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23.7.10

Aceptar el burka en España será un insulto

Pocas voces se expresan con tanta contundencia y claridad sobre temas tabú del mundo musulmán como lo hace la socióloga argelina, residente en Barcelona, Fátima Ayache. Sus palabras de rechazo hacia el burka tienen un doble valor porque provienen de su condición de mujer y musulmana, que además tuvo la valentía de enfrentarse en su momento al integrismo en Argelia.

La profesora Fátima Ayache, en el edificio central de la Universitat de Barcelona donde estudió Historia al llegar a Catalunya Marc Arias
Cuándo llegó a Catalunya?
Lo hice el 1 de agosto de 1989. Mi padre me dijo que no podía quedarme en Argel por el terrorismo, yo no quería ir a Francia, así que vine a Barcelona con la idea de hacer el doctorado sobre las relaciones entre los catalanes y los bereberes.

¿En Argel era profesora de instituto?
Había estudiado Ciencias Sociales y Políticas y llevaba diez años como profesora. Mi formación había sido en francés, pero con la llegada del integrismo en los años 80 empezaron a exigir que se enseñase en árabe. El país se dividió en dos, y fueron unos años muy, muy calientes.

¿Cómo se produjo ese proceso de arabización?
Llegaron profesores contratados de origen egipcio, sirio, a veces sin titulación, pero ellos eran quienes enseñaban árabe clásico. Pero eso sólo fue el inicio del integrismo. Pronto empezaron a decirnos a las mujeres que teníamos que taparnos, ponernos hiyab, vestidos largos... Y lo decían los imanes en las mezquitas y lo repetían los estudiantes. “El islam dice que no puedes ir con pantalones, que no puedes mostrar el pelo”, te decían. Fue muy duro. Mi profesor en la universidad, un liberal llamado Abassi Madani, se presentó un día con chilaba y barba y se convirtió en el líder del FIS.

¿Cuál fue su reacción?
Yo era muy rebelde, no podía aceptar aquello, iba a todas las manifestaciones. Además, mi familia ya estaba fichada. Mi padre era decano de la facultad de Tecnología, mi tío dirigía un diario. En casa éramos cuatro chicas, y siempre había podido opinar y estudiar, tenía voz, y de pronto me decían: “Tu sitio está en casa, tú estás para tener hijos”. Hay que haber estado allí para saber lo que supuso. Empezaron las violaciones en la universidad, a los estudiantes les comieron el coco, les dijeron que el Corán decía que la mujer ha de estar en casa.

Y empezó la violencia.
Fue terrible. Una noche escuchamos los gritos de los vecinos. No podías hacer nada, todos teníamos miedo. Al día siguiente descubrimos sus cabezas cortadas. A un tío mío lo mataron a la puerta de su casa delante de su hijo de seis años. A otro familiar fueron a buscarlo para que les pagase dinero; como no estaba, se llevaron a su hijo de 16 años. Y lo mataron.

Terrorismo en estado puro.
Es matar por matar. El integrismo no es un tema político, es delincuencia total, son gente que mata. Entraban en los colegios y mataban por placer. Empecé a tener miedo. (Al padre de Fátima lo mataron más tarde en el despacho de la universidad, cuando ella ya no estaba en Argel. No pudo ir ni a su entierro. Unas acciones que marcan para toda la vida. Aún ahora, dice que los petardos de Sant Joan la ponen nerviosa porque le recuerdan aquellos tiroteos.)

¿Y entonces decide irse?
No tenía seguridad, no tenía libertad, y más siendo mujer. Iba por la calle y tenía que mirar detrás. Pero no me daba la gana taparme. Ni me entraba en la cabeza que compañeros que un día era liberales pasaran a ser fanáticos. Me fui definitivamente en el 92, pero mi mente aún está allí. Me han quitado una parte de la vida.

Desde aquí, ¿cómo valora la polémica del burka?
El burka no existe en el islam, es un símbolo del integrismo puro, de la mujer sumisa. Yo digo: burka no, pero sin debate, sin darle importancia, como mujer musulmana que soy, aceptar el burka en España, país que me ha dado la libertad y me ha permitido tener voz propia, es un insulto. No tiene sentido que quieran traerlo aquí, que quieran que nuestros hijas se tapen de la cabeza a los pies para proteger su honor, cuando yo he visto integristas con la cara tapada para violar y he visto prostitutas que se ponen el hiyab o el burka. No puedo tolerar que le digan a una niña de seis años que tiene que llevar pañuelo: a esa edad no entiende la religión.

Se considera usted una refugiada?
No, gente como yo no queremos pedir asilo. Eso significaría perder nuestra identidad, perder nuestro país. “Vas a matarte viva si pides ser refugiada”, me dijo un día mi padre. Pero ahora la situación ha cambiado en Argelia. Es cierto, ha mejorado mucho. Los atentados son ya puntuales. Gracias al presidente de Argelia, el integrismo está controlado.

¿Lo difícil es entender por qué se produjo esa progresión tan rápida del integrismo?
Los cabezas del integrismo son gente muy preparada, con mucho poder. Luego captan a gente más sencilla. Utilizan a la gente pobre y la engañan con una falsa religión. Al salir del colegio los alumnos pasaban muchas horas en la mezquita y allí les enseñaban esas cosas. Algunos de esos alumnos se convirtieron en soldados de Dios y fueron a morir a Afganistán. Pero eso fue después, antes empezaron a presionar a las chicas de 13 y 14 años para que no fueran más a clase. A mí me decían que era pecadora y me amenazaban, me decían que no querían que fuera profesora.

¿Qué opina de la situación que se vive en España?
He perdido a muchas personas queridas y por eso me subleva ese integrismo camuflado, silencioso, que existe aquí.

En Barcelona ha trabajado en un grupo de investigación con Dolores Juliano en estudios sobre la prostitución en la inmigración. La prostitución es un tema tabú en el mundo musulmán.
Yo he aprendido mucho con esos trabajos de campo. El testimonio de algunas mujeres marroquíes que ejercían la prostitución era muy aleccionador. Una de ellas me dijo: “Mi cuerpo es mi empresa, nunca me había sentido valorada y apreciada como ahora, y además gano un dinero, ahora disfruto con el sexo, nada que ver con aquellas imposiciones de antes”. Y es que para las mujeres obligadas a casarse con 14 años con un hombre al que ni siquiera conocen es como una violación. Y encima deben estar a su disposición cuando él quiera, dependen de su dinero. Para algunas mujeres la prostitución ha sido una forma de liberarse, aunque parezca increíble.

Más recientemente ha intervenido en trabajos con menores inmigrantes no acompañados.
Sí, estuve tres meses en el Casal del Raval. Te das cuenta también de otra realidad. Muchos de ellos no son menores no acompañados, al contrario, han sido enviados por sus familias, incluso puede que tengan amigos y parientes aquí que les dicen dónde tienen que ir. Saben que aquí no estarán en la calle, que un día tendrán papeles y trabajo.

JOSEP PLAYÀ
La Vanguardia.com

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