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29.7.05

El Oriente Próximo y Occidente (2ª parte)

Concubinato y poligamia

La esclavitud también era una preocupación para las potencias occidentales, muy especialmente para el Reino Unido, que había abolido la esclavitud en su propio imperio a principios del siglo XIX y consideraba el tráfico de esclavos un crimen internacional,como la piratería, que debía ser suprimido y castigado en cualquier territorio o mar.
A finales del siglo XX, la esclavitud en Oriente Próximo, con algunas excepciones locales, ha sido abolida.

La batalla en favor de los derechos de la mujer se ha demostrado mucho más difícil y su resultado no está ni mucho menos claro. Las potencias europeas, que utilizaron su influencia e incluso sus fuerzas armadas para imponer la abolición de la esclavitud y la emancipación de los no musulmanes, no mostraron interés en terminar con el sometimiento de las mujeres.
Tampoco hay muchas pruebas de que los reformadores de Oriente Próximo o sus mentores europeos se preocuparan por esa cuestión.

Las potencias imperiales, en este como en otros muchos aspectos, romovieron políticas sociales cautelosas y conservadoras y procuraron evitar cualquier cambio que pudiera movilizar a la opinión musulmana contra ellos y no les reportara ninguna ventaja.

En algunas áreas de colonización intensa, como el norte de África francés o la Asia central soviética, una pequeña clase de musulmanes educados, asimilados culturalmente a sus señores imperiales, siguieron también su práctica en el tratamiento de las mujeres.Pero fueron casos muy limitados y marginales en todos los sentidos. En el corazón del islam ese progreso en los derechos de la mujer se debió por entero a fuerzas internas y a los esfuerzos solitarios de hombres y mujeres.

Sin embargo, la batalla en favor de la emancipación de la mujer hizo algunos progresos en las partes de la región más avanzadas social y económicamente, convirtiéndose en uno de los blancos principales de las diferentes escuelas del resurgimiento islámico militante.
El ayatolá Jomeini, en particular, le concedió un papel prominente en su crítica de las fechorías del sha y de los crímenes de su régimen. Desde un punto de vista tradicional, la emancipación de la mujer (en concreto, permitirle mostrar el rostro, los brazos y las piernas, y mezclarse socialmente en la escuela o el lugar de trabajo con los hombres) es una incitación a la inmoralidad y la promiscuidad, y un golpe mortal al corazón mismo de la sociedad islámica, la familia musulmana y el hogar.

La batalla continúa. El primer ejemplo que he podido encontrar de un argumento razonado a favor de los derechos de la mujer aparece en un artículo del gran escritor otomano del siglo XIX Namik Kemal, uno de los líderes de los Jóvenes Otomanos, publicado en el periódico Tasvir-I Efkâr en 1867:

En la actualidad se considera que nuestras mujeres no cumplen otro propósito útil para la humanidad que tener hijos; se piensa que sólo sirven para el placer, como los instrumentos musicales o las joyas. Pero constituyen la mitad, o quizá más, de nuestra especie. Impedir que contribuyan al sustento y mejora de los otros con su esfuerzo infringe las normas básicas de cooperación pública hasta tal punto que nuestra sociedad nacional está enferma como un cuerpo humano al que se le hubiera paralizado una mitad.
Y, sin embargo, las mujeres no son inferiores a los hombres en sus capacidades intelectuales y físicas.

En los tiempos antiguos las mujeres compartían las actividades de los hombres, incluyendo incluso la guerra. En el campo, las mujeres todavía comparten las labores agrícolas y el comercio… La razón de que se margine a nuestras mujeres de ese modo es la percepción de que son totalmente ignorantes y no saben nada de derechos y deberes, beneficios y perjuicios. Muchas consecuencias negativas se derivan de esa posición de las mujeres: la primera de ellas es que lleva a una mala educación de los hijos.


Namik Kemal era un joven radical cuando escribió ese artículo. Poco después marchó exiliado a París, donde se unió a otros jóvenes para publicar diarios sediciosos de oposición. Volvió a Turquía en 1870 e inició una carrera bastante importante como escritor y activista. Sin embargo, no volvió a tratar ese tema particular, y dedicó la mayor parte de sus energías a los temas relacionados de país y libertad –en otra palabras, de patriotismo y liberalismo– Namik Kemal y otros después cambiaron, si no sus mentalidades, sí sus prioridades.

Pero no todos. En 1899 apareció en árabe un libro notable titulado "La liberación de la mujer", escrito por Qasim Amin, un joven abogado egipcio que había estudiado en París y tenía una novia francesa que parece haber ejercido alguna influencia sobre él. Mientras se encontraba en Francia, se convirtió en un apasionado defensor de los derechos de la mujer.
El tema de su libro era la necesidad de elevar la condición de la mujer educándola y luego permitiéndole el acceso a la vida social y las profesiones. En particular, propuso abolir el velo y reinterpretar las disposiciones coránicas que solían entenderse como una autorización de la poligamia, el concubinato y el divorcio por repudio.
Sólo liberando a la mujer, argüía, podía liberarse la propia sociedad islámica, ya que una sociedad libre es aquella en la que todos sus miembros son libres.

A pesar de sus intentos por justificar esas proposiciones revolucionarias en términos islámicos, el libro provocó una reacción muy fuerte en círculos tradicionalistas de Egipto y otros lugares. Pero siguió leyéndose; fue traducido del árabe al turco y otras lenguas, y causó un considerable impacto, muy especialmente en la nueva generación de mujeres, algunas de las cuales estaban aprendiendo a leer y, por tanto, conocieron el libro.
En la práctica los cambios en la condición de la mujer se produjeron de diversas maneras y fueron debidos a circunstancias que pueden atribuirse, en la mayoría de los casos, al fundamental ejemplo occidental.

La abolición de la esclavitud ilegalizó el concubinato y, aunque éste persistió durante algún tiempo en áreas remotas, dejó de ser habitual o aceptado. En unos pocos países, especialmente Turquía, Túnez e Irán bajo el último Sha, incluso la poligamia quedó fuera de la ley; en muchos otros Estados musulmanes, aunque sigue siendo legal, ha sido limitada por restricciones legales y se ha vuelto socialmente inaceptable en el medio urbano y las clases superiores, así como impracticable económicamente para las clases sociales más bajas.

En la actualidad la poligamia es muy rara fuera de la península arábiga, donde los hombres disponen tanto de los medios como de la oportunidad. El primero y más efectivo progreso afectó a la posición económica de la mujer.
Ya bajo la administración tradicional ésta era relativamente buena y, ciertamente, mucho mejor que la de las mujeres en la mayoría de los países cristianos antes de la adopción de legislaciones modernas.
Las mujeres musulmanas, tanto las esposas como las hijas, tenían derechos de propiedad bien definidos, que la ley reconocía y hacía respetar. En cambios recientes las necesidades económicas fueron un factor importante. Como señaló Namik Kemal, las campesinas habían formado parte, desde tiempos inmemoriales, de la fuerza de trabajo; en consecuencia, habían disfrutado de ciertas libertades sociales negadas a sus hermanas de las ciudades.
La modernización económica trajo una necesidad de mano de obra femenina que aumentó en gran medida durante los años en que el imperio otomano estuvo en guerra, entre 1911 y 1922, momento en que la población masculina estaba en las fuerzas armadas y las mujeres eran necesarias para continuar con los negocios de la vida.

Esa circunstancia tuvo también algunas consecuencias en la educación, y se produjo un incremento continuo en el número de mujeres que estudiaban en institutos y universidades. Encontramos, ya en el último periodo otomano, revistas para mujeres, escritas por mujeres para mujeres.
Las mujeres empezaron a desempeñar “profesiones de mujeres” como la enfermería y la enseñanza, tradicionales en Europa y que poco a poco también lo fueron en tierras del islam, y con el tiempo empezaron a penetrar en otras profesiones.

Pero la reacción era creciente. Incluso la participación de la mujer en una profesión tradicional como la enseñanza era demasiado para algunos islamistas militantes.
Jomeini, en sus sermones y escritos antes y después de la revolución islámica de 1979, hablaba con gran ira de la inevitable inmoralidad que, según él, resultaría de que las mujeres educaran a adolescentes.

Kemal Atatürk, el fundador de la República turca, tomó exactamente el partido contrario. En una serie de discursos pronunciados a principios de la década de los veinte, abogó de manera elocuente por la emancipación total de las mujeres en el Estado y la sociedad turcos. Nuestra tarea más urgente, le dijo en repetidas ocasiones a su pueblo, es ponernos al día con el mundo moderno. No nos pondremos al día con el mundo moderno si sólo modernizamos la mitad de la población. Era una línea de argumentación sorprendente a principios de los veinte y venía de una fuente inesperada, un bajá y general otomano, pero también el fundador de la moderna Turquía.

En la República turca los derechos de la mujer se convirtieron en parte de la ideología kemalista y las mujeres desempeñaron un papel creciente en la vida pública. Aparte de Turquía, la cuestión de los derechos políticos fue relativamente poco importante en una región donde, con pocas excepciones, los precarios sistemas parlamentarios que una vez existieron dieron paso a regímenes más o menos autoritarios, controlados por el ejército o el partido. En cualquier caso, la cuestión de los derechos políticos carecía de sentido en esas sociedades. No así en Turquía, donde ha seguido siendo una cuestión importante.

Los occidentales tienden a asumir que la emancipación de la mujer es parte de la liberalización y que, en consecuencia, la mujer correrá mejor suerte en regímenes liberales que autocráticos. Esa suposición puede ser falsa; de hecho, a menudo sucede lo contrario.
En los países árabes, la emancipación legal de la mujer fue mucho más lejos en Irak y en el antiguo Yemen del Sur, ambos gobernados por regímenes claramente represivos. En cambio se ha estancado en Egipto, una de las sociedades árabes más tolerantes y abiertas. Es en esas sociedades donde la opinión pública, todavía mayoritariamente masculina y conservadora, ejerce una mayor influencia.

Los derechos de la mujer han sufrido reveses muy serios en países en los que fundamentalistas de diverso tipo tienen influencia o en los que, como Irán y la mayor parte de Afganistán, gobiernan.
En realidad, como ya se ha señalado, la emancipación de la mujer por gobernantes modernizadores fue una de las principales quejas de los fundamentalistas radicales y uno de sus objetivos principales es invertir esa tendencia.

La emancipación de la mujer, más que ninguna otra cuestión, es la piedra de toque que marca la diferencia entre modernización y occidentalización. Incluso los fundamentalistas más extremos y antioccidentales de nuestros días aceptan la necesidad de modernizar y hacer el mayor uso posible de la tecnología moderna, especialmente de las tecnologías de guerra y propaganda. Esto se contempla como modernización y, aunque los métodos e incluso los artefactos proceden de Occidente, se acepta como necesario e incluso útil.
La emancipación de la mujer es occidentalización; tanto para los conservadores tradicionales como para los fundamentalistas radicales no es ni necesaria ni útil, sino nociva, una traición a los verdaderos valores islámicos. Debe impedirse que entre en el cuerpo del islam y, allí donde ya ha entrado, debe suprimirse sin contemplaciones.

El atuendo

La diferencia entre modernización y occidentalización, sobre todo en relación con hombres y mujeres, puede verse claramente en las reformas referentes al vestido que se iniciaron a finales del siglo XVIII y han continuado, con interrupciones ocasionales, desde entonces.
El proceso se inició cuando el sultán formó regimientos de nuevo cuño, con formaciones occidentales y armas occidentales, dirigidos por oficiales de tipo occidental, graduados según rangos occidentales. Era natural que el sultán vistiera a su nuevo ejército con uniformes de estilo occidental; de hecho, uno de los primeros documentos que reclaman reformas menciona explícitamente los uniformes y su utilidad militar, especialmente disciplinaria, por ejemplo, para facilitar el reconocimiento y arresto de los desertores.

Desde el ejército, las reformas militares se extendieron al servicio civil y los burócratas empezaron a vestirse con levitas y pantalones, abandonando sus ropas anteriores, más cómodas. Sólo se conservó el tocado –el fez, el turbante, la kefiya–, para simbolizar su diferencia con Occidente. Cualquiera que haya visitado un cementerio otomano recordará las lápidas, coronadas con una representación tallada del tocado distintivo de la persona enterrada allí, que de ese modo identifica la tumba de un oficial jenízaro, un cadí u otro. El tocado siguió siendo particularmente importante en un sentido simbólico, incluso religioso.

Pero hasta eso ha cambiado en la actualidad. Durante mucho tiempo, los soldados de Oriente Próximo llevaron uniformes occidentales con tocado musulmán, evitando sombreros o gorras de tipo occidental con ala o visera que estorbaban el culto musulmán y por tanto eran considerados símbolos de infieles. En esos tiempos, Sapka giymek, ponerse un sombrero, era el equivalente turco por cambiarse de chaqueta (es decir, convertirse en un renegado). En la actualidad, también eso se ha perdido. Hoy día, las Fuerzas Armadas, el servicio civil y una gran parte de la población urbana masculina han adoptado ropas occidentales. Incluso los diplomáticos de la república islámica de Irán llevan trajes occidentales, aunque no se ponen corbata, para simbolizar su rechazo de la cultura occidental y sus símbolos.
Por alguna razón, le han concedido a la corbata un significado simbólico, debido quizás a su forma vagamente cruciforme.

Mientras la línea divisoria entre occidentalización y modernización es a veces difícil de establecer en el atuendo de los hombres, es muy clara en el de las mujeres.
A diferencia de soldados y funcionarios (en el pasado ocupaciones exclusivamente masculinas), las mujeres nunca fueron obligadas a adoptar ropas occidentales o a abandonar el traje tradicional. De hecho, si la cuestión se plasmó en regulaciones públicas, fue en forma de prohibición, no de requerimiento. Sin embargo, algunas mujeres adoptaron ciertos elementos del atuendo occidental y en nuestros días algunas prendas, especialmente el pañuelo y el velo, se han convertido en poderosos símbolos emotivos de elección cultural.
Tal es el caso sobre todo en Turquía e Irán, los dos países que representan más claramente las opciones y futuros alternativos que enfrenta el Oriente Próximo musulmán –y no sólo musulmán–. Para los hombres llevar ropas occidentales, parece, es una marca de modernización; para las mujeres, lo es de occidentalización y, en consecuencia, en unos casos se recibe bien y en otros se castiga.

La ciencia

La respuesta de Oriente Próximo a la ciencia occidental guarda similitudes interesantes con la respuesta al feminismo. También muestra diferencias sorprendentes. Al principio, tanto una como otra eran negativas, incluso desdeñosas, y los comentarios de Hatti Efendi no eran inhabituales. Pero los beneficios de la educación científica, a diferencia de los de la emancipación femenina, eran palpables, visibles, inmediatos, sobre todo en el campo militar, que era la principal preocupación de los reformadores, pero también en otros órdenes de la vida. Para enseñar artillería y náutica era necesario impartir algún conocimiento de las ciencias en que se basaban.
Con el crecimiento y propagación de la moderna instrucción militar y naval, tanto profesores como pupilos lograron percepciones y miras que iban más allá de lo que la navegación podía proporcionar, con resultados más penetrantes y explosivos que la artillería.

Durante el siglo XIX, un número creciente de musulmanes jóvenes, la mayoría de ellos oficiales o funcionarios otomanos, empezaron a hablar de cómo Europa, “el más pequeño de los continentes”, había alcanzado la supremacía en el mundo moderno gracias a su maestría en las ciencias. Algunos hablaban de manera más amplia de conocimiento –la misma palabra designaba tanto el conocimiento como la ciencia–. En un ensayo publicado en 1840, Mustafá Sami, un antiguo secretario jefe de la Embajada otomana en París, va un paso más allá y anota con asombro:

“Cada europeo, hombre o mujer, puede leer o escribir. Todos ellos, hombres y mujeres, pasan por un periodo de escolarización de al menos diez años. Hay escuelas especiales en las que se enseña a leer y escribir incluso a los sordomudos. Gracias a su ciencia, los europeos han encontrado la manera de vencer plagas y otras enfermedades y han inventado muchos mecanismos para producir en masa varios artículos”.
Otro otomano con experiencia diplomática, Sadik Rifat Pasha, habla de la importancia que los europeos conceden a “la astronomía, la música, la medicina… la política internacional, el conocimiento militar, las plantas, los animales, los minerales y la anatomía”.
También anota que en Europa es imposible encontrar a alguien que sea incapaz de leer y escribir en su propia lengua. Eso era probablemente una exageración a mediados del siglo XIX, aunque de carácter menor si se compara con la diferencia entre las condiciones que describe y las que había en su país.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, los intelectuales otomanos pusieron aún mayor énfasis en la importancia de la ciencia. Algunos de ellos fueron más lejos hablaron de un conflicto entre la ciencia y lo que llamaron con cautela “fanatismo” o incluso, de manera más explícita, entre ciencia y religión. Un número creciente de libros científicos europeos fueron traducidos, a menudo con prefacios en los que se insistía en la importancia de la ciencia para el progreso.

El materialismo y más tarde el positivismo también encontraron traductores y discípulos. Un autor popular fue el científico y filósofo angloamericano John William Draper (1811-1882), cuya historia del conflicto entre religión y ciencia, publicada en Estados Unidos en 1872, apareció en Estambul en traducción turca en 1895.

Otro materialista europeo muy admirado fue Friedrich Karl Christian Ludwig Büchner (1824-1899). Tanto él como, sobre todo, Auguste Comte influyeron en gran medida en el pensamiento político de los Jóvenes Turcos y sus imitadores en otros países musulmanes. Sin embargo, a pesar de todos esos esfuerzos y de la fundación de escuelas y facultades de ciencias en casi todas las universidades nuevas, la incorporación de la ciencia moderna –¿o deberíamos decir ciencia occidental?– fue lamentablemente lenta.

La renuencia del Oriente Próximo islámico para aceptar la ciencia europea es aún más sorprendente si se considera la inmensa contribución de la civilización islámica de la Edad Media al nacimiento de la ciencia moderna. En el desarrollo y transmisión de las diversas ramas de la ciencia, los hombres del Oriente Próximo medieval –algunos cristianos, algunos judíos, la mayoría musulmanes– desempeñaron un papel vital. Habían heredado la antigua sabiduría de Egipto y Babilonia. Habían traducido y preservado gran parte de la sabiduría y ciencia de Persia y Grecia, que de otro modo se habría perdido. Su iniciativa y apertura les permitió añadir muchas cosas nuevas de la ciencia y técnicas de India y China.

El papel de los científicos islámicos medievales no sólo fue de recopilación y preservación. En el Oriente Próximo medieval, algunos científicos desarrollaron una aproximación rara vez empleada por los antiguos: el experimento. Mediante este y otros medios produjeron avances importantes en casi todas las ciencias.

Muchos de esos conocimientos se transmitieron al Occidente medieval gracias a animosos estudiantes que iban a estudiar a lo que eran entonces centros musulmanes del saber en España y Sicilia, mientras otros traducían textos científicos del árabe al latín, algunos originales, otros adaptados de antiguas obras griegas. La ciencia moderna tiene una deuda enorme con esos transmisores.

Entonces, aproximadamente desde finales de la Edad Media, se produjo un cambio decisivo. En Europa, el movimiento científico experimentó un enorme avance en la era del Renacimiento, los descubrimientos,la revolución tecnológica y los vastos cambios, tanto intelectuales como materiales, que los precedieron, acompañaron y siguieron. En el mundo musulmán, la indagación independiente prácticamente desapareció y la ciencia se redujo en su mayor parte a la veneración de un corpus de conocimientos acreditados.

Hubo algunas innovaciones prácticas: así, por ejemplo, las incubadoras se inventaron en Egipto y la vacunación contra la viruela en Turquía. Sin embargo, no se juzgaba que esos avances pertenecieran al dominio de la ciencia, sino que se consideraban herramientas prácticas, y nuestro conocimiento de ellas procede ante todo de viajeros occidentales.
Las actitudes cambiantes de Oriente y Occidente en el desarrollo y aceptación del conocimiento científico quedan ejemplificadas de forma dramática en el descubrimiento de la circulación de la sangre.

En las historias occidentales de la ciencia suele atribuirse al médico inglés William Harvey, cuyo importantísimo Ensayo sobre el movimiento del corazón y de la sangre, publicado en 1628, transformó tanto la teoría como la práctica de la medicina.
Su gran descubrimiento estuvo precedido y apoyado por la obra de un médico y teólogo español, Miguel Servet, también conocido como Michael Servetus (1511- 1553), que debe su lugar en la historia de la ciencia al descubrimiento, publicado en 1533, de la circulación menor o pulmonar de la sangre.

Ese descubrimiento fue anticipado, con una similitud de detalles realmente sorprendente, por un médico sirio del siglo XIII llamado Ibn al-Nafïs. Entre sus escritos había un tratado médico en el que, desafiando la venerada autoridad de Galeno y Avicena, exponía su teoría de la circulación de la sangre en términos muy similares a los que más tarde empleó Servet y adoptó Harvey, pero, a diferencia de los de éstos, basados en razonamientos abstractos más que en experimentos.

Modernos estudios orientalistas han demostrado, con alto grado de probabilidad, que Servet conocía el trabajo de Ibn al-Nafïs gracias a un erudito renacentista llamado Andrea Alpago (muerto hacia 1520) que pasó muchos años en Siria recopilando y traduciendo manuscritos médicos árabes. Ibn al-Nafïs fue un médico rico y conocido, que murió a la edad aproximada de ochenta años. Viudo sin hijos, dejó su lujosa casa, su hacienda y su biblioteca al hospital de El Cairo. Su libro y su teoría fueron olvidados y no tuvieron ningún efecto en la práctica de la medicina.
Server fue arrestado en Ginebra el 14 de agosto de 1553 y acusado de blasfemia y herejía. Las autoridades protestantes, especialmente Calvino, pidió que se retractara de sus opiniones religiosas o se atuviera a las consecuencias. Servet se negó; el 26 de octubre de 1553 fue condenado y al día siguiente quemado como hereje.

Su obra médica se conservó y fue la base de importantes avances científicos en los años siguientes. Otro ejemplo del creciente abismo puede verse en el destino del gran observatorio construido en Galata, Estambul, en 1577. Se levantó por iniciativa de Taqi al-Din (c. 1526-585), una importante figura en la historia científica musulmana, autor de varios libros sobre astronomía, óptica y relojes mecánicos.
Nacido en Siria o Egipto (las fuentes difieren), estudió en El Cairo y, tras desarrollar una carrera de jurista y teólogo, marchó a Estambul, donde en 1571 fue nombrado munejjim-bashi, astrónomo (y astrólogo) jefe del sultán Selim II. Al cabo de unos años persuadió al nuevo sultán Mirad III de que le permitiera construir un observatorio, comparable en su equipamiento técnico y su personal especializado al de su célebre contemporáneo, el astrónomo danés Tycho Brahe. Pero ahí termina la comparación.

El observatorio de Tycho Brahe y el trabajo realizado en él abrió el camino a un vasto y nuevo desarrollo de la ciencia astronómica. El observatorio de Taqi al-Din fue arrasado por un pelotón de jenízaros, por orden del sultán, siguiendo la recomendación del Muftí Jefe. Ese observatorio había tenido muchos precedentes en tierras del islam; no tuvo sucesores hasta la era de la modernización. La relación entre la cristiandad y el islam en las ciencias no fue revertida. Los que habían sido discípulos se convirtieron en maestros; los que habían sido maestros se convirtieron en pupilos, a menudo reticentes y resentidos. Estaban bastante dispuestos a aceptar los productos de la ciencia de los infieles en las técnicas militares y la medicina, de los que podía depender la victoria y la derrota, la vida y la muerte.

Pero la filosofía subyacente y el contexto sociopolítico de esos logros científicos resultaron más difícil de aceptar o incluso de reconocer. Ese rechazo es una de las diferencias más llamativas entre Oriente Próximo y otras partes del mundo no occidental, que de un modo u otro han aguantado el impacto de la civilización occidental.
En la actualidad científicos de muchos países de Asia hacen importantes contribuciones a lo que ya no es un movimiento científico occidental, sino mundial. A excepción de algunos enclaves occidentalizados de Oriente Próximo y a algunos científicos originarios de la zona que trabajan en Occidente, la contribución de Oriente Próximo –como se refleja, por ejemplo, en las revistas internacionalmente reconocidas que están a la vanguardia del progreso científico– es comparativamente pobre en relación con la de otras regiones no occidentales o, lo que es aún más dramático, con su propio pasado.

Bernard Lewis es profesor emérito de estudios de
Oriente Próximo en la Universidad de Priceton.

El Oriente Próximo

El Oriente Próximo y Occidente (1ª parte)


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28.7.05

El Oriente Próximo y Occidente (1ª parte)

En este extraordinario libro, Bernard Lewis, uno de los principales especialistas en la historia y cultura islámicas, ofrece una incisiva mirada sobre la relación entre Oriente Próximo y Europa.
Durante siglos el islam dominó militar y económicamente el mundo y lederó las artes y las ciencias. Vista desde el islam, la Europa cristiana se consideraba una tierra remota en la que reinaba la barbarie y de la que no había nada que aprender o temer. Más tarde todo cambió, pues el antaño desdeñado Occidente alcanzó victoria tras victoria, primero en el campo de batalla, más tarde en el comerico y, posteriormente, en casi todos los aspectos de la vida pública y privada.

Bernard Lewis examina en esta fascinante obra la angustiada reacción del mundo islámico para tratar de entender por qué había cambiado la situación, cómo Occidente les había adelantado, eclipasado y, cada vez en mayor grado, dominado. El autor proporciona un retrato fascinante de una cultura desorientada. Mientras una parte del mundo islámico reaccionaba buscando chivos expiatorios, tanto internos como externos, otros buscaban las causas de sus equivocaciones y el modo de encontrar soluciones.

Bernard Lewis pone de relieve las notables diferencias entre las culturas de Occidente y de Oriente Próximo desde el siglo XVIII hasta el siglo XX, con sugerentes comparaciones de asuntos tales como el cristianismo y el islam, la música y las artes, la situación de las mujeres, el secularismo y la sociedad civil.

Armamento, economía y administración

Durante los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, los observadores de Oriente Próximo,cada vez más conscientes de la disparidad de poder entre Oriente Próximo y los Estados occidentales, dirigieron su atención principalmente sobre el armamento y las técnicas militares, y después sobre la producción económica y la administración del Gobierno, consideradas las causas principales de la preponderancia occidental.
Al fijarse en esos aspectos, trataron de encontrar lo que más distinguía y diferenciaba a Occidente en el modo de tratar esas cuestiones y, por tanto, de identificar la fuente de la superioridad occidental.

Al buscar esa misteriosa fuente naturalmente prestaron más atención a lo que se diferenciaba de manera más visible y palpable de su modo de hacer las cosas, y luego trataron de adoptarlo, adaptarlo o simplemente comprarlo.

Empezaron con las fuentes visibles del poder y la prosperidad: militares, económicas y políticas.
Ésas fueron las tres áreas en las que concentraron sus principales esfuerzos, con resultados limitados y a veces incluso negativos.

Pero entre la sociedad islámica y la occidental había otras diferencias más grandes y profundas, que, no obstante, por alguna razón, durante mucho tiempo habían sido ignoradas o consideradas irrelevantes.
Trataré de ilustrar tres de esos aspectos mediante citas de visitantes de Oriente Próximo en Occidente. Los tres son turcos, ya que los turcos fueron los primeros musulmanes, y durante algún tiempo los únicos, que viajaron por Europa.

La primera se debe a Evliya Çelebi,un famoso escritor turco de su época que visitó Viena en 1665 como parte de una misión diplomática otomana. En el curso de un largo y detallado informe sobre la capital imperial y sus aventuras allí, Evliya describe el “espectáculo más extraordinario” que vio:

En este país he visto un espectáculo extraordinario. Siempre que el emperador se encuentra con una mujer en la calle, si va a caballo, detiene su montura y la deja pasar. Si el emperador va a pie y se encuentra con una mujer, adopta una postura de cortesía. La mujer saluda al emperador, que entonces se quita el sombrero para mostrar respeto por ella. Una vez que la mujer ha pasado, el emperador sigue su camino. En realidad, es un espectáculo extraordinario.
En este país y, en general, en las tierras de los infieles, las mujeres tienen mucho que decir. Son honradas y respetadas por amor a la Madre María.

Mi segundo ejemplo procede de otro diplomático otomano en Viena, el embajador Mustafá Hatti Efendi, que en un informe fechado en 1748 describe una visita al observatorio como huésped del emperador y habla de algunos de los “extraños aparatos y objetos maravillosos” que vio allí:

Uno de los artilugios que nos mostraron era como sigue: había dos habitaciones contiguas. En una había una rueda, y en esa rueda dos bolas de cristal grandes y esféricas, a las que se había unido un cilindro hueco, más estrecho que un junco, del que partía una larga cadena que llegaba hasta la otra habitación. Cuando la rueda dio vueltas, un poderoso viento pasó por la cadena a la otra habitación, donde se levantó del suelo y, si algún hombre lo tocaba, ese viento golpeaba su dedo y sacudía todo su cuerpo.
Lo más sorprendente es que si el hombre que lo tocaba cogía a otro hombre de la mano, y éste a un tercero, hasta formar un anillo de veinte o treinta personas, cada una de ellas sentía la misma sacudida en el dedo y en el cuerpo que el primero. Nosotros mismos lo probamos. Como no ofrecieron ninguna respuesta inteligible a nuestras preguntas, y como todo el mecanismo no era más que juguete, no juzgamos necesario requerir mayores informaciones.

Otro artilugio… consistía en pequeñas botellas de cristal que fueron golpeadas con piedras y trozos de madera sin que se rompieran. Luego pusieron pedazos de sílex en las botellas, después de lo cual esas botellas de un dedo de espesor, que habían soportado el impacto de una piedra, se disolvieron como harina. Cuando preguntamos por el significado de todo eso, nos dijeron que cuando el cristal se retiraba del fuego y se enfriaba con agua fría, se volvía así. Atribuimos esa absurda respuesta a su malicia occidental.


Mi tercer ejemplo procede de un embajador otomano, Vasif Efendi, que residió en España entre 1787 y 1789. Al describir sus compromisos sociales, señala: “Durante las comidas… [los españoles] se admiraban mucho de los músicos y cantantes que acompañan nuestra misión. Por orden del rey, todos los grandes, uno tras otro, nos invitaron a cenar, y sufrimos el tedio de su música”.

Los temas de esos tres fragmentos, mujeres, ciencia y música, marcan tres diferencias cruciales de planteamiento, actitud y percepción entre dos civilizaciones vecinas. Examinémoslos con mayor atención.

La situación de la mujer

La diferente posición de las mujeres era uno de los contrastes más llamativos entre la práctica cristiana y la musulmana, y es mencionada por casi todos los viajeros en ambas direcciones. Todas las iglesias y enominaciones cristianas prohíben la poligamia y el concubinato. El Islam, como muchas otras comunidades no cristianas, permite ambos.

Los visitantes europeos en tierras islámicas estaban intrigados por lo que sabían, o más exactamente por lo que oían, sobre el sistema del harén, y algunos de ellos hablaban con mal disimulada envidia y desconocimiento de lo que imaginaban eran los derechos y privilegios de un marido y señor de la casa musulmán. Los visitantes musulmanes en Europa hablaban con asombro, a menudo con horror, de la falta de decoro y perversión de las mujeres occidentales, de la increíble libertad y absurda deferencia de que gozaban, y de la falta de celos de los hombres europeos ante la inmoralidad y promiscuidad que se permitían sus mujeres.

Encontramos esta observación hasta en los lugares más insospechados. Así, por ejemplo, un embajador marroquí que estuvo en España en 1766 habla de los modales libres y desenvueltos de las damas españolas y de la falta de sentido del honor de sus maridos. Si ésa era su impresión en la corte de España, uno tiembla al pensar en lo que habría escrito si hubiera continuado su viaje por Europa y hubiera llegado, por ejemplo, a la corte de Versalles.

Evliya Çelebi estaba expresando la reacción normal de una persona de Oriente Próximo ante la cortesía normal del emperador austriaco con una dama e indica claramente que jamás habría creído esa improbable historia si no la hubiera visto con sus propios ojos.

Su explicación de la extraordinaria deferencia concedida a las mujeres en la cristiandad –que “son honradas y respetadas por amor a la Madre María”– no debería rechazarse como absurda, sobre todo si se tiene en mente que, de acuerdo con la tradición islámica,la Trinidad, cuya veneración el Islam condena como una blasfemia casi politeísta, consistía en Dios, Jesús y María.

Algunos tienen incluso historias más extraordinarias que contar. Por ejemplo, Vahid Efendi, que atravesó Europa para ocupar su cargo de embajador en París en 1806, describe con cierto detalle su viaje y los lugares en los que se detuvo. He aquí uno de esos detalles:

“En los banquetes europeos están presentes muchas mujeres. Las mujeres se sientan a la mesa mientras los hombres lo hacen detrás de ellas, mirando como animales hambrientos cómo comen las mujeres. Si éstas se apiadan de ellos, les dan algo de comer; si no, los hombres se van hambrientos”.
No sé dónde oyó esa historia, pero no es más improbable que algunos de los relatos que contaban los visitantes occidentales sobre lo que sucedía en los harenes musulmanes.

La posición de las mujeres, aunque probablemente era la diferencia más profunda entre las dos civilizaciones, merecía mucha menos atención que asuntos tales como las pistolas, las fábricas o los parlamentos. Los occidentales no se diferenciaban mucho de los naturales de Oriente Próximo en ese astigmatismo.

De acuerdo con la ley y la tradición islámicas, había tres grupos de personas que no se beneficiaban del principio general musulmán de igualdad religiosa y legal: los infieles, los esclavos y las muje-res.
En un aspecto significativo, la mujer era la que se encontraba en la peor situación de los tres: el esclavo podía ser liberado por su amo; el infiel podía hacerse creyente en cualquier momento por decisión propia y terminar así con su inferioridad; sólo la mujer estaba condenada para siempre a seguir siendo lo que era; o así se creía en la época.

El ascenso del poder occidental y la propagación de la influencia occidental propiciaron importantes cambios en los tres grupos. Las potencias cristianas, naturalmente, estaban interesadas en la situación de los súbditos cristianos en los Estados musulmanes y utilizaban su grande y creciente influencia para asegurarles una posición de igualdad legal y –de hecho aunque no de principio– de privilegio económico. En esa campaña por la emancipación, los cristianos eran el objetivo, los judíos los beneficiarios incidentales.

El Oriente Próximo

El Oriente Próximo y Occidente (2ª parte)

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24.7.05

Sajida Mubarak, la patología de una mente islámica

La mujer iraquí que quería ser una terrorista suicida, Sajida Mubarak Atrous al-Rishawi

Cuán fácilmente las palabras salían de su boca. La mujer iraquí que quería ser una terrorista suicida, Sajida Mubarak Atrous al-Rishawi, dijo tan simplemente que ella vio que el salón estaba lleno de mujeres y niños.
A pesar del hecho de que ella sabía que podría matar a niños inocentes, Sajida intentó detonar su chaleco bomba. Sajida dijo: "había un casamiento en el hotel, con niños, mujeres y hombres adentro". Parecía que estaba hablando del tiempo.

Se reportó que Sajida parecía nerviosa en frente de las cámaras. ¿Estaba nerviosa al admitir que ella no tuvo culpa o reflexiones acerca de lo que trató de hacer? ¿Estaba ella excusándose a sí misma echándole la culpa a su marido? "Mi marido lo planeó" dijo.
Ella estaba preparada, haciendo lo que se le había dicho que hiciera. ¿Significa esto que las mujeres musulmanas no tienen una mente propia? Su estricta obediencia a sus maridos, ¿las absuelve de sus pecados?

Las palabras de Sajida Mubarak Atrous al-Rishawi, una musulmana, una mujer y una esposa, demuestra los defectos inherentes del Islam.
La absoluta obediencia al marido invalida el instinto primario de la mujer de proteger a los bebés y los niños de ser heridos.
Esos bebés y niños eran niños musulmanes. Ni siquiera eran los bebés del enemigo. Ellos eran bebés inocentes atrapados en el odio del Islam hacia quienes apoya a alguien o a cualquier cosa que el Islam vea como un peligro. Esta obediencia al Islam, borra el más básico sentido de lo correcto y lo equivocado? Aparentemente, lo hace.

Esta mente anormal es la mente de nuestro enemigo. Es la mente de una mujer que puede ponerse cerca de niños que juegan e intentar volarse a sí mismas y desintegrar sus cuerpos con una bomba con balines. Es la mente de un hombre que puede llevar un auto cargado de explosivos hasta una multitud de niños que están tomando helados con sus padres y matarlos. Los musulmanes dicen que esto debe ser hecho en el nombre de Alá para el avance del Islam.

Hay muchos musulmanes que no pueden comprender cómo una cosa así puede suceder. ¿Cómo pueden unos musulmanes matar a otros musulmanes de una manera tan brutal y sin sentido? Pero aún aquellas mentes islámicas que parecen normales en la superficie, están deformadas.

Como muchos musulmanes jordanos maldicen el nombre de Abu Musab al-Zarqawi, algunos prologan su odio con afirmaciones como: "No estoy avergonzado de lo que este grupo hace al combatir a la ocupación americana en Iraq, pero matar civiles, matar musulmanes aquí en Jordania es vergonzoso.
Ellos continúan diciendo implícitamente que matar a inocentes musulmanes iraquíes es correcto. El secuestro y decapitación de civiles es comprensible, y la masacre de la policía iraquí es justo y razonable, pero... ¿traer esta carnicería a Jordania? Eso no es aceptable. La policía iraquí y los miembros de la Guardia Nacional, ¿son miembros de una "fuerza ocupante"? Son los niños iraquíes que juegan en las calles una "fuerza ocupante"? Aún así, muchos jordanos sienten que no hay nada erróneo en lo que al-Zarqawi estuvo haciendo en Iraq. Allí, él era un héroe.

Las mentes musulmanas están deformadas por el Islam a fin de ignorar lo obvio, aceptar lo inaceptable y creer que lo malo es bueno porque algún mullah o clérigo así les dijo.

Otra clase de mente islámica deformada es aquella que se rehúsa a creer que fueron realmente los musulmanes quienes realizan ataques como este de Amman.
El imam de la mezquita de Maktoum les dijo a sus oyentes que aquellos que llevaron a cabo los ataques en Amman no podían ser musulmanes, no importando ´cómo se llamaran ellos a sí mismos. En las calles, luego del servicio, la mayoría estaba de acuerdo con el imam. No, no eran musulmanes de ningún modo, murmullaban, tienen que ser judíos. Incluso hay una versión errónea que luego fue retractada acerca de cómo la policía jordana escoltó a todos los judíos hasta afuera del hotel justo antes de las explosiones.

Para esos musulmanes, esto fue una prueba de que fueron los judíos. Esos musulmanes creen que, tal como antes del ataque del 9/11, los judíos fueron alertados y ningungo fue a trabajar al World Trade Center. Para los musulmanes, esta fue la prueba de que fueron los judíos los que atacaron América, no los musulmanes.
Por supuesto, ese reporte también fue falso, pero una vez que escuchan algo, los musulmanes nunca aceptan una retractación. Sí - acordaron los asistentes de la mezquita - deben haber sido agentes israelíes y no musulmanes quiente atacaron a su gente, y así, sus afligidas y deformadas mentes fueron aliviadas.

Aún después del ataque al Hilton Hotel en Taba, Egipto, donde prácticamente todas las víctimas fueron israelíes, el General Fouad Allam, ex director de seguridad del estado en Egipto, hizo la afirmación de que el ataque fue "tan sofisticado" que no pudo ser llevado a cabo ningún otro más que agentes israelíes.
El Islam, como siempre, era inocente, proclamó el General Allam.

Esas mentes deformadas son incapaces de aceptar que el Islam es el responsable de las bombas y las masacres.
Siempre poniendo la culpa dondequiera que sea por todos los crímenes y problemas del Islam, los musulmanes aceptan en forma entusiasta cualquier y todas las excusas por los pecados del Islam, no importando cuán ilógicas esas excusas puedan ser.

Si sus mentes deformadas no pueden aceptar el hecho de que su "religión de paz" es culpable, la culpa se dirige hacia los judíos, o justificado clamando que el Islam fue el primero en ser atacado.

Dentro del Islam, el asesinato de musulmanes en otros países no es un crimen si esos musulmanes se comportan de manera "no islámica". Si el gobierno de ese país tiene contacto de cualquier clase con Occidente, es considerado "no islámico". Solamente matar musulmanes en su propio país es un crimen.
Esos musulmanes se convencen a sí mismos que sus compañeros musulmanes no harían semejante cosa, así que apuntan sus dedos acusadores hacia Israel. Esos deformados musulmanes creen que el Islam siempre es inocente. No importa cuán obvia sea la evidencia que muestra lo contrario, el Islam es inocente. Debe ser así. Tiene que ser así. Sus retorcidas mentes islámicas no pueden aceptar nada menos que eso.

Tristemente, esto es lo que ocurre a la mente humana cuando es distorsionada y corrompida a fin de aceptar lo irrazonable. La mente musulmana es distorsionada temprano en la vida y mientras haya esperanzas de que pueda recomponerse, aquellos que se recobran deben estar dispuestos a abandonar amigos y familiares porque ellos ya jamás serán bienvenidos.

Los que tienen suerte escapan a la locura, y para ellos es como nacer de nuevo. Sus mentes ahora despejadas de las enloquecedoras nubes oscuras del Islam, intentan comenzar una nueva vida lejos del Islam. Ellos deben mudarse lejos del Islam - muy lejos - porque el Islam los cazará, y si ellos se rehúsan a distorsionar de nuevo sus mentes a fin de ajustarse al Islam, serán asesinados.

Solamente en el Islam la mente anormal es aceptada y la mente normal es asesinada.

Por Barbara J. Stock - Galaxio.com

23.7.05

La Tercera Guerra Mundial ha comenzado



Dice André Glucksmann que la palabra "Guerra" aterroriza. Que su empleo recuerda las delicadezas propiciatorias de quien evoca el cáncer, el sida o la locura. Nada más sencillo –dice– que afirmarse contra "la guerra". Nada más adecuado que jurar que no se justifica ninguna.

Europa se ha convertido en el adalid de todas las "paces" y en el paladín callejero contrario a todo intervencionismo armado. Pero fue Platón quien, al meditar sobre las razones y maneras que tienen los hombres de unirse en las ciudades –dotándose de una existencia política común–, evoca de paso, para rechazarla, la hipótesis de una unificación reducida a la estricta preocupación de la satisfacción de las necesidades elementales.

En este caso extremo, los habitantes formarían una ciudad ahistórica, sin política exterior, sin cuestiones molestas. Platón bautizaba, no sin sonreír, a esta ciudad de la salud como la "ciudad de los cerdos".
Éste es el perfil que Glucksmann en su polémica y provocadora obra Occidente contra Occidente dibuja de forma afilada.

El autor augura para el mundo una catástrofe provocada por el terrorismo islámico, bien por la penetración demográfica, el enfrentamiento nuclear, o el caos petrolífero.

Pero ha sido Laurent Arthur du Plessis quien con su incendiario texto La Tercera Guerra Mundial ha comenzado, continuando las tesis de Glucksmann y las de Huntington, nos pone ante nuestros ojos el abismo de la catástrofe.

Este argelino pied-noir nacido en 1952, licenciado en Derecho, Filosofía y Ciencias Políticas, que ha escrito en Le Figaro y publicado su primera novela, Les Fous d´Allah, desarrolla en su último libro el estudio sobre el integrismo islámico y la crisis económica mundial.

Su tesis es que el integrismo islámico constituye un fenómeno imparable que acabará provocando un conflicto bélico de carácter nuclear con enfrentamiento entre bloques de civilización. A ello añade sus excelentes conocimientos de economía para afirmar –siguiendo la Teoría de Ciclos de Dow y de Elliot– que los mercados bursátiles se encaminan hacia una crisis muy superior a la de 1929 y que llevará los índices a los niveles de 1931. ¿El indicativo en la superficie de esa crisis? El precio del petróleo.

El libro, publicado en España en mayo 2005, señalaba un primer objetivo del crudo en 57 dólares barril. Cuando escribo estas líneas el petróleo brent cotiza por encima de los 60 dólares. El objetivo, ya lo han señalado algunos medios de información, son los 100 dólares. Si eso ocurre se provocará un colapso sin precedentes.

El caos que dibuja Du Plessis en Europa no puede dejar indiferente, por cuanto las poblaciones árabes residentes en las naciones del viejo continente seguirán los discursos del integrismo más radical, provocando escenarios de "libanización" y anarquía.

Sin perjuicio de estudiar por dónde puede iniciarse el conflicto, que el autor señala entre India y Pakistán, pero que también puede situarse en Oriente Medio, nos lleva a la raíz de los bloques de civilización y busca qué Estado árabe puede convertirse en "Estado-Faro", es decir, en el Estado que galvanice al resto y sea el Polo de Acción de los demás.

Du Plessis, con grandes conocimientos de Geopolítica y Economía, nos va haciendo desfilar a todos los candidatos hasta detenerse en uno en concreto: Turquía. Si esta nación –dice el autor– deriva hacia el integrismo (y ya hay señales de ello), se convertirá en Estado-Faro.

No estamos ante un libro simplista de tonos apocalípticos (propios del milenarismo y de sectas new-age), sino ante una obra de enjundia cultural que aúna los conocimientos de Historia con los de Economía, Geopolítica, Sociología y Religión para ofrecer en un lenguaje sencillo un análisis frío y exacto de lo que está ya ocurriendo (el libro fue escrito en 2002 y su lectura sobre lo que ha ocurrido en el mundo después de esa fecha provoca escalofríos).

Du Plessis tiene el valor de pertenecer a la selecta clase de almas que anticipan lo que va a suceder por el estudio de la realidad. Sus textos nos recuerdan los discursos de Winston Churchill en el Parlamento inglés de los años 30. Muchos se rieron entonces del "viejo y acabado Churchill"; luego le llamarían desesperadamente para que formara y dirigiera la nación ante la amenaza insoslayable.

No estamos ante un oráculo, sino ante alguien que se anticipa al movimiento en su visión. En su libro pone el ejemplo muy gráfico del comportamiento de los inversores en los mercados financieros; son muy pocos los que saben ver en qué momento exacto el mercado gira hacia arriba o hacia abajo.
Considera que la sociedad y su pensamiento dominante es un gran paquebote lanzado en trayectoria rectilínea y cuya masa le impide girar con agilidad.

Cuando el mastodonte empieza a girar, la realidad –esa rápida fueraborda, dice Du Plessis– ya navega a toda velocidad desde hace tiempo. Sus palabras son exactas: "Si bien el pensamiento dominante puede servir de brújula, el método correcto debe consistir en buscar las tendencias de futuro sin pensar que lo correcto es lo que hace el mayor número de personas".

Para el autor, la Tercera Guerra Mundial es una venganza de la naturaleza sobre el hombre. Consagra el retorno del Derecho Natural, tal como lo concebían los grecolatinos: el hombre forma parte de la naturaleza, está en la naturaleza. Está sometido a sus leyes.

A partir del siglo XVIII, el pensamiento occidental ha puesto el acento en un voluntarismo que separa al hombre de la naturaleza y le confiere la misión de adueñarse de ella.
La Tercera Guerra Mundial consagrará el fracaso de este voluntarismo.Glucksmann también lo anuncia: Occidente choca. Todo está en juego. El tañido fúnebre por el fin de la historia queda suspendido. El carillón de un nuevo comienzo contiene su aliento.

Laurent Arthur du Plessis

22.7.05

El rostro demente del islam


Trayectoria:
Jean Daniel, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2004, nacido en 1920 en Blida (Argelia) y de origen sefardí, se licenció en Estudios Superiores de Filosofía en La Sorbona. En 1947 fundó la revista Caliban, que dirigió hasta 1951. Redactor jefe de L'Express (1954-1964), durante este período se dio a conocer como reportero internacional, cubriendo la guerra de Argelia y viajando a Cuba. Fue después corresponsal en París de The New Republic (Washington), de 1957 a 1962, y colaborador del diario Le Monde (1964). A finales de ese año fundó la revista Le Nouvel Observateur, de la cual es en la actualidad editorialista y director. Colabora regularmente en numerosos medios de comunicación internacionales.


Esta es su opinión:


Estamos ante una estrategia del fanatismo al servicio de una ideología de la Reconquista contra Occidente. El islam sólo lo reformarán los musulmanes, y el islamismo sólo será derrotado por una ideología de resistencia nacida de aquellos a los que trata de seducir. Estamos en el nihilismo. Lo único serio en este momento es saber cómo salir de él.

Hasta ahora habíamos eludido las pruebas: ya no tenemos más remedio que afrontarlas. Varias legiones musulmanas que reivindican un fanatismo de pureza y salvación han decidido tomar el poder en Arabia Saudí, Yemen e Irak, y luchar contra Estados Unidos y sus aliados árabes y europeos. ¿Estamos en medio del horror?

¿Pero es un horror para todo el mundo? ¿No hay una parte del planeta que siente la tentación de la indulgencia, incluso el apoyo? ¿Cuántos piensan, en el fondo, que es hora de que Occidente pague, hora de que Gran Bretaña sufra? ¿Acaso no oímos, tras el atentado contra las torres del World Trade Center en Manhattan, el grito de "Viva Bin Laden" incluso en nuestras sociedades? ¿Hemos entrado en esa famosa "guerra de civilizaciones"? No subestimemos a los terroristas. Ponen el fanatismo religioso al servicio de una estrategia del poder demencial. Los atentados de Nueva York, Madrid y Londres reflejan una sabiduría refinada, una lucidez minuciosa, un instinto impresionante.

Todo ello requiere cierta logística local e incluso una verdadera infraestructura, independientemente de que se desplace o no. ¿Más territorio que atacar? Por supuesto. Pero, cuando llega el caso, el caso concreto, el enemigo existe, sin la menor duda. Y los musulmanes son los primeros que lo han visto. Conocen sus orígenes afgano-saudíes, su ideología nihilista, la trayectoria de sus agentes y los medios que les ofrece un Occidente, a veces belicoso, a veces relativista, para cumplir sus ciegas fechorías.

Los musulmanes conocen el problema, mucho mejor que otros, simplemente porque son sus primeras víctimas. El conflicto recorre sus sociedades. La Argelia de mitad de los noventa fue el modelo precursor, antes de la guerra de Irak. Hasta el punto de que no es posible conformarse con explicar los atentados por la cínica supremacía de Occidente, la arrogancia de los países ricos o la hegemonía de los "cruzados".

Porque, con este tipo de terrorismo, unánimemente condenado, han perdido también legitimidad los métodos de los chechenos que resisten, los palestinos que luchan y todos los que sueñan con una civilización islámica fiel a sus esplendores de los siglos XI y XII, en todas partes ensalzados y en todas partes inencontrables.

Hay que preguntarse, en efecto, sobre la estrategia o la visión del mundo que implica un atentado como el de Londres. Una vez más, no hay nada que decir sobre la preparación. Todo ha sido admirablemente elegido. Una serie de explosiones en los medios de transporte públicos, un lugar en el que no es posible seleccionar las víctimas. Un objetivo: Tony Blair, que ve interrumpida, de golpe, una ascensión hasta entonces irresistible, hasta el punto de hacer olvidar las mentiras sobre las armas de destrucción masiva en Irak. Un momento inmejorable: la reunión del G-8, la presidencia británica de Europa, la designación de Londres como sede olímpica.

Pero queda por saber lo esencial: ¿para qué sirven esa ciencia de la destrucción y ese amor a la muerte? ¿Quiénes son los que pueden sacar provecho? ¿Dónde están los beneficiarios?

Porque es preciso respetar el equilibrio. La lucha contra el terrorismo corre peligro de volver a convertirse -tal como deseaba Bush, aunque los europeos lograran disuadirle durante un instante- en una cruzada contra el Mal, que permita las amalgamas más injustas y tome prestados los métodos del enemigo. El presidente Putin recibe apoyos para su represión en Chechenia.

Los déspotas árabes pueden encontrar una justificación más en su deseo de mantenerse en el poder a pesar de la corrupción y la inestabilidad. Los colonos israelíes hallarán otros motivos para no abandonar sus asentamientos, y Sharon, para no cambiar de estrategia a largo plazo. Y en los países occidentales, el islam, ya tan presente, se arriesga a ser sospechoso.

Sé que existen otros cálculos. Los terroristas pueden decirse que van a obtener de los británicos lo que creen haber obtenido de los españoles, la retirada de las tropas de Irak. Es un cálculo posible, desde luego. Entonces, Tony Blair pagaría por las mentiras que ya estuvieron a punto de costarle su reelección. Pero es, sobre todo, no comprender en absoluto los nuevos imperativos de la guerra de Irak.

La intervención estadounidense ha aumentado de forma devastadora la popularidad y los medios de los terroristas. Si nosotros fuimos de los primeros en denunciarlo, no fue por una indulgencia sin sentido respecto al carácter laico o el supuesto progresismo (!) del déspota de Bagdad, Sadam.

Fue por la certeza de que esa intervención, cuyo propósito era aplastar el terrorismo, sólo iba a servir para multiplicar el número de sus partidarios y atraer a todos los de fuera. Se puso en marcha una resistencia nacional que gozó de legitimidad hasta la organización de las elecciones y la formación del Gobierno con la aprobación de Naciones Unidas y la mayoría de los países árabes.

Desde entonces hemos recorrido un largo trecho. El terrorismo ya no se considera la manifestación legítima de un nacionalismo iraquí unitario y oprimido. Prácticamente ninguno de los que se opusieron a la intervención estadounidense en Irak desea verdaderamente una evacuación inmediata de las tropas extranjeras, que facilitaría y agravaría la guerra civil. Una guerra en la que los principales enemigos de los suníes salafistas ya no son los estadounidenses, sino los chiíes, los kurdos y todos aquellos de sus hermanos suníes que se resignan, por el momento, a la presencia de Estados Unidos, aunque no dejen de odiarla. Ahora, los que caen a diario en Irak son iraquíes inocentes, civiles, mujeres, niños y hombres, partidarios o no de Sadam Husein, o del islamismo iraní, o de nada.

Los terroristas de Al Qaeda presumen de haber asesinado al nuevo embajador de Egipto en Bagdad "por respeto al decreto divino", pero lo hicieron porque contribuía, sólo con su presencia, a condenar lo que están intentando lograr: una guerra civil generalizada.

Estamos, pues, en presencia de una estrategia del fanatismo al servicio de una ideología de la Reconquista contra Occidente. Podemos buscarle causas económicas, sociales o políticas, pero sería una ilusión -que ya describió Tocqueville- pretender derrotar las pasiones y su desorden con la racionalidad como única arma.

Siempre he creído que el islam sólo lo reformarán los musulmanes, y que el islamismo sólo será derrotado por una ideología de resistencia nacida de aquellos a los que trata de seducir.

Imagino o sueño, como al final de la guerra de Argelia, con unas muchedumbres musulmanas que invadan las calles al grito de "¡Siete años, basta ya!". Estamos en el nihilismo. Lo único serio en este momento es saber cómo salir de él. ¡Qué oficio! ¿Quién dijo que hacer periodismo era intentar casarse con la Historia en vez de hacerla? Tal vez fui yo. Pero cómo soñar con casarse con la Historia cuando son los terroristas quienes la hacen.

Entre el fracaso francés en los Juegos Olímpicos y las explosiones de Londres, me lamentaba de que los británicos añadiesen una humillación vengativa a una Francia acosada por las dudas existenciales y la angustia de la identidad. Chirac abatido, Delanoë herido, ¡qué triunfo para Blair! Y con qué soberbia nos iba a dar lecciones sobre los méritos de esa "Europa liberal" que los pobres franceses querían combatir.

Pero de pronto, del cielo de los fanáticos, cayó esta verdad deportiva y temible: los franceses que han perdido esta competición tan simbólica son todos -como tan bien dijo Bertrand Delanoë- londinenses.

EL PAÍS, 18/7/2005

17.7.05

Occidente contra Occidente.

Para Glucksmann, el 11 S inaugura una nueva época de la humanidad, como anuncia en su obra Dostoievski en Manhattan.

Ese día comenzó una nueva era en la que la civilización occidental se enfrenta a su propia destrucción.


El enemigo capaz de hacer caer esta civilización no es otro que el nihilismo; si la violencia se ha hecho absoluta, si ha borrado todas las distinciones políticas o éticas posibles, es porque se trata de la expresión, no de una política, sino de un sinsentido, el sinsentido del nihilismo.

Para Glucksmann, nos encontramos en los albores de una nueva era, comparable a la edad nuclear nacida en Hiroshima el 6 de agosto de 1945.

Hace treinta años, en el Discurso sobre la guerra, el autor abordaba la tan citada como desconocida sentencia de Clausewitz: "La guerra es la continuación de la política por otros medios". La política proporciona a la guerra su sentido, su carácter y su medida.

Desde entonces, el mundo ha cambiado profundamente y se ha producido un hecho alarmante. La tercera muerte de Dios (Kairós, Barcelona 2001) señala la pérdida progresiva de la medida y de los límites fijados fuera de la mera subjetividad del individuo.

El sentido de este nihilismo es expresado por la máxima de Dostoievsky: "Si Dios ha muerto todo está permitido". A partir de las ideas expresadas en ambas obras, Glucksmann pone el acento hoy en un hecho inquietante: "La violencia que devoró el World Trade Center no pide nada, es decir, lo exige todo".

Éste es el fenómeno nihilista que asola el mundo; ¿qué pide Ben Laden? ¿qué objetivo puede dar por finalizada su jihad eterna? Hay que convenir con Glucksmann en la respuesta: al pedirlo todo, Al Qaeda no pide nada, y viceversa.

Al ser despojado de toda medida y sentido político, el objetivo de la violencia se hace absoluto. El nihilismo derriba todos los límites, los de los verdugos y los de las víctimas. Puede asesinarse en masa con cualquier pretexto, lo que equivale a decir que puede asesinarse en masa por nada.

La muerte se democratiza; ya no hace falta ser primer ministro y apretar el botón nuclear para poner en peligro toda una civilización: una cuchilla de afeitar, un machete, un teléfono móvil al alcance de cualquiera, desencadenan el infierno. En la era del nihilismo, el espacio y el tiempo, las variables estratégicas clásicas, desaparecen; cualquiera puede ser asesinado en cualquier sitio y en cualquier momento.

El peligro ya no está en Waterloo, Iwo Jima o Beirut, sino en las calles y locales donde la gente vive, trabaja y se divierte, convertidos en campos de batalla.

¿Qué hacer? En Occidente contra Occidente, Glucksmann presenta dos opciones. En primer lugar, concebir un cambio cuantitativo de la guerra y del terrorismo tradicional y no hacer nada.

En segundo lugar, y es la teoría de Glucksmann, aceptar que nos encontramos ante una nueva era de la humanidad, caracterizada, precisamente, por el hecho de que la civilización se enfrenta a su propia negación.
La tesis de Glucksmann es, a la vez que atrayente, terrorífica y preocupante. Ante tal amenaza, la guerra antiterrorista es una necesidad más que una elección de las débiles democracias.

Esta debilidad no es sólo estratégica (la dificultad de las fuerzas de seguridad y de los servicios de inteligencia para detectar, actuar y detener a los terroristas en la era de la globalización), sino política: ante la amenaza, Europa se repliega sobre sí misma y sobre los tradicionales conceptos político-estratégicos y diplomáticos sin querer mirar al frente.

Las manifestaciones pacifistas de 2003 son la muestra de una Europa cobarde y temerosa que evita hacerse cargo de la amenaza que se cierne sobre la civilización occidental: "el feliz inmaculado que desfila gritando "¡No a la guerra!" camina sobre una nube. Y va derecho contra el muro"

¿Cómo piensa Europa escapar a la amenaza?

Aquí entra en juego el antiamericanismo triunfante en algunas naciones europeas; para Glucksmann, la brecha transatlántica no es sino la ingenua creencia de que Europa, separándose de Estados Unidos, evitará los ataques terroristas. El tiempo dio la razón a Glucksmann; el 11 de marzo mostró en nuestro país que el antiamericanismo no vacunaba contra Al Qaeda.

Desde el corazón de Europa, la obra de Glucksmann se dirige así contra dos tipos de pensamiento: contra quienes abogan por un entendimiento de las supuestas causas del terrorismo islamista (como si Ben Laden no fuera un aristócrata saudí, o como si sus suicidas no fueran jóvenes cultos y burgueses, que nada tienen que ver con las masas hambrientas de Sudán o la India).
Y contra la simpleza que desentierra el fantasma descubierto por Huntington del choque de civilizaciones (como si las primeras víctimas del islamismo, en Bagdag, El Cairo o Indonesia, no fueran musulmanas) para negarlo o afirmarlo.

Las guerras de Irak y Afganistán no son guerras entre civilizaciones, sino entre civilización y nihilismo.
Si el terrorismo es la guerra contra la población civil, la guerra antiterrorista será aquella que, en los medios y en los fines, se oponga a la ilimitada matanza de civiles.

Si, según Clausewitz, de la política perseguida se siguen los medios empleados, el antiterrorismo exige una estrategia con tres pilares: la revolución tecnológica en el armamento, la renuncia estratégica y táctica al combate en grandes poblaciones y la búsqueda de la oportunidad política para el ataque militar. Iraq es un buen ejemplo de ello.

El marco estratégico defendido por Glucksmann se encuadra también en su concepción del nihilismo. La guerra de Iraq supone la cuarentena de Arabia Saudí, la región política, económica y espiritualmente más delicada del planeta. Si el nihilismo que actualmente desequilibra Nayaf, Bagdag y Faluya se extiende por Arabia y consigue el control del petróleo, de La Meca y de Medina, el caos planetario está garantizado.

El nihilismo es para Glucksmann la nueva amenaza a la que se enfrenta la civilización en cuanto tal, occidental o musulmana. Exige una defensa rápida y contundente. Pero el viejo continente persiste en mirar hacia otro lado, en atribuir la barbarie terrorista a la soberbia norteamericana desentendiéndose de la lucha contra el terror.

El efecto siniestro del terrorismo islámico es la división de Occidente. Desde este punto de vista, la polémica obra Occidente contra Occidente supone una advertencia que cobra actualidad tras la masacre terrorista del 11 de marzo en España.

Glucksmann, André

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16.7.05

''Europa tu nombre es cobardía''

Mathias Doepfner, escribió con fecha 31-07-05 en el periódico El Diario de Hoy, un artículo titulado “Europa tu nombre es cobardía”, haciendo referencia a las acusaciones del escritor Henryk Brother, contenidas en su publicación “Europa tu apellido es apaciguamiento”.

Doepfner, es sin duda alguna, un periodista calificado para formular estas duras críticas, refiriéndose a hechos históricos y a conductas tradicionales de la mayoría de los países europeos, poco explicables en los momentos actuales por los que atraviesa la humanidad entera.

En la actualidad es presidente de Axel Springer, uno de los grupos alemanes de mayor influencia dentro del aparato de comunicación en dicho país. ¿Apaciguamiento? “Esa frase resuena porque es enormemente cierta.

El apaciguamiento costó la vida a millones de judíos y no judíos, cuando Inglaterra y Francia, aliadas en aquella época, negociaron y vacilaron durante demasiado tiempo antes de darse cuenta de que lo que se debía hacer con Hitler era luchar y derrotarlo, porque no se podía lograr que se atuviera a acuerdos sin solidez.

Más adelante, el apaciguamiento legitimó y estabilizó el comunismo en la Unión Soviética, después la Alemania oriental, luego el resto de la Europa oriental, donde durante decenios se glorificó a gobiernos inhumanos, represivos y asesinos.

El apaciguamiento paralizó igualmente a Europa, cuando el genocidio corría desenfrenado por Bosnia y Kosovo. De hecho, aunque teníamos pruebas absolutas de que se estaban produciendo asesinatos en gran escala en esa región, nosotros, los europeos, debatimos y debatimos y después volvimos a debatir aún más.
Seguíamos debatiendo, cuando por fin los americanos tuvieron que acudir otra vez a Europa desde casi el otro extremo del mundo para hacer nuestra tarea por nosotros.

Europa no ha aprendido aún la lección. En lugar de proteger la democracia en el Oriente Medio, el apaciguamiento europeo, camuflado tras la confusa palabra “equidistancia”, con frecuencia parece aceptar los atentados suicidas con bombas en Israel por parte de fundamentalistas palestinos.


Asimismo, engendra una mentalidad que permite pasar por alto las casi 500.000 víctimas de la maquinaria de asesinatos y torturas de Saddam y, motivada por el fariseísmo del movimiento pacifista, arengar a George W. Bush por considerarlo belicista.

Esa hipocresía continúa, pese a haberse descubierto que algunos de los críticos más vocingleros de la intervención americana en Irak se embolsaron ilícitamente miles de millones -de hecho, decenas de miles de millones- de dólares en el corrupto programa de las Naciones Unidas “petróleo por alimentos”.

Hoy afrontamos una forma grotesca del apaciguamiento. ¿Cómo está reaccionando Alemania ante la escalada de la violencia por parte de fundamentalistas islámicos en Holanda, Gran Bretaña y otras partes de Europa? Proponiendo -¡agárrense!- que la reacción adecuada ante semejante barbarie es crear una “fiesta musulmana” en Alemania.

Me gustaría estar bromeando, pero no. Una fracción importante del gobierno de Alemania -y, de creer a las encuestas, también de los ciudadanos alemanes- está convencida, en realidad, de que la creación de una fiesta musulmana oficial nos librará de algún modo de la ira de los islamistas fanáticos.

¿Qué atrocidad debe ocurrir antes de que el público europeo y sus dirigentes políticos entiendan lo que está sucediendo en realidad en el mundo? Hay como una cruzada en marcha, una campaña particularmente pérfida de ataques sistemáticos por parte de islamistas contra personas civiles, que va dirigida contra nuestras sociedades occidentales libres y encaminada a su total destrucción.

Afrontamos un conflicto que con toda probabilidad va a durar más que ninguno de los grandes choques militares del siglo pasado, un conflicto provocado por un enemigo al que no se puede domesticar mediante “tolerancia” y “acomodación”, porque precisamente esos gestos lo alientan.

Solo dos recientes presidentes americanos han tenido el valor necesario para rechazar el apaciguamiento: Ronald Reagan y George W. Bush. Los críticos de Estados Unidos pueden poner peros a ciertos detalles, pero en nuestros corazones nosotros, los europeos, sabemos la verdad, porque la vimos con nuestros propios ojos.
Reagan puso fin a la guerra fría, al liberar a la mitad de Europa de casi 50 años de terror y esclavitud, y el presidente Bush, actuando conforme a su convicción moral y apoyado solo por Tony Blair, reconoció el peligro en la actual guerra islamista contra la democracia.

Entre tanto, Europa permanece cruzada de brazos en el rincón multicultural con su habitual autoconfianza. Nosotros, los europeos, nos presentamos, en contraste con los supuestamente “arrogantes americanos”, como campeones mundiales de la “tolerancia”.
¿De dónde procede esa reacción de autosatisfacción? ¿Se debe a que somos tan morales?

Temo que se debe a que nosotros, los europeos, somos tan materialistas y carecemos de una guía moral.
Por su política de enfrentamiento frontal con el terrorismo islámico, Bush arriesga la bajada del dólar, un enorme aumento de la deuda nacional y una pesadísima y persistente carga para la economía americana, pero lo hace porque, a diferencia de la mayoría de Europa, comprende que lo que está en juego es, literalmente, todo lo que en verdad importa para las personas libres.

Mientras criticamos a los “ladrones barones capitalistas” de Estados Unidos, porque parecen demasiado seguros de sus prioridades, nosotros defendemos tímidamente nuestros Estados del bienestar. “¡Fuera de ahí, que podría ser caro!", gritamos.
De modo que, en vez de actuar para defender a nuestra civilización, preferimos debatir la posibilidad de reducir nuestra semana laboral de 35 horas o mejorar la cobertura odontológica de la seguridad social o aumentar nuestras cuatro semanas de vacaciones anuales pagadas.
O talvez escuchemos a los pastores de la televisión predicar sobre la necesidad de “tender la mano a los terroristas” para entender y perdonar.
¿Apaciguamiento? Eso solo es el comienzo. Europa, tu nombre es Cobardía.


* Presidente de Axel Springer, grupo alemán de medios de comunicación.Project Syndicate.

10.7.05

Europa sufre de anemia moral galopante

Lo sabíamos, sabíamos que Al Qaeda iba a atentar de nuevo en Europa. Lo he escrito varias veces y lo he repetido en antena: “Hay quien no se entera de lo que está pasando. Hay una guerra global, un conflicto sin fronteras y con táctica de guerrilla que lo mismo mata en Afganistán que en Indonesia, Yemen, Nueva York o Madrid.

Hay una guerra del Islam integrista contra "Occidente”

Era cuestión de tiempo ver ensangrentadas Londres, París o Berlín, y cuando yo lo decía alguno me llamó pájaro de mal agüero. Lo cierto es que se habían desactivado intentonas en Francia, en Alemania, en la propia Gran Bretaña, pero con un terrorista dispuesto a morir los atentados son inevitables, por eso el jefe de policía de Londres afirmó ayer, en su primera comparecencia ante los medios, que estaba “conmocionado, pero no sorprendido”.

Hay quien prefiere justificar todo esto, o buscarle alguna excusa, por ejemplo que no es más que la reacción del Tercer Mundo a los abusos occidentales, a la pobreza y la injusticia. Yo reitero argumentos publicados en esta columna: “¿Por qué nos atacan sólo musulmanes, y no hispanoamericanos o asiáticos budistas? ¿Por qué el núcleo duro de Al Quaeda no está constituido por pobres sino por riquísimos jóvenes saudíes y egipcios educados en colegios británicos? No, el problema se llama fanatismo ideológico, guerra santa, yihad.

Contra el terrorismo los españoles sabemos la fórmula: aguantar, luchar policial, informativa y financieramente y afirmar una y otra vez los propios valores.

Pero yo veo un flanco débil en Occidente. Una grieta que consiste en la justificación política y que denomina “revolución de los pobres” a este terror.

La flaqueza es ideológica y es hija de las ideas que en Europa dieron luz a los totalitarismos de derechas e izquierdas. Frente a esta flaqueza sólo cabe recuperar las raíces de la propia identidad.

La afirmación de la persona, del valor infinito de su vida, del peso de la ley como rectora de la vida social y de la moral como base personal del respeto a la misma. Blair hace tiempo que entendió esto. Esperemos que el resto de los dirigentes europeos sepan que en comprenderlo y reaccionar estriba la posibilidad de un futuro para el continente.

En una guerra hay que saber qué se defiende y por qué se lucha. De otro modo la muerte aterroriza.

Cristina López Shlichting

9.7.05

La guerra santa contra Occidente


El atentado más sangriento en la historia de España.
Entre la 7.35 h. y las 8.35 h. de la mañana del 11 de marzo de 2004.

Todos los movimientos integristas islámicos coinciden hoy en querer atacar a sangre y fuego a Occidente y son muchos los occidentales que se preguntan el por qué de esa guerra santa declarada tan ardientemente por el Islam contra su mundo.

No faltaron, en los inicios de esta guerra en forma de terrorismo, quienes creyeron que eso era un mero alarmismo y algo fantasioso, pero el 11 de septiembre con el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de marzo con el múltiple ataque a los trenes de cercanía camino de la estación de Atocha en Madrid y las amenazas de similares actos terroristas en Francia, Alemania e Inglaterra, les hicieron despertar de su suicida ingenuidad.

Cara a esa declaración de “Guerra Santa a Occidente” es muy interesante prestar atención a lo que en 1950 proclamaba Sayyid Qutb, uno de los fundadores de los movimientos integristas del Islam. Escribía así, sin ambigüedades: “El género humano debe buscar una nueva dirección. La orientación de Occidente está agotada. Ha llegado el turno del Islam. Es, sin embargo, muy poco probable que en varios siglos, el Islam pueda materialmente ser superior a Occidente. Pero hay un elemento que le permitirá asumir la conducción del género humano. Ese elemento no es otro que el de una ideología y programas concretos del Islam, que le permitirán al género humano mantener el ritmo de su avance material pero bajo una nueva concepción que responde mejor que la actual de Occidente a las exigencias de la naturaleza humana”.

La proclama de Sayyid Qutb es significativa porque revela las tres ideas-fuerza del discurso islámico actual. Esas tres ideas son:

1) Los auténticos valores del Islam están llamados a suplir los falsos valores de Occidente;
2) El poderío material de Occidente es indiscutible y hay que admitirlo;
3) El llamamiento a triunfar por medio de una nueva ideología es el arma suprema del Islam de hoy. “Es posible y lo lograremos”.

El Islam de hoy, consciente de sus valores y analizando su historia, se muestra ante todo muy sensible a los daños inferidos por Occidente a su territorio con las diversas ocupaciones y prácticas colonialistas a lo largo de los siglos XIX y XX; y sensible a los daños inferidos a su cultura con la invasión de sus valores perversos, muy ajenos a la moral dictada por Dios a Mahoma. Esto determina su incompatibilidad con Occidente y la necesidad de enfrentarlo aguerridamente.

En pleno esplendor de la civilización musulmana -siglos IX al XII- el pensamiento ajeno al Islam logró fascinar a intelectuales islámicos como Avicenna, Averroes, Al-Farabi, Al-kindi y otros muchos más.
Desgraciadamente -dice hoy el Islam integrista- el Jalifa Al-Mamum creó en el año 832 una “Casa de la sabiduría” que se proponía nada menos que la traducción y difusión de los textos de Platón y de Aristóteles. Curiosamente, gracias a esta iniciativa, la filosofía griega llegó a Occidente.
Tal iniciativa trajo que a comienzos del siglo XII en circunstancias políticas muy difíciles el pensamiento islámico se endureciese y que los integristas de ese tiempo cerrasen puertas y ventanas a todo viento de novedad intelectual. Los teólogos islámicos más dogmáticos y cerrados hacían quemar todo libro tachado de impío. “El creer está por encima del saber y la realidad por encima de la ilusión”, escribía uno de esos teólogos.

El mundo musulmán, después de haber vivido un medievo luminoso se encerró en sí mismo en el momento histórico en que Occidente se abrió al Renacimiento y más tarde a la modernidad.Por siglos el Islam no se interesó para nada de cuanto modernamente estaba sucediendo fuera de sus confines. Violentamente, sin embargo, todo eso se le vino encima en el siglo XIX, con la expansión colonialista de Occidente

Entre 1798 y 1801 Napoleón invadió a Egipto.
En 1830 Algeria fue tomada y subyugada.
En 1881 se produjo el Protectorado Francés de Túnez y en 1912 el de Marruecos.
En 1914 Inglaterra en forma de protectorado se apoderó de Egipto.
En 1920 Francia ocupó Siria y el Líbano y en 1920 Inglaterra se hizo dueña de Palestina y de Irak.Moviéndose difícilmente en un mundo hostil y arisco siempre y jamás totalmente dominado, Occidente despertó en el Islam admiración por un lado, pero al mismo tiempo profundo desprecio, odio, resentimiento y rabia.

El islamita marroquí Abdessalam Yassin, fustigando las ideas modernistas en el seno del Islam, atribuye directamente esta desgracia y perversión a la conquista colonial de Occidente. Yassin ve en ese fenómeno un premeditado proyecto imperialista de Occidente.En los comienzos del siglo XX existían muchos obsesionados con la idea de que el Islam se abriese a Occidente y renaciese a una nueva vida con el deseo subterráneo de doblegarlo y dominarlo.
Esto supuesto no fue extraño que Bernard Lewis en su libro “El retorno del Islam” escribiese que la comunidad islámica no podía olvidar toda esa época traumatizante en la que los gobiernos y el imperio islámico fueron expoliados y los pueblos del Islam sometidos a extranjeros infieles.

Tales sentimientos no desaparecieron con la descolonización de esas potencias extranjeras. Todo lo contrario, se radicalizaron con los últimos acontecimientos como la guerra entre Israel y el mundo árabe en la que Israel ha sido visto como el brazo armado de Occidente y como la guerra del Golfo y la invasión a Irak.

Por otro lado hiere hoy la sensibilidad islámica el espectáculo de la opulencia de Occidente en contraposición a la miseria de los pueblos islámicos. Ante este hecho, en vez de analizar las causas internas de esa situación, el Islam ha recurrido a culpar de ella a la colonización sufrida durante la ocupación occidental. En la actualidad se repite insistentemente que Occidente se llevó sus riquezas, destruyó sus tradiciones y ha dejado trás de sí un desierto.
Occidente es el gran enemigo hacia el cual hay que dirigir todos los rencores.

Está también el mundo de lo sexual. Occidente es el lugar hoy del gozo sin frustración. Freud enfatizó los efectos devastadores que produce en el individuo la represión impuesta a la libido. En ninguna parte, sin embargo, es más difícil satisfacer ese deseo que en los países superpoblados y en los que el desempleo no permite a los jóvenes acceder a una casa y a constituir una familia.

La tradición musulmana es casarse pronto pero hoy las condiciones económicas lo imposibilitan. No es raro el caso de un joven palestino, algerino, marroquí o egipcio célibe a los treinta años. Esta situación incita en Oriente a la experiencia sexual. El Islam la prohíbe y la traumatiza, ya que la relación amorosa está minuciosamente reglamentada. Por otro lado la pareja recién casada carece de intimidad. La crisis habitacional les obliga a cohabitar con el resto de la familia sin espacio propio.

A estas frustraciones se añade la visión continua de un mundo sin inhibiciones ni limitaciones en Occidente al que ellos se asoman a través de las antenas parabólicas de las que están llenos los techos del Medio Oriente.
De este modo Occidente es considerado el “Gran Satanás” no sólo militar y económico sino también de la libertad omnímoda. Esta identificación, sin embargo, de Occidente con Satanás, no está libre de cierta tristeza de no poder gozar de ese supuesto paraíso.

De hecho el mundo islámico está ya muy occidentalizado. Pero esta occidentalización es considerada “alienación”. El rechazo, sin embargo, de la cultura occidental convive en la población con cierto hechizo de ella.
Es una de sus muchas paradojas. Deseo y rechazo, admiración y condena.El Islam desprecia los cambios, las innovaciones. La palabra “tradición “ es sacrosanta para él. Es la que da su nombre a la segunda fuente de la fe, la “sunna”.. Todo ha sido ya revelado por Dios a Mahoma y tal revelación vino a dar plenitud a todas las revelaciones anteriores, la judía y la cristiana.

Los hebreos son la Esperanza, los cristianos el Amor y los musulmanes la Fe. Esta fe se fundamenta en la convicción que sólo la repetición del pasado puede originar un presente aceptable. Los modos de conocimiento y de organización del mundo fueron formulados ya, de una vez para siempre, en el Corán.Mientras el mundo oriental exalta el saber transmitido por la tradición, de padre a hijo, el Occidente defiende y busca continuamente lo novedoso. La innovación, sin embargo, es para los musulmanes el pecado por excelencia, una herejía. A la obediencia incondicional a la ley religiosa y a las usanzas de los antiguos el Occidente contrapone la rebelión, la protesta y la crítica. No admite la simple obediencia como genuino valor.

La irreligiosidad -agnosticismo o ateísmo teórico y práctico- de Occidente choca frontalmente con la fe islámica, leal hasta la inmolación propia en fidelidad a Dios y a Mahoma, su profeta.

Existe, pues, un abismo entre ambos universos culturales. Ha habido intentos de lanzar puentes entre ambas orillas, pero ninguno ha tenido éxito. Todo lo contrario, surgieron, en respuesta a ese engañoso sueño, movimientos “reformadores” en los que la “reforma “ era retornar al pasado. Es justo recordar a este propósito aquel paradójico movimiento de pensamiento llamado “Nahda” “revivir”, “volver a vivir”, palabra que erróneamente fue traducida como “reformar”. Fundado por el persa Jamal-al-Afghani en los años 80 , tal movimiento no buscaba otra cosa que retornar al Islam de los orígenes, a la auténtica “Asala”.

Significativamente “Asala” fue el título de aquella célebre revista algerina sobre asuntos religiosos, salida a la luz publica entre 1971 y 1981, en la que se exponían ideas integristas y fundamentalistas del Islam con la bendición explícita de FLN, Frente de Liberación Nacional. No se trata de una mera coincidencia.

Entre las grandes figuras argelinas tenidas como modernistas y los líderes islámicos hay fuertes vinculaciones. Es muy importante y luminoso identificarlas. Hacerlo es orientarse en ese laberinto ideológico de la historia del integrismo islámico y es adentrarse sagazmente en su alergia contra Occidente, que es lo que en buena parte está en el trasfondo de la “guerra santa”.

Francisco José Arnaiz S.J.