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13.8.08

Los fundamentalistas utópicos de la Alianza de Civilizaciones


AHORA que ha muerto en Moscú, me acuerdo de cómo recibió la izquierda intelectual su visita a España en los años setenta. Hoy, más de treinta años después de la publicación de Archipiélago Gulag, Soljenitsin (1) es la voz atronadora que levantó a solas uno de los mayores y más rigurosos monumentos literarios contra los crímenes del totalitarismo soviético, el escritor que golpeó la buena conciencia de la izquierda mundial con el «yo acuso» de los tiempos del terror.
Tiempos en que, bajo las máscaras del idealismo, el aire olía a persecución y muerte.

Pero cuando aterrizó en España, finales del franquismo, las personas progresistas le recibieron con desconfianza y muecas de desdén. Hubo hasta alguno que no se resistió a bromear y formuló el irónico comentario de que el peor delito del régimen soviético había sido dejar en libertad a Solzhenitsyn.

Parte de esa actitud reproducía el conocido rechazo de Sartre a mencionar la cuestión del Gulag sobre la argumentación de que desanimaría la justa militancia de la clase obrera francesa. Para la mayoría de intelectuales europeos que, en aquella época, se identificaban con la izquierda o que sencillamente rechazaban la sombra napoleónica de los Estados Unidos, y les consternaba la perspectiva de un mundo capitalista bajo vigilancia del coloso de las barras y estrellas, la condena a la Unión Soviética era, por lo menos, problemática.

Siempre hay gente que sostiene que la verdad es a veces inoportuna, desfavorable. Siempre hay figuras públicas que susurran que la verdad es un lujo. A esto se le llama pensar con sentido práctico, y en ocasiones, pensar con sentido político, con sentido de Estado.

Hoy, aquellos decenios de no querer ver ni querer decir lo que se sabía respecto de la vida atenazada al otro lado del telón de acero, en países y ciudades avasalladas por los kafkianos jerarcas del Kremlin, nos resultan incomprensibles. Y sin embargo, no parece que hayamos aprendido nada de la impostura cínica de Sartre ni que hayamos renunciado al complaciente mecanismo de la autocensura.

A principios del siglo XXI hemos cambiado de ilusiones, eso es todo. Mucha gente inteligente de buenas intenciones y política humanitaria se repite a sí misma y a sus partidarios otras mentiras, y a veces, como en el pasado, a fin de no prestar auxilio y dar aliento al gran Satán del mundo, los Estados Unidos. Una de estas ilusiones es la del multiculturalismo que a nivel de política internacional ha desembocado en la bucólica Alianza de Civilizaciones.

Hoy, en la era de las comunicaciones y las migraciones masivas, la pluralidad es un hecho tan irreversible como la globalización. Nos guste o no vivimos en ella, y el sueño de una cultura única o el espejismo de ser los depositarios de una religión que debe imponerse a los demás resulta, en el mejor de los casos, una quimera nostálgica y, en el peor, una amenaza a la vida.
Por ejemplo, cuando las ideas de pureza -racial, religiosa o cultural- se transforman en infiernos de limpieza étnica, como en la antigua Yugoslavia de Milosevic y Karadzic. O cuando los ideólogos integristas del Islam, con diatribas como «Quienes creen, combaten en la senda de Dios» incitan a los jóvenes musulmanes de Oriente y Occidente a matar y morir por una fe pura.

Los fundamentalistas utópicos de la Alianza de Civilizaciones nos dicen que casi todas las diversidades -de usos, de costumbres, de tradiciones, de valores- pueden y deben superarse, contra toda cerrazón estólida, en un diálogo fraterno, y que los crecientes contactos entre pueblos y culturas distintas, destinados a aumentar, suponen un enriquecimiento vital. Y es cierto. Pero no es menos cierto que dichos contactos generan situaciones conflictivas y elecciones dramáticas que no podemos ignorar, situaciones que impiden, moralmente, transigir, dialogar, tolerar. Y aquí, ante esta frontera, es donde fracasan los profetas del multiculturalismo, que con excesiva frecuencia distorsionan la tolerancia en algo que se asemeja mucho a ella, pero que en realidad es lo opuesto: la indiferencia, la intercambiabilidad de cualquier cosa por cualquier otra, un pretexto para justificar muchas cosas reaccionarias y opresivas.

Por ejemplo, la opresión de la mujer en los regímenes islámicos. ¿O alguien cree que el burka, la prohibición de conducir y viajar o la purificación de las niñas mediante la ablación deben respetarse por el sencillo hecho de formar parte de una tradición? ¿Alguien piensa que el infierno de una vida de sometimiento, a Alá, al clan, al padre, a los varones de la familia, como el padecido por la exdiputada holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Alí puede tolerarse bajo el respeto común a todas las culturas? ¿Es cultura ser lapidada por adulterio? ¿No se comete un terrible error, fosilizando la perspectiva moral de millones de personas, cuando ignoramos que muchos musulmanes se sienten atrapados en Estados inspirados en el Medio Oriente neolítico y miran hacia las democracias occidentales como modelo e inspiración?

Paradojas de nuestro tiempo: personas que se indignarían ante cualquier tentativa de limitar el derecho a la sátira de las creencias católicas o que se escandalizan ante cualquier intervención pública de la Iglesia tienden, al mismo tiempo, a considerar ilegítimo que se satirice y se critique a los Jomeini que ruedan por el mundo, cuando no cierran los ojos ante las monstruosidades derivadas de algunos planteamientos del Islam.

¿Adónde hemos llegado? Ya resulta desolador -y con frecuencia letal- que una parte de la humanidad considere que la convivencia política y social deba regirse implacablemente por un libro originado entre los nómadas de Arabia en el siglo VII.

Pero más grave aún es que aquel «Todo está permitido» vaticinado con horror por Dostoievski haya dado en Occidente un paso hacia delante bajo el escepticismo posmoderno. El pecado del etnocentrismo asusta más a las almas sensibles de la izquierda que el relativismo morboso y complaciente, parodia de la verdadera tolerancia, en el que todo vale y nada se puede objetar al sátrapa tercermundista o al ritual bárbaro.

Nos manifestamos por el limbo legal de Guantánamo, pero apenas nos perturban las ejecuciones de apóstatas y heréticos en países de Oriente Medio donde se ha implantado la sharia. Cuando en 1989 el ayatolá Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie por publicar los Versos satánicos, en lugar de salir incondicionalmente en defensa de la libertad de expresión, muchos escritores, periodistas y políticos europeos prefirieron lamentar que se hubiera ofendido la sensibilidad musulmana.

A la somalí Ayaan Hirsi Ali la amenazaron de muerte por defender en Holanda -país de libertad, de derechos civiles, de diálogo, de tolerancia- entre la población musulmana, entre las mujeres sobre todo, que ninguna creencia religiosa ni política es aceptable si está reñida con los derechos humanos y que por lo tanto debe ser combatida sin el menor prejuicio, y en vez de solidarizarse con la perseguida, sus vecinos y conciudadanos holandeses la echaron del edificio donde vivía, amparados por los jueces, porque su presencia los ponía también a ellos en el punto de mira de jóvenes fundamentalistas como el asesino del cineasta Theo Van Gogh.

El diálogo tiene sus fronteras, duras y dolorosas como toda frontera que siempre separa, pero inevitables. No es moral ser ante todo tolerante, porque el plano ético al que la idea moderna de tolerancia se refiere no es un primer plano, no «es un ante todo». Raymond Aron afirmaba que sólo hace falta honradez para discernir entre lo preferible y lo espantoso, y Victor Serge, uno de los intelectuales que pasó en la Unión Soviética por todas las etapas de la represión y relató a Occidente las purgas de Stalin, decía que sólo se necesita algo de claridad e independencia para decir la verdad. A fin de cuentas, su caso, como el de Solzhenitsyn, es un ejemplo moral. Y hay muchos Solzhenitsyn. Tantos como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los opresores unánimes y las masas obedientes.

No resulta peregrino pensar que si la cultura de la libertad resiste y se salva de los asaltos del fanatismo o del nihilismo destructor es por la determinación indomable de esos ciudadanos que denuncian la injusticia de lo que a veces parece irremediable o de lo que aconseja la prudencia hipócrita. Personas como Ayaan Hirsi Ali, que, por haber sufrido en carne propia los horrores del oscurantismo religioso y la barbarie política, saben la diferencia.

Fernando García de Cortázar
Director de la Fundación Dos de Mayo Nación y Libertad

(1) Notas:

«Dice Solzhenitsyn: «Nadie podía imaginar que 20 años después (de la Revolución de Octubre) se oprimiría el cráneo con un aro de hierro, se sumergiría a un hombre en un baño de ácido, que se le metería por el conducto anal una baqueta de fusil recalentada con un infiernillo —se le llamaba el herrado secreto—, que se le aplastaría lentamente con la bota los genitales o que como una variante más suave, se le atormentaría con una semana de insomnio y sed y se le daría una paliza hasta dejarlo en carne viva…». Ello sin entrar en las torturas de orden estrictamente psicológico.

Como parece evidente, las autoridades soviéticas (incluso en tiempos de Jruschov, que fue el primer crítico de Stalin) no podían sentirse cómodas con ese ciudadano, que logró mandar un manuscrito de su Archipiélago a París, donde se publicó por primera vez diciembre de 1973. Y eso que tal edición sería sólo el punto final y culminante de una infinita serie de problemas. »

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Discuso en Harvard Alexander Solzhenitsyn

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10.8.08

Discuso en Harvard Alexander Solzhenitsyn


El declive de la valentía

Discurso de graduación en Harvard (1978)
Alexander Solzhenitsyn

La merma de coraje puede ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en nuestros días.

El mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individualmente, en cada país, en cada gobierno, cada partido político y por supuesto en las Naciones Unidas. Tal descenso de la valentía se nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y causa una impresión de cobardía en toda la sociedad. Desde luego, existen muchos individuos valientes pero no tienen suficiente influencia en la vida pública. Burócratas, políticos e intelectuales muestran esta depresión, esta pasividad y esta perplejidad en sus acciones, en sus declaraciones y más aún en sus autojustificaciones tendientes a demostrar cuán realista, razonable, inteligente y hasta moralmente justificable resulta fundamentar políticas de Estado sobre la debilidad y la cobardía.
Y este declive de la valentía es acentuado irónicamente por las explosiones ocasionales de cólera e inflexibilidad de parte de los mismos funcionarios cuando tienen que tratar con gobiernos débiles, con países que carecen de respaldo, o con corrientes desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna. Pero quedan mudos y paralizados cuando tienen que vérselas con gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con agresores y con terroristas internacionales.

¿Habrá que señalar que, desde la más remota antigüedad, la pérdida de coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin?

Bienestar

Cuando se formaron los Estados occidentales modernos, se proclamó como principio fundamental que los gobiernos están para servir al hombre y que éste vive para ser libre y alcanzar la felicidad. (Véase, por ejemplo, la Declaración de Independencia norteamericana). Ahora, por fin, durante las últimas décadas, el progreso tecnológico y social ha permitido la realización de esas aspiraciones: el Estado de Bienestar. Cada ciudadano tiene garantizada la deseada libertad y los bienes materiales en tal cantidad y calidad como para garantizar en teoría el alcance de la felicidad, en el sentido moralmente inferior en que ha sido entendida durante estas últimas décadas.
En el proceso, sin embargo, ha sido pasado por alto un detalle psicológico: el constante deseo de poseer cada vez más cosas y un nivel de vida cada vez más alto, con la obsesión que esto implica, ha impreso en muchos rostros occidentales rasgos de ansiedad y hasta de depresión, aunque sea habitual ocultar cuidadosamente estos sentimientos.

Esta tensa y activa competencia ha venido a dominar todo el pensamiento humano y no abre, en lo más mínimo, el camino hacia el libre desarrollo espiritual. Se ha garantizado la independencia del individuo a muchos tipos de presión estatal; la mayoría de las personas gozan del bienestar en una medida que sus padres y abuelos no hubieran siquiera soñado con obtener; ha sido posible educar a los jóvenes de acuerdo con estos ideales, conduciéndolos hacia el esplendor físico, felicidad, posesión de bienes materiales, dinero y tiempo libre, hasta una casi ilimitada libertad de placeres. De este modo ¿quién renunciaría ahora a todo esto? ¿Por qué y en beneficio de qué habría uno de arriesgar su preciosa vida en la defensa del bien común, especialmente en el nebuloso caso que la seguridad de la propia nación tuviera que ser defendida en algún lejano país?

Incluso la biología nos dice que la seguridad y el bienestar extremo habitual no resultan ventajosos para un organismo vivo. Hoy, el bienestar en la vida de la sociedad Occidental ha comenzado a revelar su máscara perniciosa.

(...)

He pasado toda mi vida bajo un régimen comunista y les diré que una sociedad carente de un marco legal objetivo es algo terrible, en efecto. Pero una sociedad sin otra escala que la legal tampoco es completamente digna del hombre. Pero una sociedad basada sobre los códigos de la ley, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal como para poder tener una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Siempre que el fino tejido de la vida se teje de relaciones juridicistas, se crea una atmósfera de mediocridad moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre.
Y será simplemente imposible enfrentar los conflictos de este amenazante siglo con tan sólo el respaldo de una estructura legalista.

(...)

La prensa, por supuesto, goza de la más amplia libertad. (Voy a usar el término “prensa” para referirme a todos los medios de difusión masiva.)
Pero ¿cómo utiliza esta libertad?
Aquí, otra vez, la suprema preocupación es no infringir el marco legal. No existe una auténtica responsabilidad moral por la distorsión o la desproporción. ¿Qué clase de responsabilidad tiene el periodista de un diario frente a sus lectores o frente a la historia? Cuando se ha llevado a la opinión pública hacia carriles equivocados mediante información inexacta o conclusiones erradas ¿conocemos algún caso en que el mismo periodista o el mismo diario lo hayan reconocido pidiendo disculpas públicamente? No. Eso perjudicaría las ventas. Una nación podrá sufrir las peores consecuencias por un error semejante, pero el periodista siempre saldrá impune. Lo más probable es que, con renovado aplomo, sólo empezará a escribir exactamente lo contrario de lo que dijo antes.

Dado que se exige una información instantánea y creíble, se hace necesario recurrir a presunciones, rumores y suposiciones para rellenar los huecos; y ninguno de ellos será desmentido. Quedarán asentados en la memoria del lector. ¿Cuántos juicios apresurados, inmaduros, superficiales y engañosos se expresan todos los días, primero confundiendo a los lectores y luego dejándolos colgados? La prensa puede, o bien asumir el papel de la opinión pública, o bien puede pervertirla. De este modo podemos tener a terroristas glorificados como héroes; o bien ver cómo asuntos secretos pertenecientes a la defensa nacional resultan públicamente revelados; o podemos ser testigos de la desvergonzada violación de la privacidad de personas famosas bajo el eslogan de “todo el mundo tiene derecho a saberlo todo”. (Aunque éste es el falso eslogan de una falsa era.
De un valor muy superior es el desacreditado derecho de las personas a no saber; que no se abarroten sus divinas almas con chismes, estupideces y habladurías vanas. Una persona que trabaja y que lleva una vida plena de sentido, no tiene ninguna necesidad de este excesivo y sofocante flujo de información.)

Precipitación y superficialidad son la enfermedad psíquica del vigésimo siglo y más que en cualquier otro lugar esta enfermedad se refleja en la prensa. El análisis profundo de un problema es anatema para la prensa. Se queda en fórmulas sensacionalistas.

Sin embargo, así como está dispuesta, la prensa se ha convertido en el mayor poder dentro de los países occidentales, excediendo el de las legislaturas, los ejecutivos y los judiciales Entonces, uno quisiera preguntar: ¿en virtud de qué norma ha sido elegida y ante quién es responsable? En el Este comunista, a un periodista abiertamente se lo designa como funcionario del Estado. Pero ¿quién ha elegido a los periodistas occidentales que ocupan esta posición de poder, y por cuanto tiempo, y con qué prerrogativas?

Existe todavía otra sorpresa para alguien que viene del Este totalitario con su prensa rigurosamente unificada. Uno descubre una común tendencia de preferencias dentro de la generalidad de la prensa occidental (el espíritu de la época), modelos de juicio generalmente aceptados, y quizás hasta intereses corporativos comunes, con lo que el efecto resultante no es el de la competencia sino el de la unificación. Existe una libertad irrestricta para la prensa, pero no para los lectores, porque los diarios transmiten mayormente, de un modo forzado y sistemático, aquellas opiniones que no se contradicen en forma demasiado abierta con su propia opinión y con la tendencia general mencionada.

Una moda en el pensamiento

Sin ninguna censura en Occidente, las tendencias de moda en el pensamiento y en las ideas resultan fastidiosamente separadas de aquellas que no están de moda y estas últimas, sin llegar a ser jamás prohibidas, tienen muy escasas posibilidades de verse reflejadas en periódicos y libros, o de ser escuchadas en universidades. Vuestros académicos son libres en un sentido legal, pero están acorralados por la moda del capricho predominante. No existe la violencia explícita del Este; pero una selección impuesta por la moda y por la necesidad de acomodarse a las normas masivas, frecuentemente impide que las personas con mayor independencia de criterio contribuyan a la vida pública. Hay una peligrosa tendencia a formar una manada, apagando las iniciativas exitosas.
En los Estados Unidos he recibido cartas de personas altamente inteligentes – como, por ejemplo, el maestro de un pequeño colegio lejano- que hubiera podido hacer mucho por la renovación y salvación de su país, pero su país no pudo escucharlo porque los medios no le ofrecían un foro adecuado. Esto da lugar a fuertes prejuicios masivos, a una ceguera que es peligrosa en nuestra dinámica era. Un ejemplo de ello es la interpretación autocomplaciente del estado de cosas en el mundo contemporáneo que funciona como una especie de armadura puesta alrededor de la mente de las personas, a punto tal que las voces humanas de diecisiete países de Europa Oriental y del Lejano Oriente asiático no pueden perforarla. Sólo se terminará rompiendo por la inexorable palanca de los acontecimientos.

He mencionado algunos pocos rasgos de la vida occidental que sorprenden y asombran a un recién llegado a este mundo. El propósito y los alcances de esta disertación me impiden continuar con este examen, particularmente en lo relacionado con el impacto que estas características tienen sobre importantes aspectos de la vida de una nación, tales como la educación, tanto la elemental como la avanzada en artes y humanidades.

Socialismo

Está casi universalmente aceptado que Occidente le muestra al resto del mundo el camino hacia el desarrollo económico exitoso, aún cuando en los últimos años ha sido perturbado fuertemente por una caótica inflación. Con todo, muchas personas que viven en Occidente están insatisfechas con su propia sociedad. La desprecian o la acusan de no estar ya al nivel de lo que requiere la madurez de la humanidad. Y esto empuja a muchos a inclinarse por el socialismo, lo cual es una falsa y peligrosa tendencia.

Espero que ninguno de los presentes sospechará que expreso mi crítica parcial al sistema occidental a fin de sugerir al socialismo como una alternativa. No. Con la experiencia que tengo de un país en dónde el socialismo ha sido instituido, no hablaré de una alternativa así.
El matemático Igor Shafarevich, miembro de la Academia Soviética de Ciencias, ha escrito un libro brillantemente argumentado titulado “Socialismo”, en el cual efectúa un penetrante análisis histórico y demuestra que el socialismo, de cualquier tipo o matiz, conduce a la destrucción total del espíritu humano y a la nivelación de la humanidad en la muerte. El libro de Shafarevich fue publicado en Francia hace ya casi dos años y hasta el presente no se ha encontrado a nadie capaz de refutarlo. Dentro de poco, se publicará en inglés en los Estados Unidos.

No es modelo

Pero si alguien me preguntara, en cambio, si yo propondría a Occidente, tal como es en la actualidad, como modelo para mi país, francamente respondería en forma negativa. No. No recomendaría vuestra sociedad como un ideal para la transformación de la nuestra. A través de profundos sufrimientos, las personas en nuestro país han tenido un desarrollo espiritual de tal intensidad que el sistema occidental, en su presente estado de agotamiento, ya no aparece como atractivo. Incluso las características de vuestra vida que acabo de enumerar resultan extremadamente entristecedoras.

Un hecho que no puede ser cuestionado es el debilitamiento de la personalidad humana en Occidente mientras que en el Este esa personalidad se ha vuelto más firme y más fuerte. Seis décadas para nuestra gente y tres décadas para la de Europa Oriental; durante todo este tiempo hemos pasado por un entrenamiento espiritual que aventaja, de lejos, a lo experimentado por Occidente. La compleja y mortal presión de la vida cotidiana ha producido personalidades más fuertes, más profundas y más interesantes que las generadas por el bienestar estandardizado de Occidente. Por lo tanto, si nuestra sociedad hubiese de ser transformada en la vuestra, ello significaría una mejora en determinados aspectos, pero también un empeoramiento en algunos puntos particularmente significativos.

Por supuesto, una sociedad no puede permanecer indefinidamente en un abismo de arbitrariedad legal como es el caso en nuestro país. Pero también le resultará denigrante elegir la automática suavidad legalista, como es vuestro caso. Después de décadas de sufrimiento, violencia y opresión, el alma humana anhela cosas más altas, más cálidas y más puras que las ofrecidas por los hábitos de convivencia masiva introducidos por la invasión repugnante de la publicidad, el aturdimiento televisivo y la música insoportable.

Todo esto es visible para numerosos observadores de todos los mundos de nuestro planeta. Resulta cada vez menos probable que el estilo de vida occidental se convierta en el modelo a seguir.

Hay advertencias significativas de la historia para una sociedad amenazada de muerte. Tal es, por ejemplo, la decadencia del arte, o la carencia de grandes estadistas. Hay otras advertencias abiertas y evidentes, también. El centro de su democracia y de su cultura se lesiona tan sólo por la ausencia de energía eléctrica por algunas horas, pues repentinamente muchedumbres de ciudadanos americanos comienza a saquear y a causar estrago. La capa superficial de protección debe ser muy delgada, lo que indica que el sistema social resulta inestable y malsano.

Pero la lucha por nuestro planeta, en lo físico y en lo espiritual, esa lucha de proporciones cósmicas no es una vaga cuestión del futuro. Ya ha comenzado. Las fuerzas del mal ya han lanzado su ofensiva decisiva. Podríais sentir su presión pero vuestros monitores y vuestras publicaciones todavía están llenas de las obligatorias sonrisas y de los brindis con los vasos en alto. ¿A qué viene tanta alegría?

Miopía

Algunos representantes muy bien conocidos de su sociedad, tales como George Kennan, dicen: no podemos aplicar criterios morales a la política. Así mezclamos el bien y el mal, lo derecho y lo torcido y damos oportunidad para el triunfo absoluto del Mal en el mundo. Por el contrario, sólo los criterios morales puede ayudar a Occidente contra la estrategia bien prevista del mundo del comunismo. No hay otros criterios. Las consideraciones prácticas u ocasionales de cualquier clase serán barridas inevitablemente por la estrategia comunista. Después que se ha alcanzado un cierto nivel del problema, el pensamiento legalista induce a la parálisis; evita que uno vea el tamaño y significado de los acontecimientos reales.

A pesar de la abundancia de información, o quizá debido a ella, Occidente tiene dificultades para entender la realidad tal como es. Ha habido predicciones ingenuas por algunos expertos americanos que creyeron que Angola se convirtió en el Vietnam de la Unión Soviética o que la expedición cubana en África sería detenida por la especial atención de Estados Unidos a Cuba.­ El consejo de Kennan a su propio país - comenzar el desarme unilateral - pertenece a la misma categoría. ¡Si usted supiera cómo se ríen de sus magos políticos los funcionarios del Moscow Old Square [1]! En cuanto a Fidel Castro, él francamente desprecia a Estados Unidos, enviando a sus tropas a aventuras distantes estando su país junto al de ustedes.

Sin embargo, el error más cruel ocurrió con la incomprensión de la guerra de Vietnam. Algunos querían sinceramente que todas las guerras se detuvieran cuanto antes; otros creyeron que debería haber lugar para la autodeterminación en Vietnam, o en Camboya, como vemos hoy con claridad particular. Pero los miembros del movimiento pacifista de Estados Unidos participaron en la traición de lejanas naciones del Este, en un genocidio, y en el sufrimiento impuesto hoy a 30 millones de personas de aquellos países. ¿Esos pacifistas convencidos oyen los gemidos que vienen de allá? ¿Entienden su responsabilidad hoy? ¿O prefieren no oír?

La CIA americana perdió su nervio y como consecuencia el peligro se ha acercado mucho más a los Estados Unidos. Pero no hay conocimiento de esto. La miopía de los políticos que firmaron una precipitada capitulación en Vietnam aparentemente dieron a América un respiro de despreocupación; sin embargo, un Vietnam multiplicado por cien asoma ahora sobre ustedes. Ese Vietnam pequeño había sido una advertencia y una ocasión para movilizar el valor de la nación. Pero si una América completamente apertrechada sufrió una verdadera derrota por un pequeño país comunista, ¿cómo puede Occidente esperar permanecer firme en el futuro?

Ya he tenido ocasión de decir que en el siglo XX la democracia no ha ganado ninguna guerra importante sin la ayuda y protección de un aliado continental cuya filosofía e ideología no preguntó. En la Segunda Guerra Mundial contra Hitler, en vez de ganar esa guerra con sus propias fuerzas, que habrían sido ciertamente suficientes, la democracia occidental cultivó a otro enemigo con más poder todavía, pues Hitler nunca tuvo tantos recursos y tanta gente, ni ofreció ideas atractivas, ni tuvo una gran cantidad de partidarios en el oeste -- una quinta columna potencial -- como la Unión Soviética.

Actualmente, algunas voces occidentales han hablado ya de obtener la protección de un tercer poder contra la agresión en el próximo conflicto mundial, si lo hay; en este caso el protector sería China. Pero no le desearía tal protector a ningún país en el mundo. Primero de todo, es otra vez una alianza con el Mal; además, concedería a Estados Unidos un plazo, pero cuando a última hora China con sus mil millones personas se volteara armada con las armas americanas, América misma caería presa de un genocidio similar al que se esta perpetrado en Camboya en nuestros días.

Pérdida de voluntad

Pero ningún arma, no importa cuál sea su poder, pueden ayudar a Occidente mientras no supere la pérdida de su fuerza de voluntad. En un estado de la debilidad psicológica, las armas se convierten en una carga para el lado de quienes capitulan. Para defenderse, uno debe también estar preparado para morir; esta preparación escasea en una sociedad educada en el culto del bienestar material. Nada queda entonces, solamente las concesiones, intentos de ganar tiempo y la traición. Así, en la vergonzosa conferencia de Belgrado los diplomáticos del Occidente libre entregaron en su debilidad la frontera donde los miembros de los Grupos Vigilantes de Helsinki están sacrificando sus vidas.

El pensamiento occidental ha llegado a ser conservador: la situación del mundo debe permanecer como está a cualquier coste, allí no debe ser ningún cambio. Este sueño debilitante de un status quo irreformable es el síntoma de una sociedad que ha llegado al final de su desarrollo. Uno debe ser ciego para no ver que los océanos ya no pertenecen a Occidente, mientras que la tierra bajo su dominio sigue disminuyendo.

Las dos llamadas guerras mundiales (en realidad todavía estaban lejos de tener esa escala mundial) han significado la autodestrucción interna del pequeño y progresivo Occidente que ha preparado así su propio final. La siguiente guerra (que no tiene que ser atómica y no creo que lo sea) puede quemar la civilización occidental para siempre.
Enfrentando tales peligros, con tantos valores históricos en su pasado, con tan alto nivel de realización de la libertad y de devoción a la libertad, ¿cómo es posible perder en tal grado la voluntad para defenderse?

Humanismo y sus consecuencias

¿Cómo es que se ha producido esta adversa relación de fuerzas? ¿Cómo es que Occidente ha caído de su marcha triunfal hasta su debilidad presente? ¿Acaso han existido desvíos fatales y pérdidas de orientación en su desarrollo? No parece ser así. Occidente se mantuvo avanzando en forma constante de acuerdo a sus proclamadas intenciones sociales, a la par de su asombroso progreso tecnológico. Y súbitamente se ha encontrado en su posición actual de debilidad.

Esto significa que el error debe estar en la raíz, en la misma base del pensamiento humano de los últimos siglos. Me refiero a la visión occidental que prevalece en el mundo de hoy, que nace del Renacimiento y encuentra su expresión política a partir de la Ilustración. Esta visión se convirtió en la base de todas las doctrinas políticas o sociales y podríamos llamarla humanismo racionalista o autarquía humanística. Es la autoproclamada y practicada autonomía del ser humano de cualquier fuerza superior. También podría ser llamado antropocentrismo, con el ser humano visto como ocupando el centro de todo lo que existe.

El punto de inflexión provocado por el Renacimiento probablemente fue inevitable desde el punto de vista histórico. La Edad Media había llegado a su término natural por agotamiento, convirtiéndose en una represión despótica intolerable de la naturaleza física del ser humano a favor de su naturaleza espiritual. Pero, después, nos retiramos de lo espiritual y fuimos abrazando todo lo que es material de un modo excesivo e ilimitado. La nueva forma humanística el pensamiento, que había sido proclamada nuestra guía, no admitía la existencia de una maldad intrínseca en el ser humano, ni entreveía una misión más elevada que el logro de la felicidad terrenal.

Dios inicio a la civilización occidental con una peligrosa tendencia a idolatrar al hombre y a sus necesidades materiales. Todo lo que estaba más allá del bienestar físico y de la acumulación de bienes materiales; todas las demás necesidades y características humanas de una naturaleza superior y más sutil, quedaron fuera del área de atención de los sistemas sociales y estatales, como si la vida humana no tuviese un significado superior. Eso proporcionó su acceso al Mal, que en nuestros días fluye libre y constante. La simple libertad por si no resuelve en lo más mínimo todos los problemas de la vida humana y hasta agrega una buena cantidad de problemas nuevos.

Y aún así, en las primeras democracias, como en la democracia norteamericana por la época de su nacimiento, todos los derechos humanos fueron conferidos sobre la base de que el ser humano es una criatura de Dios. Esto es: la libertad le fue conferida al individuo en forma condicional, en la presunción de su constante responsabilidad religiosa. Esa era la tradición de los mil años precedentes. Hace doscientos y hasta hace cincuenta años atrás, hubiera sido casi inimaginable en los Estados Unidos que se le concediese la libertad ilimitada a un individuo simplemente para la satisfacción de sus caprichos personales.

Después, sin embargo, todas estas limitaciones resultaron erosionadas en la totalidad de Occidente. Se produjo una emancipación absoluta de la herencia moral de los siglos cristianos con sus grandes reservas de misericordia y sacrificio. Los sistemas estatales se volvieron aun más materialistas. Finalmente, Occidente conquistó los derechos humanos, incluso en exceso, pero el sentido de responsabilidad del ser humano ante Dios y ante la sociedad se ha vuelto cada vez más débil. Durante las últimas décadas, el egoísmo legalista de la cosmovisión occidental ha llegado a su apogeo y el mundo se encuentra en una aguda crisis espiritual y en una transición política.
Todos los celebrados logros tecnológicos del progreso, incluyendo la conquista del espacio exterior, no alcanzan para redimir la pobreza moral del Siglo XX, una pobreza que nadie hubiera imaginado incluso todavía hacia fines del Siglo XIX

Un parentesco inesperado

En la medida en que el humanismo en su desarrollo se fue volviendo más y más materialista, progresivamente permitió conceptos que resultaron utilizados por el socialismo primero y por el comunismo después. De este modo, Carlos Marx pudo decir, en 1844, que el “comunismo es humanismo naturalizado”.

Esta afirmación no es enteramente irracional. Uno puede detectar las mismas piedras fundamentales de un humanismo erosionado en cualquier tipo de socialismo: materialismo ilimitado; liberación de la religión y de la responsabilidad religiosa (algo que en los regímenes comunistas llega al estadio de la dictadura antirreligiosa); concentración de las estructuras sociales bajo un criterio supuestamente científico. (Esto último es típico tanto de la Ilustración como del marxismo).
No es ninguna casualidad que las grandes promesas retóricas del comunismo giren alrededor del Hombre (con “H” mayúscula) y su felicidad terrenal. A primera vista parece un feo paralelismo: ¿Tendencias comunes en el pensamiento y en el estilo de vida del Occidente y del Este actuales? Pero ésa es la lógica del desarrollo materialista.

Más aún, la interrelación es tal que la corriente materialista que está más hacia la izquierda, siendo que de este modo es la más consistente, siempre demuestra ser la más fuerte, la más atractiva y victoriosa. El humanismo ha perdido su herencia cristiana y no puede prevalecer en esta competencia. De esta forma, durante los siglos pasados, y especialmente durante las décadas recientes, a medida en que el proceso se fue volviendo más agudo, el alineamiento de las fuerzas fue como sigue: el liberalismo resultó inevitablemente desplazado por el extremismo; el extremismo tuvo que rendirse ante el socialismo y el socialismo no pudo resistirse al comunismo.

El régimen comunista en el Este ha podido perdurar y crecer gracias al entusiasta apoyo de un enorme número de intelectuales occidentales quienes (¡sintiendo el parentesco!) se negaron a ver los crímenes de los comunistas y, cuando ya no pudieron seguir negándolos, intentaron justificarlos. El problema persiste: en nuestros Estados del Este el comunismo ha sufrido una derrota ideológica total; su prestigio es cero y aun menos que cero. Y a pesar de eso los intelectuales occidentales todavía lo miran con considerable interés y afinidad, siendo que es precisamente esto lo que le hace tan inmensamente difícil a Occidente el resistirse ante el Este

Heterodoxias.net

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