En el pensamiento islamista, todos los personajes y profetas de la Biblia han sido siempre musulmanes
El Corán se desarrolla de la misma manera. Baste citar: Surate 30.30 en la que se dice que el Islam es efectivamente una religión natural del hombre.
El hombre nace ya como musulmán, incluso aunque no lo sepa. Dios intenta revelarse a todo aquel que sea musulmán. Así, Adán era musulmán, Noé era también musulmán... Mahoma ha reislamizado toda la historia de las religiones. Comenzó por leer toda la historia del mundo partiendo de una comprensión islamista.
Y luego dijo: ”Escuchad, lo que yo recibí no era otra cosa que la revelación de la religión original y verdadera de Dios, y es el Islam”.
Entonces dijo:”Dios ha elegido a los judíos para traer el Islam al mundo, pero han fracasado en su misión, han matado a los profetas y los han perseguido. Dios los ha rechazado”. Y los musulmanes os dirán: Ahora debemos comprender según Surate 2 y 4 que Abrahám y todos los patriarcas no son judíos, sino musulmanes. ¿Cómo afirmar que Abrahám era judío? Está escrito en el Corán que es musulmán. ¿Cómo podéis afirmar que Isaac, Jacob, Moisés, David, Salomón son judíos? Son musulmanes.
En el pensamiento islamista, todos los personajes y profetas de la Biblia no lo son. Según el pensamiento islamista han sido siempre musulmanes. Así, el país en el que nos encontramos se dio por un tiempo a los judíos, pero, al no cumplir con su misión y ser rechazados por Dios y condenados, Dios se lo ha entregado a los herederos originales, los musulmanes.
En la Surate 3:110 veis escrito que Dios dijo a la sociedad islamista: ”Sois la mejor sociedad que Dios ha creado porque os ha dado el juicio y, por tanto, el poder de gobernar sobre todo lo que no esté bajo la ley de Dios”.
De este modo, Mahoma desarrolló una comprensión del Islam que tuvo por fin arrebatar a los judíos la herencia y la relación privilegiada de Dios con Israel. Mahoma expuso muy claramente que ahora Dios ha devuelto a Ismael lo que se le había quitado.
Es muy importante para nosotros que comprendamos esto hoy día: no hablamos de una situación política aquí en Israel. El problema no es político. Tampoco tenemos un conflicto étnico entre árabes y judíos. No es éste el origen de los problemas. Si hubiera solamente un problema étnico y político, podríamos tomar compromisos, pero no podemos hacer eso.
Jerusalén
1) En la comprensión islamista no hay ningún medio para abandonar Jerusalén. No debemos olvidar que Jerusalén fue tomada por el Islam 18 años después del establecimiento de la sociedad islamista en Medina por el Califa Omar. Sólo 18 años más tarde, la primera y pequeña mezquita se construyó en el monte del Templo. ¿Sabéis cómo fue construida esta pequeña mezquita?
Es importante para la Iglesia darse cuenta de esto. De nuevo, la Iglesia abrió sus puertas. Cuando el Califa Omar vino a Jerusalén, pidió al obispo de esta época:“¿Dónde puedo tener un lugar de adoración? Y porque el obispo no quería verlo adorar al lado de una iglesia, lo llevó al monte del Templo que, en ese tiempo, era un lugar de descarga pública, ya que habían tomado al pie de la letra la palabra:”Tu lugar será destruido y lleno de detritus”.
En aquel tiempo, colocaban todos los cubos de basura en el monte del Templo. De hecho, el obispo quería molestar al Califa Omar. Por eso lo colocó en este lugar de detritus. Y le dijo:” Escucha, puedes construir tu mezquita en este lugar porque, como sabes, este lugar pertenecía a los judíos.
Tenían aquí su Templo y sabemos que tú puedes reconstruir este lugar en el que habrá poder”.
De la comprensión islamista- e incluso en la de la Iglesia antigua- el monte del Templo era el lugar del poder, una puerta entre los cielos y la tierra, aunque exista hoy una tradición islamista según la cual no tendrá lugar el fin de los tiempos según el Islam en el monte del Templo.
Porque es en el monte del Templo donde el ángel debe descender y tocar la trompeta que abrirá el Juicio final. Es en el monte del Templo donde el Mesías islamista, que se llama Yeshua, descenderá para quebrantar todo el poder de los Cristianos y de los Judíos.
Será en el monte del Templo donde tendrá lugar el Juicio final. El monte del Templo era de tal modo importante para los primeros musulmanes y para Mahoma, que incluso éste debía ser tomado en Jerusalén para subir desde el monte del Templo a los cielos para encontrarse con Moisés y Jesús y todos los profetas.
Si comprendemos eso, sabemos que Jerusalén es la clave de la identidad islamista.
2) Jerusalén es la clave de identidad judía.
Desde hace 2000 años, los judíos dispersos por el mundo dicen:” El año próximo a Jerusalén”. ¡Cómo puede imaginarse que abandonen Jerusalén! Los judíos pueden abandonar algunos territorios, pero jamás Jerusalén y su Templo.Jerusalén debe tener en cuenta la identidad de los judíos y del Islam. No hay escapatoria.
No debemos olvidar que para la identidad islamista, no hay mayor amenaza que el establecimiento del Estado de Israel.¿Por qué? Hace 52 años. Dios decidió restaurar a Israel con el fin de dar cumplimiento al último capítulo de su plan de redención. Con el establecimiento del Estado de Israel, la historia del Islam ha sido desafiada por vez primera.
El Islam, por su naturaleza, piensa sólo en territorios, en poder. Incluso si el Islam dice que está centrado realmente en Dios, no es verdad.
El Islam, por su naturaleza, está centrado profundamente en el hombre. Centrado en el hombre en nombre de Dios, pero el hombre centrado en el poder del Islam, y éste lo ha visto siempre como poderoso con la espada.
El Islam debía ponerse ante el reto de la conquista de los territorios. No importa qué territorios, pero sí los de Tierra Santa, el territorio de los profetas.
Israel es el lugar de los profetas, de Jesús que es considerado como el segundo profeta junto con Mahoma y Moisés. En árabe se le llama “Cali Mullah”, el profeta que habla con Dios, un profeta islamista.
Ahora, los judíos que fueron rechazados y condenados como malditos por Dios, el último entre los pueblos de la tierra, han vuelto y se han establecido en un Estado en el corazón de la patria islamista.
Si el Islam no llega combatir y a destruir esta realidad que es Israel, su identidad será hecha pedazos porque, por definición del Corán, el Islám debe ser el vencedor. Si no tienes la victoria, Dios no está contigo.
En otros términos, si sois derrotados en la guerra, eso significa que Dios os ha abandonado, que Dios no está con vosotros. Por cualquier razón, Dios ha abandonado el mundo islamista. Este es el mensaje.
Para las naciones islamistas, nada más ha sacudido su fe en el Islam que esta realidad de Israel convertido en Estado en lo que es el corazón mismo de la tierra islamista.
Autor: P. Felipe Santos
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9.6.04
El corán: todo ser humano es musulmán
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8.6.04
Los Versos Satánicos
BIOGRAFIA SALMAN RUSHDIE
Novelista británico de origen indio. Nació en Bombay y estudió en la Universidad de Cambridge. Entre sus primeras publicaciones destacan las novelas:
Grimus (1974)
Hijos de la medianoche (1981) una alegoría de la India moderna Verguenza (1983), donde emplea la fantasía y los sueños a la manera de los surrealistas.
Hijos de la medianoche obtuvo el Premio Booker en 1981 y cosechó un inesperado éxito de crítica y público. Rushdie escribió también una crónica de sus viajes por Nicaragua, La sonrisa del jaguar (1987), y en 1991 publicó un libro para niños titulado Haroun.
En 1988 aparecieron Los versos satánicos, una novela muy bien recibida en la que la fantasía se combina con la reflexión filosófica y el sentido del humor.
Esta obra despertó las iras de los musulmanes shiíes, quienes la consideraron un insulto al Corán, a Mahoma y a la fe islámica.
En consecuencia, la novela fue prohibida en la India, Pakistán, Suráfrica, Egipto y Arabia Saudí. En 1989 el ayatolá iraní Ruhollah Jomeini condenó a muerte al autor y a todos los implicados en la publicación del libro, y en 1992 se puso precio a su cabeza por valor de 5.000.000 de dólares.
A pesar de que Rushdie se retractó públicamente y redactó una declaración en la que manifestaba su adhesión al Islam, la fatwá no fue levantada y el autor permanece escondido desde entonces. Ocasionalmente aparece en actos públicos de manera inesperada y concede algunas entrevistas. En 1995, publicó El suspiro del moro, ambientada en el reino nazarí de Granada y en 1999, El suelo bajo sus pies.
Título : Los versos satanicos
Autor : Rushdie, Salman.
En 1989 ocurrió un capítulo más de la confrontación entre el fundamentalismo islámico y la cultura occidental: la proclamación del decreto religioso o fatwa que condena a muerte al escritor indio Salman Rushdie por escribir Los Versos Satánicos, libro considerado blasfemo por autoridades musulmanas radicales.
El caso de Rushdie ejemplifica las funciones opuestas que la cultura cumple en una sociedad teocrática y en una laica. Para el fundamentalismo musulmán toda actividad humana debe estar sujeta a su concepción particular del Islam. Mujeres, hombres, sexo, matrimonio, comercio, arte, literatura, todo está codificado en la sharia, ley fundamental que rige la conducta humana y que se desprende del Corán, su libro sagrado.
Para el Occidente laico que sostiene la clara separación del Estado de cualquier iglesia, las libertades individuales y los derechos humanos son fundamentales. La libertad de expresión y de imprenta no son concesiones gratuitas sino resultado de arduas luchas sociales.
Salman Rushdie, nacido en Bombay, India, en 1947, vivía cómodamente en Londres y gozaba de fama literaria cuando escribió Los Versos Satánicos.
Esta novela es una sátira en la tradición literaria de Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) o Tristam Shandy (Lawrence Sterne). Sus dardos se enfocan a muchos ambientes sociales. La inmigración india-pakistaní a Inglaterra, dividida entre los sueños de los pobres de una vida mejor y las pretenciones de una clase media que busca borrar su acento extranjero; el racismo latente de los anglosajones; la confrontación entre minorías inmigrantes; la violencia de la policía inglesa; frustraciones existenciales, emocionales y sexuales de los individuos inmersos en la sociedad británica, son sólo algunos de los puntos que expone la novela.
A pesar de que toca estos temas, los fundamentalistas islámicos condenaron al libro sólo por factores religiosos, que contienen los elementos más fantásticos y lo emparentan con el realismo mágico latinoamericano. Los personajes principales son Saladín y Gibreel (Gabriel). El primero es un inmigrante que rechaza su cultura india y su religión islámica; el segundo es un actor famoso del cine indio, que se especializa en el género "teológico" ya que lo mismo encarna a dioses hindués como Rama que a Buda.
Rushdie convierte a sus personajes en demonio satánico y en el arcángel Gabriel. Bajo esas dos personalidades los relaciona con ingleses, inmigrantes y comunidades religiosas. Rushdie es consciente de que las partes satíricas sobre el Islam podían causarle problemas, por lo que (en la página 272 de la edición estadounidense de Viking Press) se cura en salud.
En boca de un personaje secundario dice que no se trata de una blasfemia, no es un crimen contra el Islam; la ficción es ficción, los hechos son los hechos, se trata de una obra que es un cuento moral como si fuera una fábula.
El libro contiene sátiras envueltas en un velo de fantasía que apenas las disfraza. Habla del profeta Mahound (Mahoma), del surgimiento en Jahilia (La Meca) del culto de Alá, que era sólo uno de los 360 dioses y diosas que se adoraban en la ciudad. Mahound es un profeta rencoroso y fanático, engañado por Satán para buscar un compromiso con la adoración de otros dioses. El resultado es que Mahound no hace concesiones en el armado de la nueva religión,
En el capítulo IV, Ayesha, está la sátira de un Imán o líder religioso islámico que es la caricatura de Jomeini. El Imán habla del deseo de poder en nombre de la religión y el amor, pero se le crítica porque lo que se esconde en el fondo es el Odio, especialmente a la mujer como depositaria del poder político real.
Este punto lo desarrolla Rushdie de manera recurrente en su novela. El poder real, aunque sea detrás del trono, es femenino; las mujeres son más fuertes que los hombres al enfrentar la vida. Por eso, una de las escenas más duras del capítulo VI, Regreso a Jahilia, es cuando Hind, la gobernante de la ciudad y símbolo de la libertad sexual femenina, se humilla y recibe el perdón de Mahound. Perdonada porque se somete públicamente al profeta y exclama, por única vez en el libro: No hay más Dios que Alá y Mahound es su profeta. Lo que importa es la sumisión a la regla masculina, sugiere Rushdie.
Hay pasajes donde las doce esposas del profeta se comparan con doce prostitutas, que usan los mismos nombres en su trabajo sexual para producir fantasías en clientes. Se crítica que se permita que los musulmanes puedan tener cuatro esposas, pero que el arcángel Gabriel le autorice al profeta doce.
El ayatola Rujolah Jomeini, líder espiritual y político de la revolución islámica de Irán, que en 1979 había expulsado al Shah Reza Pahlevi de ese país a un exilio que incluyó a Cuernavaca, México, tomó cartas en el asunto.
En febrero de 1989 Jomeini expide una fatwa contra Rushdie, un edicto religioso que nadie puede alterar ni cambiar. "Quiero informarles a todos los musulmanes en el mundo que el autor del libro titulado Los Versos Satánicos, que ha sido compilado, impreso y publicado en oposición al Islam, el Profeta y el Corán, así como los editores que estaban concientes de su contenido, han sido sentenciados a muerte.
Llamo a todos los musulmanes a que los ejecuten con rapidez, donde quiera que los encuentren, para que ninguno se atreva a insultar las leyes islámicas. Cualquiera que muera en este camino será considerado mártir.
Desde entonces Salman Rushdie vive oculto, protegido por la policía inglesa.
En 1991, Hitoshi Igarashi, el traductor del libro al japonés, fue asesinado en Tokio;
En 1993 el traductor al italiano fue apuñalado y golpeado en Milán.
William Nygarrd, el editor del libro en Dinamarca, fue herido en Oslo por disparos de pistola.
Rushdie abjuró de su libro y declaró ser un musulmán practicante. En 1998, el gobierno moderado iraní prometió al gobierno inglés que no impulsaría el cumplimiento de la fatwa; pero en 2003 el lider radical Alí Jamenei confirmó que la sentencia está vigente y nada ni nadie puede cambiarla.
Títuo: Oriente, Occidente
Autor: Salman Rushdie
"Oriente, Occidente" es un título fundamental en la trayectoria de Salman Rushdie y pieza clave para interpretar y comprender en toda su dimensión el resto de su obra.
Y es así por cuanto a lo largo de nueve relatos el autor despliega magistralmente los principales temas y elementos de su universo literario, en particular el encuentro y el desencuentro entre dos culturas radicalmente opuestas pero indisolublemente mestizadas y mezcladas por las vaivenes de la historia.
Desde un prestamista que consigue un pelo de la barba del profeta y se convierte al fundamentalismo hasta una familia india en el Londres de los sesenta agobiada por los contrastes socioculturales, pasando por una farsa de Hamlet y un par de "espías" que se comunican mediante la jerga de Star Trek, los relatos tocan los más diversos temas cohesionados por dos hilos secretos: la escurridiza relación entre ficción y realidad y la tragicómica dualidad de pertenecer y no pertenecer a una cultura. Y todo ello contando con los inagotables recursos narrativos y la mordaz ironía de un autor fundamental de nuestro tiempo.
Autor: SALMAN RUSHDIE
Título: HIJOS DE LA MEDIANOCHE
Esta es la historia de Saleem Sinai, nacido en Bombay al filo de la medianoche del 15 de agosto de 1947, en el momento mismo en que la India, entre fuegos artificiales y multitudes, alcanza su independencia.
El destino de Saleem queda inexorablemente unido al de su pais, y sus peripecias personales reflejaran siempre la evolución política de la India o serán reflejadas por ella.
Es la historia de un hombre dotado de facultades insólitas pero también la de una generación y la de una familia, lo que la convierte en un retrato completo de toda una época y una cultura.
Ganadora del prestigioso premio Booker of Bookers, Hijos de la medianoche constituye una asombrosa novela que combina magistralmente magia y humor, compromiso politico fantasía y humanidad.
Novelista británico de origen indio. Nació en Bombay y estudió en la Universidad de Cambridge. Entre sus primeras publicaciones destacan las novelas:
Grimus (1974)
Hijos de la medianoche (1981) una alegoría de la India moderna Verguenza (1983), donde emplea la fantasía y los sueños a la manera de los surrealistas.
Hijos de la medianoche obtuvo el Premio Booker en 1981 y cosechó un inesperado éxito de crítica y público. Rushdie escribió también una crónica de sus viajes por Nicaragua, La sonrisa del jaguar (1987), y en 1991 publicó un libro para niños titulado Haroun.
En 1988 aparecieron Los versos satánicos, una novela muy bien recibida en la que la fantasía se combina con la reflexión filosófica y el sentido del humor.
Esta obra despertó las iras de los musulmanes shiíes, quienes la consideraron un insulto al Corán, a Mahoma y a la fe islámica.
En consecuencia, la novela fue prohibida en la India, Pakistán, Suráfrica, Egipto y Arabia Saudí. En 1989 el ayatolá iraní Ruhollah Jomeini condenó a muerte al autor y a todos los implicados en la publicación del libro, y en 1992 se puso precio a su cabeza por valor de 5.000.000 de dólares.
A pesar de que Rushdie se retractó públicamente y redactó una declaración en la que manifestaba su adhesión al Islam, la fatwá no fue levantada y el autor permanece escondido desde entonces. Ocasionalmente aparece en actos públicos de manera inesperada y concede algunas entrevistas. En 1995, publicó El suspiro del moro, ambientada en el reino nazarí de Granada y en 1999, El suelo bajo sus pies.
Título : Los versos satanicosAutor : Rushdie, Salman.
En 1989 ocurrió un capítulo más de la confrontación entre el fundamentalismo islámico y la cultura occidental: la proclamación del decreto religioso o fatwa que condena a muerte al escritor indio Salman Rushdie por escribir Los Versos Satánicos, libro considerado blasfemo por autoridades musulmanas radicales.
El caso de Rushdie ejemplifica las funciones opuestas que la cultura cumple en una sociedad teocrática y en una laica. Para el fundamentalismo musulmán toda actividad humana debe estar sujeta a su concepción particular del Islam. Mujeres, hombres, sexo, matrimonio, comercio, arte, literatura, todo está codificado en la sharia, ley fundamental que rige la conducta humana y que se desprende del Corán, su libro sagrado.
Para el Occidente laico que sostiene la clara separación del Estado de cualquier iglesia, las libertades individuales y los derechos humanos son fundamentales. La libertad de expresión y de imprenta no son concesiones gratuitas sino resultado de arduas luchas sociales.
Salman Rushdie, nacido en Bombay, India, en 1947, vivía cómodamente en Londres y gozaba de fama literaria cuando escribió Los Versos Satánicos.
Esta novela es una sátira en la tradición literaria de Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) o Tristam Shandy (Lawrence Sterne). Sus dardos se enfocan a muchos ambientes sociales. La inmigración india-pakistaní a Inglaterra, dividida entre los sueños de los pobres de una vida mejor y las pretenciones de una clase media que busca borrar su acento extranjero; el racismo latente de los anglosajones; la confrontación entre minorías inmigrantes; la violencia de la policía inglesa; frustraciones existenciales, emocionales y sexuales de los individuos inmersos en la sociedad británica, son sólo algunos de los puntos que expone la novela.
A pesar de que toca estos temas, los fundamentalistas islámicos condenaron al libro sólo por factores religiosos, que contienen los elementos más fantásticos y lo emparentan con el realismo mágico latinoamericano. Los personajes principales son Saladín y Gibreel (Gabriel). El primero es un inmigrante que rechaza su cultura india y su religión islámica; el segundo es un actor famoso del cine indio, que se especializa en el género "teológico" ya que lo mismo encarna a dioses hindués como Rama que a Buda.
Rushdie convierte a sus personajes en demonio satánico y en el arcángel Gabriel. Bajo esas dos personalidades los relaciona con ingleses, inmigrantes y comunidades religiosas. Rushdie es consciente de que las partes satíricas sobre el Islam podían causarle problemas, por lo que (en la página 272 de la edición estadounidense de Viking Press) se cura en salud.
En boca de un personaje secundario dice que no se trata de una blasfemia, no es un crimen contra el Islam; la ficción es ficción, los hechos son los hechos, se trata de una obra que es un cuento moral como si fuera una fábula.
El libro contiene sátiras envueltas en un velo de fantasía que apenas las disfraza. Habla del profeta Mahound (Mahoma), del surgimiento en Jahilia (La Meca) del culto de Alá, que era sólo uno de los 360 dioses y diosas que se adoraban en la ciudad. Mahound es un profeta rencoroso y fanático, engañado por Satán para buscar un compromiso con la adoración de otros dioses. El resultado es que Mahound no hace concesiones en el armado de la nueva religión,
En el capítulo IV, Ayesha, está la sátira de un Imán o líder religioso islámico que es la caricatura de Jomeini. El Imán habla del deseo de poder en nombre de la religión y el amor, pero se le crítica porque lo que se esconde en el fondo es el Odio, especialmente a la mujer como depositaria del poder político real.
Este punto lo desarrolla Rushdie de manera recurrente en su novela. El poder real, aunque sea detrás del trono, es femenino; las mujeres son más fuertes que los hombres al enfrentar la vida. Por eso, una de las escenas más duras del capítulo VI, Regreso a Jahilia, es cuando Hind, la gobernante de la ciudad y símbolo de la libertad sexual femenina, se humilla y recibe el perdón de Mahound. Perdonada porque se somete públicamente al profeta y exclama, por única vez en el libro: No hay más Dios que Alá y Mahound es su profeta. Lo que importa es la sumisión a la regla masculina, sugiere Rushdie.
Hay pasajes donde las doce esposas del profeta se comparan con doce prostitutas, que usan los mismos nombres en su trabajo sexual para producir fantasías en clientes. Se crítica que se permita que los musulmanes puedan tener cuatro esposas, pero que el arcángel Gabriel le autorice al profeta doce.
El ayatola Rujolah Jomeini, líder espiritual y político de la revolución islámica de Irán, que en 1979 había expulsado al Shah Reza Pahlevi de ese país a un exilio que incluyó a Cuernavaca, México, tomó cartas en el asunto.
En febrero de 1989 Jomeini expide una fatwa contra Rushdie, un edicto religioso que nadie puede alterar ni cambiar. "Quiero informarles a todos los musulmanes en el mundo que el autor del libro titulado Los Versos Satánicos, que ha sido compilado, impreso y publicado en oposición al Islam, el Profeta y el Corán, así como los editores que estaban concientes de su contenido, han sido sentenciados a muerte.
Llamo a todos los musulmanes a que los ejecuten con rapidez, donde quiera que los encuentren, para que ninguno se atreva a insultar las leyes islámicas. Cualquiera que muera en este camino será considerado mártir.
Desde entonces Salman Rushdie vive oculto, protegido por la policía inglesa.
En 1991, Hitoshi Igarashi, el traductor del libro al japonés, fue asesinado en Tokio;
En 1993 el traductor al italiano fue apuñalado y golpeado en Milán.
William Nygarrd, el editor del libro en Dinamarca, fue herido en Oslo por disparos de pistola.
Rushdie abjuró de su libro y declaró ser un musulmán practicante. En 1998, el gobierno moderado iraní prometió al gobierno inglés que no impulsaría el cumplimiento de la fatwa; pero en 2003 el lider radical Alí Jamenei confirmó que la sentencia está vigente y nada ni nadie puede cambiarla.
Títuo: Oriente, OccidenteAutor: Salman Rushdie
"Oriente, Occidente" es un título fundamental en la trayectoria de Salman Rushdie y pieza clave para interpretar y comprender en toda su dimensión el resto de su obra.
Y es así por cuanto a lo largo de nueve relatos el autor despliega magistralmente los principales temas y elementos de su universo literario, en particular el encuentro y el desencuentro entre dos culturas radicalmente opuestas pero indisolublemente mestizadas y mezcladas por las vaivenes de la historia.
Desde un prestamista que consigue un pelo de la barba del profeta y se convierte al fundamentalismo hasta una familia india en el Londres de los sesenta agobiada por los contrastes socioculturales, pasando por una farsa de Hamlet y un par de "espías" que se comunican mediante la jerga de Star Trek, los relatos tocan los más diversos temas cohesionados por dos hilos secretos: la escurridiza relación entre ficción y realidad y la tragicómica dualidad de pertenecer y no pertenecer a una cultura. Y todo ello contando con los inagotables recursos narrativos y la mordaz ironía de un autor fundamental de nuestro tiempo.
Autor: SALMAN RUSHDIE Título: HIJOS DE LA MEDIANOCHE
Esta es la historia de Saleem Sinai, nacido en Bombay al filo de la medianoche del 15 de agosto de 1947, en el momento mismo en que la India, entre fuegos artificiales y multitudes, alcanza su independencia.
El destino de Saleem queda inexorablemente unido al de su pais, y sus peripecias personales reflejaran siempre la evolución política de la India o serán reflejadas por ella.
Es la historia de un hombre dotado de facultades insólitas pero también la de una generación y la de una familia, lo que la convierte en un retrato completo de toda una época y una cultura.
Ganadora del prestigioso premio Booker of Bookers, Hijos de la medianoche constituye una asombrosa novela que combina magistralmente magia y humor, compromiso politico fantasía y humanidad.
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6.6.04
YIHAD. "Loretta Napoleoni"
Autor: Loretta Napoleoni, economista y periodista experta en terrorismo internacional.Titulo: YIHAD. Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía.
Descripcion: "... La religión no es más que un instrumento de reclutamiento, la fuerza motora real es la economía.
" Yihad, es el primer libro sobre la nueva economía del terrorismo islámico actual.
Su autora, una especialista en terrorismo, economía y mundo árabe, ofrece una perspectiva inédita: el terrorismo islámico, afirma Napoleoni, no es religioso en realidad, sino económico.
A lo largo de estos últimos 50 años, el dominio económico y político de Occidente ha obstaculizado la expansión de una economía emergente y de una fuerza financiera existente en el mundo musulmán.
Esta fuerza ha establecido alianzas con grupos armados islamistas y con líderes religiosos pertenecientes a la línea más dura, dentro de una campaña que persigue librar a los países musulmanes de la influencia occidental, así como de los dirigentes oligárquicos orientales.
Como en las cruzadas, la religión no es más que un mero instrumento para el reclutamiento de efectivos; la verdadera fuerza impulsora es la economía. El núcleo de Yihad gira en torno a la demostración de que, a lo largo de este último medio siglo, los miembros de las organizaciones armadas han sido perseguidos en sus países de origen por parte de las mismas fuerzas políticas que les han animado a servir, fuera de su territorio, a los intereses económicos de Occidente y de sus aliados, dualidad que ha proporcionado a las organizaciones del terror la oportunidad de organizar su propia economía.
Este fenómenos es definido por la autora como la Nueva Economía del Terror, una red internacional que relaciona los sistemas de apoyo y logísticos de los grupos armados. Abundante y rigurosamente documentado, Yihad es una lectura apasionante que ofrece muchas claves para comprende la violenta realidad contemporánea.
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5.6.04
No ceder ante la barbarie

Horda de musulmanes enardecidos atacó e incendió el edificio de las embajadas de Dinamarca, Suecia y Chile en Siria
Desde que algunas hordas fanáticas irrumpieron en las retinas del televisor quemando banderas de Dinamarca, la situación generada por la publicación de unas caricaturas de Mahoma en un pequeño periódico danés hace varios meses ha escalado considerablemente. Como queriendo intimidar a Occidente entero, gobiernos de cuantiosos países musulmanes se han lanzado a un feroz ataque contra la libertad de expresión en el propio Occidente. Si cedemos, estamos perdidos.
Parece que el mundo se empeña en darle la razón a Hungtinton, o así lo pareciera si nos quedáramos con el estridente titular de la polémica. Van los daneses y hacen lo que ha hecho Europa desde que descubrió la carta de derechos fundamentales: ejercer su libre opinión y llevarla hasta los límites que su sistema legal le permite, un sistema legal que garantiza y protege esas mismas libertades.
Además, y siguiendo una nutrida tradición de sátira religiosa, dan en el cogote a una de las grandes religiones monoteístas, quizá la menos acostumbrada a las querencias de la libertad. Y a partir de aquí, las hordas se levantan en grito, los actos de vandalismo callejero se convierten en una foto recurrente, desde el Mediterráneo hasta el Pacífico, y en los rincones del miedo, empiezan a proferirse amenazas de muerte. Como pasó con Salman Rushdie, condenado a muerte por ejercer libremente su profesión, y como pasó con Teo Van Gogh, asesinado por ello, otra vez nos damos de bruces con una lectura totalitaria del islam, no sólo incapaz de respetar los mecanismos de la libertad, sino abiertamente enemigo de su práctica.
A partir de aquí, algunos se mean en el ombligo y empiezan a arrodillarse para pedir perdón, no se sabe si por convicción o por miedo. En el top ten de las vergüenzas, el cese fulminante del director de France Soir por haber publicado las caricaturas de Mahoma, el penoso comunicado francés de Exteriores o la patética comprensión pública con el islam de Reporteros sin Fronteras, como si aceptando los planteamientos integristas se ayudara al islam... Por suerte, también existe el otro lado de la noticia, especialmente la resistente postura danesa, la solidaridad de muchos periódicos europeos e incluso la sorprendente publicación jordana que ha mostrado los dibujos. Veremos como acaba todo.
Acabe como acabe, no puede acabar de ninguna manera recortando la libertad de expresión. Y no hago tal afirmación porque no crea firmemente en la necesidad de prohibir. La democracia y sus leyes se basan en saber prohibir lo necesario. Lo afirmo porque no es el sistema legal establecido el que pone en cuestión las caricaturas, sino la presión de una ideología totalitaria que intenta imponer, a través de la coacción, la amenaza y el miedo, sus reglas de juego.
Si recortamos nuestras libertades por culpa del miedo, el miedo, y no la civilización, marcará sus límites, y entonces empezaremos a ser derrotados. Personalmente no me gustan las caricaturas, pero eso importa poco. Lo que importa es que nadie, por miedo y por autocensura, deje de hacer aquello que legalmente le es permitido. Ese es el reto que nos lanzan desde las calles enfurecidas.
No es un reto religioso. Es un reto a la libertad y, como tal, es inadmisible.
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Pilar Rahola
3.6.04
La enfermedad del Islam
La tradición y su complejidad
Entre las noticias del Afganistán de los talibán que llegaban a los medios de información de Occidente —la más significativa de las cuales en el plano sociocultural fue, como se recordará, la destrucción de los budas gigantes de Bamiyán en marzo de 2001—, hubo una que no podía menos que llamar poderosamente la atención: se prohibía a los niños afganos volar cometas.
El hombre culto medio (no el arabista ni el experto en historia de las religiones, tal vez) de Europa o de América se preguntaba qué clase de principios religiosos obligaba a reprimir una actividad tan ligada al mundo de la infancia, es decir, cómo podía tan inocente ocupación atentar contra la doctrina del Islam. La respuesta a tal interrogante —y a otros más trascendentales de orden histórico y político— puede ser ahora leída en un libro llamado a ser una de las referencias críticas a mi juicio más valiosas acerca de los problemas relacionados con el sentido actual del Islam y su papel en el mundo contemporáneo.
Me refiero al ensayo La enfermedad del Islam, debido al poeta y ensayista tunecino Abdelwahab Meddeb (1946), director de la prestigiosa revista internacional Dédale y profesor universitario en Francia. La prohibición aludida en el Afganistán de los talibanes, y otras más graves, obedecen a lo que Meddeb llama la "reislamización" sufrida por el Islam en fechas recientes, una de cuyas consecuencias es "la transformación del cuerpo social respecto a su relación con el placer y la capacidad de disfrutar. La sociedad islámica ha pasado de una tradición hedonista, basada en el amor por la vida, a una realidad pudibunda, plagada de odio a la sensualidad".
Esa imagen de una religión triste, represiva, oscurantista, resentida, que hoy se asocia de manera casi inevitable al Islam no es sino uno de las mutaciones o versiones que experimenta en el momento presente una tradición extraordinariamente rica y compleja y que apenas tiene nada que ver con sus manifestaciones actuales más visibles. El libro de Meddeb trata de explicar las causas de esa poco sutil metamorfosis y acercarse a sus raíces históricas. Más allá de esas explicaciones y de todos los argumentos que el autor maneja para hacernos ver la realidad problemática del Islam actual, yo diría que el punto esencial sobre el que giran las reflexiones de este libro (excelentemente traducido, digamos de paso) no es otro que la transformación sufrida hoy por unos valores religiosos en buena parte traicionados por gente ignorante de su propia civilización.
El libro se divide en cuatro apartados más un apéndice dedicado a los acontecimientos ocurridos recientemente en Irak.
El primer apartado, "El Islam desconsolado", es tal vez uno de los más interesantes, pues sienta la base de la reflexión y, al mismo tiempo, señala ya la fundamentación "comparatista" del pensamiento de Meddeb: "Si el fanatismo fue la enfermedad del catolicismo, y el nazismo la enfermedad de Alemania, no hay duda de que el integrismo es la enfermedad del Islam", leemos en una de las primeras páginas del libro. A lo largo de éstas, el empeño de Meddeb es hacer ver que en esa enfermedad hay tanto causas internas como externas. Algunas de las causas internas han quedado ya apuntadas.
Las externas pueden tal vez sintetizarse en una sola: el confinamiento del Islam al "estatuto del excluido" que practica Occidente. Pero una interpretación de estos problemas debe empezar por un repaso de la historia misma del Islam, y es lo que hace el autor, subrayando la presencia, en el pasado de los musulmanes, tanto de una "gran aventura científica" iniciada en Bagdad en el siglo IX (y que duró hasta el XVI), cuanto de importantes figuras literarias como el sirio Abu Tammam (806-845), comparable a Mallarmé, o el árabo-persa Abu Nuwás (762-c. 813), que hace pensar en Baudelaire; no hablemos ya de la técnica, las artes, la filosofía: de Avicena y Averroes a Surawardi e Ibn Arabí, es tal la pujanza de la cultura islámica que puede decirse que, hasta el siglo XVII, Europa y el Islam tenían una producción parejamente valiosa. En Averroes se encuentra incluso una defensa de la mujer (por influjo de Aristóteles) que contrasta vivamente con la situación actual de la mujer en varios países musulmanes.
Pero en esa historia hay también personalidades y obras que contradicen el fondo afirmativo de la vida, el placer y el avance cultural y científico característico del Islam de los siglos XI, XII y XIII. Se refiere Meddeb a figuras como la de, entre otros, el teólogo sirio Ibn Taymiya (m. 1328), o la de Mohamed Ibn al-Wahab (1703-1792), fundador del wahabismo, o, más recientemente, Hasan al-Banna (1906-1949), para los cuales los castigos corporales, el combate contra el infiel (yihad), el antioccidentalismo, etcétera, ofrecen la otra cara de aquel espíritu afirmativo.
Ellos formularon los "discursos elementales", agresivos, dogmáticos, que —digámoslo con las expresivas palabras de Meddeb— hoy "escuchan y acogen los ávidos oídos de unos semiletrados minados por el resentimiento". Son los integristas. Frente a la gran tradición espiritual islámica, frente al legado extraordinario que dejaron Averroes y los sufíes, esos "discursos elementales" y sus traducciones actuales en el orden político, social y cultural han adquirido un primer plano. El caso es que los integristas no sólo han formulado preceptos hoy adoptados por el Islam oficial sino que también transmiten a Occidente una lamentable imagen de la cultura y la entera realidad musulmanas. Pero Occidente, recuérdese, tiene en esa situación su parte de responsabilidad.
El integrismo, en suma, es una caricatura —una "sublimación"— del Islam, una penosa simplificación. Simplificadora es también, evidentemente, la "americanización del mundo", a la que tanto se parece en su visión esquemática de las cosas y de la cual es, en más de un sentido, una consecuencia política, habida cuenta del comportamiento de los EE.UU. en los países musulmanes y su actitud ante el conflicto árabe-israelí. No niega Meddeb que la "enfermedad del Islam" ha existido a lo largo de su historia y que existe hoy; pero subraya que esa enfermedad no es el Islam, es decir, que no pueden ni deben ser confundidos.
Está claro que, en la solución del difícil conflicto en que se halla hoy sumido el Islam, además de la necesidad de la afirmación del pluralismo y la tolerancia por parte de los propios musulmanes, es preciso que Occidente cambie de actitud ante una realidad religiosa y cultural que tiene y seguirá teniendo una importancia extraordinaria en la situación política contemporánea.
Se hace evidente, en efecto, que, como subrayaba hace poco la ensayista marroquí Fatima Mernissi, el Islam debe perder el "miedo a la modernidad", es decir, impugnar desde su seno mismo la idea según la cual no hay compatibilidad entre Islam y democracia (Meddeb subraya que, de hecho, la historia misma del Islam desmiente el dogma de la consustancialidad de lo religioso y lo político). Pero se hace no menos evidente que Occidente debe desterrar la islamofobia que caracteriza de manera consciente o inconsciente muchas de sus actitudes. Meddeb cita el caso de Goethe, autor del hermoso Diván occidental-oriental, y también al Aragon de Le fou d'Elsa, basado en el tema árabe de la "locura de amor", que tantas versiones ha tenido en la literatura y las artes occidentales.
En las "crónicas de guerra" que cierran el libro desea ofrecer Meddeb un remate fundado en la más viva actualidad: la invasión de Irak. Pero se trata de una herida por la que aún mana mucha sangre. Por lúcidos que sean, como lo son, los análisis del autor, toda conclusión es aquí excesivamente provisional. -
Por Andrés Sánchez Robayna
Abdelwahab Meddeb, La enfermedad del Islam,
Traducción de M. Cordón Vergara y M. Embarek López,
Galaxia Gutenberg,
Barcelona, 2003
Entre las noticias del Afganistán de los talibán que llegaban a los medios de información de Occidente —la más significativa de las cuales en el plano sociocultural fue, como se recordará, la destrucción de los budas gigantes de Bamiyán en marzo de 2001—, hubo una que no podía menos que llamar poderosamente la atención: se prohibía a los niños afganos volar cometas.
El hombre culto medio (no el arabista ni el experto en historia de las religiones, tal vez) de Europa o de América se preguntaba qué clase de principios religiosos obligaba a reprimir una actividad tan ligada al mundo de la infancia, es decir, cómo podía tan inocente ocupación atentar contra la doctrina del Islam. La respuesta a tal interrogante —y a otros más trascendentales de orden histórico y político— puede ser ahora leída en un libro llamado a ser una de las referencias críticas a mi juicio más valiosas acerca de los problemas relacionados con el sentido actual del Islam y su papel en el mundo contemporáneo.
Me refiero al ensayo La enfermedad del Islam, debido al poeta y ensayista tunecino Abdelwahab Meddeb (1946), director de la prestigiosa revista internacional Dédale y profesor universitario en Francia. La prohibición aludida en el Afganistán de los talibanes, y otras más graves, obedecen a lo que Meddeb llama la "reislamización" sufrida por el Islam en fechas recientes, una de cuyas consecuencias es "la transformación del cuerpo social respecto a su relación con el placer y la capacidad de disfrutar. La sociedad islámica ha pasado de una tradición hedonista, basada en el amor por la vida, a una realidad pudibunda, plagada de odio a la sensualidad".
Esa imagen de una religión triste, represiva, oscurantista, resentida, que hoy se asocia de manera casi inevitable al Islam no es sino uno de las mutaciones o versiones que experimenta en el momento presente una tradición extraordinariamente rica y compleja y que apenas tiene nada que ver con sus manifestaciones actuales más visibles. El libro de Meddeb trata de explicar las causas de esa poco sutil metamorfosis y acercarse a sus raíces históricas. Más allá de esas explicaciones y de todos los argumentos que el autor maneja para hacernos ver la realidad problemática del Islam actual, yo diría que el punto esencial sobre el que giran las reflexiones de este libro (excelentemente traducido, digamos de paso) no es otro que la transformación sufrida hoy por unos valores religiosos en buena parte traicionados por gente ignorante de su propia civilización.
El libro se divide en cuatro apartados más un apéndice dedicado a los acontecimientos ocurridos recientemente en Irak.
El primer apartado, "El Islam desconsolado", es tal vez uno de los más interesantes, pues sienta la base de la reflexión y, al mismo tiempo, señala ya la fundamentación "comparatista" del pensamiento de Meddeb: "Si el fanatismo fue la enfermedad del catolicismo, y el nazismo la enfermedad de Alemania, no hay duda de que el integrismo es la enfermedad del Islam", leemos en una de las primeras páginas del libro. A lo largo de éstas, el empeño de Meddeb es hacer ver que en esa enfermedad hay tanto causas internas como externas. Algunas de las causas internas han quedado ya apuntadas.
Las externas pueden tal vez sintetizarse en una sola: el confinamiento del Islam al "estatuto del excluido" que practica Occidente. Pero una interpretación de estos problemas debe empezar por un repaso de la historia misma del Islam, y es lo que hace el autor, subrayando la presencia, en el pasado de los musulmanes, tanto de una "gran aventura científica" iniciada en Bagdad en el siglo IX (y que duró hasta el XVI), cuanto de importantes figuras literarias como el sirio Abu Tammam (806-845), comparable a Mallarmé, o el árabo-persa Abu Nuwás (762-c. 813), que hace pensar en Baudelaire; no hablemos ya de la técnica, las artes, la filosofía: de Avicena y Averroes a Surawardi e Ibn Arabí, es tal la pujanza de la cultura islámica que puede decirse que, hasta el siglo XVII, Europa y el Islam tenían una producción parejamente valiosa. En Averroes se encuentra incluso una defensa de la mujer (por influjo de Aristóteles) que contrasta vivamente con la situación actual de la mujer en varios países musulmanes.
Pero en esa historia hay también personalidades y obras que contradicen el fondo afirmativo de la vida, el placer y el avance cultural y científico característico del Islam de los siglos XI, XII y XIII. Se refiere Meddeb a figuras como la de, entre otros, el teólogo sirio Ibn Taymiya (m. 1328), o la de Mohamed Ibn al-Wahab (1703-1792), fundador del wahabismo, o, más recientemente, Hasan al-Banna (1906-1949), para los cuales los castigos corporales, el combate contra el infiel (yihad), el antioccidentalismo, etcétera, ofrecen la otra cara de aquel espíritu afirmativo.
Ellos formularon los "discursos elementales", agresivos, dogmáticos, que —digámoslo con las expresivas palabras de Meddeb— hoy "escuchan y acogen los ávidos oídos de unos semiletrados minados por el resentimiento". Son los integristas. Frente a la gran tradición espiritual islámica, frente al legado extraordinario que dejaron Averroes y los sufíes, esos "discursos elementales" y sus traducciones actuales en el orden político, social y cultural han adquirido un primer plano. El caso es que los integristas no sólo han formulado preceptos hoy adoptados por el Islam oficial sino que también transmiten a Occidente una lamentable imagen de la cultura y la entera realidad musulmanas. Pero Occidente, recuérdese, tiene en esa situación su parte de responsabilidad.
El integrismo, en suma, es una caricatura —una "sublimación"— del Islam, una penosa simplificación. Simplificadora es también, evidentemente, la "americanización del mundo", a la que tanto se parece en su visión esquemática de las cosas y de la cual es, en más de un sentido, una consecuencia política, habida cuenta del comportamiento de los EE.UU. en los países musulmanes y su actitud ante el conflicto árabe-israelí. No niega Meddeb que la "enfermedad del Islam" ha existido a lo largo de su historia y que existe hoy; pero subraya que esa enfermedad no es el Islam, es decir, que no pueden ni deben ser confundidos.
Está claro que, en la solución del difícil conflicto en que se halla hoy sumido el Islam, además de la necesidad de la afirmación del pluralismo y la tolerancia por parte de los propios musulmanes, es preciso que Occidente cambie de actitud ante una realidad religiosa y cultural que tiene y seguirá teniendo una importancia extraordinaria en la situación política contemporánea.
Se hace evidente, en efecto, que, como subrayaba hace poco la ensayista marroquí Fatima Mernissi, el Islam debe perder el "miedo a la modernidad", es decir, impugnar desde su seno mismo la idea según la cual no hay compatibilidad entre Islam y democracia (Meddeb subraya que, de hecho, la historia misma del Islam desmiente el dogma de la consustancialidad de lo religioso y lo político). Pero se hace no menos evidente que Occidente debe desterrar la islamofobia que caracteriza de manera consciente o inconsciente muchas de sus actitudes. Meddeb cita el caso de Goethe, autor del hermoso Diván occidental-oriental, y también al Aragon de Le fou d'Elsa, basado en el tema árabe de la "locura de amor", que tantas versiones ha tenido en la literatura y las artes occidentales.
En las "crónicas de guerra" que cierran el libro desea ofrecer Meddeb un remate fundado en la más viva actualidad: la invasión de Irak. Pero se trata de una herida por la que aún mana mucha sangre. Por lúcidos que sean, como lo son, los análisis del autor, toda conclusión es aquí excesivamente provisional. -
Por Andrés Sánchez Robayna
Abdelwahab Meddeb, La enfermedad del Islam,
Traducción de M. Cordón Vergara y M. Embarek López,
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Barcelona, 2003
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Europa está en decadencia

«Europa está en decadencia y sólo los norteamericanos defienden su ideario»
En «El reloj de la Historia. Homo sapiens, Grecia Antigua y Mundo Moderno» (Ariel) el profesor Rodríguez Adrados se ha propuesto «hacer una nueva teoría de la historia, teniendo en cuenta la igualdad y la desigualdad de las culturas, un doble proceso de apertura y creatividad seguido de reacciones y cerrazones.
Esta obra expone las líneas centrales de la Historia del hombre, de su viaje de África a Grecia, luego a Europa y más tarde al resto del mundo. Estudia el origen de las grandes culturas, bien diferenciadas por el autor y muestra como la griega significó un salto, un nuevo nivel que, a través de influjos culturales y de controversias varias, llega hasta hoy.
Habla de la Antigüedad, del mundo griego, del romano, del cristianismo, de la Edad Media, de la Ilustración, de la democracia y de las revoluciones del Mundo Moderno, siempre desde la perspectiva de la cultura grecolatina. La historia del hombre obedece a constantes saltos. Recreo una teoría de la historia después de Spengler y Toynbee».
Para el autor, nuestra cultura tiene una raigambre absolutamente griega, pues «los griegos inventaron el individuo, la igualdad, la originalidad, y chocaron con el mundo egipcio, el persa... Los griegos fueron triturados, fue un pueblo que militarmente fracasó, pero asimiló a sus vencedores, los romanos, que los odiaban y admiraban y que fueron los transmisores de su cultura; como luego ocurrió con los romanos y con sus vencedores, los bárbaros... y así, hasta ahora».
En este libro, Rodríguez Adrados presta una gran atención al cristianismo, que «nace como una herejía judía que fracasa en Judea. Fueron los judíos exiliados en el mundo helénico los que continuaron con la antorcha. Porque estaba en el ambiente que los dioses de las antiguas religiones habían muerto, así que circulaban con éxito las religiones que proponían la salvación del hombre y que eran de origen egipcio, de origen iranio, los agnósticos... Y los cristianos, que eran unos más, al fin se llevaron el gato al agua, porque hacían falta y la gente lo quería... Traían una esperanza para el hombre que estaba desesperado. Además, el poder los necesitaba y ellos necesitaban al poder, por eso Constantino convirtió al cristianismo en religión oficial.
En fin, los cristianos odiaban a los griegos antiguos, a los dioses paganos, al erotismo y al desnudo, pero se agarraron a Platón y a sus seguidores, por eso hay una línea que se sigue hasta el Papa Ratzinger».
Por su parte, el Islam «tiene unas raíces próximas al cristianismo; también era una religión de salvación, ofrecía una nueva vida, quería dirigirlo todo: la sociedad, la política, como los cristianos, aunque los cristianos invadieron el Imperio Romano desde dentro, y estos los hicieron desde fuera y con la espada.
El cristianismo fue penetrado por la ilustración griega, por el sentimiento de libertad e igualdad y por su creatividad. En cambio, el mundo musulmán no se dejó penetrar jamás por los griegos. Ése es su demérito... o su mérito.
La cultura griega pudo influir al mundo musulmán por los siglos IX y X con califas ilustrados de Bagdad como Harun al-Rasid, al-Mamum, que tradujeron a los griegos y que no le exigían oro a los bizantinos cuando les ganaban una batalla, sino manuscritos griegos: medicina, historia...»
Pero, ¿qué pasó? «Se los cargaron los selúcidas turcos, los almorávides, los almohades, los benimerines... El gran resurgimiento cultural islámico de influencia griega fue trucidado en Oriente y aquí, en Al-Andalus, donde todos hablan de Averroes, cuando la verdad es que lo residenciaron en Córdoba para que no molestara. Hubo una reacción puritana horrorosa.
Ha habido dos momentos en que Occidente ha influido al mundo musulmán: siglos IX y X, Bagdad, El Cairo, Córdoba. Y luego, en el siglo XIX».
La penetración islámica en Europa a través de los asentamientos de inmigrantes a los que no se integra en la cultura democrática y liberal occidental preocupa a Rodríguez Adrados: «Yo he leído a algunos teóricos que dicen que Europa será el producto de una asimilación de culturas... pero de fe musulmana.
El problema es que el mundo cultural europeo, que se ha expandido desde el siglo XVI, ahora choca con una teoría que consiste en lo siguiente: Primero, asimilemos su tecnología, la medicina, etc....
Segundo, aprovechemos su debilitación cultural y el todo vale...
Europa está en estadio de decadencia y los únicos que defienden su ideario de libertad son los norteamericanos, que tienen muchas cosas que no nos gustan, pero que son los continuadores de nuestra cultura grecolatina», concluye.
Por: Tulio Demicheli
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30.5.04
La República islámica de Francia.
Cuando el periodista del Chicago Sun Times Mark Steyn escribió: "es más fácil ser optimista con respecto al futuro de Pakistán o Irak que respecto a Holanda o Dinamarca", recibió el pertinente alud de críticas por su incorrección de pensamiento.Sin embargo ponía el dedo en la llaga de lo que después seria el riguroso estudio de la historiadora Bat Ye 'or, titulado “Eurabia. El eje Euro-Árabe”, dónde se ponía al descubierto la política europea de "apaciguamiento " con respecto a la cuestión islámica, política que la misma Europa había perpetrado, décadas anteriores, con la cuestión nazi.
Si Chamberlain fue a visitar al Fürher con el propósito de pactar aquello tan bonito de "yo no me meto en tus cosas, y tú no me atacas a mí", la Europa que se enfrenta al reto del integrismo islámico hace exactamente el mismo: mostrar la debilidad de sus valores morales y, al mismo tiempo, fortalecer los valores que nos atacan. Están perfectamente documentados los múltiples acuerdos entre la Unión Europea y la Liga Árabe con el propósito de garantizar que los inmigrantes musulmanes de Europa no estén obligados a adaptarse a las costumbres occidentales, y durante décadas hemos alimentado, subvencionado y mimado toda clase de organizaciones y ong´s varias cuya finalidad era mantener "la identidad musulmana" por encima de cualquier otra identidad. El paternalismo de la izquierda europea, en este sentido, ha sido fundamental y, desgraciadamente, muy activo.
Durante décadas Europa ha ido creando “Londostans” en los suburbios de sus ciudades, y en ellos, convertidos en Estados dentro el Estado, lentamente ha dejado de ejercer su soberanía. Imanes integristas, agitadores sociales y gurús intelectuales que justificaban, por la vía de la multiculturalidad, la imposición islámica, han ido convirtiéndose en los verdaderos propietarios de barrios y calles. Así, han catalizado, por la vía integrista, el lógico malestar de los sectores discriminados.
Lejos de combatir esta dinámica perversa, la mala conciencia europea, o tal vez la falta total de conciencia, lo han permitido y lo han potenciado. Posteriormente, cuando ha descubierto que los asesinos de Londres habían nacido en Inglaterra o que Mohammed Bouyeri, el asesino de Theo van Gogh, era holandés de pleno derecho, ha puesto la misma cara que Chamberlain cuando los nazis bombardearon Londres: la del idiota que no entiende nada.
Todo lo que empezó en el barrio parisiense de Clichy-sous- Bois y se ha extendido a toda Francia tiene que ver con la cuestión islámica. Obviamente hablamos de marginación social, pero no es la marginación la que está quemando coches y violentando a los ciudadanos. Hablamos de exclusión social, pero los primeros perpetradores de exclusión son los que llevan décadas predicando contra Occidente desde las propias mezquitas que Occidente les ha construido.
Y podríamos hablar de emigración, pero sorprendentemente (o no) se trata específicamente de los hijos y nietos de la emigración musulmana. La cuestión, por tanto, tiene múltiples facetas, pero una de ellas es clave: ¿qué ocurre con el reto que el Islam nos ha lanzado a través de los millones de personas de esta religión que viven en Europa? Con toda la convicción y preocupación, soy de las que creen que Francia estornuda porque Europa tiene la gripe.
Durante años hemos potenciado la bonita idea de la multiculturalidad, concepto que solamente ha servido como coartada para que los que hablaban en favor del Islam consolidaran la visión más paranoica de dicha cultura. Lejos de democratizar el Islam, hemos permitido que las ideas totalitarias impregnaran territorios enteros del Estado de Derecho. Es decir, en lugar de potenciar los Bourgiba y los Attaturk del Islam democrático, hemos tendido la mano a los ayatolás y a los mulás, creyendo que esto era cultura.
Les hemos permitido aquello que no permitiríamos a ninguna otra ideología. ¿El último ejemplo? La decisión holandesa de aceptar la publicación del libro El camino del musulmán, amparándose en la libertad de expresión. Entre otras maravillas, el libro pide que los homosexuales sean arrojados desde edificios altos. ¡Y esto en el país donde han asesinado, en nombre del Islam, a un cineasta! Estamos realmente locos.
Francia arde. Ciertamente tiene problemas estructurales, entre otros el elevado paro que llega, en su caso, al 16%. Pero ahora no se enfrenta a un renovado Mayo del 68. Probablemente se enfrenta a la primera revuelta musulmana de las muchas que se sucederán en el futuro europeo. Y no porque hayamos sido tolerantes con una religión, lo cual es una obligación democrática, sino porque hemos sido tolerantes con una ideología totalitaria.
Hemos mimado los Tariq Ramadán, hemos obviado a las escuelas del odio que hervían en algunas mezquitas de nuestros propios barrios, hemos abandonado a las mujeres a su suerte de opresión y esclavitud, y todo lo hemos hecho en nombre de la diversidad y el buenismo. Tarde o temprano teníamos que empezar a pagar tanta irresponsabilidad acumulada. Por tanto, ¿de qué nos sorprendemos?
PILAR RAHOLA
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Pilar Rahola
29.5.04
Bin Laden, el terrorismo de los ricos
Estuve contra la guerra de Irak, me alegro de la caída del PP y Bush no es mi político preferido. Hechas las oportunas presentaciones, que bien conocen mis lectores asiduos, el resto del análisis que planteo no se acerca para nada al pensamiento políticamente correcto que reina casi de forma única.
Especialmente si se plantea desde las voces más comprometidas de la izquierda. Hablo de Madrid, ciertamente. Hablo después de haber hecho mía la canción de Sabina -"Yo me bajo en Atocha."- i respirar el dolor profundo con que la muerte araña las paredes del alma. Pero no hablo desde el dolor, porque son tiempos para tener el corazón caliente pero el cerebro frío, y lo que digamos sobre lo que nos está ocurriendo, no puede ser poesía del duelo (por mucho que amemos a la poesía y estemos de duelo), ni pancarta de la indignación.
Tenemos que reflexionar desde la prosa de los datos y desde la más absoluta madurez democrática. Con esta voluntad, pues, expreso mi desmentido a algunos de los lugares comunes que estos días intentan explicar el atentado de Al-Qaeda.
Primero, se está instalando la idea de que el terrorismo islámico es la rebelión de los pobres contra el abuso del mundo rico. De alguna forma, pues, se trataría de una especie de consecuencia de nuestras muchas culpas. Muchos se han expresado así estos días. Y, sin embargo, la realidad es bien distinta.
El reto contra la democracia y contra la modernidad que ha iniciado desde hace años el integrismo islámico -estos días se cumple el 12 aniversario del atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires, que destruyó el edificio, el geriátrico, el convento y la iglesia, y que mató a 29 personas-, no tiene nada que ver con la pobreza. ¿Les parece que se están rebelando los pueblos del África destruida? ¿Conocen terrorismo islámico en Burkina Fasso?
Estamos ante un fenómeno ideológico totalitario alimentado económicamente por elites inmensamente ricas, profusamente fanáticas y ferozmente antioccidentales.
Ni Bin Laden es una hermanita de los pobres, ni los países cómplices con el terrorismo islámico se cuentan entre los más marginales, ni nada de lo que está ocurriendo tiene que ver con el deseo de un mundo mejor. Pongamos, pues, las cosas en su sitio: las bombas integristas están pensadas para destruir la libertad, no para repartirla. Para conducir el mundo hacia la antimodernidad, no para hacerlo más democrático. Para mantener la gente en el odio y el fanatismo, y no para emanciparla.
No es una rebelión, es una cruzada ideológica totalitaria, como lo fueron en su momento el nazismo y el estalinismo, de base nihilista (como todos los totalitarismos), y amparada en la enorme riqueza de las elites y los Estados que las financian.
Segundo. Existe la culpa árabe. Lo digo porqué en el necesario ejercicio de autocrítica que nos hacemos, y en la práctica de nuestro deporte nacional, el antiamericanismo, nunca tenemos tiempo de hablar de esta notable culpa.
Uno de los hechos más insultantes que he oído ha sido, por ejemplo, el apoyo explícito del rey de Marruecos contra el terrorismo. No dudo de sus buenas intenciones. Pero, cuando un dirigente árabe es uno de los hombres más ricos del mundo, mantiene a su población en una pobreza infame, permite las mafias asesinas de la inmigración ilegal, sustenta parte de su economía social en esta miseria y no hace nada para construir un sistema democrático, habrá que responderle con el título del libro de Raymond Carver: ¿de qué habla cuando dice que habla de luchar contra el terrorismo?
Y, si vamos más allá, ¿de qué ha servido, durante 50 años, el petróleo? ¿Ha servido para crear sociedades cultas, libres y democráticas? ¿Ha servido para modernizar y reequilibrar socialmente la zona?
En manos de dictadores fanáticos y monarquías fascistas, solo ha servido para consolidar los planteamientos más retrógrados, privar a los ciudadanos de estructures sociales justas, esclavizar hasta el delirio a sus mujeres y practicar una política medieval con tecnología de última generación.
La antimodernidad con móvil vía satélite. ¿Y las madrazas coránicas, donde durante años se educan a los niños en contra de los valores de la libertad? ¿Cuántos militantes radicales saldrán de las más de 5.000 madrazas coránicas que existen, por ejemplo, en el Pakistán? ¿Qué sociedad de futuro se está construyendo en la educación integrista fanática de las escuelas del Sudán? ¿Qué paga el petrodólar? ¿Paga a favor de la ilustración, a favor de la democracia, a favor de una cultura de la paz? ¿Utiliza el Islam para crear ciudadanos libres? O lo usa perversamente para destruirlos?
Y aún más, ¿qué decimos de la implicación de algunos países de la zona en la financiación del terrorismo? Probados los cheques de Saddam a favor de los suicidas palestinos. Probada la implicación de la embajada de Irán en el atentado de Amia, en Buenos Aires, donde murieron 85 personas, y probado su apoyo logístico y financiero al grupo terrorista Hamás.
Probadas las implicaciones de Siria en el terrorismo de Hezbollah en Tierra Santa. Y, ¿de dónde eran los organizadores del 11-S, sino fundamentalmente de Arabia Saudita? ¿No tiene el wahabismo reinante nada que ver con la financiación del terrorismo? ¿Hablamos de los miles de muertos en la cruzada islámica del Sudán? ¿Qué quiero decir, con todo ello?
Que estamos ante una globalización del terrorismo islámico, porqué estomas ante decenas de países del mundo islámico que, lejos de crear sociedades de la libertad, mantienen y esclavizan a sus ciudadanos en el más puro de los fanatismos, sobretodo porqué la mejor garantía para continuar tiranizándoles, es creando odios, intolerancias y profundas ignorancias.
La primera arma de destrucción masiva del Islam tiene que ver con la falta de libertad, con la cultura fascista de sus dirigentes, con el uso perverso de Dios y con la negación de crear una sociedad de la tolerancia.
Y repito lo que he escrito a menudo: las primera víctimas del integrismo islámico son los ciudadanos de religión musulmana. Como el primer enemigo de la causa palestina es la ideología nihilista que enseña a los niños a amar la muerte.
Esta semana consiguieron detener a un niño de diez años con una bomba: esto no sale en los telediarios. El integrismo es el enemigo del Islam. Pero, por el camino de la autodestrucción, mata y nos mata.
Tercero, el chantaje terrorista. Creo que la guerra fue un disparate, porqué es evidente que no se combate así al terrorismo. Y ello añadiendo, sin dudarlo, que el mundo está mejor sin el régimen de Saddam.
Pero también es cierto que este reto totalitario viene de lejos. La fatua de Bin Laden es del 96. El atentado del 11-S se empezó a preparar en el 92, en plenos acuerdos de Oslo. ¿De cuando fue la condena a muerte a Salman Rushdie?
Y si hablamos del gran libertador de Persia, el ayatollah Khomeini, que por cierto visitaban en su exilio de París muchos ilustres de la izquierda europea? Las señales hace muchos años que nos llegan. Pero nosotros hemos estado haciendo la siesta, hemos reducido todos los problemas del mundo al odio antiamericano, hemos perdonado la vida a todos los dictadores árabes, hemos minimizado al terrorismo palestino (alimentándolo con nuestro paternalismo), y hemos llegado a creer que, si nos portábamos bien, no nos llegaría. Como si nuestra vida dependiera de lo contentito que dejáramos a Bin Laden. No hemos entendido nada.
Y no estoy seguro que, después de Madrid, finalmente lo entendamos. Decía en Miami, cuatro horas antes del atentado, en una conferencia sobre el tema: "¿Qué nos hace falta en Europa para entender lo que ocurre? ¿Un atentado en París, en Londres, en Madrid?" Haber sido profética me causa profundo dolor y profunda ira.
Finalmente, la vergüenza de la solidaridad selectiva. No todos los muertos nos duelen, ni todos los asesinos nos lo parecen. La misma ideología nihilista que mata en Moscú, en el centro de Buenos Aires, en el tren de Madrid y en la discoteca de Bali, mata en un autobús de Jerusalén.
También forma parte de nuestra culpa no llorar a esos muertos y minimizar a sus asesinos. El terrorismo integrista no es amigo de ninguna causa, sino el vampiro de todas ellas. Se alimenta de ellas, las seca y las destruye. Porqué es una ideología de muerte. Madrid nos dice todo esto. ¿Sabremos escucharle?
Por Pilar Rahola
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28.5.04
La democracia herida. (Pilar Rahola)
LA DEMOCRACIA HERIDA.
« Soy una disidente del Islam ». Con estas palabras Ayaan Hirsi Ali, la diputada somalí que vive bajo el jugo de una condena a muerte fundamentalista, por su lucha a favor de los derechos humanos, encabeza su último grito a Occidente. Compañera del cineasta asesinado Theo Van Gogh, con quien trabajó codo a codo para denunciar la opresión de la mujer en el Islam, su vida está sometida a la presión de una amenaza que la condena por ser mujer, por ser musulmana y por ser libre.
Empiezo esta reflexión citando a Ayaan Hirsi Ali porqué su lucha y su tragedia, pero también su soledad, son un fino termómetro de la enfermedad que hoy recorre nuestro cuerpo social. Metáfora de la resistencia en tiempos oscuros, disidente en periodo de pensamiento único, y sobretodo testimonio, Ayaan sostiene dos luchas paralelas: contra el totalitarismo de base islámica, y contra la cultura del “apaciguamiento”, en pleno síndrome Chamberlain, que recorre Europa.
De sus palabras extraigo, como inicio de mi conferencia, esta reflexión que hizo en el acto de entrega del premio a la Tolerancia de la Comunidad de Madrid: "Cuando asesinaron a Theo, algunas personas en Holanda reaccionaron diciendo que si no hubiera insultado al Islam no hubiera sido asesinado.
Ello pone en evidencia el estado de confusión en el que se encuentran los relativistas de la moral”. Relativismo moral, o, lo que es lo mismo, una enorme confusión de valores que hace pendular a Europa, entre el paternalismo acrítico, el miedo servil y la dejación de responsabilidades.
Muchos son los síntomas de alarma y algunos se concentran, no en la amenaza visible del terrorismo o en su no menos aterradora ideología, sino en la incapacidad de nuestros agentes sociales por mantener sólidos los principios de la libertad.
Hoy, en el mundo libre, hay miedo, pero como este es un estado de ánimo que no nos podemos reconocer, camuflamos el miedo en alianza de civilizaciones, en paternalismo tercermundista, en cultura de la tolerancia o, directamente, en aceptación del chantaje. Algunas de las derivadas más lamentables del conflicto de las caricaturas danesas de Mahoma, resumirían a la perfección lo que estoy denunciando.
Vayamos por partes. El corolario fundacional de Med Bridge, la organización que tiene la amabilidad de acogernos en estas interesantes conferencias, es muy claro. Quisiera recordarlo por su valor simbolico. Dicen los fundadores de Med Bridge Strategic Center: “Europa no es ella misma si no es fiel a sus valores, y debe asumir las responsabilidades legadas por su historia.” Hablan de Oriente Medio, de un futuro europeo ligado a la paz en la región, del papel que debemos asumir.
Pero, en su declaración de intenciones, están hablando del futuro global de nuestra sociedad y nuestra libertad. Ciertamente, Europa no es ella misma si no es fiel a sus valores. Pero como la historia reciente de Europa está repleta de profundas traiciones a esos valores y a sí misma, habrá que activar todos los mecanismos de alerta.
Hoy vivimos un nuevo periodo de amenaza totalitaria, heredero natural de los grandes totalitarismos que destruyeron el siglo XX, y aunque son distintas las circunstancias y la propia naturaleza del fenómeno, los retos que plantea son parecidos.
El integrismo fundamentalista no es una religión, pero usa perversamente la mística religiosa.
No es una cultura, pero bebe de las fuentes de una cultura global. No es una causa nacional, pero utiliza todas aquellas causas nacionales que pueblan el planeta islámico.
Además, es ferozmente antimoderno, pero usa sin complejos la tecnología más avanzada. Como dije en su momento, a raíz del terrible atentado del 11-M en Madrid, “nos matan con móviles vía satélite conectados con la Edad Media”. Y aunque su coartada es religiosa, resulta ser, como todo totalitarismo, amante de la muerte.
Extraña contradicción: ¡la defensa del nihilismo en nombre de Dios!. Más allá de causas coyunturales, con sus motivos y sus derechos, existe una ideología supranacional que ha declarado la guerra a la Modernidad. Es decir, a los principios democráticos que la rigen. En cierto sentido, condenando a muerte a los Salman Rushdie de nuestros tiempos, el integrismo islámico está intentando degollar al propio Voltaire.
Es una ideología totalitaria, pero usa las miserias y las grandezas de nuestras democracias para combatirnos, y ahí empieza el enorme reto que tenemos planteado. “Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”, aseguró no hace demasiado tiempo el jeque Omar Bin Bakri, y no lo hizo desde una madraza coránica en Karachi o en el Sudán.
Lo hizo desde su condición de ciudadano británico, perfectamente asentado en los privilegios que le otorgaba dicha ciudadanía.
Ante este doble reto, ideológico y violento, que ya ha matado a miles de personas y ha fanatizado a millones, cabe preguntarse como conseguiremos mantener los principios democráticos y, a la vez, combatir con toda la dureza al terrorismo. Difícil equilibrio cuyos límites son imprecisos y probablemente flexibles. ¿Estamos haciendo lo correcto? Más aún, ¿estamos haciendo lo necesario? O, como ocurrió ante el nazismo y también ante el estalinismo, ¿sacamos a pasear nuestro paraguas de apaciguamiento, vamos a saludar al totalitario de turno, y dormimos la siesta de los justos? Lo dije al inicio de este texto, y a ello me remito: me temo que el fantasma de Chamberlain ha vuelto de paseo.
Empezaré por lo más fácil, aunque resulta bastante complejo: el terreno de la seguridad. Sin duda la democracia no puede traicionar sus principios fundamentales, sin traicionarse a si misma, pero puede activar todos sus mecanismos legales para luchar, desde la legalidad, contra una amenaza violenta. En este sentido, creo que es necesario revisar las leyes, los códigos penales y toda la red legal que nos ampara, para descubrir qué resquicios, qué fisuras utiliza el terrorismo para colarse. No todo puede ampararse en el paraguas de la libertad individual, religiosa o asociativa, y el ejemplo más claro lo dio Francia expulsando a imanes integristas, o el propio Tony Blair alentando una ley que persigue la apología del integrismo en las mezquitas.
A diferencia de estos dos países, el ministro español de interior dio evidentes muestras de no entender nada cuando aseguró, en pleno debate de la ley Blair, que “en España hay libertad de culto”. La hay, y la democracia ampara ese derecho fundamental. Sin embargo, ¿qué tiene que ver la religión, con la llegada masiva de imanes wahabies, profusamente pagados por Arabia Saudí, que inundan las mezquitas europeas de discursos antioccidentales y antidemocráticos, en un planificado proceso de colonización ideológica?; ¿qué tiene que ver la trascendencia espiritual de cada religión, con los ulemas que alientan el ritual del martirio y enseñan a amar a Dios odiando a los demás?; y, ¿qué tiene que ver la religión con el desprecio a las mujeres, su segregación y su esclavitud?
Una mezquita donde se reza a Alá, es un lugar de culto. Una mezquita donde, en nombre de Dios, se alaba a la muerte, es una fábrica de intolerancia, fundamentalismo y, en su última consecuencia, terrorismo.
Por lo mismo, un imán es un ser espiritual. Pero un imán que usa su privilegiada condición espiritual para alentar la violencia, es un delincuente. Si la democracia quiere mantener los principios de la libertad, no puede caer en el liberalismo amoral, sino que tiene que tomar partido en contra de los enemigos de dicha libertad.
Porqué un ciudadano musulmán de nuestros países, es una pieza fundamental de la condición multicultural de una sociedad libre. Pero un fanático integrista es, claramente, un enemigo. Las sociedades democráticas tienen que tener claro un principio fundamental de la democracia: que, a pesar de nuestra entrañable cultura de mayo del 68, el verbo prohibir es una garantía. O adecuamos nuestras libertades a los límites que las garantizan, o, como dice el imán Bakri, las pueden utilizar para destruirnos.
¿Qué propongo? Aquello que parece evidente y que, en poca o mucha medida, empieza a hacerse en Europa: la consideración de terroristas para los ideólogos del terror y, en consecuencia, su persecución legal. Es tan importante, para garantizar la seguridad democrática, cazar las células suicidas, como desmontar las redes intelectuales y culturales del integrismo.
Redes que a menudo se alimentan de nuestras ayudas sociales, se transmutan en ong´s solidarias, se organizan en asociaciones culturales y religiosas e incluso consiguen ser los interlocutores de nuestros propios gobiernos. ¿Hemos investigado, mínimamente, las ong´s islámicas que pueblan nuestras redes internáuticas? ¿Conocemos sus discursos antioccidentales y furibundamente antisemitas? Resulta evidente que la lucha contra el terrorismo no puede ni debe producirse destruyendo las libertades individuales.
Pero resulta evidente, también, que nuestros sistemas legales contienen márgenes de actuación que aún no hemos explotado seriamente. Y no me refiero a actuaciones vergonzantes que recorten, innecesariamente, las libertades individuales.
Pero, entre un Guántamo, y el liberalismo más extremo, hay un campo de actuación amplio, sensato y racional. Ese campo, en muchos países europeos, aún está inexplorado.
Policialmente hemos empezado a hacer los deberes. Políticamente, socialmente e intelectualmente, estamos lejos de asumir de forma prioritaria nuestra responsabilidad. Al contrario. Hoy por hoy, muchas de las políticas, de las declaraciones, de las corrientes de opinión, son, de forma inconsciente o consciente, activos aliados de la locura integrista. La famosa y mítica frase de Martin Luther King, “lo que me preocupa no es la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos”, está más vigente que nunca.
¿Cuáles son los agujeros negros de nuestra actuación colectiva? La primera irresponsabilidad, en la defensa de las libertades democráticas, se produce en el ámbito de la actuación política, cuyo doble rasero en función de los interlocutores, ha sido letal. El ejemplo de Oriente Medio es, en este sentido, paradigmático.
Durante años Europa ha criminalizado a Israel, la única democracia que existía en la zona, ha alimentado un discurso paternalista y heroico de Arafat y, con él, de todos los movimientos palestinos, incluyendo los terroristas, ha impedido el control democrático de las ayudas occidentales, ha minimizado la ingerencia de diversas dictaduras árabes en el conflicto –todas contrarias a la paz-, y, por el camino de defender intereses espurios, ha ayudado, consolidado y mimado a las diversas teocracias, ricas, fanáticas y dictatoriales, que dominan la zona.
Durante décadas hemos abandonado a los ciudadanos musulmanes a la suerte de los regimenes despóticos que los han empobrecido y fanatizado, y que no solo no los han preparado para la democracia, sino que los han vacunado contra ella. Décadas de integrismo islámico oficial, estructurado, convertido en pensamiento único, y perfectamente oficializado con su silla en la ONU y sus nobles alianzas occidentales, han sido el caldo de cultivo de una ideología mortífera.
¿Es comprensible que cincuenta años de petróleo no hayan generado ni un solo premio Nobel? Más aún, ¿es comprensible que la tragedia de millones de mujeres sometidas a códigos penales esclavistas, no hayan preocupado a ni un solo ministro de exteriores europeo? Y ¿qué decir de la ONU, auténtico blanqueador de dictaduras infames que no solo la han secuestrado en sus decisiones, sino que la han utilizado para legitimizar aquello que resulta ilegítimo?
Mientras la ideología totalitaria del fundamentalismo islámico iba creciendo en los barrios periféricos de El Cairo, en los suburbios de Karachi o en las barriadas lujosas de Riad, el mundo occidental enviaba estos tres mensajes letales: un dictador islámico es un interlocutor (no así un dictador fascista); la opresión de la mujer no preocupa a nadie; e Israel es el principal culpable de todos los males.
El ámbito político no solo no ha estado a la altura del derecho internacional, sino que ha minimizado al terrorismo, ha dado cobertura al despotismo fanático y no ha considerado un problema que 1.300 millones de musulmanes vivieran sin democracia en el mundo. Es decir, sin educación para la democracia.
Muchos serían los ejemplos que podría presentar, pero hay uno de emblemático. La cobertura política, como referente épico, intocable e incuestionable, de un líder violento, corrupto y dictatorial que llevó a los palestinos, durante décadas, por los caminos estériles de la guerra. Arafat fue el nuevo Che Guevara de la Europa post-mayo 68, y por el camino de convertirlo en mártir, se admitió todo. Incluso hacer una lectura maniquea del conflicto árabe-israelí, criminalizar a Israel en todas sus decisiones, y abandonarla a su suerte. Hamás es, en parte, el resultado de nuestras miserias.
Y podríamos añadir la vergüenza de querer juzgar a Sharon, pero no investigar ni un solo crimen cometido por las dictaduras de Medio Oriente, el abandono de la tragedia de Darfur a su propia suerte, o las muchas genuflexiones que han hecho algunos políticos europeos ante el conflicto de las caricaturas de Mahoma.
Por ejemplo, el papel de Chirac, y ello a pesar de la enorme dignidad del periodismo francés durante el conflicto. O el triste papel de Zapatero, firmando un artículo casi de petición de perdón al Islam. La última vergüenza, la protagonizada por otro español, Javier Solana, cuando, en un viaje a Arabia Saudí, mientras se quemaban embajadas, se proferían amenazas de muerte y se llenaba la calle de la abigarrada estética del fanatismo, pidió que la islamofobia fuera equiparada, como delito, con el antisemitismo.
El maestro Solana consiguió, con ello, dar la imagen perfecta del europeo chamberliano: en un país que destruye todos los derechos fundamentales, no dijo nada de la libertad, banalizó el antisemitismo como si fuera una versión cualquiera de racismo -con lo cual, banalizó la Shoá-, y confundió la libertad de expresión de unos dibujantes daneses, con la islamofobia.
Es decir, aceptó la presión violenta de los grupos fundamentalistas islámicos, como si fuera la manera natural de debatir los conflictos. Aceptó, por tanto, el chantaje.
Lo peor es que con este tipo de actitudes, y bajo el pretendido paraguas de un bonito titular, la alianza de civilizaciones, estamos dejando huérfanos de representación a los musulmanes democráticos. Ciertamente, alianza de civilizaciones, pero ¿con quien?, ¿Con el islamo-nazi Ajmadinejad, o con la diputada Ayaan Hirsi?; ¿con los imanes que soliviantan las calles, o con la oposición democrática marroquí? ¿Con Tariq Ramadan, o con Salman Rushdie?
Si en el ámbito político, no parece que estemos a la altura, el ámbito intelectual carece de algunos de los principios que tendrían que regir su responsabilidad histórica. En este sentido, el papel de los intelectuales como vanguardia del pensamiento, ha sido, en muchos casos, deplorable. Auténticos artífices de la creación de un pensamiento antiisraelí, han proyectado una imagen paternalista de los activos terroristas islámicos, han confundido causas legítimas con ideologías perversas y han relativizado el impacto que todo ello podía comportar. Es decir, no han estado, globalmente, y salvo las notables excepciones que conocemos, a la altura de las circunstancias.
Es cierto que se han alzado las voces de los Glucksmann y los Alain Filkenkraut, pero también lo es que las Universidades, los pensadores políticamente correctos y los foros de opinión han preferido escuchar a los Saramagos. Unos Saramagos que lloraban con el ojo izquierdo cada víctima Palestina en manos israelíes, pero nunca lloraron los más de cien mil muertos del integrismo en Argelia, el millón muertos de la locura fundamentalista sudanesa, los centenares de muertos palestinos en manos árabes, o los miles de libaneses cristianos asesinados por palestinos. Por supuesto, por no llorar, nunca lloraron ni una sola víctima israelí, ni globalmente judía. Miremos el último y terrible caso de Ilan Halimi y el hecho, denunciado por Primo-Europe, en su carta al ministro Nicolas Sarkosy.
Reproduzco un parágrafo:
« Ilan Halimi avait 23 ans. Il a été kidnappé, torturé, puis tué. Cet assassinat avait été précédé de plusieurs tentatives d’enlèvement. 80% des victimes du gang des barbares (sans guillemets) appartiennent à la communauté juive, qui représente 1% de la population française.Les chiffres ne laissent place à aucune ambiguïté, à aucun déni. »
Sin embargo, ¿hemos contemplado una alarma intelectual por el creciente antisemitismo que sufren nuestras sociedades? ¿Qué hubiera ocurrido si las víctimas lo fueran por su condición de musulmanas? Determinada intelectualidad practica una indecente solidaridad selectiva.Esa solidaridad selectiva, en función de quien muere y de quien mata, es la metáfora de la traición intelectual. Una traición que ha comportado el abandono de la causa femenina, el abandono de la lucha contra la judeofobia y, lo que es aún peor, el abandono de la defensa global de la libertad. Entre el dogmatismo antimoderno de los herederos del estalinismo, y el relativismo moral de los gurús del pensamiento débil, el mundo intelectual no ha sido capaz de crear una conciencia colectiva ante el reto que nos amenaza.
¿Qué pueden hacer las democracias frente a la locura terrorista?, se pregunta este Congreso ¿Cómo mantenemos nuestras libertades y, a la vez, protegemos la seguridad? Estas serían mis propuestas básicas de actuación:
1.- Revisar los códigos penales y civiles, para adecuarlos a la nueva amenaza que estamos padeciendo. Ello implica la persecución legal de toda la red ideológica y social del fundamentalismo islámico, incluyendo imanes que promueven la violencia, ong´s que la exaltan y todo tipo de propaganda que aliente la destrucción de los valores democráticos. El fundamentalismo islámico es una forma de fascismo. Tiene que ser tratado como lo que es, una ideología totalitaria que ha declarado abiertamente la guerra a la Carta de derechos fundamentales.
Perseguir policialmente a los autores de los actos terroristas, y no perseguir a los ideólogos asentados en nuestras sociedades y que gozan de todos los instrumentos democráticos para su cruzada, es un error que estamos pagando. En este sentido, cualquier paternalismo hacia el fundamentalismo, con la sana intención de proteger la multiculturalidad, es una auténtica irresponsabilidad. La democracia tiene que garantizar la pluralidad de culturas de nuestras sociedades. Con la misma intensidad, tiene que combatir a aquellos que usan esas culturas como coartada para imponer una ideología totalitaria.
2.- Considerar la lucha contra el antisemitismo como una prioridad política, intelectual y, por supuesto, policial. ¿Por qué el antisemitismo como prioridad, y no el racismo o la islamofobia o cualquier expresión de xenofobia? Porqué el antisemitismo es, de todas las formas de intolerancia, la que más ha matado en la historia, la que ha conformado una auténtica escuela de odio, y la única que ha sido capaz de crear una industria de exterminio. Podríamos decir que el antisemitismo es la escuela primera de la intolerancia y que el hecho de que hoy, en el mundo, vuelva a ser un fenómeno en claro apogeo, es un indicador de la gravedad de la situación. Un termómetro que avisa de la fiebre que padecemos. 1.300 millones de ciudadanos están siendo educados, de forma sistemática, en el odio a un pueblo cuya dimensión no llega a los 13 millones de personas.
En un estudio sobre el antisemitismo islámico titulado “Viaje al infierno”, que tuve el honor de preparar para el Centro Simon Wiesenthal de París, lo expresé en estos términos: “el antisemitismo islámico ha conseguido aunar todas los lugares comunes de la judeofobia, desde los religiosos, hasta los sociales o políticos, y así se encuentran en alegre compañía desde los mitos infantiles del antisemitismo medieval cristiano, pasando por los político-sociales de la Orjana rusa en sus “Protocolos”, hasta los modernos del antisionismo (entendido como combate contra el “imperialismo) o los propios mitos coránicos.” Son tan populares las Suras dedicadas a los judíos, como leídos son el “Mein Kampf” o los propios Protocolos, y ello desde Siria hasta Malasia, desde Sudán hasta Palestina.
No solo no existe una revisión de los prejuicios históricos, sino que personajes de siniestro pasado como el antiguo gran mufti de Jerusalén, Haj Amin Al Husseini, amigo personal de Ribbentrop, Rosenberg y Himmler, responsable del escuadrón “Hanjar” que provocó la matanza del 90% de los judíos bosnios y responsable, también, de haber presionado a Adolf Eichman para que no pactara, con el gobierno Británico, el intercambio de prisioneros de guerra alemanes por 5.000 niños judíos que debían ser embarcados hacia Tierra Santa, y que viajaron a Polonia, son considerados héroes épicos. Como dice el estudioso del fenómeno Patricio Brodsky, “el antijudaísmo en el mundo árabe alcanza el rango de sentido común”, “ocupa un lugar central en el pensamiento hegemónico dominante –único- en la totalidad de los países árabes, y, por la vía de la iteración de los prejuicios construida como política de Estado, va creando lentamente el consenso de que “los judíos no son parte de la humanidad”.
De ahí resulta fácil la educación masiva en el estigma, el prejuicio y el odio a los judíos. En la mayoría de los casos, ese odio va de la mano del odio a los occidentales. Al fin y al cabo, ¿no es el judío el paradigma de los valores occidentales? Y así hemos contemplado, sin elevar ni una sola resolución de condena, como la televisión pública egipcia emitía, en pleno Ramadán, una serie basada en los Protocolos y el mito del complot judío internacional, como se enseña a odiar a los judíos en los libros de texto palestinos que pagamos con dinero europeo o más cerca aún, como en siete países europeos, se acaba de estrenar la producción más cara de la historia del cine turco, “El Valle de los Lobos-Iraq”.
Esta película, que puede verse en 68 cines en Alemania, relata hechos como el asesinato masivo de niños y mujeres iraquíes para enviar sus órganos a Israel, en linda conexión con el mito cristiano medieval de los judíos bebedores de sangre de niños cristianos. Protagonizada por el famoso actor turco Necati Sasmaz, relata la lucha heroica del agente turco Polat Alerndar contra Sam Marshall, un comandante de las fuerzas especiales norteamericanas que actúa como virrey de la zona. Marshall es un sádico que no tiene reparos en asesinar, deportar y torturar a civiles con tal de imponer la hegemonía de Estados Unidos. Uno de los compinches de Marshall es un médico judío - una especie de doctor Mengele- que trabaja en la cárcel de Abu Ghraib y le ruega al villano que no le envíe a los prisioneros moribundos porque los necesita vivos para quitarles los órganos.
Este libelo merecedor de un espacio de honor en la biblioteca de Goebbels, no solo es un éxito en Turquia, sino que lo es ¡en la Alemania turca! Y no parece que pase nada... Combatir, pues, el antisemitismo tiene que ser una prioridad en nuestras sociedades, porqué es la puerta de entrada del desprecio a todos los valores que nos representan. Aprendiendo a odiar a los judíos, se aprende a odiar.
3.- En la misma jerarquía de prioridades, es fundamental fortalecer nuestro compromiso democrático con los derechos de la mujer, porqué la esclavitud de la mujer es la piedra angular del discurso fundamentalista. Si, aprendiendo a odiar a los judíos, los niños musulmanes aprenden a odiar los principios de la tolerancia, aprendiendo a despreciar a la mujer, son educados en el desprecio a la igualdad .
Cuando la propia madre, la propia hija, la propia esposa no está en un plano de igualdad y respeto, sino que puede ser sometida, despreciada y segregada, la sociedad se fundamenta en una honda miseria moral.
El marido dominante puede ser, a su vez, el siervo dominado, y así hasta llegar a la pérdida absoluta de identidad. Sostengo, con convicción, que la misoginia islámica es la base de la cultura del martirio.
El problema no es menor cuando encontramos, en nuestros propios barrios periféricos, un aumento alarmante del machismo más violento. No es una casualidad y va parejo al aumento del integrismo. Sin embargo, también aquí estamos fracasando, y permitimos, con la excusa de respetar el Islam, un auténtico retroceso de los derechos de las mujeres.
¿Qué decir, además, de la bondad con que toleramos que existan en el mundo decenas de países cuyos códigos penales convierten a las mujeres en esclavas? ¿Toleraríamos una nueva Sudáfrica racista? Y sin embargo toleramos alegremente las Arabias, las Qatar, las Iran sexistas.
No es un tema baladí, sino un auténtico tour de force entre el Islam y la democracia, de ahí la importancia de prohibiciones como el del velo en las escuelas francesas. Francia ha hecho algunos pasos, pero la mayoría de países estamos permitiendo, tolerando y hasta “comprendiendo” la segregación de nuestras mujeres musulmanas.
4.- En la misma línea de recuperación de valores, también es fundamental que nuestra prensa y nuestra intelectualidad dejen de criminalizar al estado de Israel, porqué por ese camino lo único que consiguen es enviar mensajes equívocos al mundo islámico, legitimar los discursos de las tiranías judeofobas de la zona, y abandonar los caminos de la paz. No se está más cerca de la paz minimizando el terrorismo palestino. Ni se está más cerca de la causa palestina. Solo se está más cerca de la demagogia integrista.
5.- Y sí, sería necesario presionar con más seriedad los países que tiranizan a sus ciudadanos y los educan en el fanatismo. El principal enemigo del Islam es la falta de libertad. Y, por ende, es nuestro principal enemigo. Entiendo que la geopolítica no asume valores, sino intereses. Pero Europa, ¿no ha sido demasiado comprensiva con la implicación de Siria e Irán en la logística terrorista? ¿No es demasiado indiferente con la locura sudanesa?
Ni la ONU está a la altura del momento, demasiado entretenida en demonizar a Israel como para preocuparse por unas cuántas dictaduras árabes, que secuestran su asamblea general, ni lo están la mayoría de nuestros propios países. Aún no hemos entendido que Irán no es un país exótico, con ideas feudales y un poco de extremismo. Irán, como otros países de la zona, es una gran fábrica de odio antioccidental, antidemocrático y antisemita. Es la Alemania nazi del siglo XXI, pasado por el tamiz del discurso islámico.
6.- Finalmente, ¿podemos recortar derechos individuales, en materia de vigilancia, detención, control, para garantizar la seguridad? Este debate, en la mayoría de los países, está siendo planteado en términos falaces. De hecho, la democracia revisa permanentemente sus leyes para adecuarse a los retos que la sociedad plantea, y los códigos penales se recortan o reformulan en función de cada momento. ¿O no hemos recortado derechos en la lucha contra el maltrato, por poner el ejemplo más abrupto? Si hoy tenemos una amenaza que viaja en metro o en tren, o vuela en aviones conducidos por máquinas de matar humanas, ¿cómo no vamos a recortar algunos derechos individuales? ¿Cómo no vamos a aumentar los controles y la presión policial? No estamos destruyendo la democracia, estamos apuntalando sus grietas. De hecho, la estamos defendiendo. Lo difícil es saber medir los límites.
"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”, aseguró Albert Camus hace ya algunas décadas. Y ahí tenemos el miedo de algunos dirigentes europeos por unos simples dibujos de Mahoma. Lejos de combatir a los fanáticos, decidimos coartar la libertad. ¿Quién va a dibujar, ahora, a Mahoma?
Ahí tenemos a Solana hablando de islamofobia en la Arabia donde se destruyen todos los derechos fundamentales.
Ahí tenemos a la bonita Rusia tomando el te con Hamas.
Ahí tenemos a Kofi Annan más preocupado por la democracia israelí que por decenas de tiranías.
Ahí tenemos nuestras miserias al sol, y de esas miserias se alimenta la hidra totalitaria. Camus y la conciencia.
De ello se trata. De recuperar la conciencia de la razón frente al fanatismo, la tolerancia frente al odio, la cultura de la vida frente al culto a la muerte. Y de recuperar la conciencia de nuestra responsabilidad con la libertad. Nuevamente Camus y con el finalizo: “A pesar de las ilusiones racionalistas, e incluso marxistas, toda la historia del mundo es la historia de la libertad."
Pilar Rahola
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23.5.04
Al Qaida está aquí

Más bien se peca de contención expresiva al afirmar que Al Qaida es una presencia maligna, destructiva y opresora.
Europa tiene miedo y España ha quedado profundamente empapada con el dolor insostenible del 11 de marzo.
Europa tiene miedo y España ha quedado profundamente empapada con el dolor insostenible del 11 de marzo.
Ahora sería un error catastrófico pensar que Al Qaida deja de existir porque las elecciones generales han conllevado un cambio de gobierno en España, del mismo modo que se espera del nuevo gobierno que -sin descartar la hipótesis de una conexión entre ETA y Al Qaida - prosiga de la forma más eficaz la lucha contra las redes de una organización terrorista tan capaz de adaptarse al terreno, estar al acecho y proceder a mutaciones de comportamiento muy aceleradas.
Si ETA busca la destrucción de España, Al Qaida parece haber iniciado una ofensiva para libanizar Europa. Es un candor de alto riesgo ignorar que Bin Laden se propuso la reconquista de España mucho antes de la intervención aliada en Irak: para su regresión atroz al Califato, el totalitarismo islamista se alía con la alta tecnología, la espingarda cede el paso al terror de la era digital.
Anteriores a la intervención en Irak, las amenazas de Bin Laden a España se refieren al sueño dorado del Islam, el Al Andalus que concluyó tras la conquista de Granada. Dimana de la patología extrema del antioccidentalismo y de la revancha del terror contra un mundo que alguien como Bin Laden ve corrompido por la libertad.
Es en el mundo rarefacto y exaltado de las «madrasas» donde se propaga la teología del terror. La infraestructura de Al Qaida en España no es una realidad menor.
Tres meses antes del atentado contra las Torres Gemelas de Manhattan, la policía española detuvo en Alicante al algerino Bensakhira, a quien se consideraba el lugarteniente de Osama bin Laden en Europa.
En julio de aquel 2001 los pilotos-suicida que iban a demoler las torres de Manhattan se reunían en Tarragona. Mohamed Atta estuvo aquí. El sirio con pasaporte español Imad Eddin Barakat oficiaba como jefe de la célula española de Al Qaida .
Bin Laden dio la orden de ataque por el teléfono satelitar Ogara Network, desde entonces desconectado.
En España las detenciones después del 11-S fueron numerosas y se hizo patente que la organización terrorista de Bin Laden mantenía ramificaciones insospechadas y plenamente operativas. Así llegamos a la desolación y la furia del 11 de marzo, de la mano del totalitarismo teocrático.
Otro teléfono de la muerte habrá servido para sentenciar las vidas de doscientos ciudadanos en Madrid. Bin Laden maneja sus finanzas por internet, recluta nuevos terroristas, busca la adhesión de pilotos y personal de vuelo, puja en los mercados de armamento nuclear, químico y biológico. Al otro lado del estrecho de Gibraltar, Osama bin Laden ha otorgado franquicia al Grupo Islamista Combatiente Marroquí o a la Salafiya Djiihadija.
Atentaron en Casablanca hace casi un año y actualmente son una pista clave en la matanza del 11-M. Todos viven para la guerra santa y muchos estuvieron en la guerra de Afganistán, junto a Bin Laden. La mayoría de sospechosos identificados por las policías europeas procede del norte de Africa, aunque parece ser que su conexión efectiva con el fanatismo radical se produce por lo general después de llegar a Europa.
El totalitarismo islamista se fundamenta en la logística de un terrorismo sin fronteras. Constituye una flagrante declaración de guerra contra los valores y en definitiva contra la existencia de Occidente. Esa es una ofensiva a la que los Estados han de responder con la inteligencia y la fuerza pero -como dice André Glucksmann, imprescindible «mâitre à penser» en época de tanto amedrentamiento intelectual- lo esencial de la batalla está en las mentes de todos los ciudadanos: que expresen claramente que no se dejarán aterrorizar.
España, Europa, el mundo entero: Al Qaida ha atentado en los cuatro puntos cardinales. Al constatar hasta donde han podido llegar las cosas, hoy lo más acertado sería abreviar los prolegómenos para articular una globalización de la seguridad frente a organizaciones terroristas que como Al Qaida -según algunos expertos- tienen naturaleza de protoplasma flexible, amorfo, móvil, nómada, transnacional, global, desterritorializado, dinámico e imprevisible.
En unos días se reunieron en Bruselas los principales líderes políticos de la Unión Europea para hablar de terrorismo: vale más tarde que nunca. Es un signo positivo que la OTAN haya incrementado sus patrullas antiterroristas en aguas del Mediterráneo con un perímetro que incluye la España oriental, el sur de Francia y la Italia occidental, así como Túnez y Argelia.
Se prevé la adopción de una cláusula de «solidaridad» que obligue a los socios a asistir al país-miembro que sea objeto de un ataque terrorista aunque hasta hora la solidaridad ante el riesgo no ha sido el rasgo más específico de la Europa política. Está en no pocas mentes la idea de instituir un «pool» de servicios de inteligencia que opte a operar a escala europea. Son decisiones de urgencia, tan necesarias como un mensaje nítido de no ceder ante la extorsión sanguinaria de Al Qaida .
Si la Unión Europea entra en pánico ante la operatividad del «Komitern» islamista mostrada en el macroatentado de Madrid, habremos ingresado en una etapa de nuevas fronteras, de populismos xenófobos, de incertidumbre económica, de grandes recelos, de inanición política y de rendición moral.
Va a padecer el equilibrio entre libertad y seguridad. Sería la Europa-rehén, castigada por haber sido la Europa de la Ilustración y de las catedrales. Respecto a la posición anunciada por Rodríguez Zapatero, un editorial del semanario norteamericano «The New Republic» argumenta: «Al Qaida quiere que las tropas aliadas se vayan de Irak ; España no debe aparecer como que está haciendo lo que Al Qaida quiere.
Los Estados Unidos y Gran Bretaña deben cumplir con su parte para dar a Zapatero la cobertura política que necesita para hacerse atrás de su promesa electoral. Francia y Rusia deben hacer lo mismo. Han de trabajar con rapidez para elaborar con efectividad una resolución del Consejo de Seguridad que refuerza el «placet» de las Naciones Unidas a los esfuerzos de la coalición».
Estamos exactamente en esta fase y gobernar no es lo mismo que estar en la oposición. Lo sabe incluso Bin Laden y nosotros sabemos que Al Qaida está aquí
Fuente: ABCFecha: 24/03/2004
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