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11.6.10

La conquista islámica de Europa

El estadounidense Caldwell alerta sobre los peligros de la inmigración, en un polémico ensayo que resalta la debilidad de los valores continentales

EUGENIO FUENTES «Europa se convirtió en una sociedad multiétnica en un momento de despiste». Así, rotundo y brillante, inicia el periodista estadounidense Christopher Caldwell su polémico ensayo La revolución europea. Caldwell, habitual del Financial Times y el Wall Street Journal, lleva años escribiendo sobre la presencia islámica en Europa. Ahora, con el subtítulo «Cómo el islam ha cambiado el viejo continente», lanza lo que parece un documentado diagnóstico sobre las mutaciones irreversibles que la inmigración ha causado en el Continente.

En esencia, Caldwell, que asume la teoría del choque de civilizaciones de Huntington, sostiene que la inmigración masiva iniciada tras la II Guerra Mundial es una bomba de relojería que las elites europeas no han sabido desactivar. La invasión ha crecido mucho más de lo previsto y ha dinamitado las bases políticas y sociales europeas hasta generar una disidencia interior que amenaza seriamente a una Europa que Caldwell ve sobrada de mala conciencia, corta de valores sólidos y, en definitiva, débil.

En 2006, el 57% de los nacidos en Bruselas fueron hijos de musulmanes. ¿Cómo se ha llegado ahí? Al día siguiente de la capitulación nazi, Europa, desangrada, precisaba mano de obra para la reconstrucción. Y la importó, pensando que sería escasa y fugaz. Nadie imaginó, claro, que los inmigrantes, de mayoría islámica, se quedarían, que su número se multiplicaría hasta alcanzar el 10% de la población, que gozarían de prestaciones sociales y que, además, conservarían sus costumbres.

Cuando se comprobó el gigantesco error de cálculo, a finales de los años 60, se tomaron medidas para limitar la inmigración. Pero era tarde. Los primeros en llegar tuvieron que echarle valor, pero abrieron camino a los siguientes, hasta generar toda una colonización, reforzada por las reagrupaciones familiares. El fenómeno se agravó con ingentes solicitudes de asilo político. Sin embargo, las elites europeas nunca debatieron en serio los costes y beneficios a largo plazo. Proclamaron que la inmigración era beneficiosa económica y socialmente. En paralelo, creció el rechazo de la población, en particular ante los islámicos (turcos en Alemania, magrebíes en Francia, pakistaníes y bengalíes en Reino Unido).

Caldwell detecta un caldo de cultivo ideal para el trato de favor dado a los inmigrantes: la culpa colectiva por el nazismo y el colonialismo, el sentimiento de deuda pendiente con el mundo por siglos de explotación. En cuanto al error de cálculo, simplemente se sobrevaloró la falta de mano de obra. En realidad, se necesitaba para una crisis aguda, no para un problema crónico. Así que los beneficios de la inmigración fueron marginales y temporales. Hace mucho que se extinguieron. Pero los cambios sociales, espirituales y políticos que acarreó han sido masivos y duraderos, porque el inmigrante, dice Caldwell, no mejora la cultura europea, la suplanta, e introduce en ella una ruptura sin precedentes.

Los costes de la riada inmigratoria han sido cuantiosos para una envejecida Europa de baja natalidad. Aparte de causar «desorden, penuria y delincuencia», los extranjeros han roto costumbres e instituciones, y han obligado a pagar «un elevado precio en libertades». Además, la inmigración casa mal con el Estado del bienestar -visto con reticencia estadounidense por Caldwell, para quien los europeos son «la fuerza de trabajo más mimada de la historia»-, genera desplazamientos («huida blanca»), ayuda a pagar pensiones hoy a costa de un gigantesco problema para mañana y dificulta la construcción de la UE. Por no hablar de educación, sanidad y vivienda, o de lo mal que compagina el islam con el laicismo dominante, que, a juicio del autor, pero sin que ello le disguste, no lleva ni de lejos las de ganar.

Las consecuencias se agravan, prosigue Caldwell, por la actitud de tolerancia -actualmente ya simple disfraz del miedo- adoptada por los rectores europeos. En estas décadas, Europa está reescribiendo sus valores, lo que le dificulta enfrentarse al conflicto étnico. ¿Cuáles son esos valores? Tras desterrar el nacionalismo homicida, y en plena guerra fría, se entronizan individualismo, democracia, libertad y derechos humanos. Es decir, se demoniza la intolerancia de la intolerancia. Se deifica la corrección política, que conduce a pensar que ninguna cultura es mejor que otra y a abordar con neutralidad asuntos de inmigración y etnia. Esa tolerancia, concluye Caldwell, ha hecho saltar por los aires el orden, la libertad, la justicia y la inteligibilidad.

Resulta de lo anterior que «el abanico de expresión de opiniones está estrechándose drásticamente», porque se amplía el número de personas objeto de tolerancia y se endurece la ideología de la tolerancia. Transgredirla se vuelve muy peligroso. En suma, declarar que la inmigración ha sido un éxito es la única opinión aceptable, ya que lo contrario lleva a ser acusado de racismo. No es lícito debatir si la diversidad es buena o mala. Es buena, porque se corresponde con el dogma de la igualdad de culturas. Hasta el punto de que se respetan al máximo los derechos de las minorías, en detrimento de los de la mayoría y se pierde capacidad de exigir una adaptación al estilo de vida europeo. El resumen de este trayecto, es que las viejas culturas europeas, basadas en la religión, fueron cuestionadas en los años 60 y 70 en nombre de la liberación personal y, en los 80 y 90, para hacer Europa más acogedora a las minorías.

Aunque lo anterior vale para todos los inmigrantes, el problema, acusa Caldwell, son los islámicos, porque traen una religión que acaba siendo su rasgo identitario más fuerte. La compatibilidad de la ley islámica con las leyes nacionales es fuente de fricción, ya que el islam es una identidad poderosa que «da forma a todos los aspectos de la vida del creyente».

La lealtad a la comunidad musulmana mundial («umma») pasa por encima de la lealtad a la nación de acogida, casi inexistente. Y el problema se agrava con el renacer del islam político y el respaldo de los inmigrantes a la yihad.

Hay 20 millones de musulmanes en Europa. En 2025 serán 40. Sus barrios son guetos, colonias étnicas, territorio hurtado a los Estados que sirve de escenario a revueltas como las de París en el otoño de 2005. La tercera generación está menos integrada que la segunda, que lo estaba aún menos que la primera. Caldwell resume así el panorama: si en los primeros años se hubiera sabido que iba a haber miles de mezquitas en Europa, no se habría permitido.

El conflicto, que el autor compara con el que EE U tiene con los negros, es insoluble para Caldwell, quien trata en detalle aspectos como la polémica del velo o las caricaturas de Mahoma. Insoluble, porque no se puede integrar a millones de musulmanes en un país de base cultural cristiana. Desde luego, vistas así las cosas, hay materia suficiente para la preocupación y el temor.

lne.es

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