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8.8.09

Ahmadineyad desafía a Occidente durante la jura del cargo


• Un imponente despliegue policial no logra acallar las protestas de los opositores

• El presidente iraní promete que resistirá frente a los «países opresores»

TEHERÁN/ Las protestas de miles de ciudadanos y el rechazo o la indiferencia de un importante sector de la comunidad internacional no arredraron a Mahmud Ahmadineyad.
El presidente iraní tomó ayer posesión de su cargo para un segundo mandato ante un Parlamento fuertemente custodiado por la policía y rodeado por miles de personas que manifestaban su rechazo a los resultados de las «fraudulentas» elecciones del 12 de junio. En su discurso, el dirigente iraní lanzó un nuevo desafío a Occidente y anunció que pronto «habrá cambios en Irán y en el mundo».

La ceremonia se desarrolló en medio de un espectacular despliegue policial considerado por algunos observadores como el mayor de los últimos tiempos, con el que se pretendía disuadir a la oposición a manifestarse. Hubo carreras, golpes, detenciones y gases lacrimógenos. Entre los asistentes se notó la ausencia de figuras relevantes de la política y la sociedad iraní, y entre las delegaciones diplomáticas, hubo presencia de funcionarios de segundo rango.

REPRESIÓN CALLEJERA /A pesar de la fuerte presencia policial y del cierre de la estación de metro de Baharestán, donde esta el Parlamento, miles de personas pasearon por las calles adyacentes al edificio de forma pacífica. Las fuerzas policiales y los guardianes de la revolución islámica, el cuerpo más fiel a las directrices del régimen, se dedicaron a dispersar a los grupos. Se cerraron todas las tiendas para impedir que la gente se parara en los escaparates.

Ajeno a todo esto, Ahmadineyad juró su cargo. «Yo, como presidente de la República Islámica de Irán, juro ante el sagrado Corán, la nación iraní y ante Dios que seré el guardián de la religión oficial, de la República Islámica y de la Constitución», recitó el mandatario. Prometió que «resistirá a los países opresores» y orientará su política «a modificar los mecanismos que imponen la discriminación en el mundo, cambio que será beneficioso para todas las naciones». El presidente iraní añadió que no tiene otro deseo que «servir al pueblo y a Irán».

Y si la oposición interna no pareció preocuparle, de su discurso se desprendió que sí le inquieta el descrédito internacional y la falta de legitimidad que se le atribuye. A la ceremonia de la toma de posesión asistieron representantes de todo el cuerpo diplomático, pero no en todos los casos el rango estuvo a la altura de lo que marca el protocolo en estos casos.
Francia hizo saber que su presidente, Nicolas Sarkozy, no enviaría ningún mensaje de felicitación a su homólogo Ahmadineyad, como es habitual. La posición francesa consiste en «reconocer al Estado pero no al Gobierno», según aclaró un portavoz del Elíseo, Romain Nadal.

La víspera, Washington había indicado que Barack Obama tampoco tenía intención de felicitar a Ahmadineyad. El portavoz de la Casa Blanca Robert Gibbs dijo ayer además que se equivocó al referirse a Ahmadineyad como el «líder electo»de Irán y aseguró que Washington dejará que los iranís decidan si las elecciones en su país fueron justas

Ahmadineyad recogió el guante. «Algunos países dicen: ‘Reconocemos al nuevo Gobierno pero no le felicitamos’. Entonces nosotros les decimos que nuestro pueblo no espera su felicitación», respondió con acritud, en relación a EEUU y Francia.
Destacadas personalidades reformistas del régimen no asistieron a la ceremonia. Se notó especialmente la ausencia del expresidente Akbar Hachemi Rafsanyani, distinguido ayatolá, que dirige la Asamblea de Expertos. Tampoco estuvieron el también expresidente del país, Mohamed Jatami, el jefe de la oposición, Mirhusein Musavi, y el excandidato a la presidencia y expresidented del Parlamento, Mehdi Karubi, el reformista más radical de todo el grupo.

RIVALES ENTRE SÍ / Todos ellos cuestionan los resultados electorales y aunque sostienen posiciones distintas, e incluso son rivales entre sí, están unidos frente a los sectores más conservadores del régimen y abogan por una sociedad más abierta. Y todos, también, nacieron políticamente a la sombra de la revolución de Jomeneini y han desempeñado altos cargos. En el Parlamento, dominado por los conservadores, también estuvieron ausentes la mayoría de los diputados reformistas: asistieron 13 de 70.

Tras la victoria de Ahmadineyad, los partidarios de la oposición llevaron a cabo manifestaciones de gran envergadura para exigir la celebración de unas nuevas elecciones, que fueron aplastadas con brutalidad policial. Según fuentes oficiales, en las protestas murieron unas 30 personas, 2.000 fueron detenidas –la mayoría ya han sido liberadas– y un centenar han pasado a disposición de los tribunales.

Noticia: El Periódico

La máxima prioridad es evitar que Teherán logre el arma nuclear, pero nadie sabe cómo


Barack Obama llegó en enero a la Casa Blanca con el firme propósito de huir de la confrontación y priorizar el diálogo y la negociación en su enfoque de la política exterior. Su estilo se sitúa a años luz del de su predecesor, George Bush. Uno de los primeros gestos del nuevo presidente de EEUU fue ofrecer la rama de olivo al régimen teocrático iraní, con el que Occidente mantiene desde hace años un pulso acerca de su programa nuclear: Teherán insiste en que solo persigue fines pacíficos y el resto del mundo sospecha que busca hacerse con la bomba atómica.

En un memorable discurso en Praga, el pasado 5 de abril, en el que expuso su visión de un mundo sin armas nucleares, Obama explicitó la oferta de un diálogo con Irán «basado en el respeto mútuo y los intereses mútuos» y dijo que Teherán debía elegir entre ocupar «el lugar al que tiene derecho en la comunidad de naciones, política y económicamente» o «un aislamiento creciente, presión internacional y una potencial carrera de armas nucleares en la región que incrementará la inseguridad para todos».

Lo que nadie adivinaba entonces es que en menos de tres meses la República Islámica iba a verse sumida en la peor crisis desde su instauración en 1979. Nadie sabe en qué desembocará la lucha de poder que ahora se escenifica en Teherán. Y esta situación está dejando descolocados a los estrategas estadounidenses y europeos.

Equilibrios/La posición imperante es ahora la de –como dicen en inglés–, wait and see (esperar y ver qué ocurre). Y todos hacen equilibrios para denunciar la represión del régimen contra los opositores que denuncian como fraudulenta la reelección del presidente Mahmud Ahmadineyad, pero asegurarse al mismo tiempo de que no se cierra ningún canal de comunicación con Teherán.

Más allá de la disputa nuclear, la retórica agresiva del presidente iraní –que niega el Holocausto y aboga por borrar a Israel del mapa– es fuente permanente de tensión, y la permanencia de Ahmadineyad en la presidencia no aporta buenos augurios. Pero la prioridad sigue siendo evitar que este Irán que muchos, en la región (no solo Israel) y más allá, ven como una amenaza consiga el arma nuclear.

La Administración de Obama ha repetido por activa y por pasiva que la oferta de mano tendida aún es válida, pero no ilimitada en el tiempo. Washington dejó claro que quería que en septiembre se iniciara una negociación en serio y, hace un par de semanas, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, advirtió que, de lo contrario, EEUU optará por rearmar a los países del golfo Pérsico.
Algunos interpretaron estas palabras como una evidencia de que Washington se ha resignado a un Irán nuclear, aunque posiblemente no es lo que Clinton quiso decir.

La cruda realidad es que la oferta de Obama no difiere de la que ya hicieron en el verano del 2008 los negociadores occidentales (EEUU, Rusia, China, el Reino Unido, Francia y Alemania): reconocimiento del derecho de Irán a la energía nuclear pacífica y una sustanciosa ayuda económica a cambio de que Teherán detenga el enriquecimiento de uranio, de forma verificable, como le exige el Consejo de Seguridad de la ONU. Aquella negociación no llegó a ninguna parte. Y las múltiples sanciones internacionales que ya padece Irán han mermado su economía pero no han doblegado su voluntad política.

La hipótesis de un ataque israelí para destruir las instalaciones nucleares iranís –impensable sin previo beneplácito de EEUU– flota en el aire, pero contiene incalculables riesgos y ni siquiera está claro que lograra su objetivo. Suena a advertencia disuasoria pero poco real.

Algunos expertos creen que un aislamiento internacional de Ahmadineyad reforzaría más su posición dentro de Irán. Los más optimistas piensan que el régimen iraní, ahora debilitado por la fractura interna, puede acabar siendo algo más maleable en su política exterior. Pero todo esto son conjeturas. La pregunta sigue siendo: ¿Qué hacer con Irán? Y nadie parece tener la respuesta.

Montserrat Radigales
El Periódico

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