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27.12.05

El multiculturalismo no es una medicina, es una enfermedad. Giovanni Sartori


“Todo lo que pienso lo digo. Ya no tengo edad de tener miedo a nada”. Giovanni Sartori se siente libre. Libre para decir lo que le apetezca, aunque irrite o escandalice. Cumplidos los 81 años en mayo, y después de haber escrito más de treinta libros, decenas de ensayos y cientos de artículos, este sabio de la ciencia política y la comunicación, que ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2005, puede opinar que George W. Bush es “el peor presidente de EE UU” o que la posición de Jacques Chirac en la crisis que condujo a la guerra de Irak fue “una vergüenza”. “Siempre he estado al margen de la corrección política.

Hubo momentos en los que me costó mucho seguir adelante; en Italia estuve veinte años en la lista negra de la izquierda, no me invitaban a recepciones. Yo me mantuve en mis posiciones, la historia cambió y ahora me consideran más. Por ejemplo, sobre inmigración y multiculturalismo, Massimo D’Alema [ex primer ministro y presidente de Demócratas de Izquierda] ha dicho que probablemente yo tenía razón. Si lo dice D’Alema…”.

Provocador por naturaleza, coqueto como para bromear con la fotógrafa y de tan buen humor y buena salud como para beberse un vaso de vino a mediodía, Sartori –nacido en Florencia y que alterna su tiempo entre Italia y EE UU– no para de trabajar “porque si uno lo deja, envejece”. Además de viajar para dar conferencias y recoger premios –en 2005 ha estado tres veces en España– “mantengo vivos mis treinta y tantos libros: prólogos para nuevas ediciones, apéndices, revisiones… Y escribo cosas nuevas: ahora estoy con la continuación de Mala tempora, que vendió 70.000 ejemplares; no está mal… Aquí está la cubierta: se va a llamar Mala Costituzione e altri malanni.
Son artículos del Corriere della Sera, del Espresso… Hablo sobre todo de la mala reforma constitucional en Italia; la verdad es que decir que es mala es un eufemismo. Es pésima. Y estoy editando la recolección, en inglés, de mis escritos de lógica y metodología, todo aquello que ve usted ahí”.

Libros, y libros, y más libros en este apartamento de Nueva York, un piso 27º desde el que se disfrutan los árboles de Central Park, aún con las hojas amarillas y naranjas. “Aquí es donde tengo la mayor parte de mis 20.000 ejemplares, así que es aquí donde vengo cuando quiero trabajar en serio, cuando tengo que escribir”. En el despacho, Sartori se sienta ante su mesa italiana del siglo XVII, estrecha y larguísima. A su espalda, la vieja máquina Olivetti Lettera 32. Enfrente, las traducciones a todos los idiomas de todas sus obras. A la izquierda, un viejo teléfono con fax y carpetas con artículos sobre una estantería. A la derecha, las ventanas sobre el parque desde las que ve los rascacielos de Manhattan.

Cuando pasan cosas en Europa como los atentados de Londres o la quema de coches en París y otras ciudades francesas, ¿qué le preocupa más, el factor religioso, el problema de la integración de los inmigrantes…?

En mi opinión, lo más grave es lo de Inglaterra. Se suponía que allí había una comunidad islámica integrada, con personas que vienen de la Commonwealth, que conocen las normas y que hablan el inglés como lengua común. Que haya habido unos chicos de esa comunidad, podría decirse que de la pequeña burguesía, que hayan hecho saltar por los aires unos vagones del metro de Londres… Y cuando se sabe que la mitad de la comunidad islámica inglesa aprueba lo ocurrido…

La repercusión popular y mediática, sin embargo, ha sido la inversa.

Quizá Londres tuvo menos impacto porque al homo videns le hacen falta las imágenes, y las del metro no expresaban bien lo que había ocurrido: los muertos estaban dentro, sólo se veían algunos destrozos. En cambio, las fotos de París eran al aire libre: los coches ardiendo, las piedras… Desde el punto de vista fotográfico, París ha sido más importante. Desde un punto de vista sustancial, lo ocurrido en Inglaterra es muy grave. Si había un país que debía estar preparado para absorber a la comunidad islámica –que es de mayoría paquistaní, mucho mejor que otras– era Inglaterra. Es grave porque ha revelado el fracaso de una política de integración considerada como la mejor posible, la más inteligente.

¿Y en Francia qué ha pasado?

En Francia, la revuelta de las banlieues magrebíes, de estos jóvenes hijos de inmigrantes, pero que son franceses, no es una revuelta islámica. Son ciudadanos poco integrados, y su revuelta tiene las características de las revueltas de las periferias pobres. El desempleo es muy elevado, los jóvenes se sienten marginados y discriminados. Hay también un factor de islamismo que hace que sea, en algunos casos, un círculo vicioso: además de la segregación, también ellos tienen responsabilidad, porque rechazan en muchos aspectos la integración. Pero mientras que en Inglaterra hay un factor que es el terrorismo protagonizado por jóvenes de familias medio burguesas, en Francia se ha dado una clásica explosión de revuelta de barrios pobres, de la comunidad en la que hay más desempleo y que sufre más discriminación, incluso racial.

Como ha ocurrido en otros lugares…

Por ejemplo, en Los Ángeles. Son explosiones de periferias empobrecidas que construyen un gueto, como ocurre con muchos hispanos. Gente a menudo analfabeta o de escasísima cultura que llega, se encierra en pequeños o grandes espacios, no aprende la lengua y se condena a la pobreza, la degradación, la violencia, el narcotráfico… Yo creo que el melting pot americano ya no funciona.

¿Por qué?

Porque han inventado la doctrina del multiculturalismo, de reivindicación de las raíces, pero también de creación de guetos cerrados. Si el que quiere recuperar su identidad lo hace quedándose aislado de la comunidad en general, que es la del país que le acoge, se pone en marcha algo que funciona mal. Hay que distinguir entre multiculturalismo como situación de hecho –Suiza es multicultural, Canadá también– y la ideología del multiculturalismo, que dice que es bueno reinventar o reforzar la propia identidad y después cerrarse en comunidades que en realidad son guetos.
Yo combato la ideología; estoy en contra de inventar o reinventar una identidad, reforzarla y crear subsociedades cerradas que producen fenómenos de marginación e incluso de revuelta. Estoy en contra de esta ideología, y creo que las soluciones deben ser de tipo pluralista y no multicultural. El multiculturalismo no es una medicina, es una enfermedad; es una manera de empeorar las cosas. Pero hay líderes que hacen su carrera política sobre esta base; que son elegidos, se hacen famosos, salen en la televisión y luego viven de las rentas de esa ideología. Primero se crea la doctrina y luego se crea el oficio.

Y usted cree que esto es especialmente peligroso en Europa cuando entra en juego el factor religioso.

Sí, porque en Europa hay cada vez más islamistas, en parte inmigrantes clandestinos, que crean un problema muy grave de convivencia. Los turcos musulmanes que fueron a trabajar a Alemania –a través de una fórmula que algunos iluminados ahora critican, pero que ha sido muy válida– no plantearon esos problemas porque proceden de un país con normas democráticas, aunque sui géneris, desde hace ochenta años. El problema grave lo plantean los africanos que forman las capas más analfabetas y más empobrecidas del islam. Se puede hacer una analogía entre esta pobre gente y la vieja Europa cristiana. La actual Europa cristiana no es religiosa, no es fanática, como era con aquellos hombres que creían en brujas, en milagros… La Europa cristiana tuvo las mismas características que tienen hoy muchas poblaciones musulmanas. Después de las guerras de religión y del paso de la historia, ya no somos así; pero ellos vienen de países con estructuras teocráticas en las que no impera la voluntad del pueblo, sino la voluntad divina.

De la explosión demográfica africana hablaba en su libro ‘La tierra explota’.

El problema africano es gravísimo; se calcula que hay de 200 a 300 millones de personas que estarían dispuestas a ir a Europa a cualquier precio, aunque sea saltando verjas, como ha ocurrido en Melilla, o en pateras. Si no van tantos millones es porque no tienen el dinero para pagarse el viaje. Si lo tuvieran habría cientos de miles de personas intentando saltar la verja de Melilla o cruzar el Mediterráneo. Es decir, que lo único que nos mantiene protegidos es la extrema pobreza de esta gente a la que explotan los mercaderes de esclavos, esos piratas que les cobran 2.000 o 3.000 dólares por traerles; si no los tienen, no pueden llegar. Europa no puede ni debe acoger a millones de personas en estas condiciones.


Pero seguramente Europa necesita personas dispuestas a trabajar, con los índices de natalidad que tiene, con el futuro de las pensiones…

Ése no es un argumento sólido. La población mundial crece en unos 70 millones de personas al año. Europa, de manera muy inteligente, trata de frenar esta explosión. El discurso sobre las pensiones puede orientarse de otra manera, se puede retrasar la edad de la jubilación. Y hay mecanismos que no funcionan: hay gente que prefiere el seguro de desempleo a trabajar. Es un sistema equivocado de incentivos, y el desempleo en Europa es del 8% o el 10%, así que, ¿por qué no hacer que trabajen los europeos? El problema, en mi opinión, es que somos como un toro que embiste: tenemos que desarrollarnos más, que crecer más, todo más…, y lo único que nos preocupa es quién paga las pensiones. ¿Tenemos que llegar a ser 9.000 millones para pagar las pensiones? Es absurdo. Es mejor afrontar el problema de las pensiones ahora, no dejarlo para después; por ejemplo, retrasar la jubilación. En todo caso, los costes de afrontarlo siempre serán menores que los costes de seguir recibiendo inmigrantes no asimilados y no asimilables, que crean fortísimas tensiones internas y que destruyen la comunidad política.


¿Pero cómo se hace eso?

Bueno, si no hay sitio para más y no hay trabajo, tenemos que controlar todo lo posible la inmigración ilegal, como hacen todos los países que tienen este problema. Repito: no hay sitio y no hay trabajo. ¿Dónde van? No se sabe. ¿Quién les mantiene? No se sabe. Todos los que lleguen fuera de los cauces legales van a ir a las calles; no tienen ninguna cualificación, así que se dedican al tráfico de drogas, a la prostitución… Eso deteriora la situación en las ciudades europeas y crea problemas gravísimos. La Iglesia italiana siempre ha protegido a los inmigrantes sin papeles, pero cada vez que ellos ocupan una iglesia hace que les expulsen a toda velocidad. Los conventos están vacíos, ¿por qué no los llenan con estas personas? Porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Si hay una población excesiva, y este exceso de población no es integrable y no encuentra trabajo, no se puede aceptar. No entiendo qué interés podrían tener los europeos en su autodestrucción.

¿Qué le pasa a la Europa política que usted critica?


Europa está enferma de ideologías suicidas. Hay un izquierdismo pacifista de origen en parte religioso… La crisis de la ideología de la izquierda ha creado un tercermundismo, una lógica que dice que para ser de izquierdas hay que ser tercermundista. Yo soy bastante de izquierdas, pero no veo la relación. La izquierda sufre una gravísima crisis de identidad. Yo creo que debería adoptar la causa de la ecología, abandonada por la derecha, cuyos intereses económicos son tales que ni siquiera quiere oír hablar de estas cosas. Si la izquierda abrazara esta causa salvaría el planeta, tendría un argumento sólido para luchar y se beneficiaría también a sí misma.

¿Y cómo es ese tercermundismo que tan poco le gusta?

Es un movimiento ciego y suicida, con varias manifestaciones. No hay nadie en Europa a quien le guste la guerra o que quiera la guerra; hemos tenido demasiadas guerras, nadie las quiere. Pero esta gente se instala en un pacifismo a ultranza que crea adversarios fantoches, molinos de viento… Es un pacifismo absoluto, sin condiciones, que invita a la guerra, a la agresión.
La izquierda más activista, en busca de una nueva identidad después de haber perdido sus ídolos y sus referencias, se ha quedado sin ideología y ha inventado la fuga hacia la izquierda, que es una tontería: es una fuga del que no tiene ideas ni sentido común y cae en el puro extremismo. Después está la izquierda reformista, que intenta frenar esto. Pero hay una parte de la izquierda activa, bastante fuerte en toda Europa, que practica el extremismo puro, y que consigue secuestrar a la izquierda más moderada. Esta otra izquierda podría recuperarse si, entre otras cosas, se aproximara a la ecología; pero está demasiado embebida en la memoria de su propio pasado, y no tiene suficiente imaginación o preparación para afrontar un mundo nuevo, sin las viejas ideologías muertas.


Usted ha calificado tambien de suicida el relativismo moral que cree que no hay que aplicar o exigir códigos fijos de conducta.

Yo creo que la tolerancia es el valor básico del pluralismo. Pero el relativismo es un comportamiento suicida: si todo equivale, nada vale. Los valores desaparecen. Pero yo soy un antiguo, hay valores que me gustan [risas]. El relativismo es una doctrina que se pretende moderna y que dice que todos los valores son iguales; es suicida, porque entonces no se puede criticar nada, todo es bueno: Al Qaeda tiene sus valores y hay que respetarlos… Yo creo que cada uno debe tener sus propios valores, y defenderlos si cree en ellos. La tolerancia dice que respetemos los valores de los otros. Los respetamos, pero eso no quiere decir que los aceptemos; los aceptaremos si llegamos a la conclusión de que son superiores.

Esta historia de que no hay que ofender a nadie, de que no hay que hablar de choque de culturas… Si lo hay, lo hay, y si no, pues estupendo. No sé muy bien qué hay de terrible en decirlo. ¿Es que hay que esconder la realidad? Si hay dos religiones monoteístas, una de las cuales se ha acalorado, se ha reanimado con la ayuda de la televisión, y hay una civilización teocrática, ideológicamente movilizada e invasiva –las religiones monoteístas dicen que su Dios es el único verdadero y lo que hacen es la guerra santa, como hizo el cristianismo–, entonces se crea un problema de autodefensa para los otros, que deben afrontar el choque o rendirse. A mí estas diplomacias políticamente correctas de lo que debe decirse o no… Hay quien dice “no, que se molestan, que se ofenden”… Mire, si hay una guerra, hay una guerra. “Ah, pero no hay que decirlo”. ¿Cómo que no? Si la hay, la hay.

Pero hará falta hacer algún esfuerzo para llegar a compromisos, para comprender a los otros…

Yo a los otros les entiendo estupendamente. Yo he leído el Corán, he leído mucha literatura, no soy tonto. Les entiendo de maravilla, y por eso digo que yo no quiero ser así. ¿Es que esto es ofensivo? Yo soy un estudioso, y, como tal, intento entender el mundo. E intento salvar la civilización en la que creo, que es la civilización occidental, que ha sido mejor que las otras desde el punto de vista ético y político. En la sociedad liberal-democrática podemos vivir casi todos; no vamos a la cárcel sin un debido proceso legal, etcétera. Esto es lo que ha primado en Occidente, que ha logrado crear una ciudad política vivible, bastante libre, y que da un amplio margen de seguridad al ciudadano. Naturalmente tiene sus inconvenientes, pero cuenta con todo esto de lo que hablamos.


A esta ‘ciudad política’ le convendría, por su propio interés, tener menos enemigos.


El enemigo se crea él solo, no lo crea Occidente. ¿Qué se puede hacer? Una sociedad liberal-democrática ya hace bastante: acepta a los inmigrantes y les integra en su ordenamiento social. Pero, como decía Ronald Reagan, hacen falta dos para bailar el tango. Si uno no quiere bailar, no hay nada que hacer. Le doy un ejemplo: ni siquiera somos capaces de definir el terrorismo, lo cual no es un asunto menor. ¿Por qué? Porque los países islámicos no quieren consentir que los palestinos que matan a italianos sean definidos como terroristas. ¿Qué tenemos que hacer, decir que el terrorismo no existe? No, el terrorismo existe, y si no logramos encontrar una definición jurídica común con el mundo islámico, tendremos que mantener la nuestra.
Los derechos humanos: me puedo equivocar, pero hace unos treinta años que se intenta convencer a las sociedades islámicas de que suscriban una declaración común de derechos humanos. ¡No se ha conseguido! Y no es por nuestra culpa, es que no quieren firmarla, porque los principios de los derechos no existen para la religión islámica, no son aceptables. Claro que queremos paz, ¿quién quiere hoy día la guerra? Pero esto no quiere decir que tengamos que rendirnos; tenemos que defendernos.


Ciertas cosas ocurridas dentro del modelo de los derechos humanos, por lo que respecta a Estados Unidos, tienen poca defensa. La guerra de Irak y algunos aspectos relacionados con ella: el aislamiento de los presos, Guantánamo, las acusaciones de tortura y de prisiones secretas…

Aquí no hay que confundir lo micro con lo macro. La guerra es siempre sucia. Todas esas cosas han ocurrido, por desgracia. La diferencia es que el mundo occidental admite esas revelaciones, y las dictaduras, no. Esto tiene poco que ver con la noción de cultura; la cultura es un conjunto de valores y creencias, y eso es lo que, en mi opinión, hace de Occidente el mejor sistema de los que ha habido hasta ahora en la historia: no se ha inventado nada mejor para la protección del individuo, para el respeto a la vida y a las personas.


Usted criticó la guerra, pero censuró luego a los críticos de la ocupación.

Yo estaba muy en contra de la intervención en Irak no porque supiera que había o no armas de destrucción masiva, que no lo sabía. Estaba en contra porque pensaba que, en términos de costes y beneficios, los costes serían probablemente mucho mayores, en la medida en que una guerra podía desencadenar el fanatismo islamista. Si encima no existen esas armas, todavía peor.

La guerra ha sido una terrible equivocación por la ingenuidad de los norteamericanos, que no se dieron cuenta de que activaban una mina que iba a galvanizar el fundamentalismo islámico y el terrorismo. El estropicio se hizo, y luego se mantuvo: no se invade un país que estaba vertebrado por su ejército para luego mandar a los soldados a su casa. Hasta los niños saben que toda esa gente sin trabajo se pasará a la resistencia, hará lo que haga falta… Son estupideces que no eran fáciles de prever. Han cometido muchos errores; pero ahora, con el estropicio hecho, una vez allí, yo sostengo que no hay que empeorar las cosas, y que, por tanto, retirarse al estilo Zapatero, irse de Irak, significa consentir la creación de un Estado terrorista con capacidad para producir armas de exterminio masivo, sobre todo bacteriológicas, fáciles de producir y muy peligrosas. No nos lo podemos permitir. La guerra ha sido un error, mal hecha y mal administrada; decir que ha sido gestionada de manera pueril es una gentileza, un eufemismo, pero hay que salir de allí sin permitir que se cree un Estado controlado por terroristas.

La guerra abrió una crisis en Europa, y entre Europa y EE UU. Entre las dos orillas del Atlántico tampoco se puede decir que hay mucho tango, ¿no?

Todo viene del 11-S. Los norteamericanos creen que no hemos entendido hasta qué punto les cambió, y me temo que tienen razón. Si el atentado hubiera destruido el Vaticano, también nosotros tendríamos un trauma. Para ellos lo ha sido, y no hay que subestimarlo. Después, el 11-S llevó al ataque contra Irak –si no, no habría ocurrido–, y eso provocó la discordia en el seno de Europa, y entre Europa y Estados Unidos. En este partido, todos han jugado mal.
Ha jugado mal [George] Bush, que yo creo que es un hombre de una estatura mental mínima, y que cada cosa que hace, la fastidia; pero también [Jacques] Chirac y [Gerhard] Schröder se pasaron de listos ante esta intervención que decían querer evitar. En realidad, Chirac quería humillar a Estados Unidos; esperó a que las tropas estuvieran desplegadas, allí, bajo el sol, para proponer el aplazamiento hasta septiembre. ¡Era una tomadura de pelo! Si Europa, y sobre todo Chirac –que es un gaullista de poca inteligencia, como hemos acabado por descubrir–, hubiera querido parar a Bush, lo hubiera hecho; pero Francia hizo su jueguecito de la grandeur y de su influencia en el mundo árabe –y los grandes contratos que tiene allí–, y Schröder tenía su problema electoral. Bush es uno de los peores líderes de la historia, pero se le hubiera podido frenar en lugar de empujarle estúpidamente a la guerra. Si hubiera tenido la autorización de la ONU, Sadam Husein, que sabía lo que pasó en 1991, habría cedido; no hubiera resistido la presión de una Europa unida en su apoyo a Estados Unidos. No habría hecho falta la intervención. Todos se pasaron de listos. Es una vergüenza para todos, y sobre todo para Chirac.

¿Dónde estuvieron los grandes líderes occidentales?

Hay un problema claro de falta de liderazgo. En aquella crisis, sólo Blair estuvo a la altura de las circunstancias, aunque también se equivocó. Afortunadamente, él participó en la guerra, porque si hubiera dejado solo a Bush… Blair fue valiente. Su discurso del anuncio de la intervención fue extraordinario. Es un auténtico líder, sabe hablar, tiene sus ideas, las defiende… ¡Ojo!, repito que también él se ha equivocado, pero tiene estatura de líder, y creo que es el único con esa dimensión de líder responsable.

¿Y qué pasa con Italia, con Silvio Berlusconi? ¿Cuánto cree que le queda al frente del Gobierno?

Bueno, de Italia mejor no hablar. Como la izquierda italiana, bajo la guía de Prodi, no es un derroche de inteligencia, y como Prodi se equivoca casi siempre, hasta es posible que Silvio Berlusconi vuelva a ganar. Tendría mucho mérito que no le derrotaran, pero son capaces. Sobre el papel, no hay duda de que Berlusconi tendría que salir vencido. Prodi tiene voluntad, pero ha demostrado poca habilidad; le conozco desde hace cincuenta años e incluso hemos sido amigos, pero… Déjeme que haga un inciso: tengo la sensación de que los políticos no aguantan el esfuerzo prolongado. He conocido a muchos, inteligentes y buenos, que treinta años después están quemados. No aguantan. Desde luego, el oficio de político es, objetivamente, muy duro; lo que pasa es que antes no había tanta televisión ni ellos tenían la manía de dar una entrevista cada día. Esta exposición a los medios, esta obligación que se crean de estar cada día delante de las cámaras, es lo que hace que al final estén quemados, que no les funcione ya la cabeza.


Hay demasiadas cosas que no van en el mundo, pero usted es un poco pesimista.

Soy un pesimista constructivo; es decir, pragmático. El pesimismo es útil. Si uno dice: esto no va, o esto va a acabar mal, quizá puede convencer a alguien de que haga algo. Si uno es un optimista y dice: todo es magnífico, todo va de maravilla, vivimos en el mejor de los mundos, eso es un desastre, es incitar a no hacer nada, a no cambiar nada. La gente no se da cuenta de la catástrofe ecológica ante la que estamos; la contaminación aumenta. El mundo va mal. Pero ya dije, hace veinte años, que vivimos en una cultura cuya complejidad es superior a nuestra capacidad de entenderla. La hemos construido nosotros, pero la gente que debería gestionar las sociedades liberal-democráticas, y todos sus problemas políticos, económicos y sociales, ya no tiene la capacidad necesaria para entender qué es lo que está pasando y qué se puede hacer. Ya no somos capaces de entender el mundo que hemos creado.

¿Y los medios de comunicación?, ¿no ayudan?

No, no mucho. Desde luego, la televisión no ayuda; al contrario. Menos mal que todavía somos capaces de leer, que la palabra escrita está ahí, que están los conceptos, la capacidad de abstracción que la televisión anula. Aunque también los periodistas están un poco quemados. Les hacen trabajar demasiado, o no están bien preparados. No sé en España, pero los medios italianos están llenos de chicos y chicas con muy buena voluntad a los que se pide que hagan una entrevista cada día. Y hacen entrevistas penosas; no porque sean estúpidos, sino porque no están preparados. Y no les dan tiempo para prepararse. Tienen que hacer la entrevista; van allí, y se tragan que alguien les diga que la Tierra es cuadrada. Ellos no cuestionan nada, no saben hacer preguntas e informan de que la Tierra es cuadrada. Y por otro lado, los periodistas más hechos son muy cautos, no quieren exponerse a protestas…, o no se arriesgan porque no saben lo suficiente de las cosas de las que escriben.
Hoy, los periódicos casi no hacen investigación. Es gravísimo; la investigacion es lo más importante, es la gran fuerza del diario, y los periodistas que saben hacerla han desaparecido casi, se están extinguiendo. Es cómodo para los políticos, pero es terrible para la sociedad. Los periodistas que van y vienen, hablan, contrastan, investigan y construyen una historia son ya pocos, una vieja guardia. Pero esto ya no es para la entrevista, ¿no?

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9.4.05

La amenaza de la Inmigración sin límites



El pensador italiano Giovanni Sartori, el 'príncipe' de la ciencia política de la izquierda liberal de Europa, sostiene que la llegada incontrolada de inmigrantes que no quieren integrarse supone un riesgo para el pluralismo y la democracia.


Giovanni Sartori ha estado en Madrid presentando lo que no sólo él llama un panfleto en el mejor sentido del término fraguado en el siglo XVIII. Es un análisis lúcido, político y sociológico, que concluye en lo que supone un apéndice provocador y refrescante, para muchos muy cuestionable o condenable incluso, en todo caso controvertido.

Es un libro-panfleto breve que habrá de tener en cuenta, le guste o no, todo aquel que realmente piense en serio sobre el mayor reto para las sociedades desarrolladas en las próximas décadas, la inmigración o la incursión descontrolada de personas de culturas diferentes o antagónicas que buscan un porvenir en un medio social que les es ajeno, siempre difícil y que muchas veces consideran hostil.

Este liberal de izquierdas de quien mucha izquierda abomina, dice muy claramente lo que tantos otros piensan difusamente y no se atreven a formular por miedo a ser tachados de desviacionistas, reaccionarios o incluso racistas.

Hoy que tantos temen pecar de incorrección política y ser condenados al ostracismo político e intelectual por opiniones que no concuerdan con las verdades al uso, Sartori vuelve a mostrarse como el pensador valiente que siempre ha sido. Dicen algunos que demasiado valiente para ser consistente. Es posible. En todo caso, sin él u otros como él, el debate sobre la sociedad moderna en general, y en este caso sobre la inmigración en particular, sería más triste, sumiso y romo.

Por eso es siempre de interés leerle y, para quienes hayan tenido la suerte de poder hacerlo, un lujo escucharle. Es tan difícil terminar una conversación con Sartori como empezarla. Cualquier referencia lo lanza a un discurso lúcido, pletórico de sentido del humor, ironía y complicidad y brillantez en la exposición de sus reflexiones sobre las fórmulas de coexistencia humana en lo que llama 'la buena sociedad'.

Pregunta. Profesor Sartori, llama un poco la atención el hecho de que el cardenal Biffi, de Bolonia, provocara un inmenso revuelo con sus manifestaciones sobre la conveniencia de fomentar una inmigración cristiana y prevenir la musulmana. Hablaban de cruzadas fundamentalistas del Vaticano y todo tipo de razones aviesas. Usted, en su nuevo libro, viene a defender la misma tesis. Con usted se meten mucho menos. ¿Por qué?

Respuesta. Pues probablemente porque el cardenal es más importante que yo.

P. No me sea usted modesto.
R. Siempre hay que intentarlo. Yo creo que es difícil de explicar en cuanto a las diferencias. Yo no estoy de acuerdo con Biffi en que hay que preferir a unos inmigrantes cristianos a unos musulmanes.
Eso es un criterio religioso que yo respeto, pero no puedo compartir. Yo hablo desde un punto de vista absolutamente laico.

En términos culturales. En cuanto al argumento de que la civilización occidental y el islam actual son fundamentalmente incompatibles, creo que es cierto y estoy dispuesto a defenderlo. Pero no creo que nuestro argumento, el de Biffi y el mío, sean el mismo. No creo que él y yo estemos defendiendo la misma sociedad; él defiende la sociedad cristiana; yo, la que llamo la 'buena sociedad', la sociedad pluralista.
Lo que pasa en que en ciertos puntos estamos de acuerdo, porque las bases históricas y culturales de las que parte son correctas. Las premisas son muy diferentes, así como las perspectivas.
Yo parto de unas premisas políticas y éticas, pero laicas, y él es un católico.

P. Pero usted habla en todo caso de diferentes religiones y culturas del mundo que son más integrables que otras en nuestra sociedad occidental, en la sociedad abierta de que hablaba Popper, aunque en su época, cuando fraguó el término de la sociedad abierta, nadie se enfrentaba a estos desafíos actuales.

R. Entonces no existían tales problemas. En todo caso, si usted habla de religión, hay diferencias. La comunidad pluralista es para mí esa 'buena sociedad' que se caracteriza por que, dentro de la diversidad, genera consenso e integración. Si nuestra civilización, la democrática liberal, se basa en convicciones realistas que preceden a las construcciones constitucionales y que son, por medio de la tolerancia, la columna vertebral de nuestro sistema de creencias. Este sistema es hoy perfectamente ajeno a las creencias religiosas.

Con esta premisa, digo que las dos cuestiones están en plantearse si los inmigrantes que llegan desde el sur a Italia y España son gentes fáciles de integrar y, sobre todo, si tienen la voluntad de integrarse. Yo creo que no tienen ningún deseo de integrarse salvo excepciones. E incluso si desearan hacerlo serían los más difíciles de integrar, ya que su sistema de creencias y de valores difiere totalmente del nuestro.

P. ¿Qué es lo que hace a chinos, indios u otros pueblos no occidentales inmigrantes preferibles a los de religiones 'vigorosas y totalitarias', como las llama usted, por ejemplo, la islámica?

R. En el libro yo hablo poco de ello y en realidad no hago nunca consideraciones étnicas. Si las hiciera, daría igual que fueran chinos, indios u otros. Son tan diferentes como los otros y, sin embargo, no crean reacciones xenófobas.

Se trata de un problema cultural, político y ético. Si fuera étnico serían rechazados todos por igual.
Pero el rechazo y la reacción la genera culturalmente el islam, que es una religión pública, no privada, una religión muy fuerte y autoafirmativa.
Las religiones sincretistas son privadas y no afectan a la cosa pública.
Pero el islam, que pasa ahora con un fuerte renacimiento, es, yo diría hoy que absolutamente, al cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta en Occidente.

Aunque los islamistas son muy diferentes entre sí, ellos tienen un concepto del mundo propio que nada tiene que ver con el colectivo de individuos con una base común, como somos las sociedades occidentales.
Los principios de las dos culturas son antagónicas y son ellos los que nos consideran a nosotros los infieles aunque estén aquí (en Europa), no nosotros a ellos.

LA SOCIEDAD ABIERTA

P. ¿Cuánto puede abrirse esta sociedad, en su opinión, sin que esté en peligro su subsistencia por lo que usted califica de enemigos culturales? ¿Hasta dónde se puede llegar sin hacer peligrar la cohesión y provocar esa fragmentación que usted teme?

R. No es fragmentación, es algo mucho peor, es la disolución balcánica de nuestras cualidades pluralistas. Lo que es muy posible. La sociedad abierta, como contraposición a la cerrada, ya no es la que nos conceptuaba Popper.

Se trata de establecer cuán abierta puede ser una sociedad abierta para seguir siéndolo. Se trata de poder definir el valor de la diversidad, la solidez del pluralismo, la importancia de la tolerancia.
El pluralismo tiene una larga historia en Occidente. Comienza al final de las guerras religiosas del XVII. Entonces comienza a cuajar el concepto de que la diversidad no es dañina, sino un valor añadido, y a partir de ahí se desarrollan la tolerancia, el consenso y el pluralismo, sobre estas piezas se ha de basar la sociedad abierta para que no se colapse.

Estas nociones no son infinitamente elásticas. La apertura total que supone la entrada indiscriminada de todo aquel que quiera hacerlo nos deja sin espacio ni para respirar, pero además supone la entrada de fuerzas culturales ajenas y enemigas al sistema pluralista nuestro.

Hay tres criterios para establecer la supervivencia en diversidad.

- El primero es la negación del dogmatismo, es decir, precisamente todo lo contrario que predica el islam. Cualquier cosa que uno haga tiene que ser explicada por argumentos racionales. Todo acto tiene que ser explicado. No vale eso de que Dios lo dice, o que es así.

- El segundo es que ninguna sociedad puede dejar de imponer el principio de impedir el daño y esto supone que todas nuestras libertades siempre acaban donde supondrían un daño o peligro de daño al prójimo.

- Y el tercero y quizás más importante es el de la reciprocidad. La reciprocidad dentro de la doctrina de la tolerancia supone que no podemos ser tolerantes con la intolerancia.
Yo soy tolerante como anfitrión, pero tú tienes que serlo asimismo desde tu papel de huésped.
La religión católica ha sido durante mucho tiempo muy intolerante, hoy no se lo puede permitir. Aunque muchas veces quisiera. Ya ha perdido para siempre la ocasión de serlo.
Pero el islam sigue pensando en el poder de la espada.
Y la obligación en estas religiones es distinta.
A la Iglesia católica no le gusta que se vayan sus creyentes, pero se tiene que aguantar. La islámica no te lo permite.

P. Usted critica mucho las tendencias multiculturalistas. Me ha recordado a Harald Bloom y a sus ataques contra ese relativismo cultural que, según él, tanto daño ha hecho a sociedad y cultura en EE UU y que, según usted, hace peligrar la cohesión pluralista incluso en EE UU.

R. Sin duda. Harald Bloom, un hombre muy inteligente, hablaba del multiculturalismo como -y yo estoy de acuerdo- una ideología. Yo lo que digo es que el multiculturalismo en sí es una ideología perniciosa, porque fragmenta, divide y enfrenta y lleva directamente a un proceso cuyo fin posible es la antítesis del pluralismo.

P. Dice usted que el pluralismo ha sido un proceso largo cuyo comienzo sitúa al final de las guerras europeas de religiones en la Paz de Westfalia en 1648 y en el que desde entonces, pese a todos los traumas y desastres europeos, se han ido sumando cultura y tolerancia. Viene a decir que el pluralismo, por medio de una integración voluntaria y racional, suma valores, mientras el multiculturalismo fracciona y fragmenta, crea pequeñas sociedades cerradas, de necesidad identitaria en las que ya se disuelve la premisa de que todos los ciudadanos son iguales y liquida así la ciudadanía, balcaniza.

R. Ahí hablo de tres niveles: uno es el nivel de creencia en que la diversidad es buena, después también está la necesidad de una estructura plural que supone compensaciones cruzadas y afiliaciones múltiples.

Es una estructura, como dice, de sumar, sobre el principio de la afiliación múltiple y voluntaria. Tiene que ser una sociedad en la que la multiplicidad de compromisos niega esa autoridad a la religión, al origen y otros factores o mitos que acaban dando a Dios una fusta dominadora determinante.

P. Insiste usted mucho en la necesidad de la reciprocidad entre inmigrantes y, llamémoslos huéspedes. ¿A qué se refiere?

R. Nunca he pensado en ello como eso que algunos dicen que para abrir una mezquita en Italia hay que inaugurar una iglesia católica en Arabia Saudí. Me refiero a algo distinto.

La reciprocidad supone que, si entras en un país que no es el tuyo y te beneficias de ello, considerando que no se te ha obligado a acudir al mismo, entonces debes atenerte a los valores básicos de la sociedad que te acoge.
Si no lo aceptas, no es que yo te vaya a echar, pero no te hago ciudadano con los mismos derechos de un país cuyas reglas no aceptas.

INTEGRACIÓN Y CIUDADANÍA

P. ¿Dónde está la clave para esa integración y aceptación de las reglas básicas de convivencia que le son en principio ajenas, en su opinión, a los inmigrantes musulmanes?

R. En la escuela. Es ahí donde la segunda generación debe completar una integración que para la primera es imposible por su procedencia y nivel cultural.
Las escuelas especiales, islámicas o de cualquier otro tipo, sólo fomentan la resistencia a la integración y la lucha cultural contra la sociedad de acogida.

P. ¿No pasa entonces la integración por la ciudadanía, como tantos dicen hoy en día en la clase política?

R. No. Creo que los ciudadanistas, quienes siguen creyendo que la integración es una cuestión de mera concesión de la ciudadanía, están cometiendo un grave error.

Los papeles no equivalen a integración. Conceder sin más la ciudadanía a personas que en gran parte vienen dispuestas a no integrarse y que acaban formando grupos o tribus de no integrables, y así fácilmente grupos de presión en contra precisamente de la sociedad abierta que aceptó acogerlos, es uno de los inmensos errores que se están cometiendo.

Esos grupos que no quieren integrarse crean compartimentos estancos en la sociedad que rompen el principio de igualdad ante la ley que las sociedades que vivimos en pluralismo hemos creado durante siglos.
Hay culturas que niegan los principios en los que nosotros vivimos y nosotros hemos de ser tolerantes, como antes dije, pero sólo ante la reciprocidad de la tolerancia.
El respeto a la identidad del anfitrión debe ponerse como condición para una integración. La alternativa es la desintegración y el conflicto de culturas.

P. ¿Y el racismo, ese término que se usa mucho como arma arrojadiza, pero que, según usted, genera mucho más racismo como tal del que antes había?

R. Hay mucha gente que protesta por situaciones, no por ideología.
Quien tiene una mezquita junto a su casa en Europa y se despierta a las seis de la mañana con el grito (al rezo) del muhecín, ahora, además, con altavoces, y lo sufre cinco o seis veces al día está molesto y harto, su casa pierde valor y él quiere mudarse. No es un racista.
Pero si protesta y cierta gente le llama racista, acaba siendo racista por indignación. Creo que hay mucho militante antirracista que genera mucho racismo. Y creo que mucho político debería tener más en cuenta la ética de la responsabilidad frente a la fácil ética de los principios.

Cualquiera puede ser bueno en sus intenciones. Pero quien no sea responsable en el ejercicio público y político, quien no tenga en cuenta cuáles pueden ser las consecuencias de sus propias acciones, es un irresponsable ante sus votantes, ante la sociedad entera y finalmente también ante los propios inmigrantes.

El Pais

13.6.04

La sociedad multiétnica


GIOVANNI SARTORI. El pensador y escritor italiano, galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, es uno de los grandes precursores de la ciencia política, un experto en los problemas actuales de los sistemas democráticos y de los cambios que se producen en Europa debido a causas como la ampliación o la emigración.
Profesor emérito en la Universidad de Columbia, en Nueva York, profesor de la Universidad de Florencia en su Italia natal, gran opinador en L'Espresso y el Corriere della Sera, es miembro de la Accademia Nazionale dei Lincei y de la Academia Americana de Artes y Ciencias. Es, además, doctor 'honoris causa' por varias universidades, entre ellas las de Génova (Italia), Georgetown (EEUU), Guadalajara (México), Buenos Aires (Argentina) y la Complutense de Madrid, por la que fue investido el 8 de mayo de 2001.


Autor de algunos de los libros clave en la ciencia política de las últimas dos décadas en todo el mundo, como Qué es la democracia, Partidos y sistemas de partidos, Teoría de la democracia, Ingeniería constitucional comparada y Homo videns, Giovanni Sartori se ha volcado siempre, con la valentía que le caracteriza y sin complejos mediocres y ansias de agradar, sobre las grandes cuestiones que marcan la vida y el debate en las sociedades modernas.
Cómodo no ha sido nunca su pensamiento para nadie, y eso le divierte mucho a este intelectual combativo y vital a sus 77 años.

Ha escrito algunos de los más respetados ensayos sobre cuestiones constitucionales y problemas de la democracia, desde las amenazas distorsionantes de las diversas leyes de repartición de las partículas de la voluntad popular en las elecciones hasta las graves interrogantes que plantea la omnipresencia de los medios, y los poderes que tras ellos se ocultan, en el debate político.

Considera que Silvio Berlusconi es una amenaza grotesca pero muy seria para la democracia italiana, pero también que el pietismo católico izquierdista está generando inmensos riesgos para el pluralismo. Cree que la ética de los principios es una máxima en el comportamiento de la persona, pero también que la ética de la responsabilidad debe primar en aquéllos que tienen mandato político y social y están obligados a calcular, sopesar y prever las consecuencias de sus actos.

Considera que la sociedad pluralista puede morir de buena voluntad, falta de sentido común y reflexión serena. Porque individualmente, dice, podemos y debemos guiar nuestra conducta según nuestras convicciones y principios íntimos, pero los responsables de la cosa pública han de subordinar sus afectos a la responsabilidad de evaluar las consecuencias de sus actos para toda la sociedad.
Y esto echa en cara a los políticos de Europa y EEUU. Y lo que le granjea las críticas, cuando no las iras, de colegas, bienpensantes, filántropos profesionales, políticos humanitaristas y colectivos occidentales de vocación tercermundista

La sociedad multiétnica
Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros

Este libro habla de la buena sociedad. Es un tema crucial de la teoría política, que se ha vuelto a poner en discusión por la presión migratoria sobre Europa, por la crisis del melting pot americano y por la doctrina del multiculturalismo.

Para Giovanni Sartori la buena sociedad es la sociedad abierta que él interpreta –a partir de un lúcido análisis histórico que otorga fuerza y originalidad a esta obra- como una sociedad pluralista basada en la tolerancia y en el reconocimiento del valor de la diversidad.
Un análisis del que resulta que el multiculturalismo no es una extensión y continuación del pluralismo sino, por el contrario, su negación. Porque el multiculturalismo no persigue una integración diferenciada, sino una desintegración multiétnica.

A partir de esta premisa el libro se pregunta hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin disolverse a “enemigos culturales” que la rechazan. Porque todos los inmigrantes no son iguales. Y porque el inmigrante de cultura teocrática plantea problemas muy distintos del inmigrante que acepta la separación entre religión y política.

El análisis teórico sirve aquí para encuadrar los problemas prácticos que comentaristas y políticos están afrontando con inconsciente ligereza.
Y es que Sartori no se deja hechizar por los lugares comunes de lo "políticamente correcto".

La obra del pensador italiano Giovanni Sartori que aquí recensionamos ha tenido, desde su aparición hasta el día de hoy, amplia repercusión en el debate intelectual sobre el multiculturalismo y la inmigración, tanto en Europa como en Norteamérica. Las opiniones vertidas en la misma, a contracorriente de lo que muchos intelectuales, sobre todo progresistas, vienen manteniendo, adoptan un tono tremendista cuando no apocalíptico, razón del enorme eco alcanzado, sin demérito de los argumentos que sustentan dichas opiniones.

En el prefacio de la obra, el autor declara que el libro trata sobre la teoría de la buena sociedad, a la que identifica como plural desde un punto de vista social y cultural por excelencia, con el objetivo de desmontar el argumento que trata de derivar el multiculturalismo a partir del pluralismo cultural (p. 7).

Las sociedades occidentales tienen actualmente planteado un problema fundamental, la presencia de “extranjeros” o “extraños” en su seno, lo cual se observa en las reivindicaciones multiculturalistas en Estados Unidos o Canadá y en la presión migratoria en Europa.
El problema se concreta en cómo integrar a los extranjeros, personas con culturas, religiones o etnias muy diferentes a las que predominan en las sociedades occidentales. Lo cual va unido al miedo de los autóctonos hacia aquellos extranjeros que defienden su acervo cultural desde una postura fundamentalista.

Así queda planteada la problemática. En la primera parte de la obra, titulada “Pluralismo y sociedad libre”, propone Sartori hacer una caracterización de la sociedad occidental como la deseada buena sociedad, parte para ello de las ideas de Popper sobre la sociedad abierta.
La sociedad occidental es abierta en tanto que basada en el estado liberal (de individuos libres), la tolerancia y el aperturismo histórico hacia las diferencias. Este tipo de sociedad, se pregunta el autor, ¿es capaz de incluir una sociedad multicultural y multiétnica?

Para Sartori, la tolerancia se encuentra en el origen del estado liberal de derecho frente al estado antiguo y frente al absoluto, en los que prevalece la unanimidad.
Desde dicha tolerancia, el estado moderno liberal se abre a la afirmación de la pluralidad como un valor propio, aceptando la diversidad y el disenso como hechos sociales que concluyen en el consenso.
Recurre nuestro autor al ejemplo de la pluralidad de partidos políticos como producto real del ideal pluralista de las sociedades liberales (p. 25). Se cuida, sin embargo, de identificar pluralidad y pluralismo, al afirmar que la existencia de la primera no implica la existencia del segundo.

El ideal pluralista se caracteriza por defender la tolerancia, la variedad como factor enriquecedor, la discrepancia y el cambio de la sociedad, pero sobre todo que en ella prevalezca la secularización.
En este sentido, pudiera coexistir con la multiculturalidad de las sociedades actuales, pero no con el multiculturalismo intolerante y agresivo.

Por otro lado, el pluralismo social se opone a la igualdad total sobre la idea de la complejidad estructural de cualquier sociedad.
A nivel político, el consenso sobre las reglas de participación en la resolución de conflictos sociales se completa con la legitimidad del conflicto pacífico de intereses que alcanza al fin el consenso, entendido como acuerdo logrado desde posiciones diversas.
Acoge también, la “regla de la mayoría” cuando se aplica razonablemente sin lesionar los derechos de las minorías.

Por lo tanto, la sociedad occidental es cultural, social y políticamente plural como consecuencia de un proceso histórico que ha estado guiado por el ideal pluralista y en este sentido, critica el autor el intento artificioso de construir una sociedad plural de un día para otro.

Además, una comunidad sólo es plural cuando existen en ella líneas de división que separan los aspectos social, religioso, económico o político.
Rechaza Sartori, en consecuencia, las identidades culturales que tratan de hacer de la sociedad una estructura holística, sin fisuras y tan rígida que impiden la diversidad que surge como consecuencia del ejercicio de las libertades, por la vía impositiva de pautas culturales y sociales a los demás, o que, ante la imposibilidad de tal hecho, se aíslan en su uniformidad.

La sociedad pluralista trata de recuperar el sentido de comunidad, que ya señalara Ferdinad Tönnies, lo cual se funda en la necesidad de una alteridad identitaria, es decir, en la construcción personal de la identidad por referencia a una comunidad, que se considera como la propia, frente a otras identidades correspondientes a individuos identificados como pertenecientes a otras comunidades. “...nosotros somos quienes somos, y como somos, en función de quienes o como no somos” (p. 48), asevera Sartori.

Compara la experiencia de Estados Unidos y de Europa respecto a la constitución de una sociedad plural, resaltando sus diferencias. La primera presenta un contexto migratorio a modo de crisol que no es trasladable a Europa.
En ésta, los flujos migratorios están produciendo ciertas contranacionalidades que se oponen a las culturas nacionales plenamente establecidas, lo cual justifica la reacción compleja de los autóctonos en formas de defensa del trabajo, xenomiedo, xenofobia y racismo.
El fundamento del rechazo, piensa Sartori, se encuentra en la incompatibilidad del fanatismo cultural-religioso de algunos de los inmigrantes, sobre todo los procedentes de países islámicos, y el pluralismo, hasta el punto de que aquel niega los principios del estado liberal eliminando la reciprocidad como clave de la convivencia.

La segunda parte lleva por título “Multiculturalismo y sociedad desmembrada”, y se centra en el análisis de tal corriente de pensamiento y su compatibilidad con el pluralismo.

Defiende nuestro autor que el pluralismo es opuesto al multiculturalismo en la medida en que acepta la diversidad pero junto a ella coloca la asimilación necesaria para integrar, sin que por ello defienda la homogeneización cultural y social, integración, que piensa él, asegura la cohesión social.

El multiculturalismo, por su parte, rechaza el reconocimiento recíproco de todos los individuos y grupos dentro de la sociedad, haciendo prevalecer la separación sobre la integración.
El principal problema del multiculturalismo, a los ojos de Sartori, es que su defensa radical de la diversidad conlleva la fragmentación social, imposibilitando la convivencia pacífica en el ámbito de cualquier comunidad. Recurre nuevamente al ejemplo de la pluralidad de partidos políticos, diversos para aumentar la representatividad, pero no tan aislados que hagan imposible la gobernabilidad.

De los autores multiculturalistas mencionados, Wohlin, Walzer, Guttman y Taylor, profundiza en la teoría de este último, quien plantea la defensa de la identidad cultural de ciertas minorías recurriendo al reconocimiento, pero también a la “affirmative action”, consistente en discriminar para mantener las diferencias.

A su vez, a Sartori le parece que Taylor da un salto en el vacío cuando de la opresión que sufren los miembros de tales minorías deriva su depresión, frustración o infelicidad vital. Además, pregunta Sartori si son todas las diferencias que se deben tener en cuenta, llevando al argumento contrario hacia el callejón sin salida del absurdo.

En resumen, para el pensador italiano, el multiculturalismo en esencia es una estrategia ideológica que transforma en reales una identidades potenciales, aislándolas como en un gueto (p. 89), surgiendo así el racismo, cuando lo que se pretendía era eliminarlo.
En realidad, se trataría según el autor de una cuestión de discriminación social, que planteada en términos multiculturalistas condena a la comunidad pluralista al fracaso, porque niega la igualdad necesaria de todos los ciudadanos ante la ley que preconiza el estado liberal. Advirtiendo, pues, del peligro de destrucción social que una ciudadanía diferenciada supondría.

A continuación, analiza la creciente inmigración en Europa, haciendo radicar en “el efecto llamada”, que pueden ejercer los que ya están aquí, el peligro de invasión.
Peligro que apunta directamente a los inmigrantes islámicos, a los que considera inintegrables por identificar ciudadanía y creencias religiosas.
A modo de conclusión Sartori establece que el multiculturalismo en Estados Unidos reivindica el reconocimiento de la identidad de minorías internas, mientras que en Europa, de lo que se trata es de salvar la identidad del estado-nación de amenazas externas.

En definitiva, se distinguen porque el pluralismo basa en la asociación voluntaria el sentido de pertenencia social, y el multiculturalismo, al contrario, en la asociación involuntaria. El primero establece múltiples líneas de división social, atenúa las identidades y enriquece en la diversidad, mientras que el segundo, neutraliza las líneas de división social, refuerza las identidades grupales y supone, en suma, el desmantelamiento de la sociedad. En consecuencia, no es el multiculturalismo el digno heredero del pluralismo cultural, como algunos nos quieren hacer ver, sino el interculturalismo.