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2.10.09

La obra póstuma de Oriana Fallaci



Oriana Fallaci vuelve a la vida con una novela

Consciente de que el cáncer la minaba día a día, la periodista italiana acometió la titánica empresa de narrar la historia de su familia. La novela, 'Un sombrero lleno de cerezas', quedó inconclusa, pero su heredero decidió publicarla enfrentándose a su madre, hermana de la escritora fallecida. El libro, del que ofrecemos un adelanto, se publica este martes en nuestro país.

Por: Irene Herández Velasco. Fotografía: de Angelo Cozzi

O se la ama o se la odia. O se la detesta o se la venera. Tres años después de su muerte, Oriana Fallaci (Florencia, 1929-2006) sigue sin dejar indiferente a nadie. Para algunos siempre será la valerosa mujer que, tras los atentados del 11-S y desafiando los esquemas de lo políticamente correcto, emprendió una cruzada contra el Islam y denunció sin medias tintas el peligro de que Occidente acabe sometido a los dictados del Corán.

Para otros, sin embargo, la famosa escritora y periodista italiana representa la xenofobia más lamentable y contumaz, el ejemplo más espantoso de adónde puede llegar el odio irracional contra los musulmanes. Ambas posiciones siguen tan enconadamente enfrentadas que en cuanto se desempolva la ya vieja idea de dedicarle a la Fallaci una calle en su Florencia natal, por poner un ejemplo, estalla una feroz controversia. Porque, como les pasa a muchos grandes personajes, esta genial reportera y fumadora empedernida a la que un cáncer de mama quitó la vida el 15 de septiembre de 2006 sigue dando que hablar. Y no sólo porque, para conmemorar el tercer aniversario de su muerte, un sacerdote conocido en Italia como "el párroco anti-Islam" por su visceral rechazo de la religión musulmana y al que la propia Fallaci alabó en su ya famoso libro 'La fuerza y el orgullo', haya oficiado una misa en su honor. Más allá de sus controvertidas posiciones ideológicas, esa italiana tan apasionada como descarnada sigue siendo noticia por sí misma.

¿Es posible que, torturada por el dolor, solicitara a los médicos que le practicaran la eutanasia y que éstos accedieran a poner fin a su agonía con una inyección de morfina? ¿A cuánto asciende el legado económico dejado por esta mujer, de cuyos libros se han vendido en todo el mundo más de 20 millones de ejemplares? ¿Era realmente tan egoísta e insufrible como la describe su sobrino favorito y único heredero? ¿Quería que viera la luz su último libro o se negaba rotundamente a su publicación?

Éstos son tan sólo algunos de los interrogantes surgidos tras la desaparición de la que, para muchos, es la mejor entrevistadora del siglo XX y la conciencia crítica de Occidente. El más inquietante, quizás, tiene que ver con 'Un sombrero lleno de cerezas', la ambiciosa novela histórica a la que Fallaci dedicó buena parte de los 10 largos años que –desde 1991 y hasta 2001 y sabiéndose ya enferma de cáncer–, permaneció alejada del mundanal ruido, retirada del periodismo y enclaustrada en su apartamento en el número 222 de la calle 61 de Nueva York.

REALES Y FICTICIOS.

De "mi criatura", como la escritora denominaba a esa monumental obra, se agotaron en Italia 500.000 ejemplares sólo en los tres primeros días tras su salida a la venta. El libro cuenta la historia de la familia Fallaci, desde mediados del siglo XVII hasta 1889, a través de medio centenar de personajes tanto reales como ficticios.

La reportera que puso contra las cuerdas a Henry Kissinger o al ayatolá Jomeini dedicó años a rastrear entre legajos y archivos la historia de su estirpe. Pero la duda trascendental que planea sobre esa imponente saga épica que recorre cinco generaciones es si la aguerrida periodista quería realmente que esa novela, que dejó incompleta y a la que nunca llegó a poner el punto final, viese la luz.

Según Paola, su hermana, la respuesta es rotunda y categóricamente no. "En este momento, Oriana debe de estar blasfemando", aseguraba tras la publicación en Italia, en julio de 2008, de 'Un sombrero lleno de cerezas'. "Me la imagino entrando en cualquier momento por aquella puerta y montando una de sus terribles escenas".

Paola, que al igual que su hermana Oriana no tiene lo que se dice un carácter fácil, no se anda con rodeos: "Que no me toquen las pelotas... Había dos copias de ese libro. Una la tenía Oriana y la otra la tengo yo. Y ella no quería que fuese publicado. Tengo notas suyas en las que escribió: 'Antes que verlo publicado, lo quemo'. De hecho, durante años, varios editores le pidieron publicarlo y ella siempre se negó, porque el libro estaba incompleto", ha asegurado en declaraciones a la prensa italiana.

Sin embargo, detrás de la monumental bronca montada por Paola a propósito de la salida al mercado de la obra, algunos no pueden evitar ver un atisbo de rencor por haberse visto excluida del testamento de la Fallaci. Porque Oriana, que llevaba años peleada con ella, no le dejó ni un miserable euro.

La escritora y periodista, visceral hasta la médula y que murió sin hijos, decidió legar toda su fortuna a uno de los dos vástagos de Paola, Edoardo Perazzi, de 43 años, quien, por supuesto, no se habla con su madre. La cifra exacta de lo que le ha podido caer en suerte se desconoce, pero el propio interesado asegura que, tras pagar los preceptivos impuestos en Estados Unidos, la herencia de la tía ha quedado reducida a muy poquita cosa.

Sin embargo, y como heredero universal de Oriana Fallaci, Perazzi es dueño de los derechos de autor de todas las obras de la reportera, incluida, por ejemplo, 'La rabia y el orgullo' (2001), el primer libro en el que la periodista arremetió contra el fanatismo que, a su juicio, entraña el Islam y contra los gobernantes occidentales que, en nombre de lo políticamente correcto, favorecen el apoyo a la cultura islámica.
Ese libro, del que sólo en Italia se vendieron 1,5 millones de ejemplares, acaba de ser reeditado en el país transalpino en edición de bolsillo. Y, por supuesto, Perazzi también tiene en sus manos el copyright de Un sombrero lleno de cerezas, publicado a título póstumo. De hecho, fue él quien decidió llevar a la imprenta ese libro, asegurando que su tía le había autorizado expresamente a publicarlo.

"En agosto de 2006, en su último mes de vida, me daba instrucciones de todo tipo, pero no me hablaba nunca de la novela. Un día me armé de valor. 'Oriana, tengo aquí a este 'hijo' tuyo (llamaba así a sus libros) y no sé qué debo hacer con él. ¿Lo publico? ¿Lo guardo en un banco? ¿Lo quemo?'", cuenta Perazzi. "¿Estás loco? Pues claro que tienes que publicarlo. ¡Comprueba que no haya gilipolleces y publícalo!", asegura que le respondió la tía.

Pero aun siendo el heredero único de la Fallaci y su sobrino preferido, Edoardo Perazzi no puede evitar hacer un retrato bastante terrible de su tía, famosa por su espantoso temperamento. Esclavista, lianta, severa y tacaña son sólo algunos de los calificativos que le dedica... Asegura que conoce al milímetro el apartamento que la Fallaci tenía en Nueva York. "¡Qué remedio! Me hizo fregarlo y lustrarlo millones de veces. Ibas a visitarla y ella, que siempre solía estar sola, te esclavizaba", se lamentaba el año pasado en una entrevista al semanario 'Panorama'.

CAMARERO DE SEAN CONNERY.

"Me acuerdo que, una vez, cuando estaba en el primer año de la Universidad de Chicago, me dijo: 'Pobrecito, ¿qué haces allí tan sólo? Ven a verme, te preparo una buena comilona aquí en Nueva York'. Yo caí en la trampa, aunque ya me pareció un poco sospechoso que, en lugar de un billete de avión, me enviara uno para viajar en autobús de línea. El caso es que, tras un día y medio de viaje, llamé a su puerta reventado de cansancio, sucio. Ella me hizo lavarme a toda prisa. Tenía como invitados a Sean Connery y a su mujer... Durante un día hice de camarero y, después, me mandó de vuelta a la universidad, pero sólo tras hacerme fregar todos los platos". El sobrinísimo también asegura que la Fallaci acumulaba en su vivienda un montón de basura. "Los incautos a los que admitía en su casa eran explotados como mano de obra para tirar los cientos de botellas de aceite vacías y todas las demás cosas que amontonaba".

Pero, por si esos escabrosos detalles sobre la faceta más privada de la escritora y periodista no fueran suficientes, Paola se ha encargado de añadir alguno más. Como afirmar que la Fallaci –quien a pesar de su declarado y militante ateísmo (lo que no le impidió declarar su admiración por el Papa Benedicto XVI a propósito de su férrea defensa de las raíces cristianas de Europa) se manifestó en contra de que le fuera practicada la eutanasia a Terri Schiavo, la norteamericana que pasó 15 años en estado vegetativo– acabó ella misma recurriendo a esa práctica, rigurosamente prohibida por la legislación italiana.

UN ESQUELETO.

"Regresó a Florencia en camilla. Era un esqueleto. En Nueva York se había sometido a terapias tremendas. Sufría muchísimo y pidió una inyección de morfina, sabiendo perfectamente que no volvería a despertarse, y sabiéndolo también la clínica", contaba Paola el año pasado al periódico 'La Stampa'. "Suplicó: 'Haced algo, ayudadme', y esa ayuda fue la morfina. Podéis decir lo que queráis, pero esa práctica se llama eutanasia". Sin embargo, la clínica Santa Clara de Florencia, donde murió, ha desmentido categóricamente las palabras de Paola. Y lo mismo ha hecho Edoardo Perazzi.

En realidad, todo ello no son más que pinceladas en la historia de una mujer que nació bajo la dictadura de Mussolini, que a los 10 años participó activamente junto a su padre en un movimiento clandestino de resistencia, que a los 14 recibió un reconocimiento de honor de parte del ejército italiano por su activismo durante la guerra, que a los 16 comenzó a trabajar como reportera en Florencia. "La primera vez que me senté detrás de una máquina de escribir me enamoré de las palabras, que brotaban como gotas, una a una, y se quedaban sobre la hoja... Cada gota se convertía en algo que, si hubiera pronunciado, se habría ido volando, pero sobre las páginas esas palabras se volvían tangibles", dijo en una entrevista en 1979.

Su inmenso talento la catapultó muy pronto al éxito, lo que la llevó a entrevistar a figuras políticas de gran relieve y a cubrir los grandes acontecimientos internacionales. Su estilo directísimo y descarnado hizo el resto... Como en aquella famosa entrevista que en 1979 la reunió con el ayatolá Jomeini y ante el cual se 'atrevió' a cuestionar la obligación de las mujeres iraníes de llevar chador.
"A usted no le importa. Nuestras costumbres a usted no le importan. Si a usted no le gusta la vestimenta iraní no está obligada a llevarla, dado que es para mujeres jóvenes y señoras respetables", le espetó el líder religioso de Irán. Y la Fallaci, que se había visto obligada a ponerse un chador para poder entrevistarle, no se lo pensó dos veces. "Muy amable, Imán, me voy a liberar inmediatamente de este estúpido trapo medieval", le respondió, al tiempo que se lo quitaba.

Entrevistas y obra de Oriana Fallaci:

Oriana Fallaci deja un mensaje póstumo al mundo

El legado de Oriana Fallaci

Muecines en lugar de Campanas

El despertar del Islam es el fin de Occidente

Tratamos como amigo al enemigo

¿Que Diálogo entre Civilizaciones?

La escritora Oriana Fallaci ha muerto

'La Fuerza de la Razón "Oriana Fallaci"

Oriana Fallaci "Un sermón para Occidente"

La Rabia y el Orgullo (Oriana Fallaci)

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Un sombrero lleno de cerezas (Oriana Falleci)



Autor: Oriana Fallaci

La esfera de los libros

ENTRETENIDA Y SINGULAR

Por Ymelda Navajo

Cuando en verano de 2008 tuvimos el ejemplar de 'Un sombrero lleno de cerezas' que Rizzoli acababa de lanzar al mercado italiano, supimos que debía formar parte de nuestro catálogo. Su éxito no nos sorprendió. Dejaba claro que había muchos lectores deseosos de seguir leyendo a aquella periodista única y singular. Pero eso vino más tarde. Porque lo primero que nos sedujo fue esa poderosa voz narradora que siempre caracterizó a Oriana Fallaci, que lograba de nuevo arrastrar al lector y, en esta ocasión, por los caminos de la ficción. Así, viajamos a la Italia de los primeros Fallaci y, guiados por su estilo –elaborado sin dejar de ser ameno, cuidado y directo a un tiempo, trascendente pero divertido–, hacer una relectura de la historia europea de los últimos siglos. Porque ésa es una de las virtudes de esta novela: cómo la autora, a través del relato de una saga familiar, recupera la intrahistoria de la vieja Europa y de los conflictos que marcaron a sus antepasados; y a los nuestros. Es una fantástica novela, una entretenidísima historia que lleva la rúbrica de una de las voces literarias más singulares y leídas del siglo XX.


UN SOMBRERO LLENO DE CEREZAS

En este extracto del prólogo, la autora expone las razones que la empujaron a acometer su última obra, una novela histórica sobre su familia.

Por Oriana Fallaci

Entonces, cuando el futuro se había vuelto muy corto y se me escapaba de entre los dedos con la inexorabilidad con que cae la arena en una clepsidra, me sorprendía con frecuencia pensando en el pasado de mi existencia: buscando allí las respuestas con las que sería justo morir. Por qué había nacido, por qué había vivido, y quién o qué había plasmado el mosaico de personas que, desde un lejano día de verano, constituía mi Yo.

Naturalmente, sabía de sobra que la pregunta “por qué he nacido” se la habían planteado ya millones de seres humanos y siempre en vano, que la respuesta pertenecía a ese enigma llamado Vida, que para fingir que la había encontrado tendría que recurrir a la idea de Dios. Recurso que nunca he entendido y que jamás he aceptado.
Pero también sabía que las otras preguntas se escondían en la memoria de aquel pasado, en los acontecimientos y en las criaturas que habían acompañado el ciclo de mi formación, y lo desenterraba en un obsesivo viaje hacia atrás: exhumaba los sonidos y las imágenes de mi primera adolescencia, de mi infancia, de mi entrada en el mundo. Una primera adolescencia de la que lo recordaba todo: la guerra, el miedo, el hambre, el desgarro, el orgullo de combatir contra enemigo codo con codo junto a los adultos, y las heridas incurables que se derivaron de ello.

Una infancia de la que recordaba mucho: los silencios, la disciplina excesiva, las privaciones, las peripecias de una familia indomable y comprometida en la lucha contra el tirano; por tanto, la ausencia de alegría y la falta de momentos relajados, despreocupados. Una entrada en el mundo de la que me parecía recordar el más mínimo detalle: la luz cegadora que, repentinamente, sustituyó a la oscuridad, el esfuerzo que implicaba respirar en el aire, la sorpresa ante el hecho de no estar ya sola en mi bolsa de agua, sino compartiendo el espacio con una multitud desconocida.

La significativa aventura de ser bautizada a los pies de un fresco en el que, con un espasmo de dolor en la cara y una hoja de parra sobre el vientre, un hombre desnudo y una mujer desnuda abandonaban un hermoso jardín lleno de manzanas: la 'Expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal', pintada por Masaccio en la iglesia del Carmen de Florencia. Exhumaba igualmente los sonidos y las imágenes de mis padres, sepultados desde hacía años en un parterre perfumado de rosas. Me los encontraba en todas partes. No de viejos, es decir, cuando los consideraba más mis hijos que mis padres, cuando al levantar en brazos a mi padre para acomodarlo en una butaca lo notaba tan leve, tan empequeñecido e indefenso que, al mirar su cabecita tierna y calva, apoyada confiadamente en mi cuello, me parecía tener entre los brazos a mi niño octogenario. Me los encontraba de jóvenes. Cuando eran ellos los que me levantaban y me sostenían a mí entre sus brazos. Fuertes, guapos, seguros de sí mismos. Y durante algún tiempo creí tener en la mano una llave capaz de abrir todas las puertas. Pero luego me di cuenta de que sólo abría algunas: ni el recuerdo de la primera adolescencia y de la infancia y de la entrada en el mundo ni los encuentros con aquellos dos jóvenes fuertes, guapos y seguros de sí mismos podían darme todas la respuestas que necesitaba. Atravesando las fronteras de aquel pasado, fui en busca de los acontecimientos y de las criaturas que lo habían precedido y fue como abrir una caja que contiene otra dentro y ésa otra, que a su vez contiene otra, y así hasta el infinito. Y el viaje hacia atrás se volvió un viaje sin freno.

Un viaje difícil, porque ya era tarde para hacerle preguntas a quienes nunca se las había hecho. Ya no quedaba nadie. Sólo una tía de noventa y cuatro años que, al oír mi súplica: “Dime, tía, dime”, movió apenas las pupilas neblinosas y murmuró: “¿Eres el cartero?”. Y junto a mi tía, ya inútil, la tristeza por la pérdida de un arcón del siglo XVI que, durante casi dos siglos, había custodiado los testimonios de cinco generaciones: libros antiguos, entre ellos una cartilla de aritmética y un abecedario del siglo XVIII; papeles rarísimos, entre ellos la carta de un tío lejano, enrolado en el ejército por Napoleón y sacrificado en Rusia; recuerdos raros y preciosos, entre ellos una funda de almohada gloriosamente manchada con una frase inolvidable, un par de gafas y un ejemplar de Beccaria con una dedicatoria de Filippo Mazzei.
Cosas que yo llegué a ver antes de que quedaran reducidas a cenizas, durante una terrible noche de 1944. Junto al arcón perdido, algún objeto salvado casualmente: un laúd sin cuerdas, una pipa de arcilla, una moneda de cuatro sueldos emitida por el Estado Pontificio, un vetusto reloj que estaba en mi casa del campo y que cada cuarto de hora daba unas campanadas iguales a las de Westminster. Por último, dos voces. La voz de mi padre y la voz de mi madre que narraban la historia de sus respectivos antepasados. Divertida e irónica la de él, siempre dispuesto a la risa, incluso en la tragedia. Apasionada y compasiva la de ella, siempre dispuesta a conmoverse, incluso en la comedia. Y ambas, tan remotas en la memoria que su consistencia era más tenue que una tela de araña.

Pero a fuerza de evocarlas continuamente, y de conectarlas con la tristeza por la pérdida del arcón o con los pocos objetos salvados, la tela de araña se robusteció. Se fue volviendo más tupida, se convirtió en un tejido sólido, y las historias crecieron con tanto vigor que llegó un momento en el que me resultó imposible establecer si seguían perteneciendo a las dos voces o si se habían transformado en el fruto de mi imaginación. ¿Había existido realmente aquella legendaria antepasada sienesa que tuvo el valor de insultar en la cara a Napoleón? ¿Había existido realmente la misteriosa antepasada española que se casó exhibiendo un velero de cuarenta centímetros de alto y treinta de ancho sobre la peluca? ¿Había existido realmente el dulce antepasado campesino que llevaba su fervor religioso hasta el extremo de flagelarse, había existido realmente el rudo antepasado marinero que sólo abría la boca para blasfemar? ¿Habían existido realmente los bisabuelos malditos, es decir, la republicana Anastasìa, cuyo nombre llevaba yo como segundo nombre, y el aristocratísimo señor de Turín, cuyo nombre, demasiado ilustre y demasiado poderoso, no se podía ni siquiera pronunciar por orden de la abuela? ¿Habían abandonado realmente en un hospicio para huérfanos a aquella pobre abuela mía, concebida por su enloquecida pasión? Ya nunca podría saberlo. Pero, al mismo tiempo, sabía que aquellos personajes no podían ser fruto de mi fantasía porque los sentía latir dentro de mí, condensados en el mosaico de personas que un lejano día de verano comenzaron a constituir mi Yo, y conducidos por los cromosomas que había recibido de dos jóvenes fuertes y guapos y seguros de sí mismos. ¿Las partículas de una semilla no son acaso iguales a las partículas de la semilla precedente? ¿No recorren acaso una generación tras otra, perpetuándose? ¿Nacer no es acaso un eterno volver a empezar y cada uno de nosotros no es acaso el producto de un programa establecido antes de que comenzáramos a vivir, el hijo de una miríada de padres?

Se desencadenó entonces otra búsqueda: la de las fechas, los lugares, las confirmaciones. Afanosa, frenética. No podía ser de otra forma: me apremiaba el futuro que se me escapaba de entre los dedos, la necesidad de darme prisa, el temor a dejar un trabajo a medias. Y, como una hormiga enloquecida por la urgencia de acumular comida, corrí a revolver entre los archivos, los catastros, los conjuntos de relieves topográficos o 'cabrei', los 'Status Animarum'. Es decir, los Estados de Almas. Los registros en los que, con el pretexto de saber cuántos fieles estaban sujetos a los preceptos pascuales, el párroco enumeraba uno a uno a los habitantes de todas las parroquias y de todos los prioratos, reagrupándolos en núcleos familiares y anotando cuanto pudiera ayudarle a catalogarlos. El año o la fecha completa de nacimiento y de bautizo, de boda y de muerte, el tipo de trabajo y cuánto ganaba, el volumen de su patrimonio o de su indigencia, el nivel de educación o de analfabetismo. Unos censos rudimentarios, en una palabra. Escritos unas veces en latín y otras en italiano, con pluma de ave y tinta marrón.
La tinta, secada con un polvillo brillante y plateado que el tiempo no había disuelto, al contrario, se había mezclado con las palabras, confiriéndoles un brillo tan fulgurante que cuando se te quedaba un granito en el dedo te parecía que acababas de robar una pizca de luz que era una pizca de verdad. Y paciencia si en algunas parroquias y en algunos prioratos los registros habían sido devorados por los ratones o destruidos por la desidia o mutilados por los salvajes que arrancan las páginas para vendérselas a los anticuarios; paciencia si por culpa de ello no encontré el rastro de los parientes más remotos. Por ejemplo, de aquellos que, según uno de los papeles del arcón perdido, habían abandonado Florencia en el año 1348, huyendo de la peste de la que habla Boccaccio en el 'Decamerón', y se habían refugiado en la región de Chianti.

Los de las historias narradas por las dos voces existían, y los localicé desde el primero hasta el último. Con sus nietos y sus biznietos, me ocurrió lo mismo. En el caso de los nietos y los biznietos descubrí, incluso, detalles que las dos voces no me habían proporcionado, criaturas con las que podía identificarme hasta el paroxismo, de las que podía reproducir todos los gestos y todos los pensamientos, todos los sueños y todos los avatares. La búsqueda se convirtió, pues, en una saga que debía ser escrita, en un cuento de hadas que debía reconstruirse con la imaginación. Sí, fue entonces cuando la realidad comenzó a deslizarse hacia el terreno de la imaginación y la verdad se unió, primero, a lo inventable y, luego, a lo inventado: el uno, complemento del otro, en una simbiosis tan espontánea como imposible de escindir.
Y todos aquellos abuelos, abuelas, bisabuelos, bisabuelas, tatarabuelos, tatarabuelas, antepasados y antepasadas, en una palabra, todos aquellos padres míos, se convirtieron en mis hijos. Porque ahora era yo la que los estaba pariendo a ellos, mejor dicho, devolviéndolos a la vida que ellos me habían dado. La saga que debía ser escrita, el cuento de hadas que debía reconstruirse con la imaginación, comienza hace dos siglos: en los años en los que se fraguó la Revolución Francesa y que precedieron a la Revolución Americana, es decir, a la guerra de independencia declarada contra Inglaterra por las trece colonias que se habían formado en el Nuevo Mundo entre el año 1607 y el 1733.

Parte de Panzano, un pueblecito situado frente a la casa en la que deseo morir, al que, antes de que comenzase mi búsqueda de hormiga enloquecida, solía mirar sin saber hasta qué punto le pertenecía, y sobre el que, ahora que va a iniciarse el relato, creo conveniente ofrecer alguna información para quienes no conozcan aquella época o aquel lugar. Panzano está situado sobre una colina de la región de Chianti, a medio camino entre Siena y Florencia, y Chianti es la zona de Toscana que se extiende entre el río Greve y el río Pesa: trescientos kilómetros cuadrados compuestos de montañas y colinas de impresionante belleza.
Las montañas están cubiertas de plantas y árboles siempre verdes, castaños, encinas, quejigos, pinos, cipreses, morales y helechos, y albergan un paraíso de fauna: liebres, ardillas, zorros, ciervos, jabalíes, además de muchísimas aves. Mirlos y paros carboneros y tordos y ruiseñores que cantan como los ángeles. Las colinas son escarpadas, pero impresionantemente armoniosas, cultivadas en gran parte por hileras de vides, de las que se extrae un vino muy reputado, y de olivos que producen un aceite muy sabroso y ligero. Antiguamente, se sembraban también el trigo, el centeno y la cebada, y la siega era uno de los dos acontecimientos con los que se medía el paso de las estaciones. El otro era la vendimia. Entre la siega y la vendimia florecían los jacintos, los campos se encendían de azul, y desde lejos parecían un mar agitado por gigantescas e inmóviles ondas (...).

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13.9.08

Oriana Fallaci deja un mensaje póstumo al mundo


Este entrada es un pequeño homenaje a la escritora y periodista Orina Fallaci que murió de cáncer el 15.09.2006, hace ahora dos años lo cual no nos impide recordarla como se merece.
Oriana mantuvo siempre desde una posición liberal y laica su estilo literario, apasionado, controvertido y polemista. Ha tocado todo tipo de géneros, desde la opinión, a los reportajes, o las entrevistas a grandes personajes del siglo XX.
Para recordarla he elegido su “MENSAJE PÓSTUMO AL MUNDO”



UN MENSAJE PÓSTUMO AL MUNDO

La periodista se confesó en una entrevista para ser publicada a su muerte, las palabras de Oriana Fallaci desprenden una fuerza sublimar, y una libertad de expresión exenta de interesados prejuicios, destacando sobre todo su gran personalidad y su total indiferencia a las criticas mundanas. Es una satisfacción poder ofrecer a mis lectores este mensaje que seguro a nadie dejara indiferente.

LA VIDA

El señor Bin Laden dijo que la muerte es un fin, una conquista. La palabra que me ha horrorizado más es conquista. Para mí, para nuestra cultura, la conquista es la vida. Siempre he amado la vida con desesperación, con alegría. Cuando era muy joven, el recuerdo de los campos de concentración de Alemania formaba parte de nuestra vida diaria. Y me decía que si hubiese sido un niño judío y el Padre Eterno me hubiese preguntado: "¿Qué prefieres, morir de niño en un campo de concentración o no nacer?", yo le habría contestado: "Prefiero nacer, así sabré lo que se siente, aunque sea brevemente, al correr, al reír, al comer un helado y mirar el cielo azul". Cada uno de mis libros es un grito de odio por la muerte y un grito de alegría por la vida.

LA ENFERMEDAD

Estoy convencida de que el cáncer es una dolencia inteligente. Esta historia de la inteligencia se me ocurrió porque, cuando me quitaron esa cosa enorme me dije quiero verlo, guardarlo, es algo mío, quiero verlo.
A los dos días de la operación, fui al hospital a verlo al microscopio. Me impresionó muchísimo porque era una piedrecilla, nada más que una piedrecilla. Blanco, limpísimo, gracioso. Pero seccionado parecía una plaza enloquecida. Había algo vital e inteligente en aquellas células que luchaban entre sí. Me hicieron pensar en criaturas de otro planeta.
Empecé a llamarlo Extraterrestre y desde entonces comenzó un silencioso diálogo con él, un desafío a este enemigo que llevo dentro, como una especie de Bin Laden: nunca se sabe en qué cueva está. De vez en cuando sale por algún sitio donde no está el ejército estadounidense. Sólo estoy yo. Y cuando sale, lo hace para eliminarme. Entonces le suelto un discurso. Le digo: tú existes porque existo yo, eres un parásito mío, para vivir me necesitas a mí. Si me matas, tú también mueres. Este desafío se ha vuelto tan personal y tan humano que sigo fumando como antes, más que antes.

LA ENVIDIA

No me preguntéis el motivo de todas las maldades que se han escrito sobre mis libros. Cada vez que ocurre me pregunto, asombrada, perpleja, incrédula: ¿por qué?
No pertenezco a ningún partido, no pertenezco a ningún grupo, mejor dicho, a ninguna mafia literaria. Jamás digo nada de nadie ni insulto los libros de los demás. Si son malos, nunca digo que son malos. Ni siquiera digo que no me gustan. No lo digo porque sé que escribir un libro, sea bueno o malo, es muy fatigoso. Y me reconozco en esa fatiga, la respeto.

Entonces, ¿por qué? La gente asocia el éxito, la notoriedad, mejor dicho, la popularidad, con la felicidad. Por eso se pasa la vida poniendo verdes a los divos, a las divas, a los hombres de poder. De hecho, a los hombres de poder nunca se los fustiga por lo que deberían ser fustigados, por sus errores, sus abusos, sus incapacidades, sus culpas, las cosas por las que los ataco yo. La gente los ataca porque en su poder, en su éxito, ve un triunfo de la felicidad.
Pero la felicidad no tiene nada que ver con la fama, con la popularidad, con la fortuna económica que, de un modo u otro, se deriva del estatus del éxito. Es todo lo contrario: la fama, el éxito casi siempre son fuente de muchas infelicidades. La soledad, por ejemplo.

Todas las personas de éxito que he conocido eran personas que estaban profundamente solas. Aunque vivieran rodeadas de multitudes, reverenciadas por multitudes, o precisamente por eso. Además, está la vulnerabilidad; una persona que tiene fama y éxito siempre está más expuesta a los ataques, a las calumnias, a las heridas.
El aspecto más sórdido del cretinismo que acompaña casi siempre a la envidia es que las personas sencillas nunca odian, al contrario, aman a las personas de éxito porque transfieren en ellas sus sueños, sus ambiciones.

Quienes odian son las personas involucradas en cierto modo en el mecanismo del éxito de la persona envidiada. Es decir, las que hacen su mismo trabajo, las que pertenecen a su mundo. Pero tampoco lo entiendo. ¿Envidia de qué?

Mi vida ha sido durísima y muy infeliz. Aquellos a quienes más amaba están muertos. Siempre he ganado poco en relación con el éxito que he tenido y el trabajo que he hecho. Y he trabajado mucho, de verdad, muchísimo. Jamás tuve los sueldos fabulosos que ganan hoy los periodistas, por no hablar de los de los directores, ni siquiera me los he imaginado.

El cáncer que exterminó a toda mi familia me ha salido a mí también. Y desde que me ha salido, llevo una vida muy difícil. Sin embargo, sigo trabajando, viviendo dignamente, en silencio, por mi cuenta, sin poner verde a nadie, sin hablar siquiera de los demás.
Pero los de mi oficio me odian a muerte. A veces he tratado de hacer examen de conciencia. He intentado analizar si yo tenía la culpa y he llegado a la conclusión de que soy una mujer que puede ser altiva, soberbia, en la misma medida en que puede ser cordial y afectuosa. Tengo un sentido moral tan riguroso que llego a adoptar posturas implacables, lo reconozco. Pero soy indulgente en igual medida. Es más, soy generosa. Trato de entenderlo todo y a todos. O mejor dicho, las dos caras de la moneda. Y esto me hace justa. Me convierte en una persona de bien.

EL BALANCE

Soy ante todo y sobre todo una persona de bien. En mi vida no hay manchas. Nunca he hecho marranadas, ni he cometido traiciones ni perfidias. He sido dura, pero lo he sido con los demás en la misma medida que conmigo misma. La persona con la que soy más dura, menos indulgente y más implacable es precisamente Oriana. Siempre me veo defectos y por ello me castigo. ¿Qué defectos? Un exceso tal de rigor que puedo llamarlo maniqueísmo.
La incapacidad absoluta de perdonar. Puedo tratar de olvidar, pero siempre llega el momento en que recuerdo, y cuando el recuerdo aflora desde los abismos de las heridas encubiertas, la falta de perdón reaparece, impetuosa, implacable.
Hay en mí como una vena monacal que puede molestar a cierta gente, lo reconozco. Pero va acompañada de urbanidad; no conozco el chismorreo, la calumnia, la difamación. O las conozco en la medida en que las he sufrido en carne propia. Yo sólo envidio a las mujeres que tienen hijos. Nunca he podido tenerlos; se morían antes de nacer.

LA MATERNIDAD

Si me preguntáis cuál es para mí el símbolo de la belleza femenina, no pienso en la Venus de Milo ni en Sofia Loren. Pienso en una hermosa mujer preñada. Una mujer que lleva dentro otra vida tiene algo poderoso, triunfal, de una belleza incomparable. Una mujer deformada por un barrigón que contiene a otro ser humano. Una de las estatuas que más me conmueven es una prehistórica de una mujer preñada.
En cierta ocasión se la enseñé a un amigo y le dije: "Mira qué esplendor". Y él me contestó: "Querrás decir qué horror". Terminamos riñendo.

Respecto a la maternidad me enfado siempre, con pocas palabras también lo hice en un libro al referirme a que el italiano es el pueblo con la más baja natalidad de Occidente. Me parece una traición, una canallada contra el propio país, la propia cultura, la propia sociedad, ¡contra la vida! Tener el privilegio de traer al mundo a otro ser humano - ya sé que se precisan dos para traerlo al mundo, pero el privilegio de llevarlo en el vientre, de alimentarlo con la propia sangre, de cumplir con la responsabilidad de su llegada al mundo es completamente femenino-, dar a luz a otro ser humano, es la única manera de ser inmortal. Cuando has dado a luz a otro ser, al morir, no mueres, porque seguirás viviendo a través de ese ser, hecho de tu misma carne, de tu misma sangre.

Me pesa, sí, me pesa no dejar al menos un hijo cuando me muera. Por eso, cuando hablo de mis libros, siempre me refiero a ellos con la palabra hijos. Mi hijo, mis hijos. Pero mis hijos son hijos de papel. No de mi sangre. Y los hijos de papel no paren otros hijos de papel. No son más que una pobre ilusión de la maternidad.

LA VEJEZ

La vejez es, obviamente, una conquista. La alternativa, es decir, el cementerio, es mucho peor. Pero la mayor virtud de la vejez es la libertad. De joven no era libre. Luchaba por la libertad, soñaba con la libertad, pero no era libre.
La libertad que me rodeaba tras 1945, es decir, tras acabar la Segunda Guerra Mundial, era una libertad política, no psicológica. No lo era, porque yo era mujer y porque, precisamente, era joven. Al ir creciendo me fui haciendo más libre (...). Pero nunca me sentí completamente libre. Empecé a sentirlo más a medida que me fueron saliendo arrugas en la cara. Cuanto más profundas las arrugas, más libre me sentía y menos temía los juicios de los otros, las prepotencias de los otros, las incomprensiones. Cuando las arrugas llegaron a lo que son hoy, me sentí completamente libre. De hecho, empecé a decir que mis arrugas son mis medallas.

La vejez es una catarsis. Ya no temes a nadie; el único riesgo que existe es que si no tienes sentido ético, y yo lo tengo, llegas a pensar que todo te está permitido, que puedes hacerlo todo. Sabes más, cuando eres viejo entiendes (...). Está el problema físico, es cierto. Cuando somos viejos ya no podemos hacer las cosas que hacíamos de jóvenes. Tu cuerpo es como el viejo motor de un coche viejo; las piernas ya no corren como cuando eras joven, los pulmones no respiran como respiraban antes y el corazón, ¡ay!, te da cada chasco...

A los sesenta años fui a la guerra del Golfo (...). Cuando me dijeron que para ir con los estadounidenses al desierto había que (...) llevar una mochila que pesaba al menos 35 kilos, creí que me moría. No podía, no puedo cargar 35 kilos sobre los hombros. Ya no puedo (...).

ESCRIBIR

Escribir es el oficio más fatigoso del mundo. Cuando escribo, me canso, incluso físicamente. Me canso como un mozo de cuerda, como un minero, como los que hacen un trabajo pesado. Pese a ello, no puedo dejar de escribir.

BIN LADEN

Lo vi en la televisión. Se reían de los muertos (de las Torres Gemelas), se reían, y entonces sentí crecer dentro de mí un odio intenso (...). Sentí crecer en mí una repulsión física, algo que no suele ocurrirme, porque termino siempre por ceder a la piedad, y si no es piedad, es profesionalidad.

Como escritora tengo que ponerme en el lugar de todos, tengo que tratar de entrar en su cabeza. Y entendí cuál es el motivo de este odio. En el fondo están el instinto, los sentidos. Estoy obsesionada por el mal que emana de él. Es el Mal. Nadie puede negarle a esta gente la patente de personaje. Son grandes personajes. Es verdad que hemos contribuido a crearlos con los libros, la televisión, los periódicos, pero cuando el personaje no existe, ya puedes hacerle toda la publicidad que quieras, si no existe, no existe.
La verdad es que la atracción por ellos nace de lo que hacen (...). En mi opinión, la pregunta que hay que plantearse es:
¿por qué este mundo (...) produce personajes que nosotros no soñamos siquiera? Porque ellos tienen algo que a nosotros nos falta: pasión.
Tienen fe y pasión. En el mal, en negativo, pero la tienen.

Nosotros ya no la tenemos, la hemos perdido, nuestra forma de sociedad ha insensibilizado el ánimo, ha endurecido el corazón de la gente. Incluso en las relaciones amorosas hay menos pasión. En cuanto a la fe, en nuestro mundo ésa es una palabra desconocida. Ellos son más tontos que nosotros, pero son profundamente apasionados, y por tanto, más vitales. Hasta la guerra, que es un acto de pasión en negativo, la ferocidad, la sangre, se ha vuelto estéril, limpia. Esta falta de pasión se refleja en nuestra vida diaria, porque en lugar de la pasión tenemos el bienestar, la comodidad, el raciocinio. Todo lo que somos es fruto del raciocinio, no de la pasión.

EL BIENESTAR

En lugar de pasión hoy tenemos hedonismo (...). Las ciruelas sin hueso, el aire acondicionado. Yo me crié con frío, con hambre, con miedo. Tres dimensiones que hoy no se aceptan siquiera.

EL ENEMIGO

¿Respeto a los militares de Al Qaeda que ahora luchan en Tora Bora (en Afganistán, contra los estadounidenses)? Claro que sí. Tal vez cada uno de ellos sea un posible kamikaze dispuesto a lanzarse contra un objetivo civil y a matar a miles de civiles, incluidas las niñas de cuatro años. Pero en este momento y en estos días, no se comportan como kamikazes, se comportan como soldados. Y el enemigo que lucha siempre debe ser respetado.

Existe una gran diferencia entre los talibanes que tras tanto desgañitarse escapan y se rinden (...) y estos enemigos que combaten como los alemanes en 1945 en Berlín. Siempre sentí, incluso de jovencita, mucho respeto por mis enemigos alemanes que (...) combatían contra los rusos que habían sitiado la capital. Es lo que Al Qaeda hace en Tora Bora.

LA GUERRA

Entre las armas, las explosiones, el miedo, la muerte y yo existe una lúgubre familiaridad.
Es cierto lo que les grito a los hijos de Alá: nací en la guerra, me crié en la guerra, de guerra entiendo más que vosotros. Por la vida que he llevado, o sabe Dios por qué, lo veo todo en términos de guerra, de paz y de guerra.

Es mi referencia continua. Mi disciplina es militar (...). La guerra es el desafío supremo (...). Cuando te movilizas para entrar en combate, o cuando estás en él, nadie se ocupa de ti, nadie te mira. Estás solo contigo mismo. Eres tu propio juez (...). Existe otra lúgubre seducción. Es la monstruosa vitalidad que en sí misma trae la guerra. Nunca me sentí tan viva como después de una batalla de la que salí sana y salva. Quien en la guerra dice que no tiene miedo es un imbécil, un mentiroso (...). La cuestión está en hacer las cosas pasando por encima del miedo (...).

Después de haber ganado ese desafío es cuando te sientes tan vivo. Vivo como no te sientes siquiera en los momentos de alegría más embriagadores, en los momentos de amor más vertiginosos. Por desgracia, esto es lo que te da la guerra. El gran desafío: la vida o la muerte. El juego de dados.

Escuchemos a Santiago Carrillo en la entrevista que le hizo Oriana Fallaci en octubre del año 1975: "Yo a los comunistas les reprocho, si acaso, un orgullo y un triunfalismo exagerados. Se sienten siempre superiores a todo el mundo. Y distintos de todo el mundo. Tal vez sea porque los demás les hacen sentirse diferentes... Además, tienen otro defecto: apenas se convierten en un partido de masas, se vuelven soberbios". Sólo añadiría a estas sabias palabras que cuando se trata de un pequeño partido familiar ocurre exactamente lo mismo.

LUCIA ANNUNZIATA
La Vanguardia 17- 09 2006

El mundo recordara tu legado y tus advertencias, estés donde estés descansa en paz Oriana Fallaci.

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Tratamos como amigo al enemigo

28.7.08

El legado de Oriana Fallaci


Valiente, irreverente, objetiva, gran periodista y escritora, Oriana Fallaci tuvo esa especial cualidad de hacer que las palabras de los hombres y mujeres que entrevistó perduraran en el tiempo.


Uno de los libros que marcó mi adolescencia fue “Entrevista con la Historia”. Gracias a él no sólo pude comprender parte de la historia mundial de la segunda mitad del siglo XX, sino que también conocer a una mujer excepcional.

Valiente, irreverente, objetiva, gran periodista y escritora, Oriana Fallaci tuvo esa especial cualidad de hacer que las palabras de los hombres y mujeres que entrevistó perduraran en el tiempo, e incluso en su momento no estuvieran exentas de polémica y conflicto. Un ejemplo ello fue aquella entrevista efectuada en Karachi al presidente Pakistaní Ali Bhutto, de dramáticas consecuencias. Sus respuestas ocasionaron la suspensión de un tratado de Paz que debía firmar Bhutto con la entonces primer ministro de la India Indira Gadhi. La periodista no cedió a los ruegos del Pakistaní, quien le pedía dijera que la entrevista era inventada por ella y con ello salvar la vida de seiscientos millones de personas.

Los grandes de una época Kissinger, Golda Meir, Yasser Arafat e Indira Gandhi, entre otros, estuvieron frente a ella. Memorable fue el final de la entrevista al supersticioso emperador de Etiopia Hailé Selassié, quien se vanagloriaba que su dinastía descendía de la misma reina de Saba y Salomón, pero frente a la pregunta "¿Cómo mira Hailé Selassie, a la muerte?", acabó la conversación exclamando lleno de temor "¡quien es esta mujer! ¿de donde viene? ¿Qué quiere de mí?" y sin más la echó.

Lo que las amenazas de grupos islámicos no pudieron, lo hizo el cáncer, que se llevó a los 77 años a Oriana Fallaci y como Selassie nos podemos preguntar "¿qué quería esta mujer?". Sólo me surge una respuesta: que actuáramos como hombres, que pensáramos, que no nos dejemos engañar.

En este siglo XXI en que nos ha tocado estar insertos, se vive la historia en el instante mismo de su devenir y somos testigos directos de ella y sin embargo, los hombres estamos cada vez más castrados en nuestras capacidades intelectuales por los mismos medios de comunicación, quienes nos llenan de farándula y nos llevan a preocuparnos de la cosa menor. No pensamos en los hechos que ocurren. Si lo hiciéramos podríamos darnos cuenta que quienes detentan nuestros destinos no son mejores que nosotros, ni más fuertes, ni más iluminados, sino que son sólo hombres respecto de quienes “hay momentos en la vida en los que callar se convierte en una culpa y hablar en una obligación”.

Conciente de este deber civil, de éste desafío moral, Fallaci ocupó los últimos años de su vida en denunciar, con la valentía que la caracterizó, la descristianización de Occidente, “Occidente ya no siente amor por si mismo. En su propia historia solo ve lo que es deplorable y destructivo, mientras no ve lo que es grande y puro”, decía a The wall Street Journal en mayo de 2006.

Por eso no es de extrañar que esta atea cristiana (como le gustaba definirse) se identificara con la defensa de los valores de Occidente que hace Benedicto XVI: “me siento menos sola cuando leo libros de Ratzinger”, señalaba en la misma entrevista, y no es mera coincidencia que recién entronizado el nuevo Papa fuera la Fallaci la primera visita privada, quien luego de la cita señaló: “Fue una reunión entre espíritus libres”; “tengo confianza en Ratzinger. Es un gran pensador y es un hombre que cree en la razón. Defiende los valores occidentales cuando dice que es como si Europa ya no se quisiera así misma. El clama por Europa, sermonea a Europa. Somos aliados en ese aspecto. El lo hace en forma delicada y cortés mientras que yo lo hago brutalmente.”

Oriana Fallaci, que hizo que tantos poderosos dejaran registrado en las páginas de sus entrevistas lo que muchas veces querían callar, no nos silenció su gran preocupación por los valores de Occidente, y nos deja como legado sus palabras en la citada entrevista a The wall Street Journal: “en el momento en el que abandonas tus principios y tus valores estas muerto; tu civilización esta muerta, tu sociedad está muerta. Y punto".

Escrito por Oscar Pino Silva

20.7.08

Los hijos de Alá, (discurso de Oriana Fallaci)



¿Que por qué quiero hacer este discurso sobre lo que tú llamas 'contraste entre las dos culturas'? Pues, si quieres saberlo, porque a mí me fastidia hablar incluso de dos culturas. Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas. Está un revolucionario, aquel Cristo muerto en la cruz, que nos enseñó (y hay que tener paciencia si no lo hemos aprendido) el concepto del amor y de la justicia. Está incluso una Iglesia, que nos dio la Inquisición, de acuerdo. Que torturó y quemó 1.000 veces en la hoguera, de acuerdo. Que nos oprimió durante siglos, que durante siglos nos obligó sólo a esculpir y a pintar cristos y vírgenes, y que casi asesina a Galileo Galilei. Pero también contribuyó decisivamente a la Historia del Pensamiento, ¿sí o no?

Y, además, detrás de nuestra civilización está el Renacimiento. Están Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Rafael o la música de Bach, Mozart y Beethoven. Con Rossini, Donizetti, Verdi and company. Esa música sin la cual no sabemos vivir y que en su cultura, o en su supuesta cultura, está prohibida. Pobre de ti si tarareas una cancioncilla o los coros de Nabucco.

Y por último está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha inventado máquinas maravillosas. El tren, el coche, el avión, las naves espaciales con las que hemos ido a la Luna y quizás pronto vayamos a Marte. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión... Por cierto, ¿es verdad que los santones de la izquierda no quieren decir todo esto que yo acabo de enumerar? ¡Válgame Dios, qué bobos! No cambiarán jamás. Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?

Busca, busca, porque yo sólo encuentro a Mahoma con su Corán y a Averroes con sus méritos de estudioso (los comentarios sobre Aristóteles, etc.), al que Arafat encasqueta el honor de haber creado incluso los números y las matemáticas. De nuevo chillándome en la cara, de nuevo cubriéndome de pollos, en 1972, me dijo que su cultura era superior a la mía, muy superior a la mía, porque sus antepasados habían inventado los números y las matemáticas.

MEMORIA

Pero Arafat tiene poca memoria. Por eso cambia de idea y se desmiente cada cinco minutos. Sus antepasados no inventaron los números ni las matemáticas. Inventaron la grafía de los números, que también nosotros, los infieles, utilizamos, y las matemáticas fueron concebidas casi al mismo tiempo por todas las antiguas civilizaciones. En Mesopotamia, en Grecia, en la India, en China, en Egipto y entre los mayas... Sus antepasados, ilustre señor Arafat, sólo nos han dejado unas cuantas bellas mezquitas y un libro con el que, desde hace 1.400 años, nos rompen las crismas mucho más que los cristianos nos la rompían con la Biblia y los hebreos con la Torá.

Y ahora veamos cuáles son los méritos que adornan al Corán. ¿Se puede hablar realmente de méritos del Corán? Desde que los hijos de Alá casi destruyeron Nueva York, los expertos del Islam no dejan de cantarme las alabanzas de Mahoma. Me explican que el Corán predica la paz, la fraternidad y la usticia.
(Por lo demás, lo dice hasta Bush, pobre Bush. Y es lógico que Bush tenga que tranquilizar a los 24 millones de musulmanes estadounidenses, convencerlos de que cuenten todo lo que saben sobre los eventuales parientes o amigos o conocidos fieles de Osama bin Laden).

¿Pero cómo se come eso con la historia del ojo por ojo y diente por diente? ¿Cómo se come con el chador y el velo que cubre el rostro de las musulmanas, que hasta para poder echarle una ojeada al prójimo esas infelices tienen que mirar a través de una tupida rejilla colocada a la altura de sus ojos? ¿Cómo se come
eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres deben contar menos que los camellos, no deben ir a la escuela, no deben hacerse fotografías, etc?
¿Cómo se come eso con el veto a los alcoholes y con la pena de muerte para el que beba? Porque también esto está en el Corán. Y no me parece tan justo, tan fraterno ni tan pacífico.

Esta es, pues, mi respuesta a tu pregunta sobre el contraste de las dos culturas. En el mundo hay sitio para todos, digo yo. En su casa, cada cual hace lo que quiere. Y si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. Si son tan estúpidas como para aceptar no ir a la escuela, no ir al doctor, no hacerse fotografías, etcétera, peor para ellas. Si son tan necias como para casarse con un badulaque que quiere tener cuatro mujeres, peor para ellas. Si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem. No seré yo quien se lo impida. Faltaría más. He sido educada en el concepto de libertad y mi madre siempre decía: «El mundo es bello porque es muy variado». Pero si me pretenden imponer todas esas cosas a mí, en mi casa...

Porque la verdad es que lo pretenden. Osama bin Laden afirma que todo el planeta Tierra debe ser musulmán, que tenemos que convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas él nos hará convertir, que para eso nos masacra y nos seguirá masacrando. Y esto no puede gustarnos, no. Debe darnos, por el contrario, razones más que suficientes para matarle a él.

CRUZADA

Pero la cosa no se resuelve, ni se termina, con la muerte de Osama bin Laden. Porque hay ya decenas de miles de Osamas bin Laden, y no están sólo en Afganistán y en los demás países árabes. Están en todas artes, y los más aguerridos están precisamente en Occidente. En nuestras ciudades, en nuestras calles, en nuestras universidades, en los laboratorios tecnológicos. Una tecnología que cualquier idiota puede manejar. Hace tiempo que comenzó la cruzada. Y funciona como un reloj suizo, sostenida por una fe y una perfidia sólo equiparable a la fe y a la perfidia de Torquemada cuando dirigía la Inquisición. De hecho, es imposible dialogar con ellos. Razonar, impensable. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio. Y el que crea lo contrario es un iluso.

Te lo dice una que conoció bastante bien ese tipo de fanatismo en Irán, Pakistán, Bangladesh, Arabia Saudí, Kuwait, Libia, Jordania, el Líbano y en su propia casa, es decir, en Italia. Una que lo ha experimentado incluso en muchos y muy variados episodios triviales y grotescos, con los que ha tenido confirmación absoluta de su fanatismo. Nunca olvidaré lo que me pasó en la embajada iraní de Roma, cuando fui a pedir un visado para viajar a Teherán, para entrevistar a Jomeini, y me presenté con las uñas pintadas de rojo. Para ellos, signo de inmoralidad. Me trataron como una prostituta a la que hay que quemar en la hoguera. Me querían obligar a quitarme el esmalte. Y si no les hubiese dicho lo que tenían que quitarse ellos, o incluso cortarse...

Nunca olvidaré tampoco lo que me pasó en Qom, la ciudad santa de Jomeini, donde como mujer fui rechazada en todos los hoteles. Para entrevistar a Jomeini tenía que ponerme un chador, para ponerme el chador tenía que quitarme los vaqueros y para quitarme los vaqueros quería utilizar el coche con el que había viajado desde Teherán. Pero el intérprete me lo impidió. «Está usted loca, loca de remate, hacer una cosa así en Qom es correr el riesgo de ser fusilada». Prefirió llevarme al antiguo Palacio Real, donde un guardia piadoso nos acogió y nos dejó la antigua Sala del Trono.

De hecho, yo me sentía como la Virgen que para dar a luz al Niño Jesús se refugia junto a José en el pesebre del asno y del buey. Pero a un hombre y a una
mujer no casados entre sí, el Corán les prohíbe estar en la misma estancia con la puerta cerrada y, hete aquí, que de pronto la puerta se abrió. El mulá dedicado al control de la moralidad irrumpió gritando «vergüenza, vergüenza, pecado, pecado». Y, para él, sólo había una forma de no terminar fusilados: casarnos. Firmar el acta de matrimonio que el mulá nos restregaba en las narices.

El problema era que el intérprete tenía una mujer española, una tal Consuelo, que no estaba dispuesta en absoluto a aceptar la poligamia y, además, yo no quería casarme con nadie. Y mucho menos con un iraní con esposa española y que no estaba dispuesta en absoluto a aceptar la poligamia. Al mismo tiempo, no quería morir fusilada ni perder la entrevista con Jomeini. En ese dilema me debatía cuando...

Te ríes, ¿verdad? Te parecen tonterías. Pues, entonces, no te cuento el final de este episodio. Para hacerte llorar te contaré el de 12 jovencitos impuros que, terminada la guerra de Bangladesh, vi ajusticiar en Dacca. Los ajusticiaron en el estadio de Dacca, a golpes de bayoneta en el tórax o en el vientre, ante la presencia de 20.000 fieles que, desde las tribunas, aplaudían en nombre de Dios. Chillaban «¡Allah akbar, Allah akbar!».

Lo sé, lo sé, en el Coliseo, los antiguos romanos, aquellos antiguos romanos de los que mi cultura se siente orgullosa, se divertían viendo morir a los cristianos como pasto de los leones. Lo sé, lo sé, en todos los países de Europa, los cristianos, aquellos cristianos a los que, a pesar de mi ateísmo, les reconozco la contribución que han hecho a la Historia del Pensamiento, se divertían viendo arder a los herejes. Pero, desde entonces, ha llovido mucho. Nos hemos vuelto más civilizados, e incluso los hijos de Alá deberían haber comprendido que ciertas cosas no se hacen.

Tras los 12 jovencitos impuros, mataron a un niño que, para intentar salvar al hermano condenado a muerte, se había abalanzado sobre los verdugos. Los militares le rompieron la cabeza a puntapiés con sus botas. Y si no me crees, vuelve a leer mi crónica y la crónica de los periodistas franceses y alemanes que, presos del terror como yo, estaban también allí. O mejor aún, mira las fotos que uno de ellos consiguió.

De todas formas, lo que quiero subrayar no es esto. Lo que quiero subrayar es que, concluido el acto, los 20.000 fieles (muchas mujeres entre ellos) abandonaron las tribunas y bajaron al terreno de juego. No de una forma despavorida, no. De una forma ordenada y solemne. Lentamente compusieron un cortejo y, siempre en nombre de Dios, pisaron a los cadáveres. Siempre gritando «¡Allah akbar, Allah akbar!». Los destruyeron como a las Torres Gemelas de Nueva York. Los redujeron a un tapiz sanguinolento de huesos rotos.

REHENES ESTADOUNIDENSES

Y así podría seguir hasta el infinito. Podría contarte cosas nunca dichas, cosas para ponerte los pelos de punta. Sobre el chocho de Jomeini, por ejemplo, que después de la entrevista celebró una asamblea en Qom para declarar que yo le acusaba de cortarle los pechos a las mujeres. De tal asamblea salió un vídeo que durante meses fue transmitido por la televisión de Teherán, de tal forma que, cuando al año siguiente volví a Teherán, fui arrestada apenas puse el pie en el aeropuerto. Y las pasé canutas, muy canutas.

Era la época de los rehenes estadounidenses. Podría hablarte de aquel Mujib Rahman que, siempre en Dacca, había ordenado a sus guerrilleros que me eliminasen por ser una europea peligrosa, y menos mal que un coronel inglés me salvó, poniendo su propia vida en peligro. O de aquel palestino, de nombre Habash, que me mantuvo durante 20 minutos con una metralleta colocada en la sien. ¡Dios mío, qué gente! Los únicos con los que mantuve una relación civilizada fueron el pobre Alí Bhutto, el primer ministro de Pakistán, ahorcado por ser demasiado amigo de Occidente, y el bravísimo rey de Jordania, Husein. Pero esos dos eran tan musulmanes como yo católica.

Pero aterricemos y veamos la conclusión de mi razonamiento. Una conclusión que seguro no les gustará a muchos, dado que defender la propia cultura, en Italia, se está convirtiendo en un pecado mortal. Y dado que, intimidados por la palabra «racista», impropiamente utilizada, todos callan como conejos. Yo no voy a levantar tiendas a La Meca. Yo no voy a cantar padrenuestros y avemarías ante la tumba de Mahoma. Yo no voy a hacer pipí en el mármol de sus mezquitas ni a hacer caca a los pies de sus minaretes.

Cuando me encuentro en sus países (de los que no guardo buen recuerdo), jamás olvido que soy huésped y extranjera. Estoy atenta a no ofenderles con costumbres, gestos o comportamientos que para nosotros son normales, pero que para ellos son inadmisibles. Los trato con obsequioso respeto, obsequiosa cortesía, me disculpo si por descuido o ignorancia infrinjo algunas de sus reglas o supersticiones.

Y este grito de dolor y de indignación te lo he escrito teniendo ante los ojos imágenes que no siempre eran las apocalípticas escenas con las que comencé mi discurso. A veces, en vez de dichas imágenes, veía otras, para mí simbólicas (y por lo tanto, indignantes), de la gran tienda con la que, el verano pasado, los musulmanes somalíes hollaron, ensuciaron y ultrajaron durante tres meses la plaza del Duomo de Florencia. Mi ciudad.

Una tienda levantada para censurar, condenar e insultar al Gobierno italiano que les albergaba, pero que no les concedía los visados necesarios para pasearse por Europa y no les dejaba introducir en Italia la horda de sus parientes: madres, abuelos, hermanos, hermanas, tíos, tías, primos, cuñadas encinta e, incluso, parientes de los parientes. Una tienda situada al lado del bello Palacio del Arzobispado, en cuyas escalinatas dejaban sus sandalias o las babuchas que, en sus países, alinean fuera de las mezquitas. Y junto a las sandalias y a las babuchas, las botellas vacías de agua con la que se lavaban los pies antes de la oración. Una tienda colocada frente a la catedral con la cúpula de Brunelleschi y al lado del Bautisterio con las puertas de oro de Ghiberti.

Una tienda, por fin, amueblada como un vulgar apartamento: sillas, mesas, chaise-longues y colchones para dormir y hacer el amor, y hornos para cocer la comida y apestar la plaza con el humo y con el olor. Y, gracias a la inconsciencia del ENEL que ilumina nuestras obras de arte cuando quiere, luz eléctrica gratis.

Gracias a una grabadora, los gritos de un vociferante muecín que puntualmente exhortaba a los fieles, ensordecía a los infieles y tapaba el sonido de las campanas. Y junto a todo esto, los amarillos regueros de orina que profanaban los mármoles del Bautisterio (¡qué asco! ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! ¿Cómo hacían para llegar al objetivo, separado de la verja de protección y, por lo tanto, distante casi dos metros de su aparato urinario?). Junto a los regueros amarillos de orina, el hedor de la mierda que bloqueaba el portón de San Salvador del obispo, la exquisita iglesia románica (del año 1000) que se encuentra a la espalda de la plaza del Duomo y que los hijos de Alá habían transformado en un cagatorio. Lo sé de primera mano.

Lo sé bien porque fui yo la que te llamé y te rogué que hablases de ellos en el Corriere, ¿recuerdas? Llamé también al alcalde, que tuvo la amabilidad de venir a mi casa. Me escuchó y me dio la razón: «Tiene razón, toda la razón...». Pero no hizo levantar la tienda. Se olvidó del tema o no fue capaz de conseguirlo. Llamé incluso al ministro de Exteriores, que era un florentino, un florentino de esos que hablan con acento muy florentino y, por lo tanto, perfecto conocedor de la situación. También él me escuchó. Y me dio la razón: «Sí, sí, tiene usted toda la razón». Pero no movió un dedo para quitar la tienda. Y no sólo eso sino que, además, rápidamente contentó a los hijos de Alá que orinaban en el Bautisterio y cagaban en San Salvatore del Obispo (me da la sensación de que de las abuelas, las madres, los hermanos y hermanas, los tíos y tías, los primos y las cuñadas encinta están ya donde querían estar. Es decir, en Florencia y en las demás ciudades de Europa).

Entonces cambié de sistema. Llamé a un simpático policía que dirige la oficina de seguridad de la ciudad y le dije: «Querido agente, no soy un político. Por eso, cuando digo que voy a hacer una cosa, la hago. Además conozco la guerra y hay ciertas cosas que me son familiares. Si mañana por la mañana no levantan la jodida tienda, la quemo. Juro por mi honor que la quemo y que ni siquiera un regimiento de carabineros conseguirá impedírmelo. Y por esto que acabo de confesarle, quiero, además, ser arrestada, llevada a la cárcel esposada. Así termino saliendo en todos los periódicos».

Pues bien, siendo más inteligente que todos los demás, al cabo de pocas horas hizo levantar la tienda. En el lugar de la tienda quedó sólo una inmensa y repugnante mancha de suciedad. Toda una victoria pírrica. Pírrica porque no influyó para nada en los demás estúpidos que, desde hace años, hieren y humillan a la que era la capital del arte, la cultura y la belleza. Pírrica porque no desanimó para nada a los otros arrogantísimos huéspedes de la ciudad: a los albaneses, sudaneses, bengalíes, tunecinos, argelinos, paquistaníes y nigerianos, que con tanto fervor contribuyen al comercio de la droga y de la prostitución, por lo que parece no prohibido por el Corán.

Sí, sí, están todos donde estaban antes de que mi policía levantase la tienda. Dentro de la plaza de los Uffizi, a los pies de la Torre de Giotto. Delante de la Logia de Orcagna, alrededor de la Logia de Porcellino. Frente a la Biblioteca Nacional, a la entrada de los museos. En el Puente Viejo, donde de vez en cuando se lían a cuchilladas o a tiros. En todos los lugares en los que han pretendido o conseguido que el municipio les financie (sí, señor, les financie).

En el atrio de la iglesia de San Lorenzo, donde se emborrachan con vino, cerveza y licores, raza de hipócritas, y donde profieren todo tipo de obscenidades a las mujeres. (El verano pasado, en ese atrio, me las dijeron incluso a mí, que soy ya una mujer mayor. Y, como es lógico, les planté cara. Sí, sí les planté cara. Uno sigue todavía allí, doliéndole los genitales). En medio de las históricas calles, donde campan a sus anchas con el pretexto de vender sus mercancías. Por mercancías entiendo bolsos y maletas copiadas de modelos protegidos con sus respectivas marcas y, por lo tanto, ilegales. Amén de sus postales, lapiceros, estatuillas africanas que los turistas ignorantes creen que son esculturas de Bernini, o ropa. («Je connais mes droits [Conozco mis derechos]», me espetó, en el Puente Viejo, uno al que vi vender ropa).

RESIGNACION

Y si al ciudadano se le ocurre protestar, si les responde que «esos derechos los vas a ejercer a tu casa», se le tacha inmediatamente de «racista, racista». Mucho cuidado con que un policía municipal se le acerque y le insinúe: «Señor hijo de Alá, excelencia, ¿no le molestaría demasiado apartarse un poquito para dejar pasar a la gente?». Se lo comen vivo. Lo agreden con sus navajas. O, como mínimo, insultan a su madre y a su progenie. «Racista, racista». Y la gente lo soporta todo, resignada. No reacciona ni siquiera cuando les gritas lo que mi abuelo gritaba durante la época del fascismo: «¿No os importa nada la dignidad? ¿No tenéis un poco de orgullo, cabestros?».

Sé que eso pasa también en otras ciudades. En Turín, por ejemplo. Esa Turín que hizo Italia y que, ahora, ya casi no parece una ciudad italiana. Parece Argel, Dacca, Nairobi, Damasco o Beirut. En Venecia. Esa Venecia en la que las palomas de la plaza de San Marcos fueron sustituidas por tapetes con la mercancía y, donde incluso Otelo se sentiría a disgusto. En Génova. Esa Génova donde los maravillosos palacios que Rubens admiraba tanto fueron secuestrados por ellos y se deterioran como bellas mujeres violadas. En Roma. Esa Roma donde el cinismo de la política, de la mentira, de todos los colores, los corteja con la esperanza de conseguir su futuro voto y donde los protege el mismísimo Papa. (Santidad, ¿por qué no los acoge, en nombre del Dios único, en el Vaticano? A condición, que quede claro, de que no ensucien incluso la Capilla Sixtina, las estatuas de Miguel Angel y los cuadros de Rafael).

TRABAJO

En fin, ahora soy yo la que no entiende. No entiendo por qué a los hijos de Alá en Italia se les llama «trabajadores extranjeros». O «mano de obra que necesitamos». No hay duda alguna de que algunos de ellos trabajan. Los italianos se han vuelto unos señoritingos. Van de vacaciones a las Seychelles y vienen a Nueva York a comprar ropa en Bloomingdale's. Se avergüenzan de trabajar como obreros y como campesinos y no quieren que se les asocie ya con el proletariado.

¿Pero aquellos de los que estoy hablando qué trabajadores son? ¿Qué trabajo hacen? ¿De qué forma suplen la necesidad de mano de obra que el ex proletario italiano ya no cubre? ¿Vagabundeando por la ciudad con el pretexto de las mercancías para vender? ¿Zanganeando y estropeando nuestros monumentos? ¿Rezando cinco veces al día?

Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿Quién les da los 10 millones por cabeza (10 millones como mínimo) necesarios para comprarse el billete? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden, con el objetivo de poner en marcha una conquista que no es sólo una conquista de almas, sino también una conquista de territorio?

Y aunque no se lo dé, esta historia no me convence. Aunque nuestros huéspedes fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón. Y se equivoca el que se plantea este fenómeno a la ligera o con optimismo. Se equivoca, sobre todo, quien compara la oleada migratoria que se está abatiendo sobre Italia y sobre Europa con la oleada migratoria que nos condujo a América en la segunda mitad del siglo XIX, incluso a finales del XIX y comienzos del XX. Y te digo el porqué.

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17.7.08

Muecines en lugar de Campanas




Se acerca el día -profetizaba en La rabia y el orgullo-en el que oiremos muecines en lugar de campanas".

Nos hundimos", clamaba Oriana Fallaci agitando el fantoche de Eurabia. "Se acerca el día -profetizaba en La rabia y el orgullo-en el que oiremos muecines en lugar de campanas".
Muerta la escritora, sus seguidores, que son legión, escriben la crónica del naufragio de Occidente que ella vaticinó.
Hablan de una estrategia de escalada en la ocupación de los espacios. Desde el espacio social al visual, y del visual al sonoro. Es decir: de la mezquita al alminar, y del alminar al altavoz que difunde, enlatada, la llamada a la oración.
Como ejemplo de este último y definitivo paso citan, con aparente escándalo, el caso de la comunidad musulmana de Oxford, que hace unos meses pidió autorización para instalar amplificadores de sonido en los minaretes para difundir por toda la ciudad las cinco preceptivas llamadas diarias a los fieles.

Que nadie se confunda. Su escándalo nada tiene que ver con que el de almuédano sea hoy un oficio en vías de extinción y con que su voz haya perdido, en plena época de la reproductibilidad técnica, aquella aura que Walter Benjamin echaba en falta en todo aquello que creía, algo ingenuamente, que alguna vez había sido auténtico. Ni tampoco con la reivindicación del derecho al descanso que el pasado mes de abril llevó a la ministra marroquí de Desarrollo Social a plantear en el Consejo de Ministros la conveniencia de establecer, en determinados horarios, un límite legal para los decibelios de los altavoces de las mezquitas.

En cualquier caso, es indudable que las religiones han sido siempre ruidosas. Desde los campanarios y los alminares, cristianos y musulmanes se han servido del ruido para llamar a la oración.

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4.3.07

El despertar del Islam es el fin de Occidente

Oriana Fallaci

Andrzej Majewski

'Nuestro primer enemigo no es Bin Laden ni Al Zarqaui, es el Corán, el libro que los ha intoxicado'

«Despreciada como una Casandra a la que nadie escucha, hace años que repito: 'Arde Troya'. Y hoy todas nuestras ciudades arden de verdad. Hoy los exiliados somos nosotros»
«Los que instalaron el nazismo en Europa fueron una minoría de desalmados que miraba al profeta Hitler, como los terroristas de hoy miran al profeta Mahoma»

Polémica y beligerante, desgarradora y sincera, la periodista italiana Oriana Fallaci aprovecha sus ensayos y artículos para manifestar su honda preocupación por la amplia presencia en Europa de fieles musulmanes. En esta entrevista, realizada por un sacerdote católico que trabaja además en la televisión pública polaca, Fallaci insiste en la idea de que el Despertar del islam es el fin de Occidente.

Pregunta.-
Los responsables de los atentados terroristas de Londres eran musulmanes nacidos en Gran Bretaña o ciudadanos ingleses.Por lo tanto, se podrían considerar ciudadanos europeos. ¿Cree que para defender nuestro continente y la civilización europea tenemos que expulsar a todos los musulmanes de Europa?

Respuesta.-
Para comenzar, no son del todo europeos. No pueden considerarse europeos. O no más de lo que nosotros podríamos ser considerados islámicos, si viviésemos en Marruecos, en Arabia Saudí o en Pakistán, con el oportuno permiso de residencia o con la ciudadanía. Porque esta última no tiene nada que ver con la nacionalidad.

A mi juicio, incluso los que tienen la ciudadanía son huéspedes y nada más. O mejor dicho: invasores privilegiados. Además, una cosa es expulsar a los aprendices de terroristas o a los aspirantes a terroristas, a los ilegales, a los vagabundos que viven robando y trapicheando con droga o, incluso, a los imames que predican la guerra santa e incitan a sus fieles a masacrarnos, y otra cosa es expulsar indiscriminadamente a toda una comunidad religiosa.

Naturalmente, si quisiesen irse por su propio pie, no lloraría.Más aún, le pondría una vela a la Madonna. De hecho, ya lo sugería en el ensayo publicado recientemente en el Corriere della Sera, titulado El enemigo que tratamos como amigo. '¿Si somos tan estúpidos, tan tontos, tan despreciables y pecaminosos -escribía-, si nos odiáis y nos despreciáis tanto, ¿por qué no os volvéis a vuestra casa?'.

Pero deben estar bien aquí, porque no quieren irse. Ni siquiera lo piensan. Y aunque lo pensasen, ¿cómo llevarían a la práctica algo así? ¿Por medio de un éxodo parecido al de Moisés guiando a los judíos fuera de Egipto a través del Mar Rojo? Ya son demasiados.

Calculando sólo los que están en la Unión Europea, cerca de 25 millones, según los datos más recientes, calculando también los que están en los países que no forman parte de la Unión y en la ex Unión Soviética, cerca de 60 millones. Esta es su Tierra Prometida, ¿o no?
Respeto, tolerancia. Asistencia pública, libertad en abundancia. Sindicatos y jamón, el despreciado jamón, vino y cerveza, el despreciado vino y la despreciada cerveza. Vaqueros y licencia para ejercer su prepotencia por doquier sin ser castigados ni recriminados ni llamados al orden (incluida la licencia de tirar los crucifijos por las ventanas).

Protectores o colaboracionistas siempre dispuestos a defenderlos en los periódicos y a impedir su expulsión, aunque venga dictada por los tribunales.

Querido padre Andrzej, es demasiado tarde ya para pedirles que vuelvan a su casa. Habríamos tenido, habrían tenido que pedírselo hace 20 años. Pero en cambio, los hemos dejado entrar, en nombre de la piedad y del pluriculturalismo, de la civilización y del modernismo, aunque en realidad gracias a cínicos acuerdos euro-árabes de los que hablo en mi libro La fuerza de la razón, peor aún; tras haber descubierto que no les gustaba ya hacer de proletarios, recoger los tomates, trabajar en las fábricas, limpiar nuestras casas y nuestros zapatos, les llamamos. 'Venid, queridos, venid, porque tenemos tanta necesidad de vosotros...', y ellos vinieron, a cientos, a miles.

Y qué le vamos hacer si, muchas veces, en vez de personas deseosas de labrarse una vida digna trabajando, nos encontramos a menudo con vagabundos. Vendedores ambulantes de inutilidades, dispensadores de droga y futuros terroristas.
O terroristas ya entrenados y entrenándose.
¡Y qué le vamos a hacer si desde el momento en que desembarcan nos cuestan un riñón! Comida y alojamiento. Escuelas y hospitales. Subsidios mensuales.
Y qué le vamos hacer si nos llenan de mezquitas.
Y qué le vamos a hacer si se adueñan de barrios enteros e, incluso, de ciudades enteras.
Y qué le vamos a hacer si, en vez de mostrar un poco de gratitud y un poco de lealtad, pretenden incluso el derecho al voto que, pasándose la Constitución por el forro, le regalan los partidos de izquierdas.
Y qué le vamos a hacer, si para proteger la libertad, por culpa suya tenemos que renunciar a algunas libertades.
Y qué le vamos a hacer, si Europa se está convirtiendo o se ha convertido ya en Eurabia.

Querido padre Andrzej, no sé qué es lo que está pasando en Polonia, pero en el resto de Europa, comenzando por mi país, no está sucediendo lo que pasó en Viena hace tres siglos.
Cuando los 600.000 otomanos de Kara Mustafa pusieron sitio a la capital, considerada el último baluarte del cristianismo, y junto a los demás europeos (excepto Francia) el polaco Juan Sobieski los expulsó al grito de «Soldados, combatid por la Virgen de Czestochowa». No, no. Aquí está pasando lo que pasó, hace más de 3.000 años, en Troya, cuando los troyanos abrieron las puertas de la ciudad y condujeron dentro el caballo de Ulises.

Despreciada como una Casandra a la que nadie escucha, hace años que repito sin cesar la misma canción: 'Arde Troya, arde Troya'. Y hoy, todas nuestras ciudades y pueblos arden de verdad. ¿Exiliar? ¿A quién quiere exiliar? Hoy, los exiliados somos nosotros. Exiliados en nuestra propia casa.

P.- ¿Cómo cree que debería reaccionar el papa Benedicto XVI ante esta situación, siendo, como es, el jefe de la Iglesia Católica Apostólica Romana y líder de una religión que predica paz, no violencia y bondad?

R.- Mire, en mi ensayo El enemigo que tratamos como amigo, en un momento determinado me dirijo directamente a Ratzinger reprochándole lo que le reprochaba a Wojtyla. El diálogo con el islam. 'Santidad -le digo-, ¿cree realmente que los musulmanes aceptan dialogar con los cristianos, incluso con las demás religiones o con los ateos como yo? ¿Cree realmente que pueden cambiar, revisarse y dejar de sembrar bombas?'.
Y ahora añado: El terrorismo islámico no es un fenómeno aislado, un hecho en sí mismo. No es una iniquidad que se limita a una minoría exigua del islam. (En cualquier caso, una minoría nada exigua.
Se calcula que, en Europa, dispone de 40.000 terroristas dispuestos a sacrificarse. Y no olvidemos que detrás de cada terrorista hay una organización concreta, una excelente red de contactos, un océano de dinero. Ergo, ese número de 40.000 hay que multiplicarlo al menos por cinco o por 10).

La ofensiva global ideada por Jomeini

El terrorismo islámico -prosigue Fallaci- es sólo un rostro, un aspecto de la estrategia adoptada en tiempos de Jomeini (en los días de los cínicos acuerdos euro árabes) para poner en marcha la ofensiva global llamada el Despertar del islam. Un despertar que, una vez más, pretende acabar con Occidente, su cultura, sus principios y sus valores. Su libertad y su democracia. Su cristianismo y su laicismo. (Sí, señores, también con el laicismo. Quizás sobre todo con el laicismo. ¿Todavía no se han dado cuenta de que el laicismo no puede cohabitar con la teocracia?).

Un despertar, en definitiva, que no se manifiesta sólo por medio de las matanzas, sino también por medio del secular expansionismo del islam. Un expansionismo que, hasta el asedio de Viena, se producía con los ejércitos y las flotas de los sultanes, los caballos, los camellos y las naves de los piratas, pero que ahora se realiza por medio de los inmigrantes, decididos a imponernos su religión. Su prepotencia, su enorme capacidad prolífica.

Pues bien, el Papa lo sabe mejor que yo. Mejor que todos nosotros. El problema es que se encuentra en una situación dificilísima desde un punto de vista político y humano. Ante todo, por el hecho de estar al frente de una Iglesia que basa su credo en el amor y en el perdón. Una Iglesia que, en términos ecuménicos, predica el 'ama a tu prójimo, por lo tanto también a tu enemigo como a ti mismo'.

Después, por el hecho de gobernar una inmensa comunidad que, respecto al islam, incluso en las filas de su jerarquía, está dividida, es decir, enrocada sobre posiciones opuestas.
Piense en Cáritas que rescata a los ilegales e, incluso, los esconde.
Piense en los Combonianos que con la bandera arcoiris sobre la sotana blanca les distribuyen simbólicos permisos de residencia.
Piense en los sacerdotes que, en los altares de sus iglesias, permiten a los imames celebrar el matrimonio mixto y gritar Alá akbar, Alá akbar, (como pasó, por ejemplo, en Turín).
Y por último, al Papa le pesa el hecho de ser el inmediato sucesor de otro Papa, el papa Wojtyla, que fue el primero en hablar de diálogo. Que con el comunismo y con la Unión Soviética utilizaba el puño de hierro, pero con el islam utilizaba el guante de terciopelo.

Que invitaba a los imames a Asís. Que recibía en el Vaticano al ex terrorista y magnate de terroristas, Yasir Arafat. Y que nunca condenó directamente a Bin Laden.
Pues bien, Ratzinger quería mucho a Wojtyla. ¿Cómo se puede pretender, ahora, que, una vez vestido de blanco, emprenda otro camino y rechace el sueño del diálogo? Y sin embargo, confío en Ratzinger, en Benedicto XVI.

Es demasiado inteligente para no darse cuenta de que el Despertar del islam está en marcha como en la época del Imperio Otomano, y que con su fundamentalismo ha asumido los contornos de un nuevo nazismo. Que dialogar o ilusionarse con poder dialogar con un nuevo nazismo equivale a cometer el mismo error que la Inglaterra de Chamberlain y la Francia de Daladier cometieron en 1938.
Cuando, creyendo poder dialogar con Hitler, Francia e Inglaterra firmaron el Pacto de Munich y, un año después, se encontraron con Polonia invadida por los nazis.

Es un hombre realmente razonable, Benedicto XVI. Mire cómo afronta, por ejemplo, el irresoluble problema de conciliar la fe con la razón. Se da perfectamente cuenta de que el laicismo ha perdido el tren en su relación con el islam.
Han creado un vacío que alguien tiene que llenar. Por eso creo que, antes o después, él lo llenará. Eso significa recordar a la intransigencia de la fe que la autodefensa es legítima defensa. No un pecado.
Significa sostener que, cuando es necesario, incluso un santo puede dar un puñetazo en la mesa. Comportarse como Jesucristo que pierde la paciencia en el Templo y tira los puestos de los mercaderes y quizás les lanza también un puñetazo a la nariz. Y a mi juicio, significa elegir bien a los aliados.

Para mí, atea-cristiana (devota no, pero cristiana sí), el cristianismo no es sólo una filosofía de primera calidad, un pensamiento en el que inspirarme, una raíz de la que no puedo, no debo y no quiero prescindir. Es también un aliado. Un compañero de ruta. Por lo tanto, también lo es el que lo interpreta a su máximo nivel. El que lo representa.

P.- ¿Qué opina de la guerra contra el terrorismo, capitaneada en estos momentos por EEUU?

R.- Mire, padre Andrzej. Un mes antes de que estallase la guerra en Irak escribí para el Wall Street Journal y para el Corriere della Sera un artículo titulado La Rabia, el Orgullo y la Duda donde decía: '¿Y si Irak se convirtiese en un segundo Vietnam? ¿Y si de la derrota de Sadam Husein naciese una República Islámica de Irak, es decir, una copia de la República Islámica del Irán jomeinista?
La libertad y la democracia no se pueden regalar como dos trozos de chocolate. Especialmente, en un país y en una sociedad, que ignora el significado de esos conceptos. La libertad hay que conquistarla. Quizás me equivoque, pero yo dejaría a los iraquíes cocerse en su propia salsa'.

No sabe qué es la democracia

¿Me equivocaba? -se pregunta la veterana periodista-. Me temo que no. Es verdad que me encanta ver a Sadam Husein caído de su trono junto a su banda. Me satisface pensar, aunque sólo sea con una migaja de esperanza, que aunque ignoren lo que es la democracia muchos iraquíes fueron a votar. Pero, visto el precio que están pagando y que estamos pagando, vistos los muertos que a ambos nos cuesta, sigo pensando que habría sido mejor dejarlos cocer en su propia salsa. En Irak, Estados Unidos se ha empantanado, como se empantanó en Vietnam.

Y por si eso no fuese suficiente, el Irán de Jomeini se ha quitado la máscara, imponiendo sus centrales nucleares y eligiendo como presidente al torvo individuo que en Teherán dirigió el secuestro de los americanos de la embajada de EEUU. El petróleo aporta mucho dinero, y, con la ayuda de Irán, la República de Irak se torna un fardo cada vez más pesado.

Dicho esto, es decir admitiendo que ya se ha metido la pata, afirmo que atribuir el terrorismo a la guerra de Irak es un error e, incluso, un fraude para engañar a los tontos. El 11 de Septiembre no había estallado la guerra de Irak. La guerra que declaró oficialmente el 11 de Septiembre Osama bin Laden ya estaba en marcha. Desde hace décadas, los hijos de Alá venían atormentando a Europa, a Norteamérica y a Israel con sus matanzas.

¿Recuerda que, también en Italia, sufrimos a manos de Habash y de Arafat?

Entiendo hacia dónde apunta su pregunta. Apunta al asunto de la retirada de tropas de Irak. Y le contesto: El terrorismo no cesará ni disminuirá imitando al irresponsable e insoportable Zapatero. Al contrario. Cada vez que un contingente se retira, Europa ofrece otra prueba de debilidad y de miedo.

P.- A su juicio, definir al islam como «una religión de paz» y decir que el Corán enseña la misericordia es una tontería.¿Por qué?

R.- Porque, amén de 14 siglos de Historia (siglos durante los cuales el islam no hizo otra cosa que desencadenar guerras, es decir conquistar, someter y masacrar), lo dice el Corán.
Es el Corán, y no mi tía, el que llama a los no musulmanes «perros infieles».
Es el Corán, no mi tía, el que los acusa de oler como los simios y los camellos.
Es el Corán, no mi tía, el que invita a sus secuaces a eliminarlos. A mutilarlos, a lapidarlos, a decapitarlos o, al menos, a degollarlos. De tal forma que, si en Arabia Saudí, te pillan con una cruz en el cuello, una estampita en la cartera o una Biblia en tu casa, terminas en la cárcel y quizás en el cementerio.

Hay que meterse en la cabeza esta sencilla, inequívoca e indiscutible verdad: todo lo que los musulmanes hacen contra nosotros y contra sí mismos está escrito en el Corán. Viene pedido y exigido por el Corán. La yihad o guerra santa. La violencia, el rechazo de la democracia y de la libertad. La alucinante servidumbre de la mujer. El culto a la muerte, el desprecio a la vida... Y no me responda como los zorros del islam moderado, no me diga que en el Corán hay versiones distintas y diversas.

Por mucho que cambien las versiones, en todas ellas la esencia es la misma.No entiendo la deferencia con la que ustedes, los católicos, se refieren al Corán.

Alá no tiene nada que ver con el Dios del cristianismo. Nada.
No es un Dios bueno, no es un Dios padre.Es un Dios malo. Un Dios dueño. No trata a los seres humanos como hijos. Los trata como súbditos, como esclavos. Y no enseña a amar: enseña a odiar. No enseña a respetar: enseña a despreciar.No enseña a ser libres: enseña a obedecer.

El enemigo al que tratamos como amigo

Basta leer las suras sobre los «perros infieles» -apunta la periodista- para darse cuenta de ello. No, no. Nuestro primer enemigo no es Bin Laden. No es Al Zarqaui. No son los terroristas que cortan cabezas. Nuestro primer enemigo es ese libro. El libro que los ha intoxicado.
Por eso digo que el diálogo con el islam es imposible y rechazo el cuento del islam moderado, es decir el islam que, de vez en cuando, se digna a condenar las matanzas, pero a la condena añade un pero. Por eso, la convivencia con el enemigo que tratamos como amigo es una quimera y la palabra «integración» es una mentira.

Jurídicamente, de hecho, muchos son realmente nuestros conciudadanos. Gente nacida en Inglaterra, en Francia, en Italia, en España, en Alemania, en Holanda, en Polonia, etcétera.Individuos crecidos como ingleses, franceses, italianos, españoles, alemanes, holandeses, polacos... Que parecen realmente integrados en nuestra sociedad. Pero, al mismo tiempo, siguen tratando a sus mujeres (y también a las nuestras) como las tratan.

Les pegan, las humillan y, a veces, las matan. Y cuando meten sus pies en la mezquita, se dejan de nuevo crecer la barba. Escuchan al imam que predica la yihad, estudian lo que es, aprenden de memoria el Corán y, ¡zas!, se convierten en aspirantes a terroristas y, después, en alumnos terroristas y después en militantes terroristas.Mientras los que no lo hacen, los llamados moderados, farfullan sus ambiguos pero.

Tras el 7-J de Londres

Padre Andrzej, las estadísticas siempre me han resultado antipáticas -afirma Fallaci-. Sin embargo, no se pueden ignorar y, según la encuesta realizada tras las matanzas de Londres por el Daily Telegraph, resulta que el 24% de los musulmanes ingleses admite 'sentir simpatía por los sentimientos y los motivos que condujeron a la masacre del 7 de julio'.

El 46% de los moderados comprende 'por qué los terroristas se comportan de esa forma'.
Y el 32% considera que 'los musulmanes tienen que poner fin a la decadente civilización occidental'.
El 14% confiesa 'no sentir el deber de advertir a la policía si saben que se está preparando un atentado y, mucho menos, si un imam incita a la guerra santa».

Por si no fuese suficiente, en un informe gubernamental, titulado The Next London Bombing, se deduce que en Gran Bretaña hay 16.000 musulmanes enrolados en actividades terroristas, y que la mitad de los jóvenes musulmanes entrevistados se dicen 'ansiosos por pasar a la violencia para eliminar nuestra inmoral sociedad'.

Padre Andrzej, le fastidia oír ciertas cosas, ¿verdad? Le repugna ver en tantos huéspedes nuestros una nueva juventud hitleriana que aplica su Mein Kampf, ¿verdad? Y le parece excesivo que yo vea en ellos un peligro para Occidente y para el resto de la Humanidad, ¿verdad?

Por eso le recuerdo que quienes instalaron el nazismo en Alemania y en Europa no fueron todos los alemanes.Fue la minoría de desalmados que miraba al profeta Hitler como los terroristas de hoy miran al profeta Mahoma.

Y si cree que es injusto echarle la culpa a una religión e, incluso, a un libro, piense en el chico americano que los marines capturaron con los talibán durante la Guerra de Afganistán. Americano, repito.Californiano. De Los Angeles, con la piel blanca como la clara del huevo y de educación laico cristiana.
No era marroquí ni tunecino o saudí o senegalés o somalí. Pero un día ese chaval americano puso el pie en una mezquita y dijo a sus padres: 'Mummy, daddy, quiero estudiar el Corán'. Después, se fue a Pakistán, aprendió el Corán de memoria, se hizo lavar el cerebro por los imames y terminó con los talibán en Kabul.

Padre Andrzej, ésta es mi respuesta a su última pregunta. Sé muy bien que, al dársela, refuerzo el riesgo de ir a la cárcel por delito de opinión enmascarado bajo la acusación de 'vilipendio al Islam'.
Sé bien que, junto a la cárcel, arriesgo la vida, es decir, desafío una vez más a la nueva Hitler-Jugend que quiere matarme.
También sé que tampoco nosotros podemos presumir de santos. Que, en nuestra Historia, también nosotros hemos combinado las luces y las sombras.

Pero hoy, el peligro no somos nosotros. Son ellos. Es su libro. Y dado que nadie lo dice, dado que alguien debe decirlo, lo digo yo.

Andrzej Majewski.
Especial para El Mundo.


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