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6.10.11

La imparable ismamización de Estambul

- Medidas de corte islamista ahogan el Estambul bohemio
- Se han prohibido terrazas y actuaciones callejeras 

- Las autoridades explican que están ordenando el barrio

"¿Está abierto?", pregunta una cabellera rubia a través de la puerta de la calle. "Adelante, siéntense donde quieran" responde el camarero. Todas las mesas están vacías. Los jóvenes entran extrañados al interior oscuro y silencioso. Habían llegado al Badehane, uno de los templos de la música balcánica más conocidos del distrito de Beyoglu, siguiendo los artículos de The New York Times. Lo que el diario había calificado como la "casa del jazz gitano" en el Soho de Estambul, no es ahora más que un bar triste y sin alma. A lo largo de la calle la escena se repite: mesas vacías y camareros ociosos. ¿Qué ha pasado para que el barrio más efervescente de una ciudad de 15 millones de habitantes se encuentre desierto un domingo por la tarde?

Todo empezó a mediados del verano. La policía municipal, sin previo aviso, empezó a retirar las terrazas de los numerosos cafés y pubs de la zona. Al principio se creía que era una medida disuasoria para evitar que la gente bebiera en la calle durante el Ramadán, pero las mesas siguen en los depósitos municipales mientras el barrio se apaga poco a poco.

Muchos piensan que las medidas son de corte religioso, islamista. La famosa agenda oculta del actual partido en el poder en Turquía, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). El año pasado, el Ayuntamiento prohibió que las terrazas tuvieran asientos dobles, para evitar que hombres y mujeres se sentaran juntos. "Y en agosto nos prohibieron actuar en la calle. A los músicos les requisan los instrumentos y a nosotros nos amenazaron con multas", dice Deniz Ureyil, que actuaba regularmente en las calles de Beyoglu con su grupo de mimos.

"Abrí el bar hace casi 20 años, cuando esta era una zona peligrosa y abandonada por las autoridades. Al gobierno local le ha costado mucho tiempo convertirla en una zona respetable y turística, por eso no entiendo por qué quieren estrangularnos", se queja Baden Uygun, dueña del Badehane, que cada mes pagaba religiosamente a la municipalidad 1.400 liras turcas -unos 700 euros- por las 14 mesas de la terraza del bar.

Ilhahim Akpinar, dueño de un restaurante de pescado, cuenta que ha tenido que despedir a tres empleados para poder pagar el alquiler del local. "Me han quitado las cuatro mesas que tenía fuera que era el único sitio donde mis clientes podían beber y disfrutar de un cigarro. Primero el gobierno nos prohibió el humo en los bares, ahora nos prohíbe las terrazas. No lo entiendo, para mí esto es un asunto político. Quieren convertirnos en Irán", explica.

Sin embargo, la explicación oficial es otra. El barrio carece de un plano de ordenación y las terrazas habían crecido tanto que hacían insoportable el tránsito de vehículos, algo peligroso en caso de una emergencia. Según la municipalidad, a lo largo de 2010 recibió 1066 quejas de vecinos por la saturación de las calles y el ruido. Pero hay quien asegura que fue el coche del primer ministro, Tayyip Erdogan, el que se quedó atascado en una de las calles al inicio del Ramadán.

Algunos opinan que el Gobierno turco busca yugular un barrio que durante 20 años ha sido refugio de izquierdistas, artistas, asociaciones de gays y lesbianas, cafés literarios. Toda esa Turquía que se siente parte de Europa y que no ve con simpatías a su actual Gobierno.

ABC.es

La “oculta agenda islámica” de Erdogan, muy alejada de la imagen europeísta, laica y contemporánea que se vende en Bruselas y en el resto de capitales europeas. Mientras, y para consumo interno, la agresividad en la política exterior se complementa en el interior con un muy distinto planteamiento victimista por el que, en medio de acusaciones de "juego sucio", Erdogan sentencia que "si nos bloquean, no habrá otras razones que las políticas".


Por su parte, el comentarista del Hürriyet ennumera en su devastado artículo una larga lista de algunas de los últimos y pequeños, pero muy significativos, motivos que le llevan a afirmar su desolación sobre cómo cambia la oficialmente laica Turquía.


“Tan sólo en la última semana”, dice Coskun, “el parlamento turco ha aprobado la ley de ‘enfermeros hombres para pacientes hombres’; ha confirmado que cada uno de los ferrys urbanos sean construidos por el ayuntamiento de Estambul con una pequeña sala de rezos; en conflicto con la antigua norma de la sharia de ‘ten tantos hijos como puedas mantener’, un nuevo sistema de tasación reducirá los impuestos a quienes tengan muchos hijos; y las estatuas de un famoso escultor en y alrededor de Izmir han sido rotas por la noche, con las estatuas de mujeres particularmente atacadas”, escribe el columnista antes de constatar otros muchos indicios de la presión islamista, entre ellos, el que los “círculos religiosos” impongan el saludo “Salaam aleikum” sobre otros más informales turcos.


“Date una vuelta por tu barrio. Mira las calles, los pasillos, las salas de espera, cómo se saludan las personas, la forma de vestir, las zonas comerciales, los bazares, la gente... Turquía se parece cada vez más a un país árabe y cada vez menos a Bélgica”, concluye el desolado artículos de Coskun.

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