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9.4.10

Malasia, guerra por el nombre de «Alá» - Velos contra «ladyboys»

Guerra por el nombre de «Alá»

El extremismo de parte de la comunidad islámica malaya rompe la hasta ahora pacífica convivencia con cristianos

Malasia no es Irán. Desde su independencia de los británicos en 1957, esta nación del sureste asiático se enorgullece de la convivencia entre malayos musulmanes, chinos budistas, hindúes y cristianos. Espoleada por los hábiles empresarios chinos y apoyada en la industria tecnológica y los recursos naturales que explotan las compañías estatales -como petróleo, gas y madera- la economía ha crecido un 7 por ciento anual hasta convertir a Malasia en el segundo país más próspero y estable del sureste asiático, a bastante distancia de Singapur pero muy por delante de Tailandia e Indonesia.

Esta pujanza se aprecia en el centro de la capital, Kuala Lumpur, presidida por las torres Petronas, en su día el edificio más alto del mundo. En torno a ellas ha crecido una jungla de rascacielos con restaurantes de diseño, bares con piscina en sus terrazas y galerías comerciales con boutiques de Chanel, Dior, Louis Vuitton o Armani y concesionarios de Bentley y Jaguar.

Condena por beber cerveza

Todo un ejemplo del progreso y la modernidad que ha traído la globalización. Pero, en los últimos tiempos, han dado la vuelta al mundo varias noticias que muestran la cara más radical de esta nación donde el 60 por ciento de sus 28 millones de habitantes son musulmanes de la etnia malaya. Frente a las normas civiles que rigen para el resto de la población, sobre los musulmanes impera la «Sharía» (ley islámica), que ha empezado a dictar sus controvertidas sentencias.

A principios de febrero, tres mujeres fueron azotadas por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Se trataba del segundo castigo físico ordenado después de que la modelo Kartika Sari Dewi Shukarno fuera condenada el verano pasado a latigazos por beber cerveza, una pena que todavía no ha sido ejecutada.
En enero se desató la tensión interreligiosa y varias iglesias y mezquitas fueron atacadas después de que el Alto Tribunal permitiera a los cristianos utilizar la palabra «Alá» en lengua malaya para referirse al Dios de la Biblia.

Y, actualmente, está siendo juzgado por sodomía el ex viceprimer ministro y líder del opositor Partido de la Justicia Popular (Keadilan), Anwar Ibrahim, ya que un antiguo ayudante ha denunciado que abusó de él en junio de 2008. Paradójicamente, los cargos no son por violación, sino por sodomía, una acusación muy grave porque la homosexualidad, incluso consentida, está penada hasta con 20 años de cárcel. Curiosamente, Anwar Ibrahim ya fue condenado por un caso similar en 1998, cuando era viceprimer ministro, y tuvo que pasar seis años en la cárcel hasta que el Tribunal Supremo revocó la condena.

Por ese motivo, Anwar ha acusado al Gobierno del primer ministro Najib Razak de orquestar una campaña judicial en su contra, ya que el ascenso de su partido amenaza la hegemonía del Frente Nacional (Barisan), una coalición liderada por la Organización Nacional para la Unidad Malaya (UNMO) que gobierna el país desde la independencia.

«El Gobierno está dividido y se ha radicalizado para lograr el apoyo musulmán», explica a ABC el sacerdote jesuita Lawrence Andrew, director del semanario católico «Herald». Dicha publicación fue denunciada por utilizar la palabra «Alá» en malayo para referirse al Dios cristiano y, aunque los jueces le han dado la razón en primera instancia, el Ejecutivo apelará la sentencia ante el Tribunal Supremo.

«Desde que san Francisco Javier evangelizara estas tierras en el siglo XVI, los cristianos hemos usado dicho término, pero el nacionalismo malayo utiliza la religión políticamente», critica Andrew, quien advierte de que dicha radicalización «pone en peligro las inversiones extranjeras, amenaza la convivencia y genera desigualdad». Sobre otros grupos étnicos, los «bumiputra» (indígenas malayos) tienen privilegios recogidos por el artículo 153 de la Constitución, como becas, cuotas y préstamos a bajo interés.

Además del islam, un 20 por ciento de chinos practican el budismo; un 9 por ciento el cristianismo y un 7 por ciento el hinduismo. En Malasia ha estallado una soterrada guerra de religiones: «Al ser un país multicultural, hay una auténtica competición», reconoce el franciscano Michael Chua, responsable de Asuntos Interreligiosos de la Archidiócesis de Kuala Lumpur.

«Alá, el Dios del islam»

Por su parte, Nik Mund Marzuki, uno de los «ustad» (maestros) de la Unidad de Entendimiento del Islam perteneciente el Departamento Religioso del Gobierno, replica que «hay un consenso generalizado en todo el mundo para definir a Alá como el Dios de los musulmanes» y pide «respeto para las normas religiosas y sociales islámicas porque los castigos físicos están contemplados por la «Sharía» y nosotros no criticamos la secularización de Occidente».
Un peligroso debate se ha abierto en Malasia, que no es Irán pero muchos advierten de que lleva camino de convertirse en una nación islámica.

Velos contra «ladyboys»

Cubiertas por el «niqab», las segundas esposas permitidas por la poligamia pasean junto a jóvenes que se emborrachan en las discotecas y transexuales

PABLO M. DÍEZ | KUALA LUMPUR
En Malasia no sólo se libra una guerra religiosa encubierta entre musulmanes y cristianos, sino también un pulso entre la apertura social que ha traído el desarrollo y la rigidez islámica, incompatible con la laxitud de las costumbres y la tolerancia propias del budismo en el Sureste Asiático.

“Hay una auténtica doble moral por parte de las autoridades”, denuncia el jesuita Lawrence Andrew. El sacerdote, director del semanario católico “Herald”, critica que “mientras los tribunales de la “Sharía” ordenan azotar a mujeres por beber cerveza o mantener relaciones sexuales extramaritales, la prostitución se ejerce abiertamente en la calle y los propietarios de muchos bares y discotecas son ricos hombres de negocios malayos”.

De hecho, algunos sultanes tienen fama de ser grandes bebedores de whisky, lo que choca con su título de “Yang di-Pertuan Agong” y máxima figura religiosa cuando les toca ocupar el trono, ya que la democracia en Malasia no es hereditaria, sino rotatoria. Cada cinco años, la corona se va pasando entre los sultanes de nueve estados, que ocupan el cargo ceremonial de reyes pero son muy respetados por los malayos musulmanes por representar las más ancestrales tradiciones culturales y erigirse como cabeza del Islam.

Pero, como los hábitos están cambiando a marchas forzadas por el progreso económico y la globalización, los jóvenes malayos, musulmanes por ley según el artículo 160 de la Constitución, se mezclan junto a chinos e indios para beber alcohol en locales de moda como “Zouk”, donde los porteros hacen la vista gorda al inspeccionar sus carnés de identidad, en los que consta la leyenda “Islam” bajo sus fotos. “El Gobierno está dando escarmientos a la gente para justificarse ante sus votantes más tradicionales porque la moral se ha relajado”, indica Liya, una joven guía malaya, después de echarse al gaznate nueve chupitos de tequila y B-52 y de bailar en la barra luciendo las esculturales piernas que deja al desnudo su minifalda.

Nada que ver con el “niqab”, una especie de “burka” que tapa todo el cuerpo menos los ojos, y los pañuelos cubriéndoles la cabeza que llevan otras mujeres. Permitidas por la poligamia, algunas son segundas o terceras esposas que se pasean con sus maridos, por cierto ellos en bermudas y tocados con gorras americanas, por las céntricas calles de Bukit Bintang. A cada dos pasos, aquí se ofrecen masajes incluso por “ladyboys” (transexuales), mientras que en el “Beach Club”, a la sombra de las Torres Petronas, trabajan cada noche “señoritas” venidas desde Vietnam, Indonesia, Filipinas, Tailandia y hasta Ghana.

Al tiempo que las páginas “web” pornográficas son las más visitadas por los internautas de Kelantan y Pahang, los estados más islámicos, la Policía de la “Sharía” (JAIS) patrulla por bares y parques buscando jóvenes musulmanes bebiendo o cometiendo el delito de “khalwat” (excesiva proximidad). Aunque algunos juristas ya han propuesto extender a toda la sociedad la prohibición de besarse y acariciarse en público vigente ahora sólo para los musulmanes, las otras etnias y grupos religiosos, como chinos budistas, cristianos e hindúes, se oponen tajantemente. Con la fuerza que les da sumar el 40 por ciento de los 28 millones de habitantes de Malasia, se niegan a regirse por la “Sharía” y quieren seguir bajo la jurisdicción de los tribunales civiles.

Mientras tanto, el sacerdote franciscano Valentine Gompok denuncia que “para los cristianos es cada vez más difícil profesar nuestra fe”. Como consecuencia, el número de bautismos de adultos convertidos ha caído del millar de hace cinco años a los 629 que se celebrarán esta Semana Santa.
“El problema es que hay una islamización de las leyes, pero debería regir un sola regulación civil para todo el mundo”, se queja Basil Yap, un ingeniero de 33 años que ha abrazado la fe católica gracias a su novia Nelly Genove, quien pertenece a la etnia “kadazan” de Borneo. Como herencia de la época colonial, la mayoría de la población es cristiana en Sabah y Sarawak, los estados malasios de esta isla compartida con Brunei e Indonesia.
De Sabah también procede Anne James, una estudiante de Geología cuya familia se cambió el apellido al convertirse al catolicismo y tiene parientes musulmanes. “La convivencia siempre ha sido buena y espero que la radicalización islámica del Gobierno no quebrante la paz de mi país”, confía la joven. Amén

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31.1.10

La minoría cristiana de Malasia atacada por los musulmanes

Esto no lo cuentan los medios de comunicación, a quien puede interesar en una España cada dia mas descristianizada la terrible persecución de los cristianos en Oriente.
La costosa Alianza de Civilizaciones promovida por ZP, solo ha servido para que la comunidad musulmana reciba ayudas y se implante en España con mas exigencias, tanto es asi que ya han conseguido fundar su propio partido político, su presidente Mustafá Bakkach se refiere en estos términos sobre el partido:
«No somos un partido islámico, ojo. Somos de inspiración islámica, que no es lo mismo. Igual que el PP es de inspiración cristiana. Es lo de menos. Queremos ser los representantes de las minorías».
Lo que desde luego no cuenta es lo que muchos pensamos, representantes de las minorías hasta que ellos alcancen la mayoría, una vez que obtengan la mayoría perseguirán a los cristianos y resto de religiones como esta sucediendo en todos los países con mayoría musulmana.


La comunidad musulmana ataca a la minoría cristiana en Malasia 

Varias escuelas y hasta 11 iglesias católicas han sido quemadas en el país asiático.

Por haber utilizado el nombre de Alá para designar a Dios, aunque un fallo judicial lo haya permitido, los cristianos viven perseguidos en Malasia.

Y es que la mayor parte de la comunidad católica de ese territorio proviene de la isla de Borneo y en sus oraciones en malayo llaman Alá a su Dios.

La ola de violencia continúa en el país donde un 60% de la población es musulmana frente a una minoría cristiana (9%).

Así, desde el pasado 30 de diciembre la quema de iglesias católicas prosigue y la furia de los islamistas no ha hecho nada más que comenzar.

El pasado viernes tres jóvenes de entre 22 y 24 años eran imputados por un tribunal de Malasia por atentar con una bomba en uno de los lugares de culto cristiano. Los tres islamistas, acusados por un delito de vandalismo, se podrían enfrentar a una pena de cárcel de hasta 20 años y una multa económica. La iglesia que atacaron quedó completamente calcinada. Por su parte, 19 personas más han sido detenidas hasta el momento por los ataques, no sólo contra las parroquias cristianas, sino también contra varias escuelas.

Los sacerdotes del territorio han pedido a sus fieles que mantengan la calma frente a las provocaciones de los musulmanes. Muchos de ellos se han manifestado en las calles gritando: “Alá sólo nos pertenece a nosotros”.


Cabezas de cerdo

No obstante, la tensión ha podido con un grupo de cristianos que se han tomado la justicia por su mano arrojando varias cabezas de cerdo–animal impuro por el islam y, por lo tanto, ofensivo– en el interior de algunas de las mezquitas de Kuala Lumpur el pasado jueves.

Por otro lado, el Gobierno malasio ha amenazado con aplicar la ley de seguridad que facilita la detención de quienes “pongan en peligro a la nación” aunque no se posea una orden judicial de arresto.

Sin embargo, la oposición critica que la culpa de los enfrentamientos la tiene “la coalición gobernante que aviva la violencia y defiende, por encima de todos los derechos, los propios de los musulmanes”.


* Exiliados en su propia tierra


Los cristianos de Gaza se ven obligados a huir ante las crecientes agresiones de islamistas radicales

Las mujeres explican que si no llevan el velo al ir al mercado, los radicales les lanzan ácido a la cara

Basta. Hay que hablar, contar la verdad sobre lo que ocurre en Gaza. No podemos mantener el silencio, pero, por favor, no revelen ningún detalle que me pueda identificar", suplica Antón (nombre inventado por él mismo), nacido en la franja de Gaza, y cuya familia vive allí hace cientos de años.

Se puso una capucha para no ser reconocido, y en el último momento anuló nuestro encuentro con su familia, a la que acaba de llevar a Belén, huyendo de los islamistas de Gaza. Hablamos en la calle y su esposa mira con aire preocupado desde la ventana. Con su bebé en brazos, le grita en árabe: "Piensa en nuestros parientes que aún están allá".

A lo lejos nos observa alguien que ha decidido que ya no tiene más que perder. Se trata del general Kamal Elias Fuad al Tarzi, el oficial cristiano de más alto rango de las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina. Contactó con nosotros por iniciativa propia para denunciar lo que define como "persecuciones sistemáticas de grupos islamistas vinculados a Hamas" contra la minoritaria comunidad cristiana.

Al Tarzi se refugia en un pequeño piso de Beit-Sajur, en Cisjordania. Suspira: "Desde que Hamas llevó a cabo el golpe de estado en junio del 2007, inició una serie de agresiones. La primera fue el asesinato de Rami Ayad, de 35 años, el 7 de octubre del 2007, que trabajaba en la iglesia baptista, ayudando a los pobres, musulmanes y cristianos. Después de matarle, descuartizaron su cuerpo. En ese momento tendríamos que haber caído en ello".

Según el oficial, Hamas condenó los ataques oficialmente, pero lejos de las cámaras los apoya. "En el fondo, ellos, y los otros grupos islámicos, tienen la misma ideología coránica", explica.

Todo lo contrario opina el jeque Sadel Hamdan, diputado de Hamas en el Parlamento de Ramala. "Los cristianos son nuestros hermanos - señala-y hacemos todo lo posible para proteger sus derechos. Condenamos cualquier ataque contra ellos. Estos ataques no los comete Hamas, sino fanáticos religiosos".

Al Tarzi vive rodeado de documentos en los que pide asilo político, porque teme por su vida. "Una noche unos enmascarados con silenciadores me intentaron matar, pero logré escapar. Durante tres meses me escondí en el cementerio, en el puerto, en iglesias, hasta que pude huir a Cisjordania. Mi mujer y mi hija se quedaron allá, y ahora sólo puedo hablar con ellas por teléfono".

Al Tarzi y Antón describen una serie de ataques islamistas más que tuvieron lugar en los últi mos dos años y medio en Gaza. Primero, los radicales quemaron la biblioteca de libros de cristianismo. Luego, incendiaron la escuela de la Sagrada Familia, que está dirigida por las monjas de la Madre Teresa. Luego hicieron estallar la biblioteca de YMCA y dispararon contra la iglesia ortodoxa. "Hamas metió a los cristianos y a sus rivales de Al Fatah en el mismo saco. Ninguna de sus investigaciones virtuales llegó a nada", afirma el general.

En la iglesia ortodoxa de Beit-Sajur el padre Saba Kheer y su esposa, Wasima, ayudan a los 120 cristianos de Gaza que han logrado huir a Cisjordania. "Los israelíes bloquean Gaza, y de ellos depende que más de mil cristianos de la franja reciban permiso para marcharse. Abandonan Gaza porque se sienten oprimidos. Nosotros pedimos a nuestros hermanos musulmanes que dejen de agredirnos, para que podamos vivir en paz como en el pasado, ya que todos somos palestinos".

En Bet-Sajur, al lado de Belén, hay 12.000 cristianos, 9.000 de ellos ortodoxos, y los demás católicos y protestantes. Estas comunidades están muy bien organizadas, por lo que intentan brindar ayuda a sus hermanos y familiares de Gaza. En el caso de la familia de Antón, por ejemplo, parientes de Cisjordania le alquilaron un piso y le ayudaron a conseguir trabajo en una ONG.

Antón señala que en los últimos meses se multiplican las agresiones verbales. "Atacan a nuestras chicas si no van con velo, y les gritan que se conviertan al islam. Por eso ahora nadie se atreve a ir con la cruz al cuello".

Wasima afirma que muchas mujeres de Gaza le cuentan que cuando iban al mercado de compras, si no se tapaban con el velo musulmán, les lanzaban ácido y les quemaban la cara. "Los radicales quieren que todos sean de la misma religión", opina.

Los cristianos que permanecen en Gaza continúan celebrando misa y la tensión es muy grande. Parte de los cristianos acusan a Israel de permitir el paso a Cisjordania solamente a quien tiene más de 35 anos y menos de 16. "¿Y qué hacemos con los demás?", se pregunta Amal al Mazri, una cristiana de Gaza que recuerda que en el pasado sus vecinos musulmanes participaban en las fiestas cristianas. "Ahora todo eso ya no existe, y los cristianos que pueden se marchan", añade.

Antón, desde su nueva casa de Belén, reconoce que su sueño sería volver a la franja de Gaza en la que nació, creció, y en la que están todos sus recuerdos. Aprovecha para lanzar un mensaje a los radicales que mataron a su amigo Rami, lo intentaron con Kamal, y que atacaron instituciones de su comunidad: "Tanto los cristianos como los musulmanes somos un mismo pueblo, y queremos seguir viviendo en paz como antes. Creo en Jesús, que nos enseñó a dar la otra mejilla". Pero la mejilla de Antón continúa cubierta, para no ser identificado. Un exiliado en su propia tierra.

HENRIQUE CYMERMAN - La Vanguardia

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