* Una nueva ley prohibirá recurrir a ese material genético.
* Abre incluso la posibilidad de encarcelar a las mujeres que lo hagan.
* Algunos expertos la califican de racista.
La amenaza de cárcel es también para donantes y doctores
EFE. 15.03.2010 - Las autoridades turcas quieren detener el uso de esperma y óvulos extranjeros en los tratamientos de fertilidad de sus ciudadanos, con una nueva ley que prohíbe recurrir a ese material genético y que algunos expertos no han dudado de calificar de "racista".
El Ministerio de Sanidad acaba de aprobar una nueva regulación que abre la posibilidad de encarcelar a las ciudadanas turcas que queden embarazadas con el esperma o los óvulos de bancos de donación en el extranjero. La medida también afectaría a los donantes y a los doctores que recomienden esos centros en el extranjero.
El diario Aksam llevó este lunes el polémico asunto a su portada y tituló: "Quienes tengan hijos de bancos de esperma extranjeros serán encarcelados tres años", e indicó que la nueva regulación va encaminada a proteger la "raza turca".
En declaraciones a Efe, el doctor Bulent Tiras, vicepresidente de la Asociación turca de Ginecología y Obstetricia, aseguró que hay un evidente racismo tras la decisión del Ministerio. "¿Bajo qué acusación van a enviar a una mujer amenazada a la Fiscalía? Hay un artículo en el Código Penal sobre la mezcla racial. Van a ser procesados en función de ese artículo", explicó Tiras.
El experto recordó que la Unión Europea y el Parlamento Europeo regularon en 2004 el campo de la inseminación con ayuda médica, con donantes y bancos de esperma. "Ahí es hacia donde queremos ir, y vamos y lo prohibimos. Incluso en Irán esta permitido y la mayoría de los árabes que quieren tener hijos van a Irán", indicó Tiras.
El ginecólogo señaló que el propio primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ha recomendado a los ciudadanos tener tres hijos. "Esto es una contradicción. El Ministerio de Sanidad restringe a uno el número de embriones que se pueden emplear (en los tratamientos de fertilidad). De esa forma las posibilidades de embarazo se reducen al 30 ó el 40%".
20 Minutos.es
Francamente que esta noticia en si no me extraña, no es una novedad ya en Egipto prohibieron en su dia los trasplantes de órganos: Los trasplantes entre cristianos y musulmanes, vetados en Egipto
Lo que cuesta creer es que esto este sucediendo precisamente en los dos países árabes que se vanaglorian de ser tolerantes y democráticos, sobre todo Turquía gobernada por Recep Tayyip Erdogan, buen socio de Zapatero en la estupida patraña de la Alianza de Civilizaciones y eterno aspirante a entrar en la CEE.
Una decisión desacertada que espero sea suficiente para que Europa tome buena nota, aprenda la lección y reflexione antes de tomar decisiones nefastas para Europa.
Y pensar que somos los europeos los que tenemos fama de racistas, ver para creer.
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Enfrentamientos entre musulmanes y cristianos en Egipto
Minorías religiosas en Egipto: los coptos
Egipto es un país de fuerte religiosidad, poblado principalmente por musulmanes sunitas. Los chiitas son una minoría, pero también lo son los cristianos, que constituyen la comunidad más antigua y grande del Medio Oriente.
La cédula de identidad egipcia indica la pertenencia religiosa del ciudadano, algo que para muchos contribuye a una discriminación religiosa casi institucionalizada.
A pesar de siglos de coexistencia pacífica, desde hace un par de décadas se han dado enfrentamientos recurrentes entre musulmanes y cristianos, resultando en heridos y muertos.
Los hechos violentos de octubre del 2005, cuando tres personas murieron en un ataque de manifestantes musulmanes a una iglesia, volvieron a repetirse durante la misa del pasado viernes en el puerto de Alejandría.
Los cristianos egipcios son conocidos como "coptos", palabra que proviene de "Aegyptos", que significa literalmente Egipto. Su origen se remonta al primer siglo DC, cuando San Marco introdujo la fe cristiana en el país.
La mayoría son cristianos ortodoxos, pero también hay coptos católicos y evangélicos, y juntos representan un 10 por ciento de los setenta millones de egipcios. A su cabeza está el papa Shenouda III , independiente de la Santa Sede en Roma.
Varios analistas coptos han notado que la religión ha adquirido cada día más espacio, pasando de su lugar espiritual a ser un "invitado pesado" en la vida cotidiana, y preferirían un estado que no incluyera el código islámico, o "sharía", como fuente para legislar.
Muchos responsabilizan a la revolución de 1952 y en especial al ex presidente Anuar Sadat, quien decidió a principios de los ochenta hacer una enmienda a la Constitución para redefinir a Egipto como un estado oficialmente musulmán.
Siete millones es una cifra que rebasa la población de Paraguay, por lo que muchos coptos no se consideran minoría.
Así se lo hizo saber a BBC Mundo Yusef Sidhom, editor "copto" del semanal Al Watani.
"Lo que es descrito como una minoría no debería serlo, porque los coptos desde siglos vivimos distribuidos y entremezclados con los musulmanes en todo el país".
El Padre Ángel Rodríguez pertenece a la orden de los carmelitas descalzos y ha vivido tres décadas a cargo de la iglesia de Santa Teresa, en el barrio popular de Shubra. Para él, hay distintos factores que provocan fricciones interreligiosas.
"Hay una gran ignorancia recíproca, porque hay prejuicios recíprocos. Pero la razón principal de que en Egipto haya más violencia que en Jordania, Siria o Kuwait es la gran religiosidad. Y otra razón son las injerencias extranjeras, algo más delicado", dijo el padre Ángel a BBC Mundo.
La gran religiosidad, según "Abuna Malak", como le llaman en árabe, data de tiempos faraónicos. De las injerencias extranjeras prefirió no hablar.
Por su parte, el analista político de la Universidad del Cairo, Mustafa Kamal al Sayed aseveró que "hay una tendencia hacia una mayor radicalización religiosa en el Medio Oriente y esto afecta las relaciones entre ambas comunidades".
Se puede describir el problema como si fuéramos ciudadanos de segunda clase
Yusef Sidhom
En general, los coptos prefieren evitar hablar de la polémica relación entre religión y política en Egipto. Y es que a pesar de casos destacados como el ex secretario de la ONU Boutros Ghali, o su hijo Yusef quien se desempeña actualmente como ministro de Finanzas, el papel de los coptos en la vida pública es reducido.
"En las tres últimas décadas ha habido una serie de agravios que afectaron los derechos ciudadanos coptos, en parte por una legislación desigual y por las actitudes oficiales opuestas a que seamos nominados en puestos ejecutivos del Estado o como candidatos en elecciones políticas", explicó Sidhom desde sus oficinas en el centro del Cairo.
Por ahora, el gobierno intenta remediar este desequilibrio social a través de iniciativas como presentar familias cristianas en las telenovelas transmitidas por las cadenas estatales o nombrar un gobernador cristiano en una provincia del sur de Egipto.
"No creo que la solución, por parte de los coptos, sea aislarse más, y conformarse con cuotas. Tienen que salir de las iglesias para entremezclarse con el resto de la sociedad, los partidos políticos y la vida pública en general", concluyó Yusef Sidhom.
Los atentados con cuchillo en las iglesias de Alejandría en viernes santo parecen una provocación perfecta para causar nuevos enfrentamientos y sembrar más semillas de la discordia.
Se calcula que al día siguiente tres mil cristianos asistieron al funeral del hombre de 78 años que murió por las puñaladas recibidas en la iglesia y la policía tuvo que dispersar a cristianos y musulmanes que se enfrentaron con piedras y palos.
Si bien el gobierno atribuyó la autoría de los atentados a un "hombre loco", muchos coptos creen en la primera versión, según la cual tres militantes islámicos habrían coordinado un ataque simultáneo.
Con tanto despliegue de seguridad en el país, no es extraño que los cristianos se sientan agraviados ante la facilidad con que se realizaron los ataques, a tan sólo una semana de la Pascua copta.
Pero otros argumentan que detener a un hombre determinado a apuñalar a alguien en una iglesia no es tarea fácil, sobretodo si no hay detectores de metales, y que la convivencia milenaria entre coptos y musulmanes no puede ni debe venirse abajo por hechos aislados.
Egipto cuenta con una historia varias veces milenaria, asombro del orbe, pero el islam frenó, como en otros países de cristianismo antiguo, su camino a la modernidad. La modernidad en todo el mundo tiene origen clásico y cristiano: podemos trazar su evolución sin rupturas desde los filósofos griegos hasta hoy.
En las sociedades que no son de cultura occidental hubo una modernización a medias, sobre todo en avances técnicos, que influyó en los sistemas políticos; pero quedó un vacío, un salto, que sigue sin rellenarse y que se manifiesta principalmente en la religión.
Persiguen a los cristianos por considerarlos extranjeros y quintacolumnistas de la decadencia y podredumbre occidentales.
Lo extraño no es que la marginación y las persecuciones por causa de la religión existan y estén en auge en muchos países, vecinos nuestros algunos, sino que en España apenas se hable en la prensa de este asunto ni haya declaraciones institucionales. Si mueren 500 cristianos en Nigeria en enfrentamientos civiles, no se puede ocultar; pero se pasa de puntillas por el acoso a los caldeos, que han tenido que huir de Iraq, y el asesinato de uno de sus obispos; por la situación de los coptos, ciudadanos de segunda en su propio país; o por las leyes excluyentes en Irán, que retorna al siglo XV mientras prepara bombas atómicas.
En la evolución del mundo de tradición clásica y cristiana no hay rupturas: todas las ideas, por extrañas que nos parezcan, vienen del clasicismo cristianizado, incluidas la tolerancia y la comprensión de la violencia hacia los cristianos allí donde los musulmanes son mayoría.
Los enfrentamientos por la religión en África acorralan a los cristianos
Las diferencias de fe han desatado en los últimos dias la violencia en Marruecos, Nigeria y en Egipto.
Egipto: deja 24 heridos enfrentamiento entre musulmanes y cristianos
Unas 500 personas participaron en la riña, desatada tras un ataque a obreros por construir una iglesia.
Ser cristiano en África se ha convertido en una auténtica amenaza en los últimos meses. Los enfrentamientos religiosos entre musulmanes y cristianos han desatado expulsiones en Marruecos, matanzas encarnizadas en Nigeria y brotes de violencia en Egipto.
El último asedio contra los cristianos ha tenido lugar en Egipto, donde al menos 30 personas resultaron heridas como consecuencia de las llamas provocadas en varias casas y vehículos en la región norte de Mersa Matruh cuando residentes musulmanes atacaron a varios obreros que trabajaban en la construcción de una iglesia. Las autoridades han indicado que se trata de un enfrentamiento religioso entre los musulmanes de Egipto y los cristianos coptos, que en ocasiones mantienen hostilidades por cuestiones interreligiosas y territoriales.
Pero estas diferencias no son puntuales. El pasado 7 de enero, la sangre empañó la festividad de la Navidad, que esta confesión celebra dos semanas más tardes, ya que los cristianos coptos se rigen por el calendario oriental juliano y no por el gregoriano, empleado por Occidente. Siete cristianos coptos y un policía murieron durante el tiroteo que se produjo a la salida de la misa.
Los siete millones de cristianos (el 10% de la población) llevan denunciando desde hace años la discriminación y las amenazas a las que están sometidos. Temen que este último ataque resucite viejos fantasmas. En 1999, por ejemplo, 20 cristianos y un musulmán murieron en Al-Koshen después de una semana de disturbios e incidentes. Y en diciembre de 2004, la supuesta conversión forzosa al islam de la mujer de un pastor copto extendió las protestas a El Cairo.
Afp
Karim Hauser
BBC Mundo, El Cairo
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Egipto es un país de fuerte religiosidad, poblado principalmente por musulmanes sunitas. Los chiitas son una minoría, pero también lo son los cristianos, que constituyen la comunidad más antigua y grande del Medio Oriente.
La cédula de identidad egipcia indica la pertenencia religiosa del ciudadano, algo que para muchos contribuye a una discriminación religiosa casi institucionalizada.
A pesar de siglos de coexistencia pacífica, desde hace un par de décadas se han dado enfrentamientos recurrentes entre musulmanes y cristianos, resultando en heridos y muertos.
Los hechos violentos de octubre del 2005, cuando tres personas murieron en un ataque de manifestantes musulmanes a una iglesia, volvieron a repetirse durante la misa del pasado viernes en el puerto de Alejandría.
Pasado lejano
Los cristianos egipcios son conocidos como "coptos", palabra que proviene de "Aegyptos", que significa literalmente Egipto. Su origen se remonta al primer siglo DC, cuando San Marco introdujo la fe cristiana en el país.
La mayoría son cristianos ortodoxos, pero también hay coptos católicos y evangélicos, y juntos representan un 10 por ciento de los setenta millones de egipcios. A su cabeza está el papa Shenouda III , independiente de la Santa Sede en Roma.
Varios analistas coptos han notado que la religión ha adquirido cada día más espacio, pasando de su lugar espiritual a ser un "invitado pesado" en la vida cotidiana, y preferirían un estado que no incluyera el código islámico, o "sharía", como fuente para legislar.
Muchos responsabilizan a la revolución de 1952 y en especial al ex presidente Anuar Sadat, quien decidió a principios de los ochenta hacer una enmienda a la Constitución para redefinir a Egipto como un estado oficialmente musulmán.
No somos minoría
Lo que es descrito como una minoría no debería serlo, porque los coptos desde siglos vivimos distribuidos y entremezclados con los musulmanes en todo el país
Yusef Sidhom
Yusef Sidhom
Siete millones es una cifra que rebasa la población de Paraguay, por lo que muchos coptos no se consideran minoría.
Así se lo hizo saber a BBC Mundo Yusef Sidhom, editor "copto" del semanal Al Watani.
"Lo que es descrito como una minoría no debería serlo, porque los coptos desde siglos vivimos distribuidos y entremezclados con los musulmanes en todo el país".
El Padre Ángel Rodríguez pertenece a la orden de los carmelitas descalzos y ha vivido tres décadas a cargo de la iglesia de Santa Teresa, en el barrio popular de Shubra. Para él, hay distintos factores que provocan fricciones interreligiosas.
"Hay una gran ignorancia recíproca, porque hay prejuicios recíprocos. Pero la razón principal de que en Egipto haya más violencia que en Jordania, Siria o Kuwait es la gran religiosidad. Y otra razón son las injerencias extranjeras, algo más delicado", dijo el padre Ángel a BBC Mundo.
La gran religiosidad, según "Abuna Malak", como le llaman en árabe, data de tiempos faraónicos. De las injerencias extranjeras prefirió no hablar.
Por su parte, el analista político de la Universidad del Cairo, Mustafa Kamal al Sayed aseveró que "hay una tendencia hacia una mayor radicalización religiosa en el Medio Oriente y esto afecta las relaciones entre ambas comunidades".
Marginación política
Se puede describir el problema como si fuéramos ciudadanos de segunda clase
Yusef Sidhom
En general, los coptos prefieren evitar hablar de la polémica relación entre religión y política en Egipto. Y es que a pesar de casos destacados como el ex secretario de la ONU Boutros Ghali, o su hijo Yusef quien se desempeña actualmente como ministro de Finanzas, el papel de los coptos en la vida pública es reducido.
"En las tres últimas décadas ha habido una serie de agravios que afectaron los derechos ciudadanos coptos, en parte por una legislación desigual y por las actitudes oficiales opuestas a que seamos nominados en puestos ejecutivos del Estado o como candidatos en elecciones políticas", explicó Sidhom desde sus oficinas en el centro del Cairo.
Por ahora, el gobierno intenta remediar este desequilibrio social a través de iniciativas como presentar familias cristianas en las telenovelas transmitidas por las cadenas estatales o nombrar un gobernador cristiano en una provincia del sur de Egipto.
"No creo que la solución, por parte de los coptos, sea aislarse más, y conformarse con cuotas. Tienen que salir de las iglesias para entremezclarse con el resto de la sociedad, los partidos políticos y la vida pública en general", concluyó Yusef Sidhom.
Chispa violenta
Los atentados con cuchillo en las iglesias de Alejandría en viernes santo parecen una provocación perfecta para causar nuevos enfrentamientos y sembrar más semillas de la discordia.
Se calcula que al día siguiente tres mil cristianos asistieron al funeral del hombre de 78 años que murió por las puñaladas recibidas en la iglesia y la policía tuvo que dispersar a cristianos y musulmanes que se enfrentaron con piedras y palos.
Si bien el gobierno atribuyó la autoría de los atentados a un "hombre loco", muchos coptos creen en la primera versión, según la cual tres militantes islámicos habrían coordinado un ataque simultáneo.
Con tanto despliegue de seguridad en el país, no es extraño que los cristianos se sientan agraviados ante la facilidad con que se realizaron los ataques, a tan sólo una semana de la Pascua copta.
Pero otros argumentan que detener a un hombre determinado a apuñalar a alguien en una iglesia no es tarea fácil, sobretodo si no hay detectores de metales, y que la convivencia milenaria entre coptos y musulmanes no puede ni debe venirse abajo por hechos aislados.
Los cristianos
Egipto cuenta con una historia varias veces milenaria, asombro del orbe, pero el islam frenó, como en otros países de cristianismo antiguo, su camino a la modernidad. La modernidad en todo el mundo tiene origen clásico y cristiano: podemos trazar su evolución sin rupturas desde los filósofos griegos hasta hoy.
En las sociedades que no son de cultura occidental hubo una modernización a medias, sobre todo en avances técnicos, que influyó en los sistemas políticos; pero quedó un vacío, un salto, que sigue sin rellenarse y que se manifiesta principalmente en la religión.
Persiguen a los cristianos por considerarlos extranjeros y quintacolumnistas de la decadencia y podredumbre occidentales.
Lo extraño no es que la marginación y las persecuciones por causa de la religión existan y estén en auge en muchos países, vecinos nuestros algunos, sino que en España apenas se hable en la prensa de este asunto ni haya declaraciones institucionales. Si mueren 500 cristianos en Nigeria en enfrentamientos civiles, no se puede ocultar; pero se pasa de puntillas por el acoso a los caldeos, que han tenido que huir de Iraq, y el asesinato de uno de sus obispos; por la situación de los coptos, ciudadanos de segunda en su propio país; o por las leyes excluyentes en Irán, que retorna al siglo XV mientras prepara bombas atómicas.
En la evolución del mundo de tradición clásica y cristiana no hay rupturas: todas las ideas, por extrañas que nos parezcan, vienen del clasicismo cristianizado, incluidas la tolerancia y la comprensión de la violencia hacia los cristianos allí donde los musulmanes son mayoría.
Los enfrentamientos por la religión en África acorralan a los cristianos
Las diferencias de fe han desatado en los últimos dias la violencia en Marruecos, Nigeria y en Egipto.
Egipto: deja 24 heridos enfrentamiento entre musulmanes y cristianos
Unas 500 personas participaron en la riña, desatada tras un ataque a obreros por construir una iglesia.
Ser cristiano en África se ha convertido en una auténtica amenaza en los últimos meses. Los enfrentamientos religiosos entre musulmanes y cristianos han desatado expulsiones en Marruecos, matanzas encarnizadas en Nigeria y brotes de violencia en Egipto.
El último asedio contra los cristianos ha tenido lugar en Egipto, donde al menos 30 personas resultaron heridas como consecuencia de las llamas provocadas en varias casas y vehículos en la región norte de Mersa Matruh cuando residentes musulmanes atacaron a varios obreros que trabajaban en la construcción de una iglesia. Las autoridades han indicado que se trata de un enfrentamiento religioso entre los musulmanes de Egipto y los cristianos coptos, que en ocasiones mantienen hostilidades por cuestiones interreligiosas y territoriales.
Pero estas diferencias no son puntuales. El pasado 7 de enero, la sangre empañó la festividad de la Navidad, que esta confesión celebra dos semanas más tardes, ya que los cristianos coptos se rigen por el calendario oriental juliano y no por el gregoriano, empleado por Occidente. Siete cristianos coptos y un policía murieron durante el tiroteo que se produjo a la salida de la misa.
Los siete millones de cristianos (el 10% de la población) llevan denunciando desde hace años la discriminación y las amenazas a las que están sometidos. Temen que este último ataque resucite viejos fantasmas. En 1999, por ejemplo, 20 cristianos y un musulmán murieron en Al-Koshen después de una semana de disturbios e incidentes. Y en diciembre de 2004, la supuesta conversión forzosa al islam de la mujer de un pastor copto extendió las protestas a El Cairo.
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14.3.10
EUROPE'S GHOST - Islam radical: tenemos un problema
¿Habrá dentro de cien años peregrinaciones a París para rezar ante el Minarete Eiffel? Esa es la pregunta con la que principia la obra póstuma de Michael Radu. ¿Provocación? De primeras, puede parecerlo; cuando se acaban estas quinientas páginas, la cosa cambia.
Las tesis de este libro no resultan desconocidas:
1) se está produciendo un fenómeno de radicalización religiosa en el mundo islámico;
2) en Europa, las minorías musulmanas no dejan de crecer;
3) los integrantes de dichas minorías están pasando igualmente por un proceso de radicalización;
4) por doquier, las políticas de integración o asimilación han sido un fracaso;
5) la respuesta oficial y social ha sido el apaciguamiento. Pero no por ello deja Radu de traernos novedades.
Al igual que otros autores, como George Weigel, ya comentados en estas páginas, Michael Radu, [experto en terrorismo e islamismo del Instituto de Estudios de Política Exterior, con sede en Filadelfia, analista del Foreign Policy Research Institute] sitúa el problema en una clara y presente contradicción: la creciente asertividad del islam radical frente a la crisis de identidad de Occidente, que lleva a éste a la pusilanimidad. O al autoengaño. Por ejemplo: la idea de que a través del diálogo se podrán resolver las diferencias entre ambas civilizaciones (algo que está en la base de la mal llamada Alianza de Civilizaciones de nuestro presidente Rodríguez Zapatero).
La noción de que con la palabra surge automáticamente el entendimiento y la convivencia pacífica está tan arraigada entre nosotros que incluso alguien tan lúcido sobre lo que nos depara el islam radical como el asesinado director de cine Theo Van Gogh sólo acertó a decir a su asesino, Mohamed Bouyeri. "¡No lo hagas, no lo hagas! Seguro que podemos hablar sobre ello". Pero, como descubrió dramáticamente al segundo siguiente, hay diferencias que las palabras no son capaces de borrar; sobre todo cuando el enfrentamiento es entre la razón y el cuchillo o la mochila-bomba.
Tal vez esto no fuera un problema grave si la identidad europea y occidental tuviese hoy algún valor, como lo tuvo antaño. Pero no lo tiene. Sería conveniente recordar las palabras de sir Charles James Napier, gobernador de la India, en 1849:
Ustedes dicen que es su costumbre quemar vivas a las viudas. Muy bien. Nosotros también tenemos una costumbre. Cuando un hombre quema viva a una mujer, le ponemos una soga al cuello y le colgamos. Construyan su pira funeraria, que mis carpinteros harán un patíbulo. Ustedes pueden seguir con sus costumbres; nosotros seguiremos con las nuestras.
Nada más lejano a la realidad europea de nuestros días. Puede que volvamos a ver las piras para las viudas, pero nosotros no opondremos patíbulo alguno. ¿O sí?
La última vez que vi a Radu fue en diciembre de 2008, a las afueras de Tel Aviv, adonde habíamos acudido ambos por gentileza de la Universidad Bar Ilán. Tenía 61 años mal llevados, según él, a causa de sus muchas penalidades en la Rumania de Ceaucescu, de donde era originario y de donde saldría en 1976, para instalarse en los Estados Unidos. Un infarto acabaría con él apenas tres meses después. Recuerdo que ya entonces hablamos de su nuevo libro, que apenas acaba de ver la luz.
Radu, ya americano, se apartó momentáneamente de los temas directamente relacionados con el terrorismo, su verdadera especialidad, para dedicarse a comprender y valorar la crisis civilizacional de nuestro tiempo. Pasaba a integrarse así en ese grupito de norteamericanos conocedores de la realidad europea que viene dando la voz de alarma desde hace unos años sobre el crecimiento y la relevancia del islam radical en Europa. Y sus posibles implicaciones. Pienso, por ejemplo, en Bruce Bawer, con While Europe slept (hay versión española) y con Surrender; en Mark Steyn, con el reciente Lights out; en Daniel Pipes o en Ayaan Hirsi Ali. Curioso, pero explicable, que abunden más los americanos que los europeos entre quienes abordan el problema de Europa: aquí, la corrección política es la norma.
En cualquier caso, Radu, que era un optimista a pesar de todo, no dejaba de creer que también en Europa habrá una línea roja que nos haga despertar. Creía –y en la última parte de este libro queda bien claro– que los holandeses, los españoles, los franceses, que los europeos explotarán en algún momento, ante el avance del islam radical. Sus ojos estaban puestos en lo que pasaba en Holanda, convulsa tras el asesinato de Theo Van Gogh a manos del islamista Bouyeri. Seguro que si estuviera vivo me señalaría con entusiasmo las recientes victorias municipales del Partido por la Libertad de Geert Wilders en las ciudades de Almere y La Haya. ¿Pero se trata en realidad de una tendencia consolidada o de una sacudida momentánea? Es pronto para saberlo.
Lo que sí se puede decir la esperanza que albergaba Radu entra en conflicto con lo que el propio Radu expone y describe en estas páginas. Y la situación económica no va a favorecer el que los inmigrantes se sientan más integrados en nuestro viejo continente; al contrario: ahondarán en su ya consolidado sentimiento de que están en, pero no son de Europa.
Radu quería creer en un cambio para mejor. Pero si no se habla del problema, y a izquierda y derecha la corrección política lo impide, si no se adoptan las decisiones necesarias, al final puede que se haga realidad la profecía del gran historiador Bernard Lewis: "A final de siglo, Europa será islámica". De momento, ya empiezan a aparecer partidos políticos musulmanes en España. Y canales de televisión. ¿Qué será lo próximo?
Por Rafael L. Bardají
Libertad Digital complementos
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Las tesis de este libro no resultan desconocidas:
1) se está produciendo un fenómeno de radicalización religiosa en el mundo islámico;
2) en Europa, las minorías musulmanas no dejan de crecer;
3) los integrantes de dichas minorías están pasando igualmente por un proceso de radicalización;
4) por doquier, las políticas de integración o asimilación han sido un fracaso;
5) la respuesta oficial y social ha sido el apaciguamiento. Pero no por ello deja Radu de traernos novedades.
Al igual que otros autores, como George Weigel, ya comentados en estas páginas, Michael Radu, [experto en terrorismo e islamismo del Instituto de Estudios de Política Exterior, con sede en Filadelfia, analista del Foreign Policy Research Institute] sitúa el problema en una clara y presente contradicción: la creciente asertividad del islam radical frente a la crisis de identidad de Occidente, que lleva a éste a la pusilanimidad. O al autoengaño. Por ejemplo: la idea de que a través del diálogo se podrán resolver las diferencias entre ambas civilizaciones (algo que está en la base de la mal llamada Alianza de Civilizaciones de nuestro presidente Rodríguez Zapatero).
La noción de que con la palabra surge automáticamente el entendimiento y la convivencia pacífica está tan arraigada entre nosotros que incluso alguien tan lúcido sobre lo que nos depara el islam radical como el asesinado director de cine Theo Van Gogh sólo acertó a decir a su asesino, Mohamed Bouyeri. "¡No lo hagas, no lo hagas! Seguro que podemos hablar sobre ello". Pero, como descubrió dramáticamente al segundo siguiente, hay diferencias que las palabras no son capaces de borrar; sobre todo cuando el enfrentamiento es entre la razón y el cuchillo o la mochila-bomba.
Segunda gran enseñanza de esta obra: la democracia no es ni debe ser un pacto para el suicidio colectivo. El blando multiculturalismo, más un escapismo de la realidad que una filosofía política, sólo conduce a que la tolerancia acabe siendo asesinada por los intolerantes. Y todo bajo el mantra absurdo de que cada sociedad, cultura, religión tiene derecho a ser como es, en tal o en cual lugar.
Tal vez esto no fuera un problema grave si la identidad europea y occidental tuviese hoy algún valor, como lo tuvo antaño. Pero no lo tiene. Sería conveniente recordar las palabras de sir Charles James Napier, gobernador de la India, en 1849:
Ustedes dicen que es su costumbre quemar vivas a las viudas. Muy bien. Nosotros también tenemos una costumbre. Cuando un hombre quema viva a una mujer, le ponemos una soga al cuello y le colgamos. Construyan su pira funeraria, que mis carpinteros harán un patíbulo. Ustedes pueden seguir con sus costumbres; nosotros seguiremos con las nuestras.
Nada más lejano a la realidad europea de nuestros días. Puede que volvamos a ver las piras para las viudas, pero nosotros no opondremos patíbulo alguno. ¿O sí?
La última vez que vi a Radu fue en diciembre de 2008, a las afueras de Tel Aviv, adonde habíamos acudido ambos por gentileza de la Universidad Bar Ilán. Tenía 61 años mal llevados, según él, a causa de sus muchas penalidades en la Rumania de Ceaucescu, de donde era originario y de donde saldría en 1976, para instalarse en los Estados Unidos. Un infarto acabaría con él apenas tres meses después. Recuerdo que ya entonces hablamos de su nuevo libro, que apenas acaba de ver la luz.
Radu, ya americano, se apartó momentáneamente de los temas directamente relacionados con el terrorismo, su verdadera especialidad, para dedicarse a comprender y valorar la crisis civilizacional de nuestro tiempo. Pasaba a integrarse así en ese grupito de norteamericanos conocedores de la realidad europea que viene dando la voz de alarma desde hace unos años sobre el crecimiento y la relevancia del islam radical en Europa. Y sus posibles implicaciones. Pienso, por ejemplo, en Bruce Bawer, con While Europe slept (hay versión española) y con Surrender; en Mark Steyn, con el reciente Lights out; en Daniel Pipes o en Ayaan Hirsi Ali. Curioso, pero explicable, que abunden más los americanos que los europeos entre quienes abordan el problema de Europa: aquí, la corrección política es la norma.
En cualquier caso, Radu, que era un optimista a pesar de todo, no dejaba de creer que también en Europa habrá una línea roja que nos haga despertar. Creía –y en la última parte de este libro queda bien claro– que los holandeses, los españoles, los franceses, que los europeos explotarán en algún momento, ante el avance del islam radical. Sus ojos estaban puestos en lo que pasaba en Holanda, convulsa tras el asesinato de Theo Van Gogh a manos del islamista Bouyeri. Seguro que si estuviera vivo me señalaría con entusiasmo las recientes victorias municipales del Partido por la Libertad de Geert Wilders en las ciudades de Almere y La Haya. ¿Pero se trata en realidad de una tendencia consolidada o de una sacudida momentánea? Es pronto para saberlo.
Lo que sí se puede decir la esperanza que albergaba Radu entra en conflicto con lo que el propio Radu expone y describe en estas páginas. Y la situación económica no va a favorecer el que los inmigrantes se sientan más integrados en nuestro viejo continente; al contrario: ahondarán en su ya consolidado sentimiento de que están en, pero no son de Europa.
Radu quería creer en un cambio para mejor. Pero si no se habla del problema, y a izquierda y derecha la corrección política lo impide, si no se adoptan las decisiones necesarias, al final puede que se haga realidad la profecía del gran historiador Bernard Lewis: "A final de siglo, Europa será islámica". De momento, ya empiezan a aparecer partidos políticos musulmanes en España. Y canales de televisión. ¿Qué será lo próximo?
Por Rafael L. Bardají
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Mientras los musulmanes inocentes sufran, los españoles no vivirán en paz
"Queremos tranquilizar sobre la salud de los dos secuestrados"
"Los españoles han tenido el honor de saber cómo es la civilización islámica"
Al Qaeda se ha explayado sobre su inquina a España. Sus autoridades son sus enemigas por dos razones, una general y otra específica. Lo son "porque participan con los aliados de la OTAN y contra nosotros en la guerra de Irak [hasta 2004] y de Afganistán" y porque gobiernan "Al Andalus [la península Ibérica] que es una tierra de los musulmanes".
Al Qaeda en el Magreb (AQMI) reflexiona sobre España en un documento firmado por Salah Abu Mohame, el "responsable de comunicación" de la organización terrorista que dirige Abdelmalek Droudkel. EL PAÍS ha tenido acceso a ese documento. En poder de una de las tres células de AQMI en la franja del Sahel están aún, en el norte de Malí, los españoles Albert Vilalta y Roque Pascual después de que, el miércoles, fuese liberada Alicia Gámez tras 102 días de cautiverio. Los tres fueron apresados el 29 de noviembre a 170 kilómetros al norte de Nuackchot (Mauritania).
A pesar de las críticas a España, AQMI aprovecha el documento para "tranquilizar sobre la salud de los dos secuestrados". Ambos "reciben un trato correcto por nuestra parte", asegura. Los testimonios de Alicia Gámez y del consejero del presidente de Burkina Faso que ayudó a obtener la liberación de la rehén lo confirman. El cancerbero de los tres cooperantes catalanes es Mokhtar Belmokhtar, jefe de una katiba (célula) que se ha mostrado más atenta a las necesidades médicas y de higiene de sus presos que otros grupúsculos terroristas.
La España de hoy en día perpetúa esa Inquisición siendo aliada "de la OTAN y de EE UU en la guerra contra el islam y los musulmanes", dice el texto. Esa guerra "no hace distinción entre civiles y militares". En esa guerra de Afganistán "los muyahidines (combatientes) no son el único objetivo porque también caen niños, mujeres y ancianos". Alude a los daños colaterales que causan las ofensivas de la OTAN. "Nosotros (...), para defender nuestra comunidad musulmana, tenemos que tener como objetivo a España y a sus ciudadanos, pagándoles con su misma moneda", advierte el texto. "Mientras los musulmanes inocentes estén sufriendo los españoles no estarán en paz".
El último motivo de inquina hacia España son los presos islamistas en sus cárceles. "Han sido encarcelados injustamente y sin motivo", recalca el documento. "Aseguramos formalmente que los detenidos en España por terrorismo son gente inocente que no está vinculada con nosotros", prosigue. "No les conocemos ni tienen lazos con nosotros". Fernando Reinares, investigador del Real Instituto Elcano en temas de terrorismo, señala que los reos a los que se refiere la organización "no son los del 11-M, sino personas encarceladas en los últimos tres años por pertenecia y colaboración con AQMI". "No es la primera vez que aluden a ellos para tratar de exculparlos", precisa.
AQMI nace en enero de 2007 cuando los salafistas argelinos deciden convertirse en una franquicia de la organización terrorista capitaneada por Osama Bin Laden desde las montañas de Pakistán o Afganistán.
Su objetivo es atraer así no sólo a argelinos sino a jóvenes de todo el Magreb y del Sahel y golpear también en esos países. Si bien sus tropas se han internacionalizado, la organización terrorista ha perdido fuelle en el norte de Argelia y no ha logrado implantarse en Túnez y Marruecos. Más al sur -Mauritania, Malí y Níger- sí ha conseguido reforzar su presencia.
El vídeo de Al Qaeda
Minuto Digital.com.
Lo peor es que aleccionan a TODOS los musulmanes con la patraña de que España fue tierra de los musulmanes y que fueron expulsamos cuando la realidad es que esta tierra nunca les ha pertenecido, ellos nos invadieron (lo mismo están haciendo silenciosamente ahora) y fueron expulsaron por tratar a los cristianos ciudadanos de segunda ósea como auténticos Dhimmis.
Debido a esta falsificación de la historia España se ha convertido en el sueño individual de todos los musulmanes, es más, tengo la completa seguridad que estarían dispuestos a coger las armas si fuera necesario para reconquistar “EL PARAÍSO PERDIDO”.
Otro aspecto eminente es la actitud de los musulmanes que residen en España, incluyendo a los nacidos y los que han adquirido la nacionalidad española, si ellos se sintieran como en su patria, lógicamente harían lo imposible por defenderla de las amenazas fundamentalistas, CONVOCANDO MANIFESTACIONES CON GRANDES PANCARTAS CONTRA AL’QUAEDA, [Estas protestas solo las realizan cuando van dirigidas contra los europeos y se sienten ofendidos con caricaturas sobre Mahoma, contra algún discurso e incluso con la libre y democrática elección de prohibir los minaretes, ellos no aceptan la libre decisión de los ciudadanos en las urnas, ellos están regidos por gobiernos teocráticos y fundamentalistas, en ocasiones eligen gobernantes terroristas como Hamas] y sin embargo nunca hemos presenciado una manifestación en Europa con consignas contra el fundamentalismo de los terrorista ¿DEBEMOS CONSIDERAR ESTA ACTITUD PASIVA COMO UN COMPLOT SILENCIOSO CON LOS TERRORISTAS?
En el fondo y fundamentándonos en las diferencias abismales que nos separan tanto religiosas, políticas e ideológicas, posturas tan absolutamente antagónicas que dudo mucho que la convivencia pueda darse ni en el presente ni en el futuro.
Otro aspecto a tener en cuenta es la máxima obediencia al Corán, un libro que predica en todas sus páginas el odio a los infieles, y choca directamente contra los sistemas democráticos europeos.
Veamos el falso "mito" de la convivencia pacifica entre musulmanes y cristianos:
.
"Los españoles han tenido el honor de saber cómo es la civilización islámica"
Al Qaeda se ha explayado sobre su inquina a España. Sus autoridades son sus enemigas por dos razones, una general y otra específica. Lo son "porque participan con los aliados de la OTAN y contra nosotros en la guerra de Irak [hasta 2004] y de Afganistán" y porque gobiernan "Al Andalus [la península Ibérica] que es una tierra de los musulmanes".
Al Qaeda en el Magreb (AQMI) reflexiona sobre España en un documento firmado por Salah Abu Mohame, el "responsable de comunicación" de la organización terrorista que dirige Abdelmalek Droudkel. EL PAÍS ha tenido acceso a ese documento. En poder de una de las tres células de AQMI en la franja del Sahel están aún, en el norte de Malí, los españoles Albert Vilalta y Roque Pascual después de que, el miércoles, fuese liberada Alicia Gámez tras 102 días de cautiverio. Los tres fueron apresados el 29 de noviembre a 170 kilómetros al norte de Nuackchot (Mauritania).
A pesar de las críticas a España, AQMI aprovecha el documento para "tranquilizar sobre la salud de los dos secuestrados". Ambos "reciben un trato correcto por nuestra parte", asegura. Los testimonios de Alicia Gámez y del consejero del presidente de Burkina Faso que ayudó a obtener la liberación de la rehén lo confirman. El cancerbero de los tres cooperantes catalanes es Mokhtar Belmokhtar, jefe de una katiba (célula) que se ha mostrado más atenta a las necesidades médicas y de higiene de sus presos que otros grupúsculos terroristas.
España fue musulmana durante ocho siglos (entre 711 y 1492), lo que debería hacer, sostiene Al Qaeda, "que los españoles sean los primeros en conocer las bondades del islam y su gloria". "Ellos han tenido el honor de conocer la civilización islámica de Al Andalus" a la que sucedieron "los tribunales de la Inquisición contra los musulmanes". También actuaron contra los judíos, pero eso no lo mencionan.
La España de hoy en día perpetúa esa Inquisición siendo aliada "de la OTAN y de EE UU en la guerra contra el islam y los musulmanes", dice el texto. Esa guerra "no hace distinción entre civiles y militares". En esa guerra de Afganistán "los muyahidines (combatientes) no son el único objetivo porque también caen niños, mujeres y ancianos". Alude a los daños colaterales que causan las ofensivas de la OTAN. "Nosotros (...), para defender nuestra comunidad musulmana, tenemos que tener como objetivo a España y a sus ciudadanos, pagándoles con su misma moneda", advierte el texto. "Mientras los musulmanes inocentes estén sufriendo los españoles no estarán en paz".
El último motivo de inquina hacia España son los presos islamistas en sus cárceles. "Han sido encarcelados injustamente y sin motivo", recalca el documento. "Aseguramos formalmente que los detenidos en España por terrorismo son gente inocente que no está vinculada con nosotros", prosigue. "No les conocemos ni tienen lazos con nosotros". Fernando Reinares, investigador del Real Instituto Elcano en temas de terrorismo, señala que los reos a los que se refiere la organización "no son los del 11-M, sino personas encarceladas en los últimos tres años por pertenecia y colaboración con AQMI". "No es la primera vez que aluden a ellos para tratar de exculparlos", precisa.
AQMI nace en enero de 2007 cuando los salafistas argelinos deciden convertirse en una franquicia de la organización terrorista capitaneada por Osama Bin Laden desde las montañas de Pakistán o Afganistán.
Su objetivo es atraer así no sólo a argelinos sino a jóvenes de todo el Magreb y del Sahel y golpear también en esos países. Si bien sus tropas se han internacionalizado, la organización terrorista ha perdido fuelle en el norte de Argelia y no ha logrado implantarse en Túnez y Marruecos. Más al sur -Mauritania, Malí y Níger- sí ha conseguido reforzar su presencia.
El vídeo de Al Qaeda
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Lo peor es que aleccionan a TODOS los musulmanes con la patraña de que España fue tierra de los musulmanes y que fueron expulsamos cuando la realidad es que esta tierra nunca les ha pertenecido, ellos nos invadieron (lo mismo están haciendo silenciosamente ahora) y fueron expulsaron por tratar a los cristianos ciudadanos de segunda ósea como auténticos Dhimmis.
Debido a esta falsificación de la historia España se ha convertido en el sueño individual de todos los musulmanes, es más, tengo la completa seguridad que estarían dispuestos a coger las armas si fuera necesario para reconquistar “EL PARAÍSO PERDIDO”.
Otro aspecto eminente es la actitud de los musulmanes que residen en España, incluyendo a los nacidos y los que han adquirido la nacionalidad española, si ellos se sintieran como en su patria, lógicamente harían lo imposible por defenderla de las amenazas fundamentalistas, CONVOCANDO MANIFESTACIONES CON GRANDES PANCARTAS CONTRA AL’QUAEDA, [Estas protestas solo las realizan cuando van dirigidas contra los europeos y se sienten ofendidos con caricaturas sobre Mahoma, contra algún discurso e incluso con la libre y democrática elección de prohibir los minaretes, ellos no aceptan la libre decisión de los ciudadanos en las urnas, ellos están regidos por gobiernos teocráticos y fundamentalistas, en ocasiones eligen gobernantes terroristas como Hamas] y sin embargo nunca hemos presenciado una manifestación en Europa con consignas contra el fundamentalismo de los terrorista ¿DEBEMOS CONSIDERAR ESTA ACTITUD PASIVA COMO UN COMPLOT SILENCIOSO CON LOS TERRORISTAS?
En el fondo y fundamentándonos en las diferencias abismales que nos separan tanto religiosas, políticas e ideológicas, posturas tan absolutamente antagónicas que dudo mucho que la convivencia pueda darse ni en el presente ni en el futuro.
Otro aspecto a tener en cuenta es la máxima obediencia al Corán, un libro que predica en todas sus páginas el odio a los infieles, y choca directamente contra los sistemas democráticos europeos.
Veamos el falso "mito" de la convivencia pacifica entre musulmanes y cristianos:
Marruecos expulsa a 26 cristianos a los que acusa de proselitismo
Los enfrentamientos religiosos dejan 500 muertos en Nigeria
La minoría cristiana de Malasia atacada por los musulmanes
Choques entre grupos musulmanes y cristianos
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El Corán: "Matadlos a todos"
Los islamistas, los musulmanes han asesinado esta semana a más de seiscientos católicos en Nigeria. Los atraparon con redes y los mataron a machetazos y los enterraron vivos.
En Mosul, Irak, esta semana, han asesinado los musulmanes a una familia cristiana provocando un éxodo de miles. En Pakistán, han atacado un colegio salesiano y han tenido durante horas encañonados a los frailes, quienes han decidido reducir su presencia en dicha nación. De Marruecos, esta semana, han expulsado a veintiséis cristianos.
Hace seis años, terroristas musulmanes perpetraron la masacre de Atocha y mataron a 192 personas. Ahora se está juzgando en Madrid a unos musulmanes que pretendían poner bombas en El Corte Inglés de Princesa. A finales del año pasado, se condenó a musulmanes que querían provocar una matanza en el Metro de Barcelona.
Sobre el islamismo se viene perpetrando una auténtica estrategia de ocultación, que incluso llega a presentarlo como una fuente de tolerancia. Nada más lejos de la realidad coránica. Para evitar esa grave desinformación, y la ceguera de la sociedad, en mi libro Islam, visión crítica (Editorial Rambla), se reproducen las siguientes citas textuales de El Corán:
"No es propio del Profeta tener prisioneros hasta que haya cubierto la tierra con los cadáveres de los incrédulos". Azora VIII, aleya 68.
"¡Combatid a quienes no creen en Dios ni en el último día ni prohíben lo que Dios y su enviado prohíben, a quienes no practican la religión de la verdad entre aquellos a quienes fue dado el libro! Combatidlos hasta que paguen la capitación personalmente y ellos estén humillados". Azora IX, aleya 29.
"No hay ciudad a la que nosotros no aniquilemos o atormentemos con terrible tormento antes del día de la resurrección". Azora XVII, aleya 60.
"Matadlos allá donde los encontréis". Azora II, aleya 187.
"Matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en su lugar la religión de Alá". Azora ii, aleya 189.
"Las peores bestias, ante Alá, son los infieles". Azora viii, aleya 57.
"Malditos dondequiera que se encuentren, serán cogidos y asesinados sin piedad, según la costumbre de Alá con aquellos que les precedieron". Azora XXXIII, aleya 61.
"Cuando encontréis a quienes no creen, golpead sus cuellos hasta que les dejéis inermes". Azora XLVII, 4.
¿Dónde está la moderación del islamismo? ¿Dónde su tolerancia? No te dejes engañar. Reacciona.
Enrique de Diego
El Semanal Digital.com
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En Mosul, Irak, esta semana, han asesinado los musulmanes a una familia cristiana provocando un éxodo de miles. En Pakistán, han atacado un colegio salesiano y han tenido durante horas encañonados a los frailes, quienes han decidido reducir su presencia en dicha nación. De Marruecos, esta semana, han expulsado a veintiséis cristianos.
Hace seis años, terroristas musulmanes perpetraron la masacre de Atocha y mataron a 192 personas. Ahora se está juzgando en Madrid a unos musulmanes que pretendían poner bombas en El Corte Inglés de Princesa. A finales del año pasado, se condenó a musulmanes que querían provocar una matanza en el Metro de Barcelona.
Sobre el islamismo se viene perpetrando una auténtica estrategia de ocultación, que incluso llega a presentarlo como una fuente de tolerancia. Nada más lejos de la realidad coránica. Para evitar esa grave desinformación, y la ceguera de la sociedad, en mi libro Islam, visión crítica (Editorial Rambla), se reproducen las siguientes citas textuales de El Corán:
"No es propio del Profeta tener prisioneros hasta que haya cubierto la tierra con los cadáveres de los incrédulos". Azora VIII, aleya 68.
"¡Combatid a quienes no creen en Dios ni en el último día ni prohíben lo que Dios y su enviado prohíben, a quienes no practican la religión de la verdad entre aquellos a quienes fue dado el libro! Combatidlos hasta que paguen la capitación personalmente y ellos estén humillados". Azora IX, aleya 29.
"No hay ciudad a la que nosotros no aniquilemos o atormentemos con terrible tormento antes del día de la resurrección". Azora XVII, aleya 60.
"Matadlos allá donde los encontréis". Azora II, aleya 187.
"Matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en su lugar la religión de Alá". Azora ii, aleya 189.
"Las peores bestias, ante Alá, son los infieles". Azora viii, aleya 57.
"Malditos dondequiera que se encuentren, serán cogidos y asesinados sin piedad, según la costumbre de Alá con aquellos que les precedieron". Azora XXXIII, aleya 61.
"Cuando encontréis a quienes no creen, golpead sus cuellos hasta que les dejéis inermes". Azora XLVII, 4.
¿Dónde está la moderación del islamismo? ¿Dónde su tolerancia? No te dejes engañar. Reacciona.
Enrique de Diego
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13.3.10
Reflexiones sobre la revolución en Europa (Christopher Caldwell)
Resumen extenso pero didáctico del nuevo y controvertido libro del periodista estadounidense Christopher Caldwell, “Reflections on the Revolution in Europe” a pesar de su extensión y a pesar que muchas estadísticas y datos ya nos resultan iterativos, creo que vale la pena leerlo, nunca está de más recordar la situación en la que se encuentra Europa.
Citando al distinguido estudioso del islam estadounidense Bernard Lewis, Caldwell prevé que a finales del siglo XXI Europa será parte del “occidente árabe"
por Mark Lilla - Para Asteion
Primero que nada, algunas estadísticas:
-De los alrededor de 375 millones de habitantes de Europa, entre 15 y 17 de ellos son musulmanes. Cinco millones viven en Francia, cuatro millones en Alemania y dos en Gran Bretaña. Hay sólo nueve millones de suecos.
-Los musulmanes son un 25 por ciento de la población de ciudades como Marsella y Róterdam, el 20 por ciento de Malmö, el 15 por ciento de Bruselas y Birmingham y el 20 por ciento de Londres. La ratio anual de crecimiento de la población nacida en el extranjero en España es aproximadamente del 22 por ciento. El Consejo de Inteligencia Nacional de Naciones Unidas informa de que en 2025 la población musulmana de Europa se habrá duplicado.
-Una quinta parte de los niños de Copenhague, la mitad de los niños de Londres, un tercio de los niños de París y una cuarta parte de los niños de Milán son hijos de madres extranjeras. Aunque los índices de reproducción de los musulmanes parecen estar descendiendo, son un 50 por ciento más altos que los de los europeos no musulmanes.
-Aunque las vías tradicionales para la inmigración están casi cerradas en la mayoría de países europeos, el número de inmigrantes sigue subiendo debido a las políticas concernientes al asilo político y especialmente a la reunión familiar. La inmigración relacionada con la familia es un 78 por ciento del total en Francia y un 60 por ciento en Gran Bretaña, donde una gran proporción son novias procedentes de Pakistán y Bangladesh. Alemania deja entrar a 25.000 novias al año, sobre todo turcas; la mitad de los hombres turcos buscan novias extranjeras. Un 60 por ciento de las bodas pakistaníes y bangladesíes en Gran Bretaña se conciertan con esposas nacidas en el extranjero.
-Puesto que las economías europeas se han convertido en postindustriales, el desempleo entre los inmigrantes se ha disparado, y con él lo ha hecho la carga que supone para los servicios sociales. En 1973, un 65 por ciento de los inmigrantes en Alemania trabajaban; en 1983, diez años más tarde, sólo lo hacían un 38 por ciento. Dos tercios de los imanes franceses viven del estado de bienestar.
-Un estudio de 2007 indicó que un 31 por ciento de los musulmanes británicos sienten que tienen más en común con otros musulmanes de todo el mundo que con sus compatriotas. Sólo 50 por ciento consideraban a Gran Bretaña “mi país”. Sólo hay 330 musulmanes en las fuerzas armadas británicas.
-Un 85 por ciento de los musulmanes franceses dicen que la religión es muy importante para sus vidas, en oposición a un 35 por ciento de no musulmanes. El 68 por ciento de los turcos alemanes piensan que sólo hay una verdadera religión, mientras que sólo lo piensan un seis por ciento de los alemanes nativos. En 2007, un estudio arrojó que un 53 por ciento de los musulmanes británicos prefieren que las mujeres lleven la cabeza cubierta; las cifras son incluso más altas entre los de 18 y 24 años (74 por ciento). Un 36 por ciento del mismo grupo de edad afirma que la conversión está prohibida y debe castigarse con la muerte.
-Mientras Europa se muestra más abierta a la cultura musulmana, no ha habido reciprocidad en el mundo musulmán. España traduce más libros extranjeros en un año de lo que lo han hecho todos los países árabes desde el siglo IX.
Estas son sólo un puñado de llamativas estadísticas recogidas en el nuevo y controvertido libro del periodista estadounidense Christopher Caldwell, Reflections on the Revolution in Europe. Y aunque algunas de estas cifras han sido puestas en duda o reinterpretadas, la mayoría de ellas son aceptadas incluso por los más duros críticos de Caldwell, aunque tienden a reinterpretarlas y a señalar estudios optimistas sobre la asimilación que Caldwell ignora. Pero el centro de la controversia no son las cifras, sino la propia Europa: su historia reciente, la imagen que tiene de sí misma, sus fortalezas y debilidades, su futuro. Y, sobre estos temas, el libro poderoso, alarmante y en última instancia frustrante de Caldwell tiene mucho que decir. Debido a los recientes debates sobre la inmigración en Japón, vale la pena prestarle atención a este libro.
La historia que cuenta Caldwell es clara. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental se convirtió en una sociedad multiétnica “en un ataque de distracción”. Los inmigrantes fueron primero invitados para llenar vacíos temporales en la mano de obra durante la recuperación de posguerra con la idea de que ganarían dinero y después se irían a su casa. Pero la mayoría no lo hizo, especialmente los musulmanes procedentes de Turquía, el Magreb, África y el sur de Asia. Se quedaron y formaron familias a pesar de que hallaron dificultades para integrarse en la sociedad europea. Las encuestas de opinión de un año tras otro han mostrado una persistente aversión a este proceso entre los votantes europeos, pero por una serie de razones –ilusiones acerca de los beneficios económicos de la mano de obra inmigrante, la culpa poscolonial y el miedo a resucitar “viejos demonios” de nacionalismo y racismo que desgarraron Europa en el siglo XX– la inmigración ha continuado. Por elevadas que sean las razones, sostiene Caldwell, los resultados, al menos por lo que respecta a la inmigración musulmana, han sido desastrosos.
Ahora Europa se halla con una población grande y rápidamente creciente de no europeos cada vez más hostiles a las normas básicas de la democracia liberal, y esta hostilidad se traducirá con el tiempo en un poder electoral que podría transformar el continente y hacerlo menos tolerante y libre. Citando al distinguido estudioso del islam estadounidense Bernard Lewis, Caldwell prevé que a finales del siglo XXI Europa será parte del “occidente árabe, del Magreb”.
Éste es el argumento de Caldwell, y se apoya con fuerza en un agudo análisis de las tendencias demográficas. Como ya se ha dicho, el cambio en el paisaje demográfico europeo ha sido enorme en las últimas cuatro décadas, a lo que han contribuido políticas cortas de miras. Ya en los años setenta la mayoría de los países europeos reconocían que los “trabajadores invitados” no se estaban marchando, que sus índices de reproducción eran mucho más altos que los de las poblaciones nativas y que muchos hijos de inmigrantes tenían aún tremendas dificultades para integrarse en la sociedad europea. Un gobierno tras otro en un país tras otro afirmaban que estaban trabajando para ralentizar o detener la inmigración, pero la población no nativa ha seguido creciendo. ¿Por qué ha sido así, se pregunta Caldwell?
Parte de la respuesta tiene que ver con las equivocadas políticas inmigratorias inspiradas por el humanitarismo. La más importante tiene que ver con la reunión familiar. Muchos países de todo el mundo consideran una obligación moral reunir a los inmigrantes con sus esposas, hijos y en ocasiones abuelos; también calculan que la reunión facilitará su integración en la sociedad. Pero ésta no ha sido la experiencia europea con la inmigración musulmana, y la principal razón para ello es la preferencia de muchos musulmanes varones por novias de sus países de origen, mujeres “no manchadas” por la corrupción moral y la libertad que encuentran en las sociedades occidentales modernas. Sus esposas importadas son problemáticas porque por lo general no están educadas y no hablan el idioma de su país anfitrión. Llevan vidas restringidas en casa, con frecuencia están reprimidas o sufren violencia doméstica (o, en los casos más dramáticos, son víctimas de “asesinatos de honor”) y tienen índices de reproducción muy altos. Su presencia renueva el depósito de inmigrantes desde el fondo, por así decirlo, y retrasa la asimilación de toda la familia. Y, si los hijos varones de estas mujeres buscan a su vez novias de su país de origen, el ciclo continúa y la población inmigrante sigue creciendo apartada. Las cifras son elevadas. Durante los últimos quince años, Alemania ha dejado entrar a medio millón de esposas musulmanas importadas, sobre todo procedentes de Turquía, a pesar de que la política explícita del país ha sido restringir esa costumbre, si no acabar con ella. (En Francia, el problema se ve acrecentado por la práctica común de la poligamia entre los musulmanes africanos.)
Una segunda política equivocada, en opinión de Caldwell, tiene que ver con el asilo político, que, considera, fue hasta hace poco concedido con demasiada frecuencia. Caldwell reconoce el imperativo moral de ofrecer asilo a los que lo buscan de verdad, pero hace hincapié en lo difícil que resulta determinar quién lo necesita en realidad, puesto que los países de origen de quienes buscan asilo son con frecuencia políticamente opresivos, pero también están siempre económicamente estancados. La conciencia sobre la difícil situación de los refugiados creció durante los años ochenta con el éxodo en barco de camboyanos y vietnamitas, y con el colapso de las esperanzas revolucionarias en los años noventa, el apoyo a inmigrantes y buscadores de asilo se convirtió en un rasgo definitorio de la izquierda europea. La hospitalidad es una vieja y noble práctica en la mayoría de las culturas, pero tradicionalmente, sugiere Caldwell, era concedida temporalmente y con la condición de que no se ofendiera al anfitrión. Hoy el asilo es permanente e incondicional.
Había muchas razones para dar asilo en los años noventa, dado el número de refugiados (en su mayoría musulmanes) de crisis políticas en los Balcanes, Irán, Iraq, Somalia y la Turquía oriental. En la última época, sin embargo, los gobiernos europeos han sido más selectivos en la concesión de estatus de asilado, aunque a los que ya disponían de él se les permitió llevarse consigo a otros por las políticas de reunión familiar. Con todo, los campos para grandes grupos de buscadores de asilo siguen existiendo –en el norte de Francia, en las Canarias españolas y en las islas italianas de Lampedusa y Pantelleria. En 2006, 30.000 africanos llegaron en cayucos a las Islas Canarias (y 3.000 murieron en el viaje) y 10.000 llegaron a las islas italianas.
Otra serie de políticas que agravan el problema inmigratorio europeo, sugiere Caldwell, tiene que ver con la vivienda y el desarrollo urbano. Las comunidades inmigrantes están cada vez más segregadas en Europa, las grandes ciudades tienen ahora barrios de inmigrantes que muestran todas las patologías de los guetos negros estadounidenses, como el crimen, el desempleo y una resistencia compartida a la integración social (empezando por la integración lingüística). La situación parece más dramática en Francia, donde en el período de posguerra sucesivos gobiernos llevaron a cabo políticas de vivienda que sacaban de manera efectiva a residentes pobres del centro de las ciudades a modernistas “ciudades radiantes” en la periferia que, por estar apartadas, estaban lejos de las fuentes de trabajo, carecían de su propia base comercial, eran arquitectónicamente brutales, ofrecían pocos espacios para actividades juveniles y cada vez se segregaron más de acuerdo con criterios raciales y étnicos. En los últimos años estas banlieues han sido escenario de terror criminal (incluyendo violaciones sistemáticas) y alzamientos espontáneos contra las fuerzas policiales que dejan a gente muerta y herida y propiedades destruidas. Son islas de miseria que uno no ve cuando visita los distritos históricos de ciudades como París.
Finalmente, hay fuerzas económicas que frenan la asimilación de inmigrantes en las sociedades europeas. Originalmente, por supuesto, los inmigrantes fueron invitados a Europa para que alimentaran el crecimiento económico después de la Segunda Guerra Mundial, lo que por breve tiempo hicieron. Y después su presencia estuvo justificada porque aceptaban “trabajos que nadie más quería hacer” y contribuían al mantenimiento del estado de bienestar ahí donde la población nativa envejecía y no se reproducía. Pero como argumenta convincentemente Caldwell, un importante efecto de toda esta mano de obra barata fue posponer la modernización de las industrias manteniendo la mano de obra artificialmente barata. Había muchos trabajadores para manejar maquinarias atrasadas, y muchos más para trabajar en granjas, atender en restaurantes y mantener la infraestructura europea: sus maravillosos parques, sus grandes ciudades, sus monumentos. Pero la no inversión en investigación y tecnología acabó haciendo que el crecimiento económico se frenara en Europa en los años ochenta, lo que llevó a un estancamiento del mercado de trabajo y el alza del desempleo entre nativos e inmigrantes por igual.
De repente, dada su dependencia del estado de bienestar, los inmigrantes se convirtieron en una carga económica neta, y sus elevados índices de reproducción auguraron una crisis inminente en la financiación de los programas sociales cuando ellos y sus hijos envejecieran. Mientras tanto, países con costes laborales más elevados se vieron obligados a modernizarse en los ochenta, lo que llevó a un crecimiento sostenido en Asia y Norteamérica.
Desde la creación de la Unión Europea las economías de la zona han revivido y (a pesar de la actual crisis) van a crecer, pero los nuevos empleos que producen tienden a estar en sectores postindustriales –tecnología, servicios especializados– y para esos trabajos muchos inmigrantes no pueden competir, dada su insuficiente educación y su falta de dominio del idioma. Incluso la segunda y la tercera generación de inmigrantes permanecen en la base de la mano de obra debido a la falta de educación superior y de dominio lingüístico entre los hombres. (Caldwell señala, y es interesante, que las mujeres inmigrantes con frecuencia salen adelante más fácilmente en la nueva economía si gozan de educación. En las facultades de derecho de Holanda, por ejemplo, hay el doble de mujeres inmigrantes que de hombres inmigrantes.)
Los críticos de Caldwell, por otro lado, están por lo general de acuerdo en que, a pesar de las amenazas terroristas, los musulmanes europeos están encaminándose a la asimilación en sociedades más multiculturales, y que las barreras que quedan son sobre todo culpa de poblaciones nativas xenófobas. Caldwell no acepta esto ni por un momento. No sólo cree que la mayoría de los europeos musulmanes no desean integrarse, sino que en lo básico está de acuerdo con su razonamiento: en la frase más controvertida del libro, declara: “El islam no es en ningún sentido la religión de Europa y no es en ningún sentido la cultura de Europa.” Tomada literalmente, esta afirmación es obviamente cierta; pero tomada como predicción sobre la futura integración de los musulmanes y el islam en la sociedad europea se trata de una afirmación muy contundente, especialmente viniendo de alguien que reconoce que no es estudioso del islam y no sabe árabe. Pero, ingeniosamente, Caldwell no basa su afirmación en algún análisis espurio de la “esencia” del islam, ni relaciona a los musulmanes europeos como un todo con actos de terrorismo y crueldad doméstica. En lugar de eso infiere su conclusión del comportamiento de los musulmanes europeos y de sus puntos de vista expresados en sondeos de opinión. De ahí la importancia de las estadísticas mencionadas anteriormente acerca de las actitudes sobre los países y la religión de sus anfitriones, que son sin duda inquietantes.
Su conclusión es que los musulmanes son distintos de otros grupos inmigrantes debido a la condición del islam contemporáneo, que es cada vez más conservador, intolerante, defensivo y (al mismo tiempo) asertivo en todo el mundo. Después de examinar los datos de las encuestas, lanza contra los musulmanes europeos la misma acusación que en el pasado se lanzara contra los judíos europeos: doble lealtad. Y se defiende por hacerlo.
Lo que hace que el vínculo con el islam contemporáneo sea distinto que el vínculo con el judaísmo o el cristianismo, afirma, es que es más que un vínculo arraigado en el pasado, en la nostalgia: está movido por un programa político que tiene por fin dar forma al presente y al futuro. Esta causa, no la creencia religiosa, se ha convertido en una nueva y peligrosa fuente de identidad compartida.
A esto, los críticos de Caldwell responden que, con el tiempo, el islam europeo se adaptará a la democracia moderna en el siglo XXI como lo hicieron el cristianismo y el judaísmo en el XX. Caldwell considera esas esperanzas de liberalización teológica o “comprensión entre fes” una fantasía peligrosa.
El diálogo religioso requiere reciprocidad, y Caldwell no ve apertura en el islam contemporáneo ni hacia otras fes ni hacia las ideas de la democracia liberal. O, más bien, ve esa apertura limitada a ciertas élites e intelectuales musulmanes, aunque de la mayoría de ellos –como el reformista Tariq Ramadan– desconfía y los acusa de doble juego. En la base, o entre musulmanes educados desafectos, el islam europeo es islamista, y el islamismo es una amenaza para las democracias occidentales mayor de lo que lo fue el comunismo. Es una ideología totalizadora que se ajusta a una amplia gama de quejas, produce solidaridad y es simple, capaz de ser comprendida por cualquiera, de un profesor universitario a un joven descontento de una banlieue parisina. Y, señala de una forma inquietante, probablemente haya más radicales islamistas en Europa hoy que bolcheviques en la Rusia prerrevolucionaria.
Esto es, por supuesto, una comparación absurda sobre la que los críticos de Caldwell se han abalanzado. Los bolcheviques consiguieron el poder por la fuerza, y no hay ninguna perspectiva de golpes de Estado musulmanes en la Europa occidental. La mayoría de los inmigrantes musulmanes, afirman, vienen a Europa o con la esperanza de convertirse en parte de la cultura europea mayor o para mantener sus comunidades étnicas y religiosas en el seno de la estructura de democracias liberales constitucionales que reconocen sus derechos y les dejan en paz. Y, aunque las estadísticas de Caldwell sobre cuestiones demográficas y políticas son por lo general precisas, no logra reconocer que muchos de esos números tienden hacia una misma dirección: los índices de reproducción de inmigrantes están descendiendo lentamente, menos musulmanes europeos asisten a servicios religiosos, etcétera. Caldwell es un escritor serio y debe saberlo, de modo que el lector se queda preguntándose por qué presenta esa visión irremisiblemente parcial del estado actual de los musulmanes europeos, sin reconocer que existen señales esperanzadoras de integración. Es sólo al final del libro cuando descubrimos por qué: el principal objetivo de Caldwell no son los musulmanes europeos, su verdadero tema es el colapso interior de la cultura europea frente a un reto existencial.
Los alemanes, como de costumbre, tienen una excelente palabra para describir la actitud que da forma a todo el libro de Caldwell: Kulturpessimismus, “pesimismo cultural”. Fue una actitud desarrollada por vez primera en la derecha política tras la Revolución francesa, y se convirtió en una importante fuerza intelectual y política en Europa a principios del siglo XX, especialmente en Alemania. El ejemplo clásico de Kulturpessimismus es Der Untergang des Abendlandes, La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, que fue publicado al fin de la Primera Guerra Mundial y fue enormemente influyente en Alemania y más allá de sus fronteras. Spengler retrataba a Occidente como una cultura cansada que había perdido su esencia vital y ya no estaba segura de sus fines. Occidente no estaba derrumbándose ante un reto militar, estaba derrumbándose desde su interior debido al liberalismo, el materialismo, el capitalismo, el socialismo, el pacifismo, el arte moderno y el relativismo cultural. Las grandes culturas, sostenía, se mantienen unidas por una esencia racial; no en el sentido biológico, sino en el sentido tribal de un pueblo que comparte una tierra común, un pasado común y un destino común. Cuando se pierde esa esencia, la cultura se viene abajo.
El libro de Caldwell expresa un pesimismo cultural contemporáneo que, curiosamente, uno raramente se encuentra en la Europa que él ve al borde del colapso. Uno lo encuentra casi exclusivamente entre los neoconservadores estadounidenses con los que está aliado. Caldwell ha trabajado en un buen número de publicaciones neoconservadoras y actualmente es editor senior del Weekly Standard, la revista más influyente de esta familia ideológica estadounidense.
Es central en el pensamiento neoconservador desde los años setenta la idea (derivada de Leo Strauss, entre otros) de que las élites culturales en Occidente lo estaban minando al promover el relativismo cultural en casa y la retirada de la lucha con el comunismo en el extranjero.
Aunque con el colapso del comunismo europeo hace veinte años los neoconservadores perdieron su principal adversario ideológico, el auge del islam radical en la última década los ha resucitado; también ha inspirado nuevas llamadas a que América se imponga a sí misma y sus valores en el mundo y lidere ataques contra aquellos que son “blandos” ante los retos militares y culturales que esta nueva ideología plantea. (A mi modo de ver, este programa para rejuvenecer Estados Unidos por medio de la lucha con un enemigo existencial fue lo que en realidad inspiró la decisión de la administración Bush de derrocar a Saddam Hussein tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.)
Los neoconservadores están profundamente comprometidos con los argumentos acerca de la “guerra contra el terror”, pero hasta ahora tenían poco que decir sobre el reto cultural del islam político, puesto que Estados Unidos tiene, en comparación con Europa, una población musulmana relativamente pequeña y bien integrada.
Volviéndose hacia la experiencia europea con la integración musulmana, con todo, Caldwell ha dado a los neoconservadores el libro que querían y necesitaban sobre la debilidad cultural de Occidente hoy.
Esto no significa que las pruebas y los argumentos que Caldwell muestra no sean convincentes por sí mismos. Los datos demográficos y de sondeos que ha recopilado son sin duda preocupantes, como lo es la falta de disposición que demuestran las élites políticas y culturales europeas para tomar decisiones duras que reconduzcan los problemas.
Señala que, según recientes sondeos, sólo 19 por ciento de los europeos creen que la inmigración ha sido buena para sus países, y que un 57 por ciento creen que hay demasiados extranjeros en sus sociedades. Y justo este noviembre pasado los ciudadanos suizos votaron ampliamente en favor de prohibir la construcción de minaretes en el país. ¿Por qué este escepticismo compartido, y esta absoluta hostilidad, hacia la inmigración no se ha traducido en políticas que controlarían más duramente la inmigración y preservarían la integridad cultural de Europa? Porque, sostiene Caldwell, las élites europeas han criminalizado de manera absoluta la expresión de puntos de vista contrarios a la inmigración, han demonizado a los políticos que los airean y los han acusado de “azuzar el odio”. En países como Francia, Alemania y los Países Bajos el antirracismo se ha convertido en un amplio programa político destinado a que Europa haga penitencia por sus pecados del pasado y a crear sociedades multiculturales con vínculos débiles con sus pasados nacionales.
Cuando un periódico holandés publicó caricaturas que retrataban a Mahoma bajo una luz satírica y musulmanes de todo el mundo reaccionaron contra ellas, a veces violentamente, amenazando al periódico y a los dibujantes, la opinión de muchos intelectuales y políticos europeos era que debían suprimirse las imágenes, y no defendieron instintivamente el derecho de los periódicos a publicar lo que quieran ni condenaron las amenazas de violencia. (Y resultaron ser veraces: uno de los dibujantes implicados en el incidente escapó por los pelos del ataque mortal de un asesino radical musulmán en la primera semana de enero de este año.)
Y recordemos que en 2006, cuando una ópera alemana que presentaba la obra de Mozart Idomeneo fue amenazada por radicales musulmanes por mostrar la cabeza cortada de Mahoma (y Jesús, y Buda) en el escenario, como se indica en el libreto, las fuerzas de seguridad estatales aconsejaron a la ópera que cancelara la producción, cosa que hizo.
Caldwell recoge muchos sucesos como estos, desde la fatwa contra el novelista Salman Rushdie en 1989 hasta el presente, los cuales, sostiene, demuestran que las élites europeas ya no están dispuestas a defender sus principios políticos y sus valores culturales ante un desafío. Su argumento no es débil.
Pero ¿adónde lleva finalmente? Caldwell podría haberse limitado a escribir un libro que llamara la atención de los europeos sobre sus fracasos a la hora de enfrentarse a los retos y las patologías de la inmigración musulmana masiva, y quizá sugerido políticas prácticas para aliviarlos de algún modo. En ocasiones lo hace.
Señala que aunque Canadá tiene una cuantiosa población nacida en el extranjero (un 20 por ciento), la mayoría se ha integrado con éxito porque Canadá es muy selectiva con respecto a quién deja entrar, y favorece a los que tienen educación, dominan el idioma y tienen perspectivas de empleo; también lleva a cabo comprobaciones económicas, médicas y de seguridad a todos los aspirantes.
Dinamarca, por su parte, ha hecho lo que ha podido para detener la marea de novias extranjeras a través de la estricta política de probar y esperar antes de otorgarles la residencia y negando a la mayoría de ciudadanos daneses menores de 24 años la residencia en el país si están casados con una mujer que no es de la Unión Europea.
Caldwell también elogia los esfuerzos del presidente francés Nicolas Sarkozy (hijo de inmigrantes húngaros) para hacer que Francia sea más hospitalaria con las diferencias culturales mientras, al mismo tiempo, muestra mano dura con el crimen y la necesidad de que todos los inmigrantes y sus hijos se conviertan en ciudadanos de pleno derecho partidarios de los derechos proclamados en la Declaración de los Derechos Humanos y la Constitución francesas. (Incluso ha lanzado una campaña contra la burka, una prenda que cubre todo el cuerpo que algunas musulmanas llevan fuera de casa, con el argumento de que es una señal de opresión y les impide participar igualmente como ciudadanas.) En Sarkozy, Caldwell halla un modelo de líder europeo al que le gustaría ver enfrentándose al problema de la inmigración con humanidad mientras se niega a ceder en los principios políticos básicos de la democracia liberal europea.
Pero Reflections on the Revolution in Europe no acaba con la recomendación de algunas políticas, o con una explicación de avances esperanzadores en políticas de inmigración. Acaba donde probablemente empezó en la mente de su autor, en un profundo Kulturpessimismus. La última frase del libro podría haber sido escrita perfectamente por un spengleriano de principios del siglo XX: “Cuando una cultura insegura, maleable y relativista se topa con una cultura afianzada, segura y fortalecida por doctrinas comunes, es normalmente la primera la que cambia para encajar en la segunda.”
El libro acaba siendo una profecía sobre Europa, una llamada a que ésta se despierte y rejuvenezca, o se prepare para convertirse en “parte del occidente arábico, del Magreb”. También da unas bienvenidas municiones a los neoconservadores estadounidenses en su lucha contra las “élites culturales” occidentales que se niegan a librar la batalla correcta contra el nuevo enemigo. Y, finalmente, nos recuerda con qué frecuencia los argumentos sobre la inmigración están inspirados en ansiedades sobre el objetivo nacional y el destino histórico y no en problemas concretos e inmediatos.~
Traducción de Ramón González Férriz
LETRAS LIBRES
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REFLEXIONES SOBRE LA REVOLUCIÓN EN EUROPA
Citando al distinguido estudioso del islam estadounidense Bernard Lewis, Caldwell prevé que a finales del siglo XXI Europa será parte del “occidente árabe"
por Mark Lilla - Para Asteion
Primero que nada, algunas estadísticas:
-De los alrededor de 375 millones de habitantes de Europa, entre 15 y 17 de ellos son musulmanes. Cinco millones viven en Francia, cuatro millones en Alemania y dos en Gran Bretaña. Hay sólo nueve millones de suecos.
-Los musulmanes son un 25 por ciento de la población de ciudades como Marsella y Róterdam, el 20 por ciento de Malmö, el 15 por ciento de Bruselas y Birmingham y el 20 por ciento de Londres. La ratio anual de crecimiento de la población nacida en el extranjero en España es aproximadamente del 22 por ciento. El Consejo de Inteligencia Nacional de Naciones Unidas informa de que en 2025 la población musulmana de Europa se habrá duplicado.
-Una quinta parte de los niños de Copenhague, la mitad de los niños de Londres, un tercio de los niños de París y una cuarta parte de los niños de Milán son hijos de madres extranjeras. Aunque los índices de reproducción de los musulmanes parecen estar descendiendo, son un 50 por ciento más altos que los de los europeos no musulmanes.
-Aunque las vías tradicionales para la inmigración están casi cerradas en la mayoría de países europeos, el número de inmigrantes sigue subiendo debido a las políticas concernientes al asilo político y especialmente a la reunión familiar. La inmigración relacionada con la familia es un 78 por ciento del total en Francia y un 60 por ciento en Gran Bretaña, donde una gran proporción son novias procedentes de Pakistán y Bangladesh. Alemania deja entrar a 25.000 novias al año, sobre todo turcas; la mitad de los hombres turcos buscan novias extranjeras. Un 60 por ciento de las bodas pakistaníes y bangladesíes en Gran Bretaña se conciertan con esposas nacidas en el extranjero.
-Puesto que las economías europeas se han convertido en postindustriales, el desempleo entre los inmigrantes se ha disparado, y con él lo ha hecho la carga que supone para los servicios sociales. En 1973, un 65 por ciento de los inmigrantes en Alemania trabajaban; en 1983, diez años más tarde, sólo lo hacían un 38 por ciento. Dos tercios de los imanes franceses viven del estado de bienestar.
-Un estudio de 2007 indicó que un 31 por ciento de los musulmanes británicos sienten que tienen más en común con otros musulmanes de todo el mundo que con sus compatriotas. Sólo 50 por ciento consideraban a Gran Bretaña “mi país”. Sólo hay 330 musulmanes en las fuerzas armadas británicas.
-Un 85 por ciento de los musulmanes franceses dicen que la religión es muy importante para sus vidas, en oposición a un 35 por ciento de no musulmanes. El 68 por ciento de los turcos alemanes piensan que sólo hay una verdadera religión, mientras que sólo lo piensan un seis por ciento de los alemanes nativos. En 2007, un estudio arrojó que un 53 por ciento de los musulmanes británicos prefieren que las mujeres lleven la cabeza cubierta; las cifras son incluso más altas entre los de 18 y 24 años (74 por ciento). Un 36 por ciento del mismo grupo de edad afirma que la conversión está prohibida y debe castigarse con la muerte.
-Mientras Europa se muestra más abierta a la cultura musulmana, no ha habido reciprocidad en el mundo musulmán. España traduce más libros extranjeros en un año de lo que lo han hecho todos los países árabes desde el siglo IX.
Estas son sólo un puñado de llamativas estadísticas recogidas en el nuevo y controvertido libro del periodista estadounidense Christopher Caldwell, Reflections on the Revolution in Europe. Y aunque algunas de estas cifras han sido puestas en duda o reinterpretadas, la mayoría de ellas son aceptadas incluso por los más duros críticos de Caldwell, aunque tienden a reinterpretarlas y a señalar estudios optimistas sobre la asimilación que Caldwell ignora. Pero el centro de la controversia no son las cifras, sino la propia Europa: su historia reciente, la imagen que tiene de sí misma, sus fortalezas y debilidades, su futuro. Y, sobre estos temas, el libro poderoso, alarmante y en última instancia frustrante de Caldwell tiene mucho que decir. Debido a los recientes debates sobre la inmigración en Japón, vale la pena prestarle atención a este libro.
La historia que cuenta Caldwell es clara. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental se convirtió en una sociedad multiétnica “en un ataque de distracción”. Los inmigrantes fueron primero invitados para llenar vacíos temporales en la mano de obra durante la recuperación de posguerra con la idea de que ganarían dinero y después se irían a su casa. Pero la mayoría no lo hizo, especialmente los musulmanes procedentes de Turquía, el Magreb, África y el sur de Asia. Se quedaron y formaron familias a pesar de que hallaron dificultades para integrarse en la sociedad europea. Las encuestas de opinión de un año tras otro han mostrado una persistente aversión a este proceso entre los votantes europeos, pero por una serie de razones –ilusiones acerca de los beneficios económicos de la mano de obra inmigrante, la culpa poscolonial y el miedo a resucitar “viejos demonios” de nacionalismo y racismo que desgarraron Europa en el siglo XX– la inmigración ha continuado. Por elevadas que sean las razones, sostiene Caldwell, los resultados, al menos por lo que respecta a la inmigración musulmana, han sido desastrosos.
Ahora Europa se halla con una población grande y rápidamente creciente de no europeos cada vez más hostiles a las normas básicas de la democracia liberal, y esta hostilidad se traducirá con el tiempo en un poder electoral que podría transformar el continente y hacerlo menos tolerante y libre. Citando al distinguido estudioso del islam estadounidense Bernard Lewis, Caldwell prevé que a finales del siglo XXI Europa será parte del “occidente árabe, del Magreb”.
Éste es el argumento de Caldwell, y se apoya con fuerza en un agudo análisis de las tendencias demográficas. Como ya se ha dicho, el cambio en el paisaje demográfico europeo ha sido enorme en las últimas cuatro décadas, a lo que han contribuido políticas cortas de miras. Ya en los años setenta la mayoría de los países europeos reconocían que los “trabajadores invitados” no se estaban marchando, que sus índices de reproducción eran mucho más altos que los de las poblaciones nativas y que muchos hijos de inmigrantes tenían aún tremendas dificultades para integrarse en la sociedad europea. Un gobierno tras otro en un país tras otro afirmaban que estaban trabajando para ralentizar o detener la inmigración, pero la población no nativa ha seguido creciendo. ¿Por qué ha sido así, se pregunta Caldwell?
Parte de la respuesta tiene que ver con las equivocadas políticas inmigratorias inspiradas por el humanitarismo. La más importante tiene que ver con la reunión familiar. Muchos países de todo el mundo consideran una obligación moral reunir a los inmigrantes con sus esposas, hijos y en ocasiones abuelos; también calculan que la reunión facilitará su integración en la sociedad. Pero ésta no ha sido la experiencia europea con la inmigración musulmana, y la principal razón para ello es la preferencia de muchos musulmanes varones por novias de sus países de origen, mujeres “no manchadas” por la corrupción moral y la libertad que encuentran en las sociedades occidentales modernas. Sus esposas importadas son problemáticas porque por lo general no están educadas y no hablan el idioma de su país anfitrión. Llevan vidas restringidas en casa, con frecuencia están reprimidas o sufren violencia doméstica (o, en los casos más dramáticos, son víctimas de “asesinatos de honor”) y tienen índices de reproducción muy altos. Su presencia renueva el depósito de inmigrantes desde el fondo, por así decirlo, y retrasa la asimilación de toda la familia. Y, si los hijos varones de estas mujeres buscan a su vez novias de su país de origen, el ciclo continúa y la población inmigrante sigue creciendo apartada. Las cifras son elevadas. Durante los últimos quince años, Alemania ha dejado entrar a medio millón de esposas musulmanas importadas, sobre todo procedentes de Turquía, a pesar de que la política explícita del país ha sido restringir esa costumbre, si no acabar con ella. (En Francia, el problema se ve acrecentado por la práctica común de la poligamia entre los musulmanes africanos.)
Una segunda política equivocada, en opinión de Caldwell, tiene que ver con el asilo político, que, considera, fue hasta hace poco concedido con demasiada frecuencia. Caldwell reconoce el imperativo moral de ofrecer asilo a los que lo buscan de verdad, pero hace hincapié en lo difícil que resulta determinar quién lo necesita en realidad, puesto que los países de origen de quienes buscan asilo son con frecuencia políticamente opresivos, pero también están siempre económicamente estancados. La conciencia sobre la difícil situación de los refugiados creció durante los años ochenta con el éxodo en barco de camboyanos y vietnamitas, y con el colapso de las esperanzas revolucionarias en los años noventa, el apoyo a inmigrantes y buscadores de asilo se convirtió en un rasgo definitorio de la izquierda europea. La hospitalidad es una vieja y noble práctica en la mayoría de las culturas, pero tradicionalmente, sugiere Caldwell, era concedida temporalmente y con la condición de que no se ofendiera al anfitrión. Hoy el asilo es permanente e incondicional.
Había muchas razones para dar asilo en los años noventa, dado el número de refugiados (en su mayoría musulmanes) de crisis políticas en los Balcanes, Irán, Iraq, Somalia y la Turquía oriental. En la última época, sin embargo, los gobiernos europeos han sido más selectivos en la concesión de estatus de asilado, aunque a los que ya disponían de él se les permitió llevarse consigo a otros por las políticas de reunión familiar. Con todo, los campos para grandes grupos de buscadores de asilo siguen existiendo –en el norte de Francia, en las Canarias españolas y en las islas italianas de Lampedusa y Pantelleria. En 2006, 30.000 africanos llegaron en cayucos a las Islas Canarias (y 3.000 murieron en el viaje) y 10.000 llegaron a las islas italianas.
Otra serie de políticas que agravan el problema inmigratorio europeo, sugiere Caldwell, tiene que ver con la vivienda y el desarrollo urbano. Las comunidades inmigrantes están cada vez más segregadas en Europa, las grandes ciudades tienen ahora barrios de inmigrantes que muestran todas las patologías de los guetos negros estadounidenses, como el crimen, el desempleo y una resistencia compartida a la integración social (empezando por la integración lingüística). La situación parece más dramática en Francia, donde en el período de posguerra sucesivos gobiernos llevaron a cabo políticas de vivienda que sacaban de manera efectiva a residentes pobres del centro de las ciudades a modernistas “ciudades radiantes” en la periferia que, por estar apartadas, estaban lejos de las fuentes de trabajo, carecían de su propia base comercial, eran arquitectónicamente brutales, ofrecían pocos espacios para actividades juveniles y cada vez se segregaron más de acuerdo con criterios raciales y étnicos. En los últimos años estas banlieues han sido escenario de terror criminal (incluyendo violaciones sistemáticas) y alzamientos espontáneos contra las fuerzas policiales que dejan a gente muerta y herida y propiedades destruidas. Son islas de miseria que uno no ve cuando visita los distritos históricos de ciudades como París.
Finalmente, hay fuerzas económicas que frenan la asimilación de inmigrantes en las sociedades europeas. Originalmente, por supuesto, los inmigrantes fueron invitados a Europa para que alimentaran el crecimiento económico después de la Segunda Guerra Mundial, lo que por breve tiempo hicieron. Y después su presencia estuvo justificada porque aceptaban “trabajos que nadie más quería hacer” y contribuían al mantenimiento del estado de bienestar ahí donde la población nativa envejecía y no se reproducía. Pero como argumenta convincentemente Caldwell, un importante efecto de toda esta mano de obra barata fue posponer la modernización de las industrias manteniendo la mano de obra artificialmente barata. Había muchos trabajadores para manejar maquinarias atrasadas, y muchos más para trabajar en granjas, atender en restaurantes y mantener la infraestructura europea: sus maravillosos parques, sus grandes ciudades, sus monumentos. Pero la no inversión en investigación y tecnología acabó haciendo que el crecimiento económico se frenara en Europa en los años ochenta, lo que llevó a un estancamiento del mercado de trabajo y el alza del desempleo entre nativos e inmigrantes por igual.
De repente, dada su dependencia del estado de bienestar, los inmigrantes se convirtieron en una carga económica neta, y sus elevados índices de reproducción auguraron una crisis inminente en la financiación de los programas sociales cuando ellos y sus hijos envejecieran. Mientras tanto, países con costes laborales más elevados se vieron obligados a modernizarse en los ochenta, lo que llevó a un crecimiento sostenido en Asia y Norteamérica.
Desde la creación de la Unión Europea las economías de la zona han revivido y (a pesar de la actual crisis) van a crecer, pero los nuevos empleos que producen tienden a estar en sectores postindustriales –tecnología, servicios especializados– y para esos trabajos muchos inmigrantes no pueden competir, dada su insuficiente educación y su falta de dominio del idioma. Incluso la segunda y la tercera generación de inmigrantes permanecen en la base de la mano de obra debido a la falta de educación superior y de dominio lingüístico entre los hombres. (Caldwell señala, y es interesante, que las mujeres inmigrantes con frecuencia salen adelante más fácilmente en la nueva economía si gozan de educación. En las facultades de derecho de Holanda, por ejemplo, hay el doble de mujeres inmigrantes que de hombres inmigrantes.)
El análisis de Caldwell de las fuentes demográficas, políticas y económicas del problema de la inmigración en Europa es atractivo, como han reconocido muchos de sus críticos, aunque ellos saquen conclusiones menos apocalípticas de los datos. Lo que ha hecho que su libro sea controvertido es su afirmación de que Europa está experimentando un incorregible “choque de civilizaciones”, no entre distintas naciones y culturas, sino en el interior de sus propias fronteras entre los nativos (es decir, blancos) y los inmigrantes musulmanes y sus descendientes. Se está desarrollando una batalla por el futuro político y cultural de Europa, y un islam confiado podría pronto amenazar la democracia liberal en la Europa occidental.
Los críticos de Caldwell, por otro lado, están por lo general de acuerdo en que, a pesar de las amenazas terroristas, los musulmanes europeos están encaminándose a la asimilación en sociedades más multiculturales, y que las barreras que quedan son sobre todo culpa de poblaciones nativas xenófobas. Caldwell no acepta esto ni por un momento. No sólo cree que la mayoría de los europeos musulmanes no desean integrarse, sino que en lo básico está de acuerdo con su razonamiento: en la frase más controvertida del libro, declara: “El islam no es en ningún sentido la religión de Europa y no es en ningún sentido la cultura de Europa.” Tomada literalmente, esta afirmación es obviamente cierta; pero tomada como predicción sobre la futura integración de los musulmanes y el islam en la sociedad europea se trata de una afirmación muy contundente, especialmente viniendo de alguien que reconoce que no es estudioso del islam y no sabe árabe. Pero, ingeniosamente, Caldwell no basa su afirmación en algún análisis espurio de la “esencia” del islam, ni relaciona a los musulmanes europeos como un todo con actos de terrorismo y crueldad doméstica. En lugar de eso infiere su conclusión del comportamiento de los musulmanes europeos y de sus puntos de vista expresados en sondeos de opinión. De ahí la importancia de las estadísticas mencionadas anteriormente acerca de las actitudes sobre los países y la religión de sus anfitriones, que son sin duda inquietantes.
Su conclusión es que los musulmanes son distintos de otros grupos inmigrantes debido a la condición del islam contemporáneo, que es cada vez más conservador, intolerante, defensivo y (al mismo tiempo) asertivo en todo el mundo. Después de examinar los datos de las encuestas, lanza contra los musulmanes europeos la misma acusación que en el pasado se lanzara contra los judíos europeos: doble lealtad. Y se defiende por hacerlo.
Lo que hace que el vínculo con el islam contemporáneo sea distinto que el vínculo con el judaísmo o el cristianismo, afirma, es que es más que un vínculo arraigado en el pasado, en la nostalgia: está movido por un programa político que tiene por fin dar forma al presente y al futuro. Esta causa, no la creencia religiosa, se ha convertido en una nueva y peligrosa fuente de identidad compartida.
Es significativo, sugiere Caldwell, que la tercera generación de musulmanes de ascendencia inmigrante tiende más a sostener puntos de vista religiosos conservadores y a identificarse con el islam mundial que la segunda generación. Es también significativo que el islam político se haya convertido en fuente de unidad entre distintos grupos de inmigrantes musulmanes. En el seno de los países musulmanes, y entre ellos, hay mucha tensión y en ocasiones conflictos entre distintas sectas y variantes nacionales de la fe islámica. Pero, entre los inmigrantes europeos, el “islam” se ha convertido en una fuerza monolítica de resistencia a la cultura occidental, el fundamento de una identidad social compartida por musulmanes de África, Oriente Medio y el sur de Asia, sean suníes o chiíes. Lo que uno ve entre los hijos de inmigrantes de tercera generación, dice, no es asimilación sino disimilación inspirada por la causa global de defender al islam.
A esto, los críticos de Caldwell responden que, con el tiempo, el islam europeo se adaptará a la democracia moderna en el siglo XXI como lo hicieron el cristianismo y el judaísmo en el XX. Caldwell considera esas esperanzas de liberalización teológica o “comprensión entre fes” una fantasía peligrosa.
El diálogo religioso requiere reciprocidad, y Caldwell no ve apertura en el islam contemporáneo ni hacia otras fes ni hacia las ideas de la democracia liberal. O, más bien, ve esa apertura limitada a ciertas élites e intelectuales musulmanes, aunque de la mayoría de ellos –como el reformista Tariq Ramadan– desconfía y los acusa de doble juego. En la base, o entre musulmanes educados desafectos, el islam europeo es islamista, y el islamismo es una amenaza para las democracias occidentales mayor de lo que lo fue el comunismo. Es una ideología totalizadora que se ajusta a una amplia gama de quejas, produce solidaridad y es simple, capaz de ser comprendida por cualquiera, de un profesor universitario a un joven descontento de una banlieue parisina. Y, señala de una forma inquietante, probablemente haya más radicales islamistas en Europa hoy que bolcheviques en la Rusia prerrevolucionaria.
Esto es, por supuesto, una comparación absurda sobre la que los críticos de Caldwell se han abalanzado. Los bolcheviques consiguieron el poder por la fuerza, y no hay ninguna perspectiva de golpes de Estado musulmanes en la Europa occidental. La mayoría de los inmigrantes musulmanes, afirman, vienen a Europa o con la esperanza de convertirse en parte de la cultura europea mayor o para mantener sus comunidades étnicas y religiosas en el seno de la estructura de democracias liberales constitucionales que reconocen sus derechos y les dejan en paz. Y, aunque las estadísticas de Caldwell sobre cuestiones demográficas y políticas son por lo general precisas, no logra reconocer que muchos de esos números tienden hacia una misma dirección: los índices de reproducción de inmigrantes están descendiendo lentamente, menos musulmanes europeos asisten a servicios religiosos, etcétera. Caldwell es un escritor serio y debe saberlo, de modo que el lector se queda preguntándose por qué presenta esa visión irremisiblemente parcial del estado actual de los musulmanes europeos, sin reconocer que existen señales esperanzadoras de integración. Es sólo al final del libro cuando descubrimos por qué: el principal objetivo de Caldwell no son los musulmanes europeos, su verdadero tema es el colapso interior de la cultura europea frente a un reto existencial.
Los alemanes, como de costumbre, tienen una excelente palabra para describir la actitud que da forma a todo el libro de Caldwell: Kulturpessimismus, “pesimismo cultural”. Fue una actitud desarrollada por vez primera en la derecha política tras la Revolución francesa, y se convirtió en una importante fuerza intelectual y política en Europa a principios del siglo XX, especialmente en Alemania. El ejemplo clásico de Kulturpessimismus es Der Untergang des Abendlandes, La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, que fue publicado al fin de la Primera Guerra Mundial y fue enormemente influyente en Alemania y más allá de sus fronteras. Spengler retrataba a Occidente como una cultura cansada que había perdido su esencia vital y ya no estaba segura de sus fines. Occidente no estaba derrumbándose ante un reto militar, estaba derrumbándose desde su interior debido al liberalismo, el materialismo, el capitalismo, el socialismo, el pacifismo, el arte moderno y el relativismo cultural. Las grandes culturas, sostenía, se mantienen unidas por una esencia racial; no en el sentido biológico, sino en el sentido tribal de un pueblo que comparte una tierra común, un pasado común y un destino común. Cuando se pierde esa esencia, la cultura se viene abajo.
El libro de Caldwell expresa un pesimismo cultural contemporáneo que, curiosamente, uno raramente se encuentra en la Europa que él ve al borde del colapso. Uno lo encuentra casi exclusivamente entre los neoconservadores estadounidenses con los que está aliado. Caldwell ha trabajado en un buen número de publicaciones neoconservadoras y actualmente es editor senior del Weekly Standard, la revista más influyente de esta familia ideológica estadounidense.
Es central en el pensamiento neoconservador desde los años setenta la idea (derivada de Leo Strauss, entre otros) de que las élites culturales en Occidente lo estaban minando al promover el relativismo cultural en casa y la retirada de la lucha con el comunismo en el extranjero.
Aunque con el colapso del comunismo europeo hace veinte años los neoconservadores perdieron su principal adversario ideológico, el auge del islam radical en la última década los ha resucitado; también ha inspirado nuevas llamadas a que América se imponga a sí misma y sus valores en el mundo y lidere ataques contra aquellos que son “blandos” ante los retos militares y culturales que esta nueva ideología plantea. (A mi modo de ver, este programa para rejuvenecer Estados Unidos por medio de la lucha con un enemigo existencial fue lo que en realidad inspiró la decisión de la administración Bush de derrocar a Saddam Hussein tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.)
Los neoconservadores están profundamente comprometidos con los argumentos acerca de la “guerra contra el terror”, pero hasta ahora tenían poco que decir sobre el reto cultural del islam político, puesto que Estados Unidos tiene, en comparación con Europa, una población musulmana relativamente pequeña y bien integrada.
Volviéndose hacia la experiencia europea con la integración musulmana, con todo, Caldwell ha dado a los neoconservadores el libro que querían y necesitaban sobre la debilidad cultural de Occidente hoy.
Esto no significa que las pruebas y los argumentos que Caldwell muestra no sean convincentes por sí mismos. Los datos demográficos y de sondeos que ha recopilado son sin duda preocupantes, como lo es la falta de disposición que demuestran las élites políticas y culturales europeas para tomar decisiones duras que reconduzcan los problemas.
Señala que, según recientes sondeos, sólo 19 por ciento de los europeos creen que la inmigración ha sido buena para sus países, y que un 57 por ciento creen que hay demasiados extranjeros en sus sociedades. Y justo este noviembre pasado los ciudadanos suizos votaron ampliamente en favor de prohibir la construcción de minaretes en el país. ¿Por qué este escepticismo compartido, y esta absoluta hostilidad, hacia la inmigración no se ha traducido en políticas que controlarían más duramente la inmigración y preservarían la integridad cultural de Europa? Porque, sostiene Caldwell, las élites europeas han criminalizado de manera absoluta la expresión de puntos de vista contrarios a la inmigración, han demonizado a los políticos que los airean y los han acusado de “azuzar el odio”. En países como Francia, Alemania y los Países Bajos el antirracismo se ha convertido en un amplio programa político destinado a que Europa haga penitencia por sus pecados del pasado y a crear sociedades multiculturales con vínculos débiles con sus pasados nacionales.
Cuando un periódico holandés publicó caricaturas que retrataban a Mahoma bajo una luz satírica y musulmanes de todo el mundo reaccionaron contra ellas, a veces violentamente, amenazando al periódico y a los dibujantes, la opinión de muchos intelectuales y políticos europeos era que debían suprimirse las imágenes, y no defendieron instintivamente el derecho de los periódicos a publicar lo que quieran ni condenaron las amenazas de violencia. (Y resultaron ser veraces: uno de los dibujantes implicados en el incidente escapó por los pelos del ataque mortal de un asesino radical musulmán en la primera semana de enero de este año.)
Y recordemos que en 2006, cuando una ópera alemana que presentaba la obra de Mozart Idomeneo fue amenazada por radicales musulmanes por mostrar la cabeza cortada de Mahoma (y Jesús, y Buda) en el escenario, como se indica en el libreto, las fuerzas de seguridad estatales aconsejaron a la ópera que cancelara la producción, cosa que hizo.
Caldwell recoge muchos sucesos como estos, desde la fatwa contra el novelista Salman Rushdie en 1989 hasta el presente, los cuales, sostiene, demuestran que las élites europeas ya no están dispuestas a defender sus principios políticos y sus valores culturales ante un desafío. Su argumento no es débil.
Pero ¿adónde lleva finalmente? Caldwell podría haberse limitado a escribir un libro que llamara la atención de los europeos sobre sus fracasos a la hora de enfrentarse a los retos y las patologías de la inmigración musulmana masiva, y quizá sugerido políticas prácticas para aliviarlos de algún modo. En ocasiones lo hace.
Señala que aunque Canadá tiene una cuantiosa población nacida en el extranjero (un 20 por ciento), la mayoría se ha integrado con éxito porque Canadá es muy selectiva con respecto a quién deja entrar, y favorece a los que tienen educación, dominan el idioma y tienen perspectivas de empleo; también lleva a cabo comprobaciones económicas, médicas y de seguridad a todos los aspirantes.
Dinamarca, por su parte, ha hecho lo que ha podido para detener la marea de novias extranjeras a través de la estricta política de probar y esperar antes de otorgarles la residencia y negando a la mayoría de ciudadanos daneses menores de 24 años la residencia en el país si están casados con una mujer que no es de la Unión Europea.
Caldwell también elogia los esfuerzos del presidente francés Nicolas Sarkozy (hijo de inmigrantes húngaros) para hacer que Francia sea más hospitalaria con las diferencias culturales mientras, al mismo tiempo, muestra mano dura con el crimen y la necesidad de que todos los inmigrantes y sus hijos se conviertan en ciudadanos de pleno derecho partidarios de los derechos proclamados en la Declaración de los Derechos Humanos y la Constitución francesas. (Incluso ha lanzado una campaña contra la burka, una prenda que cubre todo el cuerpo que algunas musulmanas llevan fuera de casa, con el argumento de que es una señal de opresión y les impide participar igualmente como ciudadanas.) En Sarkozy, Caldwell halla un modelo de líder europeo al que le gustaría ver enfrentándose al problema de la inmigración con humanidad mientras se niega a ceder en los principios políticos básicos de la democracia liberal europea.
Pero Reflections on the Revolution in Europe no acaba con la recomendación de algunas políticas, o con una explicación de avances esperanzadores en políticas de inmigración. Acaba donde probablemente empezó en la mente de su autor, en un profundo Kulturpessimismus. La última frase del libro podría haber sido escrita perfectamente por un spengleriano de principios del siglo XX: “Cuando una cultura insegura, maleable y relativista se topa con una cultura afianzada, segura y fortalecida por doctrinas comunes, es normalmente la primera la que cambia para encajar en la segunda.”
El libro acaba siendo una profecía sobre Europa, una llamada a que ésta se despierte y rejuvenezca, o se prepare para convertirse en “parte del occidente arábico, del Magreb”. También da unas bienvenidas municiones a los neoconservadores estadounidenses en su lucha contra las “élites culturales” occidentales que se niegan a librar la batalla correcta contra el nuevo enemigo. Y, finalmente, nos recuerda con qué frecuencia los argumentos sobre la inmigración están inspirados en ansiedades sobre el objetivo nacional y el destino histórico y no en problemas concretos e inmediatos.~
Traducción de Ramón González Férriz
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Denuncia al imán de una mezquita de Lleida por poligamia y malos tratos
Una española denuncia por poligamia y malos tratos al imán de la principal mezquita de Lleida
Foto: Abdelwahab Houzi en un acto junto al alcalde de Lleida, Ángel Ros/ Foto: Marc Casals/WebIslam.
Una mujer española ha denunciado ante la Guardia Civil a Abdelwahab Houzi, el imán de la principal mezquita de Lleida, situada en la calle el Nord, por poligamia y malos tratos.
La mujer, Aicha López, residente en Alfaz del Pí (Alicante) ha presentado la denuncia en el puesto de la Guardia Civil de Altea.
Aicha López denunció al imán por haberse casado con ella cuando ya tenía otra mujer y por maltratarla y abandonarla durante un viaje a Marruecos, según avanzó hoy el diario Segre que precisa que el imán negó ambas acusaciones.
Según consta en la denuncia, Aicha quiere separarse del imán, recuperar sus pertenencias y que le abone lo que le corresponda para su manutención.
Los presuntos malos tratos tuvieron lugar el pasado mes en Rabat, donde la pareja se encontraba de viaje. Según explicó Aicha, el imán recibió una llamada de su primera mujer, se puso muy nervioso y la obligó a bajar del coche a la fuerza y regresar a España sola, algo inconcebible en la religión islámica.
Europa Press 12 de marzo de 2010
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El Partido Renacimiento y Unión de España (PRUNE), que tiene al islam como “factor determinante para la regeneración moral y ética de la sociedad española”, presentará a una mujer supuestamente católica como cabeza de lista de su candidatura a las próximas elecciones autonómicas de Cataluña.
El presidente del partido, Mostafa Bakkach, ha anunciado a El Confidencial que acogerán a políticos de todas las ideologías y de cualquier religión. “No nos importan que sean musulmanes o no. Somos españoles. Yo llevo 18 años viviendo en España y aunque soy de origen marroquí, me siento español”, ha señalado.
El PRUNE fue constituido hace unos meses en Granada, cuenta con unos 1.000 afiliados y está en pleno proceso de expansión por todo el país. Entre sus propuestas destaca su oposición a la actual Ley de Extranjería, al enchufismo en las administraciones públicas y a la usura de las entidades bancarias, y tienen como principal objetivo dar voz a los marginados, como los inmigrantes, que no tienen representación en las instituciones políticas.
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Foto: Abdelwahab Houzi en un acto junto al alcalde de Lleida, Ángel Ros/ Foto: Marc Casals/WebIslam.
Una mujer española ha denunciado ante la Guardia Civil a Abdelwahab Houzi, el imán de la principal mezquita de Lleida, situada en la calle el Nord, por poligamia y malos tratos.
La mujer, Aicha López, residente en Alfaz del Pí (Alicante) ha presentado la denuncia en el puesto de la Guardia Civil de Altea.
Aicha López denunció al imán por haberse casado con ella cuando ya tenía otra mujer y por maltratarla y abandonarla durante un viaje a Marruecos, según avanzó hoy el diario Segre que precisa que el imán negó ambas acusaciones.
Según consta en la denuncia, Aicha quiere separarse del imán, recuperar sus pertenencias y que le abone lo que le corresponda para su manutención.
Los presuntos malos tratos tuvieron lugar el pasado mes en Rabat, donde la pareja se encontraba de viaje. Según explicó Aicha, el imán recibió una llamada de su primera mujer, se puso muy nervioso y la obligó a bajar del coche a la fuerza y regresar a España sola, algo inconcebible en la religión islámica.
Europa Press 12 de marzo de 2010
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Cuando las mujeres cristianas se casan con hombres musulmanes
Una mujer católica será cabeza de lista del PRUNE
El Partido Renacimiento y Unión de España (PRUNE), que tiene al islam como “factor determinante para la regeneración moral y ética de la sociedad española”, presentará a una mujer supuestamente católica como cabeza de lista de su candidatura a las próximas elecciones autonómicas de Cataluña.
El presidente del partido, Mostafa Bakkach, ha anunciado a El Confidencial que acogerán a políticos de todas las ideologías y de cualquier religión. “No nos importan que sean musulmanes o no. Somos españoles. Yo llevo 18 años viviendo en España y aunque soy de origen marroquí, me siento español”, ha señalado.
El PRUNE fue constituido hace unos meses en Granada, cuenta con unos 1.000 afiliados y está en pleno proceso de expansión por todo el país. Entre sus propuestas destaca su oposición a la actual Ley de Extranjería, al enchufismo en las administraciones públicas y a la usura de las entidades bancarias, y tienen como principal objetivo dar voz a los marginados, como los inmigrantes, que no tienen representación en las instituciones políticas.
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12.3.10
Al Qaeda liberó a Gámez porque "se convirtió al islam" y por su mala salud

Alicia Gámez, la española rehén de Al Qaeda en el Magreb (AQMI), ha sido liberada por problemas de salud y porque se convirtió al islam, según un comunicado de la organización que será difundido en las próximas horas.
EL PAÍS ha tenido acceso en exclusiva a ese comunicado, un largo texto en el que AQMI intenta justificar sus ataques contra ciudadanos españoles, y al que acompaña una fotografía en la que se ve a los tres rehenes catalanes poco después del secuestro -el 29 de noviembre en la principal carretera de Mauritania- y un vídeo. El rostro de la mujer está difuminado en la fotografía. En el vídeo, rodado aparentemente el pasado fin de semana, se ve a dos hombres caminar en el desierto rodeados de combatientes en armas. Se trata, según los terroristas, de Roque Pascual y Albert Vilalta. Este último camina sin dificultad, por lo que se deduce que se ha recuperado ya de los tres balazos que recibió en una pierna el día del secuestro.
"Dado que Alicia Gámez se ha convertido al islam (...)" y "dado su estado de salud (...) los muyahidines han decidido liberarla". A continuación, precisan que la conversión ha sido "voluntaria" y que ahora su nuevo nombre es Aicha.Al Qaeda da "gracias a Dios por haberla colocado en el camino recto y le ruega que su fe musulmana sea cada día más fuerte".
Los muyahidines se esfuerzan siempre por convertir a sus rehenes al islam, pero el hecho de que hayan aceptado no ha conllevado, ni mucho menos, su liberación. El médico español que examinó en Uagadugú a Gámez después de que fuese liberada la encontró bien. De ahí que los argumentos esgrimidos en el comunicado sean más bien un pretexto.
El grupo terrorista se dirige a continuación al Gobierno español. La liberación de la rehén, recalca, "es una iniciativa positiva que le obliga [al Ejecutivo] a responder favorablemente a nuestras peticiones legítimas que constituyen la única condición para que los otros ciudadanos [Vilalta y Pascual] salgan sanos y salvos". Y pide a la opinión pública española que presione al Gobierno.
AQMI no especifica en qué consisten sus "legítimas demandas". Se trata, según fuentes conocedoras de la negociación, de un rescate de unos cinco millones de dólares (3,7 millones de euros) y de la excarcelación de un cierto número de presos islamistas de la prisión central de Nuackchot.Esta última exigencia es difícil de satisfacer porque, por lo menos públicamente, el Gobierno de Mauritania se ha negado a soltar a ninguno de los 67 barbudos que mantiene detrás de los barrotes. Algunas fuentes españolas que siguen la negociación confían en que, al final, Al Qaeda renuncie al intercambio de presos por rehenes.
En un segundo texto, la organización reitera su tradicional explicación sobre por qué España es uno de sus objetivos: "(..) ha participado con los aliados y con la OTAN en una guerra contra nosotros en Irak y Afganistán". "Esta guerra no establece distinción entre civiles y militares". "Y nosotros (...) nos proponemos pagar a España y a sus cuidadanos con la misma moneda". "Mientras los musulmanes inocentes estén sufriendo, los españoles no van a estar en paz".
Los terroristas de AQMI también se refieren a los condenados por el 11-M: "Los detenidos en España acusados de terrorismo, de los que se dice que están vinculados a nosotros, son personas inocentes, que no tienen ninguna relación con nosotros, ni de cerca, ni de lejos".
El texto añade: "Los españoles son los primeros que deberían de conocer las bondades del islam y su gloria". "Ellos han tenido el honor de conocer la civilización islámica en Al Andalus", es decir durante la época en que la Península Ibérica estuvo islamizada. "Al Andalus es tierra de los musulmanes (...)".
La dirección de Al Qaeda concluye enviando un mensaje "tranquilizador sobre los dos secuestrados". Ambos "reciben un trato correcto por nuestra parte". "Podéis entrevistar a la hermana Aicha [Alicia] y aseguraros de que ella ha recibido un buen trato".
http://www.elpais.com/videos/espana/video/Qaeda/elpepuesp/20100312elpepunac_1/Ves/
Ignacio Cembrero - elpais.com
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10.3.10
"Jihad Jane", la terrorista más temible

Colleen R. LaRose es rubia, de ojos azules, y una apariencia impecable de WASP (White Anglo-Saxon Protestant), unas características que la convirtieron en una valiosísima activista para Al Qaeda, y a la vez la más temible terrorista para las autoridades estadounidenses.
Sin embargo, su inverosímil carrera como 'yihadista' se terminó el pasado 15 de octubre, cuando fue arrestada por ser sospechosa de terrorismo. Ahora acaba de salir a la luz que formaba parte de una célula recién desarticulada que pretendía llevar a cabo el asesinato de un dibujante sueco que se había burlado de Mahoma.
LaRose, cuyo nombre secreto de guerra es 'Jihad Jane' ha sido ya procesada por reclutar activamente terroristas, planear el asesinato de un artista, y casarse con un presunto terrorista para que pudiera trasladarse a Europa y realizar un atentado suicida.
LaRose tiene 46 años, y vive en un suburbio de Pennsylvania, si bien tiene fuertes conexiones personales con el Sur de Texas. Al comentar su caso, Dean Boyd, portavoz del Departamento de Justicia, ha dicho que es uno "de los pocos casos a nivel nacional de mujeres que han sido acusadas de terrorismo".
Según los expertos en terrorismo, extremistas islámicos con el perfil de 'Jihad Jane' son la mayor pesadilla de las organizaciones de inteligencia occidentales, ya que son muy difíciles de detectar, pues no tienen ninguna conexión personal con un país de mayoría musulmana, y cuentan con todos los derechos por moverse con absoluta libertad por varios países.
Por ejemplo, varias de las nuevas medidas de seguridad que ha puesto en marcha la administración Obama tras el intento fallido de atentado aéreo en Navidad en cuanto a la concesión de visados a los EEUU no habrían servido para evitar que un musulmán autóctono radicalizado realice un atentado.
Según fuentes anónimas del Departamento de Justicia citadas por la agencia de noticias American Press, LaRose habría mantenido conversaciones a través de un chat de internet con varios individuos arrestados el martes en Dublín para planear el asesinato del dibujante Lars Vilks. La mujer estadounidense habría argumentado que su apariencia física, similar a la de muchos nórdicos, le habría permitido camuflarse mejor en las calles de Estocolmo, donde vive el artista.
LaRose, que en los chats adoptó el nombre de Fatima LaRose, habría aceptado participar en el asesinato de Vilks siguiendo las instrucciones de un terrorista que conoció on line. Para planear su ejecución, viajó a Europa en agosto. Su voluntad, expresada en los chats, era "convertirse en una mártir".
El nombre de guerra de 'Jihad Jane' se lo atribuyó ella misma en un vídeo colgado en Youtube, en el que dice estar "desesperada por hacer algo para de alguna forma" aliviar el sufrimiento de millones de musulmanes.
Tras su conversión al Islam, LaRose mantuvo su doble vida de una forma tan escrupulosa, que ni siquiera su novio, Kurt Goman, sospechó nunca nada. De repente, el pasado mes agosto, LaRose desapareció de la vivienda que compartían en Pennsburg, Pennsylvania, sin dar ninguna explicación.
"Ella nunca habló de temas de actualidad internacionales, sobre los musulmanes, ni nada de eso. Es muy raro, todavía no me lo creo", ha declarado Gorman al Philadelphia Daily News.
Ricard González | Washington
elmundo.es
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Yihad islámica
Marruecos expulsa a 26 cristianos a los que acusa de proselitismo
Y sigue la "Alianza de Civilizaciones" viento en popa a toda vela.
El Ministerio del Interior obliga a cerrar al único orfanato gestionado por no musulmanes
Marruecos batió el récord de expulsión de cristianos el pasado fin de semana -27 fueron detenidos y 26 recibieron una orden de expulsión- mientras se desarrollaba en Granada la primera cumbre en la historia entre la Unión Europea y el país magrebí.
La mayoría de los expulsados son evangélicos anglosajones, pero entre ellos figura también un matrimonio venezolano, una pastora coreana acreditada para atender a su comunidad, un sacerdote franciscano y un africano detenido durante el culto del domingo en la iglesia protestante de Marraquech.
La decisión del Ministerio del Interior obliga en la práctica a cerrar el orfanato Village of Hope de Ain Leuh, en la cordillera del Atlas, en el que había 33 niños atendidos por 16 evangélicos, todos ellos expulsados. El centro llevaba diez años funcionando y sus huéspedes más mayores tenían esa edad. Se sometía a las inspecciones de la Administración.
Todos estos cristianos son culpables de intentar "quebrantar la fe de los musulmanes", según señala un comunicado del Ministerio del Interior difundido el lunes por la noche. A aquellos que regentaban el orfanato se les reprocha además de, "so pretexto de beneficencia, dedicarse también a hacer proselitismo de niños de corta edad". Si habían incumplido la legislación marroquí, que prohíbe hacer proselitismo, deberían haber sido juzgados por un tribunal que podría haber ordenado su expulsión.
"Llevaban años trabajando y, de sopetón, sin ningún tipo de diálogo, se da el cerrojazo al orfanato", se lamenta el pastor Jean-Louis Blanc, que preside la Iglesia Protestante en Marruecos autorizada a atender a los extranjeros de esa confesión. "En Marraquech la policía entró en el templo para practicar detenciones algo que nunca había hecho y que me parece censurable", añade.
"Treinta y tres niños han sido de nuevo abandonados a causa de la actuación del Estado marroquí", denuncia en la web del orfanato su responsable, Chris Broadbent, antes de marcharse del país. "Esos 33 niños nunca han conocido a otros cuidadores/padres", prosigue. Uno de ellos le preguntó a Tina, una cuidadora, que se despedía de él: "¿Por qué no puede tener auténticos padres?".
La ONG francesa "Portes Ouvertes", que intenta a apoyar a las comunidades cristinas allí dónde son minoritarias, expresó ayer su "preocupación ante el incremento, desde hace algunos meses, de actuaciones contra los cristianos en el Reino de Marruecos".
Ignacio Cembrero
09/03/2010 - El País
El extremismo de parte de la comunidad islámica malaya rompe la hasta ahora pacífica convivencia con cristianos
Sábado , 27-02-10- Malasia no es Irán. Desde su independencia de los británicos en 1957, esta nación del sureste asiático se enorgullece de la convivencia entre malayos musulmanes, chinos budistas, hindúes y cristianos. Espoleada por los hábiles empresarios chinos y apoyada en la industria tecnológica y los recursos naturales que explotan las compañías estatales -como petróleo, gas y madera- la economía ha crecido un 7 por ciento anual hasta convertir a Malasia en el segundo país más próspero y estable del sureste asiático, a bastante distancia de Singapur pero muy por delante de Tailandia e Indonesia.
Esta pujanza se aprecia en el centro de la capital, Kuala Lumpur, presidida por las torres Petronas, en su día el edificio más alto del mundo. En torno a ellas ha crecido una jungla de rascacielos con restaurantes de diseño, bares con piscina en sus terrazas y galerías comerciales con boutiques de Chanel, Dior, Louis Vuitton o Armani y concesionarios de Bentley y Jaguar.
Todo un ejemplo del progreso y la modernidad que ha traído la globalización. Pero, en los últimos tiempos, han dado la vuelta al mundo varias noticias que muestran la cara más radical de esta nación donde el 60 por ciento de sus 28 millones de habitantes son musulmanes de la etnia malaya. Frente a las normas civiles que rigen para el resto de la población, sobre los musulmanes impera la «Sharía» (ley islámica), que ha empezado a dictar sus controvertidas sentencias.
A principios de febrero, tres mujeres fueron azotadas por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Se trataba del segundo castigo físico ordenado después de que la modelo Kartika Sari Dewi Shukarno fuera condenada el verano pasado a latigazos por beber cerveza, una pena que todavía no ha sido ejecutada.
Y, actualmente, está siendo juzgado por sodomía el ex viceprimer ministro y líder del opositor Partido de la Justicia Popular (Keadilan), Anwar Ibrahim, ya que un antiguo ayudante ha denunciado que abusó de él en junio de 2008. Paradójicamente, los cargos no son por violación, sino por sodomía, una acusación muy grave porque la homosexualidad, incluso consentida, está penada hasta con 20 años de cárcel.
Curiosamente, Anwar Ibrahim ya fue condenado por un caso similar en 1998, cuando era viceprimer ministro, y tuvo que pasar seis años en la cárcel hasta que el Tribunal Supremo revocó la condena.
Por ese motivo, Anwar ha acusado al Gobierno del primer ministro Najib Razak de orquestar una campaña judicial en su contra, ya que el ascenso de su partido amenaza la hegemonía del Frente Nacional (Barisan), una coalición liderada por la Organización Nacional para la Unidad Malaya (UNMO) que gobierna el país desde la independencia.
«El Gobierno está dividido y se ha radicalizado para lograr el apoyo musulmán», explica a ABC el sacerdote jesuita Lawrence Andrew, director del semanario católico «Herald». Dicha publicación fue denunciada por utilizar la palabra «Alá» en malayo para referirse al Dios cristiano y, aunque los jueces le han dado la razón en primera instancia, el Ejecutivo apelará la sentencia ante el Tribunal Supremo.
«Desde que san Francisco Javier evangelizara estas tierras en el siglo XVI, los cristianos hemos usado dicho término, pero el nacionalismo malayo utiliza la religión políticamente», critica Andrew, quien advierte de que dicha radicalización «pone en peligro las inversiones extranjeras, amenaza la convivencia y genera desigualdad».
Sobre otros grupos étnicos, los «bumiputra» (indígenas malayos) tienen privilegios recogidos por el artículo 153 de la Constitución, como becas, cuotas y préstamos a bajo interés.
Además del islam, un 20 por ciento de chinos practican el budismo; un 9 por ciento el cristianismo y un 7 por ciento el hinduismo. En Malasia ha estallado una soterrada guerra de religiones: «Al ser un país multicultural, hay una auténtica competición», reconoce el franciscano Michael Chua, responsable de Asuntos Interreligiosos de la Archidiócesis de Kuala Lumpur.
Por su parte, Nik Mund Marzuki, uno de los «ustad» (maestros) de la Unidad de Entendimiento del Islam perteneciente el Departamento Religioso del Gobierno, replica que «hay un consenso generalizado en todo el mundo para definir a Alá como el Dios de los musulmanes» y pide «respeto para las normas religiosas y sociales islámicas porque los castigos físicos están contemplados por la «Sharía» y nosotros no criticamos la secularización de Occidente».
Enviado especial a Malasia - Pablo M. Díez
ABC.es
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El Ministerio del Interior obliga a cerrar al único orfanato gestionado por no musulmanes
Marruecos batió el récord de expulsión de cristianos el pasado fin de semana -27 fueron detenidos y 26 recibieron una orden de expulsión- mientras se desarrollaba en Granada la primera cumbre en la historia entre la Unión Europea y el país magrebí.
La mayoría de los expulsados son evangélicos anglosajones, pero entre ellos figura también un matrimonio venezolano, una pastora coreana acreditada para atender a su comunidad, un sacerdote franciscano y un africano detenido durante el culto del domingo en la iglesia protestante de Marraquech.
La decisión del Ministerio del Interior obliga en la práctica a cerrar el orfanato Village of Hope de Ain Leuh, en la cordillera del Atlas, en el que había 33 niños atendidos por 16 evangélicos, todos ellos expulsados. El centro llevaba diez años funcionando y sus huéspedes más mayores tenían esa edad. Se sometía a las inspecciones de la Administración.
Todos estos cristianos son culpables de intentar "quebrantar la fe de los musulmanes", según señala un comunicado del Ministerio del Interior difundido el lunes por la noche. A aquellos que regentaban el orfanato se les reprocha además de, "so pretexto de beneficencia, dedicarse también a hacer proselitismo de niños de corta edad". Si habían incumplido la legislación marroquí, que prohíbe hacer proselitismo, deberían haber sido juzgados por un tribunal que podría haber ordenado su expulsión.
"Llevaban años trabajando y, de sopetón, sin ningún tipo de diálogo, se da el cerrojazo al orfanato", se lamenta el pastor Jean-Louis Blanc, que preside la Iglesia Protestante en Marruecos autorizada a atender a los extranjeros de esa confesión. "En Marraquech la policía entró en el templo para practicar detenciones algo que nunca había hecho y que me parece censurable", añade.
"Treinta y tres niños han sido de nuevo abandonados a causa de la actuación del Estado marroquí", denuncia en la web del orfanato su responsable, Chris Broadbent, antes de marcharse del país. "Esos 33 niños nunca han conocido a otros cuidadores/padres", prosigue. Uno de ellos le preguntó a Tina, una cuidadora, que se despedía de él: "¿Por qué no puede tener auténticos padres?".
La ONG francesa "Portes Ouvertes", que intenta a apoyar a las comunidades cristinas allí dónde son minoritarias, expresó ayer su "preocupación ante el incremento, desde hace algunos meses, de actuaciones contra los cristianos en el Reino de Marruecos".
Ignacio Cembrero
09/03/2010 - El País
Guerra por el nombre de «Alá»
El extremismo de parte de la comunidad islámica malaya rompe la hasta ahora pacífica convivencia con cristianos
Sábado , 27-02-10- Malasia no es Irán. Desde su independencia de los británicos en 1957, esta nación del sureste asiático se enorgullece de la convivencia entre malayos musulmanes, chinos budistas, hindúes y cristianos. Espoleada por los hábiles empresarios chinos y apoyada en la industria tecnológica y los recursos naturales que explotan las compañías estatales -como petróleo, gas y madera- la economía ha crecido un 7 por ciento anual hasta convertir a Malasia en el segundo país más próspero y estable del sureste asiático, a bastante distancia de Singapur pero muy por delante de Tailandia e Indonesia.
Esta pujanza se aprecia en el centro de la capital, Kuala Lumpur, presidida por las torres Petronas, en su día el edificio más alto del mundo. En torno a ellas ha crecido una jungla de rascacielos con restaurantes de diseño, bares con piscina en sus terrazas y galerías comerciales con boutiques de Chanel, Dior, Louis Vuitton o Armani y concesionarios de Bentley y Jaguar.
Condena por beber cerveza
A principios de febrero, tres mujeres fueron azotadas por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Se trataba del segundo castigo físico ordenado después de que la modelo Kartika Sari Dewi Shukarno fuera condenada el verano pasado a latigazos por beber cerveza, una pena que todavía no ha sido ejecutada.
En enero se desató la tensión interreligiosa y varias iglesias y mezquitas fueron atacadas después de que el Alto Tribunal permitiera a los cristianos utilizar la palabra «Alá» en lengua malaya para referirse al Dios de la Biblia.
Y, actualmente, está siendo juzgado por sodomía el ex viceprimer ministro y líder del opositor Partido de la Justicia Popular (Keadilan), Anwar Ibrahim, ya que un antiguo ayudante ha denunciado que abusó de él en junio de 2008. Paradójicamente, los cargos no son por violación, sino por sodomía, una acusación muy grave porque la homosexualidad, incluso consentida, está penada hasta con 20 años de cárcel.
Curiosamente, Anwar Ibrahim ya fue condenado por un caso similar en 1998, cuando era viceprimer ministro, y tuvo que pasar seis años en la cárcel hasta que el Tribunal Supremo revocó la condena.
Por ese motivo, Anwar ha acusado al Gobierno del primer ministro Najib Razak de orquestar una campaña judicial en su contra, ya que el ascenso de su partido amenaza la hegemonía del Frente Nacional (Barisan), una coalición liderada por la Organización Nacional para la Unidad Malaya (UNMO) que gobierna el país desde la independencia.
«El Gobierno está dividido y se ha radicalizado para lograr el apoyo musulmán», explica a ABC el sacerdote jesuita Lawrence Andrew, director del semanario católico «Herald». Dicha publicación fue denunciada por utilizar la palabra «Alá» en malayo para referirse al Dios cristiano y, aunque los jueces le han dado la razón en primera instancia, el Ejecutivo apelará la sentencia ante el Tribunal Supremo.
«Desde que san Francisco Javier evangelizara estas tierras en el siglo XVI, los cristianos hemos usado dicho término, pero el nacionalismo malayo utiliza la religión políticamente», critica Andrew, quien advierte de que dicha radicalización «pone en peligro las inversiones extranjeras, amenaza la convivencia y genera desigualdad».
Sobre otros grupos étnicos, los «bumiputra» (indígenas malayos) tienen privilegios recogidos por el artículo 153 de la Constitución, como becas, cuotas y préstamos a bajo interés.
Además del islam, un 20 por ciento de chinos practican el budismo; un 9 por ciento el cristianismo y un 7 por ciento el hinduismo. En Malasia ha estallado una soterrada guerra de religiones: «Al ser un país multicultural, hay una auténtica competición», reconoce el franciscano Michael Chua, responsable de Asuntos Interreligiosos de la Archidiócesis de Kuala Lumpur.
«Alá, el Dios del islam»
Un peligroso debate se ha abierto en Malasia, que no es Irán pero muchos advierten de que lleva camino de convertirse en una nación islámica.
Enviado especial a Malasia - Pablo M. Díez
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