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6.1.13

Los barrios de inmigrantes en París son un problema que oculta Francia

Los reportajes del periodista ruso Alexandr Rogatkin dedicados al problema de la inmigración suscitaron una amplia polémica tanto en Rusia como en el exterior.

El periódio francés Le Monde no pudo pasar por alto el reportaje “Extranjeros-2” dedicado a la vida en los suburbios de París bajo el control de los inmigrantes. El diario criticó a la película afirmando que todos los problemas expuestos no tienen nada que ver con la realidad. Según los expertos, a los franceses no les gusta que se haya planteado un problema que el propio país es incapaz de resolver y hace todo lo posible por ocultar.

Actualmente, cada persona que visita París además de saber los lugares que vale la pena observar, también debe saber cuáles son los barrios de la capital francesa y sus alrededores que debe evitar. Todos los suburbios de París donde se yerguen edificios de vivienda sencillos de muchos pisos forman parte de la zona insegura y peligrosa. Nuestro equipo de rodaje trabajó en estos barrios, lo que no les gustó a sus habitantes, destacó Alexandr Rogatkin:

—Nos decían que no podríamos rodar nada en los barrios árabes de París. Respondíamos: ¿Cómo es esto posible en Francia que es casi el centro de Europa? Nos decían que en cuanto salieramos a la calle con la cámara encendida nos golpearían. No lo creíamos y salimos a la calle con la cámara encendida. Es decir, nuestro camarógrafo no tuvo tiempo de salir del coche cuando fue golpeado.

La policía se negó a prestar ayuda, e incluso intentaron impedirnos rodar la película. Las fuerzas del orden público no tienen un poder real en estos barrios y en la mayoría de las ocasiones, evitan aparecer por allí. Estos barrios están bajo el control de las comunidades étnicas y los narcotraficantes, contra los que la policía puede luchar solo empleando métodos especiales, señaló en la película “Extranjeros-2” el secretario general del Partido Radical de Izquierda, Olivier Decrock:

—Los vendedores de drogas tiran del tejado los hornos de microondas o camas a los policías. Mientras, los policías incendian estos edificios con la ayuda de bomberos para hacer salir a los criminales a la calle.

Sin tomar en consideración la tasa de criminalidad en Francia, parece que los inmigrantes conquistan el país paulatinamente. Muchas ciudades y suburbios solo son europeos a primera vista, pero se ha establecido un orden interno al estilo oriental, dijo a Alexandr Rogatkin un habitante de un barrio al norte de París:

—Con frecuencia, se suspende la distribución de carne de cerdo en los comedores escolares. A veces, a los escolares que no son musulmanes se les prohibe comer carne de cerdo. Las piscinas de varias ciudades tienen un horario especial para las mujeres. Es posible que en breve se prohiba a las mujeres y a los hombres viajar en el mismo autobús.

Los expertos consdieran que la situación actual es el resultado de una política de inmigración mal pensada que se aplicó por las autoridades franceses durante muchos años. Francia fue uno de los primeros países europeos que empezó a recibir a los inmigrantes. En el siglo XIX, los ciudadanos de otros países europeos venían a Francia en busca de trabajo o asilo político. Después de la desintegración del imperio colonial en la década de los sesentas del siglo pasado, Francia empezó a recibir a los habitantes de sus antiguas colonias que inmigraban a Europa en busca de una vida mejor.

Un momento crítico en la historia de la inmigración fue la década de los setentas, cuando las autoridades de Francia decidieron mejorar la situación económica a cuenta de la mano de obra barata y abrieron las fronteras. Se emprendieron varios intentos de tomar el flujo de inmigrantes bajo control. Por ejemplo, Francia firmó una serie de acuerdos con Argelia que limitaban el número de los ciudadanos de este país que podían trasladarse a Francia. Pero en general, la base legislativa fue mal pensada.

Según los expertos, aproximadamente seis millones de inmigrantes viven ahora en Francia. Una parte de ellos perdieron el trabajo debido a la crisis y se dedicaron a las actividades criminales. Los franceses autóctonos no están contentos con este desarrollo de acontecimientos. Esto se reveló, en particular, en las últimas elecciones presidenciales en Francia en la primera ronda de las que la candidata por el ultraderechista Frente Nacional, Marine Le Pen, obtuvo una cantidad de votos excepcionalmente alta. Es posible que el número de los partidarios de Le Pen siga creciendo, porque es poco probable que el gobierno actual de los socialistas logre resolver el problema de inmigración, destaca Piotr Cherkásov:

—El presidente francés François Hollande, llegó al poder, gracias a los votos de los llamados “nuevos franceses”, es decir, los antiguos inmigrantes. Durante los próximos años, sería difícil resolver todos estos problemas. En este caso, la administración presidencial socialista, el partido gubernamental socialista y el propio presidente de Francia se verán obligados a renunciar a muchas promesas electorales, y esta es una tarea complicada.

Casi todos los países europeos afrontan el mismo problema. Las crisis políticas y económicas obligan a los habitantes de los países árabes y africanos a emigrar a Europa donde ya no se les da la bienvenida. El año pasado, se produjo una crisis migratoria en Europa. Miles de inmigrantes ilegales provenientes de Túnez, Egipto y Libia azotados por las revoluciones se dirigieron a través del mar Mediterráneo a la isla italiana de Lampedusa. Las autoridades italianas les otorgaron visados temporales. La medida permitió a los inmigrantes desplazarse libremente por otros países de la UE, incluída Alemania y Francia. Esta situación puede repetirse próximamente.

Autor: Anastasía Pérshkina
ek/rl/ap

El problema en mayor o menor medida también salpica al resto de Europa, todos los países temen reconocer el problema con la inmigración

Las autoridades francesas reconocen que los extremistas no provienen de un país del extranjero, sino que son “producto nacional”. La población autóctona de la antigua metrópoli se convierte en blanco de manifestaciones racistas por parte de los inmigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas, aseguran ciertos políticos que abren debates sobre el tema en cuestión.

Uno de los participantes de la polémica, abogado y publicista, presidente fundador de la organización Abogados sin fronteras, Gilles William Goldnadel, señala al respecto que el problema surgió hace tiempo, pero hasta estos momentos se lo solía callar y ofrece su explicación a este silencio voluntario: la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto trajeron confusión a las mentes occidentales, dado que eran crímenes cometido por gente de la raza blanca supuestamente en aras de la raza blanca. Como resultado, surgió una especie de odio de los hombres occidentales hacia si mismos y generó lo que Goldnadel califica como un “amor insano hacia las diferencias”.

Hace dos años el miembro del partido Social-Demócrata de Alemania, Thilo Sarrazin, publicó un libro bajo el nombre de Alemania se suprime a sí misma que tuvo gran resonancia. Habló del mencionado problema, sólo que en aplicación a su país, tras lo cual tuvo que abandonar el Consejo de Dirección del Bundesbank, debido a acusaciones del racismo. En opinión de Sarrazin, los inmigrantes de los países islámicos ni siquiera en la segunda o tercera generación están dispuestos a integrarse en la sociedad alemana. Como consecuencia y en condiciones de la reducción de natalidad en Alemania, va sufriendo cambios paulatinos la composición étnica y bajando el nivel intelectual de quienes residen actualmente en el territorio alemán.

Algunos expertos opinan que la idea del multiculturalismo europeo desde el principio no era otra cosa que un proyecto meramente comercial. De hecho, se trató de una especie de acuerdo con los inmigrantes que habían de llenar los puestos vacantes. A cambio de lealtad se les permitiría mantener sus creencias, tradiciones y ritos.

Habría que reconocer que los europeos fallaron en los cálculos de las consecuencias de aquella decisión: los inmigrantes siguen considerando a sus contratantes como “opresores” y “explotadores”, mientras que los europeos ven a los forasteros como personal de servicio y pasajeros de “segunda clase”.

Todo parece indicar que los políticos europeos y no sólo ellos tendrán que introducir serias correcciones en su política migratoria, concediéndole el máximo grado de transparencia y honestidad. Para empezar, habría que llamar las cosas por su nombre. Y este primer paso no les resulta nada fácil.

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