se rebelaron contra Inglaterra. Hicieron la Guerra de la Independencia y la Revolución Americana.

LIBERTAD E IGUALDAD

Y a pesar de los fusiles y de la pólvora, a pesar de los muertos que conlleva toda guerra, no hicieron una guerra con los ríos de sangre de la futura Revolución Francesa. No la hicieron con la guillotina ni con las matanzas de La Vendée. La hicieron con un pergamino que, junto a la necesidad del alma (la necesidad de tener una patria), concretaba la sublime idea de la libertad o de la libertad esposada con la igualdad. La Declaración de la Independencia.

«We hold these truths to be self-evident... Consideramos evidente esta realidad. Que todos los hombres son creados iguales. Que son dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables. Que, entre estos derechos, está el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Que para asegurar estos derechos los hombres deben instituir gobiernos...».

Y ese pergamino, que desde la Revolución Francesa en adelante todos hemos bien o mal copiado o en el que nos hemos inspirado, constituye todavía la espina dorsal de Estados Unidos. La linfa vital de esta nación. ¿Sabes por qué? Porque transforma a los súbditos en ciudadanos. Porque transforma a la plebe en pueblo. Porque la invita o la exige a gobernarse, expresar su propia individualidad, buscar su propia felicidad.

Todo lo contrario de lo que hacía el comunismo, prohibiendo a la gente rebelarse, gobernarse, expresarse y colocando a Su Majestad el Estado en el trono que antes habían ocupado los reyes. «El comunismo es un régimen monárquico, una monarquía de viejo cuño. Por eso, le corta los cojones a los hombres. Y cuando a un hombre se le cortan los cojones, ya no es un hombre», decía mi padre. Decía también que, en vez de rescatar a la plebe, el comunismo convertía a todos en plebe y mataba a todos de hambre.

A mi juicio, Estados Unidos rescata a la plebe. Son todos plebeyos en Norteamérica. Blancos, negros, amarillos, marrones, violetas, estúpidos, inteligentes, pobres y ricos. Incluso los más plebeyos son precisamente los ricos. En la mayoría de los casos, son maleducados y groseros. Se ve rápidamente que no son nada refinados y que no se apañan con el buen gusto o la sofisticación. A pesar del dinero que se gastan en vestirse, por ejemplo, son tan poco elegantes que, a su lado, la reina de Inglaterra parece chic. Pero están rescatados. Y en este mundo no hay nada más fuerte y más potente que la plebe rescatada. Te rompes siempre los cuernos contra la plebe rescatada.

Y contra Estados Unidos se han roto siempre todos los cuernos. Ingleses, alemanes, mexicanos, rusos, nazis, fascistas y comunistas. Por último se los han roto incluso los vietnamitas que, después de su victoria, han tenido que pactar con ellos, de tal forma que, cuando un ex presidente de Estados Unidos va a hacerles una visita, tocan el cielo con un dedo. «Bienvenido señor presidente, bienvenido señor presidente». Con los hijos de Alá el conflicto será duro. Muy duro y muy largo. A no ser que el resto de Occidente decida ayudar, razone un poco y les eche una mano.

No estoy hablando, como es obvio, a las hienas que se relamen viendo las imágenes de las matanzas y se burlan diciendo «qué bien les está a los americanos». Estoy hablando a las personas que, sin ser estúpidas ni tontas, están sumidas todavía en la prudencia y en la duda. Y a esas les digo: ¡Despertaos, por favor, despertaos de una vez! Intimidados como estáis por el miedo de ir a contracorriente, es decir de parecer racistas (palabra totalmente inapropiada, porque el discurso no es sobre una raza, sino sobre una religión), no os dais cuenta o no queréis daros cuenta de que estamos ante una cruzada al revés.

Habituados como estáis al doble juego, afectados como estáis por la miopía, no entendéis o no queréis entender que estamos ante una guerra de religión. Querida y declarada por una franja del Islam, pero, en cualquier caso, una guerra de religión. Una guerra que ellos llaman yihad. Guerra santa. Una guerra que no mira a la conquista de nuestro territorio, quizás, pero que ciertamente mira a la conquista de nuestra libertad y de nuestra civilización. Al aniquilamiento de nuestra forma de vivir y de morir, de nuestra forma de rezar o de no rezar, de nuestra manera de comer, beber, vestirnos, divertirnos o informarnos...

No entendéis o no queréis entender que si no nos oponemos, si no nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Y destruirá el mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir, cambiar, mejorar, hacer un poco más inteligente, menos hipócrita e, incluso, nada hipócrita. Y con la destrucción de nuestro mundo destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra moral, nuestros valores y nuestros placeres... ¡Por Jesucristo!

¿No os dais cuenta de que los Osama bin Laden se creen autorizados a mataros a vosotros y a vuestros hijos, porque bebéis vino o cerveza, porque no lleváis barba larga o chador, porque vais al teatro y al cine, porque escucháis música y cantáis canciones, porque bailáis en las discotecas o en vuestras casas, porque veis la televisión, porque vestís minifalda o pantalones cortos, porque estáis desnudos o casi en el mar o en las piscinas y porque hacéis el amor cuando os parece, donde os parece y con quien os parece? ¿No os importa nada de esto, estúpidos? Yo soy atea, gracias a Dios. Pero no tengo intención alguna de dejarme matar por serlo.

Lo vengo diciendo desde hace 20 años. Desde hace 20 años. Con cierta moderación, pero con la misma pasión, hace 20 años escribí sobre este asunto un artículo de fondo en el Corriere della Sera. Era el artículo de una persona acostumbrada a estar con todas las razas y todos los credos, de una ciudadana acostumbrada a combatir contra todos los fascismos y todas las intolerancias, de una laica sin tabúes. Pero era también el artículo de una persona indignada con los que no olían el tufo de una guerra santa que se acercaba y contra los que les perdonaban demasiado a los hijos de Alá.

CULTURA

Hacía en dicho artículo un razonamiento que sonaba, más o menos, así, hace 20 años: «¿Qué sentido tiene respetar a quien no nos respeta? ¿Qué sentido tiene defender su cultura o su presunta cultura, cuando ellos desprecian la nuestra? Yo quiero defender nuestra cultura y les informo que Dante Alighieri me gusta más que Omar Khayan». Se abrieron los cielos. Me crucificaron. «¡Racista, racista!».

Fueron los propios progresistas (en aquella época se llamaban comunistas) los que me crucificaron. El mismo insulto me lo dedicaron cuando los soviéticos invadieron Afganistán. ¿Recuerdan a aquellos barbudos con sotana y turbante que antes de disparar los morteros, elevaban preces al Señor? «¡Allah akbar! ¡Allah akbar!». Yo los recuerdo perfectamente. Y al ver unir la palabra de Dios a los golpes de mortero, me ponía malita. Me parecía estar en el medievo y decía: «Los soviéticos son lo que son. Pero hay que admitir que, haciendo esta guerra, nos están protegiendo incluso a nosotros. Y les doy las gracias». Se volvieron a abrir los cielos. «¡Racista, racista!». En su ceguera ni siquiera querían oírme hablar de las atrocidades que los hijos de Alá cometían con los militares a los que hacían prisioneros. (Les cortaban los brazos y las piernas, ¿recuerdan? Un pequeño vicio al que se habían dedicado ya en el Líbano con los prisioneros cristianos y hebreos).

No querían que lo contase. Y para hacerse los progresistas aplaudían a los estadounidenses que acongojados por el miedo a la Unión Soviética llenaban de armas al heroico pueblo afgano. Entrenaban a los barbudos, y con los barbudos al barbudísimo Osama bin Laden. ¡Fuera los rusos de Afganistán! ¡Los rusos tienen que salir de Afganistán!

Pues bien, los rusos se fueron de Afganistán. ¿Contentos? Pero desde Afganistán los barbudos del barbudísimo Osama bin Laden llegaron a Nueva York con los barbudos sirios, egipcios, iraquíes, libaneses, palestinos y saudíes que componían la banda de los 19 kamikazes identificados ¿Contentos? Peor aún. Ahora, aquí, se discute del próximo ataque que nos golpeará con armas químicas, biológicas, radiactivas y nucleares. Se dice que la nueva catástrofe es inevitable, porque Irak les proporciona los materiales. Se habla de vacunación, de máscaras de gas, de peste. Hay quien se está preguntando ya cuándo tendrá lugar... ¿Contentos?

Algunos no están ni contentos ni descontentos. Se muestran indiferentes. Norteamérica está muy lejos y entre Europa y América hay un océano... Pues no, queridos míos. No. El océano no es más que un hilo de agua. Porque cuando está en juego el destino de Occidente, la supervivencia de nuestra civilización, Nueva York somos todos nosotros.

América somos todos. Los italianos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los polacos, los escandinavos, los belgas, los españoles, los griegos, los portugueses. Si se hunde América, se hunde Europa. Si se hunde Occidente, nos hundimos todos. Y no sólo en sentido financiero, es decir en el sentido que me parece que es el que más os preocupa. (Una vez, cuando era joven e ingenua, le dije a Arthur Miller: «Los americanos miden todo por el dinero, sólo piensan en el dinero». Y Arthur Miller me contestó: «¿Ustedes no?»).

Nos hundimos en todos los sentidos, querido amigo. Y en el lugar de campanas, encontraremos muecines, en vez de minifaldas, el chador, en vez de coñac, leche de camello. ¿No entendéis ni esto, ni siquiera esto? Blair lo ha entendido. Vino aquí y le renovó a Bush la solidaridad de los británicos. No una solidaridad de pacotilla, sino una solidaridad basada en la caza a los terroristas y en la alianza militar. Chirac, no. Como sabes, hace dos semanas estuvo aquí en visita oficial.

Una visita prevista desde hace tiempo, no una visita ad hoc. Vio las masacres de las dos Torres, supo que los muertos son un número incalculable e, incluso, inconfesable, pero no se conmovió. Durante una entrevista en la CNN, mi amiga Christiane Amanpour le preguntó más de cuatro veces de qué forma y en qué medida pensaba luchar contra esta yihad y, las cuatro veces, Chirac evitó dar una respuesta. Se escurrió como una anguila. Me daban ganas de gritarle: «Monsieur le President, ¿recuerda el desembarco en Normandía? ¿Sabe cuántos americanos murieron en Normandía para expulsar a los alemanes de Francia?».

Excepto Blair, en el resto de los demás líderes europeos veo pocos Ricardos Corazón de León. Y mucho menos en Italia, donde el Gobierno no ha descubierto ni arrestado a ningún cómplice de Osama bin Laden. ¡Por Dios, señor Cavaliere, por Dios! A pesar del temor de la guerra, en todos los países de Europa han sido descubiertos y arrestados algunos cómplices de Osama bin Laden. En Francia, en Alemania, en el Reino Unido, en España... Pero en Italia, donde las mezquitas de Milán, de Turín y de Roma están repletas de bellacos que aplauden a Osama bin Laden, de terroristas que esperan hacer saltar por los aires la Cúpula de San Pedro, ninguno. Cero. Nada. Ninguno.

Explíquemelo, señor Cavaliere. ¿Es que son tan incapaces sus policías y sus carabineros? ¿Son tan ineptos sus servicios secretos? ¿Son tan estúpidos sus funcionarios? ¿Es que todos los musulmanes de Italia son unos santos? ¿Es que ninguno de los hijos de Alá que hospedamos tiene nada que ver con lo que ha sucedido y está sucediendo? ¿O es que por investigar, por descubrir y por arrestar a los que hasta hoy no ha descubierto ni ha detenido, teme que le canten la cantinela habitual de racista, racista? Ya ve que yo no.

¡Por Jesucristo! No le niego a nadie el derecho a tener miedo. El que no tiene miedo a la guerra es un cretino. Y el que quiere hacer creer que no tiene miedo a la guerra, tal y como he escrito mil veces, es un cretino y un estúpido a la vez. Pero en la vida y en la historia hay casos en los que no es lícito tener miedo. Casos en los que tener miedo es inmoral e incivil. Y los que, por debilidad o falta de coraje o por estar acostumbrados a tener el pie en dos estribos se sustraen a esta tragedia, a mí me parecen masoquistas.

Oriana Fallaci
El Mundo.es



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24.7.04

¿Estamos en guerra?


'La Tercera Guerra Mundial ha comenzado'

Autor: LAURENT ARTUR DU PLESSIS

Editorial: INÉDITA EDITORES

¿Estamos en guerra?


¿Sabes quiénes van a ganar la Tercera Guerra Mundial? Pues Estados Unidos y China, según Laurent Artur du Plessis, argelino nacido en 1952.

EL autor de 'La Tercera Guerra Mundial ha comenzado' además sostiene que los perdedores serán el Islam, Europa y Rusia. Un ensayo muy actual que ofrece una teoría estremecedora en la que anuncia, sin más dilación, el advenimiento de una profunda crisis que pondrá en grave peligro la paz mundial.

Este libro, cuyo título podría pertenecer a una novela de ciencia ficción, es un ensayo provocador y sorprendente, pero basado en el mundo que conocemos, en la realidad que nos rodea. En la Nota del Editor que precede al texto, podemos leer: "Este ensayo sin concesiones ofrece una lúcida lectura de la actualidad, que se ha visto corroborada por lo sucedido tras su publicación en Francia en octubre de 2002, y desentraña los ejes básicos de una Tercera Guerra Mundial que se está fraguando en estos mismos instantes".

Ese apartado termina con este comentario: "Laurent Artur du Plessis prevé un futuro complicado: una crisis económica peor que la de 1929, acompañada de un recrudecimiento del fanatismo y de la violencia, que conducirán a la humanidad a la Tercera Guerra Mundial. Desgraciadamente, sus métodos de análisis son correctos..."

Según Laurent Artur du Plessis, los atentados del 11 de septiembre de 2001 han desencadenado un proceso infernal, han hecho pedazos el sueño de una paz universal nacido de la caída del Muro de Berlín en 1989 y han provocado un giro trágico en la Historia de la humanidad.

Y la consecuencia de este giro no puede ser más aterradora: "Con la humanidad va a pasar lo mismo que si encerramos a una población de ratas excesivamente numerosa en una jaula: la agresividad se torna paroxística y los animales se matan entre ellos. La humanidad, que evidentemente superpuebla el planeta, habrá conocido el mismo fenómeno de locura guerrera reguladora".

Antes de llegar a esa conclusión, Laurent Artur du Plessis escribe sobre la sustitución de las luchas ideológicas por el choque de las civilizaciones, sobre los valores de Occidente y el oscurantismo del Islam, sobre las civilizaciones no universalistas, sobre cómo la opinión pública no ve venir el crack económico que se avecina, sobre el irresistible ascenso del integrismo islámico y sobre las futuras respuestas atómicas.

BIOGRAFIA:

Nació en Bona, Argelia, dos años antes de que se iniciase la guerra que finalizaría con la independencia del país. Una vez desencadenada, fue especialmente virulenta en esta zona.
En 1962, una vez consumada la independencia, abandonó el país. Licenciado en Derecho, Filosofía y Ciencias políticas, empezó trabajando en el mundo del periodismo.

Trabajó hasta 1991 para Le Figaro magazine y después lo hizo como freelance. Paralelamente, fue consultor en geopolítica en el IASE (Instituto Internacional de Análisis Estratégico y Económico). En 2001 publicó su primera novela, Les Fours d'Allah.

En 2005 se publicó en España una obra escrita en 2002, "La tercera guerra mundial ha comenzado", donde hace un repaso de los conflictos entre las civilizaciones que pueblan La Tierra en la actualidad y trata de predecir los próximos pasos. Hasta ahora, cuestiones como la larga posguerra en Iraq (el libro se escribió incluso antes de la guerra) y los ataques indiscriminados contra la población civil por parte de grupos islamistas, se han cumplido. Siguiendo las tesis de Samuel Huntington cree en el choque de civilizaciones y piensa que las dos civilizaciones universalistas se enfrentarán. El choque entre Occidente y El Islam desencadenará la Tercera Guerra Mundial.

23.7.04

La Futura Yihad


Titulo: La Futura Yihad
Autor: Walid Phares
Editorial: Gota a Gota
Fecha de Publicación: 12-7-2006

La futura yihad muestra cómo y hasta qué punto se ha infiltrado el terrorismo en nuestros países.


Biografia:

Walid Phares nació y se crió en el Líbano, y cursó estudios de Derecho y Ciencias Políticas en las universidades Jesuita y Libanesa de Beirut. Posteriormente obtuvo un Master en Derecho Internacional de la Universidad de Lyon en Francia, y un Doctorado en Relaciones Internacionales y Estudios Estratégicos de la Universidad de Miami.
Es profesor de Estudios de Medio Oriente y Conflictos Étnicos y Religiosos, y experto en temas relacionados con el islam político, la jihad y el choque de civilizaciones.
Se desempeña como analista político para varios importantes medios de comunicación como CNBC y MSNBC y es columnista regular en varias publicaciones internacionales.

Por su profundo conocimiento de la yihad y de sus planes de conquista, colabora con el Consejo de Seguridad de la ONU y asesora en materia de terrorismo internacional a los Gobiernos de Estados Unidos y de otros países occidentales.
Sus análisis, artículos y ensayos se publican en revistas especializadas, entre ellas Global Affairs y Middle East Quarterly. Además, imparte conferencias en todo el mundo y colabora con diversas emisoras de radio y televisión. Actualmente reside en Washington.

Sinopsis

La yihad nació durante la conquista de Arabia por el islam, en el siglo VIII, y fue una eficaz herramienta para la expansión del nuevo Estado. Ya en el siglo XX renació tras haber desaparecido el último resto del califato con el fin del Imperio turco (1920).
La renovada empresa yihadista está representada hoy por tres corrientes: los suníes wahabíes, los suníes de la Hermandad Musulmana y los chiíes jomeinistas. Y las tres comparten una visión conquistadora del islam y un plan para “liberar” a Occidente, que, según ellos, es malvado, materialista y de moral depravada.

¿Cuáles son la estrategia y las tácticas yihadistas en Estados Unidos y Occidente?

Según Walid Phares, que lleva veinticinco años estudiando el tema, las tácticas de la yihad en Occidente no se limitan a los atentados suicidas y demás modalidades sanguinarias del terror, sino que buscan influir en la economía, la ideología y la diplomacia. La futura yihad muestra cómo y hasta qué punto se ha infiltrado el terrorismo en nuestras defensas y llama la atención sobre el peligro de las segundas generaciones de terroristas nacidos en Occidente.
Por ello insiste en la vulnerabilidad de las democracias liberales a las manipulaciones e infiltraciones islamistas. En la guerra global contra el terrorismo, Walid Phares apoya la política de la Administración Bush. La presente edición cuenta además con un nuevo prólogo que amplía el análisis de los acontecimientos hasta mediados de 2006.

Rafael L. Bardají nos ofrece un amplio resumen sobre este libro.




18.7.04

Confesiones de un loco de Ala


Autor: Khaled al-Berry

Editorial: La esfera de los libros





¿Cómo se convierte alguien en un islamista radical? Por primera vez, un arrepentido explica y revela el lado oculto de un movimiento terrorista. Una confesión inaudita que permite penetrar en el cerebro, el corazón, el alma de un «loco de Alá».

Como Mohammed Atta, el jefe de los pilotos camicaces del World Trade Center, Khaled al-Berry es un musulmán de Egipto que pertenece a una familia de la pequeña burguesía y que ha recibido una formación universitaria.
Como aquél, escogió la vía del yihad (la guerra santa) y llegó a formar parte del feudo fundamentalista, militando en la Yamaa, una de las organizaciones más poderosas del terrorismo internacional.

Pero a diferencia de Mohammed Atta, Khaled al-Berry es un superviviente. Detenido, encarcelado, después arrepentido, Al-Berry nos muestra, como nunca se hizo antes, el engranaje de esta lógica sectaria: el reclutamiento, el adoctrinamiento, el «lavado de cerebro», las creencias bárbaras, las deformaciones del Corán, el adiestramiento para la práctica del terror.

Este es un libro que no puede dejar indiferente a nadie, vale la pena leerlo.

A continuación el mismo autor nos relata un fragmento de sus vivencias, concernientes a la época de su alistamiento en las filas de un grupo Islámico

Confesiones de un loco de Ala

Arreglo de cuentas Khaled Al-Berry

Durante mucho tiempo creí que mi experiencia en el seno de al-Yamaa al-Islamiyya, «la Comunidad del Islam», no podía interesar a nadie o revelar algún tipo de importancia.
Yo no era, efectivamente, más que un individuo entre centenares de miles que, como yo, se alistaron un día en las filas de un grupo islámico.
Por añadidura, yo no había sido una figura eminente. No me interesaba en absoluto figurar entre aquellos que nos mostraban, de cuando en cuando, en la televisión, explicándonos, bajo mecánicas confesiones sufridas tras un interrogatorio, los campos de entrenamiento donde fueron formados en Afganistán o las extrañas prácticas comunitarias que habían podido observar sus miembros; como las concernientes a la vida cotidiana, los matrimonios de conveniencia, la omnipotencia del jefe y otras historias de este tipo.

Peor todavía. Yo no había tenido el tiempo de actuar en el seno de los comandos del yihad, ni conocía extrañas anécdotas que contar sobre los emires que desposaban a todas aquellas que les gustaban entre sus fieles.¿Entonces, para qué adelantarme a los otros? ¿Quién podía entonces interesarse en la historia ordinaria, en el fondo, de un personaje ordinario?
Nací en Asiut, Egipto, donde todavía viven hoy mis padres. Seguí mis estudios primarios en el colegio de las hermanas franciscanas, después estudié medicina en la universidad de Asiut y, finalmente, en la universidad de El Cairo, donde me diplomé en 1997.
A mitad de los años 1980, me convertí en miembro activo en el seno de al-Yamaa al-Islamiyya. Esta experiencia me marcaría profundamente en varios aspectos. Por un lado, pude liberarme de la enfermiza timidez que me atormentaba. Aprendí a rezar en las mezquitas, a utilizar técnicas propagandísticas, a reclutar para el movimiento. Me impregné de teología musulmana.Más tarde, por un arreglo de cuentas, fui arrestado y encarcelado.

Después de mi liberación continué con mis estudios en la Facultad de Medicina, para darme cuenta, tan pronto como obtuve el diploma, de que no tenía vocación para ello. Opté entonces por la vocación del periodismo y me dediqué al estudio de las ciencias sociales y humanas.

Deambulando por las calles de El Cairo buscaba, durante 1998, una publicación susceptible de interesarse por lo que escribía; uno de esos periódicos clandestinos que aparecían durante unos meses antes de tener que venderlo todo, con frecuencia sin pagar a sus colaboradores; una de esas revistas árabes que sobresalen dando consejos a las esposas ávidas de satisfacer a su marido; o incluso uno de esos editores de noticias deportivas a la búsqueda de una crónica sobre las hazañas africanas del equipo del Zamalek.

Es así como entré en conocimiento con un compañero que trabajaba en el diario Al-Aila. Acudí a su oficina. Allí me preguntó sobre lo que podía escribir.
—¡Cualquier cosa! Respondí con coraje.

Yo estaba al tanto de «todo lo que pudiera hacerme ganar un poco de dinero», ya que la época no era propicia para tratar uno de los temas que me interesaban.
El único hecho destacable de esta entrevista fue que, al descubrir que había sido islamista, el compañero me sugirió que escribiera sobre mi experiencia en el seno de al-Yamaa al-Islamiyya. Mi respuesta fue que ésta no tenía nada que pudiera interesar a nadie, que yo era un personaje ordinario y que no estaba preparado, para llamar la atención, ni para causar más daño a personas que había frecuentado durante años, y que más que ángeles o demonios, eran simplemente personas.
El compañero me pidió que de todas formas reflexionara, de manera que la conversación terminó ahí.

Dejé de lado esta posibilidad y me puse a escribir diversos artículos, uno sobre la calle Qasr al-Nil, otro sobre el barrio al-Zamalek. Me puse también a investigar sobre los lazos de Nasser con los Maylis al-Qiyada, el Consejo Superior de la Revolución. Ninguno de los temas era capaz de crear un mínimo de discusión, debido a su poca actualidad.

Dándole vueltas al asunto, un día, aprovechando que estaba en el café Zahrat al-bustan9, la idea me volvió a la cabeza. ¿Por qué no escribir sobre mi estancia en la Yamaa, con la intención, al menos, de apreciar lo que significaba una actividad de recopilación de tal envergadura?

Tengo que dar gracias a Dios porque el artículo previsto para la publicación en al-Aila no viera nunca la luz, que el número fuera prohibido y retirado de la venta. Mi alegría en este asunto viene del hecho de que los miembros de la redacción habían escogido como portada mi trabajo, bajo el título de «Yo, en al-Yamaa al-Islamiyya, y Mayada al-Hennawi», según la tendencia actual de la prensa egipcia hacia fórmulas escandalosas, con títulos sensacionalistas para captar la atención del público.

Después de muchos meses, hacia finales de mayo de 1999, con ocasión de un congreso celebrado en El Cairo, conocí a Liliane Daoud, una libanesa participante en el evento. Le di mi artículo, inédito todavía, con el fin de cambiar impresiones. Al cabo de un tiempo me llamó de Beirut para indicarme que el profesor Waddah Sharara se interesaba en lo que había escrito.

Un poco más tarde todavía, cuando por casualidad compré un número del periódico Al-Hayat, encontré un artículo de Waddah Sharara sobre mi texto. Inicialmente publicado en Al-Mulhaq, el suplemento dominical del cotidiano Al-Nahar, llevaba por título: «La Tierra es más bella que el paraíso. Un integrista egipcio cuenta su recorrido en Al-Yamaa al-Islamiyya».

Visitando El Líbano por primera vez en agosto de 1999, me encontré con Mamad Abi Samra en los locales de Al-Mulhaq, el cual me propuso continuar con mi relato con el fin de completar este itinerario fundamentalista en el seno de una red radical. Es lo que decidí hacer el año siguiente.

Debo expresar aquí mi agradecimiento a Waddah Sharara por su interés sobre mis escritos. Tengo agradecimientos también para Liliane Daoud y Mamad Abi-Samra. Sin ellos el libro no habría visto la luz.

Finalmente, no ocultaré el hecho de haber sufrido al escribir los más y los menos sobre personas que frecuenté durante un largo periodo de mi vida, compartiendo sus alegrías y sus desgracias. Algunos de ellos podrían creer que he querido culpabilizarlos. Eso sería un error. No sufriría menos si los lectores de este libro llegaran a pensar que aquellos que fueron mis «hermanos» en la Yamaa son lo peor del género humano, carentes de todo tipo de sentimientos.

Fuera lo que fuese de estos sufrimientos y otros sentimientos penosos, no tengo la intención ni de presentar excusas ni de callarme.

Publicado Diario Sur Digital

17.7.04

"Este siglo traerá guerras musulmanas"


Samuel P. Huntington. Teórico estadounidense, "Profesor Albert J. Weatherhead III en la Universidad de Harvard y autor de El choque de las civilizaciones y La reconversión del orden mundial, entre otros títulos.

ENTREVISTA A SAMUEL HUNTINGTON

El 11 de septiembre del 2001, el ataque terrorista contra Estados Unidos relanzó a la actualidad a Samuel P. Huntington, profesor de Harvard, por sus polémicas teorías sobre el "choque de civilizaciones".
El politólogo estadounidense sostiene ahora que se ha abierto una nueva era: la de las guerras musulmanas.-Hace casi diez años escribió "El choque de civilizaciones", un artículo en "Foreign Affairs", que en 1996 se hizo famoso gracias a un libro del mismo título que fue traducido a 32 idiomas.

¿El 11 de septiembre ha confirmado su teoría?
-En cierto modo sí.-

Los atentados del 11-S fueron la perfecta ilustración de su tesis. No se trataba de una guerra entre estados como en el siglo XIX o entre ideologías como en el XX, sino del ataque de un grupo islámico que actuó a título particular contra un símbolo de la civilización occidental: EE.UU.
-Así es, eran personas que se identificaban de modo decidido con una rama de la civilización islámica. Ossama Bin Laden también ha hablado de "lucha de las culturas".

-Para él, era una "guerra contra los cristianos y los judíos".
-Exacto. Aunque era un choque limitado. Justo después del 11 de septiembre dije: "Esto no debería degenerar en una lucha entre Occidente y todo el islam". Un verdadero choque mundial sólo ocurriría si los gobiernos y las sociedades islámicas se pusieran del lado de Bin Laden.

-En la guerra del Golfo, algunos países árabes se pusieron de parte de Estados Unidos contra Iraq. Sin embargo, ahora que está a punto de desatarse una segunda guerra contra Iraq, casi todo el mundo musulmán ha mostrado su oposición a Estados Unidos e Israel, ambos representantes prototípicos de occidente. El "choque entre civilizaciones" se nos muestra en toda su crudeza.
-Existe potencial para que se dé un verdadero choque. La lucha de culturas se ha dado de dos maneras: en la escalada entre India y Pakistán y en la segunda "intifada". Los musulmanes de todo el mundo se identifican con los palestinos ...

- ... Y el choque se amplía. En su época, su tesis recibió muchas críticas. Ahora parece más convincente que nunca. La lista de conflictos entre civilizaciones es cada vez más larga: musulmanes contra hindúes en India, contra cristianos en Nigeria, contra judíos en Oriente Próximo...
-La primera mitad del siglo XX fue la era de las guerras mundiales, la segunda fue la era de la guerra fría. En el siglo XXI ha empezado la era de las guerras musulmanas.

-¿Qué son las guerras musulmanas?
-Son todas las que ha mencionado. A las que hay que añadir Chechenia, Azerbaiyán, Afganistán y Asia central, Cachemira, Filipinas, Sudán y, por supuesto, Oriente Próximo. Son todas las guerras en que musulmanes luchan contra no musulmanes, así como entre ellos mismos.

-Entonces no se trata de una "lucha de las culturas", sino de una lucha entre una cultura, el islam, y todas las otras. Una frase famosa de un artículo suyo dice: "El islam tiene fronteras sangrientas".
-Así es.

-¿Por qué?
-No porque el islam sea por principio una religión sanguinaria. Aquí entran en juego muchos factores. Uno de ellos es el sentimiento histórico que albergan los musulmanes, y sobre todo los árabes, de que han sido sometidos y explotados por Occidente. Otro factor es el rencor debido a políticas occidentales concretas, en particular el respaldo de Estados Unidos a Israel. Un tercer factor es la demografía del mundo islámico. El grupo de edad de los 15 a los 30 años es el más grande. Estos hombres no encuentran trabajo en casa. Por lo tanto, intentan emigrar a Europa o se dejan reclutar en la lucha contra los no musulmanes. Al Qaeda paga muy bien.

-¿Entonces la lucha de culturas es provocada por un factor demográfico que se alimenta de los altos índices de desempleo de los jóvenes?
-Un hecho es consecuencia del otro. Las sociedades viejas no van a la guerra. A esto hay que añadir que a los musulmanes les indignan muchas cosas de Occidente.

-¿Europa disfruta de paz porque es vieja y gris?
-Los europeos eran muy violentos hace cien años, cuando su perfil demográfico se parecía al del mundo islámico. La masacre de la Primera Guerra Mundial sólo pudo tener lugar porque había muchos hombres a los que matar. Pero no debemos exagerar este factor. En el año 2020, esta cohorte habrá disminuido mucho. Este cambio permitirá que resulte más sencillo mantener relaciones de paz con el islam.

-¿Y hasta el 2020?
-Hay que tener en cuenta otro factor: el resentimiento que alberga contra Occidente y, en especial, contra Estados Unidos. Antes del 11-S, las simpatías estadounidenses estaban del lado de los chechenos o de los cachemires. Las simpatías occidentales, y sobre todo las de Estados Unidos, por los palestinos eran más fuertes.

-¿Perdería el islam sus "fronteras sangrientas" si Estados Unidos pusiera fin a esta ayuda?
Las "fronteras sangrientas" hacen referencia a un fenómeno más amplio que el conflicto palestino-israelí. Sin embargo, es cierto que los musulmanes consideran a Estados Unidos un país parcial que tiene en cuenta la seguridad de Israel como un interés nacional.

-¿Y el resto de los conflictos que moviliza a musulmanes contra no musulmanes? ¿De Nigeria a Filipinas, pasando por Sudán? Bernhard Lewis, gran erudito sobre el islam, cree que esta religión en conjunto tiene un problema con Occidente. Él también habló de un "choque de civilizaciones".
- Así es, y antes que yo.

-Él ve la "reacción histórica de un viejo rival civilizador contra nuestra herencia judeocristiana, nuestra presencia secular y la propagación mundial de ambas".
-Es, de hecho, una rivalidad histórica que existe desde el siglo VII, desde el nacimiento del islam y de la conquista árabe del norte de África, de Oriente Próximo y a continuación de parte de Europa. En el siglo XIX se volvieron las tornas, cuando Occidente empezó a colonizar a Oriente Próximo, proceso que completó en el siglo XX.

-Usted mismo ha escrito sobre la hostilidad islámica a ciertas ideas occidentales: individualismo, liberalismo, constitucionalismo, derechos humanos, igualdad de grupos y sexos, democracia...
-Debemos diferenciar entre corrientes y agrupaciones. Por supuesto que hay musulmanes que comparten estos valores occidentales. Lo que ocurre es que en general parecen ser una minoría con poca influencia y poder. La mayoría de regímenes del mundo islámico son dictaduras.

-¿Se trata entonces de una colisión de las formas de gobierno?
-La pregunta es: ¿por qué no hay democracia en Arabia? Quizá el motivo sea cultural. Pero examinemos el islam en general: Turquía es una especie de democracia. Bangladesh tiene un gobierno democrático. Pakistán lo ha tenido a veces. No creo que el islam como tal no sea democrático.

-Entonces, ¿sólo el islam árabe?
-Lo cierto es que en esa zona no existe la democracia, con la excepción de Líbano, pero se trata de un país que era más cristiano que musulmán; cuando las mayorías se invirtieron, estalló la guerra civil. Pese a todo, hay grandes diferencias entre los cuarenta países islámicos.

-Usted también ha escrito sobre una "relación islámico-confuciana", con ejemplos como el flujo de armas de China y Corea del Norte a Oriente Próximo. ¿Es una cuestión cultural o política?
-La base son los intereses comunes. Las culturas son muy distintas. Los intereses se refieren a un oponente común: Estados Unidos. Quizá Occidente en general. La política imperialista no termina nunca. Se refuerza mediante la cultura y la religión, aunque esto no lo explica todo. Véase, si no, la alianza entre Turquía e Israel.

-Aún existen más ejemplos que contradicen su tesis de lucha de las culturas. Usted describe Rusia como centro del "cristianismo oriental". Sin embargo, ¿esta cultura oriental no se decanta de manera decidida hacia occidente?
-Rusia lo ha hecho desde la época de Pedro el Grande. La occidentalización y la modernización son un viejo motivo de la historia rusa. Pero también lo contrario, el motivo eslavo, según el cual Rusia tiene un destino distinto al de Occidente y debería encaminarse hacia él. Esta vía se ve también en el bolchevismo, bajo el lema rojo: "Somos distintos y mejores, somos el futuro y enterraremos a Occidente".

-El conflicto "dentro" de las culturas es a veces más agresivo que el conflicto entre culturas. Iraq ha atacado a Irán y Kuwait. Por otro lado, Turquía se acerca más a la Unión Europea cristiana.
-Seguramente existen graves conflictos dentro del islam, tal y como subrayo en mi libro. A propósito de Turquía: hace veinte años que intenta entrar en la UE, pero sigue al final de la cola. Polonia, Chechenia, Estonia y Lituania subirán, pero no Turquía, porque la UE cree que no pertenece al club, y quizá también debido a motivos culturales.

-¿Qué tienen en común países como Uzbekistán o Kazajstán con Egipto, Argelia o Iraq?
-Todos son musulmanes y todos tienen movimientos fundamentalistas. Y regímenes extremadamente autoritarios. Lo más interesante del bloque que pertenecía antes a la Unión Soviética es que la democratización y las reformas económicas se desarrollan a lo largo de fronteras culturales muy precisas. Todos los países que pertenecieron a Occidente en el pasado, es decir, a Europa Central, han logrado grandes progresos. Las culturas ortodoxas como la búlgara, bielorrusa o ucraniana las siguen con retraso y la Albania musulmana o las repúblicas ex soviéticas de Asia central están mucho más atrasadas.

-¿En su proceso de desarrollo, sufre el islam de una cultura de mentalidad atrasada?
-Sólo en cuestiones económicas y políticas, no en las culturales. De los 25 países del antiguo bloque soviético, el desarrollo democrático y económico está en correlación con las diferencias civilizadoras. ¿Por qué le va mejor a Polonia que a Ucrania, a pesar de que la república del mar Negro era uno de los centros motores de la URSS?

-Por lo tanto, se debe a un destino cultural.
-No existe nada como el destino. Pero históricamente la cultura ha sido una fuerza muy poderosa y hoy en día lo sigue siendo.

-¿No existen también líneas de ruptura civilizadoras dentro de Occidente pese a la cultura que compartimos? los conflictos entre Europa y Estados Unidos aumentan, desde Kioto hasta el Tribunal Penal Internacional. Y casi ningún país europeo quiere participar en la guerra contra Saddam.
-Primero debemos diferenciar entre cultura y estructura, es decir, la estructura de la potencia global. En la guerra fría había dos superpotencias; ahora sólo hay una, más media docena de potencias regionales. Entre éstas y la superpotencia surge un conflicto natural. ¿Por qué? Porque Estados Unidos tiene intereses en todo el mundo. Por eso se inmiscuye en todos lados, para influir. Por otro lado, las potencias regionales (la UE, Rusia, China, India, Brasil) intentan encauzar cualquier asunto en la dirección que más les conviene. Esto provoca tensiones.

-Así, ¿la estructura pesa más que la cultura?
-En realidad, no. Estados Unidos y la UE comparten una cultura occidental común. En consecuencia, la lógica de la cultura trabaja contra la lógica de la potencia. Tomemos como ejemplo el 11 de septiembre, cuando esta cohesión cultural provocó una ola de compasión e identificación con Estados Unidos. Los europeos se vieron como miembros de una cultura occidental común. Sin embargo, ahora ha vuelto a imponerse la lógica de la potencia, junto con las antiguas diferencias. Los europeos no quieren tomar parte en la guerra contra Iraq y también han criticado la guerra contra el terror. A esto hay que añadir ciertas disputas económicas y ecológicas. El conflicto de potencias tiene un segundo aspecto. Las potencias secundarias, que no quieren ser dominadas por el poder principal de la región, se muestran como socios naturales de Estados Unidos.

-Como Inglaterra...
- ... cuyos vínculos culturales con EE.UU. son más estrechos. Polonia, Ucrania y Uzbekistán mantienen relaciones más cordiales con EE.UU.porque no quieren volver al yugo de Rusia.

-¿El equilibrio político clásico es decisivo?
-No, ambas cosas son importantes, tanto cultura como estructura. Las líneas de ruptura más importantes están ahí donde las diferencias de poder y cultura se solapan. EE.UU. y Europa no se enfrentarán en una guerra. Es más que probable que India y Pakistán acaben haciéndolo, igual que Israel y los árabes. Y China y EE.UU.

-Otra de sus citas dice: "The rest against the West" (el resto contra Occidente). Pero si tenemos en cuenta las tensiones transatlánticas, ¿podría convertirse en "the rest of the West against the US" (el resto de Occidente contra EE.UU.)?
-No, ya que la cultura común modera el conflicto de potencias. Lo cual no es el caso de China y Estados Unidos, donde el abismo cultural agudiza el conflicto de intereses.

-Entonces, ¿no llegarán al Tribunal Penal Internacional los actos de violencia?
-Es probable, aunque aquí se ha abierto un conflicto de potencias. Estados Unidos no quiere dejarse encadenar, porque tenemos soldados en todo el mundo que no quieren exponerse al peligro de un procesamiento penal.

-Sabíamos cómo habíamos evitado en el pasado los grandes conflictos ideológicos y de política imperialista. Occidente venció a la Alemania nazi, limitó políticamente e intimidó militarmente a la Unión Soviética. Pero, ¿cómo se lucha en una guerra de culturas? ¿Y contra quién?
-Esto depende del escenario. Al Qaeda es algo completamente nuevo. Bush habla de guerra contra el terrorismo. Políticamente es un concepto útil, porque todo el mundo está contra el terrorismo, pero analíticamente plantea problemas, porque este término puede abarcar distintas guerras. Rusos, chinos, indios, israelíes, todos califican a sus enemigos de terroristas. En el fondo son conflictos territoriales. La guerra de Al Qaeda contra Estados Unidos y la civilización occidental es harina de otro costal porque no tiene nada que ver con una guerra por un territorio...

-¿Sino con una guerra de civilizaciones?
-Por supuesto que lo es.

-¿Cómo se lucha en una guerra de este tipo?
-Antes que nada, hay que cortar el apoyo que recibe un grupo como al Qaeda de otros miembros de su civilización. Cuando estos grupos o estados se alían con una parte en conflicto, la escalada es inminente.
Es lo mismo que ocurrió en Serbia, donde Belgrado apoyaba militarmente a los serbios de Bosnia y Kosovo. Por lo tanto, al Qaeda debe quedar aislada en el mundo musulmán, lo cual es muy difícil porque opera en cincuenta o sesenta países. De forma que hay que atraer a estos países a nuestro bando. Sin embargo, el Gobierno de Bush tenía un problema después del 11 de septiembre: ¿Cómo ganarse el apoyo de todas las potencias regionales, que no eran precisamente los mejores amigos de Estados Unidos, como Rusia, China, e incluso Irán?

-¿Volverá a atacar Al Qaeda?
-Como mínimo lo intentará.

Copyrught "Die Zeit". Traducción de Robert Falcó