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21.3.10

Las estatuas del rey Fernando III 'El Santo'

Los cuatro epitafios -en latín, en castellano, en árabe y en hebreo- que rodean la urna funeraria de Fernando III, en la Catedral de Sevilla, nos dicen que murió en el año de la Encarnación del Señor de 1252; en el 'postrimero día de mayo' del año 1290 (de la Era Hispánica); en el «día 20 del mes Rabie primero, en el año seiscientos y cincuenta de la Hégira»; o en «la noche del día segundo y vigésimo día del mes de Sivan, año cinco mil y doce de la creación del Mundo».
En realidad todos son el mismo día, el 30 de mayo de 1252, pero las cuatro lenguas de la Castilla del momento nos remiten a un rey muñidor de encuentros -pese a su amplio despliegue conquistador-, un rey revestido de 'autorictas' que se gana el respeto de las tres comunidades que por entonces habitan el suelo ibérico. En todos esos epitafios labrados sobre la plata se ensalzan las virtudes del rey que unificó León y Castilla y redujo la presencia musulmana en suelo ibérico a los límites casi granadinos:

Dice el epitafio latino: 'constantísimo', 'justísimo', 'pacientísimo', 'humildísimo en el temor y el servicio a Dios'

Dice el epitafio castellano: «el que conquisso toda España, el más leal, el más verdadero, el más franco, el más esforzado, el más apuesto, el más granado, el más sofrido, el más homildoso, el que más temie a Dios...»

Reza el epitafio arábigo: «varón fidelísimo, veracísimo, constantísimo», «muy dado a Dios a lo que era de su obsequio»,

Se lee en la loa judía: «el que conquistó toda Sepharad, el Recto, el Justo, el Prudente, el Magnífico, el Fuerte, el Piadoso, el Humilde, el que temió a Dios y le sirvió todos sus días; el quebrantó y destruyó a todos sus enemigos, y ensalzó y honró a todos sus amigos»,

El nieto de Alfonso VIII e hijo de Alfonso IX y de doña Berenguela, el hermano de doña Sancha y doña Dulce, el esposo de Beatriz de Suabia y el padre de Alfonso X 'El Sabio'; el hombre que amó la música y la literatura, el hombre querido por sus enemigos porque siempre cumplía lo pactado, el hombre que en poco más de veinte años y aprovechando la quiebra del poder almohade expande la bandera morada de Castilla por la mayor parte de las Andalucías; el hombre que (re)conquista Andujar, Martos y Baeza en una primera ofensiva, el que tras conseguir la corona de León se lanza contra Cazorla, Úbeda, Segura, Jaén y, más allá de las fronteras de nuestra tierra, toma Extremadura y Murcia y Córdoba y Sevilla... añadimos nosotros. Pero, más allá de todo eso, ¿quién Fernando de Castilla y León?

...y el Rey

Cuando hace pocos años el Ayuntamiento de Baeza decidió levantar una estatua en honor del mítico rey castellano, los 'progres' -cosa, claro está, distinta de los 'progresistas'- protestaron alegando que al homenajear al rey conquistador se ofendía a los musulmanes, olvidándose, como siempre, que no se puede juzgar la historia con ocho siglos de distancia y, en cualquier caso, que si bien nadie preguntó a los musulmanes españoles si querían ser reconquistados por los cristianos del norte, nadie preguntó tampoco a los hispanos del siglo VIII si quisieron ser conquistados por Tarik y Muza.
Vana batalla, pues, la de la progresía contra la historia medieval española: el caso es que el rey Fernando fue determinante para modificar la realidad histórica de Jaén, que bajo su imperio dejó de ser musulmana y se convirtió en pieza fundamental de la frontera castellana con el reducto granadino.

Fernando III, a lo que parece, fue hombre de su tiempo, prototipo del hombre medieval, idealista y realista; hombre de su tiempo, sí, pero en versión moderada y sensata, cumplidor: muchas de las plazas que tomó fueron por acuerdos previos con los jerarcas de las ciudades, que se rendían tras la firma de un pacto que el castellano cumplía siempre, fielmente: así se rindió el 'califa' de Baeza, así capituló la ciudad de Úbeda.


El rey, sabio, sabía que era más fácil conservar la paz desde el acuerdo que desde el recuerdo de la humillación y la derrota. También sabía el rey castellano que sólo convirtiendo en hombres libres -no sometidos a señoríos ni tiranías nobiliarias o eclesiásticas- a los castellanos viejos que repoblaban las tierras conquistadas y a los musulmanes hispanos que comenzaban a vivir bajo la nueva realidad, garantizaba la defensa de la frontera y la seguridad del reino, y por eso, su estela conquistadora fue seguida de la concesión de los fueros más privilegiados a las ciudades de Jaén, hasta crear una especie -poco estudiada, por cierto- de democracia señorial y de frontera, que protegía los 'derechos' de los habitantes de las ciudades frente a las arbitrariedades de los señores. ¿Un hombre adelantado a su tiempo? No, simplemente un rey con visión 'de Estado', con perspectiva histórica, con la suficiente generosidad, flexibilidad e inteligencia políticas como para pactar con aquellos a los que más tarde tuvo que someter.

Las estatuas en 'su' Reino de Jaén

La estatua de Baeza es obra de Antonio Pérez Almohano -un artista serio y profundo que aún tiene mucho que darnos- que recata a San Fernando dentro del bronce, en actitud majestuosa -que es distinta a la actitud arrogante-, coronado por la corona de cuatro florones de los reyes de Castilla, con un papiro en la mano derecha y la izquierda sujetando la mítica espada Lobera -símbolo de su poder-, que cada 23 de noviembre es paseada por la Catedral de Sevilla en un viejo ritual simbólico.

Cierto es que las estatuas de reyes, cuando no están montadas a caballo, pierden no sé qué prestancia épica o romántica, porque la novelería nos ha hecho pensar que los monarcas -sobre todo los medievales- eran una especie de centauros. Pero esta estatua nos lega un rey a la medida de su humanidad, cercano: no impone una majestad majestuosa -valga la redundancia- como la ecuestre estatua sevillana, pero impone una majestad de medidas humanas, que es tal vez más imperecedera.

Tiene el rey santo otra estatua en nuestra tierra, que tampoco cuenta con caballo. Se trata del monumento que allá por 1973 tallara Constantino Unghetti para el pueblo de Iznatoraf. Ya hemos dicho alguna vez que Unghetti es un artista grande: lo demuestra en su Fernando III. La piedra adquiere aquí rasgos hieráticos, la expresión cubista y lineal del manto estiliza al rey y lo dota de una sugestivo poder de elevación: de pronto, Fernando III ya no es sólo el rey y el santo, sino una especie de místico del poder y la religión que entrelaza una visión y una ambición.
A sus pies un libro, símbolo de su amor al saber que transmitiría a su hijo Alfonso; en sus manos, abrazada como si fuese una cruz puesta de manifiesto ante el mundo, la espada. Unghetti simboliza con una parquedad expresiva sorprendente -tan alejada de las representaciones barrocas de Fernando III- todo lo que el rey representa en la historia de Jaén: mira al horizonte, perdido y evocador, convencido de ser un elegido. Se yergue, así, sobre el pedestal no para expresar un gesto humano, demasiado humano, sino un plan universal e intemporal de los afanes humanos.

La estatua de Pérez Almohano, en Baeza, reinterpreta el nuevo realismo enriquecido de lirismos escultóricos; el Fernando III de Unghetti, en Iznatoraf, condensa una tradición entera de la escultura española, apunta un puerto de llegada del expresionismo escultórico. Las dos estatuas, sobrias y serenas, sin aspavientos churriguerescos tan de moda en la escultura actual -no digamos ya en la contemporánea imaginería religiosa, muerta de su propio regusto por lo retorcido-, son un homenaje merecido y ajustado para el "padre de la patria jiennese", para el primer hombre, para el primer político, que tuvo visión de nuestra tierra y que, a fuerza de otorgar fueros y privilegios y derechos, permitió que el Jaén medieval fuese un país plagado de aventuras y venturas.

Manuel Madrid Delgado jaen@ideal.es | JAÉN.

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