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6.11.12

Yihadistas en Francia, cuando el enemigo está en casa

Proponen una ley para condenar a quienes hayan recibido adoctrinamientos


¡Atención, peligro! Francia está llena de quintacolumnistas. Tras los casos de Mohamed Merah y Jérémie Louis-Sidney, la mayor amenaza terrorista para la República viene del propio Hexágono y tiene pasaporte galo, a decir del ministro del Interior de Francia Manuel Valls, que ha advertido sobre la existencia de yihadistas ocultos preparados para actuar en cualquier momento.

  Mohamed Merah, el radical conocido como el 'asesino de la moto', en unas imágenes difundidas por la televisión France 2. | Efe

"Tenemos al enemigo en casa", anunció hace unos días el Ministro del interior durante la presentación en el Senado del proyecto de ley que permitirá condenar con hasta 10 años de cárcel a aquellos ciudadanos que hayan participado en actos de terrorismo en el extranjero o hayan acudido a recibir adoctrinamiento islamista o formación militar con miras a ejecutar luego atentados en suelo francés.

Lo cual significa que usted o yo o el vecino de al lado podemos ser potenciales enemigos públicos si hemos visitado sitios en red de propaganda radical, viajado a países conflictivos o frecuentado malas compañías.

"La amenaza está alimentada desde el exterior, pero viene del interior mismo de Francia", recalcó Valls en el Palais de Luxembourg para explicar después que los grupos armados reclutan frecuentemente a sus voluntarios a través de sitios web salafistas y les proponen luego unas prácticas de formación rápidas en Kandahar (Afganistán) o algún otro santuario talibán. "Estos individuos suponen un peligro para Francia y deben ser controlados para prevenir que lleguen a cometer un crimen", indicó en una clara alusión al 'affaire' Merah.

Lecciones del caso Merah

Como se recordará, el infausto asesino de la moto, que aterrorizó Toulouse el pasado mes de marzo llegando a matar a tres militares, un profesor de hebreo y tres niños de religión judía, estaba fichado por la Direction Centrale du Renseignement Intérieur (DCRI), el servicio de inteligencia galo que se ocupa de las amenazas terroristas, pero no fue debidamente vigilado a pesar de figurar en los ficheros como un potencial kamikaze y se tardó demasiado en localizarle, cosa que le permitió perseverar en su sangrienta misión.

"Lo más gracioso de todo esto es que me teníais fichado y he logrado engañaros", le dijo Merah al negociador de los 'Raids' que le tenían rodeado en su casa de la Côte Pavée, antes del asalto final que acabó con su vida. Efectivamente, la desclasificación de algunos informes confidenciales de la DCRI ha permitido saber que dicho organismo dejó de vigilar inexplicablemente al lobo solitario, a finales de 2011, por considerarlo inofensivo.

Hoy sabemos que Merah, igual que Jérémie Louis-Sidney –responsable del atentado con bomba contra un supermercado kosher-, que recibió a los defensores de la ley a balazos cuando fueron a detenerle el mes pasado a su domicilio alsaciano–, no respondía en absoluto al perfil tradicional de islamista violento que venían manejando los distintos organismos de seguridad de la República Francesa.

Ocultos

Ninguno de los dos gastaba barba y chilaba, no tenían contacto con células sospechosas foráneas ni se prodigaban en las mezquitas radicales. Ambos habían nacido en el Hexágono, tenían nacionalidad francesa y se habían educado en un colegio público en base a los valores republicanos del laicismo y el respeto de los valores ajenos. Pero no asimilaron nada.

Y eso es lo que tiene soliviantados a psicólogos, sociólogos y politólogos, que intuyen en estos personajes atípicos una nueva tipología de villano, incomprensible y por lo tanto peligrosa.

"Sobre una treintena de islamistas franceses que viajaron recientemente a Afganistán, Merah no era ni mucho menos el que más llamaba la atención porque no se metía en líos ni se le veían signos exteriores de radicalismo", había comentado a Le Figaro uno de los agentes de la DCRI que le seguía los pasos.

Mucho después se ha descubierto que tuvo contactos con el colectivo salafista Forsane Alizza –partidario de imponer la 'sharia' (ley islámica) en Francia–, que veía vídeos de matanzas de occidentales, que se sacó una foto blandiendo un Corán y un puñal y que era asiduo de los cursos de religión impartidos en el suburbio de la Reynerie por imanes proclives a la Guerra Santa.

¿Qué hacer con los ya captados?

Para Bernard Squarcini, patrón de la DCRI, el pistolero de Toulouse era "un auténtico 'takfir'", es decir, un hombre que muestra un estilo de vida europeo disimulando en todo momento su pensamiento extremista. El caso es que no usaba el teléfono móvil, no tenía internet, llamaba siempre desde cabinas y se pasaba largas horas encerrado en casa, con las contraventanas cerradas. "Parecía alguien que se sintiera vigilado", resume Squarcini.

Esta estrategia del kamikaze autónomo ya la describía la policía neoyorquina en un estudio de 2007 titulado 'Radicalization in the West: The Homegrown Threat' (Radicalización en Occidente: la amenaza interior), que avisa de las dificultades para detectar a un terrorista oculto. De ahí que el ejecutivo de François Hollande se apresure ahora a aprobar una ley de expulsión ultra rápida para inmigrantes o turistas de alto riesgo, que ya esbozó en su día el anterior gobierno de Nicolas Sarkozy. ¿Pero qué hacer con esos cientos de musulmanes galos captados para la yihad?

Hijos o nietos de inmigrantes criados como franceses, su conversión postrera al fundamentalismo ha hecho que ya no se sientan hijos de la República y no acaten más leyes que las de Alá ni respeten más autoridad que la de los imanes. "Hay que localizarles cuanto antes y detenerles", indica el ministro Valls. Y, para ello, el primer paso es saber cómo identificarles.

En la última redada, el registro de los domicilios de Jérémie Louis-Sidney y su célula en Estrasburgo, Cannes y la periferia de París sirvió no sólo para hallar armamento y material con el que fabricar bombas, sino información valiosísima que ha permitido esbozar un perfil de estos llamados "terroristas de tercera generación", decididos, escurridizos y de gatillo fácil.

Al igual que Merah, Louis-Sidney vació el cargador de su pistola sobre las fuerzas de seguridad que acudieron a detenerle hace tres semanas, consciente de que estos repelerían su ataque. No tenía miedo a morir, se acababa de cortar la barba –símbolo previo a la inmolación– y había dejado ya escrito su testamento.

Educados en Francia

Con una biografía muy similar a la del asesino de la moto, el líder de la célula que puso la bomba en el ultramarinos de Sarcelles (Yvelines) había nacido en Francia y se había criado en un suburbio especialmente duro, casi sin control debido a la ausencia de una figura paterna.

Fracasado en las aulas, roto su sueño de hacerse futbolista debido a una lesión, víctima de la crisis y del desarraigo social que le empujó desde la adolescencia hacia el delito menor y el reformatorio, vio quizá en el Corán una oportunidad de redención y en la yihad, la excusa para pasar de villano a héroe. En apenas 18 meses pasó de joven descreído a musulmán fanático.

Según Alain Rodier, director del Centro Francés de Investigaciones sobre Inteligencia y autor del libro 'Al Qaeda: las conexiones mundiales del terrorismo', esa trayectoria es típica de la última camada de yihadistas franceses, que en la cárcel experimentan una conversión religiosa tan súbita como radical. En los centros penitenciarios se les detecta enseguida porque empiezan a ducharse vestidos. Cuando salen libres, en cambio, se esfuerzan por ser discretos.

Conscientes de que la DCRI controla minuciosamente los viajes de adiestramiento a zonas conflictivas, evitan cualquier contacto con grupos fichados y aprenden el oficio sin apenas salir de casa, a través de los numerosos websites yihadistas. Luego, una automática o un kalashnikov se compran con facilidad en los suburbios mafiosos de la mayoría de las grandes ciudades de Francia.

Rudimentario conocimiento del islam

"Estamos asistiendo a la ascensión de una nueva tendencia del salafismo: el bandidaje islamista, integrada por delincuentes, a menudo convertidos en prisión, que mantienen sus patrones de violencia y los justifican con la Guerra Santa contra Occidente", señala Samir Amghar, autor de 'El salafismo hoy'.

"Estos neo-conversos son los más peligrosos de todos", explica el veterano juez antiterrorista Jean-Louis Bruguière. Aunque sólo poseen un rudimentario conocimiento del islam, respetan escrupulosamente todos los aspectos externos del practicante: barba, chilaba, chancletas, cinco plegarias diarias... De los 3.000 efectivo que tiene la DCRI, 800 están dedicados exclusivamente a vigilarles. El problema es que no se les puede detener sin pruebas de que hayan infringido la ley y, a veces, es demasiado tarde.

"Hay entre 100 y 200 sociópatas franceses dispuestos a inmolarse en la Guerra Santa 200", advierte Alain Chouet, antiguo dirigente de la Direction Générale de la Sécurité Extérieure (DGSE). Pero el movimiento tiene una amplitud mucho mayor en el Hexágono, como pudo comprobarse durante las manifestaciones organizadas en septiembre en todo el país para protestar contra el vídeo 'La inocencia de los Musulmanes', del realizador copto californiano Nakoula Basseley Nakoula. A unos cientos de activistas que flirtean con la idea de la lucha armada habría que añadir a unos miles de posibles colaboradores secundarios y hasta 50.000 simpatizantes.

"Hace algunas décadas, todos estos chicos inadaptados se habrían unido quizá a grupos radicales de extrema izquierda", apunta el director de investigaciones en la Escuela de Altos Estudios Sociales, Farhad Kohsrokhavar. "Con el hundimiento de aquellas ideologías, la guerra santa islámica se ha convertido hoy en la nueva vía de redención y guerra de los pobres".

Fuente: Juan Manuel Bellver (corresponsal) | París
El Mundo.es

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