Seguidores

19.1.11

Suecia ya no es el oasis de tolerancia que fue en otros tiempos con los musulmanes

Este reportaje sobre Suecia lo publicó el Magazine de la Vanguardia el 16/01/2011.
Considero que el reportaje que facilita la revista Magazine sobre El país que defendía con orgullo sus políticas de asilo e inmigración, las más generosas de Europa, puede ser de gran interés para los lectores del Blog, y un aviso para los incrédulos, sobre todo es importante tener en cuenta el cambio de “buenismo” que tanto enorgullecía a sus cuidadnos con la inmigración, para dar un cambio tan radical en pocos años.
Suecia ya no es el oasis de tolerancia que fue en otros tiempos. En los últimos tres meses ha sufrido el primer atentado islamista, y hartos de una inmigración incapaz de integrarse en la sociedad, están optando por dar el voto a partidos anti-inmigración. Quizás sea demasiado tarde


Diversidad de la Universidad de Malmö

Suecia

La revisión de un modelo

Texto de Gemma Saura
Fotos de Xavier Cervera

Hay cosas en Suecia que sólo se dicen off the record. “La integración es un fiasco”, admitió a los diplomáticos estadounidenses un alto cargo del Ayuntamiento de Göteborg. Mientras en Alemania la canciller Merkel no tiene reparos en afirmar ante multitudes que la multiculturalidad ha fracasado, la frase es una de las revelaciones Wikileaks en un país que ha hecho un estandarte de sus políticas de asilo e inmigración –las más generosas de Europa– y siempre se ha visto a sí mismo como un oasis de civismo y tolerancia.

Hace ya algún tiempo que los suecos están descubriendo el espejismo. Sólo en lo últimos tres meses, han sufrido su primer atentado islamista –perpetrado por un refugiado iraquí–, un pistolero ha sembrado el terror entre los inmigrantes en Malmö y un partido xenófobo, Demócratas de Suecia, ha entrado en el Parlamento.

“Hemos dejado de ser una excepción en Europa y eso es una grandísima frustración para los buenos demócratas suecos, que siempre habían creído, aunque sin decirlo abiertamente porque resultaría grosero, en la superioridad moral de Suecia”, dice Anders Hellström, investigador en el Instituto de Migración y Diversidad de la Universidad de Malmö.

Con 90.000 de sus 300.000 habitantes nacidos en el extranjero y 176 nacionalidades distintas, Malmö, en el sur de Suecia, está en el epicentro de la sacudida. Sólo esta ciudad ha dado más permisos de residencia a refugiados iraquíes en el 2008 que Francia, España, Reino Unido, Alemania, Noruega y Dinamarca juntos.


Aquí está también Rosengård, lo más cercano a un gueto que existe en Suecia, hogar de 20.000 inmigrantes, la mayoría musulmanes, y con una tasa de paro superior al 50%.
En diciembre del 2008 fue escenario de enfrentamientos a pedradas entre jóvenes y la policía tras el desalojo de un sótano usado como mezquita cuyo permiso de alquiler no había sido renovado. Los disturbios se repitieron este verano cuando la selección israelí llegó a la ciudad para competir en la Copa Davis. En septiembre, la policía halló un subfusil en la habitación de un adolescente, que no fue detenido por ser menor.

Cuna de la socialdemocracia sueca, el Ayuntamiento de Malmö ha estado en manos de la izquierda de forma casi ininterrumpida desde la introducción del sufragio universal en 1919.
Pero su hegemonía retrocede. Como en tantas ciudades postindustriales en Europa, la extrema derecha ha hallado aquí un bastión. En las últimas elecciones, los Demócratas de Suecia obtuvieron un 10,1% de los votos, casi el doble de la media nacional (5,7%).

Es un signo, pero no el único, de que el buenismo sueco comienza a agrietarse. En el 2007, el alcalde se unió a los de Göteborg y Södertalje –son las tres ciudades con más extranjeros– para exigir al Gobierno que las municipalidades puedan restringir la entrada de inmigrantes. Los tres son socialdemócratas, el partido que ha abrazado el internacionalismo desde que Olof Palme lo elevó a valor nacional. Para más señas, el de Malmö, Ilmar Reepalu, es nacido en Estonia.
¿Qué está ocurriendo para que un alcalde, rojo e inmigrante, cuestione las políticas de inmigración?

La ultraderecha blande Rosengård como prueba de que la inmigración es un problema. “Hay mucha gente allí que no habla ni una palabra de sueco, gente que no tiene trabajo ni lo quiere porque vive de los subsidios. Gente que pretende vivir según las leyes islámicas –dice Magnus Olsson, líder de los Demócratas de Suecia en la ciudad–. Y luego está la violencia: un sueco no puede ni poner los pies en ese barrio”.

“Si pareces sueco, es decir, si pareces un racista, mejor no vengas por aquí porque te atracarán seguro”, reconocen Deniz y Amet, dos primos de origen turco de 15 y 13 años, vecinos de Rosengård. En su instituto, comentan entre risas, sólo hay un sueco “de verdad”. Porque ellos, aunque sus madres ya nacieron en este país, no se sienten suecos. “Tampoco turco. En el medio”, dice Deniz. Los dos adolescentes no se ponen de acuerdo sobre si la imagen de gueto peligroso es merecida.

–Se magnifica todo lo que ocurre. Porque a la policía no le gustamos –dice Amet.
–A mí tampoco me gustaría Rosengård si fuera policía
–replica Deniz.
–Sólo digo que las cosas pasan por algo. La policía nos insulta, nos llama “monos”, quiere cerrarnos las mezquitas.

mezquita de Malmö
A unos doscientos metros de esta conversación se levanta sobre la nieve la mezquita. “Es la más antigua de Escandinavia y la mayor de Suecia”, explica con orgullo su fundador, Bejzat Becirov, un albanés de Macedonia emigrado en 1962. Con dos minaretes, incluye una biblioteca y una escuela primaria, con 220 alumnos, donde “lo único que difiere de las escuelas convencionales son cuatro horas de islamología a la semana”, afirma la maestra Cecilia Hallström. Sueca y cristiana, por cierto.

También aquí saben que la multiculturalidad sueca tiene sus sombras. Desde su construcción en 1983, la mezquita ha sufrido unos 300 ataques: desde cristales rotos, grafitis o un cochinillo en la sala de oraciones, hasta el incendio del 2003, que dejó el edificio gravemente dañado y la escuela calcinada. La última agresión, más alarmante, fue la noche del 31 de diciembre del 2009, cuando alguien disparó a través de una ventana a un imán que escribía en el ordenador. La bala le rozó el cuello y quedó incrustada en un mueble.

Becirov no quiere dejarse vencer por la amargura. Sólo cuando mira el cristal agujereado se le escapa un reproche hacia la policía, que en todos estos años no ha detenido a nadie en relación con los ataques. La conjetura es que el hombre arrestado a principios de noviembre sospechoso de matar a una persona y herir a varias en una cadena de tiroteos contra inmigrantes es el mismo que disparó al imán. “Pero quién sabe”, suspira Becirov.

“Cuando llegué a Suecia en 1969 era un país totalmente distinto al que es hoy, y el cambio ha sido a mejor –recuerda Nimet Nesimi, también de origen albanés macedonio y cofundador de la mezquita–. Antes, la sociedad era mucho más cerrada, había una fobia al extranjero. Hoy, hasta el ministro de Integración vino a visitar esta mezquita nada más tomar posesión del cargo. Pero todavía hay gente que no nos quiere aquí”.

Antigua ciudad naviera que perdió uno de cada cuatro empleos con la crisis industrial, Malmö no empezó a salir del pozo hasta finales de los noventa. La reinvención vino de la mano de la universidad (abierta en 1998), el puente de Öresund que une Malmö con Copenhague –inaugurado en el 2000, hoy un 10% de la población trabaja en la capital danesa–, el ingreso sueco en la UE (1995) o el espectacular rascacielos de Calatrava, el Turning Torso (2005).

“El resultado ha sido una ciudad segregada –afirma Daniel Sandström, editor del principal diario regional, Sydsvenskan–. Porque en esta transición de un pasado industrial al posmodernismo consumista ha habido muchos ganadores, pero también perdedores. Y entre los perdedores, además de los inmigrantes con menos posibilidades, está la gente del pasado industrial, los que se han quedado atrás”.

Aquí es donde entra la ultraderecha. “En la era industrial, los socialdemócratas tenían una narrativa para las capas menos acomodadas, que consistía en prometer un futuro mejor a través de la modernización –dice Sandström–. Pero en la era posmoderna, los socialdemócratas ya sólo se dirigen a las clases medias consumistas. Han sido los Demócratas de Suecia quienes han encontrado una narrativa para los perdedores: culpar a los inmigrantes de las penurias, de los recortes en el Estado de bienestar”.

Es el mismo esquema que se ha repetido en Marsella o en Rotterdam. El mismo cóctel antiinmigración y antiislam, que con tanta fortuna está explotando la extrema derecha europea, ha calado fuerte en los viejos feudos de la izquierda. Los Demócratas de Suecia han obtenido sus mejores resultados en Almgården, un barrio de clase obrera colindante con Rosengård. Uno de cada tres ha votado por ellos. La hostilidad se siente en el aire.

Annika Franklin es pedagoga en la guardería de Almgården, agazapada entre los altos bloques de vivienda barata. “Trabajar aquí es muy duro. Los niños tienen situaciones muy complicadas en casa: familias desestructuradas, madres solteras jovencísimas, historiales de abusos y maltratos… Y este otoño ha sido el peor, nunca habíamos visto niños tan trastornados psicológicamente”.
Franklin se reúne a diario con los padres, que necesitan “tanta o más ayuda” que los pequeños. “A veces son madres solteras que trabajan, a veces simplemente es que no saben qué hacer con sus hijos. Tratan de dejarlos aquí el máximo tiempo posible. Están muy perdidos y necesitan un tipo de apoyo que la sociedad no puede darles. Y es un círculo vicioso, porque el niño desatendido de hoy será el padre adolescente de mañana”.

También debe luchar contra el racismo. “Nadie quiere decir en público que vota a la extrema derecha. Pero de repente oyes a un niño de tres años diciendo que los árabes lo destruyen todo, y sabes que sólo repite lo que ha oído en casa”, dice.

Torgny Anderberg, un pastor protestante, y Mujidine Shirinov, un imán de origen uzbeko, intentan tender puentes entre Almgården y Rosengård desde una parroquia situada justo en el límite entre los dos barrios. “A ambos lados de la carretera hay pobreza. Lo triste es que unos culpan a los del otro. ‘Nos quitan nuestras casas, nuestros trabajos, nuestros subsidios’, dicen. Necesitan un cabeza de turco. Y se olvidan de mirar arriba, donde están los verdaderos responsables –reflexiona el pastor–. ¡Falta concienciación! En lugar de luchar los unos contra los otros deberíamos unirnos contra los que ­mandan”.

El imán asiente: “A ambos lados hay actores que se benefician del odio y lo alimentan. Yo recuerdo a los fieles que la mejor forma de ser un buen musulmán es ser un buen vecino, un bueno compañero de trabajo, un buen padre. Contribuir en la sociedad. Para reclamar los derechos antes hay que cumplir las obligaciones”.

Uno de los proyectos que más les enorgullecen es Trappan (significa escaleras), que emplea a diez mujeres inmigrantes en un servicio de catering de comidas y un taller de ropa. Para muchas, pese a llevar hasta 20 años en Suecia, es su primer empleo.
La incorporación al mercado laboral es la gran asignatura pendiente. “Los inmigrantes no vienen para vivir de subsidios –señala Martin Ådahl, ex economista del Banco Central–. Pero actualmente el mercado les da muy pocas oportunidades, pasan años antes de que puedan acceder a un empleo. Y sin trabajo no hay integración”.

María Escalante, peruana de 52 años, lo sabe bien. Hoy tiene una reputada chocolatería en Malmö, pero el camino hasta aquí no ha sido fácil. Emigró a Suecia hace 30 años. Pese a tener un título universitario, nunca logró salir de la precariedad. Trabajó de profesora de español, de mujer de la limpieza, “siempre con sueldos ínfimos”. Hasta que decidió, hace 12 años, salir a buscar la oportunidad que la sociedad no le daba y montar su propio negocio. Pasaron meses antes de que consiguiera un contrato de alquiler o un crédito bancario. “Puedes tener nacionalidad sueca, pero igual eres extranjera –dice María, que asesora a mujeres inmigrantes–. Les digo: como extranjero todo te costará al menos cinco veces más que a un sueco, debes estar preparado para no cansarte”.

“Malmö ha pasado de 235.000 habitantes en 1995 a 300.000 hoy. Es muy difícil de absorber, tenemos problemas de empleo, de vivienda. Ya no somos capaces de ofrecer a los inmigrantes un buen punto de comienzo. No puede ser que sólo tres o cuatro ciudades soporten todo el peso de la inmigración. Otras localidades deben asumir también su responsabilidad”, dice Kent Andersson, vicealcalde y socialdemócrata.

A la luz de lo que se oye últimamente en Europa, estas palabras pueden no parecer gran cosa. Pero marcan un antes y un después en Suecia. Sin embargo, todavía hay un consenso en el establishment –incluidos los conservadores– en no dejarse absorber por el remolino que problematiza la inmigración.

“Cuando se experimenta un cambio tan intenso en tan poco tiempo vienen grandes problemas, no voy a negarlo. Pero también grandes oportunidades –dice Andersson–. Mientras muchas ciudades europeas se enfrentan a una crisis demográfica, en Malmö la mitad de los habitantes tiene menos de 36 años. Y sí, es cierto, no todo el mundo habla un sueco perfecto. Pero también es cierto que hay pocos idiomas en el mundo que alguien en Malmö no sepa hablar a la perfección. Y, desde luego, no queremos ser como Dinamarca”.

Si Suecia tiene una de las políticas de inmigración más generosas de Europa, los vecinos daneses posiblemente tienen la más restrictiva. En gran parte, debido a la influencia del xenófobo Partido Popular Danés (tercera fuerza, 14% del voto). Su líder, Pia Kjaersgaard, celebró el triunfo de los Demócratas de Suecia con una declaración que levantó ampollas al otro lado del estrecho: “Por fin Suecia es un país normal”.

“Estoy harto de que empresarios daneses me cuenten los problemas que tienen debido a la política de inmigración –señala Andersson–. Este año la Universidad de Copenhague ha perdido a dos reputados profesores extranjeros, que se han negado a llevar a su familia a un ambiente tan hostil”.

El endurecimiento en Dinamarca se ha dejado sentir en Malmö, que con la construcción del puente de Öresund se ha convertido prácticamente en un nuevo suburbio de Copenhague. Viven unos 9.000 daneses, la mayoría porque Suecia es más barata. Pero también hay un fenómeno paralelo, cada vez más significativo: daneses con parejas extranjeras que no tienen más remedio que emigrar al país vecino.

Es el caso de Thomas Christensen y Elina Zanina, recién casados. Elina es rusa, y la nueva ley de inmigración –reendurecida en noviembre– le exigía aprobar un examen de lengua, historia y cultura danesa… al cabo de sólo tres meses. Pero el factor determinante ha sido económico. Thomas tenía que aportar un depósito de 16.000 euros, inmovilizado en un banco durante siete años, como garantía de que puede mantener a ambos y que ella no va a ponerse a pedir ayudas.
“Me da vergüenza admitirlo, pero nunca me había sentado a leer las leyes de inmigración de mi país. Cuando tuve que hacerlo, no me lo podía creer. Sentí mucha vergüenza por Dinamarca. ¿Qué es esto? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”, se pregunta Thomas mientras hace las maletas. Y Elina dice: “Nos vamos a Suecia, allí no tienen miedo a los inmigrantes”.

NO SON FUEGOS ARTIFICIALES, ESTO ESTÁ SUCEDIENDO EN MALMÖ

Este vídeo de noticias de la televisión sueca muestra lo que está pasando. Durante los últimos días el caos en Rosengard es lo más parecido a una intifada en toda regla, con "jóvenes" lanzando bombas incendiarias y disparos de fuegos artificiales a la policía.



La islamización de Suecia




Abandonan Suecia ante el aumento de ataques antisemitas de musulmanes




.

3 comentarios :

  1. Las consecuencias de tener a gente indeseable como los musulmanes,que allá donde van lo joden todo y encabronan a la gente honrada.

    ResponderEliminar
  2. Anónimo19/1/11

    Los países nórdicos son en realidad muy cerrados a la gente de fuera, aparentemente se vanaglorian de ser muy abiertos y tolerantes pero es en el trato diario donde se muestran muy suyos e interaccionan poco con foráneos, en esto caso los indeseables musulmanes, pero en general se relacionan poco con gente que no sean ellos mismos. Un ejemplo de eso mismo lo observo en los ingleses que viven en las costas españolas, si bien no dan ningún problema, viven aislados en su comunidad y a veces ni siquiera saben una palabra en español.Ahí está la colonización de América hecha por los ingleses, donde dicho sea de paso sus excolonias EEUU y Canadá son las más ricas, cada quien que lo justifique como pueda, y las colonización de portugueses y españoles. Ese autoaislamiento me parece bien, es un sentimiento de grupo y opino que es una muestra de que están más unidos como sociedad. Me resultaría difícil entender que países con tan elevados niveles de bienestar como los nórdicos se autodestruyeran tan fácilmente. De momento los "blanditos" suecos están espabilando y es más que probable que acaben copiando a sus parientes daneses. En esto como en otros cosas los países del sur de Europa seguimos a años luz...

    ResponderEliminar
  3. Anónimo14/11/14

    Esta gente , los musulmanes están estropeando Europa, que se les eche a todos y que no los dejen entrar, están en contra de los valores por los que tanto luchamos los europeos y que son símbolo del gran progreso que lograron nuestros antepasados, después de una gran lucha :libertad, igualdad.

    Algo que ellos quieren destruir, son misóginos , odian a las mujeres ,las maltratan y las discriminan . Ven normal casarse y violar a niñas pequeñas, etc..

    ResponderEliminar

Los propietarios del Blog eluden toda la responsabilidad sobre los comentarios aquí expuestos, incurriendo exclusivamente al autor de los mismos.
Sugerimos no utilizar palabras ni insultos ofensivos, los mensajes que no se ciñan a estas reglas no serán publicados.
Gracias por visitarnos y por vuestra participación.